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domingo, 28 de febrero de 2016

8º Aniversario de DVLM LIJ Blog


Buscando una pizca de distracción para el intelecto, encontramos remansos de paz (o divertimento) para todos los gustos. Los hay que prefieren un apartamento a la orilla del mar (para tenerlo cerrado todo el año, sobre todo...), aquellos que, alejándose del mundanal ruido (pero con wifi y 3G, necesidades básicas que no falten), se agencian una casa en mitad del campo, otros que gustan de probar todos los hoteles de las grandes capitales (aunque no bajen ni a la puerta de la calle), y los de más allá, esos que no pueden pasar sin ir a su pueblo un fin de semana (¡Qué esclavitud!), también tienen su sitio de recreo. A pesar de estas opciones y muchas más que incluyen balneario y spa, un servidor prefiere usar los libros a modo de ladrillos e ir levantando -desde hace ocho años- esta gran casa que ha dado, da y dará abrigo a la Literatura Infantil.


Aunque la fachada necesita una mano de pintura (Son ya unos cuantos años sin lavarle la cara al diseño de esta página. Lo sé, pero no tengo muchos medios ni excesivo tiempo), las líneas poco han cambiado. Libros ilustrados a gogo, estudios literarios de andar por casa, opiniones personales, curiosidades lijeras, ecos de actualidad, selecciones temáticas, citas importantes, enlaces a otras páginas de interés, tontunas y divertimentos varios, son el santo y seña de un espacio que, a pesar de hacerse un hueco en el universo de los libros para niños, aglutina otras visiones, otros pareceres.


Empecé la casa por la ventana, por el escaparate virtual en el que mostrar los libros que incluía en las charlas que fui dando por distintos CPRs (los Centros de Profesorado y Recursos) de La Mancha, animado por Amparo, mi bibliotecaria favorita; pero pronto creí en la necesidad de hablar sobre lo que me inspiraban esos libros, de qué hablaban, de dignificar el género del álbum ilustrado, de ejemplificar bajo mi punto de vista lo profundo de sus mensajes, de destacar su hondo valor literario, de su capacidad para sintetizar el pensamiento y la cultura -clásica y/o contemporánea- a través de la fusión de los lenguajes verbal y artístico.


Quizá muchos gusten de destripar libros sin ton ni son, de dar a entender lo sabios que son, de decir lo que se debe leer, lo que no, de si es más lícita la árida lectura de El astrónomo de Whitman que esa tan bellamente ilustrada por Loren Long... Yo prefiero leer en silencio El señor conejo y el regalo perfecto de Charlotte Zolotow y Maurice Sendak (Corimbo) y pensar hacia dentro que los libros no son el presente que recibimos, sino que el obsequio personal e intransferible es el reflejo que en ellos vemos de una manera u otra, independientemente de su intencionalidad, de su fin e ideario. Una transcripción de la realidad que vivimos, de sus luces, de sus sombras. Mis reseñas no son reseñas (ya he hecho muchas para terceros y que jamás he firmado), son la interpretación de las palabras, las que me inspiran. Y eso es el mundo. Soy un hombre que lee libros para niños y mira la vida a través de ellos, que al fin y al cabo, es lo que hace cualquier lector.


Es por ello que, de entre todos los lugares que habito, este es el mejor. Gracias por construirlo conmigo. Gracias por hacer que siga creciendo.


miércoles, 24 de febrero de 2016

Nuevas consideraciones de ¿Los mejores cuentos ilustrados?


Como parece que esta reflexión levantó ampollas y son muchas las opiniones que se han vertido al respecto de mis palabras (¡Hasta me han acusado de insultar!... ¡Qué flojos son algunos!), me veo en la obligación de profundizar un poquito más en mis consideraciones sobre la colección titulada Los mejores cuentos ilustrados de Planeta DeAgostini-Altaya.
Lo primero de todo es avisar de que no haré más alusiones a esta colección (Como conjunto. Ya dije que había libros muy interesantes y que, si procede, me permitiré el lujo de reseñar y recomendar). Creo que ya le hemos dado bastante publicidad inmerecida y hay otros temas más interesantes y jugosos de los que hablar.


En segundo lugar me gustaría aclarar que cada uno es libre de adquirir los libros que quiera y exponer sus razones para hacerlo... o no. No comulgar con el sentir general, no implica ni una traición, ni una venganza, sino simplemente un desacuerdo en muchos de los planteamientos que han pergeñado esta colección. Ni yo merezco la lapidación, ni esta colección la hoguera (¿Dónde he escrito eso? Se ve que algunos comentaristas anónimos todavía no saben leer..., algo que se entresaca de sus solemnes discursos y alegatos enrevesados. A veces parecen darme la razón, pero con rabia). Entiendo que muchos de los interlocutores tengan estrecha relación con alguno de los editores y/o especialistas que han participado en este proyecto, pero considero que ese no es un motivo para que yo deba rendirles pleitesía. No dudo de su profesionalidad ni de su buen hacer, pero me reitero al decir que yo no hubiera accedido a asesorar un proyecto titulado de ese modo por ser más que imposible incluir en el catálogo de una sola editorial los mejores representantes del género del libro-álbum. Claro está que yo no me veo en esa necesidad, puesto que no vivo de esto.


