viernes, 21 de febrero de 2020

Perderse entre la arena



Que la semana empiece fatal no es ninguna novedad (ya saben que los lunes son el peor día de todos), pero que continúe del mismo modo, es algo casi sobrenatural.
Veamos… El lunes, casi moribundo (es lo que tienen los fines de lujuria y desenfreno), me voy para el curro y tras hacer pleno (no es picar piedra tener clase toda la santa mañana, pero agota), me toca asistir a una de esas reuniones que te dan ganas de pedirte la baja, cosa que nunca he hecho a pesar de tener razones para ello (si es que soy gilipollas).
Sí, queridos monstruos, el inspector nos visita. No sé muy bien por qué, la verdad. Supongo que nos tirará de las orejas, como si no tuviéramos bastante. Estoy escuchando la letanía… “Los chavales suspenden demasiado, no están motivados, no os adaptáis a los nuevos tiempos… ¡vosotros sois los verdaderos culpables de semejante catástrofe!”


Si a todas estas acusaciones unimos la connivencia de los equipos directivos (¡Qué profesionales, chica! Eso de desertar de la tiza y complacer al régimen de turno, ¡es tra-ba-jo!), lo que debería traducirse en un amistoso diálogo, se transforma en un juicio laboral que retuerce el sistema límbico (¿Por qué lo llamarán responsabilidad cuando quieren decir “mobbing colectivo”?).
Mientras tanto, los dimes y diretes se van acrecentando. Martes, miércoles…, todos murmuran (¡Que viene el lobo, que viene el lobo!) y yo sigo estornudando, pues a estos males burocráticos se une un brote de alergia –cupresáceas, of course, ¡A ver si llueve de una maldita vez!- mezclado con algo de frío. La congestión de órdago progresa adecuadamente, ambientada, cómo no, a base de papeleos y otros formularios.


Si esto fuera poco, el jueves llega con una agenda demoledora… Prepara los apuntes, haz la maleta que toca puente, no se te olvide darle una vuelta a los billetes ni al equipaje, corrige, cómete la mona sin atragantarte, esclafa el huevo en la frente de algún tonto, haz el bocata para mañana… Resumiendo: petazetas en la sangre.
Y así, llegamos al viernes. Sí señores, la antesala de un puente de cuatro días que gracias al carnaval se abre ante nosotros, humanos. Decidido: me voy a la playa.
Tirarse a la bartola y entregar el cuerpo a la desecación (si me reencarno en algo, que sea en biltong sudafricano). Alguna cervecica que otra, buenos arroces y para de contar. Ni ropa ni na’ de na’ sólo quiero jugar con la arena del mismo modo que la protagonista de El castillo de arena, otro de esos libros maravillosos de la israelita Einat Tsarfati, la misma de Los vecinos, ambos en la editorial Tramuntana, que pasó muy desapercibido hace unos meses y merece un hueco en esta casa de los monstruos.


La historia en cuestión es todo un canto a la imaginación. En ella, una niña como tú y como yo (sin inspectores ni compromisos por medio), le da forma a un palacio increíble a orillas de la playa. No quiere que le falte detalle. Cúpulas, salones con grandes ventanales, escalinatas e incluso un foso (¿Quién no ha querido uno a rebosar de cocodrilos en su castillo de arena?). Es tan grande que ella misma se mete dentro. Sin saber cómo, empiezan a parecer personajes de lo más variopinto. Todo se convierte en una fiesta hasta que….
Con montones de detalles históricos, arquitectónicos, artísticos e incluso guiños literarios este álbum es una delicia, no sólo para sonreír ante tanta agenda de vertigo, sino para despejar la mente y perderse en las cosas bonitas que tiene el mundo de la fantasía.
Lo dicho, disfruten de mascaradas, comparsas y chirigotas, y sueñen, sueñen a raudales. Yo también lo haré.



miércoles, 19 de febrero de 2020

Maternidad idealizada



Por mucho que los influencer de la crianza se dediquen a ensalzar las bonanzas de la maternidad, un servidor, que vive en el mundo de la perpetua adolescencia no sabe qué pensar al respecto. Se escucha de cada barbaridad en las redes sociales, que dan ganas de liarse a tiros ipso facto. Ves a cada madre, a cada padre, a cada psicólogo, a cada gilipollas en este universo, que lo mejor que puedes hacer es reírte de sus pedos de colores (o incluso fumártelos, a ver si te conviertes en unicornio).


