viernes, 25 de septiembre de 2026

Recuerdos y cicatrices


Este verano ha estado lleno de los percances. Si no ha sido una cosa, ha sido otra. Montones de retrasos en los aeropuertos, coches de alquiler ininteligibles, curvas y niebla, mala señalización, cartas de despedida, ingresos hospitalarios y algún mal golpe… Menos mal que nada ha trascendido.


Si acaso, puedo hablar de una cicatriz de siete centímetros que adorna mi cabeza desde hace unas semanas. Es lo que tienen los festivales de música. Que con tanto entusiasmo, uno no calibra adecuadamente y acaba endiñándose con el canto de la puerta en mitad de la testa. Heridas de guerra las llaman. Por lo menos, ayuda el contexto. El recuerdo imborrable de un momento casi agradable.


Siendo sincero, prefiero las cicatrices a los tatuajes. Prefiero que sea la propia naturaleza la que decida las marcas que tachonan la piel. Esas formas indelebles que siguen un dibujo aleatorio. Vestigios de todo tipo que dan buena muestra de nuestra existencia.


No hay otra razón para que hayan sido incluidas en este poemario que sirve a modo de pequeño artefacto contra el olvido, el peor de los castigos para eso que llamamos infancia. El lugar desde el que nos escriben. Y también leemos. 
Libros, relojes, piedras o fotografías se reúnen en esta caja de recuerdos para traer a la memoria esos instantes que se borran con el paso de los años. Un pequeño catálogo de objetos que recuperan y dibujan ese camino que nos lleva de vuelta a lo que un día fuimos, a lo que somos y seremos. 

Caricia suave, y amorosa,
volcán de mí, lago de mí,
río y mapa de mi vida:
recorro suavemente su forma de animalito,
su forma de continente celular.

Acaricio la cicatriz.
Mi piel y la imaginación
han salido a bailar juntas.

El camino ha sabido
hacer del dolor belleza.
La herida toma sentido:
mis rodillas son la memoria de los juegos;
mis manos, cómplices de sueños,
han visto derrumbarse a más de un castillo
y ahora tengo más líneas en las palmas.

Con orgullo enseño la cicatriz aquella
en la que, luego de llorar,
nació una historia,
y ahora una sonrisa.

Volcán de mí, lago de mí,
río y mapa de mi vida:
acaricio la cicatriz,
mi piel y la imaginación
han salido a bailar juntas.
también soy yo
este curioso inventario de caídas.

Julio Serrano Echeverría.
La cicatriz.
En: Máquinas para no perder la memoria.
Ilustraciones de Flavio Morais.
2026. Barcelona: A buen paso.

jueves, 24 de septiembre de 2026

Magia potagia


De entre todas las artes escénicas, el ilusionismo es mi favorita. Teatro, música, danza… Nada me gusta más que un buen espectáculo de magia. Principiantes o profesionales. Da igual, siempre me dejan boquiabierto. Y no es que sea muy devoto, pues es difícil toparse con alguna función. Antes era bastante común encontrarlos en los programas de variedades en la televisión, pero últimamente, imposible. Para variar…
Recuerdo una vez que, en mitad de un viaje escolar a Italia, un alumno aficionado al ilusionismo se arrancó sobre el escenario y organizó tal tumulto, que hasta los jubilados le pedían autógrafos. Todos embobados con la cháchara, la gracia y el arte que se gastaba. Nunca me lo hubiera imaginado. Muy calladito, en clase pasaba desapercibido y luego ¡mago!


Sin lugar a dudas, mi favorito era el recientemente fallecido Juan Tamariz. Con una maña perfecta, esa cara de chiste y su verborrea nos embelesaba y hacía reír a partes iguales. Según los entendidos hacía fácil lo difícil. Cosa que no me extraña teniendo en cuenta que estudió física y dirección de cine aunque eligiera la prestidigitación como forma de vida. Se le consideró uno de los mejores magos del planeta, hecho que avaló el primer premio obtenido en la categoría de cartomagia en el concurso mundial de 1973. Genio y figura hasta la sepultura.
A todos aquellos que menosprecien esta disciplina, les diré que la CIA contrató a magos como John Mulholland durante la Guerra Fría para enseñar a sus agentes técnicas secretas de engaño, despiste y manipulación de la percepción. El objetivo era introducir venenos en la copa de otros espías o intercambiar objetos sin que nadie se diese cuenta. Precisamente, en la biblioteca de los servicios secretos estadounidenses se halla una copia de La vía mágica de Tamariz, un libro donde incluyó su método de las pistas falsas, uno de los pilares de la psicología del espectador.


Numismagia, mentalismo, micromagia o escapismo. Decidan qué tipo de magia les gusta más. Mientras tanto, yo voy a recrearme con El mago de Joaquín Camp. Publicado por la editorial Apila, este álbum nos cuenta la historia de Nicolás, un pequeño mago que, definiéndose como el nuevo Houdini, nos deleita con una noche de magia al más alto nivel. Y como cabría esperar, este principiante se hace un lío con los hechizos y lía la de San Quintín. Un gato gigante, la casa que parece una selva o sus familiares convertidos en ratones. ¿Conseguirá poner remedio al entuerto?


Con mucho humor, el autor retoma el argumento de El aprendiz de brujo y lo contextualiza en un mundo actual. Combinando imaginación, humor y momentos cotidianos, nos presenta una historia llena de sorpresas y conflictos familiares que, además de sacarnos una sonrisa, nos invita a reflexionar sobre la importancia de nuestras acciones, sus consecuencias y el modo en que enfrentamos los problemas.


