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miércoles, 7 de marzo de 2018

De frío y valientes



Aunque las marquesinas de los autobuses empiezan a rezar que la primavera YA ha llegado (¿les suena, no?) parece ser que este invierno se va a prolongar más de lo acostumbrado. No sólo por la cadena interminable de borrascas que han sobrevolado nuestra geografía durante las últimas semanas, sino porque rompe de golpe y porrazo con esa idea instalada en nuestro subconsciente del supuesto y eterno verano.


Mientras yo vivo encantado, no sólo porque me encuentro mucho más activo con el frío (con el viento no tanto) y no doy tiempo a que mi metabolismo almacene tejido adiposo pardo, sino porque le estoy sacando partido a las prendas de abrigo (que me cuestan lo mío), otros se ven más jodíos. Que si una gabardina, un jersey mal traído, camisetas de manga corta, abrigos de chichinabo... Lo suyo es sufrir más que sobrevivir. Se lo digo yo que, cada día veo tiritonas de escándalo. “Yo no sé cómo te atreves a venir de esa guisa, ¡con la que está cayendo y tú en mangas de camisa!”. Así pasa, que pillan unos resfriados que cortan lo humano.


La sorpresa viene cuando te das un garbeo por las tiendas, ves como las maniquís lucen la temporada primavera-verano, sufres un perrequeque, y afuera, a la intemperie y sin aire acondicionado, hay seis grados. De pronto giras la cabeza y ves la cola interminable de la caja y ya es cuando deseas con todas tus fuerzas sumergir a media España en aceite hirviendo. “Pero, ¿estamos tontos?” Pregunta mi madre con un codazo. Yo me resigno y le digo que nos vayamos a toda mecha, no sea que de repente me transforme en pirómano.


Lo mejor viene cuando durante el fin de semana nos echamos a las calles, llenamos los bares, las salas de cine, cafés, restaurantes y teatros, para certificar así la involución del ser humano, ese que gusta de pasar calamidad vistiendo en el rigor del invierno hatos propios del verano, para que el domingo se quintupliquen los casos de amigdalitis, faringitis y pulmonía en las salas de urgencia hospitalarias.


Eso es de gente osada que, como Irene la valiente, la protagonista de uno de los libros de Willliam Steig (sí, sí, el de Shrek) que acaba de reeditar la editorial Blackie Books, es capaz de enfrentarse a una tormenta de nieve con tal de acercarle a la señora duquesa el vestido para su cena de gala (¡Lo que hay que hacer para tener contenta a la aristocracia!) y dejarse a su madre pachucha en la cama. 
En el fondo Irene es un ejemplo de sacrificio y perseverancia que al final obtiene un premio más que merecido: el reconocimiento de todos los adultos, incluida su madre, orgullosísima de una hija que no ceja ante nada. Pero por favor, si quieren que cunda el ejemplo de esta niña, enfúndense en abrigos, bufandas, gorro y paraguas, calzado de invierno, forros polares y guantes, que, a pesar de ser animales homeotermos, hace tiempo que perdimos el pelo, uno cuyas funciones ha heredado la ropa. No sea que pillemos un tabardo y tengamos que oír a nuestros padres “... ¡Jugarse la vida por unos pantalones...! ¡Ole tus cojones!”



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