Lo primero es que casi todos se dedican a la infancia y casi ninguno a los quinceañeros (se ve que la cosa les resulta menos llevadera) algo que me da un poco por el cacas ¿Acaso la crianza acaba a los doce años? Pobres y abandonados teenagers...
Lo segundo es el grado de melindre y ñoñería que suelen utilizar en sus disquisiciones sobre pañales, dientes caídos, fiestas de cumpleaños, riñas de parvulario y otros pormenores infantiles. Son tan babosos que dan ganas de regurgitar hasta la primera papilla. ¿Nadie les habrá dicho que el empalague no es directamente proporcional al cariño?
Lo que sigue es el postureo. Los críos son como los gatetes: más o menos fáciles de adiestrar, lucen mucho en cámara (sobre todo con muselina y encajes de bolillos) y a medio mundo se le cae la baba con ellos. Los “likes” fluyen a mansalva y el negocio sigue imparable mientras violamos sus derechos de imagen (mis nenes son míos y los exploto cuando quiero).
Y lo último es el grado de condescendencia que destilan... Llevo casi un tercio de mi vida trabajando con adolescentes. Una media de ciento veinte alumnos por curso durante siete meses al año. Y lo más valioso que he aprendido es que con ellos NO HAY RECETAS. Cada uno es cada uno y hay que andarse con cautela. Prefiero prestar atención a los compañeros que ofrecen recursos de todo tipo (alabo la generosidad en todas sus formas) que escuchar las monsergas de esa caterva de “influmierder” que solo aspiran a falleras mayores (Senyor pirotècnic, pot començar la mascletà!).


Y si no han tenido bastante sorna hoy les traigo un libro con el que me topé el otro día en una de esas librerías fantásticas que visito y que me pareció extraordinario. Mama Bruce de Ryan T. Higgins (editorial Anaya) es uno de esos libros que desde el humor hurga en tu subconsciente desde la primera página y construye una parodia de muchos aspectos de la vida occidental actual.


Bruce es un oso que siente verdadera pasión por los huevos. Se dedica a recolectarlos de cualquier nido y, como buen morrifino, los prepara según le indican los gurús de la gastronomía (este guiño a la dictadura de la gastronomía me parece muy simpático). Un día encuentra una receta con huevos de ganso y tras hacerse con ellos, rompe el cascarón y ¡voilá!, en un periquete se convierte en la “madre” de cuatro patitos.
Con unas ilustraciones de corte humorístico y bebiendo de algunos recursos del cómic (inclusión de viñetas y serialización de escenas), este álbum (que da comienzo a una serie, por cierto) nos invita a reflexionar sobre la maternidad, sus pros y contras. No precisamente desde una postura edulcorada y suavona, sino desde la relación materno-filial menos deseada en la que también tienen cabida el cariño y la solución de ciertos problemas. 
Lo pueden sugerir, leer y hasta regalar (no tengan miedo a sobrevolar los derroteros del discurso moral erróneo que algunos promueven), seguro que cualquier padre o madre se siente identificado con Bruce (¡Que levanten la mano y se dejen de tanta pantomima!). Que ser padres, digan lo que digan, cuesta, por mucho que queramos idealizarlo.


jueves, 13 de febrero de 2020

De gosthing y otras fantasmadas



Alegre por el reconocimiento que la Feria de Bologna ha tenido con algunas editoriales españolas como Fulgencio Pimentel, Libre Albedrío y Avenauta, así como con los autores Javier Saez Castán, Manuel Marsol, Gema Sirvent y Ana Pez, al incluirlos en los Bologna Ragazzi Awards (¡Enhorabuena a todos ellos!), me toca seguir con lo mío.
Esto del ghosting está acabando con mi paciencia. No crean que me va mucho lo del amor cibernético (no alimento vanas esperanzas a golpe de redes sociales por mucho que haya cambiado el mundo del flirteo), pero sí denoto que esa práctica del ninguneo se está extendiendo a otras parcelas sociales, véanse familia, amigos y trabajo.


