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jueves, 30 de abril de 2026

Combatir el insomnio


Anoche dormí fatal. Mea culpa. Lo admito. Y lo peor de todo es que eso de “en casa del herrero, cuchara de palo” es una gran verdad. Algo que se podría hacer extensivo a lo de “consejos vendo que para mí no tengo”, pues antes de acostarme me salté unas cuantas reglas de oro que recogí en A pierna suelta para conciliar el sueño.
La primera es que me dio por ver una película bastante más tarde de lo que acostumbro. Teniendo en cuenta que mi televisión no funciona desde hace un lustro y que dependo del ordenador para el disfrute audiovisual, eso de mirar una pantalla durante dos horas afectó a mi capacidad de conciliar el sueño.
En segundo lugar, me puse hasta las trancas de adobo. Y miren ustedes que un servidor no suele entregarse a la gula nocturna, pero estaba con un apetito de mil demonios tras recuperar la rutina después del fin de semana (trabajo, ejercicio, quehaceres domésticos…), abrí el frigorífico, me dejé llevar por el ansia viva y Morfeo me pasó factura…


El tercer error fue de principiante. Cambié mi edredón antes de tiempo y con el fresco que nos han traído los últimos coletazos del invierno (de madrugada el mercurio ha bajado hasta los 5ºC en estas latitudes), la noche se hizo un tanto desapacible. No olviden que necesitamos una temperatura óptima para dormir.
Creo que esta noche, y teniendo en cuenta la maratón que me espera mañana con esto del puente del primero de mayo, me retiraré de los quehaceres informáticos temprano, practicaré el ascetismo en lo que a gastronomía se refiere e intentaré cubrirme con una mantita por si reaparece el frío nocturno. Pero sobre todo, echaré mano de un remedio infalible: leer un poquito. Y teniendo en cuenta que tengo el salón a rebosar de lecturas pendientes, no será difícil.


Y es que, como le sucede a la protagonista de Menuda nochecita, padecer insomnio es una lata. Nos lo cuenta Bruno Zocca, el autor de ¿Y si fuera otra cosa? gracias a Liana editorial. La chica no puede coger el sueño por más que lo intente. Quizá haya olvidado algo durante el ritual previo… Lavarse los dientes, ponerse el pijama, darle las buenas noches a su padre y apagar la luz. Pero nada, no consigue quedarse dormida. Por eso decide darse un paseo nocturno. Primero por la casa y después decide salir afuera. Todos duermen. Su padre, el perro, las ardillas, los pájaros, los ratones e incluso la luna. ¡Un momento! ¡Hay alguien que sigue despierto! ¡Un oso gigantesco! ¿Qué pasará?


Con un final sorprendente pero encantador y mucho humor blanco, el autor italiano presenta un álbum con estructura de sketch que es ideal para relanzar dos ideas. La primera es la establecer rutinas para que críos sean independientes en aspectos importantes de su mundo cotidiano, y la segunda sienta las bases para aupar la lectura como compañera inmejorable a la hora de tener dulces sueños.


Como aspectos destacables en las ilustraciones, he de apuntar la presencia de una familia monoparental (ponerlo en evidencia con naturalidad y sin pedagogía me resulta muy agradable), la caracterización de los personajes (Recuerdo a Klassen. Los ojos, los ojos. Siempre los ojos), el sinfín de detalles que convierten cada doble página en un juego de búsqueda, la alternancia de marcos entre las imágenes que me trasladan a tiempos pasados y algunas composiciones deliciosas (como la utilizada en la tapa). Una buena propuesta para pestañear plácidamente.

lunes, 27 de abril de 2026

Sorteando la canícula


Con las temperaturas que se está gastando abril, no me quiero imaginar lo que serán los meses venideros. Vamos a pasar las de Caín. Estoy temblando.
Lo peor de todo es que tienes que aguantar los comentarios del personal que adora el secano. Que si “Ya era hora”, que si “Lo estaba deseando”. Anormales. Como si los cuarenta y cinco grados que sufrimos durante el verano fueran lo más óptimo para nuestro “body” (A ver si leéis un poquito de antropología física, caris…).
Lo del verano en este país, no tiene nombre. Ni en el norte, ni en la sierra, ni a remojo en la piscina, ni con aire acondicionado. Eso de vivir en un horno es insoportable. Más todavía conforme se está poniendo la vida. Cervezas a diez euros (¡Para que luego digan de Copenhague!), menú diario a 30 pabos (descongelado) y lo de las pernoctas, ¡para matarlos! Ya no tenemos ni para caprichos estivales. Ni sueldo, ni vivienda, ni vacaciones, ni bares. Dios nos salve de esta España desértica, ladrona, inepta y absurda. Y lo digo así, alto y claro.


