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miércoles, 29 de abril de 2020

Renacer




Dejando atrás el tirón de orejas del lunes, me asomo por la terraza y veo unos cuantos niños con sus respectivos padres danzando entre los árboles del parque (Sí, he tenido mucha suerte. No veo el mar pero al menos puedo respirar y sentir el sol sobre la piel). Primero fue el trino de los pájaros y ahora las voces infantiles. La cosa progresa adecuadamente. Esperemos que no se trunque de golpe y porrazo.


Dejo la mirada perdida y empiezo a cavilar. Si estos dos meses se nos han hecho eternos a los adultos, cómo habrá sido para ellos. No puedo ni imaginármelo. Seguramente cuando pase el tiempo y si la situación no se repite (que todavía tengo mis sospechas al respecto), no quedará ni el más mínimo atisbo de ello, pero hoy por hoy, son muchos los que siguen preguntándose “¿Qué pasa aquí?”


Es lo que se desprende de los mismos gestos y palabras que se escuchan cuando un niño vuelve a tomar los parques y las calles. El brillo vuelve a sus ojos. Es como si el viento fresco, las caricias del sol, avivasen un espíritu que ha ido mermando todas estas semanas. Sensaciones que me traen a la memoria multitud de situaciones y personajes de la Literatura Infantil como el renacer de Campanilla o cuando los niños de La materia oscura son separados de sus daimonion. Hay algo mágico en esos momentos.


Lo hermoso de reencontrarse con lo cotidiano, cuando la vida vuelve a nosotros inesperadamente, es un instante único. Porque a pesar de que cada uno vive con unas circunstancias diferentes, todo se resume a la misma cosa, el tiempo que disfrutamos de lo que deseamos, en definitiva, de lo libertario.
Perder, encontrar, renacer… Ese es nuestro devenir constante desde la niñez, el que nos lleva por los derroteros más insospechados de esa aventura extraña que es nuestro día a día. Y así, con actividades ordinarias que se convierten en extraordinarias continuamos la semana gracias al buen hacer de Imapla (Inma Pla para los conocidos) y la editorial Océano Travesía, que esta vez nos sorprenden con Lola y Peret (sí, sí, como dos genios del flamenco), un par de personajes entrañables que disfrutan de lo real y lo imaginario a partes iguales.


En Lola: tooodo un día en el zoo, nuestra protagonista visita el parque zoológico durante el día. Elefantes, jirafas y gorilas hacen las delicias de la niña hasta que se pone a llover y su madre tiene que llevarla a casa para continuar arropada por esos mismos animales entre las sabanas para construir sueños imposibles.
En Lola y Peret: tooodo el día en el circo, Lola se ha hecho mayor y tiene un hermano pequeño. Su madre los lleva al circo para que disfruten de los acróbatas, del hombre-bala o del forzudo. La función termina y tienen que volver a casa donde, creyéndose artistas, se ponen a juguetear con la cena…


Ambas historias se nos presentan como libros acordeón que por un lado se pueden contemplar como escenas aisladas, pero por otro permiten experimentar la continuidad del tiempo. Además, la siempre detallista autora, interviene la última escena del día con un elemento troquelado (la puerta: elección simbólica y maravillosa), para abrir un universo en el que la imaginación se abre camino en dos narraciones donde los detalles escondidos y el contraste entre los colores y las formas básicas dicen muchísimo.

lunes, 27 de abril de 2020

Batallas interminables



Ya les advertí al comienzo de esta cuarentena que gracias al dichoso virus nos íbamos a preguntar muchas cosas. Y les he de decir que no me equivocaba porque, si algo ha puesto de manifiesto este microorganismo es que el español solo entiende de sí mismo. Lejos de acidificar el medio (ya saben que el pH es lo mío) les hago saber que no es una característica exclusiva del Homo hispaniolensis (Atención, periodistas, para el que no lo sepa, el nombre científico de una especie está constituido por dos latinajos en cursiva, de los cuales sólo el primero va en mayúscula), sino que puede hacerse extensivo a otras especies de la estupidez animal.


Si no teníamos bastante con las decisiones que la subespecie politiquensis ha llevado a cabo durante todo este tiempo (¿Dónde están los test? ¿Y las libertades constitucionales?), ni con las mierdas que los periodistas se marcan desde sus respectivos medios propagandísticos y mesiánicos, desde ayer nos han empezado a soltar a la calle… ¿Que cómo ha ido la vuelta al cole? Fatal, señores. Toda una catástrofe. Y les digo otra cosa: Ustedes sigan, que nos vamos a cagar, no sólo por el COVID-19, que también, sino porque ese modus vivendi que tanto gusta a los españoles se va a TER-MI-NAR.
Esta era la razón por la que yo no quería palmas de a ocho, tampoco quería escuchar frases como “Somos una piña” o “Juntos ganaremos el pulso a este virus”, ni mucho menos sufrir el Resistiré hasta en la cola del supermercado (“¡El Dúo Dinámico! ¡Qué par de visionarios…!” Decía el abuelo de al lado). Se nos llenaba la boca de solidaridad y fraternidad, pero nadie se acordaba de lo cainitas que somos en este país.