Soy consciente de que cada vez se hace más duro eso de aguantar a la gente (si antes había que tener un buen estómago para no vomitar ante ciertos comportamientos, ahora hace falta una buena sesión de meditación para no empuñar una katana), pero si es con un poco de consideración (que todos somos personas aunque no lo parezcamos), mucho mejor.
Cuando converso sobre este tema con alguna víctima, la peña se pone muy trágica, como si el mundo se hubiera acabado porque el tonto de turno te ha dejado en visto y no se ha dignado a contestarte. “Voy a tener que recurrir al psicoanalista” “Como no me responda voy a echar mano de una buena dosis de Orfidal®” “Yo no sé para qué me comió la oreja si luego iba a pasar de mi” “¡No sólo me ignora, sino que ahora tengo que hacerle frente a las inseguridades que ese cabrón me ha provocado!”


De igual modo, cuando hablo de esto con algún acusado, todos suelen blandir los mismos argumentos para justificarse. “Se lo he dicho mil veces pero se está poniendo muy pesado… ¡Está rozando el acoso!” “Que nos echáramos una caña y después hubiera tema no quiere decir que sea la mujer de mi vida.” “Prefiero no contestarle a ser sincero y que se lie la marimorena.” Y así una tras otra…


Sea como sea y con opiniones para todos los gustos, eso de hacerse el fantasma no es muy de recibo, más que nada porque está cambiando las pautas de comportamiento tradicionales y, ni esfumados ni ninguneados se sienten satisfechos con un panorama la mar de inhumano. Así que lo mejor será que se sienten y dialoguen sobre sus impresiones, miedos y errores. Y si no lo consiguen, aquí les traigo un manual para fantasmas.


Cómo hacerse amigo de un fantasma, de Rebecca Green y editado el pasado otoño por la editorial Juventud, aunque poco tiene que ver con el insano vicio del ghosting, se puede convertir en un libro bastante acertado para relacionarse con seres errantes, que al final es en lo que desemboca esta práctica (todo el mundo deambulando sin saber qué busca).
Lo primero es tomárselo con mucho humor, saber dónde hay que acudir para dar con un fantasma, darle la mano, invitarlo a cocinar, a comer todo tipo de mejunjes, pasar la mayor parte del tiempo con él, intentar compartir algunos quehaceres (aunque estos sean difíciles para un fantasma), pedirle disculpas, comprenderlo. ¡Vaya, que este libro tiene mucho acierto!


Con unas estupendas ilustraciones (hacía mucho tiempo que le tenía echado el ojo a esta artista), bebiendo de los recursos del libro-manual y acercando al universo fantástico y los clichés del género terrorífico, lo mejor de todo es que se puede extrapolar a otros contextos menos sobrenaturales y más mundanos, pues entre amigos todo es posible, más si cabe sin necesidad de mensajes fantasmales.



martes, 11 de febrero de 2020

¡Cuidado con los hoyos!



El pasado fin de semana, con Madrid de fondo y unos días muy moviditos (¡No sé qué haría sin la (in)sensatez de mis colegas! Seguramente cortarme las venas…), he llegado a la conclusión de que antes de acabar en el hoyo, prefiero dejarme todas las ganas en este mundo, porque nadie sabe lo que nos ocupará en ese lugar oscuro y húmedo llamado subsuelo.
Quizá muchos no vean lo mismo que yo en esto de la vida y prefieran meter todos los cuartos en otra oquedad (o quizá la misma, que muchos gustan de cubrir su cuerpo a base de escrituras y cartillas del banco) para que luego otros se lo gasten a golpe de ostra y carabinero.


Algunos tienen muy claro que todos sus bienes van a ir a parar a sus allegados (como si nos les dieran ya bastante en vida). Yo no sé cómo el personal no acaba harto de tanto parásito, porque hijos, nietos, yernos, nueras y algún que otro novio de la residencia de ancianos, tienen más que ver con un agujero negro que con el amor limpio y claro…
Y qué les voy a decir, pues que con tanto socavón profundo y pozo negro, me ha dado por pensar que no los quiero ver ni en pintura. Así que me toca andar con cautela, que de repente se abre frente a nosotros un precipicio repentino y la cosa termina de golpe y porrazo…


Para ilustrarles sobre este problema de los agujeros les traigo a Kelly Canby y La historia de un hoyo, un éxito en el mundo anglosajón que ha sido recientemente publicado en nuestro país por Tramuntana. El libro en cuestión nos cuenta la historia de Carlos, un chaval que andando por el campo se encuentra con un hoyo y sin pensárselo dos veces se lo echa al bolsillo y empieza a pensar qué puede hacer con él. ¿Dará comienzo así a una serie de aventuras y desventuras o ese hallazgo no será para tanto?


