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miércoles, 8 de marzo de 2023

El tesoro de la felicidad


Las miserias se ciernen sobre mí y los que me rodean, y no puedo evitar tener una actitud más introspectiva de lo habitual. Accidentes, enfermedades, adicciones… Parece que nos ha mirado un tuerto y nos da por la impotencia, la insignificancia y mucho cavilar.
¿Nos haremos más daño? ¿Hallaremos la solución? ¿Servirá de consuelo? Quizá todo se reduzca a darle la vuelta a la tortilla, una simple oración, o la inmensa nada, esa que a veces te empequeñece, otras te transforma en gigante, o en la que simplemente te desvaneces.


Lejos de caer en el derrotismo, la peor de las derivas, intento seguir a flote, no solo por aportar algo de optimismo en situaciones realmente duras, sino por encontrar una pizca de magia en la vida, una de la que muchas veces nos olvidamos cuando proyectamos hacia el futuro, más si cabe cuando ese mañana no augura nada bueno.
Si bien es cierto que yo abogo por mirar hacia delante y seguir, seguir pese a todo, hay ocasiones en las que el pasado ayuda a construir un álbum de momentos especiales en los que refugiarse y constatar que el tiempo en este mundo ha servido de mucho.


Un cofre lleno de recuerdos hermosos, extraños y sorprendentes donde todo tiene cabida. Sonrisas y lágrimas. Rimas consonantes, dibujos y más dibujos, unos cuantos dientes, montones de fotos, mediodías en el parque, besos y más besos, pasteles de vez en cuando, los buenos días del sábado, vaquillas, requesón con miel o una mudanza con nieve incluida.


Eso mismo me pasa cuando abro libros como Piratas en el jardín, el nuevo álbum de Atak que se abre camino en nuestro contexto editorial gracias a Libros del Zorro Rojo.
Un niño y su mascota, un pato muy espabilado, se sumergen en una historia con mucho intríngulis espacial por culpa de una banda de piratas que irrumpen en el jardín y hacen estallar un globo sin querer. La cosa se va de madre y los dos protagonistas se asoman a una nueva realidad con enjundia.


En formato bastante grande, se despliega un rellato muy sui generis donde el autor alemán despliega un buen número de recursos tanto narrativos, como estilísticos, para embelesarnos con buenas dosis de onírico sinsentido. Ilustraciones a toda página donde encontramos una, dos, o a lo sumo, cuatro palabras que funcionan a modo de brújula en una aventura muy loca, juegos interactivos a base del libro-objeto, pictogramas y un sinfín de jeroglíficos y adivinanzas.


El estallido de un globo como interruptor fantástico, el juego de perspectivas, cuadros que cobran vida, ventanas y puertas que se abren y se cierran... Es un libro que da para muchísimo. Y referencias... Montones de referencias al universo infantil. Pippi Langstrumpf, El grúfalo, Tintín, Max y sus monstruos, Babar, El principito, Robinson Crusoe, Miffy, Dr. Seuss... 
Sí, amigos, en este libro caben muchos tesoros, elementos que rezuman infancia por los cuatro costados, que blanden la bandera de esa patria común, nos cogen de la mano y nos llevan al lugar en el que fuimos muy felices.

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