sábado, 22 de enero de 2022

Volando y hablando


Una de las primeras cosas que aprendí en mis primeros días como universitario fue la de calcular la fuerza de sustentación que permite volar a las aves, un mecanismo físico producido por la acción de flujo a través de la superficie de sus alas. Aunque este proceso es el mismo en todas ellas, cada especie tiene su manera particular de hacerlo. Movimientos ascendentes y descendentes, planeando a modo de parapente, revoloteando incansablemente. Una forma de hacer suyo el cielo, como si de un lenguaje antiguo se tratase. Para comunicarse entre sí, para hablar con nosotros. Ese vuelo infinito que nos emboba con sus cadencias y versos.


Sobre el lienzo celeste
parecemos letras.
Garabateamos suspendidas en la nada.
El aire nos mece
improvisando nuevas formas
y, con cada giro,
el cielo cambia con nosotras.

Somos un alfabeto efímero,
el lenguaje secreto
de quienes aprendieron
a levantar la cabeza.
Basta con mirar a las nubes
y leer
las palabras de nuestra historia.

Fran Pintadera.
Palabras en el aire.
En: El vuelo infinito.
Ilustraciones de Alejandra Acosta.
2021. Pontevedra: Kalandraka.



jueves, 20 de enero de 2022

Los pros y contras del metro


Como parece que este curso la cosa va de medios de transporte (ya hemos hablado de hacer dedo y coger el taxi), hoy nos detenemos en el metro.
Desde que en 1863 fuera inaugurada la primera línea de metro del mundo en Londres, un sinfín de grandes capitales se han sumado a establecer sus propias redes de metro, una que cobran más sentido en las grandes ciudades. Nueva York, París, Ciudad de México o Madrid están surcadas de vías, generalmente subterráneas, por las que circulan trenes eléctricos que pasan con mucha frecuencia e intentan salvar medias distancias en pocos minutos.


Aunque es un medio de transporte bastante rápido y práctico (hay paradas por todos lados, visto uno, visto todos y es relativamente barato), debo confesar que no es de mis favoritos, por muchas razones. Te pasas el día bajando y subiendo escaleras (si te encuentras ascensores o escaleras mecánicas te puedes dar con un canto en los dientes), cada dos por tres cierran una parada o cortan una línea (justo la que más te interesa, ley de Murphy) por culpa de averías, obras de mantenimiento o ampliaciones. Los transbordos no son lo mío (bufff, me ponen negro…), sobre todo si tardas el mismo tiempo en ir de una línea a otra que lo que dura el trayecto. Lo peor que llevo es sentirme como las hormigas, los topos o las lombrices. No es nada pasarse buena parte del día bajo tierra. Entre los horarios laborales y esta manía de andar por el subsuelo, mucha gente no ve la luz del día y así pasa, que la vitamina D y la sonrisa brillan por su ausencia por nuestra manía de optimizar el tiempo.


Si tuviera que quedarme con algo bueno del metro sería, por un lado, el aprovechamiento del tiempo de espera (conciertos improvisados, pedigüeños, lectura o un sueñecito se pueden practicar mientras llegas a tu destino; aunque también es cierto que, desde que el teléfono móvil llegó a nuestras vidas, nada de esto parece una alternativa) y la tranquilidad que se te queda en el cuerpo conforme te acercas a la salida. ¡Menudo trajín! ¡Imagínense si tuvieran una parada de metro en mitad del salón…!
Eso es precisamente lo que le sucede a Jonathan, el protagonista del clásico de Robert Munsch y Michael Martchenko que recupera la editorial Cuatro Azules (quizá puedan dar con alguna edición antigua de la colección Altea Benjamín) para nuestro disfrute.


Jonathan y el metro (es un libro curioso, ya que por un lado se basa en un hecho argumental fantástico (pero no imposible), y por otro tiene bastante de subversivo. La historia empieza en una casa como los chorros del oro. La madre de Jonathan, una señora muy pulcra, se va a hacer unos recados y lo deja solo en casa, no sin avisarle antes de que, cuando regrese, espera encontrarse todo tan limpio como lo ha dejado. Transcurrido un rato, se abre la pared de la casa, aparece un tren del metro y una marabunta arrasa con todo lo que encuentra mientras busca la salida.


Todo se queda hecho un asco e incluso un señor se pone a dormir en el sofá de Jonathan. Cuando llega la madre y ve semejante estercolero, no da crédito a la historia que le cuenta su hijo ¡Cómo va a parar el metro en su casa! Mientras la madre está con el rapapolvo, se vuelve a abrir la pared y ella misma contempla con sus ojos que lo que ha contado Jonathan es verdad. Así, el niño, abandona su casa y se dirige al ayuntamiento para saber cómo ha llegado una parada de metro a su salón, encontrándose con una salida de tono por parte del señor alcalde que le invita a hablar con el señor que planea las líneas.