Queridos lectores, llevo desde el 14 de marzo encerrado y a pesar de no estar en contacto con nadie, tengo bastante con el vecindario. Desde mi balcón he constatado todo tipo de acciones y comentarios que denotan una apabullante falta de respeto y sensatez hacia nuestros iguales. Está el que se dedica a insultar a todo quisqui desde el balcón (¿Se acuerdan de aquellos que denunciaban a los vecinos en la Guerra Civil? Pues ya saben...), el otro invierte sus horas paseándose con una barra de pan bajo el brazo. También los hay que se quejan amargamente de los maestros y sus abandonadas criaturas (aunque ayer le vinieran de puta madre para chafardear con los parroquianos), los que nos recuerdan durante todo el santo día el apocalipsis (¡Por vosotros nos hemos contagiado! ¡Por vosotros nos hemos quedado sin papel higiénico!... ¿Y por ti, cacho cabrón, qué ha pasado?), el típico que lo único que desea es aburrir al personal con un altavoz y sus gustos musicales (pero que el de arriba no se ponga a saltar a la comba, ¿eh? ¡Eso si que no!), y los que dan ejemplo de civismo coronavírico pero están a pique de cargarse a la parienta a palos.


No pasa nada, todo vale y aún nos queda mucha miseria que ver pues cualquier batalla es susceptible de forjarse en una situación como esta. Aunque la verdad es que yo siempre prefiero otro tipo de contiendas más amables. Como por ejemplo la que acontece en el último libro de la editorial catalana Sd.Edicions. En él, además de un montón de personajes de cuentos clásicos como los tres cerditos, los músicos de Bremen o la princesa y el sapo, Maria Pagès, la autora de La batalla interminable -que así se llama este álbum sin palabras inspirado por el mago de la transformación, Michel Ocelot-, se sirve de un lugar mágico que habita la anatomía del objeto libro (la divisoria de la doble página), para cambiar la fisonomía de todos aquellos que atrevan a cruzar de una página a otra, y crear así un elemento narrativo y fantástico que siempre está pero que nunca tiene mucho protagonismo, e incluso se evita.

jueves, 23 de abril de 2020

¡Feliz Día del Libro con una selección temática!


Supongo que ya se habrán enterado de que hoy es 23 de abril y que los libros salen a las pantallas porque a la calle está difícil. Todas las redes sociales se han abarrotado de libros, de sugerencias de lectura, de presentaciones on-line, de textos curativos, de talleres y cuentacuentos para grandes y pequeños, demostraciones en vivo y un montón de cosas más para ensalzar la figura del libro dentro de nuestras posibilidades.
Aunque a muchos les resultará, además de poco rentable, un tanto desangelado, impersonal y triste, yo siguo pensando que cualquier contexto nuevo puede ser una oportunidad para repensar nuestra relación con el mundo del libro y abrir senderos entre la maleza que nos lleven al mismo punto. Quizá, y teniendo en cuenta que mi existencia se debe principalmente al universo virtual, yo estoy más acostumbrado a existir de esta manera y pienso que esto del coronavirus, aunque vertiginoso, puede ser catártico.
Por mi parte y teniendo en cuenta que estoy a todas horas hablando de libros (¡Qué cansino es el Román!), me uno a la fiesta presentando una guía de lectura infantil sobre ecología que he realizado para ABIBA, la Asociación de Bibliotecarios de la provincia de Albacete, que tuvo la idea de celebrar el cambio de década con los objetivos de desarrollo sostenible que plantea Naciones Unidas en la década que empieza, la llamada Agenda 2020-2030. Como ellos son estupendos, muy amablemente me pidieron hacer una selección y darle forma, así lo hice sacando tiempo de donde pude. A pesar de que la guía está en formato físico gracias a la colaboración de varias entidades, todavía no hemos podido montar un sarao para darnos cera, así que, mientras esperamos que alguien las saque de las cajas que están en la Biblioteca Pública del Estado de Albacete, hemos decidido darle alas en este Día del Libro de una manera virtual.



Antes de nada decirles que no están todos los que son pero si son todos los que están. Tenía ciertas limitaciones y tampoco pretendía que fuera un listado interminable de libros, por eso me ceñí a unos cuantos objetivos y a todos aquellos libros infantiles, bien de ficción, bien de no ficción, que apostaran por el discurso ecológico y no tanto el ecologista (eso es para los políticos y otros compromisos que no parten de mi espíritu de biólogo).
Si no tienen bastante con esto, les animo a disfrutar con algunas de las selecciones que pueden encontrar en esta casa de los monstruos, como esta de clásicos básicos del álbum actual o esta otra sobre libros en los que los libros son los protagonistas.
Y poquito más de parte de este monstruo que tanto trabaja por los libros desde hace más de 12 años. ¡Feliz Día del Libro 2020!

martes, 21 de abril de 2020

¡Cumpleaños feliz (aunque encerrados)!



