martes, 10 de febrero de 2026

¡Entre reyes anda el juego!


El conejo travieso ha sacado los pies del tiesto en su país adoptivo y, en vez de divertirse con el fútbol americano, se ha contagiado de la llamada batalla cultural. Y no es que haga mal, pues esto de defender a tu público potencial siempre ayuda a vender discos y seguir en el candelero (Que a estas alturas de la vida capitalista casi todo es muy lícito. Hasta Zara sacó tajada…), sino que me resulta cuanto ni menos chocante que se sigan politizando eventos que deberían pertenecer a la esfera deportiva/festiva.
Y no es que Donald Trump sea santo de mi devoción (otro día le daré para que vaya a la peluquería, que falta le hace), pero considero que, a estas alturas de la vida, los ciudadanos (traduzco: espectadores) deberían saber cómo discriminar el contenido real de los aderezos del relato, cosa que no sucede a pesar de haber erradicado (o eso dicen) el analfabetismo de Occidente.


Déjenme decirles que ayer, medios de comunicación de masas y redes sociales se pasaron el día diseccionando, enriqueciendo y analizando los movimientos, eslóganes, artistas invitados, decorados, el vestuario y el cuerpo de baile que Bad Bunny y sus patrocinadores (¿Quiénes serán?) desplegaron en su actuación del medio tiempo de la Super Bowl. Cosa que no me extraña teniendo en cuenta que es un escaparate sin parangón.
Lo vi claro. Aunque no sé si las referencias a las que unos comentaristas y otros hacían alusión eran reales (hay gente con demasiada inventiva y papel celofán), quedó claro que la intencionalidad de todo esto era echarle leña al fuego desde uno y otro frente, pues por todos es sabido que sin huestes no hay guerra que valga. Y lo peor de todo es que, a pesar de las que todos llevamos perdidas, entremos al trapo.



Por si sirve de algo, hoy les traigo Reyes, un libro que nos habla de todo eso gracias la elocuencia y el saber hacer de Rocío Alejandro (la también autora de La huerta de Simón) y Fondo de Cultura Económica.
Este álbum sin palabras (yo creo que, incluso sin la del título, hubiéramos entendido todo a la perfección) nos cuenta la historia de dos reyes. El del reino azul era feliz dándole forma a sus dominios, pero un día vio a lo lejos al rey verde que también estaba haciendo lo propio. Como los poderosos suelen tener un ego muy grande, el rey azul quería que su reino fuese mejor que el verde. Para ello creó edificios cada vez más grandes. Cuando el rey verde se percató de esto, entró en el juego y comenzó a elevar la altura de sus construcciones también. ¡Los dos querían que su reino sobresaliese respecto del otro! La disputa continuó hasta que uno de ellos se dio cuenta de que el problema era el otro y entonces…


Con un lenguaje gráfico sencillo y minimalista, la ilustradora argentina se interna en esta alegoría sobre las cuitas de poder y los conflictos bélicos. Utilizando la contraposición cromática (un recurso muy utilizado en este tipo de temáticas), la técnica de los sellos y tampones, la doble página como escenario discursivo y una bellísima metáfora final, consigue un discurso redondo.
Mucho movimiento, composiciones más que elegantes y detalles mínimos, este álbum de pequeñas dimensiones (¡Hasta en eso han acertado!) hace disfrutar a lectores de todas las edades e, incluso, desbordarse en actividades igual de sencillas que pueden incluir pataletas infantiles destructivas (Cuando lo leí por primera vez me recordó a esos juguetes de paralelepípedos de madera). Por todo esto y mucho más, ya está incluido en este post sobre álbumes y poder, este monográfico de la guerra en la Literatura Infantil y esta selección de álbumes silentes. ¡Disfrútenlo y haya paz!

lunes, 26 de enero de 2026

Fábulas ambientalistas


Hoy es el Día Mundial de la Educación Ambiental y tengo que decirles que, según las encuestas, la preocupación por los grandes problemas ambientales ha descendido notablemente en España, el resto de los países europeos, Estados Unidos y Canadá. Cae casi diez puntos respecto a años anteriores, unos en los que el calentamiento global, la contaminación, la deforestación o la desertificación eran prioritarios para los ciudadanos de estos países.
Probablemente, esto se deba a un gran cambio de ciclo en el que mucho tienen que ver las políticas gubernamentales e internacionales, así como los intereses del capital. Si bien es cierto que hace unos años las grandes corporaciones veían un nicho de consumo e inversión en todo lo verde (no se olviden de la Agenda 20-30), parece ser que las prioridades ahora son otras.