Mi recomendación es que busquen una encina imponente (los pinos, ni verlos) o en su defecto un buen risco (nunca para despeñarse) y disfruten bajo su regazo durante las tardes que se aproximan botijo en mano. Y si son de esos que le buscan pegas a cualquiera de mis sugerencias, les propino un libro para que se les quite la tontería. Que Al abrigo, el último libro de Adrien Parlange publicado en nuestro país por Océano Travesía, les ilustra de maravilla.
Este título del siempre sorprendente autor francés nos acerca la historia de una niña que se refugia del calor bajo la sombra de una roca en mitad de un paisaje baldío, una llanura desértica. Al rato, aparece una serpiente (¿Conocen algún libro de este señor en el que no aparezca una?) que también busca un poco de cobijo térmico y allí se encuentran las dos. Más tarde llega un zorro. Después una liebre. También un erizo. Un buen puñado de animales acaban compartiendo el abrigo que proporciona esa piedra. ¿Cómo lo conseguirán?


Como en otros álbumes (véase Las desastrosas consecuencias de la caída de una gota de lluvia), Parlange desarrolla sus ideas utilizando la luz y el color de una manera muy elegante. Las figuras de cada doble página se rodean de colores uniformes que van mutando poco a poco conforme pasamos las páginas. Del naranja, pasamos al amarillo, de este a los tonos rosados y finalmente aparecen los morados. Una paleta de color que representa el paso del tiempo desde una perspectiva cromática muy interesante. También tenemos la sombra de la roca central que cambia de longitud y de posición en cada doble página. Un reloj de sol que va señalando las horas y que al mismo tiempo supone un juego visual de primera magnitud al que los personajes deberán enfrentarse a lo largo de la narración.


La cosa no se queda ahí, porque ¿acaso no se han dado cuenta de que este es un cuento acumulativo en toda regla? Sí, de esos que tanto gustan a los críos, pero a base de imágenes. Si se atreven a inventar un nuevo texto, sería la mar de interesante… De esos repetitivos, incluso con rima. ¡Hale! ¡Ya tienen una idea para darle brío a la lectura!
Por último, hay que hablar del triunfo de lo imposible, no solo por los ejercicios de contorsionismo que realizan los personajes en cada doble página para no quedar a la intemperie bajo el sol abrasador, sino por esa idea cooperativa que une a los diferentes por el bien común. Las figuras parecen dar forma a un puzle orgánico en el que se pueden apreciar diferentes actitudes a lo largo de las páginas. Si al principio, el espacio entre los personajes deja entrever reticencias entre ellos (la niña y la serpiente, el zorro y la liebre), cuando todo termina podemos observar como todos se articulan e interaccionan en completa armonía (¿Quién termina con la brizna de hierba en la boca? ¿A quiénes abraza la serpiente?). Hermoso mensaje.


Para terminar, no me quiero ir sin apuntar al formato y la encuadernación. Horizontal y con hilo visto, permite crear escenas completamente apaisadas (la ausencia de lomo ayuda a la completa apertura de la doble página) en las que la acción queda bien distribuida y las escenas adquieren un carácter más cinematográfico. Por cierto, la imagen en diagonal de la portada es una maravilla que invita a abrirlo sin dilación. Háganle caso.

