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viernes, 19 de marzo de 2021

Lo que duelen las palabras


Más de 70 millones de personas en el mundo tartamudean, es decir, un 5% de los humanos. De estos, un 4% son niños y un 1% adultos, lo que quiere decir que esto de hablar a trompicones, realizar pausas inesperadas o atropellarse con ciertas palabras es mayormente un problema infantil que se soluciona con el paso del tiempo en la mayoría de los casos.
Actualmente este problema de la sincronización del habla se relaciona con factores neurológicos y empiezan a desterrarse las creencias clásicas que consideraban otros factores como una lengua y laringe defectuosas, ataques de ansiedad y timidez, diferentes tipos de traumas o incluso una mala crianza. Aunque todavía queda mucho por estudiar, los científicos piensan que existen interferencias en las conexiones de diferentes áreas cerebrales que impiden que el discurso sea fluido.


Probablemente si tus padres tartamudearon cuando eran pequeños o lo siguen haciendo, tú tienes todas las papeletas para hacerlo también, ya que este problema tiene un alto componente genético, más todavía en los hombres –dos terceras partes de los tartamudos son hombres-.
A pesar de ser tan común, la mayor parte de los tartamudos se sienten estigmatizados socialmente, un rechazo que en parte tiene que ver con las mofas recibidas durante la infancia por parte de amigos y compañeros que no comprenden el problema, sobre todo cuando se trata de casos muy extremos.
En realidad, debería darles igual. Ser tartamudo o no, no está relacionado con la capacidad intelectual. No quiere decir nada. Personas tan inteligentes como Oscar Wilde o Marilyn Monroe eran tartamudos, así que nervios y vergüenza fuera.


Personalmente, siempre me ha parecido un mal menor que con mucho respeto, una pizca de paciencia y alguna técnica que otra se puede corregir sin demasiado sacrificio. Como siempre, lo grave llega cuando todo se magnifica y quienes sufren el problema se vuelven demasiado introspectivos, se refugian en los complejos y quedan sepultados por sus propios miedos.
Es ahí donde entramos en juego los adultos, los encargados de aligerar el lastre de los niños, de hacer ver que la perfección es inhumana, y sobre todo, de acompañarlos en su camino interior. ¿Cómo? Es muy difícil saberlo. Desde una bronca monumental, hasta una simple metáfora pueden ser el empujón que necesita un crío para oscilar del miedo a la aceptación, de la tristeza a la alegría. Las palabras duelen, pero también curan.


Prueba de ello es Hablo con el río, un libro de Jordan Scott y Sydney Smith que se convirtió en la sorpresa del mercado angloparlante el año pasado. Publicado en castellano por Libros del Zorro Rojo, esta historia autobiográfica se adentra en los problemas que el autor tuvo durante la niñez debido a su incipiente tartamudez. Narrada desde la primera persona esta catarsis en forma de álbum, también quiere ser reflejo y agradecimiento. Reflejo para todos aquellos se sufren el mismo problema y agradecimiento para un padre que encuentra el resorte necesario para moderar el dolor e insuflar entereza.
Poderoso y complejo, este álbum lleno de detalles transita caminos difíciles gracias a un texto directo y sobrio donde el río, metáfora del habla, vertebra turbulento, quieto o sinuoso una narración llena de sinceridad. Acompañado de unas ilustraciones donde la luz, el enfoque y los juegos de planos se antojan matices discursivos de primer orden, tenemos un producto enriquecido muy necesario para todas las edades.


Si a todo ello añadimos la tipografía y el desplegable central que a modo de puerta nos sumerge en los recuerdos del protagonista, el lector-espectador desarrolla una óptica evocadora que, además de deleitarnos estéticamente, favorece la apropiación emocional de la obra, algo muy necesario en este tipo de álbumes donde la visibilidad de los problemas infantiles supone un problema narrativo añadido.


Desnudez, indefensión, expiación, culpabilidad, entendimiento, o superación. Toda una suerte de vericuetos sentimentales que ensalzan las relaciones entre padres e hijos, y que se agradecen más que nunca en un día como este, 19 de marzo.



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