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miércoles, 17 de marzo de 2021

Elegir un amor


La primera vez que leí Los tónicos de la voluntad, el ensayo más conocido de Santiago Ramón y Cajal y secuela del discurso pronunciado en la ceremonia de recepción del Nobel de Medicina en 1906, me quedé boquiabierto. Algunas partes me parecieron exquisitas y otras no tanto, sobre todo la que se refería a sus planteamientos sobre las parejas de los científicos. Se despachó de lo lindo dando una buena tanda de consejos a científicos en ciernes para que eligieran esposa de la manera más correcta y esto no lastrara sus logros profesionales. Por ponerles un ejemplo, según él, existían cuatro tipos de mujeres: la intelectual, la heredera rica, la artista y la hacendosa. ¿Y cuál le corresponde al hombre de ciencia? Pasen y vean. Si algunas leyeran algunas de sus perlas, más de una quemaba el librito.


Yo, un veinteañero en pleno siglo XXI, flipaba con estos anacronismos, pero ahora que ha pasado el tiempo, lo veo con otra perspectiva. Lo primero es que el tío dedicó un capítulo entero en reconocer el papel de Silveria Fañanas en todos sus logros. Si su mujer no se hubiera sacrificado para sacar adelante una casa mientras estirazaba de siete críos, él no hubiera pasado de Juan Lanas.
Y lo segundo es que tiene bastante razón en eso de elegir correctamente a la pareja. Dejando a un lado las posturas feministas y haciendo extensivas sus palabras a cualquier tipo de pareja, hace años que constato la necesidad de ser práctico con esto de los sentimientos. No es que yo abogue por los matrimonios de conveniencia, pero sí veo cómo esa diferencia de educación, origen o formación entre los miembros de muchas parejas las aboca al desastre.


Si ya hace falta mucha cabeza y tragar demasiada salida para no echar por tierra cualquier relación, imaginen qué pasaría si diferencias monetarias, formativas, religiosas, raciales o de clase entraran en juego. Pues que a la mínima estalla la guerra, el asunto se deteriora y el cariño termina en cualquier cuneta.
Es curioso cómo en apenas un siglo ha cambiado la forma de emparejarnos. Hemos pasado de una época en la que nuestras circunstancias, llámense estas familia o situación laboral, decidían, a otra en la que nos dejamos llevar por el amor, ese sentimiento tan hermoso como paradójico que nada tiene que ver con lo práctico de la vida. Un fenómeno digno de estudio con el que hoy les invito a conocer Tiffky Doofky. De profesión, basurero, un álbum del gran William Steig publicado en castellano por Blackie Books.


Tiffky Doofky es un perro que deambula de un lado a otro con su camión y recoger todo tipo de basura. Mientras trabaja, Madame Tarsal, una adivina, le invita a entrar en su negocio y le hace saber que ese es el día en el que conocerá a su futura esposa. Con mucho entusiasmo, se dirige hacia en vertedero y ¡voilá!, entre los desperdicios encuentra un collar de esmeraldas. Todo va sobre ruedas (nunca mejor dicho) hasta que un extraño personaje se cruza en su camino y le hace saber que el collar pertenece a quien le va a robar el corazón… Y hasta ahí puedo leer.


Como en otras obras de Steig protagonizadas por animales, este libro se adentra en los tortuosos caminos que llevan hacia el amor no sin antes jugar con la fantasía y los dictámenes de lo prefijado. Por un lado bebe de la magia de lo inesperado, pero por otro se adentra en lo humano y práctico, una mezcla que suele presentarse en más de una ocasión en la vida y que debemos sopesar dependiendo de las circunstancias.

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