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jueves, 28 de agosto de 2008

Feliz no-cumpleaños junto a Rald Dahl


Si presta atención al calendario verá que, para la numerología, hoy es un día especial… Fíjese…, día veintiocho del mes ocho del año dos mil ocho… Y si a todo ello le añadimos que esta es la noticia número ochenta de este espacio, sin haberlo pensado está usted inmerso/a en un mundo casi mágico… lleno de palabras, imaginación y ocho mil cosas maravillosas, donde puede ocurrir casi de todo. Este mundo se llama Literatura, un buen lugar para perderse, ¡pero ojo! No olvide una buena brújula que le indique bien la dirección, tampoco pierda las ganas de disfrutar de todo lo que le acontezca y ni se le ocurra olvidarse de compartirlo. La Literatura está viva gracias a los ojos de todos los que leen, vive si hablamos de ella, si la comentamos, si utilizamos ocho marcapáginas distintos en un libro. La Literatura sigue nutriéndose de nuestra imaginación. La Literatura está ahí, simplemente hay que cogerla.
Por todo ello, y partiendo de esta fecha, he decidido celebrar el día de hoy por todo lo alto (casi podría ser uno de los no-cumpleaños de Humpty Dumpty en A través del espejo de Lewis Carroll -no una idea del Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo, celebración que sólo sucede en la versión cinematográfica de Alicia en el país de las maravillas, de autor homónimo, adaptada por Disney, ya que en el libro no ocurre tal cosa-…), con un invitado de lujo, con uno de esos escritores que crean universos especiales, personajes inolvidables, uno de esos autores que llenan sus historias de humor con el toque mágico de su pluma, una persona que gracias a sus narraciones se ha hecho inmortal. Hablo de Roald Dahl. Y qué mejor propuesta literaria para conmemorar un no-cumpleaños tan literario como este, que sus Cuentos en verso para niños perversos, una joya de la Literatura Infantil y Juvenil actual que aúna tradición oral, renovación narrativa, humor y rimas vivarachas. Ni qué decir tienen las ilustraciones de Quentin Blake.
¡Que disfruten de este no-cumpleaños!

miércoles, 27 de agosto de 2008

Lección de poesía y astronomía


A veces se siento insignificante. No es una cuestión de tamaño, sino más bien de importancia. Por un lado me vienen a la cabeza los políticos, los millonarios, los jueces o las llamadas celebrities. Por otro, aparecen artistas e intelectuales de la talla de Albert Einstein, Miguel de Cervantes, Francisco de Goya o Charles Darwin. No soy nadie. O mejor dicho, soy un pelele, otro ignorante más.


Algunos pensarán que no está tan mal, que ellos se consideran incluso menos. Otros le quitan hierro al asunto echando mano de la familia y los amigos, el conformismo, los retos personales, el amor por los demás, las aficiones y otras muchas herramientas de esa felicidad que nos han hecho creer necesaria.


La respuesta está en encarar el cielo nocturno, ese vasto tapiz estrellado, y pensar que ese es el único y enorme rasero que nos iguala en condiciones y posibilidades. Mundos desconocidos, la brevedad del tiempo, ínfimas partes de materia y energía, esa levedad que nos hace prescindibles. Pero sobre todo, me deslumbra el infinito, uno al que solo yo le pongo límites. Indebidamente, por supuesto, pues no debería pensar en ellos como lo hago. "Román, déjate llevar, mira más allá, fantasea, vive" me digo. Lo hago y floto. Ligero como un niño, como el protagonista del libro de hoy.


El astrónomo es la interpretación que nos ofrece Loren Long del poema When I heard the learn’d astronomer del libro Hojas de hierba de Walt Whitman. El ilustrador norteamericano desarrolla una pausada e inspiradora narración en formato libro-álbum que, como otros, utiliza el color, la alternancia de planos fotográficos y la perspectiva cinematográfica para impregnar a pequeños y grandes lectores de su particular mirada.
Publicada en nuestro país por la editorial Juventud, esta historia cotidiana construye un alegato necesario sobre la imaginación como instrumento creador y, sobre todo, a la capacidad del ser humano para fascinarse ante la realidad del mundo en el que vive tomando como excusa la mirada infantil.
La inmensidad de la noche frente a los sueños personales, el conocimiento de lo infinito frente a las pequeñas emociones, la razón frente a lo espontáneo, lo evidente frente a lo íntimo… Un vaivén de sensaciones que se balancean en las palabras y las imágenes.