El libro tiene su aquel, sobre todo porque da mucho pie a disfrutar de la imaginación del lector (¿Se imaginan lo que harían un montón de niños con ese hoyo? Les invito a comprobar las respuestas) y puede darles mucho juego (Se me ocurren trampantojos de todo tipo, e incluso juegos con trozos redondos de cartulina negra), pero lo que más me gusta es que es un libro que juega con los diferentes puntos de vista y de paso conecta lo absurdo con nuestra realidad.


Y es que nadie quiere un agujero. Ni la modista ni el dueño de la tienda de mascotas ni el que hace barcos ni tan siquiera un servidor. Todos preferimos que se quede en el bolsillo de Carlos no sea que destroce nuestros respectivos negocios. Bueno, todos no, que ya saben que siempre hay quien le encuentra utilidad a cualquier cosa…

lunes, 10 de febrero de 2020

Coreanos



Como no hay nada mejor de lo que hablar (estoy hasta las narices de políticos y trolls), empezamos la semana con los Oscar, pues al menos nos traen algo de glamour y mucho mamarracheo.
A pesar del gran despliegue que marcas de alta costura como Chanel, Zuhair Murab, Dior, Oscar de la Renta y Prada hacen cada edición sobre la alfombra roja (nada que envidiar al “chou” anual de Victoria’s Secret), se empieza a vislumbrar cierto tufillo barriobajero en la meca del cine. Actores y actrices son cada vez menos icónicos y más mediáticos, más accesibles y menos inalcanzables. Si, las grandes estrellas de Hollywood se están apagando y parece ser que sólo yo estoy preocupado.
Siempre ha habido mucho "nota" en esto de la farándula y el espectáculo, pero denoto cierta deseducación laboral en los nuevos trabajadores del sector. Tranquilos, que no les voy a meter una disertación a lo Noam Chomsky, sólo quiero que encuentren las mil y una diferencias entre Henry Lamarr y Penélope Cruz. Tampoco estaría de más que se percataran de los miserables aplausos que recibieron los recientemente difuntos de la gran familia del cine estadounidense al ritmo de Billie Eilish (el Yesterday sobraba, que yo soy más del “today”). ¿Será porque muchos de los asistentes no tenían ni un ápice de cultura cinematográfica, o en su defecto, un mínimo de respeto?


Y es que anoche, los únicos que se dedicaron a la naturalidad, el saber estar (en su papel de triunfadores, claro está) y la desorbitada alegría, fueron los coreanos de Parásitos, sin duda la mejor película del año (Se la recomiendo a manos llenas porque dice mucho desde la dualidad posible-imposible, el humor, la exageración de la realidad y la metáfora del conflicto de clases). Que se note que en oriente todavía queda algo de esa humanidad que hemos perdido en el supuesto primer mundo, manque pierda.
Y sin más ensañamiento, me acerco en este luminoso lunes al trabajo de Kyung Hyewon, otra coreana más que prometedora en esto del libro-álbum. No es para menos pues Elevador (editorial Océano-Travesía) es una más que aceptable puesta de largo a golpe de imaginación infantil y situaciones cotidianas.


En esta historia, la pequeña Yuna, una verdadera apasionada de los grandes saurios que poblaron el planeta hace millones de años, tiene que devolver un libro a la biblioteca, una tarea que se verá alterada por unos curiosos “vecinos” que va recogiendo en cada uno de los pisos en los que va parando el ascensor (que no son pocos, pues ya saben de las alturas que se gastan por aquellas latitudes).
Aunque el final lo dejo para la sorpresa de los lectores, he de apuntar que es un libro que me ha encantado, no sólo por la originalidad del argumento, sobre todo en lo que al formato y el contexto espacial se refiere (los ascensores siempre han tenido mucha magia), sino porque hace gala de esa dualidad clásica entre fantasía y realidad de la que bebe mucho el álbum para niños. Si a ello le unimos la expresividad de los personajes, recursos repetitivos (cada vez que se abre la puerta del elevador es una sorpresa) y ese guiño a los libros, el disfrute está servido.
Así que, ya saben, en vez de noche toledana, les toca noche coreana, que sugerencias no les faltan.