Este viraje no tiene nada que ver con que se hayan controlado todos estos problemas, ni mucho menos solucionado. Lo más probable es que se relacione con cambios en la perspectiva (la gente está más preocupada por conseguir un alquiler baratos, los países europeos quieren más independencia militar y energética y Norteamérica sigue empeñada en su supremacía) que nos lleva a esa manipulación mediática que tanto importa en la batalla cultural.
Mientras tanto los ríos continúan secándose, las reservas de agua potable disminuyen, los incendios se ceban con las zonas forestales, las costas se llenan de mierda y nuestros veranos cada vez son más insufribles. Y lo peor de todo es que nadie coge el toro por los cuernos, pues somos muchos los que seguimos pensando que el ciudadano poco puede hacer ante todo esto.


Como consuelo nos quedan libros como los de hoy, unos que nos dejan entrever en sus páginas la belleza natural que se rebela ante nuestro yugo, una especie de tirón de orejas que nos lacera la conciencia y nos invita a cambiar lo que nos pilla a mano.


Empiezo con El rincón de Bruno de Jérémie Moreau. Publicado por la editorial EntreDos es un libro muy sugerente que cuenta las andanzas de un niño llamado Bruno que vive con sus padres y su abuela en el lindero del bosque. Un día, lanza su cohete, este se desvía y se pierde entre la espesura. Cuando va en su busca, se encuentra con una criatura extraña que tiene una flauta que no puede hacer sonar. Cuando lo descubre, la criatura desaparece y Bruno vuelve a casa. Durante esa noche, tiene un sueño muy extraño en el que ve al mismo personaje tragándose la flauta para convertirse en un dragón monstruoso. A partir de ese día, un sinfín de animales acuden a él en busca de ayuda y cobijo. El dios Pan ha olvidado su canción y a menos que la recuerde, la naturaleza será un lugar hostil.


Mezclando la mitología griega, los pasajes bíblicos y una estética que recuerda a las películas de Hayao Miyazaki, el autor francés desarrolla una fábula de tintes fantásticos que ahonda en la existencia de un dios de la naturaleza que se rebela en forma de bestia furibunda ante el trato que recibe por parte de los hombres. En contraposición, ensalza la figura de Bruno, quizá un guardián, un héroe o tan solo un niño, que crea un espacio donde salvaguardar las vidas de los seres vivos mientras se apacigua su ira.


Haciendo uso de ese universo onírico de tintes surrealistas que tanto gusta a las nuevas generaciones, el conocido autor de cómic (Max Winson, La saga de Grimr, Los Pizzlys, Penns y los pliegues del mundo o El discurso de la pantera) hace una incursión en el libro-álbum a base de aguadas coloristas y brillantes, manchas definidas que contrastan con fondos oscuros que propician un ambiente claustrofóbico que construye un suspense más que necesario.


La llamada del bosque es un álbum de Louise Greig y Júlia Moscardó (editorial Juventud) que nos invita a participar de las vivencias de un niño que vive y ama la naturaleza. Ofrece refugio, alimenta a todo tipo de animales y cura a los pájaros heridos. Un día, encuentra una cervatilla escondida en el prado y decide llevársela a casa para darle de comer. Mientras los observa, su madre le advierte que los animales están hechos para ser libres. Alba, que así la llama, le hace compañía durante un tiempo. Disfrutan juntos de la primavera y el verano mientras ambos crecen. Pero un día, Alba, siente la necesidad de partir y la soledad envuelve a su amigo. Quizá vuelvan a encontrarse…


Utilizando la rima consonante, las autoras nos presentan una aventura donde la compasión se transforma en una relación de amistad entre un ser humano y el animal que está a su cuidado. Paisajes bruñidos de flores, atardeceres que mudan en amaneceres, juegos y sorpresas. Un libro que huele a salvia, al rocío de la mañana. Un libro que fluye como los riachuelos y que ríe como la infancia.


