miércoles, 28 de octubre de 2026

Abuelos: todo un universo


Los abuelos ya no son lo que eran. Muchos pasan de obligaciones familiares. Se han dado cuenta de que la jubilación no es el fin. Que todavía les queda mucho por recorrer y disfrutar. Gimnasios, escuelas de idiomas, coros y rondallas, clases de baile y de pintura de costura. Y viajes, muchos viajes. Con tal de no pasar el tiempo explotados por sus hijos y nietos, lo que sea. Que ya está bien la broma. Total, ¿quién se lo agradece? Los unos crecen, se aferran a un móvil y ni musitan. Los otros tienen tanto que hacer y tanto de lo que quejarse, que solo se acuerdan de ellos en caso de necesidad o desahogo.
Ser abuelo no se resume en apoltronarse en el sillón y pasar la tarde viendo la televisión. Hay muchas formas de vivir la vejez y está fenomenal que la LIJ se haga eco de todas esas nuevas ópticas con las que encarar la tercera edad para dejar al lado esos estereotipos que nos han vendido desde antaño.
Y para que ustedes lo constaten, aquí les dejo seis propuestas sobre abuelos, seis visiones que se complementan unas a otras. Voces que disienten, que acunan, que permanecen activas y que cambian esa óptica un tanto homogénea sobre esas figuras que ensalzamos a pesar de su diversidad manifiesta (mis abuelas no se parecían nada entre ellas y las de mis sobrinos, mucho menos). Haberlos, haylos. Porque lo único que tienen en común unos y otros es haber tenido nietos. Manque ganen, manque pierdan.


Empezamos con La maleta, un álbum de Daniela Sosa publicado por Andana hace unos meses. Nos cuenta la historia de un niño que pasa las vacaciones con sus abuelos. Se aburre como una ostra porque todos los días son iguales. ¡Si al menos hubiera algún secreto que descubrir…! Y hurga que te hurga, el protagonista se encuentra con una extraña maleta en el desván. Cuando la abre encuentra un montón de cosas extrañas acompañadas de un sinfín de fotografías. ¿Quiénes serán esos desconocidos? ¿Conseguirá dar con la solución al enigma?


Con una trama sencilla y sin pretensiones, este libro explora la memoria familiar y el vínculo entre generaciones a través de los objetos. Como si de una cápsula del tiempo se tratase, la maleta es el interruptor que desata una pequeña serie de pesquisas que, incorporando pequeños detalles y enlazan las escenas, ayudan al protagonista/espectador a descifrar el pasado de aquellos que le rodean.


Desde el punto de vista técnico, destacan los detalles como las guardas peritextuales a modo de prólogo y epílogo, el uso del color para contrastar el presente con el pasado, la alternancia de planos para imprimir cierto dramatismo cinematográfico y el viñeteado de las escenas que insufla dinamismo a la acción. Un trabajo sencillo, pero con una bonita funcionalidad.



Seguimos con otra aventura vacacional, en este caso la de Lobito en Palmeras y caracolas, una nueva entrega de esta serie de Magali Clavelet que ha publicado Flamboyant recientemente.
En la casa de Lobito los juguetes están viejos, los rotuladores están secos y las galletas están muy duras. Está hasta las narices de la rutina y necesita un cambio. Qué mejor que irse de vacaciones con sus abuelos. Se baña en la playa, disfruta de las rosquillas de la abuela, gana el primer premio de esculturas de arena y recoge trozos de vidrio pulidos por las olas. ¡Todo es maravilloso! Pero después de seis días como ese, Lobito empieza a echar de menos otras cosas…


Dirigido a primeros lectores, esta aventura ahonda en esa ilusión desmedida que los niños vuelvan sobre las vacaciones. Las expectativas están a la altura de la realidad y los cambios de rutina, si están acompañados de unos abuelos más que activos y volcados en el ocio, se agradecen sobremanera. ¿Quién no ha ansiado que llegue el fin de semana para irse a dormir a casa de sus abuelos? Otra cosa es que eso se convierta en algo cotidiano.


