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sábado, 13 de marzo de 2021

Un año de peste


Hoy hace un año que nos encerraron. Un año ya, parece mentira. Con este día de primavera queda lejano, pero si lo piensan detenidamente está a la vuelta de la esquina. La pregunta es qué hemos aprendido. La respuesta que la dé cada uno, pero un servidor ha de decir que más bien poco o sencillamente nada.
Virus, pandemias, confinamientos y vacunas nos han acompañado estos meses como si fueran una novedad, pero lo cierto es que hay poco nuevo bajo el sol. Si durante aquellos meses en los que el mundo se paró, tuvieron a bien leer novelas como Diario del año de la peste de Defoe, Ensayo sobre la ceguera de Saramago, el Decamerón de Boccaccio o Los novios de Manzoni, se darían cuenta que todo lo que nos sucedió -y nos sigue sucediendo- es fiel reflejo de la misma historia, una que siempre se repite cuando una enfermedad contagiosa se desata.
Como soy un clásico, me decanté por La peste, una de las obras cumbre de Albert Camus que bien podría haber sido lectura obligatoria para todos los habitantes mayores de 16 años de este país. Entiendo que una prosa tan poco apasionada como la de Camus hastía a muchos, pero el caso es que tiene mucho de certera narrando las bajezas y flaquezas humanas que transitan un escenario tan poco habitual como la epidemia de peste en Orán. A pesar de lo descriptiva y fría, esta crónica logra empatizar con el lector. Despojada de florituras, presenta la realidad tal y como es. Contagiados, fallecidos, sanitarios, políticos y periodistas se funden en una amalgama que resume (y adelanta) de forma magistral todo lo que hemos pasado.
Es por ello que en este día un tanto especial, les traigo una serie de fragmentos de este libro, primero, para animar a su lectura (les recomiendo como aperitivo Mis tardes con Margueritte, una película donde este libro tiene mucho peso), y segundo, para refrescar su memoria, pues el olvido siempre nos hace flaco favor.

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Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas.

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La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar. Pero no siempre pasa, y de mal sueño en mal sueño son los hombres los que pasan.

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Continuaban haciendo negocios, planeando viajes y teniendo opiniones. ¿Cómo hubieran podido pensar en la peste que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres y nadie será libre mientras haya plagas.

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Así fue que, por ejemplo, un sentimiento tan individual como es el de la separación de un ser querido se convirtió de pronto, desde las primeras semanas, mezclado a aquel miedo, en el sufrimiento principal de todo un pueblo durante aquel largo exilio. [...]
Y para todos nosotros, el sentimiento que llenaba nuestra vida y que tan bien creíamos conocer (los oraneses, ya lo hemos dicho, tienen pasiones muy simples) iba tomando una fisonomía nueva.
Así, pues, lo primero que la peste trajo a nuestros conciudadanos fue el exilio.
Cada uno tuvo que aceptar el vivir al día, solo bajo el cielo.

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Además estaba seguro de que durante mucho tiempo los viajeros procurarían evitar la ciudad. Esta peste era la ruina del turismo.

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Comprendo este simpático ardor. Al principio de las plagas y cuando ya han terminado, siempre hay un poco de retórica. En el primer caso es que no se ha perdido todavía la costumbre, y en el segundo, que ya ha vuelto. En el momento de la desgracia es cuando se acostumbra uno a la verdad, es decir al silencio. Esperemos.

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