jueves, 23 de abril de 2026

Celebrando los libros con Astrid Lindgren


Hoy es 23 de abril y, como manda la tradición, toca celebrar el Día del Libro.
Si bien es cierto que el panorama editorial nos está dejando titulares bastante descorazonadores (véase como ejemplo ese que ponía en el punto de mira que la mayoría de los títulos que encontramos en las librerías no vende ni un solo ejemplar), los monstruos seguimos defendiendo la lectura como una herramienta básica para enfrentarnos a la existencia.
Y es que, en una época convulsa donde las ideas, principios, pensamientos y modas poco o nada tienen que ver con los de los siglos anteriores, el libro sigue siendo ese espacio íntimo donde cabe lo polifónico, donde podemos descubrirnos a nosotros mismos y a los demás, los que están y los que fueron. Un lugar en el que la humanidad, sea la que se sea, se encuentra. Les puede parecer insuficiente, pero esa frontera nos capacita como comunidad. Tolerante o intolerante, respetuosa o irrespetuosa, amigable u hostil…, pero, al fin y al cabo, juntos.
Así, en este jueves primaveral en el que no caerá una gota del cielo, pero sí que cundirán los libros, he creído oportuno señalar Mi mundo perdido, un compendio de textos de Astrid Lindgren que hace poco más de un año recuperó la editorial Kókinos.
Con el subtítulo Sobre libros, lecturas, escritura para niños y recuerdos, este volumen se compone de once capítulos que Astrid Lindgren escribió en diferentes épocas de su vida. Un casi ensayo que se articula en cartas, conferencias, reflexiones y artículos periodísticos que nos arrojan una suerte da semblanza de una de las escritoras de LIJ más reconocidas en el panorama internacional.
Desde una perspectiva quimérica, pero igualmente sincera, esta lectura reflexiva dirigida a todos los que amamos los libros, sobre todo infantiles, desentraña cuestiones que muchos nos hemos preguntado alguna vez. ¿Dónde encontraba la inspiración? ¿Qué sintió durante la infancia? ¿Qué relación mantenía con sus padres? Muchas respuestas que se abordan desde el libre albedrío pero que siguen un mismo hilo conductor.
La autora de Pippi Langstrumpf nos habla de sus querencias, sus pasiones y principios. Con mucho de autobiográfico, pero sin esa línea temporal que a veces puede desbordar (sobre a todo los que se pierden con los contextos históricos), la autora sueca se adentra en la historia de amor de sus propios padres, habla sin tapujos sobre la escritura de libros que se dirige a los niños, defiende el ecologismo o ensalza el papel del bibliotecario infantil.
Todo esto consigue dibujar un arquetipo tan entrañable, como solemne, un libro que despierta muchas sensaciones. Desde lo nostálgico y emotivo, hasta lo crítico e irónico. Nos cuenta cuando, en la cocina de su niñez, escuchó por primera vez el relato de Bam Bam y el hada Viribunda, descubriendo inconsciente que los libros serían parte fundamental de su vida o de unos años de juventud muy convulsos en los que la Segunda Guerra Mundial se abría camino en una Europa herida.
Asevera y opina, acaricia y susurra, divierte y anima. Desde un juicio íntimo y personal. Así era ella. Y así está escrito.

lunes, 20 de abril de 2026

Inteligencia a base de palabras


Si hay algo que tenemos claro todos los docentes, es que los estudiantes de hoy en día son mucho más flojos que los de antaño. Y no hace falta remontarse al siglo pasado, una década nos basta. Así que toca hacerse la pregunta de rigor: ¿Qué está pasando?
Según los sociólogos es el llamado efecto Flynn inverso, que es el fenómeno científico que explica la caída de la inteligencia humana en los últimos años. Este concepto contrasta con el efecto Flynn original, que demostró cómo el coeficiente intelectual había subido de manera constante durante todo el siglo XX. Esto se debe principalmente a tres causas.
La primera se refiere a los cambios en los actuales sistemas educativos que han abandonado ese énfasis en el pensamiento analítico profundo y el razonamiento lógico tradicional en las aulas. En segundo lugar tenemos el uso indiscriminado de pantallas en la vida diaria de niños y adolescentes. Esa hiperconectividad y el consumo de contenidos fragmentados (recuerden Instagram y Tiktok) afectan la concentración y la memoria. Por último tenemos un estilo de vida que ha mermado notablemente las horas de sueño en casi todos los grupos de edad.


Si bien es cierto que todas ellas tienen mucho que decir al respecto, poco se habla del libro, ese objeto que tantos siglos ha acompañado al desarrollo de nuestra inteligencia y al que en breve celebraremos. Y es que bajo esa mirada que he ido desarrollando durante más de veinte años dando clase en la escuela pública, puedo afirmar que la lectura tiene mucho que decir en el desarrollo cognitivo de mis alumnos.
El que nunca ha visitado un aula no lo sabe, pero yo les digo que se sorprenderían de la cantidad de palabras que los chavales de hoy día desconocen. Su vocabulario es limitadísimo, algo que se relaciona directamente con una menor comprensión de los textos académicos. Y es que no podemos basar el aprendizaje en el lenguaje comunicativo. Oralidad, hipertextos o cibertextos son corpus lingüísticos pobres (N.B.: Les recuerdo que un quinceañero medio utiliza entre ¡250 y 300 palabras! en su vida diaria) que lastran el camino formativo de cualquiera.
Y no me vengan a defender a Google, Wikipedia, diccionarios y tesauros. El lenguaje es la herramienta que más ha permitido avanzar al ser humano. Aprender los signos que lo constituye, entender las normas que lo articulan y relacionarlas entre sí, nos permite acercarnos a esos mensajes que compartimos. Las palabras son códigos, pero también vínculos que nos enlazan a través del tiempo y el conocimiento, permítanme que les diga, no se hizo de un día para otro.


