miércoles, 21 de abril de 2021

Introspección creativa


Mucha gente piensa que el proceso creativo tiene mucho de mágico. Que ilustradores, escritores, fotógrafos, directores de cine o músicos tienen un don y que, por arte de birlibirloque, son capaces de cualquier cosa sin entrenamiento previo. Pues no, señores, además de cierto sentido estético y alguna aptitud, detrás de cada artista hay muchas horas de trabajo, de reflexiones, de pruebas, ensayos y errores, y, sobre todo, muchas horas de estudio.
Dominar los pinceles, el cincel, el objetivo o el arco de un violín, requiere de cierto empeño y mucho tiempo. Luego, amén de las repeticiones y equivocaciones, las sonatas de Rachmaninov, las esculturas de Giacometti o El pelele de Goya acaban pareciendo fáciles.


Nos mintieron sobre el uso de las drogas duras, el alcohol, el sexo, los viajes astrales, la interpretación de los sueños, el budismo, las partidas de ajedrez e incluso el ecologismo. Nada asegura la catarsis artística. Las ideas pueden llegar en cualquier momento. En mitad de una clase, en plena ola de calor, en la habitación de un hospital o sobre la taza del wáter.
Tanto es así que convengo con ustedes en que algo de paz y tranquilidad nunca viene mal para aclarar las ideas e inspirarse a base de pensamientos y recuerdos que, aunque complejos, siempre logran ordenarse y conspirar en pro de un mensaje -el nuestro- que va elevándose y tomando forma.
Por todo ello no se extrañen si alguna vez reciben tirones de orejas, mañas caras o alguna que otra coz por parte de artistas y creadores, gentes que no suelen gustar de enteraos, impertinentes, opinadores y golismeros que, además de contribuir a la marabunta, distraen y molestan.


Por eso, cuando leí Nirave y el mar por primera vez, esbocé una amplia sonrisa de triunfo, algo por lo que le estoy muy agradecido a Matt Myers, su autor, y a Dr. Buk, la pequeñísima editorial abulense que lo ha traído hasta nosotros. Y como sé que este libro ha pasado desapercibido para muchos monstruos, aquí lo traigo para su disfrute. Les aseguro que les va a encantar.
La orilla del mar. Un día espléndido. Mientras otros se dedican a pasear o al juego, Nírave contempla el horizonte y comienza a conversar con la arena y los desechos que encuentra en la playa. Varias personas se acercan y lanzan preguntas. Condescendientes, de extrañeza, unas con sentido, otras más absurdas. Haciendo caso omiso, ella da rienda suelta a su imaginación, hasta que de pronto se acerca alguien que la sorprenderá gratamente.  


Atmósfera y localización son los dos rasgos definitorios de unas ilustraciones en las que podemos oler el mar, disfrutar de las aves pasajeras, o de cómo el sol se filtra por la espuma que llega a la orilla. Imágenes llenas de quietud y profundidad -muy aptas para espectadores contemplativos- llenan las páginas de un álbum donde se respira la tensión de un alma creativa e introvertida que anhela encontrar un lenguaje propio entre ese ruido absurdo que muchas veces es el mundo, que trata con indiferencia a quieres no saben mirar, y que aborda también el entendimiento intergeneracional y las formas de concebir el arte.
Realismo y pinceladas de ¿acrílico u óleo? que consiguen sorprender y emocionar a partes iguales.


Aparte de ser una historia ideal para leer en la orilla de la playa, tiene mucho de cotidiano, algo que la hace perfecta como regalo a niños rebeldes, artistas en ciernes o incluso consagrados. Solo ellos entenderán la necesidad de entender la creatividad desde un proceso reflexivo y libertino.


domingo, 18 de abril de 2021

Libros de artista, álbumes de artista... ¿qué son?


En las últimas charlas sobre álbum a las que he asistido, he oído bastantes veces las expresiones "libro de artista", "libro de autor" o "cuaderno de artista", unas denominaciones que a veces se utilizan indistintamente pero que tienen sutiles diferencias. A eso mismo me dedicaré hoy, a sacarlas a la luz, y de paso me internaré en los llamados álbumes de artista en los que incluyo algunas sugerencias de última hornada.


