jueves, 13 de marzo de 2025

De calvos y alopécicos


La vida moderna es un tanto extraña y cuando pensabas que la mayoría de tus amigos y conocidos masculinos se iban a quedar calvos (como manda la vejez de cualquier mamífero), de repente los ves aparecer con una mata de pelo recién injertada en Turquía, centro mundial del tratamiento alopécico.
Unos aprovechan las vacaciones para pasar por el quirófano, otros se esconden y te cuentan milongas y a los más avezados les da igual pasear sus heridas, pasear con sombrero y lucir esa pelusilla tan extraña que empieza a poblarles las ideas. El caso es recobrar la juventud deseada gracias a esos folículos pilosos del cogote que resisten cualquier hormona.


Lo que muchos no saben es que después de la intervención y recuperar esa dignidad juvenil que creyeron perder, algunos necesitan de una serie de suplementos para conservar su renovada melena, como por ejemplo los inhibidores de las enzimas que activan la testosterona. Ya saben, esa hormona que actúa sobre nuestro apetito sexual, la fertilidad y el mantenimiento de la erección (¿Cómo era aquello que decía mi abuela? ¿Para presumir hay que sufrir?).
Y eso, en el caso de que todo vaya viento en popa y no tengas que acudir otra vez a Oriente Próximo, porque muchas veces hay que volver a pasar por caja, ya que un solo trasplante no suele ser suficiente. Que se lo digan al Juli que ya va por el tercero…


Conmigo que no cuenten para recuperar ese remolino que lucía en mi frente durante mi adolescencia. Le supe decir adiós y ya no lo necesito, pues he desarrollado otras estrategias la mar de efectivas para llamar la atención de quienes me rodean. Ser Tintín durante un tiempo es maravilloso y hacerle frente a las carencias todavía mejor.
Queridos traumatizados: ya sé que vuestro tupé era el santo y seña de una época dorada en la que las nenas se lanzaban a vuestros pies, pero ¿alguna vez habéis pensado que las pavas de aquella época han madurado y hoy día no se dejan seducir por esas miserias que habéis desarrollado gracias a vuestros traumas?


Y con este prólogo tan deslenguado, doy paso a un libro que me ha encandilado por hacerme disfrutar como calvo digno que soy. Cuando los pelos de papá se fueron de vacaciones, un álbum narrativo de Jörg Mülhe que acaba de publicar Takatuka es una historia muy disfrutona que tiene como protagonista a un padre que vive un infierno cuando su cabellera decide salir volando. Por el restaurante, los grandes almacenes o el zoológico, los persigue por toda la ciudad, pero los pelos, finalmente alcanzan la depuradora y acaban en el mar visitando los lugares más insólitos. ¿Conseguirá que vuelvan?


Con mucho humor, el autor despliega una batería de recursos narrativos (tanto textuales, como gráficos), que hacen de esta pequeña anécdota una aventura trepidante muy apta para cualquier calvo. Guiños muy sugerentes (¿Han visto La noche estrellada de Van Gogh?), juegos gráficos a base de pequeños trazos, referencias a las historietas clásicas (el clásico pelo en la sopa no podía faltar…), los abundantes croquis (tienen un puntito informativo que gusta mucho al lector infantil) o montones de disparates surrealistas. Todo se conjuga para hacernos reír.


Aunque el final podría haber tomado otro cariz, me gusta que se haya planteado un giro en el guion, sobre todo porque da una oportunidad sobrenatural a la transformación, un momento mágico que seguramente muchos agradecerán en loor de su cuero cabelludo desnudo a modo de simpática ensoñación. ¡Les dejo que me tengo que rapar!

lunes, 10 de marzo de 2025

Madurando a golpes


Hace un par de meses me di un trastazo monumental en mitad de la calle por culpa de un adoquín mal trazado. La ostia no fue pequeña y los pantalones que llevaba quedaron hechos jirones. Las peor paradas fueron mis rodillas, maltrechas y llenas de sangre. Caminé malherido hasta casa y me desinfecté las heridas, quitándole importancia al accidente, pues todo se resumiría en una pequeña cicatriz.


Lo peor llegó al día siguiente cuando mi cuerpo, que había perdido toda esa elasticidad de la infancia, me dolía como si lo hubiera atropellado una apisonadora. Tampoco había sido para tanto, pues en mi niñez había superado con creces peores trompazos. Es lo que tienen los años, que no pasan en balde y son estas pequeñas cosas las que nos hacen caernos del guindo.
Un par de días más tarde, se formaron dos costras. Tenían un tamaño considerable y habían atrapado buena parte del vello corporal. Una semana, dos y allí seguían inmutables. Yo no recordaba que el pellejo tardara tanto en regenerarse… Pasaba el tiempo y empezaban a aflorar en mí unas irrefrenables ganas de arrancarlas. Las mismas que sentía siendo un crío.


Al final empecé a toquitearlas. Por la periferia, por el centro, pero nada. Hasta que casi un mes después del percance (estas estructuras suelen caerse a las tres semanas), recién salido del agua, me decidí a meterles mano y las arranqué de cuajo dejando visible dos zonas rosadas que siguen tachonando mis articulaciones a modo de medalla.
Y como ya les he contado el proceso de reparación de una herida, me voy a dedicar a ese viaje interior que Beatrice Alemagna nos regala en su último libro publicado en España y que gira en torno a una costra. 


