viernes, 30 de septiembre de 2022

Deseos incumplidos


De entre todos los caprichos que me he concedido este verano, los que menos he disfrutado han sido los helados. Con esto de mantenerse esbelto y lucir lo mejor posible ante posibles pretendientes y compañeros desahuciados, empiezo a privarme de muchas cosas que me hacen feliz. Hay que solucionar tanta tontería y dejarse llevar por la gula y el disfrute, no sea que se derritan y se esfume el deseo. De este fin de semana no pasa que me zampe una buena porción de helado de turrón, mi favorito junto al de limón. Y si es con los pies rebozados de arena, mucho mejor.



-Vamos a hablar pronto,
antes de que me derrita.
¡Me gustas, cangrejo ermitaño!
¿Te gusta a ti la vainilla?

-Me encanta, me vuelve loco.
Creo que me la comeré toda.
Y si me da por engordar mucho
prepararé el pasaporte,
las maletas
y me iré a vivir al cucurucho.

-¡Mmmmmmm, estás más rico que la fresa,
el chocolate o el mango!
Sin duda soy muy afortunado:
¡salgo un rato a pasear
y se enamora de mí un helado!

-Pues empieza a chuparme ya
que este sol no perdona,
y si no me comes tú enseguida
lo hará la arena tragona.

José María Mayorga.
Helado x Cangrejo ermitaño.
En: Bichos, amor y cosas.
Ilustraciones de Iván Solbes.
2019. Madrid: Nuevo Nueve.


miércoles, 28 de septiembre de 2022

Madrastras, ¿víctimas o verdugos?


La madre de mi abuela se quedó viuda con cinco hijos y nunca quiso casarse en segundas nupcias. Prefirió ponerse a trabajar como una negra para sacar adelante a la prole, en vez de gobernarse un nuevo marido con el que mantenerse telenda. Sabía muy bien lo que hacía, pues es mejor quedarse pobre pero viva, que buscarse una mortaja buscando un duro. No solo para ella, sino también para sus hijos. Que ella ya había tenido padrastro.
Y no es que todos los padres postizos sean malos. Solo hay que tener un poco de psicología humana y saber algo de biología reproductiva para entender un poco de qué iba el tema en la España de entonces.


Según la teoría general de sistemas, todos sistemas biológicos, incluidos los seres vivos, tanto especies, como individuos, tienden a transmitir su información, tanto la contenida en los genes, como la que no (comportamientos), hacia lo futurible. Sean instintivos o no, muchos de nuestros actos están condicionados por el éxito, ¿y qué mayor éxito que sean nuestros propios hijos y no los de otro, quienes trasciendan en el tiempo? He ahí el quid de la cuestión.


Quizá hoy día veamos esto como un atraso, pues el mundo ha cambiado, pero en otra época con otras circunstancias, cabría esperar que madrastras y padrastros putearan a quienes no fuesen sus hijos. A menos que no tuvieran prole propia o que les sobraran recursos, los hijos del otro pasaban las de Caín. Mulos de carga, mal vestidos, hambrientos, y apaleados. Así era la vida, incluso para los churumbeles biológicos, que en aquel entonces había muchos, no eran tan deseados y la pobreza campaba a sus anchas.


Entonces, ¿por qué la madrastra de Blancanieves, teniendo poderío y ningún vástago al que proveer de atenciones, se quiere cargar a la nena? Seguramente habrán leído las explicaciones que psicólogos como Sheldon o Bettleheim han dado sobre el tema, pero hoy le llega el turno a Beatrice Alemagna.
Y es que en su Adiós, Blancanieves, un álbum de gran formato y recién publicado por la editorial Combel, la autora boloñesa toma como referencia la versión primigenia de este cuento clásico recopilado y reescrito por los hermanos Grimm.


Es una buena oportunidad para saber que en la narración original Blancanieves despierta de su sueño debido a un tropiezo y se casa con el príncipe, mientras la madrastra es castigada a danzar sobre unos zapatos de hierro al rojo vivo durante la boda. Y también es la mejor manera para internarse en senderos oscuros que, allende lo literal, discurren por múltiples conflictos ajenos y personales.