viernes, 7 de febrero de 2020

Salir volando



Creo que estoy a punto de explotar. A base de amigos impertinentes (más que yo, imagínense), compañeros de trabajo envidiosos y mediocres (a pesar de sus trapos de marca), y familiares llorones, de lo que más ganas tengo es de salir volando. No sé muy bien hacia dónde, pero el caso es que estaría bien un poquito de aire que me refresque las sienes. Frío, que de verano a destiempo ando algo harto. Lo malo es que, a menos que me implanten unas buenas alas, la cosa está difícil, pues eso de mantenerse en suspensión atmosférica no está hecho para cachos de carne. Tendré que gobernarme una montura a mi altura. Elegante, poética, fantástica y poderosa. Bien me valdría un pegaso, que últimamente se cotizan al alza…

Tournez, tournez, chevaux de bois.
Verlaine.
                                                                                        
Pegasos, lindos pegasos,
caballitos de madera.

Yo conocí siendo niño,
la alegría de dar vueltas
sobre un corcel colorado,
en una noche de fiesta.

En el aire polvoriento
chispeaban las candelas,
y la noche azul ardía
toda sembrada de estrellas.

¡Alegrías infantiles
que cuestan una moneda
de cobre, lindos pegasos,
caballitos de madera!

Antonio Machado.
Pegasos, lindos pegasos.
En: 12 poemas de Antonio Machado.
Ilustraciones de Pablo Auladell.
2019. Vigo: Kalandraka.




miércoles, 5 de febrero de 2020

De libros infantiles y surrealismo manchego




Sí, ya sé que hoy tocaba hacer sangre con el duelo entre JLo y Shakira en el último espectáculo del “halftime” de la Super Bowl (N.B.: Al margen de  sus preferencias, pues ambas tuvieron puntos a favor y en contra, cabe preguntarse ante semejante espectáculo sandunguero: “¿Para qué tanto feminismo si ni siquiera estas superestrellas tienen derecho a envejecer dignamente?”). También podría haberles dedicado una disertación sobre los riesgos de volar a Canadá (¡Con el yuyu que me producen los aviones!). Pero el caso es que el post de hoy he decidido dedicarlo al recién fallecido José Luis Cuerda, mi querido paisano.
Los albaceteños le tenemos mucho cariño a Cuerda, no sólo porque retomó esa tradición del humor manchego que quedó postergada con Pepe Isbert, sino porque lo hizo desde un prisma intelectual que lo ensalzó más que ridiculizarlo (cosa que sí han hecho otros que suenan a Oscar pero de cuyo nombre no quiero acordarme). Eso sólo sucede cuando alguien le tiene cariño a una tierra que, aunque Cuerda disfrutó poco, le corría por las venas.


Decían los que poco han venido por La Mancha (ya saben que por aquí pasa todo el mundo pero pocos se paran), que José Luis Cuerda había inventado esto y lo otro, incluso lo de más allá. Yo, no sé muy bien si inventó o dejó de inventar porque a mí, todo lo que veía en sus películas me parecía muy cercano, parte de mi universo personal, pero el caso es que gustaba lo que hacía, que gustar ya es bastante.


Y es que ese costumbrismo tan moderno que sentimos por estos lares, es el que él exhibía en sus diálogos que, aunque llenos de parodia, también tenían mucho encanto. Unas re-contextualizaciones que ayudaban al espectador a salirse de madre, como si todo (o nada, según se mire), fuera con él. Y así nos reíamos de todo, incluso de lo que hay que reírse, con mucho humanismo, pues ahí reside lo poético del surrealismo…, pero, ¡un momento! ¡Esperen! ¿Estoy hablando de cine o de libros infantiles? ¡Me cago en la óspera! Ahora que lo pienso, ¿acaso no están llenos los libros infantiles de ese deje? No, si ahora va a resultar que lo onírico de las historias infantiles reverbera en la cultura posmoderna de los adultos, o lo que es mejor todavía: ¡que las obras para niños se amancheguen por momentos…!