Alexandre Batlle nos invita a visitar Topópolis. Publicado por La Topera, este libro nos sumerge en un mundo subterráneo muy peculiar con un misterio por resolver. Desde la perspectiva del álbum sin palabras, el autor nos cuenta la historia de una pareja de hermanos que llegan a la urbe para visitar a una tía que trabaja en la universidad. Cuando llegan, no hay rastro de ella y sospechan que ha sido secuestrada por Talpini, un magnate corrupto que quiere hacerse de oro a golpe de ladrillo y explotando a los trabajadores. ¿Conseguirán encontrar a su tía? ¿Pondrán fin a las artimañas mafiosas de Talpini.


Con un libro lleno de detalles que permiten al lector-espectador disfrutar de las tipografías (me encanta toda esa cartelería), las referencias urbanitas (¿Ven el tren bala de Tokyo, los casinos de Las Vegas y las favelas de Río de Janeiro?) o las especies que habitan el subsuelo (serpientes, ratas-topo, culebras u hongos). Un universo abarrotado gracias al que el autor nos invita a juegos de búsqueda (acérquense al final del libro) que desbordan el discurso y permiten una experiencia más inmersiva e interactiva.


Aunque Batlle incluye a modo de epílogo una síntesis de la historia gracias a uno de los protagonistas secundarios, cada uno puede desbordarla como más le guste. Denuncia social, contaminación, explotación laboral, especulación… hay muchas interpretaciones y muchas miradas en este libro colorista que tanto me ha recordado al Moletown de Torben Kuhlmann.

lunes, 12 de enero de 2026

Viaje a la (im)perfección

 

Además de imposible, querer ser perfecto es un lastre. No solo por la desazón que supone competir consigo mismo, sino por lo innecesario de vivir volcado en la eterna comparativa (incluso envidia). Porque, piénsenlo bien: ¿qué significa ser perfecto? La perfección de la que hablan muchos no deja de ser una convención que se llena de subjetividades, sobre todo cuando implica tomar referencias.



Quizá para muchos, Pedro Sánchez sea un modelo a seguir. En Estados Unidos, Donald Trump es todo un ejemplo para sus votantes. Lo mismo sucedía con Margaret Tatcher, una mujer de bandera. Incluso gran parte de la sociedad alemana quería ser como Adolf Hitler. Imaginen… Lo dicho: es un tema muy controvertido.
Y no solo ocurre en el ámbito de la política. Rafa Nadal, Greta Thunberg, Lionel Messi, Malala Yousazfai… ¿A ustedes les gustaría ser como ellos? A mí, en absoluto, sobre todo porque su imagen está completamente sesgada. Que los medios de comunicación y las redes sociales dirijan nuestra mirada hacia ellos ¿es suficiente para ser perfecto?


Creo que cabe una distinción entre completo, excelente y perfecto, pues las palabras, aunque pueden funcionar como sinónimos, albergan diferencias sutiles que se refieren a lo paradójico. Y es que, como apuntaba Leibniz, la mejor de las posibilidades no quiere decir que sea la perfecta. Puede que estas personas hayan alcanzado la excelencia en lo que a sus propósitos se refiere, pero caben otras muchas maneras de alcanzarlo.
Por lo que a mí respecta, me bajo de los cánones y prefiero un poco de jugo. Que las dobleces humanas también insuflan un pelín de dinamismo a ese mundo insustancial al que nos aboca la sociedad del postureo. Abogo por lo imperfecto, por eso que ni homogeniza ni encorseta. Un propósito que libera.