Cuando hablamos de libro de artista, por lo general nos referimos a una publicación concebida y diseñada por un artista como obra de arte en sí misma. Para ello el autor es consciente de algunas de las características del libro como objeto. Su capacidad de circulación geográfica, el bajo coste y la longevidad del soporte, hacen más accesibles sus creaciones y llegan así a un mayor número de personas. Es decir, utiliza el libro como objeto democratizador de sus ideas ya que hasta hace poco, dicho formato ha sido considerado el principal medio de difusión de masas.
Fotografía, collage, libros acordeón, arte postal, grabado, libros alterados (libros de artista que se realizan sobre otros libros), medios digitales, óleo, elementos pop-up y móviles, dioramas, troqueles… Cualquier técnica y concepto artístico es válido a la hora de desarrollar un libro de artista, algo que propicia cierta problemática a la hora de sistematizar unos criterios que permitan identificarlos y clasificarlos.
Lo mismo sucedería sobre su reproducibilidad. Por lo general el libro de artista es único o tiene una edición muy limitada, un hecho que aúpa el coleccionismo y la revalorización, véanse Twentysix Gasoline Stations de Edward Ruscha (3000 ejemplares), el Quadrante Illeggibile Bianco e Rosso de Bruno Munari (2000 copias) o La boîte verte de Marcel Duchamp (300 ejemplares ordinarios y 20 de lujo). Tiene poco que ver con el libro convencional, uno altamente reproducible debido a su carácter industrial, sin embargo, en la actualidad no se considera una característica diferenciadora ya que hay libros de artista que se han reproducido una y otra vez por diferentes intereses.


Bruno Munari. Quadrante Illeggibile Bianco e Rosso.


Marcel Duchamp. La boîte verte.

Dentro de los libros de artista podríamos hablar del cuaderno de artista. Debido a su carácter personal e íntimo, estas herramientas de estudio son libros de artista per se. Solo habría que matizar que los cuadernos llevan implícito un grado de experimentalidad mayor y responden más a un proceso que a un producto artístico final en el que el discurso está debidamente construido y presentado al lector-espectador. Como cualquier otro libro de artista puede ser único o reproducible, algo que siempre responde a un interés personal o capricho, tanto del autor, como de un editor externo.


Dieter Roth. Little Temptative Recipe.

Por último hay que detenerse en los libros de autor. Con esta denominación nos referimos a todos aquellos libros que se publican sin la intervención de un editor o una casa editorial, algo que hoy día se conoce como autoedición. En ellos, el autor es responsable de todos o la mayoría de los aspectos del proceso de creación y edición del libro. Ello no implica que sean libros exclusivos o con tiradas de 500 ejemplares -existen libros de autor que han vendido miles de copias-, ni que contengan ideas transformadoras dirigidas a los cambios sociales. Si bien es cierto que tienen buena prensa ya que responden a deseos personales o innovadores que muchas veces no tienen cabida en la edición convencional, muy pocos son libros de artista.


Edward Ruscha, Twentysix Gasoline Stations.

Una vez definidos estos tres tipos de libros me gustaría establecer ciertos paralelismos con el llamado libro-álbum, uno de los géneros mayoritarios en la Literatura Infantil y que reúne una cantidad sustancial de libros de artista.
Lo primero que debemos de tener en cuenta es que los libros de artista surgen en el siglo XX, sobre todo en el segundo tercio, una época donde las vanguardias artísticas -léanse surrealismo, arte pop o el movimiento Fluxus- desarrollan las primeras producciones artísticas de este tipo. Es también la época en la que el álbum infantil se desarrolla enormemente, por lo que existe un paralelismo que hace emerger puntos comunes que conectan unos con otros, más todavía si tenemos en cuenta que el libro-álbum es un género en el que empiezan a ingresar numerosos artistas gráficos reconocidos.


Katsumi Komagata. Meet Colors - Little Eyes

Uno de esos puntos comunes es la imagen. Tanto el libro de artista, como el libro-álbum se desliga del lenguaje textual para desbordarse a través de otros lenguajes, principalmente el gráfico, de manera que la idea encuentra nuevas narrativas donde caben nuevas miradas que alientan discursos más o menos transgresores, más o menos transformadores, más o menos literarios.
Otra sinergia es la materialidad. El libro de artista se interna en el objeto libro, despliega sus páginas, las modifica y replantea su utilidad para circunscribirse a nuevos elementos que ayuden al discurso artístico, algo que también hace el libro-álbum al sacar partido de elementos como las guardas o las tapas para desbordar el discurso literario. La arquitectura del libro habla por sí misma e interacciona con el lector-espectador.