Y tras acudir al kiosco y comprar el primer “fascículo”, me reafirmo en mis opiniones. No me voy a bajar de la burra... Aunque esta puede ser una variopinta selección de álbumes ilustrados (hay algún clásico, ganadores de premios importantes, títulos populares, muchos simpáticos, varios ñoños, de diferente estilo y argumento), sigo creyendo que no son “los mejores”. Apuntar también que no me gusta la publicidad engañosa (mantengo que el cliente tiene la razón, no debe ser considerado un ovejo y necesita un trato adecuado aunque se ciegue por el bajo precio de estos libros). En lo único que me bajo de la burra (y por el momento, ya que sólo he visto un par de libros) es en el tema del formato: tamaño, tipografía e impresión son bastante aceptables, aunque también diré que, personal y emotivamente, prefiero que cada libro huela a sí mismo, que tenga un tacto personal, que las páginas bailen de una manera u otra, y no que parezcan clones al servicio del uniformismo de Lyell. Y sí, están impresos en España: gracias por responder a mi pregunta tras abonar 2,99 euros.


También cabe señalar que, aunque algunos han intentado desacreditarme haciendo alusión a que no conozco el listado completo y por tanto no puedo juzgarlo, no entonaré el mea culpa ya que, si en este teatro hay un actor que ha faltado a la transparencia, es la propia editorial al no hacer público el listado completo (si ellos son fieles a sus estrategias comerciales, yo soy consecuente a mis principios). No obstante, he podido entresacar 34 títulos (aproximadamente un 65% del total, que ya es...) de entre las fotos de los folletos que acompañan a cada entrega y que adjunto en el listado que sigue y en el que distingo, siempre bajo mi criterio (que gustará a unos y abominarán otros), tres subgrupos dependiendo de la importancia y calidad de cada título, a saber: (***) = Obras imprescindibles, (**) = Obras a destacar y (*) = Obras menores (¡Ojo!: Lo hago público a petición de varias personas. Me las he leído todas. Impresas, en lengua inglesa o en formato digital. Que mi tiempo me ha llevado).

El hombre que camino entre las torres de Mordicai Gerstein (***)
Madeline de Ludwig Bemmelmans (***)
Blanco y Negro de David Macaulay (***)
Vuelo libre de David Weisner (***)
Dos amigos de Paz Rodero y Jozef Wilkon (**)
Migrante de Maxine Trottier y Isabelle Arsenault (**)
Achimpa de Catarina Sobral (**)
Locomotora de Brian Floca (**)
La casa en los árboles de Ted Kooser y Jon Klassen (**)
Strega Nona de Tomie De Paola (**)
Duerme como un tigre de Mary Logue y Pamela Zagarenski (**)
Una amistad peligrosa de Pablo Echevarría (**)
¡No, no fui yo! de Ivar da Coll (**)
La jirafa Cerafa de Dianne Hofmeyr y Jane Ray (**)
Jinnie, la fantasma de Berley Doherty y Jane Ray (*)
La mosca en... de Gusti (*)
Ernesto, el león hambriento de Lola Casas y Gusti (*)
La princesa listilla de Babette Cole (*)
El principe ceniciento de Babette Cole (*)
Tengo un oso de Mariana Ruiz Johnson (*)
Una gallina en la cocina de Nnedi Okorafor y Mehrdokht Amini (*)
Immi de Karin Littlewood (*)
La pluma roja de Teresa Novoa (*)
El travieso de Lauren Castillo (*)
Los invitados de mi hermano de Eduardo Cabrera y Leire Salaberria (*)
Prohibido ordenar de Mario Méndez y Mariano Díaz Prieto (*)
Del fondo del mar de Alison Jay (*)
Tot de Dominique Schwarzhaupt (*)
La ciudad de las estrellas de Uma Krishnaswami y Aimée Sicuro (*)
Este ser ORQ. de David Elliott y Lori Nichols (*)
Tibulí sueño con colores de Myriam Ouyessad y Arnaud Nebbache (*)
Quiero una medalla de Lluïsot (*)
Tu alien de Tammi Sauer y Goro Fujita (*)
Desayuno de Micaela Chirif y Gabriel Alayza (*)

Si se fijan, de los 34 títulos, sólo 4 son imprescindibles (a mi juicio, repito), que extrapolado a un total de 52 que componen la colección, según tengo entendido (corríjanme si me equivoco), podríamos contar con 6 o 7 de los mejores libros ilustrados (Nota: pura probabilidad con calculadora). Si tomamos destacados (junto a imprescindibles), tenemos 14 obras, lo que se podría traducir en un total de 21 obras destacadas (de un total de 52 implica menos de la mitad), algo que afianza más mis argumentos.


Sobre el equilibrio y diversidad de la colección señalaré que hay autores repetidos (ver el caso de la ilustradora Jane Ray, Babette Cole y Gusti) y argumentos similares (citaría las dos obras de Babette Cole y la de Lola Casas y Gusti -roles de género-, las de Ivar da Coll y Gusti -escatológicas ambas-, y las de Tammi Sauer y Goro Fujita, y el Prohibido ordenar de Méndez y Díaz Prieto -amor paternal y familiar-). Apuntar que me resulta extraño que en una selección de este tipo entren obras bastante comerciales y otras más completas y redondas, supongo que se deberá a motivos puramente económicos (no es lo mismo adquirir los derechos de ciertas obras que de otras) y que hay que minimizar costes para que todo salga a pedir de boca (aunque a juzgar por las editoriales a las que pertenecían muchos títulos anteriormente, podemos decir que ellos se lo guisan y ellos se lo comen).


