Trascender es un verbo
inherente al ser humano. No cabe duda que los animales también pasan
a la posteridad, sobre todo de una forma más biológica (los genes
son información que fluyen a través de la prole), pero lo del
hombre tiene usía cuando tratamos de llenar la Historia con nuestro
nombre y apellidos. Probablemente se deba a diversas razones que
implican a la cultura, al ego o al, mismísimo Señor (ya saben
ustedes que alcanzar el paraíso cuesta lo suyo), pero lo que está
claro es que todos buscamos nuestro sitio en la memoria.
Hay muchas formas de
salir en los papeles que a continuación enumero (por orden de
intensidad en la sociedad española)... afiliarse a un partido
político (la opción más factible y muy recomendada a gandules,
egocéntricos, codiciosos y otros seres del inframundo), lamerle el
culo a un político (el que a buen árbol se arrima...), rodearse de
periodistas (hay verdaderos aficionados a pregonar sus nimiedades y
mentiras para que al final se transformen en logros titánicos y
auténticas verdades), convertirse en gurú de las redes sociales
(los Juan Palomo deben estar altamente agradecidos a feisbuq, tuiter,
yutub o cheinchorg por hacer visibles lo grandes personas que son...
yo me lo guiso...), hincharse a trabajar (muy poca rentabilidad, no
se decanten por ella...) y ser un genio o especial (solo apto para
los elegidos).
Dejen de refunfuñar
porque se hallan entre alguno de estos grupúsculos y sean realistas
en cuanto a sus intenciones, porque a un servidor, poco le van a
engañar (mientras no nos salpique a los demás, me resbala)... No
les voy a negar que me jode pasarme el día currando mientras otros
se cuelgan medallas y se desgañitan vociferando a los cuatro
costados lo maravillosos y especiales que son, pero también admito
que no sirvo para estar besuqueando, sonriendo y derrochando falsedad
a todas horas (¡qué trabajazo!).
En cualquier caso no se
apenen ni se compliquen la vida con esto de la trascendencia, pues
dentro de unos años, todos al hoyo... Sólo ha de quedarnos el
(pequeño) consuelo (¿o debería llamarlo sueño?) de que los demás
nos consideren lo suficientemente especiales como para que, cuando
finalicen nuestros días, pulule entre ellos un recuerdo de lo que
fuimos o, en su defecto, de nuestra contribución al tiempo que
vivimos, una idea que habita en el trasfondo de La isla del
abuelo, de Benji Davies (editorial Andana) y uno de los álbumes
ilustrados más entrañables de este año, que me ha encantado leer
por la variada temática que trata (un canto a la diferencia
intergeneracional, la aceptación del ciclo de la vida, la
imaginación para afrontar los momentos difíciles y traumáticos, lo
hermoso de la vida) y que puede ser un gran regalo para todos
aquellos que no están seguros de que una gran contribución al
futuro es posible aunque consideremos que nuestra estancia en el
mundo es insignificante.
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