Warja Lavater. Le petit chaperon rouge.

Entonces, ¿cualquier libro-álbum podría considerarse libro de artista? No.
Por lo general los libros de artista suelen responder al acto creativo de un único artista, mientras que los álbumes integran varias voces e ideas, algo que en muchas ocasiones supone una ruptura del discurso artístico.
Tampoco quiere decir que cualquier libro ilustrado por un artista de renombre deba ser tratado como libro de artista. Delacroix para el Fausto de Goethe, Picasso para La metamorfosis de Ovidio, Monet para El cuervo de Allan Poe..., a lo largo de la historia son muchos los ejemplos de pintores que han colaborado con escritores y viceversa, pero siempre en calidad de “iluminadores” que desbordan el discurso literario. Algo de lo que ya hablé cuando me pregunté ¿Es arte la ilustración?



Suzy Lee. Alice in Wonderland.

Pero lo que más diferencia (y define) al libro-álbum infantil es el aspecto comunicativo hacia la infancia, un obstáculo enorme para muchos libros de artista en los que la complejidad del discurso necesita una mirada más formada e integradora. Por esta razón hay poco libros de artista dentro del álbum ya que además de transgredir la mirada, alcanzan la universalidad discursiva gracias a su legibilidad artística. Algo que sucede con, entre otros, las versiones de los cuentos clásicos de Warja Lavater, el MN1 de Bruno Munari, el Hasta el infinito de Kveta Pacovska, o el Alice in Wonderland de Suzy Lee (cuyo original se encuentra en la Tate Modern de Londres).


Afinando con estas propuestas de sobra conocidas, hoy les traigo a este espacio de monstruos ávidos de contenido gráfico, otros dos libros que destilan cierto sabor a los libros de artista.


El primero es Cuaderno Arcaico Muralis, un libro de Pablo Auladell exquisitamente publicado por la siempre dedicada editorial alicantina Degomagom. Con el subtítulo y siete consideraciones para emboscados, este proyecto personal nos presenta una serie de dibujos recogidos en uno de los cuadernos del artista, concretamente el utilizado entre julio de 2018 y mayo de 2020. Algo que nos da la oportunidad de conocer las ideas generatrices de muchas obras que están por venir, así como nos invita a participar del viaje canónico realizado por el artista a través de sus páginas.



Al tiempo que transcienden la subversión y rompen las convenciones, esta secuencia de imágenes se acompañan de siete textos extraídos de sus charlas y talleres para invitarnos a la reflexión de las paradojas y sutilezas del proceso creativo, y otras miserias artísticas y, por qué no, también humanas.


El segundo es la Enciclopedia visual de los sonidos, un trabajo de Isidro Ferrer del que nos hace partícipes A buen paso, una de esas editoriales con buen gusto hiperdesarrollado. En esta quimera con vises de abecedario, libro de actividades, cuaderno de artista, libro alterado y diario de pandemia, se recopila la experiencia realizada por el doblemente premiado con el Nacional de Diseño y el Nacional de Ilustración gracias a una iniciativa del Museo Nivola (Cerdeña, Italia). En ella se pretendía dar voz silenciosa a muchos de los sonidos que nos envolvieron durante el silencio de los confinamientos y que hasta entonces pasaban desapercibidos en el tumulto de nuestras vidas cotidianas.


Búhos, aviones, conejos, mordiscos, tortugas o bombillas fueron algunos de los elementos escogidos por Isidro Ferrer para hacernos escuchar con la mirada todo aquello a lo que sus oídos habían dejado de prestar atención, y de paso nos invita a elaborar nuestro propia enciclopedia. ¿Os atrevéis?



*    *    *

Para saber más sobre libros de artista podéis echar mano de algunos recursos como:

- Riva Castleman. 1994. A Century of Artists Books. Nueva York: MoMA. Edición digital AQUÍ

- Salvador Haro González. 2013. Treinta y un libros de artista. Una aproximación a la problemática y a los orígenes del libro de artista editado. Marbella: Fundación Museo del Grabado Español Contemporáneo.