Por todo esto y como antesala al mal llamado Día del Libro (me parecería más apropiado Día de la Lectura), les traigo El cofre lleno de palabras, un álbum de Rebecca Gugger y Simon Röthlisberger publicado hace unas semanas por la editorial Juventud que nos acerca la historia de Óscar, un chavalín que gusta de cavar hoyos y que un día encuentra un enorme cofre de madera. ¿Qué habrá en su interior? Quizá un gran tesoro. Pero no, en ese cofre hay montones de palabras que no sirven para nada. De repente, Óscar empieza a jugar con todos esos adjetivos que van tomando forma. Erizos fosforescentes, escarabajos monstruosos o árboles melenudos. Todo es posible con las palabras. El problema viene cuando se gastan… ¿Conseguirá Óscar llenar el cofre de nuevo? ¿Cómo lo hará?


Con sencillez y una pizca de magia, los autores suizos consiguen darle vida a una pequeña parábola sobre el poder transformador del lenguaje que se dirige a todas las edades (no pierdan de vista las opiniones de los adultos que aparecen en este libro. ¡La mayoría se merecen un buen tirón de orejas!). Me gusta que la línea narrativa se construya desde lo sorprendente, lo fantástico y lo creativo, tres de los pilares que siempre funcionan con los pequeños lectores. Del mismo modo que se adentra en actitudes muy interesantes como la perseverancia y la curiosidad.


Un libro hermoso que, con ilustraciones muy agradables y recursos tipográficos muy dinámicos, establece conexiones entre el mundo visual y textual que ahondan en lo metafórico. Un buen ejemplo de cómo un libro puede, sin abusar del didactismo, dar pie a una buena lectura en voz alta y alguna que otra actividad grupal donde aparquemos las manualidades y nos podamos divertir a base de vocablos, que es de lo que se trata.

viernes, 17 de abril de 2026

Habitando entre sombras


El calendario se deshoja. Los días pasan y el sol se eleva. La temperatura sube y la tarde se alarga mientras las sombras se acortan. Proyectadas bajo las copas de los árboles se anuncian como refugio de la densa calima. Ese remanso en el que rendirse al cansancio vespertino. La sombra. Sinónimo de siesta, también de sobremesa. De abrigo y cobijo. De paz y tregua.


Hay sombras que ventean y otras que aventan. Sombras que titilan, que se esparcen y balancean. Las sombras adoptan mil formas. Las hay que amparan y otras que aterran. Incluso la sombra propia, que acompaña silenciosa, que cae en el olvido, que aparece de repente, que se va por sorpresa. Cuando la luz se alza en mitad del verano, sobre el cénit de las cosas.


No es de extrañar que les dediquen libros enteros, extensos poemas y muchas loas. He aquí uno de estos. Uno pequeño, que a modo de carpeta, la guarda con cariño durante el día y la noche. Se abre, se cierra y, entre las hojas, queda quieta o se despierta. Porque así son las sombras: juegan y juegan.

[…]

Se mete en la cama
si yo me constipo
y el pecho le brinca
si a mí me entra el hipo.

Mi sombra me sigue
vaya donde vaya,
sea un alto monte
o infinita playa.

Pero cuando duermo,
siento su figura
que ágil se escabulle
por la cerradura.

Oigo sus pisadas
lejos alejarse,
¿buscando otro niño
con quien fusionarse?

[…]

Nacho Rubio.
En: Mi sombra.
Ilustraciones de Rebeca Luciani.
2026. Poio (Pontevedra): Pepa A Loba.

miércoles, 15 de abril de 2026

Pequeños catálogos


Siempre que me topo con libros como el de hoy, me viene a la cabeza el título del disco que El último de la fila publicó en 1990. Nuevo pequeño catálogo de seres y estares. Era el favorito de mi madre. No sé cuántas veces lo pondríamos. Toda la familia nos sabíamos de memoria las letras de aquellas canciones de pop noventero. Músico loco, Cuando el mar te tenga, En mi pecho, Todo el día llovió… Un manojo de temas que he ido guardando en mi subconsciente durante todos estos años y que siempre aflora cuando me encuentro con estos libros-manuales.