Elaborada enteramente con trazos a tinta y rotuladores de colores, esta pequeña comedia de situación, se construye sobre diferentes recursos narrativos. Podemos apuntar al uso de los diagramas y cortes transversales (¿Ese edificio no les recuerda al 13, Rue del Percebe?), los conjuros en latín a modo de retahíla, el juego de páginas para imprimir misterio y efectismo, una secuencia de imágenes mudas que invita a la creatividad y una sorpresa final que seguro que arranca carcajadas. Todo ello incluido en una historia para irse a la cama, que bien pensado, después de tantas emociones, es lo mejor que podemos hacer Nicolás y nosotros.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Magia o combustible vital


Los excesos veraniegos hacen estragos. No solo en el abdomen (ya saben cómo se las gasta la cerveza), sino también en la cabeza. Es tal la desconexión que sufren las neuronas, que para algunos (véase mi caso), septiembre es peor que enero (bolsillos y memoria siguen en barbecho). Por eso, no viene mal comenzar el curso con alguna lectura inspiradora. De esas que nos sirvan de calentamiento intelectual.
Queridos monstruos, háganme caso y, al igual que se machacan en el gimnasio desde hace un par de semanas, acudan a su librería más cercana y háganse con un Apuntes sobre una enciclopedia mágica, un libro de María José Ferrada que ha publicado en nuestro país Los tres editores. Totalmente necesario.
Si me preguntan de qué trata, les diría que el propio título lo resume todo. En primer lugar, tenemos la palabra “apuntes”, es decir, un buen manojo de notas, pensamientos y sensaciones de la propia autora. En segundo término, aparece el sustantivo “enciclopedia”, quizá el que más despiste. Si bien es cierto que mucha gente esperaría una obra de consulta con una estructura formal y objetiva, este se refiere más bien a presentar esa realidad de Ferrada desde un sentido lógico y ordenado sobre una línea temporal muy personal. No obstante, para eso aparece el tercer vocablo, el adjetivo “mágica”, uno que, por sí mismo, imprime mucho misterio a este casi ensayo en el que lo tangible habita lo fantástico y viceversa. Algo que ella define como “una habitación elástica que admite distintas combinaciones”.
Así, la chilena mezcla ficción, ensayo y poesía para darle forma a este librito (apenas 140 páginas) difícilmente clasificable en el que elabora una alabanza muy juguetona a la infancia (la suya y la de todos) y un poder, casi sobrenatural, que trasciende el tiempo.
Echando mano de las percepciones e ideas que muchos autores como Walter Benjamin, Esopo, Sylvia Plath, Wisława Szymborska, Maurice Sendak, Toon Tellegen, Arnold Lobel, Gabriela Mistral o Beatrix Potter tuvieron sobre la niñez, Ferrada señala las sinergias que conectan el universo real con el literario, como por ejemplo el caso de Peter Rabbit y Max, de Max y Peter Rabbit. ¿Acaso sus respectivas historias no pertenecen a esa patria compartida que es la infancia? Probablemente ese sea el motivo por el que los libros infantiles son capaces de acompañarnos durante toda la vida.
Del mismo modo, sus páginas ahondan en lo que sucede cuando crecemos. Como Peter Pan, James Matthew Barrie y la propia María José Ferrada, la mayoría nos acercamos a ese territorio que todos hemos habitado y al que, de manera testimonial y gracias a algún dios, regresamos momentáneamente por culpa de asociaciones inesperadas que desembocan en lo extraordinario. Porque de lo contrario, cesaríamos de dar palmas y las hadas dejarían de existir.
Los cuentos, la noche, el bosque, la plastilina, el cine o las marionetas. Esa es la magia de los símbolos que se articulan para crear recuerdos. Y de paso, una nueva forma para comunicarse: el idioma de las cosas. Una lente para entender el mundo desde el ayer, un puente que se tiende entre las generaciones que moran en un mismo individuo.
Llena de curiosidad, la mirada de Ferrada nos invita a indagar en nuestro viaje personal desde una perspectiva, tanto colectiva, como individual. Nos interpela pero se deja de sermones, de respuestas rotundas. Brinda un espacio en el que el lector reflexiona y construye su habitación propia, una enciclopedia personal basada en el asombro y la rebeldía, auténticos pilares de la sabiduría más primigenia que nos abre las puertas de la existencia.
Salvaje, sensible, humano, visual, reflexivo, cercano y misterioso. En definitiva, una suerte de diálogo que sirve a esa “teoría de la infancia” inventada por ella misma. Un libro que parece convertirse en advertencia, mueca, suspiro o caricia.