También hay que hacer hincapié en el uso que, de los premios, hace la editorial en su publicidad. Primero decir que la obtención de un premio no es sinónimo de calidad, de acercamiento al lector infantil (fíjense en el Quiero una medalla de Lluïsot -premio Apel.les Mestres- o en el Desayuno de Chirif o Alayza -seleccionado en los White Ravens-... Me gustan a mí, pero no sé si a los niños...) o de excelencia en la ilustración. Y segundo, que en muchos casos los autores e ilustradores han sido distinguidos con esos galardones pero no por las obras que se recogen aquí, sino por otras. Además tenemos que distinguir entre unos premios y otros (internacionales, nacionales...) y que algunos galardones tienen conciben categorías, que para que nos entendamos es como hablar de “nominados” o “finalistas”, y de claros “ganadores” (Por ejemplo, la Medalla Caldecott alude a los “Medal Winners” -categoría superior- y a los “Honor Books” -categoría intermedia-).


Para terminar y a pesar de que este tinglao esta pensado para un cliente con un perfil muy claro (N.B.: No sé hasta qué punto una colección así puede avivar la pasión por los libros) y en pro del mercadeo (N.B.: En detrimento de otros actores, léanse editoriales independientes o librerías especializadas en el negocio del álbum ilustrado. Sin duda, la consecuencia más negativa que yo le veo a este proyecto: reventar el mercado a precios de coste. Es una realidad, no una cuestión de fondo), he de decir que esta colección contribuye a ampliar el universo LIJ actual, que trae propuestas divertidas y que recupera algunos clásicos muy interesantes, pero que en ningún caso se trata de una colección definitiva sobre “cuentos” ilustrados como se pretende, algo que he tratado de decir una y otra vez... En fin, esperemos que algún crío lea (o que parezca, que a veces es más importante), porque los adultos... poquito.

martes, 23 de febrero de 2016

De libros-catálogo o libros-manual: híbridos al servicio ¿literario?


De unos años a esta parte vengo fijándome en la abundancia de “libros-catálogo” o “libros-manual” que se agolpan en las librerías y bibliotecas, un fenómeno del que me gustaría hablar en este espacio en el que tienen cabida numerosas formas de vida literarias e ilustradas.
Aunque no sé si los teóricos y especialistas tienen un nombre para este tipo de género, yo acabo de acuñar este término para referirme a todos aquellos libros ilustrados en los que, a modo de catálogo, enciclopedia, diccionario o manual, se desarrolla, de forma realista, fantástica o humorística, un tema concreto, que puede ir desde las princesas hasta las abuelas, pasando por los animales que nunca existieron. Son libros que se encuentran a caballo entre los álbumes ilustrados y los libros informativos. No son álbumes ilustrados porque su corpus narrativo es algo paraliterario, y tampoco son libros informativos porque sobrepasan la línea de la realidad para volar a otros derroteros más imaginativos.


Aunque tenemos ejemplos clásicos como El manual de la bruja de Malcolm Bird (Anaya), la edad moderna de este género (si mal no recuerdo) empezó con Philippe Lechermeier y Rebecca Dautremer y sus Princesas (olvidadas o desconocidas) publicado por Edelvives. Seguro que la mayoría de ustedes conoce este libro preciosista, excelentemente editado y a través del cual se creó una mercadotecnia en torno a la que ha girado una gran volumen de ganancias, algo inaudito en una obra dirigida al público infantil. A partir de ese momento se han sucedido numerosas propuestas editoriales con un formato similar que, igualmente, han tenido mucha acogida entre los lectores. Como ejemplos más inmediatos tengo el caso de Abuelas de la A a la Z, Madre solo hay una y aquí están todas, Abuelas. Manual de instrucciones, todos de Raquel Díaz Reguera, el Pequeño catálogo de instantes de felicidad de Roger Olmos y Lewis York y Besos que fueron y no fueron de David Aceituno y Roger Olmos (todos ellos editados en Lumen, sello del grupo Random House).



Quizá el éxito de este tipo de libros entre el público infantil (me consta que es así) resida en su capacidad para aunar en un mismo formato características del libro de texto -abstracciones gráficas, una secuencia ordenada en base a criterios alfabéticos o taxonómicos, o su exposición apoyada en notas aclaratorias y descripciones formales-, con otras más propias del libro ilustrado -ilustraciones a troche y moche, o un lenguaje artístico propio-.
Esta realidad tiene una lectura múltiple... Por un lado escritores e ilustradores no viven encorsetados ante un producto puramente comercial, algo que les facilita su vis creativa. Por otro, el editor pone a la venta un producto atractivo y con mucho tirón (es fácilmente vendible porque está bien editado, es extenso e ilustrado). También tenemos a los compradores (padres o maestros) que abogan por comprar libros con cierta “chicha” y “peso” (¿cantidad es sinónimo de calidad? He de decir que en cuanto a ilustraciones se refiere, sí, pero el texto... ¡ejem!) y que son ligeramente “estafados” por creer que muchos de estos libros contribuirán a enriquecer los conocimientos de sus hijos/pupilos respecto a la realidad. Por último están los lectores o consumidores finales, niños que, a pesar de divertirse con este tipo de libros, veo manipulados por la imposibilidad de diferenciar entre el texto académico y el texto como ocio, algo que, si bien no creo que influya en su desarrollo cognitivo (hay muchos que se alarman de más), sí dificulta el proceso de crear lectores competentes.