Para Llanos

Si hay algo que me resulta curioso de verdad en este aislamiento obligado, es ver cómo la gente celebra su cumpleaños sola -o casi- y en cautividad (porque esto no es un estado de alarma, queridos, esto empieza a oler a algo más…).
Sí, el confinamiento nos va minando poco a poco el ánimo (para eso se están ahorrando el dinero de los test rápidos, para contratar hordas de psicólogos cuando esto acabe) y hay días especialmente chungos en los que sacar el positivismo y encontrar la manera de cambiar de aires (y no me refiero a abrir la ventana) se hace cuesta arriba. Lo más curioso de todo es cuando esos días no están ligados necesariamente a las malas noticias, sino que también se relacionan con la parte amable de la realidad que pueden significar las fiestas de cumpleaños.


Seguramente se deba a que asociamos cualquier celebración a un montón de gente de diferente condición que se reúne en torno a un motivo que les haga felices. Bodas, bautizos, comuniones, aprobar una oposición o encontrar el curro de tu vida, son ejemplos de ello, pero sin lugar a dudas, lo más celebrado en todo el mundo son los aniversarios.
Ya saben, si uno cumple dieciocho, el libertinaje es lo que manda. Si llegamos a la treintena, la jarana se tiñe de un cariz más apacible aunque más elitista. Con los cuarenta toca otra de desenfreno (esta vez al estilo más puretilla). Y así, hasta terminar con la vida. Sin dejarnos un año por festejar.


Pero claro, ante la imposibilidad de compartir en sociedad esos momentos, las redes sociales (nuestra conexión con los demás en estos días enclaustrados) se han llenado de instantáneas atípicas. Gente que se sienta sola ante los más suculentos manjares, madalenas con palillos ardiendo o un “cumpleaños feliz” en forma de video llamada son los más socorridos. Aunque también es cierto que están los que se envalentonan y dan forma a las ideas más dispares como fiestas de disfraces y otras mandangas virtuales.


Con eso y todo, lo bonito es pasarlo bien, animarse y que se note, que no se cumplen años todos los días. Y si no, siempre nos quedarán los no-cumpleaños, pues como bien sabrán son los 374 días restantes del año.
Y enviándole un beso a mi hermana que hoy cumple unos cuantos (¿Te ha dejado el zángano apagar las velas?), les dejo disfrutando de este día único que nos regala la vida.


NOTA: Todas las imágenes corresponden a ¿Quién quiere celebrar mi cumpleaños? de Nora Brech editado por Nórdica Libros.