Cuando escuché al sabio astrónomo […]

lunes, 25 de agosto de 2008

Fábulas modernas


El otro día, hurgando entre los estantes de la biblioteca familiar, me encontré con un librillo blanco de tapa blanda que solía leer hace muchos años. Era y es una miscelánea de andar por casa de las fábulas de Esopo, el gran fabulista griego. 
Últimamente, excepto las cuatro narraciones que han trascendido al repertorio escolar, no escucho, ni tengo noticia alguna, de que las fábulas de Esopo, este supuesto esclavo de lengua mordaz y gran ingenio que inspiró a genios de la talla de Sócrates (se las aprendía de memoria), se siga leyendo o, por lo menos, narrando en los centros educativos. Tamaño error, como tantos otros…


Hoy rompo aquí una lanza por la lectura de la fábula, género que cultivaron autores del mundo clásico como Hesíodo, Fedro o Babrio, y otros más cercanos históricamente como La Fontaine y los españoles Félix María Samaniego o Tomás de Iriarte. La fábula no sólo es una deuda con las primeras historias breves, sino también con un género que tiene mucho que ver con la Literatura Infantil.  
Generalmente protagonizadas por animales personificados, estas historias que ofrecen un epimitio (nombre académico de "moraleja") enlazan muy bien con otras formas de la literatura como el cuento (creación de ficción más extensa con un mayor arraigo simbólico) en las que vive el saber popular de una manera sencilla (esto siempre es un valor en alza). 


Por si me saltan con arengas como "¡Las fábulas quedan obsoletas en esta sociedad!" "¡Necesitamos nuevas formas de expresión, reclamos visuales y otros fuegos artificiales!", les diré que, a pesar de hacer una apuesta ilustrada, la historia textual breve sigue sosteniendo la mayor parte del peso de obras como las Fábulas de Arnold Lobel (Editorial Corimbo), una suerte de pequeñas historias que, a pesar de buscar un contexto contemporáneo en el que desarrollarse, son nuevas visiones de la humanidad que seguimos habitando.


Con mucha belleza visual en unas ilustraciones que recuerdan a las de la edición victoriana de las fábulas de Esopo elaboradas por Arthur Rackham, las veinte composiciones breves que desarrolló el autor estadounidense echando mano (como siempre) de sus animales personificados, siguen perfectamente el esquema expositivo de las clásicas e inundan de enseñanzas simples e imaginativas el ideario infantil. 
La langosta y el cangrejo (carpe diem), la gallina y el manzano, el oso y el cuervo, o el ratón a la orilla del mar (mi favorita), además de esgrimir belleza y originalidad, son fiel reflejo de ese espíritu eterno de nuestra Literatura más antigua.


viernes, 22 de agosto de 2008

De ciencia, árboles y otros pensamientos


Es un tedio esto de continuar estudiando una vez que se supone has terminado de hacerlo, o que, por lo menos, deberías haber terminado. De todos modos he de decir que palos a gusto no duelen, y, por tanto, si un servidor no sabe más que meterse de berenjenal en berenjenal, lo lógico es que después venga el sufrimiento, y de ahí, las quejas. Así que nada: ¡a trabajar se ha dicho!
Por lo otro lado he de admitir que, tras la difícil tarea de enseñar, -no olvidemos las constantes luchas y lo repetitivo del asunto- es necesaria la evasión mental, y si la empresa es para no olvidar conceptos que a uno le apasionan, pues bienvenida sea esta faena.
Durante este agosto he regresado a la labor botánica, razón por la que soporté unos cuantos años universitarios, debido a cierta investigación en la que me he sumergido. Y aunque sufra, me alegro de ello, ya que he encontrado el panorama algo cambiado, todo sea dicho de paso...