lunes, 21 de septiembre de 2026

Unas vacaciones idílicas


21 de septiembre. Ni rastro de las vacaciones. Unas que se fueron por donde vinieron, pero nos dejaron todo tipo de recuerdos. Buenos, malos y regulares. Así se las gasta el verano, esa época del año en la que los cuerpos se dejan llevar por playas, montañas, ciudades hermosas, pueblos pintorescos, verbenas y hoteles de medio pelo. Otros optan por quedarse en casa para limpiar, leer, dibujar o hacer conserva de tomate. Todo suma mientras hagamos lo que nos apetezca con tal de alejar las neuronas de las obligaciones.
Sin ahondar en los detalles (podría estar relatándoles mis peripecias estivales durante horas), les comunico que he sacado bastante tiempo para leer alguna que otra novela (¡Que uno también necesita alejarse del álbum!), por lo que he creído menester empezar este nuevo curso destripando la que más me ha gustado.
Y es que Vacaciones en Saltkrakan, el clásico de Astrid Lindgren que recuperó el año pasado la editorial Kókinos, no es para menos. En este libro, la madre de Pippi Calzaslargas, nos cuenta la historia de los Melkersson, una familia que decide pasar el verano en una pequeña isla. Así, Melker, un hombre viudo con aspiraciones literarias, alquila la vieja casa del carpintero y viaja hasta allí con sus cuatro hijos: Malin, una joven de diecinueve años, Johan y Niklas, una pareja de chavales de lo más travieso, y el pequeño Pelle, un niño ingenioso, inocente y sensible. Tras una llegada a Saltkrakan un tanto accidentada, los Melkersson comienzan a relacionarse con el resto de habitantes de la isla y vivirán un sinfín de aventuras.
Aunque toda la acción transcurre en una pequeña isla aparentemente aburrida, Saltkråkan se convierte en un escenario luminoso y lleno de posibilidades gracias a cuatro elementos que reverberan una y otra vez: el concepto de isla, la omnipresente naturaleza, una vida cotidiana llena de actividad y esa infancia redimensionada por la que la autora sueca abogó en todas sus obras.
Aunque la isla puede parecer un escenario como cualquier otro, lo cierto es que realiza una función muy interesante: definir un universo cercado por las olas. Ese es el espacio limitado que no solo aísla a los personajes para explorar dinámicas sociales, psicológicas y simbólicas de forma concentrada (en Saltkrakan todos se encuentran y nadie se aburre), sino que también se llena de misterio (¿Cómo será vivir en una isla tan pequeña?). Incluso puede ser un lugar lejano en el que establecer un nuevo punto de partida (N.B.: Fíjense en Melker, un viudo que sigue lidiando con el duelo, sus cuatro hijos y esos intentos por dedicarse a la escritura).
A esto le sigue lo salvaje. Bosques, playas, conejos, avispas y focas conviven con los seres humanos. El edén, el paraíso perdido, esa tierra prometida en la que vivir en libertad y ser feliz representa un mundo alejado de las prisas, las obligaciones y las convenciones sociales de la vida urbana. Los personajes se dejan llevar y pueden relacionarse con su entorno de una manera más espontánea.
Vacaciones en Saltkrakan también propone una reflexión profunda sobre la manera en que los seres humanos construimos vínculos. En la isla, los conflictos cotidianos adquieren una dimensión especial. Primero de todo, la familia, núcleo de las actividades infantiles. La tribu reprende, comprende y abraza. En las familias dibujadas por Lindgren caben el humor, la ofensa, la ternura y, sobre todo, la imperfección. Realismo frente a buenismo. Humanidad frente a superficialidad (Recuerden de nuevo al progenitor de los Melkersson: torpe, despistado, temperamental, derrotista, inseguro y amoroso). En segundo término, está la sociedad, unos vecinos muy variopintos que desbordan el microcosmos familiar y lo intervienen con pinceladas de muy diversas tonalidades.
Como en la mayoría de sus obras, la representación de la infancia es la verdadera protagonista. Los niños dejan de ser personajes secundarios en el seno familiar, se desarrollan de manera independiente, se enfrentan a los problemas, toman sus propias decisiones y se rebelan a las normas. La autora se deja de idealizaciones y los reta. Situaciones extremas como perderse entre la niebla, la muerte de una mascota o el capitalismo sin freno. Exploran, discuten y desafían las limitaciones de la mirada adulta desde su propio sistema de principios. El máximo exponente de todo esto es Tjorven, una niña que brilla entre todos los demás gracias a su espontaneidad, inocencia y capacidad crítica.
Padres, abuelos, niños y jóvenes articulan una novela coral en la que todas las perspectivas confluyen y conviven de manera equilibrada. Un ecosistema humano la mar de enriquecido donde caben multitud de emociones, pensamientos y discursos. Ninguno prima sobre los demás pues todos sirven a un mismo propósito: reflejarse ante los lectores de cualquier edad.
Gracias a una prosa sencilla y cercana, unos diálogos llenos de credibilidad y personajes muy bien construidos, engancha a cualquiera. Canciones, un diario adolescente, dos veranos y la Navidad. Todo es irresistible. Si bien es cierto que hay elementos que a muchos les pueden parecer un tanto anacrónicos, sobre todo en la figura de Malin, esa chica volcada en las tareas domésticas cuya máxima aspiración es la de conseguir una pareja, el discurso de esta novela sigue vigente 62 años después de haberse publicado.
Para terminar, decirles que después de leerlo me han venido a la cabeza otros dos libros: El Robinson suizo (o La familia Robinson suiza), un libro de Johann Rudolf Wyss publicado en 1812 que muchos recordarán por una película de Disney de los sesenta y El libro del verano, otra maravilla de Tove Jansson que destriparé dentro de poco para celebrar su adaptación cinematográfica. Les invito a encontrar las similitudes con el que hoy nos ocupa. Ya tienen deberes para las próximas semanas. ¡Feliz curso 2026-2027!


martes, 30 de junio de 2026

Punto y seguido


Se termina otra temporada en la que los libros han sido los protagonistas de este espacio que construyo desde hace más de dieciocho años. No sé si toca hacer balance, pues ando hasta las narices de tanto análisis de resultados. Me conformo con que hayan disfrutado de mis reseñas durante estos nueve meses, que hayan descubierto nuevos y buenos libros con los que agasajar a los monstruos y que las ganas de seguir por estos lares continúen tras el descanso estival.
Detrás de ese resultado final que es un blog o una cuenta de Instagram, hay muchas horas de trabajo. No se imaginan cuantas. Cribando títulos, leyéndolos, valorándolos, contextualizándolos, diseccionándolos... Todo para atrapar su mirada. Sinceramente, no sé cómo lo sigo haciendo de manera tan altruista y con tanto brío y persistencia. ¡Mira que hace un par de años me prometí bajar el ritmo de publicaciones…! Pero nada, no hay manera. En cuanto doy con un libro que me gusta, no puedo evitar compartirlo con ustedes.
No les voy a negar que estoy cansado, pero no tanto como para abandonar este cuaderno de bitácora a su suerte. No dudo que tendré que planteármelo, sobre todo teniendo en cuenta que los blogs hace mucho que se quedaron obsoletos para las miradas más contemporáneas, esas que tanto gustan de formatos visuales tan aptos para el consumo rápido. Pero no, por el momento, voy a disfrutar de julio, agosto y parte de septiembre y ya veremos cómo se presenta el 2026-2027.