Con unas ilustraciones coloristas, personajes expresivos y cambios en el tamaño de las escenas que alternan secuencias de situaciones y grandes planos generales, el libro se acerca a situaciones con un punto de vista muy simpático donde contrastan las estampas evocadoras y un sinfín de detalles graciosos (fíjense en la colina del Hombre o las esculturas playeras) en el que podemos encontrarnos todos, que bien pensado, ya es mucho.



Nos detenemos en Mi yaya, el álbum de Begoña Montañés y Mercè Calí que acaba de editar A fin de cuentos. Sin lugar a dudas es el libro más emotivo de toda esta tanda ya que rinde un sentido homenaje al vínculo entre abuelos y nietos a pesar de la distancia que los puede separar. Y es que nuestro protagonista piensa que su abuela es todopoderosa como los superhéroes. Viaja en el espacio y en el tiempo, puede leer su mente y le hace muy feliz. ¿Acaso no es suficiente para pensar que lo es?


Con un lenguaje tan sencillo como evocador, Begoña Montañes utiliza la voz infantil para ahondar en las relaciones intergeneracionales desde una perspectiva inocente que ayuda al lector de cualquier edad a sumergirse en la experiencia propia, hacer esos momentos suyos y encontrar otros similares. Es decir, participamos en esa poética de lo mínimo y lo cotidiano que, a modo de cuaderno de notas nos habla del tú a tú.


Por su parte, Mercè Galí sigue fiel a su estilo en el que la economía de un lenguaje basado en líneas sencillas, los pequeños detalles en collage fotográfico, la caracterización cómica de los personajes o el uso de una paleta de color limitada (destacan el blanco, rojo y gris), construyen una historia ágil, agradable y con un buen sabor de boca.



Continuamos con Un novio para mi abuela, un libro de María Lavezzi publicado por la editorial maña Apila, que aborda con ternura y humor la soledad, el amor familiar y la importancia de la compañía durante la vejez.


La abuela protagonista vive sola. Bueno, sola, sola, no. Vive con su perro, Felipo. Y además, no para de hablar. Casca por los codos. Si tuviera pareja tendría a quien darle la murga y de paso podría jugar con su nieta. Así que, ni corta ni perezosa, la chiquilla pide ese deseo mientras sopla las velas de su tarta de cumpleaños. ¿Se hará realidad y encontrará a su media naranja?


Desde una perspectiva muy divertida (¿Por qué la mayor parte de las historias de hoy echan mano del humor blanco para desarrollar ese lado entrañable de las protagonistas?), los retratos (ese catálogo de posibles pretendientes me ha parecido una delicia. ¡Viva la diversidad en la tercera edad!), un giro fortuito en el guion y el epílogo que arranca una carcajada a modo de títulos de crédito (¡Todos queremos un gurú sentimental!) me ha parecido una historia honesta para regalar a todas esas personas viudas que quieren tener nuevas relaciones.



Llegamos a Nina y Tita, un álbum de Beatriz García-Huibrodo y Raquel Catalina publicado por Kalandraka que da buena cuenta de cómo han cambiado los tiempos para todas las abuelas.
Y es que nuestra protagonista está un poco extrañada. Sus libros dicen que las abuelas siempre llevan el pelo recogido en un moño blanco, cosa que no les sucede a ninguna de sus dos abuelas. Una lo tiene blanco pero largo y suelto. La otra, rubio y corto. También ha leído que caminan despacito o con bastón. Mentira. Sus abuelas andan muy deprisa e incluso montan en bicicleta. O que están cocinando dulces a todas horas. Y de eso nada, que a una de ellas le encantan las parrilladas, mientras que la otra se pirra por una ensalada. Entonces, ¿a quiénes se referirán todas esas historias que ha leído?