La verdad es que, en Ciencia, es lo esperable, ya que, si no fuese de este modo no sería tal. Por todo esto, a uno le surgen, a diario, dudas, avatares y otras pifias mentales, y fíjese usted, la de hoy está bien relacionada con un libro, o mejor dicho, el libro que defiendo hoy está muy relacionado con la Ciencia, más concretamente con las Ciencias Naturales. Soy un apasionado evolucionista, de un modo amateur más que otra cosa, y defiendo (tanto en mi vida ordinaria, como en mis clases) las teorías evolutivas como pasos de gigante en lo que al conocimiento de la Vida se refiere.
Pese a la dualidad "simple/complejo" que acarrean estas teorías paradigmáticas, hace un par de años, más o menos, descubrí un libro que me ayuda a explicar y hacer comprender conceptos como estos, El árbol de la vida (nueva edición en Ekaré), una obra de arte (por lo menos para mí) del autor checo Peter Sís que, recorriendo la vida del padre de la teoría evolutiva que cambió los preceptos de las Ciencias Biológicas, aúna ilustración y sencillez para explicar el panorama, antes y después de la llegada de Darwin al mundo de la Ciencia.


Su nacimiento, los inicios como joven naturalista a cargo de Henslow, el viaje que realiza a bordo del S.M. Beagle durante casi cinco años, sus anotaciones en los cuadernos de viaje... Cada punto, cada coma de su vida, incluso la presentación ante la Linnean Society, junto con Alfred R. Wallace, del esbozo de lo que más tarde sería su obra Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, queda registrado en las páginas de El árbol de la vida, una especial biografía de la mano de Peter Sís, artista checo (Brno, 1949) que ha cosechado numerosos premios en lo que a literatura infantil se refiere.


Con toda seguridad, es destacable la técnica utilizada por el autor para las ilustraciones, ya que, además de ser muy apropiada para la narración-descripción, aproxima fielmente al lector a la época en la que se suceden los acontecimientos. Si nos detenemos, en cada esquina, en cada rincón, podemos apreciar multitud de detalles que, a modo de atrezzo, agregan a la vida de Darwin un contexto más vivo y completo, véase el esqueleto fósil del género Mylodon que sostiene el ramo de novia de Emma Wedgwood o el guiño a la evolución humana en el interior del invernadero del naturalista inglés.


Notable también es el uso de la distinta tipografía para referirse al contexto histórico, la actividad pública de Darwin o los datos recogidos en su diario de viaje, ya que aporta dinamismo y un marco histórico para entender los avatares de la vida del científico.


Por último, no podía pasar por alto una referencia a las guardas del libro, que establecen el inicio y fin de la historia. Por un lado, en la primera guarda, encontramos referencias a las teorías creacionistas imperantes hasta el siglo XIX –e incluso hoy-, desde motivos religiosos referentes al génesis católico, como referencias a los mitos de otras culturas y religiones politeístas. Por el otro, al terminar de leerlo podemos contemplar otra serie de viñetas donde moran Aristóteles, Linneo o Mendel junto con minuciosas alegorías del melanismo industrial (Biston betularia), esquemas de estructuras homólogas y análogas, o el mismísimo DNA, lo que hace más palpable el asesoramiento científico del que se ha rodeado el autor, como por ejemplo las contribuciones críticas de Peter Galison (Univ. Harvard) y Eric Korn.



Atesoro este libro entre los que anidan en mi humilde biblioteca y, en numerosas ocasiones, lo he mostrado y recomendado a todo tipo de docentes, incluso profesores de universidad. Unas veces la aceptación ha sido instantánea y otras he recibido ligeras muecas de desaprobación, pero la prueba más fehaciente de su competencia didáctica, efectividad y éxito, la he encontrado entre mis alumnos, que año tras año sucumben a su lectura.
Imprescindible en cualquier estantería. Indiscutible cuestión.

P.S.: Asimismo les recomiendo otra de sus obras del mismo estilo, Galileo, el mensajero de las estrellas (editorial Juventud), y deslúmbrense.



martes, 19 de agosto de 2008

Crisis creativas. Novedades veraniegas.