Lejos de mi intención está el denostar este tipo de libros, tan necesarios como otros y que yo mismo me atrevo a recomendar para pasárselo en grande o como apoyo a la hora de desarrollar actividades relacionadas con ellos, sí creo que hay que ser crítico y realista, no abusar de éstos para inculcar el mensaje de que la literatura debe ser libre y no pre-fabricada (aunque la comida rápida sea bazofia comparada con los pucheros de mi madre, a veces hay que darse al vicio y echarse una hamburguesa al gaznate), y recomendarles que, si se decantan por este tipo de libros-catálogo, dejen a un lado la paraliteratura que muchos guardan en las páginas y escojan algunos como El gran zooilógico. Bestiario de seres mitológicos de Daniel Montero Galán y editado por Jaguar, o Al caer la noche. Consejos útiles para una sana convivencia entre especies de Enrique Quevedo publicado por Tres Tristes Tigres, para leer algo aceptable.

lunes, 22 de febrero de 2016

Bologna Ragazzi Award o el contexto en los premios literarios


Cuando se hacen públicos los títulos que han ganado los Premios Bologna Ragazzi, unos se alegran (¡Estaba más que claro que este libro iba a ser un bombazo!) y otros se lamentan (¡Vaya bodrío! ¡Qué tongo! Otro premio más al que no hay que enviar ejemplares...), yo recomiendo refranes y dichos populares (“Nunca llueve a gusto de todos”, “Quien no tiene padrino no se casa”, “Al que buen árbol se arrima buena sombra le cobija” y “Mal de muchos, consuelo de tontos”, nos vienen al pelo cuando hablamos de premios literarios) y sigo metiendo el morro en otras cosas.


Aunque podemos estar en acuerdo o desacuerdo con el veredicto de los diferentes jurados que votan por este u otro libro (N.B.: No sé que hacen ciertos libros entre los ganadores... Demasiada filigrana, mucha ornamentación... El barroco en los libros...), pero lo cierto es que nosotros, como público, debemos de tener en cuenta para qué se han creado estos certámenes, qué fin persiguen, porque como deducirán, no es lo mismo optar a la Medalla Caldecott que al Bologna Ragazzi, que los White Ravens no tienen mucho que ver con los premios de la Fundación Cuatrogatos, y que, mientras unos premios reconocen la labor editorial, otros prestan atención a la calidad de la ilustración. Es decir, cada premio tiene ciertos intereses, se orienta a un tipo de receptor y se desarrolla en un contexto determinado.



Por ello, para entender los Bologna Ragazzi hay que fijarse primero en una serie de cuestiones como que el jurado siempre está compuesto por adultos (si fueran concedidos por el público infantil otro gallo les cantaría a muchos libros ganadores... comercialmente hablando, claro), que el componente artístico de las obras que entran a concurso tiene suma importancia, que transgredan las corrientes clásicas de la LIJ (no es obligatorio, pero sí tiene su aquel tener un cierto tinte a independencia), y que aporten una visión global de qué tendencias priman en los libros para niños del momento (es una cuestión de modas y en absoluto sintética). Esto tiene como resultado un abanico de títulos que pueden considerarse como el termómetro del álbum ilustrado de vanguardia.





Todo esto, aunque por un lado me parece bien (no hay que dispersarse y tener claro qué persigue este certamen), no termino de encontrarle el sentido... Es extraño que en una feria en la que las grandes casas editoriales de todo el mundo se dedican a hacer el agosto (hasta que uno no está allí, no sabe la cantidad de dinero que mueve la literatura para niños), se concedan premios a libros editados por editoras más modestas y minoritarias, algo que suena a mera disculpa y denota cierta condescendencia. Puede que sea un lavado de cara (la mujer del césar no sólo tiene que ser honrada, sino también parecerlo) o puede ser que la organización de este multitudinario encuentro haya acordado que aquí todo cabe (cuando hay billetes de por medio es mejor quedar bien con todos y seguir llenando las carteras), pero lo que está claro es que en estos premios siempre hay una mirada diferente que da visibilidad a trabajos que comercialmente pasarían desapercibidos.



Así que, sin más que hablar, les dejo con los premiados (entre los que contamos españoles... ¡Hip, hip, hurra!) y den buena cuenta de que los premios, premios son y que, como diría Umberto Eco, “hay libros que son para el público, y libros que hacen su propio público”.

viernes, 19 de febrero de 2016

Hablando de LIJ con... Llanos Campos


Román Belmonte: Como los albaceteños estamos orgullosos de serlo, qué mejor que invitar a este espacio a una paisana; y si además es una monstrua (menos mal que me paso las dicotomías de género por el forro...), ¡mejor que mejor! ¿Te has encomendado a la Virgen de los Llanos antes de esta entrevista o te ha bastado con bailarte una seguidiya?
Llanos Campos: Soy manchega valiente. Y bailar, bailo a diario; es lo que tenemos la gente sin vergüenza.
R.B.: Sabrás que hoy te van a leer desde toda España, Argentina, Chile, Venezuela, Alemania, Francia, Estados Unidos de América o Inglaterra... Así que, recién nombrada embajadora de Albacete y La Mancha por el mundo, dales a todos estos monstruos unas cuantas razones para que nos visiten...
LL.C.: Antes que darles razones, les preguntaría ¡PORQUÉ NO LO HAN HECHO YA! Castilla-La Mancha tiene historia, castillos, parajes naturales fabulosos…Pero de todo eso ya tienen casi todos ellos. Lo importante de verdad somos nosotros, los manchegos. Yo tuve que salir de Albacete para darme cuenta de que no todo el mundo -casi nadie en realidad- tiene nuestra retranca, nuestro humor negrísimo y bruto, y nuestra apabullante hospitalidad. Eso es lo mejor. Que vengan que se van a enterar…
R.B.: Chispas es un chico templado, decidido, cerebral, curioso, irónico, impulsivo, con buen humor y gracejo... ¿Qué y cuánto tiene de manchego el protagonista de El tesoro de Barracuda?
LL.C.: Pues todo eso y más. Creo que una de las bazas de la historia es que me han salido unos piratas caribo-manchegos muy «salaos».
R.B.: A ver cuando te marcas un guiño y me dedicas un personaje... (Guiño) Que lo mío también tiene chicha... (Risas)
LL.C.: Date por «homeajeao» como paisano. Aunque, espera… Román es un buen nombre para un… Estoy escribiendo la tercera parte. No lo descartes… Román… Sí, me gusta.