Que se lo digan a la protagonista de Esto a Rita no le pasa, un álbum de Simona Ciraolo publicado por Andana, que indaga la frustración infantil. La protagonista de este libro (No sabemos cómo se llama… ¿Por qué será? ¿Querrá la autora que cada lector le ponga el suyo?) hace un dibujo. Cuando salen de clase, el padre de Rita, su mejor amiga le dice que es precioso, sin embargo, cuando ella llega a casa, mientras le enseña el suyo a su madre, se percata de que tiene una mancha. “Esto a Rita no le pasa” piensa la pequeña. Ese borrón minúsculo comienza a convertirse en una obsesión. Tanto es así que la mancha cobra vida propia y le demuestra que lo que a priori parece un defecto imperdonable es capaz de mutar en una fuente de inspiración y una forma de libertad creativa.


En esta ocasión, además de estudiar la expresividad de los personajes y utilizar elementos propios del cómic (secuenciación de las acciones o bocadillos para los diálogos), Ciraolo juega con el lenguaje compositivo y enriquece el marco de lectura con unas guardas peritextuales, el uso de diferentes planos, textos que se fragmentan, composiciones basadas en diagonales, tercios y mitades, pero sobre todo, en el contraste de esa mancha de tinta sobre ocres, tostados y pasteles. Si a todo ello añadimos esa historia cotidiana que se puede extrapolar a cualquiera, este libro bien merece una lectura. 


Y es que los niveles de autoexigencia de algunos chiquillos pueden llegar a ser tan insoportables como descorazonadores. Una crítica desafortunada, una equivocación o una mirada diferente nos pueden hacer caer en un abismo muy doloroso del que algunos no ven la salida. Por eso la perspectiva es muy importante, incluso transformadora. Quizá ahí reside el aprendizaje. Lo fortuito, la frescura o los inconvenientes también forman parte del proceso, convirtiendo lo rutinario en auténtico.



viernes, 9 de enero de 2026

Un abecedario vanguardista


Dos viernes y dos abecedarios. Parece que el 2026 quiere alfabetizarnos. Cosa que no me extraña. Viendo el panorama...
Si la semana pasada dedicábamos a desentrañar un abecé inspirado en la naturaleza, hoy le llega el turno al que Piu Martínez, Cibrán Rico y Suso Vázquez han parido desde la editorial Fabulatorio en colaboración con la Fundación Luis Seoane.


Titulado ABC Seoane, este álbum gráfico hace un recorrido por las letras del abecedario gracias a veintitrés obras que el artista gallego realizó con diferentes técnicas como el dibujo, el grabado o el óleo. Una miscelánea de imágenes y palabras que recorren el ideario de un creador poliédrico que, inspirado por Matisse, Picasso o Klee, aunó vanguardia y lirismo.
Para el que no lo sepa, Luis Seoane fue una figura muy relevante de la cultura española fuera y dentro de nuestras fronteras a la que, desgraciadamente y como a otros muchos, maltrató la Guerra Civil. Entre otras cosas, fue un reconocido pintor y grafista (véanse sus carteles abstractos para las marcas Cinzano y Otard Dupuy en Argentina), y desarrolló iniciativas culturales como el Laboratorio de Formas, que intentó recuperar la Cerámica de Sargadelos, fundó la editorial Ediciós do Castro y le dio vida al Museo Galego de Arte Contemporáneo Carlos Maside.


Haciendo hincapié en esa mirada tan infantil por la que todo artista transita y que seduce a cualquier espectador (¿Acaso no lo consigue cualquier garabato?), Seoane desarrolla una cosmovisión muy potente basada en la composición y el color. Maneja diferentes medios y técnicas que resuelven escenas tan localistas como plurales. Cubiertas de libros, portadas de revistas, murales o vajillas. Soportes cotidianos que alcanzan cualquier estrato social desde un lenguaje tan universal como certero, algo muy interesante cuando hablamos de arte.


Trazos firmes y expresivos. Litografías, xilografías o serigrafías. Sus trabajos desprenden fuerza y determinación. Un espíritu moderno que se relanza con una estética exquisita gracias al buen hacer de la editorial gallega. Encuadernación en espiral, páginas en rojo, azul, amarillo y rosa, tipografía en mayúscula, letras como antesala, créditos de cada obra… Para derretirse jugando a las adivinanzas.


