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martes, 20 de marzo de 2018

Adultos que fueron jóvenes



Cuando toca evaluación, la fiesta no es pequeña. No sólo porque resulta terapeútico para muchos de los asistentes eso de destripar a todo bicho viviente, sino porque los que acudimos en calidad de espectadores tomamos nota de la miseria reinante...
Algunos se ve que se han tomado a pecho esa tan machacona de Afuera lo malo (¡Qué repelús!). ¿O será que con el nombramiento de funcionario de carrera el machete iba incorporado? El caso es algunos no paran de graznar y todos los trimestres se repiten las mismas escenas, las mismas frases, las mismas escenas... Y yo, que con los años me estoy volviendo cauto, siempre preguntándome (sí, a mí mismo, que soy el único que me entiende): “¿Y estos? ¿Habrán sido jóvenes alguna vez?” Para terminar contestándome con ese chascarrillo que cuenta de vez en cuando el Alfon: “Cuando nació, su madre le pregunto al médico: ¿Qué es, niño o niña? Y el médico le dijo: Plasta.”


Parece ser que conforme nos vamos comprometiendo con el papel que el universo (me pongo poético para la ocasión) nos ha asignado, la cosa se interioriza tanto que pasamos al firmamento de cansinos que, de un modo u otro, nos eternizan las mañanas (de vez en cuando también tardes), recubriendo sus intereses de una tástana de buenas intenciones y empalague impenetrable.
Bocas que se abren (de aburrimiento, of course) y otras que bien podrían cerrarse (que luego entran moscas y salen larvas), el pan de cada día que muchos alumnos callan para dar buena cuenta de su inteligencia... “¿Hablar? ¿Pa' qué? ¿Pa' liarla? Yo ya paso, Román. ¿Alguna vez fueron jóvenes, alocados, irresponsables? ¿O siempre lucieron esa pátina gris, mate y polvorienta?”


Me sonrío y pienso que la experiencia es un grado y el ejemplo otra cosa, y que, probablemente, muchos niños y adolescentes del hoy se sorprenderían si vieran por un agujero a esos que llaman adultos (madres, abuelos, profesores u operarios) del ayer y certificaran que nunca hemos dejado de hacer el canelo a pesar de nuestras responsabilidades (que no compromisos, abomino esa palabra...).


Y como ejemplo de estas percepciones intergeneracionales les dejo con Mi papá ¡Antes era genial! de Keith Negley, autor también del exitoso Tipos duros (también tienen sentimientos), publicado por la editorial Monsa en castellano, un libro que nos habla de las relaciones entre un hijo y su padre. La acción de esta obra se articula sobre dos recursos complementarios. Mientras que el hijo se sincera con el lector, narrando sus impresiones y sentimientos hacia la figura del padre, el espectador contempla la doble página que se presenta como imágenes del padre, toda una suerte de escenas que a modo de antes (recuerdos) y después (realidades actuales) elaboran un debate interno del personaje, ese joven que ha renunciado a ser una estrella del rock para ser padre. El contraste es hermoso, sobre todo porque al final, esos caminos que parecen disyuntos, comienzan a fluir en paralelo, que al fin y al cabo, es lo que deberíamos hacer jóvenes y viejos.


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