No quería irme sin compartirles un último libro que creo que viene al pelo para la ocasión. Y es que La historia continuará, un álbum de Sunjung Suh publicado recientemente por Océano Travesía se adentra en esos universos que solo los libros son capaces de crear. Con una perspectiva muy onírica, nos cuenta la historia de un libro que descansa en la estantería, uno cualquiera de todos los que caben en ella. Invita a la niña. Ábreme, le dice. Ella lo hace y su mundo empieza a crecer. Los volúmenes se confunden con los edificios, la yerba crece sobre sus páginas y se organiza una gran fiesta a la que se unen más lectores. De repente, se desata una tormenta, un río que hay que cruzar o una encrucijada llena de escaleras. Caminar, jugar y disfrutar. Todo es posible con un libro.
Con ese lenguaje visual que fue reconocido en la feria internacional de Bolonia en 2022 gracias a Un día, la autora coreana se recrea en un estilo inconfundible que llena de imaginación los momentos cotidianos. Cruzar un paso de cebra o leer un libro, puede ser una experiencia la mar de excitante. Utilizar lo fantástico para ensalzar el acto de la lectura siempre se agradece, más todavía en este momento tan difícil que vivimos.
Guardas peritextuales, filigranas por todos lados, recursos visuales que ayudan a seguir la línea narrativa (no pierdan de vista a esos pececillos o los tentáculos del pulpo), el libro dentro del libro, cambios en la paleta de color que rompen el marco de lectura, metáforas, alegorías y diferentes tipos de plano. Todo se articula divinamente en este alegato con un título muy sugerente (¡Que nunca se pierda la lectura! ¡Sigamos formando lectores!) que ya he incluido en esta selección.
Lo dicho: ¡Disfruten del verano con muchas lecturas! ¡Nos vemos a la vuelta!

lunes, 29 de junio de 2026

Compañeros de viaje muy especiales


Las vacaciones están a la vuelta de la esquina y hay que ir pensando en planes que llenen las semanas venideras. Como un servidor está harto de sudar, últimamente abandono estas latitudes y me decanto por viajar. Destinos turísticos que se alejen de esas olas de calor que asolan el sudeste peninsular, rutas a orillas del Atlántico (¡Que al Lorenzo no le dé por aquella zona!) o vete-tú-a-saber-dónde, pero el caso es moverse.
Si bien es cierto que hay que meditar el lugar donde invertir el tiempo y el dinero, también hay que tener en cuenta otra cuestión sumamente importante: con quién lo hacemos. Y es que, con el paso de los años, uno se da cuenta de que los compañeros de viaje hay que elegirlos con mucha precisión, pues un pequeño conflicto puede echarte a perder todo lo que has preparado con tanta ilusión.


Que se adapten a la gastronomía del lugar, que colaboren en las pequeñas tareas, que no necesiten una siesta cada cuatro horas, que se presten a conocer nuevas culturas, que no se dejen llevar por el capricho constante, que no exijan más allá de lo que ellos pueden ofrecer, que disfruten de la experiencia y no se pasen las horas retransmitiéndola en las redes sociales, que comuniquen sus preferencias, que les guste la parranda tanto como el sosiego, que gusten de lo urbano y lo rural… ¡Es tan difícil que la gente vibre en mi misma sintonía!
Pero tranquilos, si terminan como el rosario de la aurora con su familia o sus amigos de toda la vida, esbocen una sonrisa y déjense llevar. Dedíquense a lo positivo y aparquen lo negativo, a veces trae cuenta volver a casa con un recuerdo amable que con un sabor agridulce. Eso sí, tomen nota: una y no más. O en su defecto, toca replantearse quién es adecuado para cada plan.


Esa es la línea sobre la que nos invita a reflexionar Gusti en su Es muy fácil viajar con un oso, que acaba de publicar Océano Travesía. El autor argentino afincado en Barcelona nos acerca la historia de un oso que se pira de vacaciones con la familia. ¿Se lo imaginan? Ya se lo cuento yo: el plantígrado es más cansino que mi sobrino. Siempre tiene hambre, siempre quiere ir al baño o siempre está impaciente por llegar. No entiende nada de lo que le dicen los trabajadores del aeropuerto, le encanta jugar con las cintas mecánicas o divertirse con los críos. Entonces ¿viajar con un oso es como viajar con un niño?