R.B.: A pesar de que muchos se sorprendieron cuando una desconocida ganó el premio Barco de Vapor en 2014, más de 25000 ejemplares vendidos en España y prometedoras ediciones en otras lenguas, son el aval de esta sencilla, honesta, divertida y redonda historia de piratas que ya tiene secuela. ¿Por qué la mayoría de los autores de LIJ se empeñan en rizar el rizo cuando, al final, los niños demandan las historias de siempre? ¿No suena un tanto pretencioso?
LL.C.: Puede que sí. Yo creo que lo que ocurre es que a veces los autores, buscando la publicación o el éxito, imitan lo que «se lleva» o lo que «parece que funciona». Pienso que uno no debería ponerse a escribir si no tiene algo que contar. No cómo, si no qué. Y las cosas que nos importan a todos (niños y adultos) no han variado tanto. Por eso hay obras de Sófocles, de Shakespeare o Cervantes que suenan a hoy mismo.
R.B.: Hace unos años vi lo que había tras las bambalinas de la LIJ y créeme si te digo que me quedé boquiabierto con la vulgaridad que ostentaban ciertos profesionales del sector... Confiésame algo: ¿Algún envidioso te ha llamado “advenediza” a la jeta? ¿Son muchos los que se han subido a tu carro cuando, antes del éxito, no existías? ¿Qué cuesta la fama?
LL.C.: A la jeta no, aunque tal vez sí parecían pensarlo. Pero esto ocurre en todos los ámbitos. Yo vengo del teatro, y en todas partes (creo que más en ámbitos que tienen que ver con la creación, algo peligrosísimo para el ego) cuecen habas. Y también: hay gente que ni me cogía el teléfono y ahora, de repente, me piden hacerse una foto conmigo. A mí me da risa, porque ni antes era tan mala, ni ahora soy tan importante. Lo bueno de esto es que ya me ha pillado mayor y todas estas cosas (las buenas y las malas) ni me hunden ni me inflan. En cuanto a la fama, pues lo bueno de la literatura (y del teatro) es que la fama es limitada. No me considero famosa.
R.B.: Me apena sobremanera que Júlia Sardá haya dejado de darle vida a sus personajes porque muchos lectores los imaginábamos así... Creo que ese tándem, en parte, ha sido responsable del maravilloso viaje que empezó su libro hace un par de años. Dimes y diretes aparte, ¿crees que el negocio de la Literatura, en general, y la LIJ, en particular, va en detrimento de los lectores, de los niños, en ciertas ocasiones?
LL.C.: Lo de Julia ha sido una pena, pero entiendo que ella tuvo una oferta por lo visto importantísima por parte de una gran editorial francesa, y según ella no podía hacer las dos cosas bien. Desde SM negociaron con ella hasta la saciedad, pero no pudo ser. En cuanto al negocio editorial, pues lo cierto es que no lo conozco lo suficiente como para hablar con propiedad. Está claro que la industria (toda), desde el momento que se engrasa con beneficios seguramente deja atrás otras cosas.


R.B.: ¿De dónde le viene a Llanos Campos la afición por la literatura infantil, por escribir para otros como usted? ¿Qué te inspira? ¿Dónde escribes?... Cuéntame tu viaje hacia el lugar donde viven los monstruos.
LL.C.: Una de las primeras personas a las que regalé El tesoro de Barracuda una vez lo recibí impreso fue a mi profesora de EGB, Alicia. Ella fue la primera que se dio cuenta de que me gustaba escribir. Creo que las pistas eran claras: ella nos mandaba una redacción de una página… y yo aparecía con ocho. Ella fue la primera que me animó, que me presentó a algunos concursos y me orientó al escribir. Después, mi pasión por el teatro me llevó a escribir obras para mi compañía y para otras. Como te contaba antes, yo me pongo a escribir cuando tengo algo que decir. A veces esto sale de una frase que escucho, de una película, de algo que veo en la calle. Por ejemplo, escribí una obra de teatro para adultos (Por el ojo de la cerradura) después de ver Bowling for Columbine de Moore, sobre una masacre perpetrada por dos estudiantes en su instituto. En un momento, alguien decía «Esto no empezó esta mañana; acabó». Y yo quise contar el previo, lo que lleva a estos niños a suicidarse o a coger un subfusil y acabar con decenas de chavales. Luego lo aderezo con mis propias experiencias (soy un archivo andante de anécdotas); entonces empieza lo bueno, porque a mí me chifla escribir. Primero doy larguísimos paseos enhebrando la historia en mi cabeza. Luego me siento a escribir, y entonces viene la etapa de «loca con espasmos», donde, de repente y sin previo aviso, hablo sola o doy palmas (en la cola del Mercadona, en el bus o en un velorio) porque acabo de encontrar el giro exacto que no encontraba. Escribo sola y con música, eso siempre.
R.B.: A continuación te dejo un hueco para que comiences una historia, ¿te atreves al reto?
LL.C.: ¡Uy lo que me ha dichoooo! ¡Ahí va!:
«Tenía la boca seca. ¿Cuánto había dormido…? El sol le daba de pleno. ¿No cerró anoche la persiana? ¡Ahivá, los deberes! Tenía que acabar el trabajo de sociales. Oye, ¿por qué le dolían los pies? Se incorporó despacio. Notaba el pelo pegajoso. La cama estaba… ¿llena de arena…? Un momento, no era su cama. Cuando se puso en pie, apareció de repente en medio de un camino entre maizales. Llevaba puestas una botas de goma y un disfraz de conejo. ¿Do… dónde narices estaba? ¿Qué había pasado? «Piensa, piensa…» Lo último que recordaba era que había ido al dentista con su padre… ¡Su padre! «Papá -llamó- ¡Papá!» Y una voz respondió entre los maizales: «¡Carlos!¡Ya voy! ¡No intentes quitarte las orejas!»