lunes, 20 de abril de 2020

Mediadores de lectura en huelga



Durante las últimas semanas y tras la publicación de ESTE POST que levantó alguna que otra ampolla, me han venido a la mente muchas cosas... Los comentarios de la siempre acertada Isabel Benito y sus Lecturas Compartidas, el cierre motu proprio de la cuenta de Belén Santiago (más de veinticinco mil seguidores y un muy buen criterio que se fueron al traste por aburrimiento), y la decisión que ha llevado a algunos a dejar de leer/contar cuentos desde las redes sociales por lo inoperativo de pedir permisos y lo frustrante de recibir negativas, me ha llevado a pensar en el papel que desempeñamos los mediadores de lectura y el trato que recibimos por parte del resto de actores de la cadena del libro, más todavía cuando se acerca un Día del Libro atípico en el que tendremos mucho que decir.
Todavía no sé muy bien cuánto habrá que agradecerle al coronavirus, pero si algo me ha quedado claro tras las horas que he invertido en las redes sociales es que los mediadores de lectura somos muy necesarios. Ahora bien, hay que plantearse una cuestión: “¿Quiénes nos necesitan?” En primer lugar nos necesita el libro, pues la literatura, sea del origen que sea , siempre necesita una buena carta de presentación, buenas razones por las que subsistir entre los hombres. En segundo lugar nos necesita el público, los lectores reales y potenciales que nos utilizan a modo de brújula, de linterna en mitad de ese bosque. Para elegir, para entender, para interpretar, para contar con opiniones diferentes y para comprender las relaciones complejas que subyacen a la vida y la lectura. Y en tercer lugar la industria, un tejido muy articulado que necesita continuar su labor para generar ganancias y riqueza monetaria y, a veces, hasta intelectual.
Si bien es cierto que, tanto mediadores de lectura, como lectores tenemos este papel bastante claro (el libro siempre habla y otorga), no creo que suceda lo mismo por parte de la industria del libro. Una idea que entresaco de la falta de reconocimiento, las trabas y diatribas que nos presentan a diario, y el escasísimo feed-back que exhibe. Y ahora dirán “Pero Román, que yo mando ejemplares a casi todos los mediadores…” Y yo respondo “¡Estaría bonico que no los mandaras! ¡Qué menos! Teniendo en cuenta que, aparte de potenciar la lectura, ofrecen visibilidad a uno de tus productos..., ¡sería muy poco gentil!” 
No obstante, aparte de ejemplares y cortesías que cada uno ofrece a quien le da la gana, está el reconocimiento de un trabajo no tipificado (como el de ama de casa, el mejor de los símiles) que conlleva mucho tiempo y esfuerzo (a ver si se creen que tengo un negro escribiendo estas parrafadas). Y cuando, por ejemplo, un servidor habla de un libro como si fuera suyo y observa que quien lo ha escrito, ilustrado o editado opta por el silencio y/o no comparte el amor por ese título (y no digo la opinión, porque puede haber disparidades), envía un mensaje muy poco acertado sobre su propia obra, tanto al mediador, como al público.
Pueden discrepar en las selecciones y formas de presentar los libros –eso sería otra historia que daría para un extenso post como bien dice Susana Encinas- pero hay que agradecer que un desconocido se fije en tus libros y además lo diga públicamente de una forma o de otra. Qué mínimo que sentirte agradecido… Pues no. A algunos, les cuesta horrores.
En otro apartado entra la remuneración económica. Conozco muy pocos mediadores de lectura que vivan exclusivamente de esta tarea no tipificada, repito. En primer lugar porque está infravalorada (como aquí todo quisqui sabe hablar de libros, contarlos o desarrollar actividades sobre ellos... ¡Da igual! ¡Ya saldrá otro! Se ve que “A rey muerto, rey puesto”) y en segundo lugar porque muchos agentes de la cadena del libro no contribuyen a este reconocimiento (Se lo digo yo, que llevo años en esto). Quizá deberíamos plantearnos el poner precio a nuestro trabajo, aunque sea de manera simbólica, y revalorizar así una labor que no todo el mundo hace adecuadamente.
Además y respecto al punto anterior, es curioso cómo, en algunas ocasiones, esos otros eslabones de la cadena del libro se creen con el derecho a exigir y pedir explicaciones sobre nuestras apreciaciones, e incluso solicitar cambios y rectificaciones de las mismas. No facilitan la tarea o la impiden (véase la campaña #déjanosvivirdelcuento, autores de renombre internacional que andan sobre las aguas, o los grandísimos grupos editoriales). Esto me suena a caciquismo y a una sesgada complacencia, situaciones que, alejándose de la libertad de expresión y el fomento de la lectura no reglada, llevan a pensar en la explotación, pues hasta donde yo sé, muchos no ganamos ni un duro de manera directa por las opiniones vertidas en blogs y redes sociales. Se puede colaborar y sugerir, pero nunca imponer.
Por último hablar de un punto que se nos olvida: el altruismo. La figura del mediador de lectura se ha adscrito tradicionalmente a tres tipos de perfiles (puede haber otros, evidentemente) que son libreros, bibliotecarios y docentes, un tipo de perfil que todavía hoy y a pesar de la gran diversificación que han traído las redes sociales, siguen vigentes, pero no todos siguen en mismo modus operandi, Mientras que bibliotecarios y docentes exhiben un perfil más desinteresado y divulgador, sobre los libreros pesa cierto fundamento económico. Con ello no quiero decir que no existan libreros apasionados comprometidos con lecturas y lectores, pero sí que lectura y lectores forman parte de un modo de vida que inevitablemente repercute sobre la labor de mediación y la independencia. Algo que también sucede con editores y autores que hacen las veces de mediadores.
Como colofón final decirles que sí, que somos una voz imprescindible, algo por lo que hoy, en vísperas de la celebración lectora por antonomasia, he decido alzar la mía que, además de necesaria como me apuntaría Diana Sanchís en una ocasión, quizá también sea más visible que la de otros buenos mediadores de lectura como los que, por ejemplo, he mencionado en esta pequeña defensa, y dar este necesario punto de vista a un sector que necesita reconsiderar la figura del mediador.
Les dejo así imaginando un escenario más distópico todavía del que vivimos. Uno en el que los mediadores de lectura se declararían en huelga dejando de lado a los libros. Imaginen por ahora, siempre hay tiempo para la realidad.

sábado, 18 de abril de 2020

#Quédateencasa Y SÉ PRODUCTIVO


Cómo es la vida… Mientras algunos viven agobiados en sus casas por la falta de actividades productivas o en su defecto distractores, otros no damos a basto para hacer montones de cosas. Unos se pasan el día teletrabajando, cuidando de sus hijos, estudiando alguna asignatura pendiente, cocinando, colocando sellos o leyendo todo lo pendiente, y otros se pasan el día quejándose del aburrimiento, bacineando en las redes sociales o arrastrándose en el sofá como verdaderas sierpes. ¡Qué mal repartido está el mundo!