Berta y yo, que así se llama, cuenta la historia de una niña que, como yo, resbala y cae de bruces hiriéndose la rodilla. Cuando llega a su casa, su padre la cura y le dice que pronto lucirá una costra preciosa. Pero ¡ay, amiga! Resulta que ni es bonita ni tan efímera como le habían dicho, y tendrá que aprender a convivir con ella. Para empezar le pone Berta, como a la perrita que nunca tuvo y después se la tiene que llevar de vacaciones con los abuelos. ¿Se irá algún día de su lado?
Con mucho humor, la autora italiana afincada en Francia, se basa en un episodio autobiográfico (fíjense en la dedicatoria de este libro) para realizar un ejercicio introspectivo en el que los pequeños acontecimientos vitales nos sirven a modo de peldaños que ir subiendo en el proceso madurativo.


En un principio, podríamos pensar que Berta es la protagonista, pero nada más lejos de la realidad (¿Se han percatado de la omnipresencia de ese pelo anaranjado que llena incluso las guardas?). Todo tiene que ver con la metáfora del viaje iniciático que, como diría mi amigo Alonso, se resume en el “dejar ir”, una práctica muy saludable que todos hacemos inconscientemente.
Como en todos los libros de la Alemagna, hay escenas preciosas. Véanse como ejemplo la de la despedida en mitad del campo de amapolas (quiten la camisa y extiendan las tapas del libro para disfrutar de la imagen en todo su esplendor) o las escenas campestres junto a los abuelos.
Lo dicho: vigilen por dónde pisan.

viernes, 7 de marzo de 2025

Coleccionando nubes


¡Qué contento está el campo con las lluvias que nos está regalando febrero! ¡Veinticuatro horas empapando el suelo! ¡Cuánto tiempo sin ver esto! Y que siga. Otros tantos días. Otras tantas semanas. Y nosotros, embobados. Mirando a lo alto, también hacia abajo. Tras el paraguas. Tímidamente. A bocajarro. Sacando la lengua. Para mojarnos. Así es el agua que cae, que salpica, que corre, que se pierde. Que la tierra, el arroyo, la hierba y los árboles siguen sedientos.


Nubes y más nubes. ¡Colecciona nubes! Que ríen. Que lloran. Que giran. Que se agolpan. Que entristecen el día, pero también lo alegran. Nubes pequeñas. También gigantes. De las que salen corriendo o apenas se mueven. Aunque tapen el sol, que se queden un tiempo. Que un cielo sin nubes es como un mar sin olas, como una casa sin cuadros, como un niño sin risa. ¡Que vivan las nubes! Sobre el té, con forma de camión de bomberos o de golosina ¡Que vivan!

Mucha gente lleva
un paraguas,
por si acaso llueve.

Yo siempre tengo a mano,
una nube de lluvia
por si se largan los paraguas.

***

Puse una nube
en un frasco
de mermelada vacío.
(No creas
que voy a untar
de nube
mi tostada.)

Tan solo
quiero ver
(es un momento,
espera, luego la libero)
si duerme
tiene frío
dice algo
se mueve.

A lo mejor
tengo suerte
y hasta entiendo
cómo es que hace
para llover.

Cecilia Pisos.
En: Nube con forma de nube.
Ilustraciones de Diego Bianki.
2016. Vigo: Faktoría K de Libros.


miércoles, 5 de marzo de 2025

Disfraces transformadores


Los disfraces tienen algo mágico. Es sorprendente constatar cómo somos capaces de transformar nuestra existencia con un par de trapos y montones de abalorios. Podemos ser quienes queramos. Piratas, payasos, personajes famosos, animales, objetos o simples mortales. La vecina del tercero, la vieja chismosa de turno o tu mismísimo cuñado. Cualquiera.
El disfraz nos permite crear un universo paralelo que, sirviéndose de clichés, parodias o comportamientos guionizados, nos ayuda a jugar con el mundo, coquetear con lo imposible, fantasear e imaginar. Así, tiene montones de beneficios, tanto para los pequeños, como para los mayores. Potencian las habilidades sociales, evaden del mundanal ruido, nos despojan de prejuicios y nos permiten desbordar las ideas.


Pero ¡cuidado! No sea que tanto lío se nos vayan de las manos, nos metamos en el papel más de la cuenta y dependamos de ellos para la supervivencia. Conozco a más de uno que se le ha ido la pinza a golpe de disfraz, incluso han perdido la noción de su propia existencia. Si bien es cierto que no todo tiene que ver con ellos, quedan incorporados en el ideario (léase un exmarido o una jefa venida a menos). Por eso, a veces, aparcarlos y tomar las riendas de la consciencia se hace necesario en vez de parapetarse tras máscaras, lentejuelas y maquillaje.
Seguro que conocen casos de niños y jóvenes que se han salido volando por la ventana con un traje de Superman o se han cargado a media familia blandiendo una katana de samurái. Es ahí donde reside el peligro de los antifaces aunque noticias como estas sean puramente testimoniales.