En esta ocasión, la figura de la madrastra eclipsa por completo a Blancanieves, la eterna víctima que siempre termina triunfando en la versión clásica. Así se nos presenta una nueva visión, desde el otro lado, el de los celos, la envidia, la vejez, la venganza. Esa representación del mal que se ve auspiciada por emociones básicas que todos hemos experimentado alguna vez, que la relanzan a lo humano y dejan entrever una serie de flaquezas nada ajenas.


Un texto en primera persona (¿Acaso pretende ponernos en su pellejo? ¿Acaso sus vidas discurren paralelas?) que se intercala con secuencias de ilustraciones desbordadas sobre la doble página, se entremezclan para crear un discurso inquietante en el que se pueden encontrar muchos matices. Los del sempiterno rosa neón de la Alemagna, los de la negrura del bosque o la terrible melena de Blancanieves, los de tonos ardientes y enfurecidos, los ocres y su dolor, el rojo y la venganza. Un sinfín de reflejos que ensalzan un libro lleno de guiños a Francisco de Goya, Gustav Klimt o la arquitectura clásica desde el expresionismo más sonoro.
Un libro oscuro dedicado a las mujeres y su propia lucha intergeneracional, a las debacles interiores y la tristeza que emana de ellas.

lunes, 26 de septiembre de 2022

Un nuevo camino


Empieza el decimoquinto curso al frente de este espacio de libros infantiles, miserias humanas y monstruosidades varias. Si pensaban que les iba a dar tregua este 2022-2023, estaban equivocados. Nada me gusta más que lacerarles con mis observaciones inútiles, conclusiones sacadas de contexto e ideas marítimas. Y este curso, más que nunca.


La cosa promete. Una incipiente crisis energética, especulación con las materias primas, inflación por la estratosfera, guerras que no son guerras, pugnas de poder, destrucción masiva de puestos de trabajo, ismos para lobotomizarnos a todos, una “plandemia” desinflada, y agendas 20-30 que van a hacer las delicias de este lector.
También tocan aires de cambio… Entre viaje y viaje estival, he estado releyendo algunas entradas de los últimos cinco años y la verdad que no me he reconocido mucho. Creo que he sido bastante correcto y no lo suficientemente lapidario. Hay mucho gilipollas al que le he dado tregua, libros que no valían una mierda, editores que se han comportado como auténticos mafiosos y debates dignos del vómito. Ha llegado la hora.
Para terminar de rizar el rizo les hago saber que me hallo rodeado por adultos despreciables en mi nuevo puesto de trabajo. La guinda de un pastel con el que más de uno se va a atragantar cuando me lea: vuelve el Román más displicente.


Le dije al patrón de España que iba a ser mucho más condescendiente este curso, que no me dejaría llevar por mis bajezas, que intentaría entender a otros pecadores y que evitaría cagarme en todo lo que se menea… Pero no, los tiros no van a ir por ahí. Será que enuncio mis plegarias malamente o que el destino me depara algo con más enjundia, pero el caso es que no me dejan ser bueno. Y mira que yo quiero… Pero no… Imposible.
Eso sí: nada de regodearse con lo que he dejado atrás. Hay que ceñirse al presente, buscar nuevas ideas con las que aprender, cultivar otras miradas, y experimentar la vida que se nos va. Me parecería una pérdida de tiempo abrir viejas carpetas, retomar rencillas infructuosas o temáticas espiraladas.


Que corra el aire. Como en El oso y el murmullo del viento, el álbum de Marianne Dubuc con la que doy el pistoletazo de salida a una nueva temporada de reseñas. Publicado por editorial Juventud la primavera pasada, es una historia ideal para cualquier principio y otros puntos de partida. En ella, un oso siente que su vida está algo estancada. Que a pesar de tener buenos amigos, su sillón y su tarta de fresa, ha llegado el momento de marcharse, de dar un giro a su vida, de probar cosas nuevas. El sillón ya no es tan cómodo ni la tarta sabe tan bien. Es así como decide emprender un viaje tras un murmullo de cambio que le trae el viento.