Señoras, señores, y aunque esté desvariando, aquí les dejo con dos ejemplos del surrealismo en el álbum infantil. Concretamente con dos  buenos representantes, Caracol, de Pablo Albo y Pablo Auladell, y Cerdito, ¿adónde vas?, de Juan Arjona y Ximo Abadía, ambas de la misma editorial, A buen paso (¿A qué se deberá? ¿No será su editora una apasionada de esa tendencia tan absurda como nutritiva?).
El primero es una nueva edición (mismos autores aunque diferente concepto) de la historia de un caracol que intenta llegar hasta lo alto de un algarrobo. Aunque el tío es consciente de su lentitud, le echa un par y se enrola en una aventura trepidante a lomos de una tortuga o batiendo un par de alas fabricadas a golpe lechuga.  Todo parece un poco extraño, pero lo cierto es que la historia tiene mucho bonito de fondo. No sé muy bien el qué, pero lo tiene.


El segundo acaba de llegar a mis manos y tomando como protagonista a un cerdo un poco aprovechado, nos conduce por los recovecos de una historia donde abundan los colores vivos o las composiciones geométricas y sugerentes (!hay una puesta de sol preciosa!), y en la que hay mucho de cierto (o eso parece aunque no lo parezca). No les desvelaré el secreto, pero sí les animo a que crean todo con algo cautela, pues siempre hay gente que intenta sacar partido de los imprevistos y de los estofados de bellota.

martes, 4 de febrero de 2020

De las consecuencias del Brexit



Reino Unido por fin se ha divorciado de la Unión Europea (que no de Europa, pues ellos siempre han formado parte del Viejo Continente) y no han sido pocas las lágrimas que algunos han echado a tenor de una situación que deja bastante de inquietud teniendo en cuenta lo que se les/nos puede venir encima.
Aunque comparto esos sentimientos de desasosiego, pues como sabrán visito bastante el país vecino, convengo en que su gobierno no podía fallar a una de las consideradas “mejores democracias del mundo”, máxime si la decisión se tomó vía referéndum. El “sí” ganó por mayoría (un poquito ajustado, es cierto) y el desenlace no podía ser otro.
No puedo ocultar que ello me produzca cierta envidia. El constatar que los gobernantes respetan (en parte, que los ingleses también tienen sus títeres y cuitas de poder) la opinión de los ciudadanos, me llena de alegría, pues obviando las reuniones clandestinas con los gobernantes bolivarianos y los acuerdos con partidos terroristas, los nuestros dejan mucho más que desear. Las comparaciones son odiosas, y con razón.


Volviendo al Brexit que de miserias a la española ya hablo bastante, se abre un periodo convulso, ya que ahora es cuando viene lo difícil o lo incómodo, pues los acuerdos en materia de política exterior, comercial y demás cuitas económicas, traerá a muchos de cabeza.
Los primeros que ven peligrar sus derechos son todos aquellos ciudadanos comunitarios que llevan décadas viviendo en Inglaterra (sin ir más lejos, doscientos mil compatriotas, ni más ni menos). Nadie sabe qué pasará. Todo el mundo se ha lanzado a pedir la residencia permanente o la nacionalidad. El personal está bastante acojonado.
Esa incertidumbre, ese salto al vacío que supone pasar de ser inmigrante de primera clase a inmigrante a secas, puede ser muy duro. No es para menos pues coger la maleta y regresar a un punto de partida, pues no olvidemos que esa decisión ya la tomaron otrora, la de dejar a un lado todo lo que has conseguido con mucho esfuerzo, es bastante difícil.


Y con este planteamiento enlazo con uno de esos libros que no ha dejado indiferente a nadie, La maleta de Chris Naylor Ballesteros. Publicado por La Galera durante los últimos meses, este álbum ha sido uno de los más recomendados por gentes de la esfera del libro infantil y he creído necesario abrirle un hueco en este espacio.
En él se cuenta la historia de un extraño que llega a otro lugar con arrastrando una maleta. Sus habitantes se preguntan de dónde viene, que le trae por allí y, sobre todo, qué lleva en esa maleta. Él contesta que una taza, una mesa, una cocina… El resto se quedan perplejos. No dan crédito a que tanto quepa ahí y aprovechan que el extraño se queda dormido para meter abrir la maleta y quedarse boquiabiertos.


Sobre fondo blanco (creo que centrar la atención en la figura de los personajes ha sido un acierto por parte del autor) para las escenas del presente, y con fondo sepia para referirse al pasado (un recurso estético bastante acertado y que bebe del soporte fotográfico), esta pequeña fábula que bebe en cierto modo de la estructura del sketch, también echa mano del humor para internarse en los resquicios de nuestra naturaleza humana.