- Sabina Alcaraz i Gonzalez. 2012. El libro de artista. Historia y contemporaneidad de un género artístico. Valencia: Universidad de Valencia.

jueves, 15 de abril de 2021

La carrera de la vacuna


Que vamos rezagados en la carrera de la vacuna es un hecho más que evidente. No sólo porque las farmacéuticas nos hayan tomado por cobayas (es lo que tienen las prisas, que a veces la cagan), sino porque en este país de pandereta priman muchas otras cosas en vez de la salud pública o la economía. El eterno problema de un territorio que nadie sabe por qué sigue funcionando.


Si creían que vivían en los países del primer mundo, estaban más que equivocados. Espero que hayan constatado de primera mano que además de ser ciudadanos de segunda, pertenecemos a un continente en clara decadencia económica y social que presta sus servicios a las clásicas potencias mundiales y los imperialismos en vías de desarrollo. Sí, amigos, Europa es el pito del sereno.
No se preocupen, seguiremos siendo el parque temático de un mundo donde los museos, el canon cultural y las formas de vida occidentales pasarán a ser las nuevas atracciones de feria, mientras otros vienen a disfrutar de playas, catedrales y otras obras de arte. Un panorama futurista que empezó a coger forma hace años.


Luego está España, ese zoológico lastrado por el buenismo, la ignorancia y el complejo de superioridad moral, que sólo ha quedado por delante de África y Latinoamérica en una vacunación que dará el pistoletazo de salida a la nueva era post-pandemia donde solo estarán al mando los estados que lo tienen claro. Un norte que nosotros perdimos hace muchos siglos gracias a unos gobernantes que solo tienen clara su propia dirección y una doble moral que nada tiene que ver con el de esas sociedades que nos lanzan sus migajas.
Y es que un país que vive de exprimir la cartera a las clases medias, el sector servicios, cuatro multinacionales que van y vienen, el autónomo desesperado y la economía sumergida, se merece, como mínimo, que se rían de él. Sí, vamos a despegar, pero a medio gas, como siempre.


No se preocupen. Si pueden, échenle gracejo, que de eso, al menos, tenemos bastante. Será difícil, pues no crean que no estamos viendo durante el último año -¡y lo que nos queda por ver!-, pero hay que intentarlo. Por eso mismo he aparcado la carrera de la vacuna (ya no saben con qué entretenernos y marearnos) y me dedico a la diversión a raudales con otra carrera, concretamente Una carrera épica, el álbum de Marie Dorléans que publicó hace un tiempo Astronave y que merecía un hueco en este rincón de libros.
No es el primer álbum de carreras de caballos con el que se van a encontrar en este lugar, pero sí será el primero que desarrolla una mirada muy lúdica y loca, donde el sinsentido rompe el marco de lectura para jugar con el subconsciente. A lomos (nunca mejor dicho) de lo esperado y lo inesperado, en este libro de formato horizontal también hay lugar para los guiños y la sutil crítica.


Como ya ha hecho en otros libros como C’est chic!, Odile? o Le ballon d’Achille, la autora francesa aúna lo imposible con la imaginación en pro de un discurso disparatado que siempre esconde detalles hermosos. Lo dicho, atentos a este libro y a esta autora (¿De verdad que ninguna editorial española se ha planteado publicar Nous avons rendez-vous o Notre cabane, dos libros más que hermosos?).


miércoles, 14 de abril de 2021

Oficios extintos y olvidados


El progreso es el olvido. No hay mayor ejemplo para esta afirmación que la cantidad de oficios que se han perdido durante los últimos cien años, una época donde la tecnología y la industrialización han cambiado nuestras necesidades y formas de consumo. Esto ha llevado aparejada la desaparición de un sinfín de actividades que otrora fueron muy comunes o simplemente se han convertido en relícticas (me encantan estos palabros biológicos).


Hace mucho tiempo que no veo cobradores de autobuses (imaginen lo importante que era un oficio como este en el Londres de hace décadas) ni ascensoristas (si te descuidas, las máquinas de hoy día son capaces de adivinar a qué piso quieres subir…). Los serenos desaparecieron hace tanto que nunca llegué a escuchar el zurrir de sus llaves. Aguadores y aladreros tampoco existen (los primeros vendía agua potable cuando el suministro estaba de aquella manera y los segundos reparaban carros y carretas).
Algo parecido sucede con el paragüero (el último lo vi en Winchester hace más de diez años… ¿será porque en Europa todavía hay paraguas buenos que merece la pena arreglar?) o el campanero (¿Ustedes distinguen entre el toque de arrebato, repique o difuntos?). Muy pocos saben hoy día cómo funciona un molino y mucho menos un batán (este artilugio es un engendro hidráulico con unas palas de madera que golpeaban los tejidos para darles consistencia después de su fabricación.