R.B.: Mucha gente no sabe que, desde hace muchos años, Llanos Campos se dedica al teatro, sobre todo al infantil. Por ello creo que es una ocasión inmejorable para que una profesional del teatro orientado a los niños nos hable un poco de este género invisible. ¿Por qué se publican tan pocas obras de teatro para pequeños lectores?
LL.C.: ¡Ay, que voy a tener que darte la razón sobre el negocio y la literatura! Pues el caso es que yo empecé a escribir obras para niños precisamente por la falta de títulos que me pareciesen interesantes. Luego lo hice parte del trabajo, con improvisaciones para llegar al texto que más de una vez me metieron en problemas, pero siempre terminaba siendo un trabajo muy enriquecedor. Estoy intentando publicar estos textos, pero no es fácil. Las editoriales no ven rentables las obras dramáticas, porque (resumiendo) se fotocopian y por ello se venden pocos ejemplares, pero hay formas de hacerlas más interesante según mi propia experiencia. Yo tengo escritas obras para niños y obras para que las representen niños (que no es lo mismo, claro), y también para adultos, pero el teatro interesa poco al sector editorial por lo visto. Aunque espero equivocarme y poder publicarlas algún día.


R.B.: Defiende el teatro para niños. ¡El megáfono es tuyo!
LL.C.: El teatro es un arma muy poderosa. Cuando asistes a una representación que de veras te «toca», no hay sensación parecida. Ninguna, créeme. Es algo vivo, que ocurre justo ahí, delante de tus ojos. Y es irrepetible; aunque la veas mil veces, jamás será exactamente igual. Los sentimientos que despierta (cuando lo hace, que no es siempre, claro) son primarios y reales. A mí me gusta decir que el teatro es la mentira más hermosa: el público sabe que va ver algo que es mentira, el actor sabe que es mentira… y sin embargo lo que se crea en la sala es absolutamente verdad. Los niños, con su sensibilidad sin domar, son los espectadores perfectos; nada de cortesía ni de aplaudir todo el tiempo que el reparto salga a saludar. Si no les gusta, lo notarás al instante. Y si has conseguido atraparles, no hay mejor público que ese. El teatro enseña el poder de la palabra, de la imaginación, hace que creas sin dudar que una caja de cartón es un avión o un elefante, que te hace sufrir por naufragios en una moqueta y ver pájaros donde solo hay sonido. En un mundo en el que todo se hace real digitalmente, esto es inestimable. Para niños, para adultos, da igual.
R.B.: Yo fui al 4 (N.B.: los institutos de Albacete siempre se han nombrado por números) y recuerdo entre alegría y nostalgia la gran afición por el teatro clásico y contemporáneo que respirábamos en los pasillos de los centros educativos, el certamen que aglutinaba a todos aquellos grupos amateur en el auditorio municipal, o a todos aquellos compañeros de pupitre que dejaron un (supuesto) futuro prometedor para vivir de la interpretación. ¿Es el teatro escolar la gran piedra angular que sustenta un género que tanto tiene que ver con el amor por la palabra?
LL.C.: ¡Yo también fui al 4! ¡Lo inauguré, en realidad! Yo trabajé como monitor de teatro durante unos años y fue muy enriquecedor. Creo que esas experiencias enriquecen tantas facetas de la formación de un niño (psicomotricidad, lectura comprensiva, autoestima, oratoria, etc, etc) que debería ser una asignatura más, como parece ser que se ha hecho en Chile. Puede que eso despierte la vocación actoral en algunos niños, pero si no es así,como mínimo crea nuevos espectadores y les acerca al arte en general.
R.B.: Como estoy tan poco puesto en estas lides y soy bastante enterao, enróllate y recomiéndame algo de teatro infantil de última hornada...
LL.C.: Por mi trabajo, ahora mismo estoy más familiarizada con el teatro infantil de compañías que crean sus propias obras y textos. Sin salir de Albacete, hay muchas compañías que están trabajando mucho y bien, y creando maravillas. Gente como Patricia Charcos, que está trabajando en teatro y música para niños, o como Rosa Díaz (también albaceteña) que desde Granada se pasea con su compañía La Rous por medio mundo encandilando a niños y mayores con sus trabajos.


R.B.: Jugar, comer y leer son algunas de mis pasiones, así que, para despedirte, me veo en la obligación de preguntarte por tus juegos, platos y lecturas favoritas.
LL.C.: Pues me gusta jugar con mis sobrinas a casi todo, cuanto más loco mejor. Y comer… la pasta me pierde (así me luce la base sedente). En cuanto a la lectura, me enganchan las obras que me desconciertan, que me sorprenden y que me cuentan historias inesperadas. Por eso me encantan García Márquez o Borges. E incluso las que relatan historias que parecen las de siempre, pero tan bien contadas que parecen nuevas (como Tolkien o Auster).


