Hace un par de años, refugiado en ese remanso de paz que son los libros, me topé con uno titulado Brujas, de una tal Adela Muñoz (editorial Debate) y, aunque me quedé a medias (ya saben, de repente, surgen nuevos títulos y el deseo nos puede) todo lo que leí me pareció bastante interesante para desmitificar ciertas ideas.
Según el planteamiento de la autora, España y Portugal fueron los países de Europa donde menos se castigó a las brujas por parte de la Inquisición durante la Edad Media. Mientras que en Alemania, Polonia o Francia se ejecutaron a más de 30.000 personas, en España se contabilizaron apenas 500. Esto se debió en gran medida a las investigaciones que realizaban los inquisidores, unas figuras que, a pesar de ser demonizadas en nuestro tiempo anticlerical, practicaban la objetividad y la cordura.
Esto se deja entrever en la figura de Alonso de Salazar y Frías, persona sobre la que recayó la investigación del auto de fe contra las brujas de Zugarramurdi. Este hombre concluyó que ni brujas ni aquelarres. Las seis personas que perdieron la vida en la hoguera confesaron haber participado en esas prácticas por librarse de las penas de cárcel.
Y es que, aunque, por lo general, la brujería se relacionaba con curanderas que practicaban la medicina natural y realizaban encuentros para intercambiar conocimientos, muchas de las personas ejecutadas eran acusadas por sus propios vecinos que, viendo perder sus cosechas o fallecer a sus hijos, buscaban una explicación cercana a esas desgracias. Meras supersticiones para exorcizar el dolor y la envidia. Lo de toda la vida…
Lo peor de todo es que no hace falta remontarse a los siglos XV o XVIII. Hoy en día, las brujas siguen perseguidas y castigadas en numerosos países de Centroamérica, la India, Indonesia o el África subsahariana, lugares donde la mentalidad mágico-religiosa todavía sigue muy arraigada. Tanto es así, que en la segunda mitad del siglo XX han sido asesinadas por brujería más personas que en Europa en toda la Edad Moderna.
Y para quitarle hierro al asunto, traigo a esta bitácora La bruja en la torre, el segundo título de Las tres hermanas, la trilogía más personal de Júlia Sardà que acaba de publicar Blackie Books. Si en La reina en la cueva, la protagonista era Franca, en este nuevo libro le toca a Carmela. Su hermana mayor ha hecho nuevos amigos y Tomasina todavía es muy pequeña. Se siente sola y decide irse de paseo mientras juega a Caminar Hasta No Poder Más. Así, llega hasta una torre donde vive una bruja que le descubrirá los secretos de la profesión, una hecha a la medida para Carmela. Seguro que también nos sirven a nosotros…
La bruja en la torre es toda una defensa de esa forma de vida que transita entre el mito y la realidad desde una perspectiva tan mágica como infantil. Un viaje de crecimiento personal que transcurre entre la infancia y la primera adolescencia de una protagonista incomprendida por ese ecosistema familiar que forman sus hermanas mayor y menor. Es lo que tienen los medianos…, hay que buscarse las habichuelas.
Como en el título anterior, Sardà se embebe de todas esas referencias a las que suele recurrir como los detalles que Ivan Bilibin y otros artistas del art noveau desarrollan en sus ilustraciones o lo anacrónico de los juguetes y la decoración. Al mismo tiempo, también nos deja asomarnos a nuevas miradas en las que resuenan los volúmenes y las sombras de Giorgio Di Chirico, los juegos de perspectiva de Escher o los espacios inquietantes de Wyeth. Y si esto les sabe a poco, disfruten de los guiños a Chancho-Pancho de Sendak, la presencia de El aprendiz de brujo de Goethe o de escenas que bien podrían incluirse en las películas del estudio Ghibli.






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