Aunque está en gallego, no permitan que esa nimiedad les aleje de un álbum muy singular que podría compararse al libro de artista. Por último, mi pequeña lista de palabras/imágenes favoritas: la B, la D, la N, la Ñ, la P, la S y la Z (prometo enseñarles algunas en Instagram). ¿Y las suyas?

martes, 6 de enero de 2026

Regalos caninos


En este país de tercermundismo capitalista (el que se crea que está en la cresta de la ola, que se haga mirar el ombligo) es habitual que los Reyes Magos regalen mascotas a los chiquillos y siempre ves alguno paseando al recién llegado por el parque durante este día de ilusiones cumplidas.
Así nos va: en España hay más perros que niños. Y no lo digo yo, sino las estadísticas que apuntan que frente a los 9 millones de canes que hay en nuestro país, tenemos 6, 6 millones de criaturas menores de 14 años. Es para seguir pensando lo de hacernos un chequeo cerebral.
Tanto es así, que algunos contabilizan a los perros dentro de la unidad familiar. El otro día me contaba una maestra que, durante la entrevista con los padres de un alumno de preescolar, se quedó boquiabierta cuando descubrió que ese hermano del que tanto le hablaba el crío, en realidad era su chucho. Cuál sería su cara, que los padres hasta se avergonzaron de alimentar semejante barbaridad.
Y es que la gente está para que la encierren en el psiquiátrico de 12 monos (y sin Brad Pitt cerca, no sea que se les suba a la cabeza). Por favor, si alguien de su entorno justifica las desorbitadas fiestas de cumpleaños que le regala a su perro, afirma que el día que lo parió (como lo oyen: parir) fue el más feliz de toda su vida o le esteriliza los biberones mientras le cambia los pañales (¿Se ríen? Pues no les queda que ver…), salgan corriendo. Es la única forma de salvaguardar su integridad mental.
A mi forma de entender las mascotas (y la vida), solo las quiero personificadas en la ficción. Que ya tenemos bastante con los seres humanos, como para añadirle más complejidad a la cosa. Así que, disfruten de canes humanizados en libros infantiles como los de hoy y déjense de líos...


Empezamos con Un otoño de perros de Andreas Steinhöfel (texto) y Dirk Steinhöfel (ilustraciones), publicado recientemente por Lóguez. Este álbum nos acerca la mirada de Henri, un cachorro beagle que descubre el mundo que le rodea gracias a su sed de aventuras y una curiosidad infinita. Las semanas pasan conforme pasamos las páginas y las estaciones se funden con todo tipo de pensamientos.


Las ilustraciones, a caballo entre la fotografía y las técnicas digitales, nos enfrentan a una óptica tan onírica como realista. En un ejercicio estético que pretende ponernos en la piel del protagonista (Si alguna vez se han preguntado qué ve un perro, esta es la oportunidad de averiguarlo). Todo se nos presenta desdibujado pero reconocible. Distinguimos árboles, mobiliario urbano, estampas caseras, todas ellas llenas de la luz del otoño, el invierno, la primavera y el verano.


Así, este álbum de gran carga artística, se intuye un catálogo sobre los fenómenos atmosféricos. Niebla, escarcha, nieva, rocío, granizo, lluvia… No falta ninguno. Un viaje a través de los meses que no deja indiferente a un lector que disfruta de las amapolas, las mariposas y las hojas de los tilos. Un canto a la naturaleza desde una perspectiva poética protagonizada por un cachorro que, como los niños, se cuestiona el mundo desde la inocencia y el asombro.


El segundo en discordia es Lupito. Publicado por Bookolia con el subtítulo Basado en una más que probable historia real, su autora, Sara Fernández, nos sumerge en una historia a caballo entre la ficción y la ficción sobre la domesticación del primer perro gracias a Lupito, el último cachorro de una camada de nueve lobos.


