Mostrando entradas con la etiqueta Edward van de Vendel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Edward van de Vendel. Mostrar todas las entradas

domingo, 27 de diciembre de 2020

Una prueba de fondo y mucho equilibrio


Se acerca el final de un año marcado por el dichoso bicho, el mismo que tampoco nos dejará disfrutar del 2021, pues a pesar de la propaganda, las perspectivas sanitarias son a largo plazo. Una carrera de fondo para la que hay que prepararse a conciencia. Dejar la mente en blanco, tomar aliento, llenar los pulmones, mantener el ritmo y cruzar la meta sin muchas secuelas físicas ni psíquicas (que la cosa emocional está que arde).
Nada es imposible si actuamos con un poco de juicio y precaución, no sea que después de tantos meses penando lo echemos todo a perder. Tampoco consiste en vivir acojonado y arrodillarse ante los miedos colectivos, esos que, a base de mezclarse con otras miserias, están destruyendo a más de uno. Con un poco de equilibrio, tiento, arrojo y suerte (que todo cuenta), lograremos cruzar la cuerda floja.


Tiende una cuerda floja sobre lo que te dijeron
y tantas veces te repitieron:
“no tienes ni idea”,
“hazme caso a mí”,
“tú te crees muy grande”,
“estás perdiendo el tiempo”,
“no vas a poder, no eres capaz”.
Que si pensamientos juiciosos,
que si sueños ambiciosos.
Que si risitas y bromitas,
simplonas y bobaliconas,
susurradas y malvadas.
Tú a lo tuyo, venga,
tiende la cuerda y da el primer paso y otro y otro.
Y los de abajo, admirados.
Y los de abajo, embobados al verte valiente allí arriba.
Tú bailando en la cuerda floja,
ellos con la cara roja de pura estupefacción.

Edward van de Vendel.
En: Entre palmas y aplausos.
Ilustraciones de Wolf Erlbruch.
Traducción de Goedele de Sterck.
2020. Albolote, Granada: Barbara Fiore.


martes, 25 de junio de 2019

Regalos de cumpleaños


Ayer fue mi cumpleaños (el real, que el de este sitio ya lo celebramos en febrero) y no me regalaron nada. No se asusten porque la verdad es que no me hace falta mucho. No es una necesidad vital eso de recibir. No voy desnudo ni descalzo y tengo que llevarme a la boca, así que, non ti preocupare, bambini.
No me molesta que no me agasajen, pues la mayor parte de veces que me regalan algo no sé qué decir. En primer lugar está el pudor (me da cierta vergüenza, pues no me educaron para desempeñar papeles protagonistas y sólo sé sonreír como un chino y poner cara de gilipollas). En segundo lugar hay que decir que la mayoría del personal regala por regalar, y ando harto de ropas y colonias. Y la tercera razón se debe a mi propia naturaleza, una un tanto rara y monstruosa que agradece sobremanera lo creativo, imaginativo y bizarro.


No hay ni qué decir que los caprichos siempre son bienvenidos. Unos calcetines molones, unos auriculares inalámbricos, una buena caja de Polychromos o Caran D’Ache (son más caros pero los pigmentos cubren el papel que da gusto), unas sandalias resistentes, el esqueleto interno de un erizo de mar, un retrato de vanguardia, un desayuno a domicilio (este detalle me lo hicieron una vez mis amigos y me eché a llorar) o un libro… No es tan difícil contentarme, ¿verdad?
También es cierto que muchas veces nos regalan algo que de primeras no nos dice mucho, pero luego le encontramos el puntillo. Algo en lo que nunca antes hubiésemos reparado, prendas que no nos atrevemos a lucir, cosas que no sabemos utilizar o aficiones que nunca hubiéramos descubierto por nosotros mismos, tienen que ver con los regalos que nos hacen otros.