Con ilustraciones clásicas y mucho humor, nos adentramos en una historia que pone en tela de juicio al universo adulto y su (i)lógica, castigándolo una y otra vez. Primero, la incrédula de la madre que, como buena madre, achaca el desastre a su hijo y piensa que es un mentiroso, y segundo al señor alcalde, un político soberbio (esta parte no os la puedo contar porque tenéis que descubrirla por vosotros mismos).

miércoles, 19 de enero de 2022

De alfabetos y volcanes


Me encanta que los volcanes hayan pasado a ser un tema de actualidad. Si hace unos meses eran los perfectos desconocidos hoy en día no paran de informarnos de este o aquel volcán. En las islas Hawaii, Nueva Zelanda, en Tonga o en Islandia. Arco islas muy conocidas o que se formaron debido a una surgencia de magma en un punto aislado. Lava y más lava, fumarolas, explosiones volcánicas, cenizas y lapilli. Todo el mundo parece ser experto en estas lides.
Los vulcanólogos están de moda. Y yo que me alegro, porque no hay profesión más invisible (y a la vez importante) que la de geólogo, esos estudiosos de los fenómenos y la composición de la parte sólida de nuestro planeta, la geosfera. Ustedes pensarán que eso de las rocas debe ser muy aburrido, pero lo cierto es que si nadie supiera cómo se forman o qué características tienen no podríamos construir edificios, ni carreteras, ni tender puentes, ni obtener recursos minerales, ni cultivar muchos alimentos.


Entiendo que a excepción de terremotos y volcanes, no es una ciencia llamativa, sino más bien tranquila y desconocida, tanto, que muy pocos se atreven a adentrarse en ella. Seguro que ustedes conocen muchos médicos, enfermeros, industriales, peluqueros, dependientes, economistas, conductores o abogados, pero geólogos e ingenieros geólogos, ninguno.
Supongo que estudiar una piedra no es nada sugerente. Visto así –“piedras”-, dice muy poco, pero cuando empezamos a entender que en las rocas está escrito el pasado de nuestro planeta y su origen, la razón de que las montañas sigan creciendo, la explicación de por qué el Atlántico se hace cada vez más ancho, o que es más fácil encontrar petróleo en areniscas que en granito.


Por eso me alegra tanto escuchar que la palabra volcán da título al libro de hoy. Y no es que Volcancito nevado, otro libro del tándem Jorge Luján y Mandana Sadat (editorial Kókinos), sea un tratado sobre fumarolas, lavas pahoe-hoe, coladas, gases sulfurosos y fajanas, pero me gusta la sola idea de que una erupción volcánica sea la idea generatriz para un abecedario hermoso donde lo fantástico cobra sentido gracias a lo poético.
Poesía que reside tanto en el texto, como en las ilustraciones. Palabras e imágenes nos susurran muchas cosas. Un juego de referencias visuales con el que acompañar a las letras de un abecedario que no cumple demasiadas reglas temáticas, pero se sostiene por sí solo. Algunas tienen que ver con el personaje (la E escalón o la G de gato) y otras con la forma que adopta la imagen que la acompaña (un volcán para la A, un lobo para la M y un antílope para la V).


Me maravilla la capacidad que han tenido sus autores para dar vida a estas veintisiete historias (las de la N, la Ñ y la S me tienen enamorado) que a pesar de reducirse a la mínima expresión, pueden sobrepasar los límites de la página para hablarnos de otras todavía más extraordinarias.
El poeta argentino y la ilustradora franco-iraní dan vida a este alfabeto con frases breves, formas quiméricas, juegos de percepción y adivinanzas, montones de animales, técnicas que recuerdan a la estampación y el collage, y composiciones sencillas pero llenas de color y movimiento.
Háganme caso y piérdanse entre sus páginas, acompañen a quienes lo lean y busquen su propio alfabeto.

lunes, 17 de enero de 2022

Obnubilados


De un tiempo está muy de moda hablar de "fake news". Escuchamos esa terminología a diestro y siniestro pero ¿alguien sabe a qué se refiere? Podríamos decir que se trata de una noticia engañosa, algo que tiene más años que el hilo negro, pero que con la aparición de las redes sociales y la emergencia de Internet y otras tecnologías de información y comunicación se ha ido perfeccionando para erigirse en una de las mayores armas de manipulación social y política en la llamada era de la posverdad.
Las fake news se podrían definir como noticias falsas o manipuladas donde el componente emocional o las creencias personales prevalecen sobre los hechos objetivos, una característica que provoca un círculo vicioso de desinformación que modela en un sentido u otro la opinión pública como consecuencia de un proceso de sociabilización de las ideas.