Con una estructura muy asequible para los primeros lectores, utilizando comparaciones graciosas y un golpe de efecto final, las autoras desmontan los estereotipos asociados a las personas mayores para acercarnos personas activas, independientes y con una forma de vida nada tradicional. Del mismo modo, incorporan una pequeña crítica al mundo de la LIJ e invitan a reconsiderar las representaciones de las abuelas en estos productos culturales.


Además de describir esa realidad a la que alude el texto, las ilustraciones incorporan otra línea narrativa en la que la niña y sus padres van preparando una fiesta de cumpleaños. Todo parece un juego de descubrimiento en el que las imágenes van incorporando detalles de manera silenciosa que contextualizan las escenas finales.
Un libro muy sencillo para poner de relieve que todo cambia y que las relaciones intergeneracionales no dependen tanto de la edad, sino del espíritu de quienes intervienen en ellas.



Para terminar con esta pequeña selección de abuelos tenemos Mi madre me contó que mi abuela, un álbum de Rosa Álamo, editado hace un año por Thule y que nos cuenta la historia de una abuela gracias a la intervención de una madre que le va trasladando a su hija los avatares de otro mundo, de otra época que resuenan en la actualidad. Abuela y nieta, nieta y abuela tienen muchas cosas en común aunque no se hayan conocido.


En lo que a la estructura narrativa se refiere, Rosa Álamo utiliza la frase que da título al libro una y otra vez. Una especie de mantra que hace hincapié en la importancia de la transmisión oral entre madres e hijos, no solo de historias fantásticas, sino de los acontecimientos familiares.


Sobre las ilustraciones, me gusta ese toque tan surrealista que bebe de autores como Hopper o Leonora Carrington. También los guiños a las grandes obras que aparecen representadas en los distintos cuadros que llenan las paredes de ese salón (y cuyos nombres y autores pueden encontrar en la página de créditos). Por último, la metáfora de la silla, ese trono omnipresente tachonado de unas flores que recuerdan a las de Georgia O’Keeffe y sirve de hilo conductor a toda una historia que no solo pretende convertirse en una alabanza a esas abuelas que probablemente muchos niños no han conocido, sino a su legado. Una idea donde conviven pasado y presente. Y teniendo en cuenta que estamos en los días previos a Todos los Santos, me parece un colofón final estupendo.

lunes, 26 de octubre de 2026

Wildwood: un bosque, dos preadolescentes y muchas aventuras


El viernes se estrenó en los cines de toda España Wildwood: el bosque salvaje, la nueva película de Laika, un estudio de cine estadounidense especializado en la técnica de animación “stop-motion”. Tras adaptar a la gran pantalla libros como Coraline de Neil Gaiman (Los mundos de Coraline) o ¡Tierra de monstruos! de Alan Snow (Los Boxtrolls), le ha llegado el turno a Las crónicas de Wildwood, el primer volumen de la trilogía de Colin Meloy (texto) y Carson Ellis (ilustraciones), que fue editado por Alfaguara allá por 2012 y que acaba de recuperar Duomo Ediciones para aprovechar el tirón de la película (espero que se anime con la segunda y tercera parte).


La historia comienza cuando Prue McKeel, una chiquilla de doce años, se despista y una bandada de cuervos se lleva a Mac, su hermano pequeño, por los aires. Tras pedir ayuda a Curtis, un compañero de clase, la persecución los llevará hasta el Territorio Impenetrable, un lugar más allá del río Willamette, en la ciudad de Portland, donde se encontrarán con animales que hablan, conspiraciones de poder, batallas sangrientas y poderes sobrenaturales.
Es imposible resumirles las más de 568 páginas que configuran un relato muy intrincado, pero si me gustaría hacer una pequeña radiografía de los recursos narrativos, las ilustraciones y los puntos discursivos que me han resultado más interesantes.


