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viernes, 5 de febrero de 2021

De policías y vidas vacías


Me contaba el otro día una amiga que en Inglaterra, hasta bien entrado enero no existía la dictadura de las mascarillas, y que incluso hoy día puedes ver gente paseando tranquilamente sin ella por las calles. Contaba también que la policía seguía rechazando la idea de multar a los viandantes, pues consideraban que es una opción igualmente válida, contemplada entre las libertades amparadas por la constitución británica. En el caso de encontrarse con alguien que no la porte, se acercan y te informan de la conveniencia de utilizarla quedando bajo tu responsabilidad la elección, pues a ellos no les pagaban por ser los “babysitter” del ciudadano.


Si comparamos la situación con la de nuestro país, uno en el que el ciudadano está acostumbrado a las dictaduras y al paternalismo de estado (todo por nuestro bien, nos dicen… ¡Qué buenos son!), y la cosa cambia mucho, pues las fuerzas de seguridad del estado no se plantean estas cuestiones, es más, están encantados con abusar del poder que les ha sido otorgado. Como a los médicos de atención primaria ni se les ve ni se les oye, han tenido que nombrar nuevos expertos en salud pública. Una fantasía.
Se ve que a los españoles nos ha parecido poco eso de aguantar a policías locales, ertzainas, mozos de escuadra, nacionales y guardias civiles, y se ha abierto la veda para que muchos donnadies obtengan la placa. Han echado mano de la gorra de plato que lucieron en la primera comunión, de tazos que han colgado a modo de medallas y no han parado de leernos la cartilla durante los últimos meses.


No les debe extrañar que cada régimen tenga sus redes policiales. Y si pasan desapercibidos, mejor que mejor. Vestidos de paisano deambulan por las calles, en chándal y un par de chihuahuas de la mano, luciendo moldeador y gafas de sol, miran de reojo, espían a los vecinos, a sus comadres. No se les escapa detalle… de la vida de otros, por supuesto, pues ellos tienen poco donde rascar. Y desde que el bicho llegó, menos. Tristes vidas. Tristes, tristes.
Lo dicho, que yo me quedo con los “bobbies”, que además de vestir con más elegancia, tienen valentía para cazar a los cacos. Como el sargento Simeón de Policías y ladrones o Bill, el ladrón, dos clásicos de Jane y Allan Ahlberg que han sido recientemente rescatados del baúl de los recuerdos por la editorial Babulinka Books en un formato parecido al que usó Altea allá por 1978.


La banda de Dany el Pupila está planeando robar los regalos de Navidad mientras los niños duermen. Scotland Yard está al tanto pero da igual, los cacos se cuelan en las casas y se hacen con los juguetes. Simeón va tras la Abuelita Feroche para recuperarlos pero ¡zas!, los otros cinco caen sobre él y no puede escapar. ¿Qué sucederá? ¿Logrará deshacerse de ellos y salvar la Nochebuena?


Ilustraciones coloristas llenas de detalles (me ha encantado ver el interior de cuartel general de la policía londinense o el mapa estratégico para capturar a los pillastres), secuencias de viñetas que recuerdan al cómic, un texto rimado muy agradecido y un pequeño apéndice explicativo final, hacen las delicias de los lectores mientras dejan volar su imaginación.


En la segunda, Bill, el ladrón protagonista, se introduce sigilosamente en una casa durante la noche y, cuando está terminando de desvalijarla, se encuentra una maleta con un niño dentro. Ni corto ni perezoso, se lo lleva a casa y aprende a cuidarlo. El niño es muy juguetón y se entienden a las mil maravillas. Pero un día, otro ladrón entrará en casa de Bill para robar y, cuando el niño se pone a llorar, Bill descubre por sorpresa que el ladrón en cuestión no es, ni más ni menos que ¡la madre de la criatura!


Con un humor muy blanco y un final feliz, esta historia que se complementa con la anterior, nos vuelve a sumergir en la época dorada del álbum ilustrado anglosajón.
Ilustraciones llenas de detalles (fíjense y descubrirán montones de cosas, sobre todo si conocen un poco la cultura inglesa y esa afición por llenar todas las casas de objetos inverosímiles), un lenguaje muy cercano y giros inesperados, hacen de este relato de intriga, una buena opción para plantear cuestiones sobre la paternidad, las madres solteras o la propiedad privada.


Una historia con mucha acción y un héroe posmoderno, que invita a releer otros libros como El cartero simpático o ¡Qué risa de huesos!, con los que los amantes de los álbumes deben contar en su colección.


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