Llanos Campos (Albacete, 1963), aunque comenzó a estudiar Psicología en la Universidad de Granada, se decidió finalmente por estudiar el ciclo de interpretación en la Escuela Municipal de Teatro de su ciudad natal. Una vez finalizado, empieza su andadura profesional por varias compañías de teatro de nuestro país (Teatro Fénix) o extranjeras (Johannes Vardar). Más tarde se anima a crear sus primeros textos teatrales dirigidos a niños y adultos para compañías como Teatro de Malta, Teatro Capitano o Diábolo Compañía de Partes, junto a la cual desarrolla una versión del Quijote protagonizada por marionetas. Finalmente decide fundar la Compañía Falsaría de Indias y desarrollar espectáculos como SoloLeo, Los sueños de Valentina, El viaje increíble de Juanito (todos ellos infantiles), Por el ojo de la cerradura o Ciento volando (para adultos), con los que ha obtenido varios galardones. En el 2014, ganó el Premio Barco de Vapor con El tesoro de Barracuda, un inmejorable debut en el mundo de la Literatura Infantil.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Sobre los "especialistas" y la "crítica" de la LIJ


Tras la polémica que desató mi última reflexión en este sitio y alejado por unos días del mundanal ruido que a veces emite la LIJ (¡Qué bien me lo he pasado perdido junto a una buena parva de alumnos por la cornisa cantábrica!), he tenido tiempo para reflexionar sobre el extraño mundo de la “crítica” (las comillas implican poca concreción) de los libros para niños, un universo sin desperdicio al que he echado unas cuantas miradas y del que he tomado una serie de apuntes. Abro fuego...


Independientemente de la formación que tengamos los “especialistas” de Literatura Infantil (ya saben... tenemos elefantes universitarios, tocapelotas en busca de pedestal, libreros enteraos, discursos repetitivos, bibliotecarios henchidos, saltimbanquis reciclados, maestros concienciados y constructivistas, lectores de tres al cuarto, padres moralistas, modernos advenedizos, seres mitológicos y hasta gente seria), todos pensamos (me incluyo porque a veces tengo las cosas tan claras que peco de inocente) que los “críticos” de LIJ, aunque realicen un trabajo remunerado (nunca he contemplado esta opción porque tendría que depender de un tercero, y, a la larga, se traduciría en una batalla campal... Me gusta ir a mi bola. Porque puedo) o gratuito, el fin debe ir siempre, en una dirección: la del público, la del lector.
Lo cierto es que esto pasaba hace años, décadas, cuando la literatura para críos era minoritaria y en nuestro país, la fiebre por culturizar a las masas era una entelequia a la que se dedicaban cuatro soñadores. Hoy en día la cosa ha cambiado al erigirse la llamada LIJ como un negocio en el que también entran al trapo bastantes “especialistas”... No se alarmen, no me voy a meter con los honorarios de estos “investigadores” (entiendo que si prestan su ojo clínico y demás servicios a todos aquellos que los soliciten, están en su derecho de cobrar por ello lo que crean conveniente... ¡Estaría bonico que no pudieran comer ni abrigarse!), pero no voy a dejar de pasar la ocasión para hablar de la repercusión que esta decisión -la de entrar en el juego del dinero- tiene sobre la supuesta independencia que lectores y/o consumidores esperan de ellos.


En primer lugar hay que mirar a la relación que se establece entre las editoriales y los “críticos” lijerarios...
Aunque muchas veces te topas con editores que envían sus libros de manera desinteresada, obvian las pretensiones y conviven con un alma dividida entre el espíritu crítico y la realidad económica (desde aquí mi gran reconocimiento a todos ellos), son muchos los que se sirven de sus relaciones con los “especialistas” para prosperar y pescar unos cuantos billetes. No se echen las manos a la cabeza que les ilustro con unas pinceladas...


Pincelada 1. Imagínense que todas las semanas llegaran a mi casa cien libros y que sólo fuera capaz de reseñar una docena al mes. ¿Qué ocurriría si yo tuviera cierto acuerdo con la casa editorial X para prestarle una atención personalizada a las obras de su catálogo? Monopolizaría con libros de esa editorial un espacio que debería ser plural y diverso, lo que redundaría en las opiniones de mis seguidores y en la potencial compra de títulos. No le den mucho al coco, yo lo llamo manipulación -¿indirecta?- del mercado.
Pincelada 2. Otros empresas del ramo prefieren ponerse en contacto con los “estudiosos” de la LIJ para desnudar su catálogo ante las maldades y/o beldades que profiramos. Por un lado facilitan la tarea de búsqueda de títulos reseñables (Aunque dar con un buen libro lleva su tiempo, un servidor prefiere patearse librerías y bibliotecas a que otros le hagan la selección. ¡Que se note esa pasión por el álbum ilustrado!) y por otro agasajan a los amantes de los libros infantiles con el regalo más deseado (y ya saben que quien regala....). Una vez recibidos los ejemplares, tenemos dos opciones: actuar con objetividad y acarrear con reproches y enfados en caso de desagrado (¿Dónde queda esa libertad que se nos presuponía a ambos antes de la reseña?), o decantarnos por loas y reverencias para demostrar cierta gratitud ante “el detalle desinteresado” (y de paso, inclinar las ventas hacia uno u otro lado de la balanza).