Siguiendo esta línea, Kike Ibáñez nos trae una historia donde un simple disfraz es el interruptor de una aventura irresistible para cualquier lector. El diablo sobre ruedas, además de adoptar el título de la conocida película de Steven Spielberg, es el libro ganador de la última edición del Concurso Internacional de Álbum ilustrado de la Biblioteca Insular de Gran Canaria.
En él, nos cuenta la historia de Lucía Fernanda, una chiquilla enrabietada porque su madre no le deja ir a la fiesta de carnaval montada en su querida bicicleta. Cuando están esperando a cruzar la calle, un camión lleno de material radiactivo sufre un accidente y su madre muere. A partir de ese momento, todo se convierte en una locura de lo más arrolladora (nunca mejor dicho) y extravagante.

Pedos propulsores, apariciones marianas y ángeles de la guarda se mezclan en una intrahistoria donde se respira un germen tan surrealista como barroco, ese cariz tan cañí del que gusta tanto su autor. Con tintes telenovelescos y unas ilustraciones donde lo geométrico y los colores planos se funden en perfecta simbiosis, Ibáñez nos hace una lectura bien simpática de los enfados infantiles, las formas de afrontar la homeostasis personal y el civismo social (¡Lo que da de sí un paso de cebra!).

Unas composiciones muy estudiadas, las repeticiones rítmicas (¿Se han fijado en el efecto de esas explosiones sobre la lectura?), los giros verticales en el formato (¿A ver si no cómo iba a subir a los cielos un querubín?) y las secuencias narrativas un tanto cinematográficas (La espera ante el semáforo es maravillosa), se articulan en una obra muy kistch donde el humor se adhiere a todo lo demás. ¡Y feliz Miércoles de Ceniza!

viernes, 28 de febrero de 2025

Risas contagiosas


Queridos monstruos, ya huele a carnaval y, aunque se anuncian lluvias por toda la península, un servidor pone pies en polvorosa hacia Cádiz y se dispone a disfrutar de ese espacio popular dedicado a la sátira y la crítica social que tanto bueno nos ha dado desde hace siglos. Y así nos mezclamos entre la gente, nos recreamos en multitud de personajes propios y ajenos, y nos lo pasamos como enanos a costa de un sinfín de artistas callejeros que, llegados de buena parte de Andalucía, nos llenan el alma de carcajadas entre tangos y cuplés.
Disfraces, dobles sentidos, juegos de palabras, soniquetes de moda, gestos y coreografías, guitarra, bombo y platillos. Un cóctel muy nutritivo con el que aupar la risa y el disparate, ese santo y seña que, a modo de bandera, nos cobija e identifica. Una bendita enfermedad más que contagiosa…

Tengo una sonrisa
roja con lunares,
que me hace cosquillas
si hago malabares,

si monto en triciclo,
si planto un cerezo,
al pintar un cuadro
o cuando bostezo.

Tengo una sonrisa
que me pica mucho,
se la he sonreído
a un señor flacucho.

El señor flacucho
que recoge botes,
se la ha sonreído
a Pepe Bigotes

Y Pepe, que come
compota de pera,
se la ha sonreído
a la peluquera.

Felisa, que corta
de un tajo el flequillo,
se la ha sonreído
a un gato amarillo

Y el gato con gafas,
cortito de vista,
se la ha sonreído
a un submarinista.

[…]

David Hernández Sevillano.
De boca en boca y río porque me toca.
Ilustraciones de Carmen Queralt.
2018. Salamanca: La Guarida.


lunes, 24 de febrero de 2025

Una jornada sobre la LIJ y sus márgenes


Señoras, señores, el pasado sábado acudí a Salamanca “la bella” en calidad de asistente a la jornada profesional que, desde hace tres años, organiza LASAL, esa asociación que vela por la lectura en la famosa ciudad universitaria gracias a un grupo de supervivientes de la extinguida Fundación Germán Sánchez Ruipérez y otros colegas monstruosos.
Con el lema Fuera de la línea. La edición y la creación en el margen, nos reunieron en la Torre de los Anaya para debatir, charlar, pensar y, sobre todo, aprender en torno a los libros infantiles y juveniles. El cartel prometía, pues invitados como Javier Sáez Castán, Arianna Squilloni y su A buen paso, Sara Bertrand, José Luis Polanco de la revista Peonza, Piu Martínez y Diana Sanchís se congregaban en torno a lecturas incómodas, surrealistas, canallas o ingobernables como las que acompañan este acta informal que me he sacado de la manga.


Tras el alentador pistoletazo de salida de Raquel López Royo, maestra de ceremonias de este evento tan agradable y familiar, Fabio Rodríguez de la Flor presentó el primer asalto. Una editora y dos autores se enfundaron los guantes y nos hablaron de la profesionalidad (o no, como bien nos aclaró Saez Castán), la periferia (Squilloni siempre ha disfrutado de esa marginalidad espacial que tanto le ha marcado) y el tiempo (que da para muchas divagaciones). Estos fueron los temas principales sobre los que giró un turno de soliloquios que, si bien eran muy interesantes, pasaron de puntillas por esa concreción que tanto nos gusta a los de ciencias. La Garralón se lanzó a las preguntas incómodas para ver si alguien se mojaba el culo. Al final, los protagonistas se embarraron un poco explicando que hacer libros fuera de las directrices del mercado, además de complicado, supone más de un quebradero de cabeza, sobre todo si pretendes (sobre)vivir de ello.


