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martes, 6 de octubre de 2026

Con la casa a cuestas


Conforme está el patio, quien consigue un alquiler decente o se compra una casa a buen precio no la suelta ni a tiros, no sea que se quede en la calle. Tanto es así que la vivienda se está convirtiendo en un factor limitante en lo que a movilidad laboral se refiere. Sobre todo en las regiones económicamente más dinámicas, lugares donde se generan las ofertas de trabajo más competitivas. A este paso, muchos propietarios le pondrán cuatro ruedas a sus hogares y le lanzarán a la carretera. Hemos llegado a un punto en el más valen cuatro paredes en mano, que ciento volando.
De hecho, no les miento, pues la adquisición de casas móviles y prefabricadas ha aumentado en España un 20% respecto al año anterior (a grandes problemas, ¡grandes soluciones!), una opción como otra cualquiera, más todavía teniendo en cuenta que estas construcciones cada vez se fabrican con materiales más livianos y resistentes, están mejor diseñadas y son más eficientes desde el punto de vista energético.


¡Ea! Tocará coger ideas de tortugas, cangrejos y caracoles, parientes lejanos que solucionaron sus crisis habitacionales hace miles de años. Mientras unos utilizaron los desechos orgánicos de otros animales para proteger su abdomen desnudo (y que van cambiando conforme se les queda pequeño), otros desarrollaron un caparazón óseo que forma parte de su propio esqueleto del que no pueden deshacerse. Quizá les lastren en lo que capacidad de huida se refiere, pero ganan en cobijo, lo contrario que a nosotros, que nos permiten vivir sin que nos saquen los ojos.


Y así nos detenemos en La milagrosa mudanza de la mansión mina de los Miller, un álbum de Dave Eggers y Jùlia Sardá basado en un hecho real y sorprendente de la historia estadounidense más o menos reciente. Publicado por la editorial Impedimenta, este libro recoge la historia de Annie Miller, una mujer casada con el dueño de una mina en Idaho que, tras enviudar y perder gran parte de su fortuna, decide criar cerdos para salir adelante. Como las ordenanzas municipales le impiden ser ganadera, decide trasladar su mansión victoriana con todas sus pertenencias dentro. Tras recorrer casi seis kilómetros, queda fuera de la jurisprudencia de la localidad y ella y su hijo pueden vivir en paz. Si quieres saber los pormenores de esta extraordinaria mudanza, no te puedes perder este libro.


Si bien es cierto que el argumento ya es un buen reclamo para la lectura, hay que señalar unas cuantas buenas bazas. Lo primero que hay que destacar es la voz de un narrador que no se limita a exponer los acontecimientos, sino que también recuerda a esos comentaristas deportivos que opinan, ironizan y anticipan. Es un buen recurso metaficcional, pues interpela al lector, se acerca a este y busca su participación en esa experiencia conjunta que debe ser un libro. Lo segundo es el uso de un lenguaje muy sonoro en el que aliteraciones y repeticiones imprimen ritmo y comicidad que desbordan el discurso con mucha comicidad (¿Se han fijado en el título? Cinco palabras que empiezan con “m”. Casi podría ser un trabalenguas).


Sobre las ilustraciones, me encanta toda esa paleta de color basada en amarillos, ocres, sepias y tostados que usa la Sardá. Me recuerdan a las fotografías antiguas, al tiempo que parecen hacer referencia al oro perdido de la protagonista. Líneas marcadas, paisajes angulosos y personajes bien caracterizados articulan una obra que bebe del lenguaje del cómic (caras expresivas, posturas dinámicas y unos puercos que parecen un grupo de “saloon girls” bailando cancán). 
Por otro lado, también nos ayudan a entender el contexto histórico, es decir, son imágenes que entretienen al tiempo que informan. No deben olvidarse de esa variante no ficcional tan importante en un libro documental que he incluido en esta selección de álbumes basados en historias reales.


Para los que quieran llevar más allá el discurso, aquí tienen la historia de una mujer resiliente y que sabe buscarse la vida para sortear los reveses de la realidad, que en aquella época ya era bastante. Annie no es tonta y eso me gusta, independientemente de su condición femenina, pues no es algo que se hayan encargado de ensalzar los autores. Sirva pues como ejemplo para todos, que la vivienda está muy mal y hay que tirar de ingenio para no terminar en la calle.

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