Con la siempre sutil mirada de la autora canadiense, descubrimos que el periplo de oso podría asemejarse al de cualquier otro. La búsqueda de uno mismo, de lugares en los que ser y estar casen a la perfección, de los miedos y las dudas que nos asaltan en mitad del camino, de cualquier atisbo de incertidumbre que nos hace replantearnos una y otra vez si hemos hecho lo correcto, o de lo difícil que es abandonar nuestra zona de confort.
Les invito a que lo lean, a que se miren en él, a que se pregunten si alguna vez se han sentido como este oso, a si tomarían su ejemplo, a si lo volverían a hacer. Yo lo tengo claro. Repetiría una y mil veces. El viento siempre acierta con sus susurros.

lunes, 4 de julio de 2022

¡Feliz verano!


Ha sido un curso muy intenso. El nuevo centro, la escuela de idiomas, toda una suerte de casualidades, el dichoso virus, los conflictos bélicos, cuestiones sanitarias, problemas personales, sorpresas ingratas y la inflación. Hemos tenido de todo.
A pijo sacado y contra el viento he logrado sacar adelante este sitio. Aunque con un ritmo menor del que me gustaría, he podido hacerles el seguimiento de los libros más interesantes (a mi juicio) del panorama infantil y juvenil, algo que, espero, les haya sido de utilidad. Aunque tenía intención de hacerles unas cuantas sugerencias de narrativa o libros de actividades, no doy más de sí y los tendremos que aparcar, pues una vez más cierro este espacio para dar rienda suelta al ocio y la distensión abdominal (ya está bien de apretarse el cinturón).


No crean que me voy a ir muy lejos teniendo en cuenta como está el percal (ya he disfrutado de mi dosis de viajes internacionales) y he decidido sacarle el provecho a este país que tanto quiero a pesar de su clase política, una lacra que debemos erradicar dejando de votar y reformando la ley electoral de una maldita vez.
Asturias, Galicia, Mallorca o la costa alicantina son algunos de los destinos que tengo en mente. Si pululan por ahí, quizá nos veremos. Si no, siempre nos quedará este lugar.


Hasta nuevo aviso, les dejo con las imágenes de La playa de Ximo Abadía y Zahorí Books, uno de esos libros de no ficción que bucea por la costa desde una perspectiva un tanto humorística y el estilo tan característico de este autor.
¡Que tengan un muy feliz verano!


jueves, 30 de junio de 2022

De atascos


La verdad que suelo utilizar el tren o el avión a la hora de realizar trayectos de larga distancia y dejo la carretera para no suelo sufrir de males en carretera, unos que me exasperan. Esto no quiere decir que de vez en cuando tenga que padecerlos.
Sin ir más lejos, el otro día me vi atrapado en un atasco monumental a la altura de Villena. Es lo que tienen las fiestas de San Juan, que no solo los de levante nos acercamos a disfrutar de mascletás y otros faustos, sino que otros muchos especialistas en esto de la movilidad, se unieron a la fiesta.


Un atasco aparece de sopetón. Te paras casi en seco. Lo más curioso es que cuando empiezas a estirar la cabeza como un avestruz para poder vislumbrar qué problema origina el tapón circulatorio, solo puedes ver centenas de metros ocupados por un sinfín de vehículos motorizados.
Sobre las causas del embotellamiento, nos ponemos con la lluvia de ideas. Accidente es lo que más se escucha (un poco de positividad, por favor). También se habla de controles de drogas, documentación o alcoholismo. Alguno que otro apunta a un animal muerto, un incendio forestal o una avería.
La sorpresa viene cuando te acercas al llamado punto negro y descubres que no pasa nada. Por arte de birlibirloque los vehículos han ido aminorando la marcha. Camiones y turismos no se han puesto de acuerdo y la circulación se ha parado de manera inexplicable.
Y te cabreas porque has perdido media, una o dos horas. Porque cuando te toca uno, lo más probable es que te toque otro. Porque cuando llegues te toca darle de cenar a los nenes, deshacer maletas y poner lavadoras. Te cabreas porque sí.