Con mucho humor y sumergiéndonos en una historia bastante desconcertante, Gusti desarrolla un discurso complejo que aboga por ese surrealismo que tanto agradecen los monstruos al tiempo que nos plantea una situación que para muchos puede resultar compleja: ¿somos capaces de aceptar los comportamientos ajenos en ciertas circunstancias? Aeropuertos y aviones son lugares con reglas muy marcadas que chocan de frente con algunas naturalezas. Quizá pueden ser incómodas, pero no nos queda otra que convivir con ellas y aceptarlas.
Un álbum lleno de viñetas y bocadillos, secuencias, disyunciones, infografías aeroportuarias, composiciones estudiadas (la escena de la cola interminable es maravillosa) y una óptica muy cinematográfica para sumergirnos en la realidad de muchas familias que viajan con niños con discapacidad y entenderla desde un prisma tan cercano como simpático.

viernes, 26 de junio de 2026

Gente menuda


El Alfon siempre dice que, a la hora de ligar, los hombres altos siempre juegan con ventaja porque destacan entre la muchedumbre. Son más llamativos y los posibles pretendientes se fijan más en ellos. Sin embargo, los bajitos, lo tienen más difícil. Quizá esa sea la razón por la que desarrollan estrategias que les permiten hacerse patentes en sociedades donde el físico dice tanto.
Marcado sentido del humor, seguridad mental, inteligencia emocional, maneras elegantes o personalidad arrolladora. No es de extrañar que las personas de escasa estatura se las ingenien para salir a flote, sobre todo desde el lado intelectual.
Y si no me creen, piensen en Napoleón Bonaparte, Edith Piaf, Mozart, la Reina Victoria, Gandhi, Truman Capote o Frida Kahlo. Hay todo un elenco de personajes que han hecho historia a pesar de no levantar un palmo del suelo. Una realidad nada desdeñable que da buena cuenta de qué sale ganando en esa ecuación compleja donde coexisten el ser y el parecer.


Por eso hoy les acerco la gesta de un personaje pequeñito, pero matón (que eso de lanzarse al mar en una cáscara de nuez para dar con la famosa ballena tiene mucha enjundia). Una historia inventada por Julian Tuwim, autor de poesía infantil polaca que, recordando a la Pulgarcita de Andersen o el Juanito Diminuto de Wilhelm Busch, nos invita a sonreír con esta epopeya tan contemporánea como surrealista que ha inspirado a muchas generaciones de críos e incluso se ha llevado al cine de animación.
Y recuerden: los buenos perfumes se venden en frascos pequeños (y el veneno, también).

Don Diminútez, minúsculo
como un granito de avena,
lo ha conocido y lo ha visto
todo, salvo una ballena.

Y siendo un hombre pequeño,
el más pequeño que ha habido,
es además muy curioso,
viajero y muy atrevido.

Don Diminútez, por tanto,
no está tranquilo y se apena
por no haber visto en la vida
a la grandiosa ballena.

“Si el bicho vive en el agua”,
piensa por fin de una vez,
“construyo un bote, y el casco
lo hago vaciando una nuez”.

Con algodones por dentro
le hace mullida la panza;
para sacar cuatro remos
un solo fósforo alcanza.

Reúne víveres, tienda,
saco, barril de jerez,
bicicleta y herramientas;
todo lo lleva a la nuez.

También gramófono, radio,
cañón, fusil, munición,
botas, abrigo y dos mudas:
todo que va al cascarón.

Julian Tuwim.
Don Diminutez y la ballena.
Ilustraciones de Bohdan Butenko.
Versión y traducción de José Mateo Puig y Xènia Dyakonova.
Edición bilingüe.
2026. Barcelona: Vacamú.


lunes, 22 de junio de 2026

Caos monumental


El precio de la vivienda por las nubes. El ferrocarril, una calamidad. La cesta de la compra cada día es más cara. Los autónomos bajo mínimos. Los desastres naturales minando toda nuestra geografía. La familia se desmorona como pilar fundamental de la sociedad. La sanidad pública para echarse a llorar. El sistema ¿educativo? por el mismo camino. La migración todo un descontrol. La corrupción rozando cotas insospechadas. La hucha de las pensiones temblando… Quien no vea que nuestro país está con las patas vueltas debería acudir a una óptica.


Y no es que yo sea una lumbrera, pero, como mucha otra gente, empiezo a darme cuenta de que nada funciona como debiera. ¿Tendrán algo que ver nuestros políticos, los tiempos que corren o los suplementos alimenticios? Si la culpa no es de ninguno, siempre nos quedará el chachachá… Ahora bien ¿hay solución a semejante hecatombe?
Esperemos que entre los posibles remedios no se contemplen las bombas, que ya tenemos bastante lío como para meternos en una guerra. Que nos ponemos muy intensitos y acabamos como el rosario de la aurora. Yo soy más partidario de los cambios estructurales, leyes que se adecúen a la realidad, una buena gestión de los recursos y gobiernos que sirvan a los ciudadanos en vez de a las multinacionales.


En el peor de los casos, siempre podemos optar por darle un buen meneo al sistema y esperar que el azar lo ponga todo en su sitio de manera inofensiva, una idea que vertebra el libro de hoy. Con el título de Patas arriba (editorial Kalandraka), Anne Derenne desarrolla una historia en mitad de la sabana africana donde conviven un buen puñado de animales. Gacelas, cebras, leones, rinocerontes y jirafas. Cada uno ocupa su lugar. Solo falta el elefante. Con mucho entusiasmo llega corriendo, pero ¡oh, no! Pisotea con tanta fuerza que mueve a todos de sitio. ¡No te preocupes, querido lector! Todo tiene arreglo. Solo hay que sacudir el libro y ver qué sucede en las siguientes páginas.


Con mucho humor blanco, la autora francesa afincada en España nos regala un álbum interactivo que construye un discurso con cierta enjundia desde un argumento aparentemente sencillo. Y es que pasar del caos al orden gracias a la inocencia infantil y unos cuantos meneos tiene demasiada magia a ojos de quien sea.


