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jueves, 9 de febrero de 2023

Historias caleidoscópicas


Una vez me dijeron que yo no era suficientemente categórico y que, como el océano, iba y venía. Yo respondí que la vida está llena de matices y que no todo es blanco o negro, sino que puede traernos y llevarnos por muchos derroteros. Que cada uno tiene su perspectiva y dependiendo de las circunstancias lo que vemos se puede tornar rojo, azul o verde. Y en eso estoy este jueves, justificándolo con un libro estupendo.
Si bien es cierto que fue editado por Aura allá por 1990 y recuperado en cierta colección por fascículos de Planeta, sigue descatalogado y desde aquí, pido su readmisión en el mercado editorial de nuestro país.  
Sí, hoy nos toca Blanco y negro del gran David Macaulay, un clásico, básico en cualquier estantería, maravilla donde las haya que se presenta ante nuestros ojos como un juego de perspectiva, una adivinanza, un ejercicio de nonsense sin parangón, un artefacto de lectura posmoderna.
Con esa multiplicidad narrativa que utiliza en El atajo, esta vez, David Macaulay nos presenta cuatro historias simultáneamente. En cada doble página se disponen cuatro imágenes a modo de viñetas que se refieren a cuatro historias con cuatro títulos diferentes: Ver para creer, Cosas de padres, Un juego de espera y Rompecabezas de vacas.


Una nos cuenta el viaje en tren de un chaval, en la de abajo tenemos a dos niños que cuyos padres se pasan el día trabajando, en la siguiente nos encontramos con una estación llena de gente por culpa de un retraso, y en la última tenemos a un caco recién fugado de la cárcel que decide camuflarse entre un rebaño de vacas.


En un principio pueden parecer independientes. Primero, por los estilos, colores y técnicas que el autor utiliza en cada una de ellas, y segundo, por unos argumentos muy dispares. Pero conforme pasamos las páginas, vamos encontrando nexos de unión entre unas y otras. Antifaces, sábanas que se cruzan de una viñeta a otra o papelillos que vuelan por todo el libro se abren camino en una literariedad enriquecida por dos lenguajes.


Todo parece absurdo y muy loco, nada de lo que aquí sucede tiene sentido, es increíble pero cierto. Y por si no fuera poco, cuando llegamos a la última página nos damos de bruces con una imagen que sintetiza diversos elementos de cada historia y nos da la vuelta a la tortilla como si de un juego infantil se tratase.


El autor inglés rompe el marco de lectura espacio-temporal y fragmenta (¿o quizá construye?) una narración en la que el lector-espectador tiene mucho que decir, pues es capaz de rellenar los huecos discursivos que se presentan, de manera que estimula, no solo su imaginación, sino también su capacidad creativa/narrativa.


Tipografías que se desmigajan, créditos, camisa, tapas enteladas, una vaca… Montones de elementos peritextuales que refuerzan esa idea de que en este libro nada ocurre porque sí, sino porque su autor lo ha decidido y nos invita a descodificar este jeroglífico tan particular en el que cualquiera puede aportar su grano de arena.
Sí, señores, no es blanco o negro, es del color de David Macaulay.

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