Si bien es cierto que este tipo de álbumes híbridos entre la ficción y la no ficción abundaron durante un tiempo, cada vez los encontramos menos en las librerías. No obstante, siempre aparece alguno que nos recuerda a aquellas obras tan disfrutonas de los años 80 o 90, incluso del nuevo milenio que aupaba el sector más comercial de la LIJ (no se olviden el Princesas olvidadas o desconocidas de Dautremer y todos esos que incluí en este post.


Quizá esta realidad se deba al auge del álbum informativo estricto, pero eso no quita para darles un poco de vuelo cuando caen en nuestras manos, pues si bien es cierto que son productos con mucho tirón, también tienen una parte fantástica más que destacable y desbordan ciertas temáticas con imaginación y elegancia. Como los tres libros que traigo hoy.


Empiezo con El libro de los gnomos, una pequeña enciclopedia sobre estos seres ideada por Loes Riphagen y que ha sido recientemente publicada por Kókinos. Aunque les recuerde a Los gnomos, el volumen enciclopédico que Wil Huygen y Rien Poortvlietde desarrollaron sobre estos seres fantásticos, el aquí reseñado, tienen un aire mucho menos solemne y se dirige a prelectores y primeros lectores por varias razones.


Aunque está dividido en diferentes secciones (la familia, la casa, la ropa o el colegio), todo se orienta al conocimiento de un universo mágico desde una perspectiva más lúdica. Si bien es cierto que esta compartimentación facilita la lectura por parte de lectores menos competentes, ayuda a organizar el contenido de una manera más reconocible por los primeros lectores, como pueden ser las actividades cotidianas. Por otro lado, siempre hay lugar para anécdotas, recetas o actividades sencillas que pueden expandir el conocimiento del mundo real e invitar a la interactividad.


Inventos como el levantaánimos o el lenguaje de signos, los disfraces que usan o los peligros más comunes a los que se enfrentan estas criaturas, son una buena excusa para leer y releer sus páginas una y otra vez. Textos breves, pequeñas historietas y cierta perspectiva humorística hacen de este libro una buena apuesta en lo que a álbumes-manual se refiere


Seguimos con Érase una vez… Los récords de cuento, un libro escrito por Laura Ortega Vesga e ilustrado por Anna Aparicio Català (editorial Flamboyant). Con apariencia de revista, este libro de grandes dimensiones y a todo color hace un recorrido por los personajes de cuento y otros hechos maravillosos que recogen ciertas obras de la literatura infantil.


Reunidos por categorías, las autoras nos hablan de la cabellera de Rapunzel, la nariz de Pinocho o la sensibilidad de la protagonista de La princesa y el guisante. Tampoco se olvidan del espejo de la madrastra de Blancanieves, el mal humor de Campanilla o de esos duendes que ayudaron al zapatero. Un sinfín de cuestiones que nos llevan a conocer estas creaciones tradicionales o clásicas desde un punto de vista muy desenfadado.


Con entrevistas al Gato con botas, el Lobo Feroz o uno de los tres cerdidos, un apéndice final en el que podemos encontrar todos los títulos de las obras que recoge este manual y un desplegable interior que reúne a lo más florido de la LIJ, hace de este libro una apuesta muy interactiva con la que ahondar en ese acervo colectivo, así como descubrir elementos curiosos y llamativos que invitan a la lectura (o relectura) de estos.


Terminamos con la Enciclopedia de medicina fantástica que Pedro Mañas y Mariana Alcántara acaban de publicar gracias a la editorial Thule. Como el título sigue así: “…de la doctora Anastasia Cienmales. Con el apoyo del Colegio de Médicos expulsados del Colegio Oficial de Médicos”, ya nos podemos imaginar que este compendio médico tiene mucho de inverosímil, algo que se agradece teniendo en cuenta la de sinsabores que nos acarrea esta ciencia experimental cuando no hay cura para ciertos problemas.
Así uno se puede tomar las patologías como un invento más, cosa que bien vale una lectura, pues ya está bien de dramas. Es hora de hacer las delicias de todos aquellos que fantasean con la medicina como disciplina mágico-artística.


Empezando con una breve historia de la enfermedad firmada por su supuesta autora y terminando con una serie de contratiempos para pasar el tiempo como la miopía inversa o la intoxicación cosmética, ya se pueden imaginar lo que les espera. La fiebre del baile, el mal del contorsionista o el aliento tóxico, son algunas de las enfermedades que pueden conocer a través de sus páginas.