Esta es la realidad que nos expone Rosa Ureña Plaza en su Un señor atasco, el álbum sin palabras ganador del último Premio de álbum ilustrado Biblioteca insular de Gran Canaria convocado por esta institución junto a la editorial A buen paso, encargada de publicar las obras ganadoras.
El señor atasco madruga mucho, se coloca sobre la cabeza su mejor gorro (¿Se han fijado que objeto es?) y se dirige al pueblecito montañés que hay al lado de su hogar. Una vez allí empieza a engullir coches, camiones y autobuses y se echa a dormir en mitad de la calzada con el estómago lleno de un atasco monumental que se solucionará gracias a su boca abierta y la pericia de unos conductores que finalmente llegarán al destino.



Con mucho humor e ironía, la autora se lanza a la carretera hurgando en todos los pormenores que ya he relatado, utilizando la metáfora y la hipérbole como recursos narrativos de primer orden, así como una estructura de cómic que facilita el ritmo y la intencionalidad.
Calles y viñetas alternan sus dimensiones para ir creando una historia dinámica donde el viaje veraniego es el leitmotiv para crear una historia de ida y vuelta, casi circular. No pueden faltar detalles de todo tipo como la decoración en la casa de este señor, las casas y habitantes del pueblecito de montaña o los personajes que encontramos en los vehículos.


Ideal para regalárselo a todos los que se pasan el día conduciendo o para quitarle hierro a cualquier atasco independientemente de sus dimensiones.

miércoles, 29 de junio de 2022

Solos ante todo



Últimamente pienso bastante en qué productos se ofrecen a los jóvenes desde los púlpitos culturales. Y la verdad es que me decepciono bastante. Películas con mucha acción, efectos especiales y, por supuesto, políticamente correctas. Novelitas comerciales llenas de dramas hiperbólicos, argumentos clónicos y estructura fácilmente digerible. En el ámbito musical el jingle ha llegado a lo más alto, nadie afina una nota, compases binarios y tribales y letras cuánto más explícitas y viscerales mejor.
¿Siempre ha sido así? Aunque el consumidor siempre ha sido parecido (un teenager siempre será un teenager) es cierto que hace un par de décadas este tipo de productos no estaban tan desarrollados, sobre todo porque las plataformas digitales no habían entrado en el negocio de la compra-venta y esa espiral del todo vale. Todavía seguía primando el canon y, aunque nada podía compararse con la alta cultura, sí quedaba cierto poso de buen gusto y reverberaban ciertas ideas en la industria cultural.
Hace veinte años podías encontrar chavales escuchando a Linkin Park, Rage Against The Machine o 2Pac, viendo películas como Million Dollar Baby, Lost in Translation o Deseando amar, y leyendo a Haruki Murakami, Stieg Larsson o Stephen King. No quiero decir que estas obras o artistas fueran el sumum, pero sí te podían llevar a tirar de la hebra, a otros autores y enriquecerte de un modo u otro. Ahora, ni siquiera eso.
¿Cuál es el resultado? Adolescentes con una riqueza verbal paupérrima, líneas de pensamiento manidas y vulgares, unas expectativas vitales bastante descorazonadoras y la inteligencia emocional por los suelos. Frágiles, suspicaces, solitarios, tecnócratas y tiranos.


Por todas estas razones me alegra encontrar buenos productos dirigidos a preadolescentes, ya que a partir de ellos se puede ir educando la mirada hacia una dirección deseable. Productos como Solos, una serie de cómic de la que nunca he hablado pero que me fascina por una trama que te atrapa, el ritmo narrativo, unos personajes bien construidos y la multiplicidad de planos discursivos que ofrece.
Aunque ya la mencioné en este monográfico sobre cómic infantil y juvenil, tenía pendiente una reseña de la obra de Fabien Vehlmann y Bruno Gazzotti editada en nuestro país por Dibbuks, y este es el momento de airearla.