Sorprendente, hiperbólico y surrealista, es un librito que se puede estirar como un chicle buscando todos los detalles que ofrece. Escenarios, ubicaciones o patrones de color sirven como enlace visual entre lo real y lo ficcional (¡Sí, también tiene cierta vis informativa!). Y no se olviden de la guarda trasera y ese personaje que, lanzado al blanco movedizo, nos invita al ecologismo. Resumiendo: jueguen y disfruten.

viernes, 19 de junio de 2026

El idioma de los pájaros


No sé si alguna vez estaban dando un paseo en mitad del campo y se han parado a escuchar a su alrededor. Aunque al principio parece silencioso, poco a poco, nuestros tímpanos comienzan a vibrar gracias a toda una sinfonía de sonidos. La ardilla corretea, crepita la hojarasca, los insectos zumba que te zumba, cae un fruto maduro, lagartos reptando… Lo que parecía inaudible comienza a tomar forma y empezamos a construir un paisaje sonoro que nos acompaña a lo largo del camino.


De entre todo lo que escuchamos destaca la presencia de las aves. Aleteos que nos hablan de tropiezos, vuelos compartidos y líneas defensivas, la prole que exige alimento, ese macho pavoneándose, aquella parejita haciéndose arrumacos. ¡Cómo me gustan los pájaros! No entiendo cómo hay gente que les tenga verdadero pánico a estos parientes lejanos. A caballo entre reptiles y mamíferos, nuestros vecinos emplumados nos hablan. ¡Triste del que no los oiga!

Hola, hola. Aquí Radio Pájaro, señoras y señores:
transmitimos desde un bosque del País Alado.
permanezcan a la escucha de sus receptores,
porque el Gran Congreso de las Aves ya ha empezado.
Primer punto a debate: ¿qué chirría
entre la yerba al despuntar el día?
Segundo: el eco siempre está escondido,
¿en qué parte del bosque tiene el nido?
Tercero: ¿a quién le toca ir el primero
al baño de rocío mañanero?
Cuarto, veamos: ¿cómo, si se sabe,
se sabe quién es ave y quién no es ave?

Y hasta el décimo, amados radioyentes,
piarán, graznarán, crotorarán,
silbarán y castañetearán
los pájaros siguientes:

ruiseñor, gorrión, gallina, mirlo, cuco,
pico picapinos, pato, abejaruco,
oropéndola, avutarda, cuervo, urraca,
golondrina, gavilán, halcón, carraca,
codorniz, cigüeña, cárabo, herrerillo,
tórtola, perdiz, alondra, verdecillo,
arrendajo, chotacabras, canastera
y, si es pájaro, cualquiera.

[…]

Julian Tuwim.
Radio Pájaro.
En: La locomotora y otros poemas divertidos.
Ilustraciones de Lewitt-Him.
Versión y traducción de Xènia Dyakonova y José Mateo Puig.
2025. Barcelona: Vacamú.


lunes, 15 de junio de 2026

Sobre el futuro


El futuro. Ese lugar incierto. Si hay gente a la que le encanta vivir en el pasado, también la hay obsesionada con el porvenir (¡Qué palabra compuesta tan bonita!). Tanto es así que son un verdadero filón para adivinos y videntes, todo un clásico en esto de vaticinar lo que acontecerá y lucrarse a manos llenas. Cartas, dados, posos de café, entrañas… Hay un sinfín de técnicas que ¿permiten? conocer lo que pasará en unos años.
Yo soy de los que se quedan en el presente porque, a menos que sepas la combinación ganadora de la primitiva o los vaivenes de la bolsa, la mayor parte de las veces es mejor quedarse en el aquí y el ahora. Divorcios, enfermedades, accidentes, guerras o catástrofes naturales. El mañana no debe ser una obsesión. Más nos vale disfrutar de las mieles actuales que preocuparnos por lo que vendrá. Ya habrá tiempo. Y si no lo hay, pues que me quiten lo bailao.


No sé ustedes, pero a veces, el futuro asusta. Comida con forma de cápsula (Si creen que no, fíjense en todo esos suplementos que se toman algunos a diario), robots humanoides (¿Y si llevara razón Isaac Asimov?), vehículos autónomos (Imagínense que cortocircuitan y aceleran en vez de frenar) o armamento letal (Adiós, querida humanidad) me ponen los pelos de punta.
Aunque mejor no nos pongamos agoreros y pensemos en avances que nos pueden facilitar mucho la vida, como nuevos medicamentos que permitan sobrevivir a enfermedades raras o incurables, nuevas máquinas que nos ayuden en diferentes tareas del hogar (¡Me pirro por una que limpie el polvo de los libros!) o teletransportarse a cualquier parte del planeta (Cuanto menos jet-lag, mejor).
Por cierto, ¿saben que hay un Día Mundial de los Futuros? Creo que se celebra en diciembre y lo más curioso es su nombre, ya que los nombra en plural, pues ya saben que hay muchas posibilidades ulteriores y todas caben en este mundo incierto.


De todo esto y mucho más nos habla el último libro de Shinsuke Yoshitake publicado en España gracias a la editorial Pastel de Luna. Tantos futuros como puedas imaginar (el título ya nos lo deja más o menos claro) nos cuenta la historia de una chiquilla que pasa la tarde encerrada en casa por culpa de la lluvia. Su hermano llega del colegio empapado y, ni corto ni perezoso, le espeta que el futuro será terrible. Hambre, conflictos, plagas, alienígenas… Parece que todo va a ser una mierda cuando se hagan mayores. La cría, asustada por el pesimismo de su hermano, va en busca de su abuela y juntas le darán una vuelta de tuerca al concepto.