Ustedes creerán que conseguir algo así no es tan fácil, ni mucho menos verse envuelto en esta manipulación, pero les remito a mis alumnos y a sus juegos de niños a la hora del recreo. Uno elige un elemento al azar y unos cuantos se ponen a mirarlo con mucha atención, como si fuera el Moisés de Miguel Angel o Las meninas de Velázquez. Es decir, dan credibilidad a algo que en realidad no la debería tener. De repente, empiezas a ver como se unen más chavales al espectáculo y se genera un interés social. No saben por qué lo hacen, pero el simple hecho de que otros iguales se interesen por algo, ya es bastante para imitarlos. Al final siempre hay algún niño que ve al emperador en cueros, hace saltar la liebre y la cosa termina en carcajadas.


Esto más o menos es lo que ocurre con La nube, un álbum estupendo para hablar de todo esto. que Rita Canas Mendes y Joao Fazenda acaban de publicar en castellano con La Topera. En él una se lía un embrollo bastante interesante gracias a una nube que, un día, se posa en el pedazo de cielo que cubre una carretera muy transitada. Los primeros que se fijan en ella son los conductores. Luego los pájaros, que por la ausencia de viento no pueden volar. Más tarde llegan los meteorólogos, científicos que dan credibilidad a lo que allí sucede. Después los políticos y los medios de comunicación. La nube es una celebridad y todo el mundo esté pendiente de ella. Hasta que un día…


Primero de todo me encanta el argumento y el título, sobre todo porque tiene relación directa con la etimología del verbo “obnubilar” (Del lat. obnubilāre; propiamente 'cubrir con una nube', 'velar, empañar, oscurecer') algo que les sucede a todos los que aparecer en este libro y que ven mermada su capacidad crítica. En segundo lugar me chifla lo bien representado que está el proceso de desarrollo de este tipo de noticias (se debería utilizar este álbum en todas las facultades de ciencias de la información). Y por último, tanto las ilustraciones coloristas, como el ritmo narrativo, el desarrollo de la acción sobre la misma ubicación espacial y los juegos de palabras, lo hacen ideal para cualquier tipo de lector que sepa valorar calidad artística, el espíritu crítico y el humor.


Lo dicho. No se dejen engañar por la aparente complejidad de las cosas. Todo depende de lo que estemos dispuestos a asimilar y racionalizar.

sábado, 15 de enero de 2022

De lápices, gomas y otros matrimonios perfectos


Mis alumnos tienen una aversión horrible hacia el lápiz y la goma. No entiendo muy bien el porqué, ya que son los mayores aliados a la hora de equivocarse, algo con lo que los jóvenes han de convivir a todas horas. Será un tema de reafirmación personal (la tinta es menos lábil y su huella se hace permanente), será que están creciendo y ya no son los niños que cometían errores, será una cuestión de diligencia, pues eso de usar varios utensilios, además de parsimonia, va en contra del tiempo. Sea lo que sea, no lo entiendo, que yo me paso el día con la tiza y el borrador, otro matrimonio perfecto.


Un lápiz de dibujar
y una goma de borrar
se montaron una boda
a la penúltima moda.

Él se encasquetó un sombrero
de perfecto mosquetero
y ella se calzó un zapato
que la hizo sufrir un rato.

Él dibujo un gran banquete
con fricandó al cacahuete
y ella borró un pedacito
para ponerle arroz frito.

Al llegar por fin la fiesta,
él fue el director de orquesta,
y ella borró un tambor
que le causaba pavor.

Después de bailar un trecho,
él no cabía en el lecho
y lo tuvo que alargar
como un día sin jugar.

Y cuando ella se acostaba,
vio que el culo le sobraba
y hubo que borrar un canto
para liberarlo un tanto.

Él soñó el castillo aquel
donde el rey era como él,
y ella le borró el palacio
para hacerse más espacio.

Miquel Desclot.
La boda del lápiz y la goma.
En: ¡A que sí!
Ilustraciones de Christian Inaraja.
2021. Pontevedra: Kalandraka.


jueves, 13 de enero de 2022

El mundo de Mr. Wonderful


Con frecuencia, muchas seguidoras me preguntan por qué no he reseñado este o aquel libro, que son una preciosidad, que han vendido montones de ediciones, que ellas no paran de regalarlos, y que les encantan. Yo, como no sé de qué libros me hablan pero tengo consideración con mis fieles, les hago caso y me dirijo a las librerías. Empiezo a hurgar en los estantes y me sumerjo en La vida ilustrada de Lisa Aisato, o en libros como Hijo, Hija o Hermanos de Ariel Andrés Almada y Sonja Wimmer.