Aunque la novela parece tener una protagonista indiscutible, Prue, el autor utiliza el personaje de Curtis para desdoblar el itinerario narrativo. Cada uno toma un camino (algo semejante a lo que ocurre en El señor de los anillos de J.R.R. Tolkien) y sufren experiencias diferentes. Mientras la figura de Prue realiza el llamado viaje del héroe, Curtis sufre una transformación más explosiva que se adentraría en los derroteros de la literatura iniciática. La primera va y viene de Wildwood al mundo real, se reconcilia con el pasado, con sus padres y crece, el segundo decide habitar un universo nuevo en el que, finalmente, se descubre a sí mismo y encuentra su lugar.


Del mismo modo, la novela adquiere una perspectiva coral donde caben multitud de lugares y personajes como Alexandra, una gobernadora viuda condenada al exilio que, completamente trastornada por los dramas personales, pretende destruir Wildwood con la ayuda de un ejército de coyotes, Brendan, un hombre noble y valiente que encabeza a los bandidos que mantienen a raya a las hordas de Alexandra, el Búho Rex, príncipe heredero del Principado Aviar que se ve encarcelado por culpa de tretas de poder, Iphigenia, la anciana mística y líder en el Bosque del Norte que tiene la habilidad de comunicarse con las plantas o Richard, el cartero que ayuda y guía a Prue.


Este libro tiene muchos elementos de la tradición (fíjense en los cuentos tradicionales, la novela fantástica o de aventuras), pero los incluye en una sociedad imaginaria que está organizada con jerarquía, burocracia y disputas de poder. Es decir, el bosque no es un territorio simbólico en el que los niños transiten a la madurez, sino que se configura políticamente. Esto puede parecer un punto fuerte para que el lector más avezado se haga preguntas sobre la autoridad, el odio a los diferentes o la legitimidad de las instituciones, pero también puede aburrir a otros lectores.


Aparte de los dilemas morales, las decisiones éticas y los conflictos humanos, hay que añadir el discurso ecologista que subyace en toda la historia, pues si Alexandra consigue llevar su plan a cabo, la hiedra despertará y acabará con todo lo que pillé. Es decir, salvar a Mac, también es salvar Wildwood.
Con un estilo muy descriptivo (a veces, demasiado), cierto tono épico, notas de humor e ironía, es una lectura accesible, aunque he de decir que yo hubiera prescindido de ciertos pasajes y ese tono tan solemne para imprimir un ritmo más fluido y desenfadado.


Sobre las ilustraciones de Carson Ellis, esposa de Colin Meloy (todo queda en familia…), decir que acompañan al texto y contribuyen a la caracterización de los personajes y la ubicación espacial con ese estilo a caballo entre lo vintage, el folk y el indie que tanto reconocimiento tuvo durante los primeros años dos mil. 
La artista realizó dos tipos de ilustraciones, unas en tinta negra que se van intercalando a modo de escenas, miniaturas u ornamentos, y otras a color que ocupan toda la página. Todas cooperan entre y enfatizan el significado de la obra. Igualmente, se agradecen los mapas que nos ubican a lo largo del viaje, así como todas esas referencias del Portland real que introduce en las imágenes y que nos sitúa en esa frontera de credibilidad e incredulidad que tanto nos seduce a los monstruos.



No sé si la adaptación al cine de animación será fiel a la historia, pero da buena cuenta de las sinergias que este tipo de películas tienen con la LIJ (no se olviden de visitar ESTE POST donde trato con profusión el tema). No obstante, yo siempre les animo a leer antes de ver, que este libro de fantasía tiene su aquel.


viernes, 23 de octubre de 2026

Huertos olvidados


El cambio climático le ha pasado factura a la huerta española. Si a ello unimos el precio de los carburantes y los fertilizantes ucranianos, el exceso de la burocracia que supone estar en el marco europeo (como la Unión no se ponga las pilas, veremos en qué acaba todo esto), la competencia con otros países vecinos y la falta de relevo generacional, es un desastre.