Como no podía ser de otra manera, el autor japonés sigue utilizando su humor surrealista para divertirnos al tiempo que nos interpela. Desde ese diálogo intergeneracional, el lector bucea en un sinfín de propuestas donde el tándem posibilidad-imposibilidad se ponen a bailar en pro de ese optimismo al que se aferra la infancia.
Al mismo tiempo, este álbum conceptual nos invita a ejercitar la inventiva, desafiar la lógica adulta y abogar por la subversión desde lo cotidiano. Futuros en los que se coman salchichas a diario, vayamos todo el día en pijama o en los que tu habitación carezca de gravedad son cuestiones en las que detenerse a pensar. Que podamos cumplir trescientos años o reencarnarnos en un osito de peluche. Todo esto unido al catálogo de huevos que incorpora (de-men-cial), hace reír a cualquiera.
Por último, un consejo: ustedes, como la protagonista de este libro, pueden fantasear lo que quieran, pero nunca olviden que, como cualquier otro tiempo, el futuro no se elige, se vive.

viernes, 12 de junio de 2026

El circo de las graduaciones


La tontería que hay en España no tiene parangón. Fíjense en las graduaciones. Preescolar, primaria, secundaria, bachillerato y universidad. No hay etapa educativa que no merezca una función de circo en el que los estudiantes se exhiban públicamente a instancia de la escuela, la familia y ellos mismos. Actos que se han convertido en una necesidad para que se luzca hasta la Intemerata utilizando como excusa unos logros académicos que dejan mucho que desear (Informe Pisa dixit).
Entonces ¿a qué viene tanta celebración? He aquí algunas razones… Porque una mitad son hijos únicos y la otra mitad son hijos abandonados. Para que sus padres no visiten tanto al psiquiatra. Para creer en esa ficción llamada educación. Porque es mejor invertir en egocentrismo y falsas expectativas que en tiempo de calidad. Para darle sentido a la figura del profesor una vez cada equis años. O porque los equipos directivos necesitan una pizca de triunfalismo con el que arropar sus labores.


Sí, quizá sea un mal de este tiempo en el que festejar se ha convertido en el santo y seña de las sociedades occidentales. Acciones inútiles y pueriles que dan buena cuenta de la estulticia que campa en la mayor parte de los hogares y que tanto nos lastran como comunidad.
Mientras tanto, otros, en vez de aplaudir, participamos de la diversión gratuita y nos mantenemos a la espera de una revelación mariana que traiga una pizca de cordura y ponga fin a tanta disidencia crítica. A veces, viene bien hacer caso omiso de las normas, prescindir de las convenciones y pasarlo bien. Como ejemplo, aquí tienen a Nico y Tito…

Fiesta grande,
fiesta alegre,
animada,
colorida,
con disfraces.
Y para los escolares,
libre entrada;
para los preescolares,
de eso nada.

Cuando en estas
se presentan
-¿no lo ves?-
en la puerta
Nico y Tito:
tiene el uno cuatro añitos;
pero, ¿el otro?, ¡es que ni tres!

Dice el uno: “Se lo pido…”.
Y el portero: “Nada, majos,
solo cuando hayáis crecido:
no se admiten pequeñajos”.

Nico y Tito ya se han ido
y al portero de la maza
llega un hombre distinguido
de larguísima barbaza.

“Vengo al baile. Oiga, ¿por donde
paso?: no se entiende nada…”
Y el portero le responde:
“Por aquí, señor, la entrada”.

Todo es fiesta y frenesí,
danza y salta todo el mundo;
pero el más fuera de sí,
el rarísimo barbudo.

Gira y gira en torno a él
un tropel alborotado,
se le acerca hasta un bedel,
ofreciéndole un helado.

Y la música se para,
y de golpe se oye un grito:
“¡Eh, mirad, mirad qué raro!:
¡tiene dos pares de manos!”.
Lentamente,
a poquito,
se declara
que son, claro,
¡cómo no!,
los hermanos
Nico y Tito.

Se acabó.

Daniil Jarms.
Un barbudo muy raro.
En: El circo Printiriprán.
Ilustraciones de Lluís Gay.
Versiones y traducción de José Mateo Puig y Xènia Dyakonova.
2026. Barcelona: Vacamú.


jueves, 11 de junio de 2026

Tres quirópteros muy simpáticos


Unos de los animales que más historias protagonizan en los libros infantiles son los murciélagos, algo que me resulta bastante curioso. ¿A qué se deberá? En mi opinión tiene que ver con tres características fundamentales.
En primer lugar hay que tener en cuenta que estos mamíferos son nocturnos. Como adoran la oscuridad y desarrollan la mayor parte de sus actividades tras la puesta de sol, generalmente se asocian con historias en las que brilla la luna, ululan los búhos y titilan las estrellas.
La segunda es que son de los pocos mamíferos capaces de volar. Mientras que conejos, caballos, erizos, perros y ardillas tienen un modus vivendi terrestre, los murciélagos son capaces de volar gracias a las membranas que conectan las largas falanges de sus dedos (de ahí viene el nombre científico de su familia: Chiroptera), así como la elevada densidad ósea de su esqueleto.
La tercera es la estrecha relación que estos animales guardan con Drácula, el personaje de la obra de Bram Stoker. Aunque este se basó en la hematofagia que presentan tres especies latinoamericanas de murciélagos, no es una característica definitoria en el resto de especies, pues se suelen alimentar de fruta e insectos en vez de la sangre de otros animales.


No obstante, me gustaría incluir otras peculiaridades de estos bichos, como que, por ejemplo que, representan casi una cuarta parte de todas las especies de mamíferos terrestres conocidas (alrededor de 1400), lo que quiere decir que es rara la zona del planeta en la que no existen estos seres vivos.
También hay que decir que realizan importantes labores ecológicas como la de controlar plagas (uno solo de estos bichos es capaz de engullir más de mil mosquitos en una hora), polinizar muchas plantas consumidas por el ser humano, como el ágave azul, el mango y el plátano, así como dispersar semillas.
Por último toca hablar de la ecolocalización superior, un mecanismo mediante el que los murciélagos pueden orientarse. Al igual que el sonar, emiten ultrasonidos (nosotros no podemos escucharlos) que rebotan en el entorno y regresan al murciélago en forma de eco. Es un sistema es tan preciso que pueden detectar un cabello humano en la más absoluta oscuridad. ¡Pero ojo! No crean que son ciegos, pues tienen una excelente visión adaptada a la oscuridad.


