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sábado, 29 de septiembre de 2012

Regalando...




Me encanta estudiar el revuelo gallináceo que se forma en la sala de profesores cuando alguna fémina propone cierto regalo colectivo a otra compañera recién parida. Que si a Fulana bien le regalamos y a Zutana la dejamos con la miel en los labios; que si cinco, que si diez; que si fíjate el buen convite que organizó la Una y lo agarrada que fue la Otra… Y así pasamos las horas los oyentes, disfrutando de cacareos y trinos, gorgojeos y graznidos, mientras pensamos que adónde hemos llegado con tanto cumplido y tan poco fundamento: una prueba evidente de esa hipocresía tangible hacia aquellos que nos importan un carajo.

Una rosa en la ventana,
de mañana;
un verso de amor que arde,
por la tarde;
en el pecho un bello broche,
por la noche.

No se trata de un derroche
regalar a quien se quiere
regalos que no se espere
de mañana, tarde o noche.

Carlos Lapeña Morón.
Regalos.
En: Rima rimando.
Ilustraciones de Antonio Santos.
2007. Cuenca: Universidad de Castilla-La Mancha.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Reduciendo el Estado, eliminando políticos





Andaba yo entre “Gestión y conservación de aguas y suelos” y “Economía aplicada”, cuando, de repente, toparon mis ojos con un volumen de los Cuentos de Antón Chéjov (para más señas, la edición de Alba editorial) y, dado el soberano aburrimiento que me acometía (completamente normal…), me dispuse a leer, ¡cómo no!, Muerte de un funcionario
Era de preveer que uno de los maestros del naturalismo, fuese capaz de captar en un breve relato, el miedo al que se ve sometido el trabajador público ante el omnipresente político de turno, una figura que, además de acojonar por su casta deleznable, desprende cierto tufillo a cacique malparido, de esos que malmandan y joden a diestro y siniestro. No les extrañe tanta finura, pues ando ciertamente harto de esos que se dedican a criminalizar al funcionariado (incluido Jorge Javier Vázquez… ¡razón lleva mi padre diciendo que no puede ser bueno echarse la siesta con semejante rumor de fondo!). Los que tan gratuitamente intentan desacreditarnos, esos que se han hinchado de ladrillo y adoquín, y que a la postre arengan al populacho para henchirlo de envidia, deberían hacer cola en la guillotina para rebanarles el pescuezo a base de democracia y otros instrumentos de tortura.
¿Tanto mal hacemos a este país los trabajadores públicos? ¿Tanto se malgasta en nosotros? ¿Tanto castigo nos merecemos por matarnos a estudiar? ¿Más que esos ni-nis de barrio, que esos tronistas tatuados, que esos banqueros de brillantina?... Hasta donde yo sé -que es algo…-, en España hay miles de municipios menores de mil habitantes en cuyos consistorios dormita más de un arribista sin oficio ni beneficio que vive a costa de esa afirmación que reza “lo mío pa’ mi y lo de los demás pa’ repartir”. Más les valdría a estos ediles pesebristas, hacer caso de los maternales consejos que nos regala La Merkel, y reducir “el auténtico estado”, el de los “politi-castros”, ese que  succiona la sangre al contribuyente y diezma los sistemas sanitarios y educativos.
… Y ahora me vendrán con el rollo de la crisis expansionista, con el Tratado de Maastricht y con el sentimiento antigermánico, pero déjenme decirles que, siguiendo el ejemplo de Clint Eastwood -sin performance añadida, ni fortunas millonarias-, más nos valdría declararnos libertarios y gritar todos a una que este país nos pertenece y que los estultos gobernantes están a nuestro servicio.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Lloviendo comida





Lo confieso. Me he puesto como un atún del Mar Cantábrico. ¿Serán los miguelitos de la pasada feria? ¿Todas las “wurst” que me zampé durante el mes de julio? ¿Las ingentes cantidades de cerveza que habré mamado?... El caso es que voy a salir rodando ¡y no va a haber quién me pare!… Decidido: he de tomar un paquete de medidas urgentes (espero que no tengan el mismo efecto que las gubernamentales…) para recuperar la espléndida figura que otrora me caracterizó (rían, rían, que quién ríe el último, ríe mejor…).
He pensado que lo mejor para desengrasar el colédoco es una dieta a base de materia verde (¡ojalá fueran billetes!) y agua de Solán de Cabras, algún yogur que otro (hay que conformarse con estos derivados lácteos ya que últimamente no hay quién dé con un poco de kéfir… aprovecho para, desde aquí, hacer una llamada a la solidaridad de alguno de mis lectores, para que me remita un pedacito de ese hongo milagroso vía correo postal, por lo que le estaré eternamente agradecido) y fruta, mucha fruta -antes de que se la coman los finlandeses-. No sé si será tan efectiva como la dieta del cucurucho, pero creo que obtendré unos resultados, si no magníficos, medianamente aceptables.
Es terrible caer en la cuenta de que ya no soy ningún efebo escuálido y que no podré hincharme a tajás de tocino. Mientras sea por hacerle frente a los cambios de la tasa metabólica, la pringue: “nunca mais”. (Si siguen descojonándose de esa manera tan poco piadosa, es más que probable que el nivel de  colesterol se sitúe a los niveles de la prima de riesgo española, así que, ¡cuidaico!).
Y para despedirme en este día, en vez de Biomanán®, me he decantado por un libro en el que la comida rebosa por el lomo y la entradilla, y cuyos autores (Judi Barrett y Ron Barrett) se han hecho de oro (¡más de tres millones de ejemplares vendidos!... para que luego digan que el libro álbum está de capa caída…). Nublado con probabilidades de albóndigas, aunque no lo considero enteramente redondo (el final me dejó algo decepcionado), podría decirse que está muy pensado, no sólo por las ilustraciones, el uso del color, la referencia al nonsense y la presencia de la relación abuelo-nietos, sino por la originalidad del argumento: un batido de meteorología y gastronomía.