Creo que más de uno debería hacer autocrítica constructiva y admitir que tiene menos mueve que una piedra. Ahora me dirán que no, que no son macetas, floreros ni armarios, que ustedes le ponen mucho empeño a disfrutar de la vida y tienen multitud de intereses, cuando lo único que saben hacer es rascarse primero un huevo y, tras unos minutos, el otro. Y claro, así pasa, que terminan pronto sus quehaceres. No me vengan conque tanto tiempo encerrados les aboca a la desidia, que ya me sé la cantinela.





La razón más plausible es que en este país, como en otros, el entretenimiento, aparte de estar fuera de casa, muchos lo asocian con los bares. Y claro, así nos va, que nos encierran y estamos perdidos. Mientras en otros países (véase los nórdicos) están acostumbrados a desarrollar gran parte de la actividad en el interior de las viviendas, nosotros, animales de sol y calle, nos hemos hundido como el Titanic.





¿Todos? No, todos no. Hay algunos profesionales que, acostumbrados a trabajar en sus casas, no han sufrido sustancialmente este gran cambio. Un ejemplo lo tenemos en todos los ilustradores que nos acompañan en esta entrada de hoy (piquen sobre sus nombres y disfruten de sus perfiles en Instagram). Incluso algunos de ellos me comentan que, a pesar del agobio y la claustrofobia, necesitaban este tiempo extra para dar forma a proyectos aparcados u olvidados.







Se lo he dicho una y mil veces: aprovechen este “regalo”. Sáquenle rentabilidad, véanlo como una oportunidad para cambiar sus hábitos, para internarse en universos inexplorados, para desarrollar sus inquietudes, y sobre todo, su curiosidad. Dejen las series, la tele a la carta (yo no sé cómo no se quedan ciegos con tanta pantalla) y sumérjanse en algo nuevo. En el yoga, en la escritura, en la fotografía, en la papiroflexia, en la pintura, en la economía, en la jardinería, en las restauración, en la arquitectura… Y no me vengan con que no hay maestros ni materiales. No quiero que pinten la Capilla Sixtina ni que construyan el Taj Majal. Sean creativos y busquen una pasión de puertas hacia adentro. Todo es posible EN CASA.




jueves, 16 de abril de 2020

Aprobado general



Enchufo la tele y nos comunican desde la “Bananian Republic of Spain” que el resumen de este curso escolar debe ser “aprobado general”. A pique del síncope, exclamo “¡Madre mía! ¡El fin del mundo y yo con estas pintas…!” Hago lo posible por deshacerme de unos rulos que no salen ni a tiros, engullo el último panecico de Semana Santa, y me entra la risa floja. Suena el teléfono, lo cojo con cierto tembleque. La Marimar al aparato.


-¿Dónde vas, chalao? Relájate un poquito.- Le hago caso porque ella es tan pelleja como clarividente.- ¿Ya, mangurrián?
- Ay, sí… Es que me he quedao con las patas vueltas… ¿Pero dónde tienen la cabeza?
- Ay, cari, yo no sé para qué les haces caso, si esto es lo que están deseando. ¿No ves que su único fin es tirar dardos? Dividirnos. ¡Seguir funcionando! Con lo que tú has sido y no caigas…
- Nena, que llevamos un mes que no vivimos... Cuando no es por el coronavirus es por el Google Classroom.
- Mira, hazme caso. Respira hondo, échate un buen copazo y disfruta del espectáculo. Todos sabíamos que nos iba a pasar como a los médicos. Primero que si queríamos vacaciones, ahora que si nos estamos pasando. Y ellos siguen con su tole tole: vendiéndonos barato.


- Pero mujer, y mis criaturas, ¿qué?
- Ya sabes que ellos son lo de menos. Que se lleven las ostias y se aguanten, que para eso son ciudadanos de cuarta.
- Mari, joder…
- Román, que te lo digo yoooo… No te calientes la cabeza. ¿Todavía no te has enterado que niños y jóvenes no le interesan a casi nadie? No los quieren en su casa, tampoco en la calle. Que si dan mucha faena. Quejicas, inútiles, problemáticos… Eso sí, ¡que no repita mi Yony!  
-¡Estoy contigo! Ni que la repetición fuera el acabose… Mira la Jose y el Juli, dos veces repitieron, la una en la empresa de satélites y el otro ingeniero informático. Si hasta mi orientadora dice eso de “Esta cría necesita madurar…”
-Ellos verán… Nosotros a cumplir, que si no luego nos chumban a la federación de chiripitiflaúticos y a la comuna Montessori… Los peores ya sabes quienes son... Esta cuarentena no saben ni dónde meterse ni como malcriar a sus hijos. Que si cuántos deberes NOS manda la maestra, que si SE ME dan muy mal las mates, que si no respeta NUESTRAS vacaciones… ¿Tú te crees, cari? ¿A su edad ponerse a hacer “cículos”? Qué ganas de reinar… Recemos porque los pseudo-comunistas estos se inventen los gulag para padres.