Y lo peor no es que nuestros campos están vacíos, sino que toda esa cultura relacionada con la tierra que antaño se conservaba, se está perdiendo completamente. Los chiquillos tienen un desconocimiento total de todos los productos naturales. Y no solo los que se producen, sino también los que pueden comprar (yo creo que ninguno ha ido a un mercado de abastos en toda su vida).
Los niños no saben lo que es una acelga. No han visto jamás la borraja ni mucho menos una penca de cardo. Que el hinojo se come y la remolacha tiñe todo lo que toca. Tampoco saben cuándo se recoge el azafrán ni que la temporada de cerezas va de mayo a junio. Desconocen que la horchata se hace con un tubérculo llamado chufa o que en nuestro país se cultivan alrededor de 300 variedades de alubia. Pero ¿y sus padres?
Y aunque la gente piense que todo esto es una tontería, les diré que de eso nada. Conviene recordar que sobrevivimos gracias a todas esas plantas y si olvidamos todo ese conocimiento, estaremos condenados a depender completamente de terceros, nuestra alimentación se empobrecerá completamente y será mucho más difícil recuperarla.


Por todo eso, encuentro que un poemario como el de hoy es muy necesario. No solo porque nos sumerge en el universo agrícola a golpe de rima, sino porque da buena cuenta de la amplia variedad de vegetales que podemos encontrar en unos pocos metros cuadrados. Estacionalidad, características y algún que otro animal, se mezclan con adivinanzas, refranes, juegos de palabras, chanzas y jolgorios. Lo mejor de todo es que, por ver primera he visto en un libro infantil nombres científicos bien escritos (a excepción de un fallo), ¡y soy más que feliz!

Diálogos de pimientos
(Capsicum annuum)

“No vales un pimiento”, le dice el rojo al verde
por no saber quererle.

El pimiento italiano, al pimiento morrón:
“Te has puesto roja, amor”.

“Ya basta, jalapeño”, advierte el de cristal,
“no te eches más sal”.

El de Padrón los mira, vacila, dice lento:
“Se pican los pimientos”.

Dice la lagartija:
Ajo, sal y pimiento,
y lo demás es cuento.

Adivina adivinanza
(Punica granatum)

Adivina adivinanza
¿qué fruta tengo en la panza?
Cebolla roja por fuera,
delicia dulce por dentro,
tiene nombre de ciudad
y también puede estallar
o pringarte bien los dedos
con jugo rosa de besos.
Grano a grano, bien cortada,
no te pierdas la __ __ __.

(Cydonia oblonga)

¿Qué cosa tiene forma de pera,
un cuerpo áspero y amarillo,
casa con queso,
viene de Armenia
y con el nombre se da más brillo?

Acertijo de lagartijo:
El sol de septiembre
madura el membrillo siempre.

Leire Bilbao.
En: Y dijo la huerta…
Ilustraciones de Yolanda Mosquera.
2026. Vigo: Kalandraka.

miércoles, 21 de octubre de 2026

Aventuras, cuentos y tragicomedia


Llega a las librerías El hueso prodigioso, un libro de William Steig que acaba de incorporar Blackie Books a su catálogo. En este álbum publicado por primera vez en 1976, el padre de Shrek nos cuenta la historia de Perlita, una cerdita que, a la vuelta de la escuela y recreándose en el panorama, encuentra un hueso parlante capaz de imitar sonidos y hablar diferentes idiomas. Pertenecía a una bruja, pero se cansó de ella y ahora busca un nuevo propietario. Su encuentro, además de forjar una bonita amistad, desencadena una aventura en la que deben enfrentarse a unos ladrones y un zorro hambriento que pretende merendarse a la chiquilla. ¿Conseguirán salir indemnes de sus fauces?