En el día de hoy no me he levantado todo lo despejado que debería, y si a ello le añadimos que, de buena mañana, me han llamado “payaso judío”, este comienzo matutino ha sido de surrealismo puro… Pero en fin, dejando a un lado las pesadillas nocturnas y los disloques de ciertas bibliotecarias, hoy he decidido hacer ciertas críticas sobre la crisis imaginativa (no sólo las hay económicas…) que afecta al mundo del libro-álbum editado en esta España nuestra.
Ayer me di un garbeo por sendas librerías que acostumbro a visitar, más que nada para saludar al personal y ponerme al día de las novedades en tapa dura que presentan muchas editoriales, aunque con el estío, también es cierto que el mundo del álbum ilustrado y derivados queda sumido en una sequía y tenemos que esperar el comienzo del curso escolar para disfrutar de ciertos soplos de renovación. Mientras pululaba por las estanterías y me daba de bruces con nuevos títulos, observé con estupor que la mayoría de ellos no me decían nada, y que otros, en cambio, me sacaban una sonrisa o me hacían pensar en la de historias bonitas que quedan por ser contadas y que nadie cuenta. Vi decenas de libros sobre valores, sobre conocimientos, sobre si aquello está bien o, por el contrario, mal, decenas de libros con moralina, con ilustraciones horrorosas y poco vistosas, en fin… No sé si las editoriales están empapadas de dejadez, si se han vuelto sectarias o están perdiendo el norte… pero la realidad es que, excepto contadas obras que, o bien son antiguas y siguen siendo reeditadas por su gran acogida en el mundo del libro, o bien son novedosas, tienen cierta chispa y cuentan historias cercanas y agradables, lo demás es paja, auténtica paja.
Y entre esas novedades con cierta calidad (por lo menos para mí), destaco las siguientes:

María Gallardo y Miguel Gallardo. María y yo. Editorial Planetacomics.
Rocío Martínez. De cómo nació la memoria de El Bosque. Editorial Fondo de Cultura Económica.
Anushka Ravishankar. Los elefantes nunca olvidan. Editorial Thule
Martin Jenkins y Vicky White. Simios. Editorial Faktoria K de Libros
Luigi Amara y Jonathan Farr. Las aventuras de Max y su ojo submarino. Editorial Fondo de Cultura Económica
Daniel Martín y Ramón Trigo. El monstruo. Editorial Lóguez.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Mitología escandinava y otros cuentos







En estos últimos escritos, creo que he hecho notar mis inclinaciones por el folklore escandinavo. No es que un servidor tenga ascendencia vikinga, ni mucho menos afinidad por lo ario del asunto, pero creo que esta mitología empapa casi toda la cultura europea (dejemos a un lado las zonas bañadas por el Mediterráneo, que beben de otras fuentes, de otras culturas…), hasta tal punto que mucha de la Literatura Infantil y Juvenil actual (y éxito de ventas) está basada, casi exclusivamente, en este tipo de mitos, leyendas y personajes fantásticos… Desde que el señor J.R.R. Tolkien creo El hobbit y El señor de los anillos (obras de las que aún no me he atrevido a hablar en este espacio, más que nada por devoción y respeto), han proliferado, desde los rincones editoriales más oscuros, una serie de "imitaciones" (algunas legibles, otras no tanto) que han abarrotado este mercado de las letras. Y les doy ese apelativo de "imitaciones" ya que, muchas de ellas, denotan, en su afán por innovar, cierta desinformación en cuanto a trabajo previo se refiere… El señor Tolkien, especialista en este tipo de literatura y mitología (no olvidemos su faceta como profesor e investigador), conocía al detalle los pormenores de esta cultura, tan cercana a él; hoy en día, la mayoría de los autores escriben “a lo pavo” -como se dice en mi tierra-: sin preocuparse por los detalles, sin informarse lo más mínimo, haciendo jirones muchos conceptos ancestrales de los que bebe la cultura popular, en definitiva, sin sustancia.
Por ello, en honor a todos esos nuevos autores (a los que, aun así, respeto por ser capaces de conseguir que muchos lean), la sugerencia de lectura de hoy va dedicada a uno de mis libros favoritos, Cuentos suecos (Anaya, 1986), una selección de cuentos de varios autores como E. Beskow, reunidos bajo las ilustraciones de John Bauer, que además de tener un poder narrativo excepcional (ya saben que defiendo la ilustración como una vía de expresión eficaz y compleja), son una exquisitez para la vista que jamás me cansaré de contemplar. Y con sus imágenes les dejo hasta la próxima. Disfrútenlas.