Sonó el gong para anunciar la hora del café (el pain aux raisins con el que lo acompañamos estaba suculento) y dejarnos un rato para exorcizar nuestros pensamientos, comentar lo poco que nos gustaban las respuestas guionizadas y plantear nuevas preguntas sobre esa exclusión que rodea a todo lo relacionado con los libros para críos y adolescentes.


Llegó una segunda mesa redonda moderada por Antonio Marcos, librero de profesión y al que le gusta embadurnarse de harina. En primer lugar, cedió la palabra a José Luis Polanco, fundador y coordinador de una de las publicaciones decanas en materia de LIJ, que nos hizo un delicioso repaso ejemplificado por esos libros fuera de línea (los de poesía, los divertidos, los libros-cebolla, las historias lentas y mínimas, los que destierran el aburrimiento, los que plantean incógnitas, y los que ni piden ni dan fueron las categorías elegidas). Piu se lanzó a la piscina de sopetón y, dejando a un lado el compromiso, se centró en la responsabilidad (a veces hay que poner el foco en lo que merece la pena y dejarse de reseñas insustanciales). Diana, tímida y como un flan, atendió a esa definición de "libros de las afueras" ayudada por las opiniones de sus compañeras de profesión. Preguntas arriba y abajo, se habló de las dificultades en las librerías poco comerciales, lo sepultados que se encuentran estos libros en la avalancha de novedades y una mediación/edición poco profesional.


Tuvimos que irnos corriendo por cuestiones administrativas, pero con muchos interrogantes en la punta de la lengua. Entre las que se me ocurrieron a mí, puedo compartirles alguna que otra… Literariamente hablando, ¿tienen más calidad los productos marginales que lo mainstream? ¿Estar fuera de línea es un término temporal o atemporal? ¿Hay obras que siempre están fuera de línea o dependen del contexto que habiten? ¿Las modas diluyen el concepto “estar fuera de línea”? (Que se lo digan al feminismo, el ecologismo o lo multikulti...) ¿Habitar la marginalidad es una forma de vida o un postureo más que te provee de cierto estatus en el seno de un ámbito determinado?


Mientras le dan a la sesera, les contaré lo que disfruté departiendo con otros asistentes al sarao copa en mano y todo tipo de viandas fundamentadas en el universo del gluten. Cañas y vinos, amenos y breves, que sirvieron como antesala a los talleres vespertinos. Yo elegí el de Piu, una actividad bastante útil para todos aquellos que se hallen un poco perdidos en el universo de la selección (¡Bibliotecarios, teníais que haber venido!). La maestra trajo una docena de libros sin demasiado éxito (llamémosles "difíciles") y nos invitó a que diseccionáramos por grupos las posibles razones de una ventas mínimas. Echamos un buen rato valorando rarezas editoriales de aquel catálogo tan sui generis. Libros infumables, libros con cartilla de racionamiento, libros caros aunque indispensables, libros mal traducidos, libros olvidados o libros de obligada mediación. Nos dimos cuenta de que los libros que viven fuera de línea pagan un caro peaje por muy exquisitos que sean. Nosotros nos lo tomamos con mucha alegría, sus autores/editores, seguramente no tanto…
Como a los talleres impartidos por Javier Sáez Castán y Diana Sanchís no pude asistir, solo puedo trasladar las impresiones de aquellos que allí estuvieron. "Inspiradores" y "fructíferos", dos adjetivos más que saludables en esto de los libros para niños.


Con un piscolabis exprés, dijimos adiós a una jornada celebrada en provincias pero con sabor a congreso nacional, pues hasta allí nos desplazamos muchas de las voces que habitamos la llamada LIJ española desde diferentes puntos de vista. Por orden de aparición menciono a Mercedes, atenta librera en Letras Corsarias, compañera de reseñas en 5 ovejas negras e inmejorable guía turística, Belén López Villar, autora del blog Dídola Pídola Pon y a la que ya tenía ganas de poner cara, Sónia Zarándula (que algo le pasaba), el siempre atareado Luis Miguel Cencerrado, el incombustible Rafael Muñoz, el atento Juanvi Sánchez, la encantadora Elisa Yuste (¡Me olvidé de llevarle un libro por si le propinaba algún guisante!), la comitiva pucelana formada por Patricia de Cos, Cintia Martín (muchas gracias por animaros a venir), Yolanda Falagan e Isabel Benito (¡Menos mal que se dignó a presentarme a Lara Meana! Sí, la de El bosque de la Maga Colibrí). No me puedo olvidar de Pep Bruno y Mariaje Paniagua, un tándem artístico muy necesario en estos bosques.
Para el recuerdo queda el brillo en los ojos de Raquel López Royo durante toda la jornada (estaba pletórica de felicidad por habernos enredado en este guateque LIJero), la visita (casi privada) al cielo de Salamanca que nos regaló Mercedes y el nutritivo viaje de regreso junto a Piu Martínez. Solo me faltó llevarme Niños raros y Animalario del profesor Revillod dedicado por sus autores como guinda del pastel (¡Qué cabeza la mía…!).