Esta serie apareció por entregas en la revista Spirou allá por el año 2005 que hasta la fecha se han reunido en 12 álbumes estructurados en tres ciclos (Nota: en la edición española tenemos disponibles ediciones integrales que incluyen varios álbumes. El primer ciclo incluye los volúmenes 1 y 2, el segundo ciclo el 3 y el 4, y del tercer ciclo solo hay disponible el quinto volumen).
La historia está protagonizada por un grupo de niños que una mañana despiertan y se encuentran solos en una ciudad desierta en la que no hay adultos por ningún lado. Los unos se van topando con los otros y crean una especie de pequeña comunidad que poco a poco y gracias a diferentes sucesos y aventuras empiezan a comprender esa realidad tan extraña. Suspense, tensión, humor, fantasía y montones de vueltas de tuerca crean un argumento de lo más nutritivo en el que cualquier lector se pondrá a bucear, más todavía teniendo en cuenta un elenco de personajes de lo más variado con los que se puede identificar.


Dodji es el líder reflexivo, Leila la temperamental y avispada segunda de abordo, Celia, dulce y romántica, Iván, entrañable antihéroe, Terry el más infantil y payasete de todos, o Saúl, el eterno enemigo. Todos ellos pertenecen a estratos sociales diferentes, tienen edades diferentes, una personalidad muy marcada y el papel de cada uno dentro de la historia es importante. Esto por un lado ofrece un resultado bastante coral y por otro ayuda a construir el reflejo que los lectores ven de sí mismos, no sólo por la identificación estereotipada con alguno en concreto, sino por los destellos discursivos que todos ofrecen a la visión de conjunto.


Todos estos elementos, y como no podía ser de otra manera, ofrecen una lectura muy nutritiva. Por un lado la historia bebe de un punto de partida común en las grandes obras de la Literatura Infantil, el niño se enfrenta al mundo, a su mundo, sin la ayuda ni supervisión de los adultos. Oliver Twist, Momo, Tom Sawyer o Matilda. Todos entienden el universo adulto desde una perspectiva indeseable, pero al mismo tiempo que avanzan en el relato descubren que una compañía necesaria en ese viaje iniciático que es la vida, no solo a la hora de procurarles cobijo o sustento, sino ánimo y conocimientos.
Por otro lado hay que hablar de humanidad, una que se agudiza cuando el peligro acecha en cualquier recoveco, en cualquier instante. Ese extrañamiento que produce la supervivencia y hace aflorar los sentimientos más variados en un mismo instante. Indiferencia, envidia, orgullo, amor o miedo. El lector se deja lacerar por esa amalgama de sensaciones pero al mismo tiempo reconoce sus propias cualidades.


También decirles que, como bien he apuntado en el prólogo de esta reseña, es una obra que te lleva a otras obras sobre todo a aquellas donde los niños son protagonistas, donde encontramos un viaje en grupo o un personaje aislado. Se me vienen a la cabeza Peter Pan y Wendy de Barrie, El maravilloso mago de Oz de Baum, Robinson Crusoe de Defoe, El guardián entre el centeno de Salinger o El señor de las moscas de Golding, libros que adultos o niños deberíamos leer.
Lo dicho, una buena alternativa a películas empalagosas y videojuegos con mucho ruido que ha sido llevada a la gran pantalla y que algunos han comparado con la serie de televisión Perdidos.



miércoles, 22 de junio de 2022

Libros infantiles sobre camaleones


Hay animales que son más susceptibles que otros de aparecen en los obras dedicadas a los niños. Cocodrilos, osos, elefantes, perros y gatos se llevan la palma (hagan click sobre algunos de ellos y descubran algunas entradas dedicadas a libros con estos animales como protagonistas), pero hay muchos otros que, por determinadas características, son la excusa perfecta para tratar ciertos temas. Este es el caso de los camaleones, unos reptiles que a mí, particularmente, me vuelven loco.