Alejado de toda realidad fisiológica, este libro juega con las palabras, modifica expresiones conocidas, diagnostica lo imposible, pero sobre todo, nos hace reír, que al fin y al cabo, es la mejor de las medicinas.

lunes, 13 de abril de 2026

Gastronomía sobrevalorada


Hoy comienza la Feria de Bolonia y como la mayor parte del sector del libro infantil y juvenil se va a poner hasta las trancas de parmesano, salami, parmigiano reggiano, balanzone, porchetta, fior de latte, mortadela y biscotti bolognesi, toca hablar de gastronomía italiana.
No sé qué pensarán ustedes, pero un servidor la encuentra innecesariamente endiosada. Para mi gusto y aunque sea un éxito rotundo, es demasiado monótona y sobrevalorada. Pasta y pizza, pizza y pasta. La base de cualquier comida en toda la bota.
Es cierto que los tienen muy diversificados, pero cada vez que visito el país de los Apeninos acabo hasta las narices de rigatoni, rotelle, farfalle, fusilli, pappardelle y sagnarelli, de pizza napoletana, romana, bianca o fritta. Da igual que sea margherita, marinara, diavola o quattro formaggi, que se cocine con salsa arrabiatta, carbonara, amatriciana o pesto genovés, es siempre lo mismo. Lo peor de todo es que se empeñan en ensalzar sus diferencias (mínimas y sutiles) o tienes que aguantarlos a todas horas mientras alaban las bondades de este sota, caballo y rey culinario (¡Chonivinistas!).


Lo siento, pero no tienen nada que hacer con la española. Las legumbres son testimoniales (algún plato hacen por ahí…), las verduras muy básicas, pocos guisos de cuchara (y si los hay llevan pasta… ¡qué hartura!), no existe la tortilla ni la ensaladilla, el consumo de pescado es muy bajo (si acaso, anchoas, crustáceos y moluscos) y geográficamente es muy uniforme.
Quizá el éxito de la comida italiana radica en ese sabor uniforme que, utilizando las masas de harina de trigo como fundamento, llega a todo tipo de público. Cualquier plato tiene un trasfondo muy almidonado que agrada a paladares infantiles, delicados y nada exigentes. Si a ello añadimos que su elaboración puede industrializarse con cierta facilidad y que sus inventores son los reyes del marketing, no nos debe extrañar que haya pasado a llamarse “comida internacional”.


Y para acompañar esta crítica gastronómica, traigo a este espacio los Espaguetis de Pablo Albo y Andrea Antinori (espero que no se enfade mucho conmigo…), un álbum publicado por la editorial Takatuka que nos cuenta la historia de una familia cualquiera en un día cualquiera que se dispone a preparar un poco de pasta para matar el aburrimiento. El padre no se lo piensa dos veces y pone a hervir el agua. Cuando el hermano mayor, un teenager en ciernes, echa mano de estos, se encuentra con una nota: los espaguetis han huido. Es el momento en el que comienza toda una aventura con persecución y viaje a Italia incluidos.


Con ese humor tan surrealista sobre el que suelen erigirse las historias de mi casi-paisano, el libro nos adentra en la rutina familiar utilizando como excusa ese momento tan coral de preparar la comida. Bien pensado, es una buena oportunidad para caracterizar a todos los miembros de una pequeña tribu al tiempo que anima a cooperar a los lectores en las tareas del hogar. La voz narrativa me encanta, pues tiene muchos reflejos que pueden sacarnos los colores, así como elementos simpáticos (juegos de palabras, confusiones verbales y descontextualizaciones) que bien valen unas carcajadas.


Lo mismo sucede con las ilustraciones de Antinori donde el color, la composición, el desenfado y las desproporciones (Nota: Observen a esa insignificante troupe de personajes enfrentándose a pomodoros y macarrones… ¿Acaso son tan inútiles que van a fracasar ante un plato tan sencillo como los espaguetis a la boloñesa?) complementan al texto estupendamente.
Aderezado con un pequeño vocabulario italiano a modo de apéndice final (cortesía del ilustrador) y algún que otro guiño metaliterario (el toro, el toro…), tengo que decirles que me ha encantado (a pesar de la omnipresente pasta).

viernes, 10 de abril de 2026

Serendipias que compartir


Siempre he pensado que mi labor como prescriptor de lectura, una subcategoría dentro de los llamados mediadores, es dar visibilidad a todos aquellos libros que merecen la pena dentro del panorama editorial, una tarea que no siempre es fácil.
Las distribuidoras, las editoriales, las librerías…, aunque piensen que yo soy omnipresente y estoy al corriente de todo lo que se publica, esto de cribar los catálogos es una odisea. Bucea por las páginas web, las redes sociales, echa mano de los premios y listados con cierta enjundia, visita salones del libro, ferias, librerías y biblioteca, solicita ejemplares de cortesía, afloja la cartera y luego lee, valora y escribe. Nadie sabe el tiempo y la energía que muchos invertimos en esto. Ahora la pregunta del millón: “¿Merece la pena, Román?” Muy poco. Ya se lo digo yo.