A Lupito le cuesta mamar y se queda un poco canijo (Nota: me ha recordado un poco al Dumbo de Aberson y Pearl). Como todo esto ocurre durante la llamada Edad de hielo (última glaciación, la Würm), la manada sale de la cueva en busca de alimento y un lugar mejor en el que poder subsistir, pero una ventisca de nieve se convierte en una trampa en la que nuestro protagonista se perderá. Buscando refugio, termina en una cueva donde los hombres prehistóricos juegan con el fuego y las sombras. Quizá sea una oportunidad para encontrar una nueva familia…


Con una historia enternecedora que transcurre durante la primera toma de contacto entre canes y humanos, la artista e ingeniera de montes se aleja del álbum informativo y nos acerca a una fábula donde caben mensajes de superación personal o la búsqueda de identidad (¿Se reconoce Lupito como lobo o como hombre? Habrá que preguntárselo a él…) que bien vale una lectura. Para los amantes de la mediación, decirles que podemos desbordar la historia hablando de otros animales prehistóricos, el paleoclima o unas condiciones ambientales que favorecieron la expansión de los animales de sangre caliente.


Pasamos a dos títulos publicados por la editorial Pepa A Loba. El primero es Cencerro y Garabato, escrito por Chus Álvarez e ilustrado por El primo Ramón, sobrenombre que ha elegido el tándem formado por Borja Ramón López Cotelo y María Olmo Béjar.


Si les preguntara cómo ladra un perro y cómo maúlla un gato, seguramente obtendría la misma respuesta. Pues bien, en este caso se equivocarían porque ni Perro Cencerro ni Gato Garabato hacen lo propio. El caso es que han cambiado los papeles de una forma muy singular y el resto de los animales del País de los Desamparados se ríen de ellos. Hartos de la situación y aunque parezca sorprendente, hacen un trato y se ponen manos a la obra consiguiendo un guau y un miau como Dios manda. ¿Pero lo hará quien le corresponda?


En esta pequeña comedia de situación encontramos buenas bazas con las que encandilar a los lectores más pequeños. Por un lado las onomatopeyas, que siempre son un acierto. Por otro, tenemos las vocales en forma de risa. Y como guinda del pastel, un montón de animales. Si no son capaces de conseguir una carcajada es porque el público está adormilado…


El cuarto título de esta selección de libros perrunos es En las patas de Fido, un álbum de Marina Aguirre y Sara Casilda que nos cuenta la historia de Fido, el pequeño schnauzer que acompaña a Laura, una niña que no puede salir de casa tanto como le gustaría. Es Fido el que le lleva noticias del exterior. Desde las hojas del otoño, los paisajes del invierno, las alegrías navideñas o las margaritas y violetas que engalanan la primavera. Y es que las patas de Fido tienen tanta magia que pueden conseguir lo imposible.


Con un lenguaje delicado, este libro que ya he añadido a esta selección, utiliza el extrañamiento como recurso narrativo. Mientras que el texto alude a diferentes escenarios exteriores, la acción de las ilustraciones siempre acontece en la habitación de la niña. No es hasta el final cuando descubrimos la realidad gracias a un pequeño golpe de efecto visual. Del mismo modo, el animal de compañía se convierte, no solo en un hilo conductor, sino en metáfora y esperanza.


Con estilo realista y técnicas tradicionales como el lápiz de color y la acuarela, Sara Casilda, acierta de pleno para un relato que bien podría estar inspirado en hechos reales. Se agradecen los detalles coloristas y el dinamismo de las escenas, pero sobre todo, esas miradas que se dirigen al espectador y que buscan una poco de empatía.


Llegamos a Nuestro cachorro, un librito de Helen Oxenbury, toda una institución en esto del álbum infantil dirigido a prelectores y primeros lectores. Así, la editorial Pípala y su filial española recuperan uno de los títulos que forman parte de una serie muy conocida de la autora anglosajona en la que un niño y su madre andan detrás de un cachorro que no puede estarse quieto ni un momento.


Lo pasean por el parque, se pone hasta los ojos, le dan un baño y se pone a retozar sobre la cama empapado... Un trabajazo para el chiquillo y su madre que, lejos de enfadar con las travesuras del animal, se toman estas tareas con humor y filosofía. Prescindiendo del fondo y ensalzando las figuras protagonistas (un recurso que imprime cohesión a toda la colección), este libro ahonda en los momentos familiares compartidos y la necesidad de los cuidados a las mascotas. 