Lo cierto es que son libros bien editados. Cartoné y papel de calidad. Impresión a todo color. Buena apariencia, mejor tamaño. Empiezo con el texto. Una voz maternal, algo vacía, que recuerda a la de un mantra que nos repite una y otra vez lo bonito que es todo. Condescendiente, suave, redundante, muy redundante. Da el pego. Me habla, pero no me interpela. 
Sigo con las ilustraciones, la artillería pesada de estos libros, la razón de su existencia. Coloristas y apasteladas, hermosas y de elevada carga estética. Composiciones vaporosas, ámbito festivo, flores a go-go, animalitos juguetones, líneas sinuosas que imprimen movimiento, y formas desdibujadas a modo de ensoñación. Tienen todos los elementos para ser agradables a la vista y además, son muy narrativas. De hecho, si no existiera el texto y fueran libros de imágenes, tendrían el mismo efecto sobre el lector-espectador y todo sonaría más honesto y poético. Para ellas mi aplauso.


He ahí lo peliagudo, lo que sucede entre el libro y mi cabeza, la llamada elaboración del discurso. No me funcionan. Me atrapan pero me dicen poco. El mundo no es eso. No todo es bonito ni positivo. Hay cosas feas, muy feas. La vida está llena de turbidez, de tragos amargos, de cuestiones peliagudas y sentimientos encontrados. ¿Y por qué se hacen cada vez más libros de este tipo que sólo nos presentan las cosas buenas de la vida o, al menos, lo que queremos creer de ella?


Quizá todo tenga que ver con la super-idealización de una vida que no es tal, con una promesa vana, esa que todos necesitamos en algún momento de nuestra existencia en el que nos dicen que todo puede ir a mejor. Como el enfermo de cáncer que ve la solución en la quimioterapia o como la madre que pierde un hijo y acude a un médium. En cierto modo se relaciona con algo atávico, con una especie de creencia que necesitamos reafirmar mediante la sola contemplación de lo que de verdad anhelamos, el edén perdido, ese Valhala donde las parras chorrean miel y las plantas crecen a nuestro paso.


A veces comprendo que todavía haya lectores que vivan embelesados por este tipo de libros que no suponen una ruptura con la imagen ñoña y empobrecida que arrastra la Literatura Infantil. Otras, también entiendo que padres, docentes y bibliotecarios sucumban a estas sagradas escrituras por un mero acto de fe, como se hace con los libros de autoayuda, con los cuencos tibetanos o las piedras curativas. Pero lo que siempre tengo muy claro es que sigo abogando por un mensaje polifónico que, como lector-observador, me enriquece de una versatilidad discursiva. Creo que tender a proyectar nuestros deseos en este tipo de idealizaciones de la vida, no nos ayuda nada. Yo no quiero hijos perfectos, hermanos que se lleven bien o parejas que se amen hasta la eternidad. No los quiero porque sí. Si eso ocurre, estupendo, pero si no, deberemos aguantarnos para no caer en la frustración o el postureo, algo que cada vez tenemos más interiorizado.


Para mí (puede que para ustedes no) estos libros aluden una vez más a la necesidad de la credulidad. Eso sí, aquí están por si alguien necesita un poco de chicha para alcanzar ese paraíso llamado Mr. Wonderful.



miércoles, 12 de enero de 2022

La escuela, ¡qué gran acierto!


Después de unas largas vacaciones no hay quien quiera volver al trabajo. Ni siquiera los niños, y mira que últimamente se aburren en cualquier sitio. Menos mal que siempre sale algún psicólogo diagnosticando depresión postvacacional (¡Qué sería de nosotros sin especialistas que le pongan nombre a todo!), para que patologicemos las pequeñas cosas de la vida y todo el mundo tenga carta libre para hacer lo que venga en gana.


Entiendo que hay casos y casos pero, sinceramente, si los críos viven engalgaos con tanto jugueteo (que el juego es otra cosa más seria), caprichos de todo tipo, unas siestas que ni los perros, y sobre todo, la ausencia de orden y concierto, no me extraña en absoluto que tiemblen al oír la palabra “escuela”


Ven que se les acaba el chollo porque saben que no pueden mangonear a los maestros a su antojo. Está más que comprobado que son los únicos que inspiran algo de respeto con sus horarios y quehaceres rutinarios. ¡Para que luego digan que no somos eficientes! Tengo muy claro que cuando pones límites todo va sobre ruedas.