viernes, 21 de septiembre de 2012




Dadas las escasas muestras de cariño que se han sucedido tras mi regreso al cibermundo de la LIJ, me han entrado unas irresistibles ganas de echar el cerrojazo y olvidar la llave de todos los libros en el fondo de algún agujero oscuro, polvoriento y recóndito…, pero como soy una bellísima persona, he preferido pensar que seguirán luciendo palmito en alguna playa de la Riviera Maya, recorriendo el Kilimanjaro o compartiendo safari africano con cierto monarca europeo… ¡Y cuidado!, ¡No vayan a matar ninguna jirafa!

De la sabana la grandiosa diosa
vive encogida en una escasa casa,
mientras la vende o la traspasa pasa
las horas como mariposa. Posa

su larga lengua en la olorosa rosa,
muere de amor mientras amasa masa
de pan de avena que a la brasa asa,
pues esta altísima y hermosa osa

ser la más sílfide y fragante ante
los jóvenes de la manada. Nada
mejor para su campesino sino

que otra jirafa suplicante cante
su amor por ella y su camada amada
ponga por fin en su destino tino.

Raúl Vacas.
Niña jirafa. Soneto con eco.
En: Niños raros.
Ilustraciones de Tomás Hijo.
2011. Madrid: SM.


miércoles, 19 de septiembre de 2012

Regresando con monstruos y ogros


Ya era hora de que regresara del irreal mundo veraniego -para lo que he hecho acopio de un gran número de bártulos lingüísticos e irónicos-, y tomara posiciones para los meses venideros, que si no falla la bola de cristal que me he feriado este año, se presentan con bastante oleaje… Pero antes, el mamoneo de rigor: ¿Cómo están ustedeeeeees? Espero que capeando el temporal, ese que arreciará en breve, según cuentan las agoreras cabañuelas. 


La verdad es que la cosa está muy mal y “el conjunto de la ciudadanía” (N.B.: ¿Algún político sabe hablar en este país? ¿Algún periodista puede dejar de parafrasear a los políticos? ¿Algún televidente puede empezar a leer?) prefiere visitar la aldea y hacer jabón con la pringue de los chorizos, que gastarse el “Plan Prepara” en El Corte Inglés… No sufran, aquí viene un servidor, el superhéroe de las letras infantiles, ese que va encorsetado en un refajo manchego (¡Y pensar que algunos de ustedes me hacen de otras tierras!), para rescatarlos de la inmundicia que nos rodea y llevarlos hasta esa orilla donde viven los monstruos.


Y por empezar el curso académico con buen pie, el plato principal de este menú semanal amenizado de ácidos sabores, les recomiendo un clásico con el que me he topado recientemente (seguro que alguno de los blogs amigos ya ha agitado este libro ante sus narices, pero no importa, cuántos más seamos, más se nos oye…), el ¡Shrek! de William Steig (Blackie Books).


Aunque yo prefiero obras como Doctor De Soto, Irene la valiente o Silvestre y la piedra mágicdonde la pericia infantil es más que manifiesta, este álbum ilustrado, se ha convertido en uno de los más conocidos por ser el más alocado de este autor y, sobre todo, por haber sido adaptado al cine de animación de la mano de DreamWorks con ciertas licencias edulcoradas que a mí personalmente no me gustan nada (Por cierto, hagan click en este enlace para más adaptaciones al cine de animación). 


En esta historia, el artista de origen polaco-judío, narra las aventuras de Shrek, un ogro malhumorado, buscaruidos, tontarra y verde que, despedido con una patada en el trasero de casa de sus padres, va en busca de su particular princesa alentado por las palabras de una bruja. En su camino se encontrará con todo tipo de personajes y dará buena cuenta de un carácter horrible.


Echando mano del viaje iniciático, Steig compone una fábula moderna en la que resuenan elementos argumentales de los cuentos clásicos (con una estupenda vuelta de tuerca, claro está) y el Frankestein de Mary Shelley. Como es costumbre en sus obras infantiles, Steig incorpora sus tonadas y rimas para imprimir dinamismo y juegos verbales en las lecturas.
Lo absurdo, la parodia, el humor blanco y los clichés se conjugan a la perfección logrando su objetivo: divertir a cualquiera que se atreva a abrirlo.


Y ya saben, como todo quisqui lo conoce, algún bibliotecario avispado puede echar mano de él para conmemorar el fallecimiento de su autor durante este 2023, y de paso, envenenar con las palabras a los lectores del mañana.