En definitiva, un libro entrañable sobre perros dirigido a unas primeras infancias que gustan de ver representadas en las páginas escenas cotidianas con las que sentirse identificados. Una especie de espejo en el que reconocerse y admirar un mundo conocido.


Continuamos con Canícula, el protagonista de un álbum perruno y veraniego de Doug Salati que ha recibido varios galardones y fue publicado hace un par de años en nuestro país gracias a la labor de la siempre atenta editorial Juventud. Este libro nos cuenta la historia de un perro y su dueña en mitad de un sofocante verano que transcurre en la bulliciosa ciudad. Aquello no hay quien lo aguante. Gente por todos lados, atascos, obras a mansalva y un calor de mil demonios. Menos mal que el perro dice basta,  su dueña capta la indirecta y, sin pensárselo un minuto, se plantan en una isla repleta de naturaleza, el lugar donde puede pasar de todo...


Con un lenguaje visual muy acertado e interesante, este libro combina recursos del cómic (fíjense en esas escenas que dividen el escenario y secuencian la acción, el cambio de ritmo que surge al fragmentar o no el texto y en esas páginas mudas que nos ayudan a comprender la complicidad entre los personajes) con el desenfado de los trazos rápidos y los colores vibrantes. Así, el autor estadounidense no solo nos acerca una relación de entendimiento entre un animal y un ser humano, sino que aborda una historia de aventuras que se puede extrapolar a cualquier niño.


Al mismo tiempo, contrapone el medio urbano con el medio natural en una época del año donde el aire libre se hace necesario.  Además de respirar, la playa es ese espacio de calma, donde además de dar rienda suelta al juego y la imaginación, también podemos hacer nuevos amigos o disfrutar de los que ya tenemos. Por último, apuntar que me encantan, tanto el título original (Hot Dog), como el de la traducción.


Para terminar, les dejo con Lo que no sabe Pupeta, el poemario de Javier Mardel que ganó el Premio Hispanoamericano de poesía para la infancia en su edición de 2011. Publicado por Fondo de Cultura Económica e ilustrado por Cecilia Rébora nos habla de Pupeta, una pequeña perrita curiosa, simpática y desbaratada que merodea por casa de sus dueños descubriendo lo que le rodea.


Alejado de esa rima ramplona, consonante y artificiosa de la que se llenan muchas bibliotecas escolares, este poemario ahonda en el lenguaje, su riqueza, precisión y sonoridad. Rodea a Pupeta de palabras desconocidas, experiencias vividas, sencillez mundana y calidez humana. Así, el lector se posiciona donde la protagonista y conoce la libertad, la imaginación o la alegría sin renunciar a nada. Ocupa su lugar, de frente o a su lado. Lo que viene siendo un animal de compañía.


Por eso, para terminar esta pequeña selección (si quieren más libros sobre perros AQUÍ AQUÍAQUÍ tienen unos cuantos más), les dejo con unos versos de este poemario tan redondo.

A ella todo le queda grande.
Vive en un mundo de personas
en el que las escaleras
se suben a brincos,
donde hay que levantarse
sobre las patas traseras
para asomarse a los sillones.

Vivir en un lugar así,
donde todo está escrito con mayúsculas,
convierte cada día en una hazaña.

Sólo que ella no lo nota:
hace lo que hace
sin sospechar a cuántos héroes
vence en proezas cada día.

[…]

A veces nada más se queda ahí.
toda ella un planeta detenido,
un mundo en blanco,
absorta en ver cómo se pasa el día
a la velocidad de un segundo
por segundo.

[…]

Ella no sabe que el mundo
es una cosa redonda
que gira sin detenerse.

Tampoco sabe que el sol
es una estrella amarilla
que flota en el universo.

Lo que Pupeta sí sabe
es que todos los días
duran un día completo,
que hay algunos con lluvia,
que no hay días en la noche,
que cuando el día es más día
es antes del mediodía.

