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miércoles, 4 de febrero de 2015

De las huellas de los hombres y las cicatrices de sus corazones


La vida es un viaje extraño y pasajero en el que cada uno de nosotros deja impresas unas huellas más o menos profundas sobre los caminos que recorren la piel del mundo.  Algunas son leves y efímeras, otras firmes y polvorientas…, como las del petirrojo sobre las primeras nieves del invierno, como el caballo en la furia de la batalla… Hay huellas pequeñas y otras de mayor calibre. También pasajeras o permanentes. A veces son dolorosas, pero también hay muchas que te traen una sonrisa.  Me gustan las huellas que huelen a caricia y detesto las que saben a honda pena.


A pesar de que la inmensa mayoría decidimos embarcarnos en el deambular por el tiempo de una forma individual, las pisadas que dejamos caer sobre ese parco hilo que es la vida, dependen más del peso que ejercen los demás que de nuestra misma gravedad. Si nos dejamos guiar por las extraviadas agujas de otras brújulas, de otros nortes que no son los nuestros, nos desorientamos, quedamos inútiles ante el vaivén de los meteoros, nuestra travesía se vuelve inservible y, finalmente, no arribamos al destino que nos marcamos sobre el mapa de la ruta.


Desconfíe de esos que pasan de puntillas por la vida, de esos que, como espectros vacíos, no imprimen bonanza alguna sobre los demás, de esos que deambulan por los senderos que otros dibujaron primero. Aléjese de su maldad pasajera, de su fútil existencia, de su estrechez de miras, de sus insustanciales prejuicios. Hágame caso: rodéese de hombres auténticos, valientes y bienaventurados, de mente preclara, rebosantes de ideas y pasión, trabajadores y sinceros, de esos que, pese a su insignificancia y con la ligereza de sus pasos, te dejan un dulce poso.


Buscar una meta, robarle el significado a los días, ignorar a los demás, ser consecuente con tus ideas y actos, anhelar un trayecto personal, intentar hacer algo, es lo que mueve a los hombres de gran valía que, como Ernest Shackleton (ese irlandés que intentó atravesar la Antártida cruzando por el polo sur geográfico y que, por un golpe de mala suerte, tuvo que sobrevivir junto a sus compañeros durante dos años en el terrible continente helado), hacen de nuestra especie un motivo por el que merece la pena luchar, por el que exponer a la intemperie unos corazones que, a pesar de la elasticidad de sus músculos, no retornan a su ser y se llenan de las cicatrices imborrables que siguen trazando los pétalos caídos de los cerezos, las sonrisas infinitas que me traían tus ojos azules... Mi mar, tu cielo.


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