A veces te topas con libros como el de hoy. Libros que han pasado de puntillas por el mercado de novedades, que para ti suponen un hallazgo sin parangón y que quieres que todo el mundo lea, sin excepción. Más todavía si se trata de poesía infantil, el género más residual junto con el teatro.


Un álbum pequeño, colorista, sin pretensiones y que brilla en la oscuridad. Que toma por bandera la aritmética, que te enseña a contar. Hacia delante y hacia atrás. Versos sin rima, pero con mucha cadencia en los que se funde lo cotidiano y lo fantástico. Que juegan con las palabras, las imágenes, los números, las sumas, las restas y las ideas. Pero sobre todo se desborda, lacera el subconsciente y nos invita a imaginar ese bosque imaginario gracias a lo simbólico. Hay libros que te llenan y hay que compartirlos.

Un reptil + un arcoíris = un camaleón.
Un reptil + una llama = un dragón.
Una mujer + una aleta = una sirena.
Un hombre + un toro = un minotauro.

***

Un diente. Tres dientes. Un tridente.
Un diente. Cuatro dientes. Un rastrillo.
Un diente. Diez dientes. Una peineta.
Un diente. Tres mil dientes. Un tiburón.

***

Tres pasos. Diez pasos. Una caminata.
Dos vueltas. Diez vueltas. Un baile.
Un baile. Diez bailes. ¡Una fiesta!

Ángeles Quinteros.
En: De la rama al bosque.
Ilustraciones de Ángeles Vargas.
2025. Barcelona: Thule.


miércoles, 8 de abril de 2026

Libros quiméricos


Hace un porrón de años leí la Teoría de la literatura infantil de Juan Cervera y me adentré en el concepto mismo de “literatura infantil”. Según este autor tan venerado en la llamada didáctica de la lengua, además de hacer referencia a todas aquellas obras que se producen para la infancia, distinguía tres vertientes.
La primera aludía a la literatura escrita para la infancia, es decir, todas aquellas obras que se realizan expresamente para el público infantil, la categoría a la que pertenecen gran parte de las obras que hoy en día podemos encontrar en las secciones dedicadas a este tipo de lectores en librerías y bibliotecas y que constituyen ejemplos sustanciales del canon. Por ponerles un ejemplo, les diría Peter Pan y Wendy, una novela que nació gracias a los regalos dramatizados que los hermanos Llewelyn Davies recibieron de su padre adoptivo, James M. Barrie.
La segunda es lo que Juan Cervera llamó, la “literatura ganada o robada”, un término que ya definió Marc Soriano y que agrupaba a todos esos títulos que en un principio no fueron pensados para críos y adolescentes, pero que poco a poco, gracias a su temática, la ambientación, el género o cuestiones discursivas fueron adoptadas por los chiquillos como propias (esa apropiación (in)debida que hoy en día está de moda. Si quieren conocer algunos de estos libros lles invito a visitar este otro post.


En tercer lugar, Cervera definió la “literatura instrumentalizada”, un tipo de literatura infantil cuyo propósito queda subordinado a los intereses del adulto, es decir, obras de carácter didáctico y/o pedagógico que intentan inculcar mensajes que se apartan de lo literario y dirigen el discurso de manera unidireccional. Algo que pueden encontrar en todos aquellos libros de valores y emocionarios sobre los que tanto seguimos debatiendo los que nos dedicamos a este mundo tan complejo.
Algo más tarde, descubrí que en esta tipología podíamos incluir una cuarta categoría, la de los libros producidos por la infancia, un tipo de literatura que, desafortunadamente, no abunda en las estanterías.
Estaba yo pensando en todo esto, cuando de pronto me vino a la cabeza que los mejores libros infantiles que conozco reúnen características de estas cuatro categorías. La mayor parte de ellos se dirigen a los chiquillos, parecen haber sido escritos por un niño (quizá ese adulto que nunca creció), gustan tanto a adultos como a chiquillos (hay mucho de literatura “crossover” en ellos) y generalmente, familias, docentes o bibliotecarios, pueden encontrar algún mensaje con el que satisfacer sus intenciones dogmáticas, aunque los pequeños lectores vean otro completamente diferente. Piensen en Los tres bandidos, Pequeño azul y pequeño amarillo, Las estaciones o Donde viven los monstruos.