Nadie puede negar que son animales muy especiales. Y es que las más de 160 especies de camaleones conocidas comparten una serie de características comunes únicas.
Por un lado son reptiles generalmente arborícolas, una forma de vida que tiene relación con la forma de sus patas (dos dedos prensiles en vez de cuatro) y una cola que puede agarrarse a cualquier rama.
Por otro, sus párpados se encuentran unidos formando una estructura cónica en torno al ojo, de manera que este se abre a la luz mediante una zona circular. Al mismo tiempo, esos ojos tienen un movimiento independiente el uno del otro y su capacidad de giro es bastante alta.
También tienen una lengua larguísima que son capaces de lanzar a velocidades pasmosas, algo que les permite capturar a sus presas a una cierta distancia y por sorpresa.
La última y más sorprendente característica, es que su tegumento (el pellejo, para que nos entendamos) está formado por una serie de células, los cromatóforos y los guanóforos, que son capaces de modificar su color e intensidad.


Quizá la característica que más se utiliza como hilo argumental en este tipo de álbumes es la del cambio de color, pero cabe recordar que los camaleones no cambian de color para camuflarse, sino como respuesta a los cambios de temperatura, para aparearse o como defensa frente a otros camaleones. Lo que podría tomarse en principio como un elemento informativo más, no lo es, ya que se adscribe a un error de concepto científico y por tanto, hasta que la zoología demuestre lo contrario, sigue siendo ficcional.
A veces la Literatura tiene estas cosas y a pesar de ser igualmente válida como acto creativo, no lo es tanto en otros términos, así como ayuda a mantener en el tiempo clichés e ideas preconcebidas que distan mucho de la realidad.
Para corroborarlo, tendrán que acercarse a los pinares y encinares de Almería o Málaga, (tengan cuidado para no molestarlos ni hacerles daño o por el contrario, como muchas tribus africanas piensan, una maldición se cernerá sobre ustedes). Y si no les pilla cerca, siempre pueden leerse cualquiera de los siguientes libros.



El primero es Su propio color, un libro de Leo Lionni que acaba de editar Kalandraka. Todos los animales tienen su propio color excepto el camaleón. Según Lionni el camaleón cambia de color dependiendo de donde esté, así que uno de ellos decide permanecer sobre una hoja para ser siempre verde. Pero la naturaleza también es cambiante (un giro discursivo muy interesante) y el camaleón se ve obligado a cambiar de color nuevamente. Entristecido, el camaleón vaga de nuevo buscando su propio color hasta que se encuentra con otro camaleón que introduce otro nuevo concepto discursivo, la aceptación personal y la identificación con sus iguales.


Con agudas coloristas, líneas sencillas y formas planas, el genio italiano nos acerca una vez más a una historia que algunos podrían adscribirla al libro de valores, pero que para mí se presta mucho a la libre interpretación, sobre todo cuando la mediación lectora no se centra en las evidencias y lo manido.



El segundo es Simón, un álbum de Amaia Arrazola publicado por Flamboyant. Está protagonizado por un camaleón que es incapaz de cambiar de color cuando toca. Prueba en mitad de los árboles, con un campo de girasoles e incluso debajo del agua, pero nada. Su piel adquiere la coloración que le da la gana. Al final tendrá que convivir con ese pequeño defecto y no intentar ser un camaleón perfecto.


En la misma línea que el anterior, este libro colorista con un estilo muy particular, trata el amor propio desde una visión intraespecífica, es decir Simón además de ser diferente del resto de animales, también es diferente entre los camaleones, lo que en este caso sí le proporciona un discurso más psicosocial que se dirige directamente a lo humano.



El que le sigue no es otro que El camaleón camaleónico de Eric Carle, un boardbook sensacional con mucha marcha. Este camaleón llevaba una vida bastante aburrida hasta que se le ocurrió visitar el zoo. Le encanta todo lo que ve. Elefantes, jirafas, ciervos, flamencos o tortugas. Quiere ser como todos ellos y empieza a modificar no solo el color de su cuerpo sino también su anatomía. Pero llegará el punto en el que, con tanto cambio, ya no sabrá quién es y la cosa se irá de madre. 


Disparatado y elaborado con las técnicas que ya hablamos en este monográfico, este libro no es solo un juego de adiciones, sino también de adivinanzas y creatividad donde las imágenes quiméricas son el punto de partida para construir el discurso sobre un formato único (¿Recuerdan los listines telefónicos en papel? Pues eso mismo). 


