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martes, 12 de mayo de 2020

De madres sobreprotectoras



Si se creen que esto del teletrabajo es un chollo, están muy equivocados. Al menos en mi caso, las clases on-line me están dando muchos quebraderos de cabeza y disgustos varios, sobre todo porque muchos padres se creen con derecho de ir metiendo el moco donde no les importa -aunque les incumba-.
Se ve que uno ya no puede hablar de tú a tú con sus alumnos, tratarlos como personas adultas ni llamarles la atención sobre actitudes incorrectas con algo de claridad. Sobre todo porque los padres, más que aburridos, se dedican a meterse en nuestras aulas (que ahora han pasado a ser virtuales) como el que se pasea por una red social, y se dedican a darnos clases de cualquier materia que ellos consideren, llámese urbanidad o ciencias naturales. No sé quién les ha dicho que su condición de padres les capacita también para dar lecciones magistrales.


Lo más gracioso de todo sucede cuando no pueden contener sus frustraciones (N.B.1: No olviden que muchos padres otrora fueron alumnos y todavía tienen cuentas pendientes con el sistema educativo que deben resarcir con los profesores de sus hijos), suplantan la identidad de sus hijos y se lanzan a soltar todo tipo de improperios. Una de dos: o ven demasiado Sálvame, o no se han enterado que están cometiendo una falta tipificada en el código penal (la de injuriar y calumniar a la autoridad docente, la de suplantar identidades se la perdono porque me hace incluso gracia).
Y es que algunos progenitores, no teniendo bastante con sus problemas (¿Acaso no verán lo que se nos avecina?), se cargan con los de sus hijos, unos que viven en mantillas, a sus once vicios y casi endiosados por esa máxima de la sobreprotección, la superpaternidad y la culpa (si no han disfrutado del calor de sus hijos la entenderán). Muchos no se han enterado que a los hijos hay que despabilarlos, que aprendan a sacarse las castañas del fuego, a luchas sus propias batallas, porque si no los adultos acaban poniéndose al nivel de quinceañeros, y la cosa empieza a oler (no es para menos).


Llegamos así a Madre Medusa, un álbum de Kitty Crowther que necesitaba ser traducido a nuestra lengua (¡Gracias editorial Ekaré! ¡A ver si os animáis con La Visite de la Petite Mort y Annie du lac) y que muchos esperábamos como agua de mayo (nunca mejor dicho). Y sucede que en esta historia que rezuma ecos de leyenda, que huele a antiguo cuento de hadas, una madre con una cabellera que tiene vida propia vive por y para su hija. Tanta es la obsesión de cuidarla, protegerla y educarla ella misma que impide que su hija dé rienda suelta a sus deseos de socializar con otros niños (N.B. 2: Tengan cuidado en regalárselo a alguna madre, sobre todo primeriza, o pueden acabar con el libro incrustado en el cráneo).


Partiendo de un personaje de la mitología griega, Medusa, una de las tres górgonas, la Crowther, desarrolla una fábula con mucho intríngulis. Lo primero es que tomando el propio nombre de la protagonista, pues en griego Μέδουσα significa “protectora” o “guardiana”, y el atributo más conocido de este monstruo, su cabellera con vida propia, la autora rompe con el final de la historia tradicional (según la mayoría de las versiones Medusa, tras ser violada por Poseidón y condenada a vivir su embarazo en el aislamiento y el oprobio, fue asesinada por Perseo) y deja que Medusa dé a luz a Anacarada, su hija (un punto de partida muy interesante).


De esta manera Kitty Crowther deja que el lector asimile una realidad ancestral a un contexto actual (¿Qué madre no se preocupa por sus vástagos?) y habla con el espectador de muchas sensaciones como la maternidad como vergüenza (no olviden que Madre Medusa es una madre soltera fruto de una violación), los hijos como propiedad privada, las inseguridades de las madres primerizas, la obsesión por el éxito, su total entrega, la ansiedad y los miedos al nido vacío… Un sinfín de sentimientos que se van desencadenando al pasar unas páginas donde la orilla del mar donde la autora pasó gran parte de su niñez se hacen muy patentes.  
En las ilustraciones, además de guiños simpáticos (¿Cómo leen esta madre y esta hija? ¿De qué está hecha esa cabellera?), surrealistas (las escenas del caballo o el abecedario son tan hermosas como inverosímiles) y transgresores (el momento del parto es impactante), contamos con un colorido donde priman los colores cálidos, así como las formas circulares que nos arropan y envuelven en una historia universal con un esperado y justo final.


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