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miércoles, 29 de abril de 2020

Renacer




Dejando atrás el tirón de orejas del lunes, me asomo por la terraza y veo unos cuantos niños con sus respectivos padres danzando entre los árboles del parque (Sí, he tenido mucha suerte. No veo el mar pero al menos puedo respirar y sentir el sol sobre la piel). Primero fue el trino de los pájaros y ahora las voces infantiles. La cosa progresa adecuadamente. Esperemos que no se trunque de golpe y porrazo.


Dejo la mirada perdida y empiezo a cavilar. Si estos dos meses se nos han hecho eternos a los adultos, cómo habrá sido para ellos. No puedo ni imaginármelo. Seguramente cuando pase el tiempo y si la situación no se repite (que todavía tengo mis sospechas al respecto), no quedará ni el más mínimo atisbo de ello, pero hoy por hoy, son muchos los que siguen preguntándose “¿Qué pasa aquí?”


Es lo que se desprende de los mismos gestos y palabras que se escuchan cuando un niño vuelve a tomar los parques y las calles. El brillo vuelve a sus ojos. Es como si el viento fresco, las caricias del sol, avivasen un espíritu que ha ido mermando todas estas semanas. Sensaciones que me traen a la memoria multitud de situaciones y personajes de la Literatura Infantil como el renacer de Campanilla o cuando los niños de La materia oscura son separados de sus daimonion. Hay algo mágico en esos momentos.


Lo hermoso de reencontrarse con lo cotidiano, cuando la vida vuelve a nosotros inesperadamente, es un instante único. Porque a pesar de que cada uno vive con unas circunstancias diferentes, todo se resume a la misma cosa, el tiempo que disfrutamos de lo que deseamos, en definitiva, de lo libertario.
Perder, encontrar, renacer… Ese es nuestro devenir constante desde la niñez, el que nos lleva por los derroteros más insospechados de esa aventura extraña que es nuestro día a día. Y así, con actividades ordinarias que se convierten en extraordinarias continuamos la semana gracias al buen hacer de Imapla (Inma Pla para los conocidos) y la editorial Océano Travesía, que esta vez nos sorprenden con Lola y Peret (sí, sí, como dos genios del flamenco), un par de personajes entrañables que disfrutan de lo real y lo imaginario a partes iguales.


En Lola: tooodo un día en el zoo, nuestra protagonista visita el parque zoológico durante el día. Elefantes, jirafas y gorilas hacen las delicias de la niña hasta que se pone a llover y su madre tiene que llevarla a casa para continuar arropada por esos mismos animales entre las sabanas para construir sueños imposibles.
En Lola y Peret: tooodo el día en el circo, Lola se ha hecho mayor y tiene un hermano pequeño. Su madre los lleva al circo para que disfruten de los acróbatas, del hombre-bala o del forzudo. La función termina y tienen que volver a casa donde, creyéndose artistas, se ponen a juguetear con la cena…


Ambas historias se nos presentan como libros acordeón que por un lado se pueden contemplar como escenas aisladas, pero por otro permiten experimentar la continuidad del tiempo. Además, la siempre detallista autora, interviene la última escena del día con un elemento troquelado (la puerta: elección simbólica y maravillosa), para abrir un universo en el que la imaginación se abre camino en dos narraciones donde los detalles escondidos y el contraste entre los colores y las formas básicas dicen muchísimo.

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