Aunque con un final agradable muy apto para partidarios del buenismo y los mensajes edulcorados, un servidor prefiere otro tipo de puntos de vista más controvertidos, como ese ligero paréntesis que se abre para la crítica de la estupidez e impertinencia humanas. Ese momento en el que los animales meten las narices donde no les llaman me ha gustado mucho. ¿Quién cojones se creen para violar el espacio íntimo de nadie? En él he visto representados a todos esos enteraos que no se fían ni de su sombra pero que a la postre se las dan de buenos samaritanos.


viernes, 31 de enero de 2020

Los últimos peldaños de enero



Decimos adiós a un enero que se ha hecho demasiado cuesta arriba. No sé qué ha pasado, pero muchos coincidimos en la misma impresión. Por Gloria, porque no tenemos ni un duro o porque todo se está saliendo de madre (cada vez entiendo menos a esta España cainita y miserable).
El caso es que ha costado terminar el mes. Incluso mis alumnos, cuyas preocupaciones son de otra índole, estaban hasta las narices. Que si exámenes, que si mire usted, o que la evaluación está a la vuelta de la esquina. Ni ellos ni yo sabemos quiénes han decidido jodernos de tal manera, pero el caso es que no se me ocurre mejor forma de sintetizar sus intereses y los míos que escalar peldaño a peldaño en los versos de Unamuno, el grande.

Ay primera escalerita
de olvidar lo que hay que sé,
tras de ti vienen los grillos
que nos atan al saber,
y la hoz tras de los grillos,
que ciega ciencia a cercén.
¡Ay terrible abecedario!
¡Ay potro de la niñez!,
en el zigzag de la zeda,
rayo de raya al través,
se acabó su santo oficio
y con ella el abecé.

Miguel de Unamuno
A.B.C.
Ilustraciones de Artur Heras.
2009. Vigo: Kalandraka.


jueves, 30 de enero de 2020

De adultos y actualidad



Todavía no sé cuándo nos van a dejar tranquilos los mayores. Me tienen hasta las narices. ¡Qué harto me tienen de tanto control! Como si no hubiéramos tenido bastante con la “educación para la ciudadanía” y las dichosas lenguas co-oficiales (¡Y venga propaganda!), ahora van y se inventan el “pin parental”… Menos mal que mi madre sólo es inquisidora para el polvo y las pelusas (No me quiero ni imaginar los estragos que haría si le diera por el currículo escolar, porque ¡ni los maestros saben qué hacer con los estándares de aprendizaje!).


Me voy acordando de lo que charlaba el domingo con Pepa Flores, otra niña como yo. “Mira, Román” me decía la pobre, “estos adultos no aprenden. Ya les dije hace años que me dejarán de fachas, de comunistas y otras mandangas. Que yo me iba a dedicar a la vida, una cosa muy de críos. Que no quería participar en más circos. Menos todavía si los honorarios son caramelos y cabezones. Que le saquen la pringue a otros, que en la tómbola del mundo yo ya he tenido bastante.”


Yo aplaudía con fervor mientras la Marisol (así la llamaban en el cole) se explicaba coherente y salerosa. “Qué contaminado está el mundo, cari. Todo quisqui pensando en engordar la cuenta corriente… La Rosalía metiendo billetes en un tanga y el Évole instando a la violencia,  tira que te va..., ¿pero y la Thunberg? ¿Tan mengaja como nosotros y ya se está registrando como marca comercial para ingresar en el Capital? Que no, que no, Román, que a mí lo que me gusta es Nunca Jamás, hacer el indio, comer, nadar y saltar.


De repente me acordé del libro de Davide Cali y Benjamin Chaud, otro par de nenes que se ve que están hartos de tanta (in)madurez. Cosas que no hacen los mayores ha sido el título elegido (con mucha ironía, por si jode). Se lo ha publicado NubeOcho (¡Me chifla el nombre de la editorial!) y en él hablan de los adultos y las cosas que ¿nunca? hacen.