En aras de la nostalgia y para combatir esa pérdida del patrimonio cultural y laboral, hay personas que están recuperando todos estos oficios, pero lejos de buscar sustento con ellos, los consideran otra afición más. Es el caso de los esparteros que crean nuevas formas a base de fibras vegetales. Lo mismo pasa con los cesteros, que sobreviven en los pueblos donde mimbreras y castaños ayudan a la economía familiar, las bolilleras y sus encajes (que valen un dineral) y algún que otro afilador que recorre durante el verano los barrios de la periferia con su flautín anunciador. Los menos son los barquilleros, que pululan por algunas ferias con sus juegos de ruleta.
Si todo sigue así, auguro que pronto desaparecerán los kiosqueros (periódicos digitales mediante), los acomodadores (algunos quedan por ciertos cines y teatros, pero ya veremos los que sobreviven tras la pandemia), los ebanistas (¿Han visto ustedes un mueble de madera últimamente?) o los churreros (muy a mi pesar y con tanto defensor de la comida saludable, dentro de nada son capaces de declararlos delinqüentes). Y nos entrará mucha pena.


Algo parecido debió sentir Sophie Blackall cuando se decidió a contar el día a día de un farero en su ¡Hola, faro!, un álbum que edita en castellano Lata de Sal esta primavera pero que hace unos años obtuvo la Medalla Caldecott. No es para menos pues este libro a caballo entre la ficción y la no ficción, tiene mucho que contar sobre una profesión de la que actualmente no queda ni rastro.
Empezando por el formato (uno vertical, como era de esperar hablando de faros) y terminando por los recursos narrativos que utiliza en sus ilustraciones, esta mujer de cuyo trabajo hablé hace unos días consigue hilar una historia donde descripciones y emociones se entrelazan para impregnar al lector del modus vivendi de estos trabajadores y sus familias. Limitaciones, ventajas, alegrías, tristezas y más de una curiosidad llenan las páginas coloristas de un libro que mira al pasado tendiendo un puente al futuro.


Disecciones arquitectónicas, paseos circulares de madres gestantes, valor y solidaridad, escaleras de caracol, puestas de sol únicas y otros horizontes de ensueño son algunos de los motivos que encontrarán para enamorarse de un libro sencillamente exquisito que ejerce de luz y guía.



martes, 13 de abril de 2021

Construir un mundo ¿mejor?


Cuando empezó la pandemia nos vendieron la moto de que todo este tinglado nos iba a cambiar para bien. Más solidarios, más positivos, más empáticos, más comprensivos. Seríamos mejores personas y todo lo que viniera después pasaría a la categoría de “maravilla”.


Pues fíjense por donde que yo creo que estamos mucho peor. Ya ha pasado un año y yo solo veo inconvenientes, no sólo por esa falta de libertad y todas las limitaciones que llevamos sufriendo durante los últimos meses, sino por los cambios sociales, empresariales o de consumo que se están llevando a la chita callando y siempre tomando como excusa el dichoso virus. Les pongo algunos ejemplos…


Antiguamente, cuando el bicho no existía, todo aquel que no subía en el ascensor con otro vecino habiendo suficiente espacio en el habitáculo, era susceptible de ser tratado como un maleducado o un cretino. Hoy en día no existe ese problema, pues por recomendaciones de salud pública, tenemos que viajar en el ascensor sin rozarnos con nadie, y si lo hacemos, que sea con los de la misma unidad familiar. Y venga ascensor p’arriba, y venga ascensor p’abajo. ¿Resultado? Un consumo de energía innecesario (¿Para eso se pasa la Silvia todo el día con la huella ecológica en la boca?) y una exclusividad propia del clasismo más repugnante


Otro ejemplo es el de la proliferación de los envases de consumo individual para salsas, aceite, tomate, sal, pimienta y un sinfín de productos más que se sirven en bares y restaurantes. Se supone que son para evitar el manejo masivo de envases de mayor tamaño, pero yo creo que esto de las monodosis tiene que ver, por un lado, con el encarecimiento del servicio, y por otro con las limitaciones en el consumo (la mayor parte de los comensales no escatimamos en ese tipo de productos cuando nos ponen un buen frasco, con lo cual, el empresario sale ganando). Eso sí, el derroche en plásticos, papel y otras materias primas ya saben quién lo paga: un planeta llamado Tierra.