Además, en el colegio hay que espabilarse, que aquello es una merienda de negros. Más movimiento, más gasto energético. Aula y patio, mates y natu. Allí todos hacen de todo y no hay libre albedrío que valga. Lo importante se consulta, que si no hay sanciones. Poca soledad y nada de pataletas son fundamentales para saber estar. Y si de paso les cunde el tiempo y van dando el callo, no podemos pedir nada más.
Y si quieren más pruebas de que la escuela es un lugar magnífico donde los únicos que sobran son los padres, hoy les dejo con ¡Ni en sueños!, un libro de Beatrice Alemagna publicado por Combel que no tiene desperdicio y deberían leer, tanto padres, como hijos.


En él nos encontramos con una situación muy común entre las criaturas: el primer día de escuela. Pascualina, una murciélago muy comodona, no quiere ir a la escuela ni en sueños (de ahí el título de este álbum) y, como por arte de magia, sus padres se hacen diminutos, tanto que decide llevárselos al colegio a modo de venganza. Al principio la cosa va bien, pero conforme pasan las horas, se da cuenta de que el tiro le sale por la culata y llevar a sus padres a cuestas no le deja disfrutar de todas las cosas buenas que tiene la escuela. Se caen en el plato de la comida, hablan cuando no tienen que hacerlo, no le dejan volar… Son un incordio.


Con unas composiciones estupendas, un mundo natural de ensueño y apuntando con sus colores neón al protagonista, la aclamada autora nos acerca a una doble crítica. Por un lado, a ese superpaternalismo que últimamente abunda en las puertas de todos los centros educativos, y por otro, a esa dependencia ficticia de los chavales hacia sus padres más que sobrealimentada y auspiciada por una institución familiar cegada y ñoña. Menos mal que todo termina con la mejor medicina, esa que aúna humor, vergüenzas infantiles y hedonismo educativo.

domingo, 9 de enero de 2022

Niños vengativos


Ya se han terminado las fiestas. Y con ellas, aparcamos a la familia, el mayor exponente navideño, un grupo de seres humanos que comparten vínculos, generalmente sanguíneos y jurídicos, y con quienes, se supone, tienes que disfrutar de las fiestas. Todo se resume en tragar. Por obligación, por pasión. Comida y gilipolleces, caprichos y necesidades, risas y llantos. Por muy bien que se desarrolle la reunión siempre hay alguien que nos saca de quicio y dan ganas de meterle una zapatilla en la boca cada vez que la abre. Por eso yo, últimamente, la cierro. Prefiero que piensen que soy un mueble a que me tachen de esto o lo otro. De ese modo la gente que busca aprobación es feliz y yo me evito problemas.
Sólo te lo pasas bien cuando eres un crío. Te diviertes más que un tonto con una tiza. Para una vez que tienen algo de jolgorio, tendrán que disfrutar. Imaginen a esos hijos únicos de padres separados… Yo me acuerdo cuando nos juntábamos todos. Más primos que gitanos. Jugando, riñendo, corriendo, saltando. Te volvías loco. Todo con los ojos bien abiertos para no quedarte dormido aunque estuvieras muerto de sueño. El objetivo era aguantar hasta las mil de la madrugada haciendo el mono, que luego había que contarlo.


Como estabas a lo tuyo no le dabas importancia a las gilipolleces de los familiares. Que si la tía besucona (uno vale, pero doscientos…), que si la súper-mega-ordenadísima (no toques esto, no muevas lo otro, quítate las zapatillas al entrar… Yo no sé para qué invitan a nadie a su casa), que si el tío con cerebro de chorlito, que si el otro se pone como el tenazas y se lía a lloriquear, que si los de más allá riñendo por una tontuna que pasó hace mil años. Solo falta el espíritu santo dando por culo.


Menos mal que los críos pasan de todo y hacen caso omiso de los adultos, y si se les hinchan las pelotas, ya se las ingenian para poner los puntos sobre las íes, que dar el tostón poco tiene que ver con el orden lógico. Algo de lo que nos habla Revancha, un álbum de Raquel Bonita y editado por Bookolia que hace tiempo me leyó Javier Carilla. En él, su protagonista cuenta en primera persona lo aterrada que se siente por el comportamiento de un familiar. Los años pasan y ese miedo persiste. Aunque ella intenta librarse de sus impertinencias utilizando todo tipo de estrategias, al final decide trazar un plan y enfrentarse con el problema. ¿Conseguirá su propósito?