- Yo es que no lo entiendo. Y que manía de comparar la primaria con la secundaria... Los nuestros ya son grandes y autónomos…
- Sin pagar cuota. Aunque a este paso...
- Eso... que vaya ruina... Los pequeños con un poco de vigilancia también se las ingenian muy bien solos. Todos sin problemas y con tiempo para matar moscas con el rabo. ¿Por qué los tratan como inútiles?
- Pues no, nene…, aún tienes que oír que el teletrabajo son los padres.
- ¿Acaso es que no íbamos a considerar la situación actual? ¿Acaso somos ogros malvados? Sabemos de las carencias de cada uno, de los padres que pueden y los que no…
- ¡Ay, si es que tú eres mu’ bueno y mu’ bienpensao!
- Bueno, no demasiado (que tengo mis triquiñuelas), pero justo, un rato. Que eso de que los gandules y los jetas se salgan con la suya, lo llevo fatal ¡Que con los que se meten a políticos, ya tenemos bastante!
- Ea… Yo sólo te digo que te prepares y te aprovisiones de una caja de Jaggermeister®. Que si todavía no te has dado a la bebida, ya tendrás tiempo, porque aquí, la que no es puta es diminuta, y nosotros vamos camino de serlo este verano, o lo que es peor, el curso que viene.
- Más razón que un santo… Nenica, tenemos que vernos.
- A ver si voy al centro de salud, me rajo las venas en la sala de espera, se apiada de mí algún sanitario y me hacen el test de inmunidad.
- Eso, que decimos de la escuela, pero lo de la sanidad, vaya tela… ¡Ni con aplausos!
- Román, no hay solución. ¿Es que no sabes que ahora resulta que todo el mundo sabe hacer pan? Pues lo mismo pasa con sanar y educar.


Todas las imágenes que acompañan a esta entrada pertenecen al libro Mamá va al cole, de Éric Veillé y Pauline Martin, editado en castellano por Blackie Books.

miércoles, 15 de abril de 2020

¿Valientes? ¿Para qué?



En tiempos de coronavirus nos piden que le echemos agallas, que luchemos esta batalla, que no cejemos en el empeño porque pronto obtendremos nuestra recompensa… Y yo, atónito, me pregunto “¿Qué premio será ese del que tantos hablan desde sus púlpitos televisivos?” Parece que un día de estos van a organizar una rifa (espero que sea de puestos de trabajo, porque la ruina es inminente), o lo que puede ser todavía mejor, condecorarnos uno a uno como en la antigua URSS (lo harán con chapas de Mirinda, porque si no…).


Me surge una segunda pregunta: “Y esa condescendencia ¿dónde la habrán mamado?” Resumiendo, se han creído que vivimos en los mundos de Yupi y pueden extrapolar el lenguaje deportivo (Se habrán fijado que esto del COVID-19 cada vez se parece más a un partido de fútbol, ¿no?) a este mal sueño. ¡Capullos, que esto no es ficción y nosotros no somos guerreros ninja!


Sí, se habla de héroes y bajas, de guerra y calma, de armas y guerreros…  Y lo cierto es que esto tiene mucho de triste y poco de épico. Y en el caso de serlo, me llama mucho la atención que se hayan extrapolado los papeles en esta contienda, y que nosotros, soldados rasos sin más recursos que nuestro pellejo, seamos quienes debemos entrar en combate, mientras que ellos, poderosos, se limitan a constatar embriagados por las mieles del éxito cómo se amontonan los cadáveres de los ciudadanos sobre el terreno -aunque bien mirado es lo que siempre ha pasado... (mueca de resignación)-.


Por ello, como buen recluta que soy, les informo de que mientras me hago consciente de mi/nuestra mala suerte, me voy a entregar a mis más bajas pasiones (esas no se confiesan, que les veo muy escandalizados y no quiero que me amenacen con fragmentos literarios).