Si no teníamos bastante con las tarjetas “contactless” y su uso masivo (todavía estoy esperando datos empíricos y concluyentes de que el SARS-CoVID-19 se transmite por el contacto físico… ¿No será que así cunde más gastar o que controlan la circulación de nuestro dinero?), ahora Inditex se saca de la manga una iniciativa estupenda para obtener información privilegiada. Con la intención de eliminar el ticket de compra en papel, insta a los consumidores a entregar sus datos a través de una app o, en su defecto, un número de teléfono para enviárselo. No creo que nada tenga que ver con la reducción de las materias primas (la prueba es que te siguen dando la bolsa de compra…), sino más bien con el manejo de información a la hora de desarrollar estrategias empresariales. La comodidad y el bienestar al servicio del capitalismo: un clásico paradójico.


En fin, habrá que hacer de tripas corazón y acercarse a Lo que construiremos, el último libro de Oliver Jeffers que ha sido publicado hace unos meses por la editorial Andana. En él, un padre y su hija construyen un mundo que, a pesar de parecer nuevo, siempre es el que las personas de bien deseamos. Hacer y deshacer, protegerse y luchar, dialogar y perdonar, aprender y disfrutar, o abrir y cerrar, son algunas de las dicotomías tan humanas que nos presenta de una manera poética y metafórica.


Aunque a Jeffers le ha dado últimamente por la instrospección y se ha olvidado un poco de su lado más canalla y divertido (será que se ha hecho padre…), las imágenes tienen mucha fuerza y atrapan por su colorido y simbolismo, santo y seña de un autor que regresa a ese mensaje de esperanza y concordia que comenzaría con su Estamos aquí.
Un libro tan utópico, como necesario que nunca viene mal para llenarse de energía positiva pero que, al paso que vamos, nunca se hará realidad.

viernes, 9 de abril de 2021

Amistades tóxicas


La amistad ya no es lo que era. Y no solo por lo pandémico, sino porque el concepto ha ido cambiando a lo largo de los años. Como cualquier otro tipo de relación interpersonal, la amistad se ve alterada por la celeridad del tiempo, la superficialidad y, sobre todo, por los intereses creados.


Es curioso como en los tiempos que corren todos somos amigos de todos pero a la hora de la verdad parece que solo responden unos pocos. No es de extrañar teniendo en cuenta que una capa de postureo y celofán hace las veces de niebla que nos impide ver con nitidez las intenciones de quienes se autodenominan amigos.
Risas vacías, críticas destructivas, mascotas, madrastras y otros juegos de dominación- sumisión, envidias y competencia, parejas metomentodo, cuestiones laborales a veces y soledad a raudales, es lo que yo veo en muchos amigos que se jactan de serlo. Montones de agujas sin brújula que no saben hacia qué norte señalar y viven confundidas por una vida repleta de redes sociales, aspiraciones, espejismos y autoengaño.


Menos mal que un servidor ha aprendido a ser práctico en un mundo donde prima lo vacuo y lo evanescente, y cuando veo que los cimientos empiezan a tambalearse, me aparto a la chita callando. Que luego te sepultan el polvo, los escombros y las puñaladas traperas, y además te toca pagar el muerto. Por confiado y comprensivo.
Yo soy de los de antes. De amigos de café, pacharán y borrachera (después de unos gazpachos o una buena paella), de reírte de todos y de que todos se rían de ti, de derechas y de izquierdas, de las duras y las maduras, de más risas que peleas. Que cuando las palabras no fluyen, no puedes decir lo que te apetece o cualquier cosa te incomoda, hay que hacérselo mirar.