martes, 12 de agosto de 2008

Lecturas veraniegas "sinsentido"


En verano, de vez en cuando, hay que leer, aunque sólo sean esos papelones gigantescos de publicidad que nos remiten las grandes superficies en su afán por convencernos de que esta crisis económica es una milonga más, así que leer, leemos, aunque sólo sean invitaciones como: ¡Bienvenidos a las rebajas! o ¡Gaste menos y compre más!, dos consignas que se unen a otras tantas como ¡Váyase de vacaciones! o ¡Ahorre en su cesta diaria comprando conejo!... Pero, si no fuera por esta publicidad tan propagandística, ¿qué sería de los esos lectores un tanto aviesos que se limitan a leer lo que las pancartas de los aeroplanos colocan en el cielo de la primera línea de playa?... En fin… dejémoslo ahí.
Otros, leemos otras cosas: listados de interminables de nombres y códigos indescifrables, esquelas veraniegas un tanto tristes, carteles de los festivales que llenan los rincones de la geografía española,… leemos hasta libros. Ayer, sin ir más lejos, me leí uno. El título no es muy prometedor, pero la verdad es que, dentro de este panorama nada halagüeño de caras perrunas y tristes expectativas, se agradecen las historias de El pequeño señor Paul. Este título del autor Martin Baltscheit, lanzado al mercado editorial por Anaya este año 2008, es capaz de sacarnos muchas sonrisas y alguna que otra carcajada a través de las mínimas historias de su pequeño y especial protagonista, el señor Paul. Un claro ejemplo de la literatura del sinsentido (nonsense para los anglosajones) que, aunque en ciertos aspectos cojea narrativamente, es capaz de transformar un día malo en un día bueno, eso sí, para conseguir tal efecto, le recomiendo leerlo en su banco favorito del parque, junto a la luz del verano y unos niños jugando.
P.S.: “El comienzo, delicioso” Amparo dixit.

viernes, 8 de agosto de 2008

El calor y los cuentos


Hace un par de años, cuando comenzó esta fiebre por recuperar los planes lectores en todo el territorio nacional, fui invitado a unas jornadas para promover actuaciones factibles dentro del Plan de Lectura -a nivel docente- en las poblaciones de Tomelloso, Argamasilla de Alba y Socuéllamos. He de decir, sinceramente, que guardo un grato recuerdo de aquellas horas entre el profesorado, así como de su receptividad –no siempre conseguida- frente a las propuestas que un servidor hacía para lograr uno de los puntos básicos de estos planes lectores: acercar la literatura a cada una de las áreas del currículo.
Estas jornadas estaban dirigidas a las tres partes contratantes del Plan Lector: el alumnado, los docentes y las familias. Todos recibieron formación, se aproximaron al mundo de la palabra y tomaron con ilusión este nuevo reto.
Además de un servidor, allí acudieron otros profesionales del mundo de la literatura, el cuento o, sencillamente, de la palabra. Entre rapsodas, escritores y otros artistas, destacaba un cuentacuentos cubano, Koldo (muy conocido por estos lares), formado en el mundo radifónico de su país y, desde su llegada a España, encantador de sones y vocales. Con él, descubrí el poder de una de las recopilaciones de cuentos clásicas que siempre había aparcado (¡cuán es el poder de las buenas o malas ediciones!), Cuentos al amor de la lumbre, un conjunto de relatos populares españoles recopilados por Antonio Rodríguez Almodovar (Premio Nacional de Literatura).
Son infinidad de cuentos los que se recogen en esta obra compuesta por dos volúmenes (por lo menos en su edición más clásica –Anaya-), y que resultan muy cercanos, tanto al público infantil, como al adulto.
Una vez leí que el cuento, así como el relato breve, son géneros literarios muy adecuados para acercar las letras a los niños y jóvenes, quizá por su brevedad, su simplicidad, su mensaje concreto o su lenguaje, y puede que sea cierto…

jueves, 7 de agosto de 2008

Cuentos a las orillas del Amur


Ya sabes, amigo lector, de mis quejas sobre lo evanescente que resultan las ediciones de ciertas obras de LIJ, más que nada porque dificultan mi tarea, como lector en primer lugar, y como comentarista y prescriptor de lectura, en segundo término (uno no puede realizar buenas recomendaciones si no están al alcance del público.