Y para despedirme, nada mejor que encaramarse a la estantería y coger entre las manos un libro simpático. Así es como llegamos a Max el valiente, un álbum de la serie del siempre genial Ed Vere (editorial Juventud) que se burla de esos excesos de inocencia y valentía que cometemos los seres humanos por ignorancia. Y es que Max, este gato que no gusta de la comodidad y los mimos innecesarios, no tiene ni la menor idea de qué es un ratón. Y así pasa, que termina engullido por otro de los personajes tan queridos de este autor.
Mientras les dejo que disfruten de esta colorida historia con sabor a sketch, se fijen en detalles que ayudan a seguir el hilo conductor (¿Donde está la mosca, aquí o aquí?), averigüen qué personaje infiltrado es ese, y de paso se marquen unas risas con las disyunciones y descontextualizaciones de este álbum, sólo me queda advertirles que, como bien dice nuestro protagonista, no siempre hace falta ser valiente. Que para eso están los generales.



viernes, 10 de abril de 2020

La ciencia ¿no es cultura?



A tenor de esta situación en la que los autodenominados "agentes culturales" han echado la persiana en las redes durante hoy y mañana para llamar la atención sobre su delicada situación, a un servidor (que se guarda su opinión al respecto… No más polémicas, pliz, que luego saco el guerrero ninja y se me ponen a hacer pucheros) le ha dado por reflexionar sobre si la ciencia pertenece a la llamada “cultura”.
Tras esa pregunta muchos se han lanzado a decirme que “¡Claro! La ciencia es esencial para el pensamiento” y yo, que soy bastante de Perogrullo les he dicho que si médicos, enfermeros, químicos, biólogos, farmacéuticos y técnicos de laboratorio se unieran a esta huelga, los miles de enfermos que hay estos días en los hospitales la llevarían clara (Aunque tampoco crean que hoy por hoy lo llevan mucho mejor teniendo en cuenta la falta de TODO con la que están actuando los gobernantes).
Hubo un tiempo en el que las personas cultas se preocupaban por empaparse de montones de áreas y no son pocos los casos de pensadores que estaban al tanto de los hallazgos y avances en diferentes áreas científicas y tecnológicas. Desde la Grecia antigua hasta la Ilustración se pueden encontrar ejemplos de científicos-humanistas y viceversa.
Todo cambia con el sentimiento romántico y algunos ismos posteriores, los del siglo XX, en los que los binomios ilustrados naturaleza-humanidad, felicidad-utilidad, libertad-igualdad o razón-ciencia que tanto ensalzaron el progresismo, el modernismo y la democracia política se fueron al traste siendo desplazados por otros. Así es como el idealismo y el irracionalismo se abren camino durante el pasado siglo, y sigue aumentando el sentimiento tecnófobo gracias a los acontecimientos de las dos guerras mundiales y los desastres ecológicos. La cosa sigue su curso y llegamos hasta el día de hoy, en el que el subjetivismo posmoderno imperante ridiculiza a la ciencia como una mera sierva de los sistemas. Resumiendo –que me pongo muy intenso-, la ciencia y la tecnología son instrumentos, mientras que las humanidades nos nutren el alma (Sí, sí, mucho alimento pero ¡ay si algunos les dijeran esto a todos esos que fabrican respiradores y PCRs…!)


Por otro lado tenemos el mito de la erudición humanística. El mundo de la “cultura” sabe de todo. De vacunas, de peplómeros, de inmunidad, del bosón de Higgs, de dinámica de fluidos, de álgebra y de tierras raras. Sabe de tánto que eleva ese eclecticismo al conocimiento absoluto (Por eso nuestro ministro de sanidad estudió filosofía y lleva ejerciendo como político desde los 21 años). Sin embargo, los de ciencias sólo podemos saber de ciencias, porque claro, esa es la “ley ontogenética cultural”… Otro paradigma asentado sobre el humanismo que hace aumentar todavía más ese anticientificismo que cunde en la sociedad y disminuye la visibilidad del trabajo discreto que gente del ecosistema científico realiza en sus ámbitos. 


Para terminar hablemos de entretenimiento y espectáculo. Por lo general, la “cultura” siempre se restringe a lo humanístico pero sobre todo desde el prisma del ocio, es decir, cualquier producto cultural que no se adscriba a esos términos, actores y receptores mediante, parece no ser cultura. Como ejemplo, fíjense en la filosofía o la legislación, ambas disciplinas tradicionalmente humanísticas (díganselo a griegos y romanos) pero relegadas a un segundo plano (¿apropiación indebida del trono?). Algo parecido le ocurre a la ciencia, que como necesita otro tipo de consumo, no entraría en esos parámetros definitorios.


