21 de septiembre. Ni rastro de las vacaciones. Unas que se fueron por donde vinieron, pero nos dejaron todo tipo de recuerdos. Buenos, malos y regulares. Así se las gasta el verano, esa época del año en la que los cuerpos se dejan llevar por playas, montañas, ciudades hermosas, pueblos pintorescos, verbenas y hoteles de medio pelo. Otros optan por quedarse en casa para limpiar, leer, dibujar o hacer conserva de tomate. Todo suma mientras hagamos lo que nos apetezca con tal de alejar las neuronas de las obligaciones.
Sin ahondar en los detalles (podría estar relatándoles mis peripecias estivales durante horas), les comunico que he sacado bastante tiempo para leer alguna que otra novela (¡Que uno también necesita alejarse del álbum!), por lo que he creído menester empezar este nuevo curso destripando la que más me ha gustado.
Y es que Vacaciones en Saltkrakan, el clásico de Astrid Lindgren que recuperó el año pasado la editorial Kókinos, no es para menos. En este libro, la madre de Pippi Calzaslargas, nos cuenta la historia de los Melkersson, una familia que decide pasar el verano en una pequeña isla. Así, Melker, un hombre viudo con aspiraciones literarias, alquila la vieja casa del carpintero y viaja hasta allí con sus cuatro hijos: Malin, una joven de diecinueve años, Johan y Niklas, una pareja de chavales de lo más travieso, y el pequeño Pelle, un niño ingenioso, inocente y sensible. Tras una llegada a Saltkrakan un tanto accidentada, los Melkersson comienzan a relacionarse con el resto de habitantes de la isla y vivirán un sinfín de aventuras.
Aunque toda la acción transcurre en una pequeña isla aparentemente aburrida, Saltkråkan se convierte en un escenario luminoso y lleno de posibilidades gracias a cuatro elementos que reverberan una y otra vez: el concepto de isla, la omnipresente naturaleza, una vida cotidiana llena de actividad y esa infancia redimensionada por la que la autora sueca abogó en todas sus obras.
Aunque la isla puede parecer un escenario como cualquier otro, lo cierto es que realiza una función muy interesante: definir un universo cercado por las olas. Ese es el espacio limitado que no solo aísla a los personajes para explorar dinámicas sociales, psicológicas y simbólicas de forma concentrada (en Saltkrakan todos se encuentran y nadie se aburre), sino que también se llena de misterio (¿Cómo será vivir en una isla tan pequeña?). Incluso puede ser un lugar lejano en el que establecer un nuevo punto de partida (N.B.: Fíjense en Melker, un viudo que sigue lidiando con el duelo, sus cuatro hijos y esos intentos por dedicarse a la escritura).
A esto le sigue lo salvaje. Bosques, playas, conejos, avispas y focas conviven con los seres humanos. El edén, el paraíso perdido, esa tierra prometida en la que vivir en libertad y ser feliz representa un mundo alejado de las prisas, las obligaciones y las convenciones sociales de la vida urbana. Los personajes se dejan llevar y pueden relacionarse con su entorno de una manera más espontánea.
Vacaciones en Saltkrakan también propone una reflexión profunda sobre la manera en que los seres humanos construimos vínculos. En la isla, los conflictos cotidianos adquieren una dimensión especial. Primero de todo, la familia, núcleo de las actividades infantiles. La tribu reprende, comprende y abraza. En las familias dibujadas por Lindgren caben el humor, la ofensa, la ternura y, sobre todo, la imperfección. Realismo frente a buenismo. Humanidad frente a superficialidad (Recuerden de nuevo al progenitor de los Melkersson: torpe, despistado, temperamental, derrotista, inseguro y amoroso). En segundo término, está la sociedad, unos vecinos muy variopintos que desbordan el microcosmos familiar y lo intervienen con pinceladas de muy diversas tonalidades.
Como en la mayoría de sus obras, la representación de la infancia es la verdadera protagonista. Los niños dejan de ser personajes secundarios en el seno familiar, se desarrollan de manera independiente, se enfrentan a los problemas, toman sus propias decisiones y se rebelan a las normas. La autora se deja de idealizaciones y los reta. Situaciones extremas como perderse entre la niebla, la muerte de una mascota o el capitalismo sin freno. Exploran, discuten y desafían las limitaciones de la mirada adulta desde su propio sistema de principios. El máximo exponente de todo esto es Tjorven, una niña que brilla entre todos los demás gracias a su espontaneidad, inocencia y capacidad crítica.
Padres, abuelos, niños y jóvenes articulan una novela coral en la que todas las perspectivas confluyen y conviven de manera equilibrada. Un ecosistema humano la mar de enriquecido donde caben multitud de emociones, pensamientos y discursos. Ninguno prima sobre los demás pues todos sirven a un mismo propósito: reflejarse ante los lectores de cualquier edad.
Gracias a una prosa sencilla y cercana, unos diálogos llenos de credibilidad y personajes muy bien construidos, engancha a cualquiera. Canciones, un diario adolescente, dos veranos y la Navidad. Todo es irresistible. Si bien es cierto que hay elementos que a muchos les pueden parecer un tanto anacrónicos, sobre todo en la figura de Malin, esa chica volcada en las tareas domésticas cuya máxima aspiración es la de conseguir una pareja, el discurso de esta novela sigue vigente 62 años después de haberse publicado.
Para terminar, decirles que después de leerlo me han venido a la cabeza otros dos libros: El Robinson suizo (o La familia Robinson suiza), un libro de Johann Rudolf Wyss publicado en 1812 que muchos recordarán por una película de Disney de los sesenta y El libro del verano, otra maravilla de Tove Jansson que destriparé dentro de poco para celebrar su adaptación cinematográfica. Les invito a encontrar las similitudes con el que hoy nos ocupa. Ya tienen deberes para las próximas semanas. ¡Feliz curso 2026-2027!

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