Son varias las cuestiones que han asomado en mi cabeza mientras lo leía. La primera es el buen ejercicio de intertextualidad que hace Steig gracias a dos de los cuentos tradicionales que recogen los hermanos Grimm: Caperucita Roja y El hueso cantor.
La de la capucha no solo se refleja en esa protagonista femenina que recorre el camino para toparse de frente con un depredador de apariencia un tanto engañosa, sino que Steig le da una vuelta de tuerca cambiando el arquetipo de víctima. Un golpe de efecto contemporáneo que le otorga el triunfo a la infancia.
Sobre el segundo guiño, hay que hablar del hueso parlante, ese objeto inanimado que realiza la labor de ayudante sobrenatural y al que apunta Propp en sus funciones. Este recurso, que ya utilizó Steig en Silvestre y la piedra mágica, modifica el curso de una historia previsiblemente tranquila y anima el cotarro. Además, si comparamos ambas obras, constatamos que hay diferencias discursivas: mientras Perlita utiliza el hueso para afrontar peligros, Silvestre debe enfrentarse a las consecuencias de sus deseos hechos realidad gracias a la piedra mágica.


Otros elementos textuales más que destacables son el uso de un lenguaje enriquecido (quizá a muchos les resulte enrevesado, pero yo lo prefiero a las simplezas que se publican hoy en día), los juegos verbales (fíjense en ese hechizo acumulativo) y los diálogos que se marca (pueden resultar tan ingeniosos, como absurdos).


Como en la mayor parte de sus obras, Steig asume tanto la escritura, como las ilustraciones, lo que propicia mucha coherencia entre ambos lenguajes (lo que viene siendo un álbum narrativo, vaya).
Si bien es cierto que las imágenes están elaboradas con técnicas tradicionales como la tinta y las aguadas, llaman bastante la atención los paisajes primaverales, esas pinceladas casi expresionistas y las estampas bucólicas del mundo rural de gran valor etnográfico.
También se hace notable la contraposición que hace entre luminosidad (escenas al aire libre) y oscuridad (escenas en interiores) para ayudar a la tensión narrativa.
Igualmente, toca señalar los recursos visuales para comparar escenas simultáneas (mientras Perlita llora, el zorro prepara la candela) o el uso de una secuenciación propia del cómic que imprime ritmo y dinamismo (Es una delicia ver cómo el zorro se hace cada vez más pequeño).


Algo que me encanta de las obras de Steig es la sobreactuación de sus personajes. Perlita es una actriz un tanto mediocre y bastante teatrera, el zorro un malvado muy ridículo y los padres de la cría dos pasmarotes que ni sienten ni padecen. Todo imprime mucha comicidad a las escenas y desata la risa del lector-espectador a pesar de respirarse la tragedia en varios momentos de la acción.


Para mi gusto, uno de los principales aciertos del libro es el equilibrio entre inocencia y amenaza. Perlita es curiosa y quiere conocer las beldades del mundo, pero también se topa con los peligros reales que este alberga. Un contraste que permite reflexionar sobre la autonomía infantil, su vulnerabilidad y la capacidad de resolver problemas sin recurrir a la moralina barata y paternalista.

lunes, 19 de octubre de 2026

Hacer el holgazán


Últimamente, tengo encima una perrería que no es normal. No sé si se debe al otoño galopante o que se abren tantos y nuevos frentes, que me he cruzado de brazos en señal de protesta. Cuando no es una cosa es otra. Estoy harto de obligaciones. Solo quiero rascarme la barriga. ¡Con lo bien que he vivido durante los últimos meses! Así ha pasado, que me he puesto como un atún del mar Cantábrico. Y no puede ser, que ahora me toca lanzarme desde un tercero para embutirme en los pantalones.