Pincelada 3. De entre todos los mensajes que las editoriales nos lanzan a los “entendidos” lijerarios, me resulta bastante curioso ese punto en el que las empresas de la letra impresa, en vez de mandarnos ejemplares de sus mejores obras, prefieren hacernos llegar otros títulos menos reseñables (de segunda o tercera categoría, para que me entiendan), lo que se traduce en una encriptada intención de relanzar aquellas obras del catálogo con menos tirón y, si cuela, vaciar así los almacenes y llenar bibliotecas públicas y privadas de morralla pseudoliteraria.
Pincelada 4. Hay empresas que utilizan la imagen y/o el prestigio de los críticos para aupar sus negocios. Unos rezan “Selección de títulos a cargo de...”, mientras otros llaman enardecidos a los clientes a grito de “Uno de los mejores libros según...”, algo que, en ocasiones, no es sinónimo de calidad, sino de marketing y publicidad (Me recuerda al anuncio aquel de la margarina y el presentador del programa sobre salud doméstica... ¿Crédulo yo?).


Dejando a un lado la demonización del mundo editorial (no son tan malos: ellos proponen y el “crítico” traga y dispone...), abramos los ojos y enfoquemos la mirada... He aquí el amiguismo.
Todos tenemos familia, todos conocemos gente a la que echar un cable. Mientras yo contrataba a mi tío para reformar el baño, otros se dedicaban a vender el libro para niños que acababa de escribir su primo hermano (“¡Ay, Fulanito, échame un cable, que esto parece que no chuta!”) Y así pasa, que a pesar de no valer un duro, algunos venden libros como churros...
Cabe subrayar que, desde que este espacio está presente en las redes sociales, me he percatado de lo bien articulado que está el sector de la Literatura Infantil. ¡Cuántas risas! ¡Qué amigos somos! Autores, ilustradores, editores, bibliotecarios y libreros no paran de darse cera los unos a los otros. Muchos se conocen (personal o virtualmente), algunos parece que riñen, y todos ganan algo... Pero... ¡Un momento! ¿Qué hacen ahí los “especialistas”?... Pues nada, a cuestas con la LIJ por si cae alguna tajada. Y ahora es cuando me pregunto: ¿Cómo es posible poder juzgar debidamente una obra cuando te vas de cañas con el autor? ¿Cómo es posible ser imparcial con el libro de alguien al que te unen ciertos lazos, ciertos prejuicios?... Si además tenemos en cuenta que, como en cualquier otro sector, el mundo lijero es demasiado endogámico y muy intrincado, podemos afirmar que tiene que ver más con una pequeña mafia, la del papel impreso, que con el corro de la patata, algo que conlleva una falta de espacio cuando hay que dar cobijo a nuevas voces, a otras opiniones, a historias diferentes, a nuevas visiones. Y a uno le parece oír a lo lejos: “O comulgas con el sentir general de manera explícita, o eres un envidioso ignorante” y “Los que no sean de nuestra cuerda, ¡les hacemos el cuello pronto!” (¡Ufff! Parece que estoy hablando de un partido político... ¡Si levantara la cabeza Rodari!).


Mi tercera mirada se posa sobre los intereses creados... No son pocos los “especialistas” que viven (cuando digo vivir, es vivir) a costa de la LIJ (asesores, editores, autores, ilustradores, narradores...) y se ven en la obligación de proferirse autobombo, de aprovechar la coyuntura y vender sus obras, sus proyectos, el producto, que bien mirado, es la parte más inofensiva de este cotarro puesto que sólo engañan al que se deja. Otra cosa es que, haciendo gala de su poder e influencias, actúen en detrimento de otros actores en este teatro lijero, bien por una chorrada, bien por enemistad, o bien por mera venganza, algo en lo que estoy en total desacuerdo puesto que, aparte de minar el ánimo de terceros que poco tienen que ver en las rencillas personales, empobrece el abanico de sugerencias que se ofrece a los lectores y reduce las posibilidades de hallar algunos buenos títulos que a veces son difíciles de encontrar en el mercado.


Por último, hay que hablar del sesgo... Todos los lectores, llamémonos como nos llamemos, tenemos cierta inclinación por unos libros u otros, por unos estilos de ilustración, por ciertos argumentos, por formatos y tipografías concretas... Esto obliga a que, últimamente, muchos “entendidos” se hayan centrado en ciertas editoriales (las mismas de siempre) y no presten atención a otros proyectos que también tienen cabida en las salas de lectura. ¿Acaso son las únicas en encontrar buenas historias, en editar buenos libros? Muchas veces se da a entender que sólo estos proyectos editoriales han sido iluminados por un haz de claridad divina y todo lo que se salga de sus estándares es caca-de-la-vaca. Y no. No creo que opinar obnubilado por la omnipresencia de cuatro editoriales, por los libros que rizan el rizo, sea el presente y el futuro de un panorama editorial cada vez más variopinto y enriquecedor.


No sé si tendré mucho de osado, caústico, tonto, cretino o payaso (seguramente un poco de todo... al menos, yo me miro en el espejo), ni tampoco si las opiniones vertidas en esta entrada tendrán consecuencias positivas o negativas sobre mi tejado y/o el ajeno, pero tengo bien claro que lo único que nos debería mover a los “críticos”, “especialistas” o “entendidos” de LIJ, es eso: la LIJ, los lectores que confían en nosotros, y nada más.


Todas las ilustraciones de esta entrada pertenecen a Quint Buchholz. 
La mayor parte de ellas están extraídas de En el país de los libros (Nórdica Libros) y El libro de los libros (Lumen).