Mucho más partidario de una amistad como la que llena el Mejores amigas (casi siempre), un libro de Naomi Danis y Cinta Arribas que acaba de publicar Flamboyant, aquí se lo dejo para su disfrute. 
Basado en la relación de amistad entre la protagonista y Martina. Casualmente y por culpa de una galleta con trocitos de chocolate, se conocen en el comedor de la escuela. Popo a poco se van conociendo. Juegan a esto y a lo otro y disfrutan juntas. Hay veces que se enfadan pero la mayor parte del tiempo encuentran puntos en común. Se preocupan la una por la otra (o quizá no) y se echan de menos (o quizá tampoco). Pero lo mejor de todo es que saben perdonarse a su modo.
La suma de un texto directo y sincero con unas ilustraciones personales y descriptivas, tiene como resultado un hondo discurso sobre la amistad sin olvidar la parte mala de las relaciones interpersonales, esa que la mayor parte de las veces se obvia en el mundo de color de rosa que muchas veces es la LIJ.
Sentimientos contradictorios y reflejos de todo tipo se desprenden en una lectura que a pesar de no llenarse de metáforas y otras figuras de estilo, la historia cotidiana de estas dos niñas logra emocionar a cualquier lector independientemente de la edad.


A mí ya se me han ocurrido un par de buenos amigos a los que regalárselo, ¿y a ustedes? Anímense y no dejaen que las cosas bonitas mueran en mitad de un mundo absurdo como este.

martes, 6 de abril de 2021

Clarividencia juvenil


Se acaba la calma y empezamos un nuevo trimestre. Este año no hay lunes de pascua que valga, pues nuestro cacique particular, uno que destila odio manifiesto hacia el profesorado, ha decidido que ya tenemos suficientes vacaciones. Sonrío con desgana y rezo mis plegarias matutinas mientras pongo la lavadora. Solo espero que algunas de mis peticiones se cumplan. No hay mal que por bien no venga.
Imagino como deben estar mis energúmenos favoritos. Con esto del calorcete, no hay quien se resista a una buena jarana, todavía más si tenemos en cuenta que nos tienen bien sujetos del morral sin razones aparentes. Y digo esto porque no logro entender por qué sufrimos restricciones más severas que hace nueve meses cuando los niveles de contagio son prácticamente nulos y el porcentaje de vacunados sigue subiendo. ¿Habrá intereses ocultos en ello? Hay muchos puntos negros en todo esto.


La primavera se promete divertida. Ahora es cuando viene lo bueno de esta ley seca. Con la sangre bullendo y más horas de sol, no se crean que los adolescentes se estarán quietecicos. No. Ya han tenido bastante. Con mucha calle por delante, y más juntos y revueltos, nos sorprenderán con nuevas estrategias para pasarse las normas por el forro y arrimarse lo que sea menester. Empieza la carrera por la libertad.


Partidos de fútbol, carreras de patines, bancos en el parque, una cachimba en alguna huerta abandonada, o la casa de campo de algún padre cómplice serán los lugares para evadirse de una serie de leyes que brillan por su falta de lógica. Espero que los jóvenes tomen las riendas de la situación y nos dejen boquiabiertos con su capacidad de inventiva y supervivencia.
El estiaje se promete esperanzador. Confío en que huestes de adolescentes hagan de su capa un sayo y comiencen a poner en duda muchas de las premisas que a día de hoy todavía se presuponen sobre el bicho. Las formas de contagio, la efectividad de la vacuna o la incidencia estacional son cuestiones que todavía no están muy claras y que necesitan echar mano de la humanidad de los chavales, unos que a veces tienen una lógica más aplastante que los adultos y a quienes hemos vilipendiado durante todos estos meses con nuestros prejuicios de personas ¿responsables? y ¿ejemplares?


Solemos ningunearlos, hacer caso omiso de sus conocimientos. Ignorados, silenciados e invisibles, nos dan más de una lección y tienen más cabeza que mucha gente “experimentada”. Y si ustedes creen que andan sobre las aguas, les recomiendo Los osos del aire, un librito escrito e ilustrado por Arnold Lobel en 1965 que ha recuperado Blackie Books esta primavera que la sangre altera.


En él, Ronald, Donald, Harold y Sam son instruidos por su abuelo para llegar a ser osos de provecho. Aunque lo intentan, ellos prefieren tomar su propio camino y dedicarse a brincos, saltos y malabares. El abuelo se enfada al verlos hacer cosas tan impropias y se decide a instruirlos en el arte del buen oso. El tiro le sale por la culata y son los pequeños osos del aire quienes le dan una magnífica lección.
Una pequeña parábola breve y efectiva que deben conocer de este primer Arnold Lobel. Y lo dicho: dejen vivir a los jóvenes, puede ser muy clarividente.
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