Si os ha dado envidia, solo puedo animaros a venir el año que viene. La inscripción son 12 euritos… Así que no seáis roñosos y alimentad vuestros hambrientos cerebros.
¡Que vivan las líneas aunque se queden en el extrarradio! Porque eso, queridos, eso es la Literatura Infantil y Juvenil: un suburbio maravilloso.

jueves, 20 de febrero de 2025

Apelativos empalagosas


Últimamente, denoto mucha condescendencia en el trato que damos y recibimos en esta España nuestra. Hay algo más allá de las palabras que realmente me preocupa, pues esa ñoñería tan manifiesta que se respira en hogares, centros laborales y grupos de amigos, no es más que la ridícula impostura a la que nos sometemos a diario los seres humanos.
Bombón, guapo, corazón, amor… Son algunos de los apelativos que más oímos a diario. Toda una suerte de palabras donde ese cariño que otrora se presuponía aunque utilizáramos otro tipo de vocablos, se hace superlativo para enmascarar las carencias, debilidades o complejos con los que lidiamos en la era de la apariencia.


No veo tan necesario dirigirse a los cercanos en términos de telenovela venezolana. Además de hiperbólico, suena forzado. No denota ternura, sino empalague. Con los hijos, con las parejas, con los padres, con los abuelos, con los alumnos o con los clientes, pierden su sentido de tanto utilizarlos.
Los “te quiero” de antaño tenían más sabor que esos que resuenan a diario como mantras terapéuticos que, además de fuegos artificiales, validan el discursito frágil y pueril de una psicología positiva que embebe todo de buenas maneras y suaves arengas, incluidas las parcelas más íntimas y personales. Coletillas exentas de toda lógica en un mundo cada vez más absurdo. Me apuñaló mientras me llamaba “cielo”. Una fantasía sin parangón.


Nunca he oído a mis padres dirigirse el uno al otro de esa manera. Como cualquier pareja, tenían sus propios códigos, pero esa dulcificación tan de moda entre los tórtolos del siglo XXI, hace estremecerse a cualquiera. Tan manida, tan evidente, tan asquerosa.
Y entre padres e hijos, ya ni hablemos… Por eso mismo, me voy a acercar a este tema con Esto es muy extraño… un álbum de Matilde Tacchini y Mercè Galì que acaba de publicar Kalandraka.
En esta pequeña historia dirigida a los primeros lectores, un chiquillo se pregunta por las razones que llevan a su familia y otras personas llamarlo por diferentes nombres de animales. Unas veces es un ratón, otras es un mono, un koala, un pollo, un lirón o un pez. ¿A qué se deberá esta extraña manía? ¿Habrán salido locos o tienen que graduarse la vista?


Así, las autoras entresacan situaciones cotidianas en las que los niños realizan gestos o actividades que recuerdan a muchos habitantes de los zoológicos, lo que por un lado sirve de gancho humorístico y por otro tiene que ver con lo identitario, más si cabe cuando los adultos se empeñan en sus excesos.
Un libro tierno para regalar a padres con poca imaginación que siempre utilizan las mismas coletillas para dirigirse a sus hijos. Lo que me hace recordar el “zángano” y el “pájaro” que siempre ha usado mi padre para dirigirse a los niños pequeños, incluido un servidor.

martes, 18 de febrero de 2025

Gastrificación o ¿el futuro de la comida?


En lo que a gastronomía se refiere, España ya no es lo que era. Desde que se han apoderado de nosotros las estrellas Michelín y los reality shows de cocina, todo se ha degradado. Si a eso unimos que bares y restaurantes han aprovechado la coyuntura para clavarnos de lo lindo por hacer lo mismo de siempre y adornarlo con cuatro gilipolleces, en este país no hay quien se coma un buen menú del día.
Caldo de patatas, guisado de costillas, lentejas estofadas, patatas a la riojana, unas fabes con chorizo u oreja, cocido con vuelcos y sin ellos, sopa de menudillos o de tomate, arroz con pollo, conejo, morralla y también con habichuelas, galianos o gazpacho andaluz, caldo gallego o salmorejo. Si lo piensan bien, los platos de toda la vida se elaboran con productos baratos y no tiene sentido que nos los estén vendiendo a precio de oro.


Y eso si es que saben hacerlos, porque empiezo a pensar que gran parte de la restauración de nuestro país empieza a entrar en esa categoría de la quinta gama, es decir, aquellos establecimientos que sirven comida precocinada y envasada al vacío, que solo hay que calentar y emplatar al gusto. Y si no, fíjense en la cantidad de carrilleras, estofados de rabo, pan bao, croquetas, gyozas, hummus o tartares de atún y salmón que abundan hoy en día en cualquier bar.
Son los platos de la llamada gastrificación, un fenómeno que además de acabar con la diversidad gastronómica de cada zona, ha provocado la industrialización de un sector en auge en nuestras latitudes y abaratado los costes de productos que casi nadie sabe lo que llevan. Nos venden el cuento de que es comida casera, pero de eso nada. Lleva los mismos azúcares añadidos, las mismas grasas saturadas, los mismos gelificantes y los mismos aditivos que la comida preparada que venden en el supermercado de turno.