Eso de parar y dejarse llevar está de lujo cuando duermes como un campeón y sabes controlarte con la cuchara, el cuchillo y el tenedor. Si no, estás perdido. Y es que a muchos cuerpos humanos nos viene de perlas la actividad. Que si levantarse temprano, darle una vuelta a la casa, hacer unas flexiones, salir pitando para el trabajo, bregar con los alumnos, dedicarle tiempo a la cocina, comer a tu hora, cambiar la siesta por una hora de piscina, recorrerse toda la ciudad a base de recados y llegar molido a casa. Resultado: un bálsamo reparador que agradecen buche y cabeza.
Pasar el verano de cerveza en cerveza, de hamaca en hamaca y de verbena en verbena, es una delicia, pero los músculos y las neuronas se acostumbran y, poco a poco, blandean. No hay peores alimentos que la procrastinación y la pereza, más todavía si nos indigestamos. Descanso y juerga, en pequeñas dosis. El chute de vidilla justo y necesario.


Y así, haciendo un poder, poquito a poco, nos vamos animando y volvemos a la actividad, sin darnos cuenta. Como en Nana de nada, el álbum de Gigi Pataro que acaba de publicar la editorial Apila.
En esta historia con estructura de sketch, uno de los dos conejos protagonistas ha decidido no hacer nada de nada, algo que se encarga de repetir una vez tras otra a modo de mantra. De repente, aparece su amigo, que le invita a hacer algo. Autoconvencido de quedarse tirado a la bartola todo el día, le responde que no, pero, inconscientemente y con una pizca de curiosidad, comienza a interaccionar con su compañero.


Basándose en la disyunción, esta obrita bastante honesta y sin pretensiones, aborda el hacer o no hacer desde la inocencia y la contradicción infantil, algo que siempre pone un puntito muy chistoso. Producir o no producir, he ahí el dilema. Así, gracias al “algo” y la “nada” se construye una paradoja llena de surrealismo que, aparentemente, utiliza el diálogo de besugos, pero nos hace cavilar cuando leemos y miramos al mismo tiempo. Ver para creer.


Sobre los aspectos técnicos hay que animar al lector-espectador a fijarse en detalles como las guardas peritextuales que, además de funcionar a modo de prólogo y epílogo, resuelven la acción con un giro tan simpático como elegante. Tampoco hay que pasar por alto los juegos visuales basados en el uso de los materiales, las tipografías de color que asignan el contenido a los interlocutores y esa construcción tan especial que puede desbordar el discurso en las artes plásticas.
Y como creo que, por hoy, ya han tenido bastante reseña, tomo nota de estos dos lagomorfos, me coloco la corona y me voy a tirar a la bartola para decirle adiós a este lunes.

viernes, 16 de octubre de 2026

Amor extraterrestre


En lo que al amor se refiere, debo ser extraterrestre. O eso dicen los que me conocen. No es que no crea en tamaño sentimiento, pero déjenme decirles que soy bastante escéptico en esa afirmación que solo defiende el amor romántico. A lo largo de todos estos años, bajo mi experiencia y la de otros seres humanos a los que me siento cercano, he llegado a la conclusión de que hay muchas formas de profesarlo y procesarlo.
Fidelidad, cercanía, respeto, libertad… ¿Por qué solo prevalece esa imagen del amor cuando estamos hartos de ver parejas que no cumplen ni tan solo una de esas premisas? Solo tienen que tocar a la puerta del vecino y constatar que su concepción nada tiene que ver con la suya. Quizá tenga un harem de queridas, pero está loco por su esposa aunque esta no pueda satisfacerle sexualmente. Quizá se comporte como un corderito ante su señora, pero en la cama sea un tigre de Bengala. O esa compañera de trabajo que parece sacada de un monasterio pero sodomiza a su encofrador favorito.


El amor vive de estereotipos. Menos mal que la literatura se ha encargado de soterrarlos bajo historias más que complejas en las que los deseos, las frustraciones, las necesidades, las diferencias de clase o los traumas se entremezclan sin remisión. Hoy toca una de esas.
Con forma de poema y echando mano del humor, está incluida en la segunda parte de esa miniserie que Javier González le ha dedicado a los seres fantásticos a golpe de rima. Seguro que les encanta (sobre todo si han sufrido en sus propias carnes un desplante de estas características, como es mi caso). ¡Recomendadísimo!