Sacando de quicio y parodiando una situación muy común en la mayoría de familias y no tanto (que a veces los amigos y vecinos también son tibios), lanza un mensaje que puede ser recogido tanto por adultos, como por niños que nos dice: todo en su justa medida. Ilustraciones de colores flúor en los que se aprecia ese toque de historieta desenfadada, textos e ilustraciones disyuntas que enriquecen el discurso, recursos del cómic, y unas guardas a modo de prólogo y epílogo, hacen de este libro una declaración de intenciones dan vidilla a una historia universal llena de humor y espíritu crítico.


Así que, ya sabéis, niños del mundo, este es vuestro libro si os sentís amenazados por el familiar pesado de turno.

viernes, 7 de enero de 2022

Un ejercicio reflexivo sobre "la vacuna" (Segunda parte)


Si en la primera parte de este ejercicio reflexivo sobre la vacuna les hablé de qué era una vacuna, cuáles eran los procedimientos para producir los dos tipos de vacunas frente al COVID-19, sus pros y contras, en esta segunda parte, teniendo en cuenta que ha pasado un año desde que se empezaron a administrar las primeras dosis y hemos podido ver sus efectos, toca reflexionar sobre diversas cuestiones.
Todos sabíamos que iba a llegar el invierno y que el virus nos sorprendería con una nueva cepa o variante (los virus nunca permanecen inmutables ya que van cambiando su material genético conforme se transmiten de un hospedador a otro). Así ha sido con Ómicron.


Según los datos que han proporcionado algunos países como Sudáfrica, Inglaterra o Estados Unidos en lo que se refiere a número de fallecidos y hospitalizados en UCI por edades y estatus de vacunación (el nuestro sigue controlando todos los datos pero no los ofrece a la ciudadanía), podemos decir que las vacunas, independientemente de su origen, han sido efectivas en lo que se refiere a prevención de los riesgos. No obstante, y refiriéndonos a este parámetro, cabe destacar que no todas las vacunas (Pfizer, Moderna, AstraZeneca o Janssen) tienen el mismo grado de efectividad, es decir, algunos se podrían haber vacunado con agua del grifo, que los efectos hubieran sido parecidos, algo de lo que ya nos habían avisado artículos científicos como ESTE y ESTE OTRO.
También hay que hablar de otro parámetro en una vacuna, lo que se conoce como prevención del contagio. En todos los casos ha sido bastante pobre (es algo que también pasa con muchas vacunas de otras enfermedades). Teniendo en cuenta que más del 90% de la población española está vacunada con la pauta completa, es un dato casi obsceno que llevemos más de 700.000 contagios de la variante Ómicron en unas semanas, cuando las autoridades sanitarias nos habían vendido otra moto para que arrimáramos el hombro.
Por otro lado también debemos considerar los efectos secundarios de las vacunas, entre los que destacan los desajustes y dolores menstruales o la aparición de cardiopatías como la miocarditis. Aunque se piensa que pueden producir o agravar enfermedades preexistentes, todavía no hay suficientes evidencias científicas de ello (tranquilos, irán saliendo, como todo) y las pocas que hay se encuentran en revistas científicas de acceso restringido por lo que no os puedo enlazar ninguno (nenes, la ciencia tampoco es gratuita). 


“¿Para qué me he vacunado entonces?” Si tienes más de 67 años y la idea era la de minimizar los efectos de la enfermedad y no ser intubado, seguramente lo has conseguido. Si tienes 25, te has contagiado y has sufrido un pequeño catarro-gripe esta navidad, lo más probable es que con vacuna o sin ella, hayas tenido la misma sintomatología, algo que se venía apuntando desde que todo esto comenzó (que no me invento nada). Quizá te hayas salvado de algo más, pero eso es como el cuento de la lechera: que nos quedamos con las ganas de saberlo.
“Pero Román, si no nos hubiéramos vacunado, hubieran muerto muchos más viejecitos…” Y yo respondo que probablemente NO. Teniendo en cuenta la situación de esta navidad, con las vacunas no hemos evitado el contagio colectivo, que era lo que nos vendían desde los púlpitos gubernamentales. Con la vacuna hemos minimizado las consecuencias a nivel individual, es decir, la vacuna nos protege en mayor o menor medida (si es que un teenager sin riesgo ha estado alguna vez desprotegido frente a este virus... NOTA: Estaría bien contrastar el efecto que ha tenido el virus en jóvenes antes y después de la vacuna), pero a tus abuelos, los ancianos que toman el sol en el parque, o la vecina octogenaria de turno, los puedes seguir contagiando aunque ellos no presenten un cuadro clínico muy chungo. 