O al menos, eso parece, porque aunque el texto reza montones de negaciones sobre la gente entrada en años, las ilustraciones parecen hacer gala de lo contrario (disyunción texto-imagen lo llamamos los enteraos del libro-álbum). Cosas como que nunca molestan ni dicen tacos ni pelean ni gritan ni lloran, se recogen en este catálogo de situaciones que da buena cuenta de la mentira que es el universo de quienes perdieron la inocencia. Y nada más.



martes, 28 de enero de 2020

Un libro nuevo para un mundo extraño



Se ve que el pasado lunes algunos celebraron (si ese es el verbo adecuado) el llamado “Blue Monday”, el -supuestamente- día más triste del año. Que si la cuesta de enero, que los fallidos desafíos del año nuevo, que si la última paga se ha desvanecido casi por completo, que si días cortos y grises… Vamos, que según Cliff Arnall, el psicólogo que lo definió tomando como referencia todos estos parámetros, deberíamos acostarnos y no levantarnos hasta el día siguiente…, pero va a ser que no. Al menos conmigo. Voy a mandar el Blue Monday al carajo.
Pero, ¿qué es eso de que las marcas comerciales sean las prescriptoras de nuestros estados de ánimo? ¿Acaso no son nuestras circunstancias las que los definen? Lo que me quedaba…, depender del calendario para esbozar sonrisas o dejar correr las lágrimas. No, no y no. Déjense de chorradas, aquí lo que hace falta es un poco más de es-pe-ran-za.


Y sin más dilación (que hoy no tengo mucho tiempo para andarme por las ramas), enlazo con, Non Stop, el último trabajo de Tomi Ungerer publicado en España por Kalandraka. Como sabrán, el genio de Estrasburgo nos dejó el año pasado pero aún siguen resonando en las casas editoriales un montón de títulos inéditos de su prolífica obra. Quizá la de hoy es una de las obras más personales del autor, pues condensa en ella muchas ideas que le anduvieron rondando la cabeza en el último periodo de su vida, como el humanismo, pero sin dejar atrás el antibelicismo de sus primeras obras infantiles.


En esta historia, su protagonista, Vasco, un hombre con gorra al que en ningún momento podemos ver la cara -una figura anónima que podríamos encarnar cualquiera de nosotros-, deambula por una ciudad donde el abandono es patente. No sabemos muy bien cuales han sido las causas para que todo el mundo se haya  de allí (En este caso a la Luna, un sitio más simbólico que físico. Como Babia, ese sitio lleno de atontaos, creo yo). Quizá los desastres naturales, quizá los conflictos bélicos, han sido las razones que los han llevado a este panorama tan triste y desolador.
Fijémonos en las formas cúbicas que rodean al personaje. ¿Acaso no les recuerdan a esos juegos de construcción derrumbados por las manos infantiles? ¿Acaso no trae a su memoria los movimientos vanguardistas? (Permítanme ver a los cubistas o a Escher en algunas escenas de la historia) ¿Acaso no ven el movimiento de los muros y calles? Hay mucho significado en esa  supuesta apariencia sencilla del paisaje.


Deténganse también en la patente oscuridad que todo lo envuelve y que nos deja ver con claridad un foco de luz (¡Teatralidad al poder!) que se centra en Vasco y proyecta una sombra sobre las ruinas de ese universo ficticio. Vemos como le hace señales, como lo dirige en su constante búsqueda. ¿Querrá decirnos que esa misma negrura tan inquietante es la misma que lo guía hacia la salida?


Toda la obra está llena de mucho surrealismo (estético y semántico, of course). Desde una historia que parece no tener ni pies ni cabeza, hasta las perspectivas imposibles de algunas ilustraciones, pasando por detalles y elementos disruptivos y evocadores (¿Ven a Dalí?), que alimentan al espectador, invitan al juego y enriquecen el marco de lectura.
Para terminar, una pequeña comparativa. Y es que tanto en Pedro y Juan en el vertedero de Maurice Sendak, otro genio del álbum ilustrado, como en esta del inolvidable Tomi, se pueden observar ciertas similitudes que los acerca todavía aún más… El homenaje a sus seres queridos (vean la dedicatoria al principio del libro), la denuncia de los males de la sociedad occidental (guerras, pobreza y demás miserias), la salvación de los inocentes (si en Pedro y Juan… se trataba del niño negro, en este caso tenemos el hijo de unos extraterrestes), las referencias bíblicas (fíjense en el nombre de ese barco encallado), y ese canto de esperanza final hacia las generaciones futuras (que en el caso de Ungerer tiene forma de refugio dulce y almibarado), son puntos que acercan su legado y forma de pensar.
Sintetizando: un libro extraño para un mundo nuevo. O mejor dicho: un libro nuevo para un mundo extraño.



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