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miércoles, 30 de enero de 2013

Post perruno



En cualquier familia (da igual la alcurnia), siempre hay algún incauto que, lejos de utilizar a los animales como mera fuente de subsistencia, se aleja de lo práctico y decide tratarlos como muñecos de peluche, un error mayúsculo que no acarrea más que gastos alimentarios, visitas al veterinario y un hogar a rebosar de pelo. 
Como en cualquier otra especie, este tipo fauna humana cuenta con distintos fenotipos que, clónicos, se repiten sin cesar por el ancho mundo. Aquí, unos ejemplos:


1.      Abuelito soltero (o en su defecto calzonazos y felizmente casado), jubilado y aburrido que lo mismo pasea perros, que cría gatos, o que cultiva alcachofas.
2.    Mujer de bien, viuda y con hijos creciditos, que focaliza sus dotes de mando en algún perro faldero que otrora encontró en la calle.
3.   Pareja o matrimonio joven que, indeciso entre hijos biológicos o adoptados, prefiere poner un perro en su vida común para ir acostumbrándose a ellos mismos.
4.  Mujer joven, preferentemente del sexo femenino que, dándose por vencida en el terreno amoroso, se rodea de felinos que la resoben, protejan y alejen de posibles pretendientes.


5.  Hombre joven, ignorante y con acento de otra galaxia llamada Villapocicos de la Serena, que alterna sus labores cinegéticas con la cría de mastines para agasajar al señorito durante la cacería.
6.    Inconsciente caprichoso/a, votante de izquierdas y dispuesto a alardear de altruismo y solidaridad, que acude a la perrera más próxima y salva de dos a cinco almas perrunas, para su mayor gloria divina.
7.   Obrero, lumpen, choni o cani, con superavit en su cuenta bancaria, que adquiere un perro de raza para vacilar entre congéneres de que en épocas de escasez venideras, tendrá can que pasear y otra boca que alimentar.
Seguro de las risas que suscito y reprochándome alguna que otra palabra, admito que no siento animadversión alguna por acompañantes de pelo y pluma, pero si intento seguir a pies juntillas esa consigna tan manchega que advierte “cada uno en su casa y el burro en la linde”, que bien pensado, ahorra alguna que otra discusión familiar, enfermedad contagiosa y percances irracionales. 


Por otro lado, si tienen ganas de animales hogareños, siempre pueden imaginar uno como el que protagoniza Un perro en casa (Daniel Nesquens y Ramón París, editorial Ekaré), que a caballo entre la imaginación, lo extraño y el deseo, pase de ser una idea tangible a terminar en el desagüe. Y es que esta historia trata de todos aquellos niños que anhelan adoptar un perro callejero y hacerlo suyo; un perro que se va volviendo cada vez más y más negro y que al final acaba desvaneciendo. Una maravillosa metáfora de los sueños infantiles que, inevitablemente, lo convierten en uno de los mejores álbumes ilustrados del 2012.

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