Y por eso, a esas horas,
siempre que no esté nublado,
se echa en el patio a soñar la luz.

lunes, 5 de enero de 2026

La vida o ese mar agitado


El mar, la mar. Una masa de agua que ronda los 1380 millones de kilómetros cúbicos rodea a las tierras emergidas y nosotros, como seres insignificantes que somos, la contemplamos embobados. Producto de la desgasificación de la Tierra primitiva y su posterior condensación, no podemos imaginar nuestro planeta sin el océano. Tanto es así, que es su color el que le da nombre. Azul. Azul ultramar. Un color que se debe a que el agua absorbe el color rojo del espectro cromático y refleja este otro.
A pesar de tener unas condiciones muy estables (sus oscilaciones térmicas son muchísimo menores que en la atmósfera), es el gran desconocido para el ser humano. Será porque no tenemos branquias para respirar el oxígeno disuelto en sus aguas. Prueba de ello es que, a día de hoy, solo se conoce con detalle un 5% del fondo marino y nos quedan por descubrir el 85% de las especies que lo habitan. Ni Kraken ni Leviatán. Protoctistas, peces antiguos o invertebrados sorprendentes se esconden en su oscuridad.


Hasta diez kilómetros de profundidad. No es de extrañar que algunos le tengan miedo. Inmenso y bravo. No hay quien pueda con él. Por eso le ponen nombre de dios. Poseidón, Neptuno o Marduk. Habitado por sirenas y tritones, por atlantes y nereidas. Palacios de espuma y coral. Eterna morada submarina.
Y si no les gusta bucear, siempre pueden disfrutar de la superficie. En primavera, verano, otoño e invierno. Acercarse a sus costas siempre es un plan inmejorable en cualquier época del año. Para pasear, contemplar las puestas de sol o hacer deporte. Es uno de nuestros espacios de recreo favoritos. Sobre todo de los niños. Construyen castillos de arena, recogen conchas, capturan pececillos y chapotean sorprendidos, mientras lo contemplan en secreto.


Eso debió pensar Joanna Concejo mientras hilvanaba M como el mar. Publicado por la editorial canaria Diego Pun, esta suerte de libro intimista, nos relata las vivencias de M., un niño de ojos azules que se detiene reflexivo en la orilla. Crece y piensa. Ya no es un crío, aunque recuerde ese dinosaurio naranja que un día enterró cerca de allí. Quiere tomar decisiones, quiere hacer lo que le plazca. Como el mar en su vaivén. Al tiempo, se pregunta. ¿Hay alguien del otro lado? ¿Alguien como él? ¿Y cómo está allí? ¿También le dicen que es pequeño? ¿Se muerde las uñas? ¿Lo quiere su madre?


La autora polaca afincada en París combina dos formatos para explorar la última infancia. A caballo entre el diario personal y el álbum de fotos, despliega una serie de imágenes que, a modo de vivencias nos hablan de las diferentes perspectivas que se agolpan en ese estado transitorio de la primera pubertad. Juegos y divertimentos, ideas y fantasías, miedos y deseos pasados y futuros. Todo se articula en una amalgama de sensaciones que rodean al protagonista que se debate entre el enfado y la satisfacción. ¿Cómo puedes estar tan triste con un sol como éste? ¿Y tan feliz al mismo tiempo? Se pregunta mientras la niñez se escapa.


Páginas desplegables, reproducciones de fotografías (esta vez ha elegido un buen puñado de las que hace su marido durante las vacaciones familiares), paisajes evocadores, largas secuencias de imágenes, texto limitado a unas pocas páginas, estilo directo, metáforas visuales o un lenguaje muy cinematográfico (¿Se han fijado dónde está la portadilla? ¿Se han fijado quién está en la página izquierda?). Un amplio abanico de recursos narrativos que, desde esa lente contemplativa a la que nos tiene acostumbrados, ahondan en sensaciones encontradas que nos plantean las aristas de lo humano.


Y así, yendo y viniendo como las olas, Joanna Concejo nos invita a reflejarnos en ese niño cuyo nombre desconocemos, a especular sobre sus sensaciones basándonos en nuestra propia experiencia, a explorar el mundo que dejamos desde la atalaya que dibuja el tiempo. En definitiva, a sumergirnos en ese océano que es la vida.