Y como no podía ser de otra manera, llegamos a un libro estupendo protagonizado por, no uno, sino tres de estos animales. Tres eran tres es un álbum de Pepe Maestro y Nerea Pérez que obtuvo el Premio Lazarillo en el año 2024 y que acaba de publicar Nórdica en su colección infantil.
Con una rima sencilla, los autores nos cuentan la historia de tres murciélagos, Abel, Noel y Manuel, que duermen plácidamente en la oscuridad, pero ¡ups!, alguien enciende la luz y les toca despertar muy asustados. ¿Quién ha sido? Pues ni más ni menos que tú, querido lector. Así que, te toca participar de este libro tan nocturno.


Con rima consonante y mucha simpatía, este libro se adentra en maravilloso mundo de la oscuridad gracias a un trío de personajes muy entrañables y montones de juegos visuales. Desde tapa y contratapa (abran el libro y fíjense en la imagen que forman juntas) hasta las velas de ese barco a la deriva o una luna dormida y sonriente, todos los elementos parecen estar perfectamente engranados para inspirar a los pequeños lectores con una propuesta para disfrutar en voz alta o en un momento de intimidad.
Gracias a esa voz cercana, un texto con aire de retahíla (¡El comienzo es delicioso!) y algún que otro ingrediente interactivo (apunten al espejo o a esa expresividad tan teatral de estos alados hermanos Marx), este libro no puede pasar desapercibido porque es una oda al entretenimiento más puro, que al fin y al cabo, es lo que tiene la buena literatura.

miércoles, 10 de junio de 2026

Desayuno: la comida más importante del día


Todos los nutricionistas lo dicen: el desayuno es la comida más importante del día. Da igual que hagas ayuno intermitente, que te hayas ido de parranda la noche anterior o que tu trabajo consista en mover el dedo gordo del pie: hay que desayunar en condiciones.
Si bien es cierto que mucha gente aduce que tiene cerrado el estómago tan temprano o que prefieren tomar algo muy ligero, lo cierto es que esta primera comida del día, activa el metabolismo, mejora la concentración, aumenta el rendimiento cognitivo y ayuda a regular el apetito a lo largo del día.


Ahora bien, ¿qué se considera un desayuno saludable? Para que el desayuno sea equilibrado debe combinar cuatro tipos de alimentos. El primero son los hidratos de carbono, preferiblemente complejos y que contengan fibra, como por ejemplo los cereales integrales o los frutos secos. En segundo lugar tenemos las proteínas que pueden estar en forma de huevos, carne magra (prescindan de embutidos y derivados), pescado (salmón o sardina ahumada son dos muy buenas opciones) o productos lácteos. Luego vienen las grasas saludables, como el aceite de oliva, las frutas oleaginosas como el aguacate y algunos frutos secos (Léanse las almendras. Así tenemos un dos por uno. Y si son cacahuetes, mejor todavía). Por último, toca añadir una dosis de vitaminas y minerales que suelen provenir de la fruta natural (otra fuente de fibra importante… ¡Destierren los zumos de su dieta!) que no contenga demasiados azúcares simples como la glucosa o la fructosa que favorecen los picos de insulina en la sangre.


Sabiendo todo esto, llegaría el momento de cotejar si su dieta matutina se adecúa a estos parámetros. Pero como eso le corresponde a cada uno (la alimentación es algo personal e intransferible), solo me resta decirles que la mía cumple todos los requisitos y, aunque pueda parecer un tedio prepararse unos huevos revueltos, un “porridge” o un pepito de ternera todas las mañanas, es un momento que disfruto plenamente, tanto cocinándolo, como degustándolo.


Algo parecido le pasa a la protagonista de Desayuno, un álbum de Micaela Chirif y Gabriel Alayza que ha sido publicado recientemente en nuestro país por Limonero. Y es que este libro de 44 páginas nos cuenta la historia de una señora de cierta edad que se dispone a comenzar la jornada. Todo ocurre en una cocina en la que van apareciendo diferentes personajes de la mitología marina. Un pulpo gigante, un tritón, una sirena o un pirata se acercan a saludarla y hacerle compañía. Pero algo sucederá cuando el tentempié matutino termine. ¿Qué será?


La estética de este libro es bastante cautivadora. Una mezcla entre cómic underground, surrealismo un tanto pop o los álbumes de mediados del XX. El caso es que bebe de todos ellos. Una paleta de colores brillantes donde el contraste crea los volúmenes, el marcado trazo de tinta china y los elementos descontextualizados que tanto utilizan autores como Sáez Castán o Anthony Browne, son algunas de sus bazas estéticas.
En segundo lugar hay que destacar la teatralidad del escenario. Esa cocina enmarcada donde sucede la primera parte de la acción. Una suerte de sitcom en la que el espectador puede recrearse en los detalles y personajes. Que aparece y desaparece (véase el baile con ese buzo misterioso) al tiempo que desdibuja la realidad de la imaginación, que separa esa parte cotidiana de la esfera hedonista, que intensifica la dualidad humana.


Un libro que nos cuenta mucho a través de los detalles. De esa mujer madura que parece vivir una segunda infancia ante la mirada un tanto perpleja del que puede ser su nieto. De ese refugio que es lo fantástico, una forma de afrontar una vida monótona y repetitiva en la que cada momento suma más que resta. Toda una oda a la transformación en un contexto marítimo donde la libertad culmina gracias a una metamorfosis rotunda.