“Entonces, ¿para qué una (dos o tres) dosis de refuerzo?” A mi modo de ver las cosas y si existieran vacunas de verdad (esperemos que las de segunda o tercera generación lo sean), deberían ponérsela las personas de riesgo (mayores de 60 años, patologías previas o inmunodeprimidos) y/o personas de ese rango de edad que hayan sido vacunados previamente con vacunas de poca efectividad. Esto es algo que ya sucede todos los años con retrovirus como el de la gripe, una enfermedad de la que, ni yo ni montones de personas coherentes nos hemos vacunado en la vida. Es decir, ni mis alumnos, ni mis amigos, ni yo, necesitaríamos una tercera/cuarta/enésima dosis de esta vacuna (si es que alguna vez necesitamos una primera), mucho menos si hemos pillado el bicho, cuestión a la que ya están apuntando inmunólogos como Alfredo Corell (como la inmunidad natural, nada). De hecho me alegro de que Papá Noel nos trajese a Ómicron y hacernos pensar a más de uno sobre la supuesta "necesidad". Auguro que muchos, viendo lo visto, se van a ir quitando ese vicio insano de prestar su hombro para inyectarse cualquier cosa.


“¿Que ahora eres antivacunas?” Jamás he dicho eso. Le debemos mucho a las vacunas, sobre todo a las que son efectivas frente al contagio. Pero entiendo que en casos como este, en que la efectividad ante el contagio no es un hecho, mucha gente opte por no vacunarse, máxime teniendo en cuenta que no están perjudicando a nadie excepto a sí mismos (eso en el caso de que pillen el virus y tengan síntomas graves), ya que los vacunados se contagian por igual. 
Parece que inyectarnos vacunas a troche y moche es la solución, pero nadie ha hablado de hacer inmunoensayos de anticuerpos (hay montones de personas que no saben que han pasado la enfermedad y otras que la han pasado y tienen anticuerpos para parar un camión de virus), ni se han desarrollado protocolos de recomendación y exención vacunal.
Esa persecución que desde los gobiernos y los medios de comunicación de masas se está haciendo sobre estos ciudadanos, responde más a la incomodidad y el debate que generan sobre el poder y sus tretas, que sobre el impacto negativo que su decisión está teniendo en la salud pública (si quieren acabar en la UCI, ellos verán, que para eso pagan impuestos). Como ya explicó estupendamente Juan Manuel de Prada en este artículo, son los chivos expiatorios de la nueva religión pandémica. Y sigo con otro punto.


“¿Estás a favor de que los niños se vacunen?” Mi NO vuelve aquí. Un niño y un adolescente sanos tienen más probabilidades de morir por un accidente, una leucemia o suicidio que por las complicaciones derivadas del COVID-19. Y me dirán “Claro, como tú no tienes hijos...” Y yo les contesto: Ni quiero, solo les planteo un punto de vista desde la lógica y las evidencias. No encuentro necesidad alguna para este tipo de vacunas en niños sanos, incluso y a pesar de mis reticencias con algunas vacunas infantiles, entiendo que se vacune antes a un niño de la Varicela-Zoster o el sarampión, que del coronavirus (el COVID-19 persistente a estas edades presenta un porcentaje bajísimo, entre 2 y 4% del total de afectados y de estos, una gran proporción logrará recuperarse). 
Y para terminar con este tema y a modo de curiosidad, quiero decir que algunas de las razones que me han esgrimido los padres de niños vacunados no tienen nada que ver con la salud pública, sino más bien con el miedo infundado, la ignorancia, el postureo social y la falsa responsabilidad, psicosis y paranoia, el hiper-paternalismo, y la presión gubernamental y médica. Algo parecido sucedió con la vacunación de los adolescentes a la que se suma otra razón, la de “Me han vacunado. Soy mayor y esto es muy guay”.


“Pero hay que hacer algo, Román…, o si no esto se cronificará en el tiempo.” Desde el momento que un nuevo virus hace aparición, se abre camino inexorablemente entre la población humana. Eso es así. La gripe, el VIH y ahora el COVID-19 han venido para quedarse y la opción más plausible es aprender a convivir con ellos mediante la prevención (vacunas reales en el caso de personas con riesgo o mascarilla en interiores) y el desarrollo de terapias y medicamentos que minimicen el impacto sobre nuestra vida, como ha pasado con otros virus y sus enfermedades derivadas. Todo esto es lo que el mundo de la medicina debería estar gritando a voces y no abogar por el silencio, que es el peor aliado de la alarma social.
Lo que no tiene nada que ver con la salud pública es que los gobiernos, las farmacéuticas y otros grupos de poder aboguen por la cronificación de circunstancias colaterales que les favorecen, como son el negocio de las vacunas, el miedo social, el paternalismo de estado, la manipulación mediática, la restricción de libertades o las cortinas de humo, algo a lo que debemos ponerle fin YA (a menos que se saquen de algún laboratorio otro virus, que todo es posible...).