Sí, amigos, Eric Carle le da una vuelta de tuerca a la capacidad mutante del camaleón y nos habla de la identidad, un concepto estupendo que puede tratarse desde prismas variados como la filosofía, la biología o la psicología. 



El último de esta tanda es El camaleón azul de Emily Gravett que está editado en nuestro país por la editorial Picarona. En este libro para primerísimos lectores, la autora inglesa enfrenta en cada doble página al protagonista con diferentes objetos de tal forma que el camaleón no solo cambia de color, sino que intenta adoptar su forma.


El lenguaje, tanto verbal, como visual, es bastante interesante. En lo que se refiere al texto, Gravett adscribe el adjetivo a la página izquierda, donde generalmente se encuentra el camaleón y la del sustantivo a la izquierda, donde siempre está el objeto, lo que establece una secuencia rítmica espacial muy interesante para un tipo de lectores que gustan de la repetición y las referencias. En lo referente a las ilustraciones, la autora introduce juegos visuales que pasan por añadir dinamismo y variar la ubicación de los elementos en la página (véase el caso del saltamontes) o el uso de tintas con relieve para sorprender al espectador.


Detalles como la forma de los créditos (es una virguería que habrá sacado loco al maquetador) o guardas a modo de prólogo-epílogo, siempre hacen de sus títulos una delicia en torno al género del álbum.

martes, 21 de junio de 2022

La ligereza de los kilómetros


Me decía el otro día la María José que no entiende cómo no le saco más partido a mis viajes en esto de las redes sociales. Le respondí que bastante trabajo me daban los libros para críos, como para apuntarme a otro bombardeo. Eso sí, si llego a saber que tengo tanto tirón, me hubiera montado un blog de viajes y convertido en un Phileas Fogg contemporáneo.
Si bien es cierto que la broma te sale gratis cuando estás macizorro o te recorres todas las plazas del mundo dándote besitos con tu pareja, seguro que el menda lerenda hubiera encontrado la forma de hacerse querer entre los trotamundos. Alguna tontuna hubiese inventado para que me hubieran mandado como reportero a Nueva York, Sidney o las Bahamas.


Aunque estas alturas de la vida he visitado más de quince países (no está mal teniendo en cuenta que ninguno de esos viajes ha sido muy convencional), todavía queda mucho por recorrer. Aunque reconozco que me gusta mucho (demasiado, diría yo) Europa, no me importaría ir a Canadá, Nueva Zelanda, Costa Rica o Japón.
Ni qué decir tiene que todavía me falta por conocer gran parte de España, una falta que estoy empezando a subsanar desde que retomé la insana costumbre de visitar a conocidos y allegados (N.B.: No descarten que algún día me presente en sus pueblos y ciudades si es que tienen a bien recibirme con vino y aperitivo).


Es una pena que hace años los smartphones fueran una castaña y yo siempre me haya negado a cargar con la cámara de fotos. Les hubiera enseñado sitios estupendos, juergas para quitar el sentío, gente maravillosa… Pero por otro lado también me alegro de que todas esas experiencias hayan quedado guardadas en mí memoria. En parte son personales y no me apetece compartirlas con nadie aunque de vez en cuando deje que afloren a la superficie como meras anécdotas del pasado.
Lo más curioso de todo es que, a pesar de los kilómetros que llevan a cuestas mis riñones, cada vez camino más liviano. Conforme pasa el tiempo se hacen llevaderos, más todavía cuando vas soltando lastre. Echas la vista atrás, recorres espacio y tiempo, apenas te reconoces (la física y sus paradojas...) y sonríes como un tonto al percatarte de la importancia que tiene cada paso insignificante.


Y así, con cierta intensidad, llegamos a Cuentakilómetros, un libro de Madalena Matoso que está publicado por la editorial Coco Books y se me había escapado. En él, tomando como punto de partida un viaje en automóvil y el recurso narrativo de las pestañas móviles, la artista portuguesa se marca un libro juego (casi)infinito y bastante interesante.
Escenarios variados, familias en la carretera, todo tipo de circunstancias (desde atascos terribles a indeseables pinchazos), guiños geniales y un montón de detalles (no se olviden de leer la guarda trasera porque encontrarán el inventario de todo lo que hay que buscar en él), articulan una historia que se desborda gracias al lector-espectador y la magia que subyace en cada odisea por pequeña y cotidiana que sea.