Durante este mes que ocupa nuestro tiempo y una vez creado el antecedente con los Cuentos Populares Rusos y Cuentos de la Alhambra, he decidido honrar otra recopilación de cuentos que abarrota muchas baldas y tantas escuelas. Prepárense para viajar a lo largo y ancho del orbe, adentrándose en la fantasía de las palabras y las historias mínimas que hemos ido hilando de abuelos a nietos y de padres a hijos. 



Ojeando la estantería que alberga mis pequeños tesoros durante esta calurosa tarde de agosto, he dado con uno de mis títulos favoritos Cuentos del río Amur, del autor siberiano Dmitri Naguishkin
 (Anaya, 1987), uno de esos libros que todavía sigue siendo un imprescindible en la Rusia ex-soviética y que no desmerece a otras como las anteriormente señaladas. Si a ello añadimos las ilustraciones de Guennadi Pavlishin, autor que gano la Bienal Internacional de Bratislava gracias a unas imágenes con mucho "art nouveau" e influencias de otros artistas rusos como Iván Bilibin o Nikolai Roerich , esta colección constituye un canto a la naturaleza y a las formas de vida ancestrales.



Aparte del cariño que profeso a este volumen por su valor sentimental y sus excelentes ilustraciones, con las que les pido se deleiten mientras leen esta reseña, he de decir que los relatos que reúne son de una amplia variedad, desde los que enseñan los pormenores de la vida –El anillo de oro-, hasta los que explican fenómenos naturales –De cómo intercambiaron sus patas los animales- e incluso los viajes iniciaticos –El valiente Azmún-. 




Además de la calidad de los cuentos destaca el glosario de términos propios de la región siberiana donde se desarrollan la mayor parte de los relatos, enriqueciendo de este modo al lector y haciendo innecesaria la traducción –probablemente incorrecta- de términos ajenos en estas latitudes. Y en estos días de aire mediterráneo abrasador, aléjese a otros parajes más frescos, recorra la taiga, cace martas cebellinas, talle barcos en la corteza caída de los abedules y déjelos navegar sobre las aguas del Amur.


miércoles, 6 de agosto de 2008

Cuentos desde Granada



A Mercedes

Ahora ya nadie lee cuentos. Ni niños, ni adultos, ni maestros, ni catedráticos, ni pijos, ni punkis… Eso sí, contarlos, los contamos todos. ¿Será porque es más fácil inventarlos que leerlos? Creo que no, los cuentos son más que mentiras bien hiladas: los cuentos nos evaden a otros mundos, nos transportan a otros momentos, aprendemos de ellos y nos llenan el espíritu.
Los cuentos nacieron en sus bocas, vaciaron su contenido en sus orejas, se enriquecieron con el pasar de los años, con la imaginación de todas las palabras del mundo y con el saber de los pueblos, de las generaciones olvidadas.
Algunos se perdieron, pero otros llegaron a este tiempo, y son esos, los cuentos que hoy viven, los que han dado ser a toda la Literatura actual, a los miles de títulos que encierra el mundo editorial (si le interesa saber mucho más de estas cuestiones más profundamente, le recomiendo a Vladimir Propp, y éste, a su vez, le remitirá a los Cuentos Populares Rusos –A. N. Afanasiev-). Por todo esto defiendo el cuento como arma de conocimiento, como punto de partida para conocer nuestra “cultura popular”, para introducirnos lentamente en la “alta cultura”, como si de autores románticos se tratase. También abogo por el cuento como utensilio pedagógico de primera magnitud que, alejado del paternalismo, enseñe el saber acumulado en las letras, en las palabras durante cientos de años.

Y hablando de cuentos, y escribiendo estas palabras desde las proximidades a la calle Elvira de la ciudad de Granada, una recomendación de lectura veraniega, Cuentos de la Alhambra de Washintong Irving…, y déjese seducir por el viento que sopla desde el Veleta, acérquese al Albaycín, recorra el empedrado de su trazado laberíntico, asómese al Darro y encuentre a esa chica, la rubia, la que tiene los ojos tan bonitos como las ventanas de la Alhambra.