Cada vez me horroriza más salir a comer por ahí. Si antes eran los caldos o los aceites, ahora todo lo que hay en el plato es una suerte de productos cuyo origen desconocemos y a los que nos vemos abocados por a) esta vida frenética y b) la ausencia de amas/os de casa que compren, cocinen y frieguen. Y espérense, que desde que las grandes corporaciones han entrado en el juego de la alimentación, en nada veremos como los productos naturales se ponen a precio de oro a base de controlar su producción y venta. ¡Ni siquiera podremos hacernos una coliflor hervida!
Por poner una nota de color en esto de llenar el buche, hoy les traigo un librito que me ha arrancado más de una carcajada. Una cucharada de ranas, con texto de Casey Lyall, ilustraciones de Vera Brosgol, es un álbum publicado por Corimbo hace unos meses que hace una crítica a los shows televisivos sobre cocina desde un punto de vista muy sugerente y divertido.


En esta historia, una hechicera se encuentra grabando un programa televisivo titulado Cocina de brujas. En su nueva entrega quiere enseñar a los televidentes como hacer la nutritiva sopa de ranas, un plato imprescindible en la mesa de cualquier bruja. Con mucho desparpajo, va mostrando cómo es la receta. Ajo por aquí, patatas por allá, un poco de extracto de mosca y el ingrediente estrella: una cucharada de ranas. Pero algo con lo que no cuenta la presentadora es con los saltos que pegan estos batracios. Por más que lo intenta, siempre consiguen escapar de su alcance, cosa que hará de echar unas cuantas ranas en el caldero, una misión imposible. ¿Lo conseguirá?


Con una estética muy cinematográfica en la que abundan diferentes tipos de planos, ambientada en esos programas estadounidenses de los años 60 y 70, esta pequeña comedia encandila a todo el mundo con su estructura narrativa en forma de sketch repetitivo donde el humor blanco es más que suficiente. De paso, pone en tela de juicio las supuestas malas artes de este personaje tan manido de la LIJ más oscura, algo a tener en cuenta dada la inutilidad de la protagonista para coger cuatro ranas. Como colofón, tienen el final, uno que les dejo descubrir por ustedes mismos, cosa que me agradecerán.

viernes, 14 de febrero de 2025

¡Feliz y moderno San Valentín!


Hoy es San Valentín y mis efebos de la ESO están como locos. Nada como celebrar el amor para que sus hormonas se revolucionen un poco más. Se regalan abrazos, caricias, carantoñas y cucamonas. Incluso he visto un par de rosas por los pasillos y alguna que otra mano cogida.
Si bien es cierto que los teenagers siguen desbordándose de cariño por todos los poros de su piel, también hay que decir que, últimamente, veo pocas muestras de cariño en público. En mi época no quedaba ni un rincón vacío para darse el lote, eran frecuentes las disputas entre esta y aquella por algún machirulo repeinado y, tanto las declaraciones de amor, como las rupturas sentimentales estaban a la orden del día.


Quizá sea mi percepción, pues ahora me hallo al otro lado y estoy poco informado de las cuitas entre adolescentes, pero sí que oigo comentarios que parecen ser sacados de salseos vespertinos, night shows o terapias amorosas. Cuestiones como el poliamor, el ghosting, el love bombing o cushioning se abren camino en las aulas de la generación alfa (así se le llama a esta panda de ofendidos urbanitas que viven en la abundancia).
A pesar de estos, esperemos que el amor siga abriéndose camino en nuestras vidas como ese puro sentimiento en el que florece la oxitocina, nos refugiamos durante las tormentas individuales y colectivas y nos arrebata el sentido como fuente de dramas, guerras y fantasías.


Para celebrarlo, hoy les traigo dos libritos muy agradables para que regalen a sus seres queridos (que siempre hace bien un poquito de letra impresa). El primero en discordia es Alguien te quiere, Sr. Cascarón, un álbum de Eileen Spinelli y Paul Yalowitz publicado el día de hoy (¡Sí! ¡La editorial catalana ha decidido festejarlo así!).


El señor Cascarón ha recibido un paquete inesperado. Cuando lo abre, descubre una caja enorme con forma de corazón llena de bombones. Sorprendido e ilusionado, este hombre comienza a hacerse cábalas de quién podrá ser la persona que se los ha enviado. ¡Por fin alguien le pretende y él da palmas con las orejas! Está tan feliz que pasa de ser la persona más desconocida del vecindario a toda una celebrity. Derrocha amabilidad y simpatía por todos los poros de su piel y ayuda a cualquiera que lo necesite. El señor Cascarón está lleno de amor. Pero como las historias no pueden ser tan bonitas, unos días más tarde el cartero regresa para decirle que hubo un error y que ese regalo no iba a dirigido a él. Entonces…


El segundo título de hoy es El libro del amor, un álbum de Vita Murrow y Annelies Draws que acaba de publicar la editorial Tutifruti para ir agrandando una colección que empezó con El libro del año y El libro de las palabras importantes.