Cercano, colorista y muy vivaracho, es fantástico para trotamundos en ciernes, conductores fanáticos y cualquiera que deje volar su imaginación.

Tomar el fresco



Hace unas semanas muchos se estiraban de los pelos porque el invierno no llegaba a su fin. Hacía un frío negro y querían ver el sol, echarse unas cañas al calorcito del astro rey, empezar a lucir los trapos de temporada y guardar en el armario abrigos, bufanda y edredones.
¡Vaya si lo han conseguido! Se ve que le rezaron todas las oraciones posibles a sus dioses. Echaron mano de catecismos y coranes y no pararon hasta que musitaron todas y cada una de ellas. Desde luego tienen que estar la mar de contentos, porque frío, lo que se dice frío, no van a pasar en unos meses.


A mí, que lo que más me gusta es una primavera en condiciones, de esas en las que no te tuestes el pescuezo y te entre el fresquete por la rabadilla cuando cae la noche, ni la he olido. Nada, inexistente.
Este clima se está volviendo extremo de más y uno no sabe si vive en Londres, Marrakech o Singapur. Llueve a raudales, de repente un calor que te torras, tormentas tropicales en mitad de la tarde, heladas criminales en mitad de la nada… ¡Esto es un no parar!


Y lo peor no es que tengamos que echar mano del abanico antes de tiempo o que tengamos el perchero lleno de hatos. Lo peor es que con unas cosechas diezmadas y Ukrania hecha un desastre, este otoño veremos de qué pan nos alimentamos. O mejor dicho, a qué precio.
Unos dicen que son oscilaciones climáticas, que de vez en cuando el macroclima nos suelta una de estas bofetadas. Cada cincuenta, cien años, ¡zapatazo! Los otros, que le han visto el negocio al cambio climático (como estará la cosa que hasta los del PP se están apuntando). Eólicas, solares y mareales, pero los verdes en Alemania ya han dicho que sí al carbón… ¡Para que se fíen de alguien!
Yo lo único que sé es que, como ya hago lo que está en mi mano para controlar esta entropía que nos trae de cabeza, solo me queda lanzarme a las calles. No sé si a disfrutar o sufrir de los avatares del tiempo, pero donde corra el aire y no me acribillen los mosquitos, que dentro de las casas, virus y sarna. Habrá que tomar ejemplo de los protagonistas de Hacemos miguitas, imitamos a un cuco, un álbum de Lina Ekdahl y Emma Hanquist publicado por Galimatazo.


En este libro sin mucha pretensión nos cuenta la historia de Mats, Ellen, Yasmina, Linnea o Karim, de niños como tú o yo que se pasan el día dentro de casa enredando. Con los videojuegos, en la cocina, con juguetes de todo tipo. Poniendo todo patas arriba y ensuciando lo que no está escrito. Pero un día a la abuela se llena el gorro de guijas, abre la puerta y les dice que a respirar aire fresco. Al principio no les gusta nada la idea, ¿qué pijo van a hacer ellos en un sitio donde no hay camas, ni sofás, ni teléfonos móviles? Luego la cosa cambia cuando descubren que la naturaleza esconde montones de secretos y juegos escondidos.


Un libro honesto donde un texto bien traído, elegante y poético se acompaña de ilustraciones cargadas de perspectiva y movimiento, de pequeñas metáforas y gestos, que ayudan a ensalzar el valor de los jardines, el campo y el bosque como espacios de recreo y aprendizaje entre una infancia cada vez más tecnócrata, casera y atontada que entra en conflicto con un universo adulto y hastiado por la crianza (con pandemias o sin ellas). 
Sin pretensiones y directo, lo pueden ir regalando a todas esas familias atontadas (que los padres no se quedan atrás) por un modus vivendi cada vez más estático, inerte y asocial.