Para que piensen en todo esto y mucho más, les traigo hoy Mi amigo futbolista, un álbum muy entrañable de Edward van de Vendel y Alain Verster, publicado en castellano por Thule, en el que se nos habla de fútbol y de amistad. En él, Mateo, el hijo de una familia de granjeros, recibe por su aniversario dos regalos, un balón de fútbol y un cerdo. Está entusiasmado con un buen partido e intenta que Barto, su porcino amigo, comprenda las reglas del juego y pueda disfrutar con él, pero no es posible. Aunque cunde el desánimo, todo dará un giro gracias a la afición de Barto por rebozarse en el barro.
Si a una historia sutil y agradable le unimos las ilustraciones de Alain Verster que, elegantes, sutiles y llenas de un aire evocador (recuerdan a las de Kaatje Vermeire y otros autores de la escuela flamenca), nos permiten hurgar en detalles curiosos (ver todos las fotos de futbolistas famosos o encontrar campos de fútbol a doquier) y llenarnos de su delicado sabor, el libro merece mucho la pena. ¡Ah, y no olviden que los mejores regalos suelen estar a nuestro lado!


viernes, 25 de abril de 2008

Al amor...


A S.H.C.

¿Qué es el amor?
Hablan los románticos del motor del mundo cuando se refieren a este sentimiento, unas veces contrapuesto, otras, correspondido, pero la mayoría de las veces agradable. Luego está San Valentín, que se supone que es ese día en el que los amantes celebran que lo son, no está mal, teniendo en cuenta que sentir esa cantidad de sensaciones no es despreciable para nadie, ya que muchos las anhelamos.


El amor tiene dos caras bastante evidentes, una para los que aman y otra para los que no lo hacen. Es una cuestión de decisiones, o porqué no, de indecisiones. Prioritario o no, está claro que esto de las artes amatorias urge a más de uno y una, luego, evidentemente, vienen las decepciones, los desprecios y las frustraciones, pero ¿de dónde? Piensa este humilde servidor que de nuestra más básica educación. No estamos educados para amar, no amar, ser amados o no ser amados, y en el momento actual, todavía menos.


Amar es amar, dice el título de cierta película, pero amar no se ha de convertir en una mera necesidad, como pueden serlo orinar o defecar, amar también es compartir, amar también es comer y beber, amar es sentir y caminar. El deseo sexual nace del amor, del desamor o de una cogorza descomunal, pero el amor no crece con el mero riego del sexo. Tampoco vive Cupido en los corazones de los amantes dependientes, ni en la mente de los que se reprochan cientos de caricias y palabras; tampoco vibra en las almas vacías. Los verdaderos amantes se aman a sí mismos mientras que los embusteros no aman a nadie.


Por otro lado, tenemos el amor ideal, ese del que todos maman, pero nadie siente... amar es una sonrisa, amar es una caricia, amar es reír, amar es soñar... ¡Lástima de aquellos que han dejado a un lado el amor por ser incapaces de reconocerlo!... Siempre les quedará el Hipercor...
Y hablando de amor, continuemos con el desamor, con el agrio roce del olvido. Ese desinterés que nos condena a la soledad menos satisfactoria de todas, la del que quiere sentir y es arrinconado. Es triste ser vapuleado por el titán de la indiferencia, pero más ignominioso es no amarse con la dulzura de tus solas caricias. El amor es un juego perdido… hasta que se desvelan todos los naipes y finalmente ganas la partida.


Y en un día como hoy, tan amoroso, amatorio y amado, por lo menos para mí, me gustaría recomendar un título, recién sacado de los hornos editoriales, que versa sobre todos estos asuntos tratados, concretamente con las artes del enamoramiento, titulado Un millón de mariposas (escrito por Edward van de Vendel e ilustrado por Carl Cneut). Integrado en ese grupo de “libros hermosos y agradables”, me hubiera encantado recibirlo en este San Valentín… “Ea”, así es el amor…. y también la soledad.


PD: Se me olvidaba decir que, si quieren saber algo más sobre el verbo “amar”, pregúntenle al monstruo del joven doctor Frankenstein, que anhelaba hacerlo con todo su ser y le era imposible… ¡Cuán paradójica es la naturaleza humana! (y la inhumana…).