Y obviando la política (ya me extendí mucho en ese aspecto en este artículo que les recomiendo leer pues muchos puntos se pueden extrapolar a casi toda esa esfera cultural que se ha levantado en armas), les he traído Porque sí, un álbum de Mac Barnett e Isabelle Arsenault, editado por Océano Travesía, un libro para que reflexiones sobre todo esto.
Es la hora de dormir y una niña, ya encamada, se dedica a lanzarle preguntas a su padre. Cuestiones como por qué el océano es azul, qué es la lluvia, o por qué las hojas cambian de color, se agolpan en la mente de una niña curiosa, mientras que su progenitor le da las más inverosímiles respuestas creando así un hermoso espacio poético en torno a la hora del sueño.
Cabe destacar tres cosas. La primera es un título que se refiere a la típica frase de los padres cuando los hijos les hacen preguntas cuyas respuestas desconocen, y que establece un juego disyuntivo con el corpus central del libro, pues este padre sí ofrece soluciones muy imaginativas a su hija. La segunda se refiere a la estructura que responde más a la del álbum informativo que a la del de ficción, y sobre la que destaca el juego de colores entre preguntas y respuestas. Por último llamar la atención de la escena en la que se ve completa la habitación de la niña (los grandes círculos de colores con preguntas desaparecen para dar paso a otro enigma) y que nos da numerosas pistas sobre sus aficiones.
Ahora bien, aunque es cierto que el libro desprende un momento tierno y evocador en el que trasciende lo estético, también hace un flaco favor al despertar científico ya que antepone lo literario al conocimiento empírico, algo de lo que he estado hablando en los párrafos anteriores. El álbum es precioso, no lo voy a negar, pero como he echado de menos un apartado final en el que se dé respuesta a todas las preguntas que se recogen en él (hubiera estado genial aunar esas dos parcelas), esta tarde, teniendo en cuenta que de ciencia sí podemos hablar (no somos cultura, ironías y paradojas aparte), responderé algunas en la cuenta que los monstruos tenemos en Instagram para todos aquellos que quieran conocer las basadas en la evidencia.
¡Y feliz viernes santo!

miércoles, 8 de abril de 2020

De la constancia



Mientras muchos pasan los días quejándose amargamente de lo cuesta arriba que se les está haciendo la cuarentena, otros empezamos a dar gracias por esta reclusión obligada. No es que yo esté a favor del encierro (¡Ojo! Con lo gambitero que soy yo, ¡faltaría…!), pero sí que he encontrado un punto medio a caballo entre lo productivo y lo positivo de estos días en casa… He limpiado a fondo los más recónditos lugares de mi hogar, he ordenado los libros (por orden alfabético tomando como referencia el primer apellido del primer autor, que siempre hay algún curioso que me pregunta estas cosas) y me he puesto al día con muchos menesteres que llevo en ristre. Le he llegado a decir a algún amigo que hay días en los que siento que me faltan horas para terminar todo lo que me planteo desde bien temprano (aviso de que yo madrugo a pesar de la situación).


Una de las cosas que decidí retomar esta cuarentena fueron los lápices y los pinceles. Aunque había hecho el amago de llenar la paleta de pintura y preparar algunos cartones (es mi soporte favorito aunque reconozco que lo mejor es el lienzo), no me había dado por hacer cosillas aparentes, más que nada porque pintar requiere su tiempo, y si es al óleo y sin secantes de por medio, más todavía. Es por ello que imaginándome que esto iba para largo y que tenía la terraza acondicionada (que el aceite de linaza y la trementina no se llevan bien con interiores habitados), me puse al lío.


Hasta hoy no se pueden ver muchos resultados, sólo un par de bocetos a lápiz, algún divertimento sobre un bloc y cuatro pinceladas (no se preocupen que en cuanto tenga algo definitivo lo publicaré en mi cuenta de Instagram), pero sí me he percatado de que, como cualquier otra disciplina, la pintura requiere de práctica. Que si la abandonas una temporada, es una tarea complicada regresar al punto en el que la dejaste aparcada. Pierdes la perspectiva, el punto justo con las mezclas, decidir la composición… Una vez más te vuelves a caer del guindo, te retrotraes a la niñez y descubres que hay pocas destrezas innatas en esta vida.
Por este motivo me he acordado de un librito que se publicó a finales del año pasado y que contiene la esencia de lo que les cuento. Les hablo de El encargo, un álbum de Claudia Rueda (editorial Océano Travesía) que cuenta la historia de un emperador que le pide a un famoso pintor el dibujo de un gallo. Pasa el tiempo y el emperador, deseoso por saber cómo va el desarrollo de su encargo, envía algunos ojeadores hasta la casa del pintor que siempre regresan con las manos vacías. Harto de esperar, el emperador decide ir él mismo hasta allí y ver qué es lo que sucede con la dichosa pintura.


Claudia Rueda narra magistralmente una parábola de corte oriental sobre la importancia de la paciencia y la profesionalidad que, aunque contextualizada en el panorama de lo artístico (me recordó a Antonio López y su famoso retrato de la familia real), puede extrapolarse a diferentes situaciones de cualquier oficio. Y por favor, no dejen de impresionarse por todas y cada una de las ilustraciones que llenan este cuaderno de artista con un claro objetivo: animarnos a dar lo mejor de nosotros aunque ello conlleve esfuerzo y constancia.