Y con esto y un bizcocho, la pandemia ha terminado para mí. Creo que ya está bien. Debo pasar página y vivir como me apetezca. La vida siempre es arriesgada, con COVID-19 o sin él, pero nunca debe ser inapetente o aterradora. Ustedes verán lo que hacen. Por el momento, yo tengo la firme intención de no hablar más de este bicho ni de sus cuitas. ¡Un abrazo!

miércoles, 5 de enero de 2022

Convivir con el virus


Queridos Reyes Magos:

Después de siete días encerrado, me he decidido a escribiros para pediros un poco de ayuda con la que poner algo de cordura a esta pandemia que se nos está yendo de las manos.
No sé qué pensaréis vosotros, pero yo tengo muy claro que el virus ha venido para quedarse y que, o aprendemos a convivir con él, o nos vamos a ver muy mal. Es incomprensible que teniendo en cuenta la sintomatología de la nueva variante del virus (un regalo de la naturaleza), la gente haya preferido quedarse encerrada en su casa aludiendo ingentes cantidades de miedo navideño o se pase el día haciendo cola en el centro de salud para colapsar el sistema sanitario a base de enfermos asintomáticos. Ni en los peores momentos de la pandemia había visto tanta incongruencia.


Gente que ha hecho caso omiso de todas las recomendaciones desde que empezó la pandemia, está completamente anulada, noqueada. ¿Cómo es posible? Empezamos a barajar irnos de vacaciones o no por miedo a las restricciones. Dudamos sobre contratar personal asistencial en nuestros hogares. Necesitamos hacernos 2 test de antígenos al cabo del día. Nos planteamos celebrar reuniones con nuestras familias y amigos porque alguno de ellos ha estado en contacto con el virus. Y para colmo, cuando dices que eres positivo, la gente te trata como si tuvieras una enfermedad terminal. En fin… yo sólo os pido un poco de sentido común.


Supongo que habréis visto lo mal que está la democracia por toda Europa (mira que V de Alan Moore nos venía avisando desde hace décadas, pero nada… no hay manera). Sinceramente, lo que más me preocupa, es que se utilice el cariz sanitario de todo esto para dar rienda suelta a un descontrol como el que padecemos.
Por todo ello, me gustaría que trajeseis mucha valentía a médicos, enfermeros y auxiliares para que comiencen a lanzar mensajes de tranquilidad y sembrar una convivencia armónica con el virus. Que se dejen de tanta EPI y protocolo, que atiendan con normalidad a los pacientes, que no descuiden intervenciones quirúrgicas u otras patologías, que manden a los hipocondriacos y absurdos a su p*** casa, que no permitan que se degrade su imagen en los medios de comunicación (¿os acordáis de que los tacharon de irresponsables por celebrar la Navidad con sus compañeros?) y, sobre todo, que no permitan que los políticos utilicen la sanidad para sus fines y la dirijan al precipicio. Son los únicos que pueden cambiar esa atmósfera terrorífica y asfixiante que se está apoderando de nosotros.


Y si no podéis hacerlo por arte de magia (cada vez hace falta más) a ver si podéis dejar caer en sus calcetines un librito de Sophie Gilmore que lleva por título Pequeña Doctora y la bestia sin miedo y que acaba de publicar la editorial Galimatazo. Es un librito agradable, que habla sobre el empeño de una médico por curar a un gran cocodrilo que se resiste a cualquier tipo de examen o tratamiento. Al final, el empeño y la perseverancia tendrán su recompensa y logrará “curar” su dolencia.
Tranquilo y desde la dulzura de unas ilustraciones con bonitas composiciones, contemplamos el triunfo de la pequeña sanitaria, un ejemplo a seguir para todos aquellos que son llamados por la vocación médica.
¡Ah! Y si pasáis por casa de la traductora, preguntadle por qué se ha empeñado en usar “doctora” con lo bonita que es la palabra “médico”.


Y poco más… Espero que la noche os sea liviana. Un abrazo,

Román

P.D.: Este año, en vez de anís, os he dejado un orujo de fresas bien rico que hice la primavera pasada para que os salga la alegría por las orejas.
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