Dije “Te quiero”
soportando tu gélida indiferencia o también podría ser
que no logres escucharme
debido al rítmico pero atronador
regurgitar emitido por tus orificios alimenticios.

Volví a decirlo, “Te quiero”,
renaciendo mis esperanzas al creer ver ruborizarse
la pegajosa y aleteante masa cartilaginosa de tus membranas.

Una vez más lo dije, “Te quiero”,
y en ese momento lanzaste sobre mí
un chorro de espesa masa verde
haciendo que me sintiera el más feliz de los enamorados
al confesarme de esta manera tu amor ¿o será que
te sentó mal algo que comiste ayer?

Javier González.
Mariposas y xenomorfos en el estómago.
En: Mi hermano es un marciano.
Ilustraciones de Lluïsot.
2026. Madrid: Pastel de Luna.

martes, 13 de octubre de 2026

Martes y trece (o cualquier día puede ser especial)


Martes y trece. Ni te cases ni te embarques. Menos todavía después de un puente. Por lo que pueda pasar. Que la última cena de Cristo se supone que fue tal día como hoy y miren cómo terminó.
Ya saben ustedes que esto de las supersticiones tiene mucha miga y los seres humanos nos montamos películas para justificar nuestra mala suerte. No es cuestión de fechas, ni de gatos negros, ni de escaleras, ni de espejos rotos. Más bien es el azar el que va construyendo el paso del tiempo. Si bien es cierto que vamos organizando nuestra existencia en horas, semanas y años, es mucho más interesante vivirlas que adjetivarlas.



Tragedias, fiestas de cumpleaños, decepciones, enfados estúpidos, discusiones airadas, abrazos conciliadores, carcajadas y lágrimas. No sé ustedes, pero un servidor prefiere ir añadiendo momentos a la memoria que pasar sin más las hojas del calendario. Esa cuenta atrás me exaspera, pues se parece más a la de un condenado a muerte que a la del lanzamiento de un cohete.
Será que soy muy orteguiano y me dejo llevar por la circunstancialidad. Probablemente todo se resuma en ese diálogo entre nosotros y el entorno. Quizá esa sea la clave para mirar la realidad: conocerla y asumirla. Lo difícil viene cuando hay que transformarla para que no nos engulla.


Y así, con tanta profundidad, me sumerjo en Hay días, un álbum de Daniela Sosa publicado por Andana este otoño que recoge un buen puñado de estampas de las rutinas infantiles. Una tarde en la feria, la primera nevada, la muerte de nuestra mascota, esa enfermedad que parece durar una eternidad, aprender a montar en bicicleta o una mudanza. Un sinfín de experiencias que por muy cotidianas que nos parezcan, suelen marcar nuestra niñez. Es por ello que las recordamos alegres, tristes, decepcionantes o emocionantes. En definitiva, las hay de todo tipo.


Este pequeño catálogo de instantes se articula sobre la frase que da nombre al libro y que sirve como fórmula narrativa en la lectura autónoma o guiada, en voz alta o silenciosa. Si bien es cierto que el narrador utiliza un lenguaje sencillo y accesible para prelectores y primeros lectores, las ilustraciones amplían la información gracias a esa complementación que favorece la identificación del lector en las diferentes situaciones que se describen y enriquece el discurso sirviéndose de detalles que pueden originar juegos de búsqueda (Fíjense en las guardas. ¿Acaso no parecen un juego memorístico?).


En lo que a la composición visual se refiere, decir que la mayor parte de las escenas se articulan sobre dos páginas, en ocasiones dobles y otras alternas. Mientras unas pretenden prolongar la acción y reforzar la inmersión lectora, otras buscan un efecto de sorpresa en el espectador al pasar la página.
Una propuesta poética, luminosa y honesta que podemos regalar a cualquiera para celebrar que seguimos aquí a pesar de la fecha.