Con sus más de doscientas páginas, este libro es un canto al amor en más de cien idiomas. Love, uhibbuka, soyayya, lerato, liebe o agape, son algunas de las palabras (o expresiones, que también las hay) que sirven para referirse a este sentimiento universal en inglés, árabe, griego o hausa. Al tiempo, en cada doble página, las autoras aprovechan para contarnos cuestiones y costumbres de los lugares en los que se habla esa lengua u otras palabras igualmente curiosas. De este modo, el lector descubre la diversidad que puebla el globo, fantasea con acercarse a esos lugares y disfruta de lo desconocido.

lunes, 10 de febrero de 2025

¿Referentes infantiles o estrategias comerciales?


Tras un fin de semana en la cuna de la Literatura Infantil, regreso a este espacio con muchas ganas de desgranar un fenómeno muy típico en el ámbito de los libros para niños: la transformación que sufren ciertas colecciones cuando el capitalismo entra en su juego más draconiano. Esto es lo que ha sucedido con Pequeña & Grande, la serie de biografías ilustradas que ha conquistado las librerías de todo el globo.
A cargo de María Isabel Sánchez Vegara y una montonera de ilustradores, estos libritos a todo color que se centran en la infancia de algunos personajes clave de Occidente, se ha sumido en las corrientes más comerciales. No es algo reciente, pues como en muchos otros ámbitos, supuestamente culturales (véase la industria cinematográfica), hace muchos títulos que se decantó por el reduccionismo de los acontecimientos históricos, cuotas y visibilidades. Lo que sí que no me esperaba era ver a Beyoncé, Taylor Swift o Lewis Hamilton entre los elegidos.


Que dos cantantes de pop y un piloto de Fórmula 1 sean los ejemplos a seguir de toda una generación de niños que no tenían bastante con prescindir de referentes cercanos, es mucha tela (luego nos quejamos de que todos quieren ser futbolistas o youtubers…). Lo peor de todo es que, además de esa dulcificación tan manida en este tipo de álbumes informativos (me gustaría a mí saber las triquiñuelas que han posibilitado a estos tres hincharse de billetes), también se aferran a la psicología positiva (¡Otros más!) para enmascarar la cruda realidad y vendernos las mieles de unos businesses muy, pero que muy peliagudos.


Si bien es cierto que muchos especialistas en psicología infantil y evolutiva defienden las bonanzas de este tipo de figuras entre la población infantil, también debemos valorar en qué tipo de modelo vital se incluyen. Guapos, ricos y famosos, ¿es esa la vida que queremos? ¿Está al alcance de todos? Mientras buscan sus propias respuestas, yo echo mano del cajón de frustraciones que niños de otras épocas han atesorado gracias a otros altavoces de la idealización. Sí, queridos monstruos, el modelo se repite.


Sabemos que estos referentes son puro éxito y nada tienen que ver con juguetes rotos como Michael Jackson, Britney Spears o River Phoenix, pero también sabemos que ahondan en algo todavía más truculento, pues no solo se adscriben a la esfera infantojuvenil, sino que se abren a un público de masas mucho más adulto que gusta de consumir estos productos en aras de momentos compartidos entre padres e hijos (lo emotivo, ante todo), algo que apoya una vez más mi teoría sobre la desinfantilización de la infancia en el ámbito de la llamada LIJ.
Y así, mientras el universo adulto vive adormecido y deja en manos de las instituciones o la industria la educación de los críos, el mercado se encarga de inocular ese germen que prostituye la esencia del ideario colectivo y ahonda en cuestiones muy complejas gracias a productos que aúnan el mainstream y lo paraliterario con tal de hacer caja.


Lo más curioso de todo este tinglado es que, evidencias como esta no susciten un debate profesional en torno a la realidad editorial por culpa del buenismo que exhiben. Como supondrán, los muchos y buenos lavados de cara que se dan a costa de negros, asiáticos, figuras femeninas y el mundo queer, no son casuales, pues si bien es cierto que venden a golpe de compromiso social y tokenismo cultural, blanquean las intenciones de las multinacionales ante una clientela que luce puños y rosas en las solapas. Paradojas de la vida moderna…