Y así llego a ¿Alguna vez has oído cantar a un caballo?, un álbum de Pauline Barzilaï publicado por Libros del Zorro Rojo que podría incorporarse a esta categoría quimérica. ¿Habéis oído alguna vez una casa correr? ¿Una rana cantar como un flautín? ¿O visto unos zapatos besarse? Quizá nunca los hayas visto porque estas cosas suceden cuando nadie observa. Quizá no las veamos porque son invisibles a los ojos de quien no cree que puedan suceder.


Menos mal que su protagonista nos guía en este catálogo de momentos fantásticos en los que la imaginación se hace patente desde las miradas infantiles. Lo imposible se hace posible gracias a onomatopeyas irreconocibles, formas grotescas que recuerdan a los pintores vanguardistas y un contraste de líneas y colores que se perciben desde un universo tan cotidiano como onírico.


Objetos y animales bailan en un concierto surrealista pero reconocible en el que resuenan ecos complejos. Dobles páginas en las que habitan niños y mayores que ven reflejos propios, carcajadas y alguna que otra caricia de este mundo incierto.

martes, 7 de abril de 2026

Una prisión llamada escuela


Siempre que terminan las vacaciones, una extraña desazón se apodera de mí. No creo que sea la depresión postvacacional, sino más bien un duelo incierto que te lacera. No entiendo muy bien las razones, pues mi trabajo no es que sea picar piedra, menos todavía en mi caso, un maestro muy vocacional.
Pensándolo bien, no hay que dejarse engañar por las apariencias, pues la labor del docente no es solo dar clase… El colegio es un ecosistema laboral bastante complejo. Como sucede en otros ámbitos, no es un lugar habitado exclusivamente por adultos, sino que en él interaccionan personas de muy diferentes edades y procedencias. En primaria tenemos gente con tres años de edad hasta esa maestra que decide jubilarse a los sesenta y cinco. En secundaria, la persona más pequeña cuenta con once primaveras.


Hay que admitir que esta realidad nos aporta mucho dinamismo (ya saben cómo se las gastan nuestras criaturas: un no parar), pero también nos lacera a diario con sueños rotos, sorpresas inesperadas y todo tipo de sinsabores (padres coraje, delincuentes juveniles, dramas amorosas e intentos de suicidio, entre otras lindezas).
Y si esto os parece poco, hay que añadir que, a pesar de la permeabilidad social que se respira entre estas cuatro paredes (somos los reyes de la última moda), los habitantes de la escuela sufrimos un encarcelamiento obligatorio. Aquí no hay quien se airee a menos que haga novillos o deserte de la tiza. Seis horitas del tirón. Un “gran hermano” tela de entretenido que engancha y repele a partes iguales. Una idea que ha captado estupendamente la Bea en su último álbum.


Si abren En la escuela, una de las últimas novedades de Thule, se encontrarán con un grupo de alumnas que llegan el primer día de otoño a un colegio que no vuelve a abrir sus puertas hasta que finaliza el curso. Al principio nadie sabe cómo funciona. Como en cualquier escuela, todo parece difícil y habrá que trabajar con ahínco. Muchas se sienten solas, tienen percances con las compañeras o no entienden las actividades. Pero conforme pasan los días, cada cría va encontrando un aliciente, una asignatura que va transformando el curso de las cosas y la escuela pasa a ser un lugar extraordinario.


Como en muchos otros libros, Beatriz Martín Vidal desarrolla una alegoría llena de dobleces para todo tipo de lectores. Por un lado, tenemos una lectura enriquecida sobre los primeros días de colegio que invita a los más pequeños a perder el miedo y acercarse a ese lugar tan desconocido como apasionante para cualquier generación. Por otro, utiliza la idea del internado (esos uniformes de colegio religioso, esa tapia y esa reja impenetrable lo dicen todo) para sugerirle a los adultos que lo que ocurre allí es un misterio que solo los privilegiados (léase los niños) pueden descubrir.


Con sus recursos habituales, la Bea crea una atmósfera muy reconocible que alterna planos cinematográficos, contrastes de color y luz (comparen las primeras escenas y las últimas), escenas inquietantes (¡Ese uniforme que cuelga de la puerta se ve imponente!) y el triunfo de lo fantástico, lo etéreo o lo angelical se funden en una sinfonía muy esperanzadora. Y eso me gusta, ya que denota un cambio de registro en la obra de una artista que gusta de ahondar en la complejidad humana, sus deseos y miserias. ¡Bravo!