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sábado, 12 de mayo de 2018

Sólo le pido a Dios que termine Eurovisión


Tras realizar mis tareas domésticas y echarme algo al buche, pongo la tele para dejar de ser un indocumentado (estoy peor que mis alumnos: viviendo en la ignorancia…) y me encuentro ¿a que no saben a quién? ¡Pues a la Amaia y el Alfred! ¡Otra vez! ¡La millonésima! (¿Notan ese deje ácido, verdad?) Sinceramente, me hallo hasta el escroto de estos nenes. Y no precisamente porque un servidor esté en contra de que los jóvenes hagan realidad sus sueños (cosa que debería pasar siempre), sino más bien porque no tenemos bastante con pagar los costes de la broma “eurovisiva” (y sus precuelas, claro está), sino que además nos toca sufrirlos a todas las santas horas del día (Resoplido)…
No es que canten mal (ni mucho menos), pero esta tortura vietnamita a la española se está yendo de madre por ñoña, insulsa y aséptica. Hasta la Rosa, con sus tragedias y miserias, tenía más guasa y sobrasada. O es que lo ibérico se está europeizando hasta cotas insospechadas, o es la imagen, el estereotipo juvenil hispano que se desea potenciar desde la televisión patria. Sólo faltan las de “Lo malo” para acrecentar este tormento... Sinceramente, esta noche nos toca festival de la canción y echo de menos a Massiel.
Hace cincuenta años que María de los Ángeles Félix Santamaría Espinosa (que así se llama)  ganó Eurovisión gracias a una canción del Dúo Dinámico y a las presiones “indepes” sobre Juan Manuel Serrat. Todo muy español (ya saben…) y nada que ver con este panorama tan apocado y pusilánime que llevamos padeciendo tres meses (que se dice pronto, ¡¿eh?!). Y como no me quiero poner negro confrontar personalidades (que si no, apaga y vámonos) sólo les dejo con esta entrevista sin desperdicio a la Massiel-ísima (no deja títere con cabeza esta pájara) y comparen ustedes mismos.
De repente, me paro a pensar y caigo en que todo este conreo (denótese el mancheguismo) se debe a una de esas cosas que nos hace humanos: la voz. Y es que las cuerdas vocales, el lenguaje, el habla, es lo que nos hace únicos frente al resto de los animales. Como bien dice José Fragoso en Mi voz, con ella nombramos a las cosas, podemos hacer pedorretas, contar historias, llamar a tus amigos, y, sobre todo, cantar (cosa que nos ocupa hoy). Y es que en este álbum ilustrado editado por Narval, se incluyen con mucho salero (menos mal que algunos españoles, a pesar de pulular por EE.UU., lo siguen conservando) toda una suerte de actividades que se relacionan con el mundo de las ideas y la palabra. En definitiva, un libro a caballo entre la ficción y la no ficción muy recomendable para parlanchines, vendepeines y cantantes en ciernes.
Y hasta aquí, la perorata del sábado. A ver qué pasa esta noche. Esperemos que el martilleo de “su canción” (ironías de los pronombres posesivos) no dure como los cincuenta años del “La la lá”, aunque por la parte que me toca, sigo diciendo de como Massiel, nadie (o en su defecto Salomé). Ea, así es la vida. Y Eurovisión.


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