¿Y los autores? Probablemente, muchos se posicionen del lado del “todo vale”. Bien sea para leer, bien sea para subsistir, no les falta razón, más todavía si tenemos en cuenta cómo está el patio de los libros infantiles. No obstante, sigo creyendo que hay muchas formas de ganarse la vida, sobre todo cuando estas comprometen la idiosincrasia personal y las expectativas colectivas.
¿Que es un debate moral? No lo discuto. ¿Que podemos opinar? Para eso estamos. Lo único que espero es no encontrarme en un aeropuerto nuevos títulos de esta serie dedicados a Donald Trump, Cristiano Ronaldo, Elon Musk, Cicciolina, Kim Kardashian o Nicolás Maduro, todos ellos hombres y mujeres hechos a sí mismos. Y si es así, que Dios nos pille confesados…

jueves, 6 de febrero de 2025

Extrañamente humano


Con el parón invernal del mercado de novedades, tengo un ligero paréntesis para reseñar joyas que, por cuestiones del guion, todavía no había incluido en mi bitácora personal. Es el caso de Zorro, un álbum maravilloso de Margaret Wild y Ron Brooks (editorial Ekaré) que pide a gritos una lectura pormenorizada.
Si bien es cierto que el tándem de autores nos ha regalado títulos extraordinarios como Nana vieja, el libro ante el que nos encontramos se construye sobre una idiosincrasia muy particular en la que texto e ilustraciones danzan especialmente acompasadas y generan un discurso muy estimulante.


El libro nos cuenta la historia de Perro y Urraca, dos animales que por diversas circunstancias entablan una amistad. Perro ha perdido un ojo y Urraca no puede volar a consecuencia del incendio que chamuscó su ala. Urraca es los ojos de Perro. Perro es las alas de Urraca. Ellos viven conformes y esperanzados en mitad de su bosque calcinado, cuando entra en juego Zorro, un animal solitario que, rebosante de indiferencia y envidia, ve en ellos, casi obsesionado, lo que nunca tendrá. Es por ello que, jugando con las palabras, convence a Urraca para hacerla volar sobre su lomo. Pero como todo en la vida, Urraca deberá pagar el precio de hacer realidad su sueño…


Si bien es cierto que el texto y las ilustraciones se articulan poderosamente y generan significados emergentes muy complejos, podemos hablar de ambos de manera aislada.
Analicemos el texto… La prosa poética de Wild no solo tiene fuerza y sensibilidad, sino que a la vez es sencilla, prescinde de barroquismos y se asoma a la infancia desde una posición igualitaria y equidistante. Honesta y directa, se arroja sobre los lectores sin tapujos, más si cabe cuando nos percatamos de la universalidad de las emociones que se barajan en él. La inocencia, el amor, la envidia, el deseo, la crueldad, la esperanza… Son tantos los temas de los que podemos hablar con su lectura, que no me extraña nada que mediadores como Felipe Munita lo coloquen en una posición privilegiada como texto individual y/o colectivo.


Algunos estudiosos de la semiótica han apuntado que, independientemente de su intencionalidad, este relato contiene elementos y arquetipos (recuerden las funciones de Propp) que, con frecuencia, se pueden encontrar en los cuentos tradicionales. Dos compañeros (Perro y Urraca) unidos por una circunstancia trágica (un incendio devastador), se embarcan en un viaje que se ve interrumpido por un encuentro con un extraño (Zorro) que pone a prueba tres veces (numerología literaria) a uno de ellos (Zorro tienta a Urraca).
Si bien es cierto que recuerda a las fábulas, Wild enriquece esta historia con un final abierto que se desliga de moralejas y enseñanzas enlatadas para ofrecer al lector una vuelta de tuerca en la que reflejarse y encontrar una habitación propia en la que reflexionar.


Sobre las ilustraciones de Brooks podemos decir otras tantas cosas. Empezamos con unas tapas que, totalmente abiertas, dibujan la figura de zorro, un personaje de mirada misteriosa que nos invita a adentrarnos en este libro de tapa blanda (todo un acierto). 
Sobre la técnica utilizada, Brooks se desliga de la plumilla y las aguadas de color que suele usar, para desarrollar unas imágenes más pictóricas donde las texturas del óleo, la pintura acrílica, el rayado, el uso del cepillo, los garabatos y las transparencias llenan todo de gran expresividad. Si a eso unimos el negro, el ocre y el rojo como colores vehiculares, cada doble página es una estampa de esa Australia donde los incendios y el desierto dibujan el paisaje.


Aunque la edición en castellano está muy lograda, debo llamar la atención sobre la tipografía de la edición original, ya que Brooks escribió el texto a mano, concretamente con su mano izquierda (él es diestro) para que se acercase a esa letra infantil temblorosa y de proporciones inestables que a veces resulta difícil de leer. En alguna entrevista ha explicado que tomó esa decisión para que los lectores invirtieran más tiempo en leerlo y se detuviesen así en “la incomodidad, la confusión y el dolor” gracias a un texto lleno de sutilezas (por ejemplo, Wild utiliza el presente en vez del habitual pasado). Del mismo modo, el texto también forma parte de la composición de cada página, pues va cambiando de ubicación y sentido.


Como punto y final a esta reseña debo llamar la atención sobre la humanidad que destilan unos personajes extrañamente poliédricos. Nadie puede decir que las acciones de Zorro estén llenas de crueldad, pues el vacío inexpresivo que llena sus ojos también denota mucho sufrimiento. Tampoco podemos decir que Urraca sea una pobre inocente, pues ha traicionado a Perro para hacer realidad sus deseos. A pesar de un talante vivaracho, es frágil y desgraciada. Quizá Perro sea el más ingenuo y afable, algo que se percibe en ese aullido de dolor y desconsuelo que alienta a Urraca en su desesperada búsqueda de lo perdido...