jueves, 15 de abril de 2021

La carrera de la vacuna


Que vamos rezagados en la carrera de la vacuna es un hecho más que evidente. No sólo porque las farmacéuticas nos hayan tomado por cobayas (es lo que tienen las prisas, que a veces la cagan), sino porque en este país de pandereta priman muchas otras cosas en vez de la salud pública o la economía. El eterno problema de un territorio que nadie sabe por qué sigue funcionando.


Si creían que vivían en los países del primer mundo, estaban más que equivocados. Espero que hayan constatado de primera mano que además de ser ciudadanos de segunda, pertenecemos a un continente en clara decadencia económica y social que presta sus servicios a las clásicas potencias mundiales y los imperialismos en vías de desarrollo. Sí, amigos, Europa es el pito del sereno.
No se preocupen, seguiremos siendo el parque temático de un mundo donde los museos, el canon cultural y las formas de vida occidentales pasarán a ser las nuevas atracciones de feria, mientras otros vienen a disfrutar de playas, catedrales y otras obras de arte. Un panorama futurista que empezó a coger forma hace años.


Luego está España, ese zoológico lastrado por el buenismo, la ignorancia y el complejo de superioridad moral, que sólo ha quedado por delante de África y Latinoamérica en una vacunación que dará el pistoletazo de salida a la nueva era post-pandemia donde solo estarán al mando los estados que lo tienen claro. Un norte que nosotros perdimos hace muchos siglos gracias a unos gobernantes que solo tienen clara su propia dirección y una doble moral que nada tiene que ver con el de esas sociedades que nos lanzan sus migajas.
Y es que un país que vive de exprimir la cartera a las clases medias, el sector servicios, cuatro multinacionales que van y vienen, el autónomo desesperado y la economía sumergida, se merece, como mínimo, que se rían de él. Sí, vamos a despegar, pero a medio gas, como siempre.


No se preocupen. Si pueden, échenle gracejo, que de eso, al menos, tenemos bastante. Será difícil, pues no crean que no estamos viendo durante el último año -¡y lo que nos queda por ver!-, pero hay que intentarlo. Por eso mismo he aparcado la carrera de la vacuna (ya no saben con qué entretenernos y marearnos) y me dedico a la diversión a raudales con otra carrera, concretamente Una carrera épica, el álbum de Marie Dorléans que publicó hace un tiempo Astronave y que merecía un hueco en este rincón de libros.
No es el primer álbum de carreras de caballos con el que se van a encontrar en este lugar, pero sí será el primero que desarrolla una mirada muy lúdica y loca, donde el sinsentido rompe el marco de lectura para jugar con el subconsciente. A lomos (nunca mejor dicho) de lo esperado y lo inesperado, en este libro de formato horizontal también hay lugar para los guiños y la sutil crítica.


Como ya ha hecho en otros libros como C’est chic!, Odile? o Le ballon d’Achille, la autora francesa aúna lo imposible con la imaginación en pro de un discurso disparatado que siempre esconde detalles hermosos. Lo dicho, atentos a este libro y a esta autora (¿De verdad que ninguna editorial española se ha planteado publicar Nous avons rendez-vous o Notre cabane, dos libros más que hermosos?).


miércoles, 14 de abril de 2021

Oficios extintos y olvidados


El progreso es el olvido. No hay mayor ejemplo para esta afirmación que la cantidad de oficios que se han perdido durante los últimos cien años, una época donde la tecnología y la industrialización han cambiado nuestras necesidades y formas de consumo. Esto ha llevado aparejada la desaparición de un sinfín de actividades que otrora fueron muy comunes o simplemente se han convertido en relícticas (me encantan estos palabros biológicos).


Hace mucho tiempo que no veo cobradores de autobuses (imaginen lo importante que era un oficio como este en el Londres de hace décadas) ni ascensoristas (si te descuidas, las máquinas de hoy día son capaces de adivinar a qué piso quieres subir…). Los serenos desaparecieron hace tanto que nunca llegué a escuchar el zurrir de sus llaves. Aguadores y aladreros tampoco existen (los primeros vendía agua potable cuando el suministro estaba de aquella manera y los segundos reparaban carros y carretas).
Algo parecido sucede con el paragüero (el último lo vi en Winchester hace más de diez años… ¿será porque en Europa todavía hay paraguas buenos que merece la pena arreglar?) o el campanero (¿Ustedes distinguen entre el toque de arrebato, repique o difuntos?). Muy pocos saben hoy día cómo funciona un molino y mucho menos un batán (este artilugio es un engendro hidráulico con unas palas de madera que golpeaban los tejidos para darles consistencia después de su fabricación.


En aras de la nostalgia y para combatir esa pérdida del patrimonio cultural y laboral, hay personas que están recuperando todos estos oficios, pero lejos de buscar sustento con ellos, los consideran otra afición más. Es el caso de los esparteros que crean nuevas formas a base de fibras vegetales. Lo mismo pasa con los cesteros, que sobreviven en los pueblos donde mimbreras y castaños ayudan a la economía familiar, las bolilleras y sus encajes (que valen un dineral) y algún que otro afilador que recorre durante el verano los barrios de la periferia con su flautín anunciador. Los menos son los barquilleros, que pululan por algunas ferias con sus juegos de ruleta.
Si todo sigue así, auguro que pronto desaparecerán los kiosqueros (periódicos digitales mediante), los acomodadores (algunos quedan por ciertos cines y teatros, pero ya veremos los que sobreviven tras la pandemia), los ebanistas (¿Han visto ustedes un mueble de madera últimamente?) o los churreros (muy a mi pesar y con tanto defensor de la comida saludable, dentro de nada son capaces de declararlos delinqüentes). Y nos entrará mucha pena.


Algo parecido debió sentir Sophie Blackall cuando se decidió a contar el día a día de un farero en su ¡Hola, faro!, un álbum que edita en castellano Lata de Sal esta primavera pero que hace unos años obtuvo la Medalla Caldecott. No es para menos pues este libro a caballo entre la ficción y la no ficción, tiene mucho que contar sobre una profesión de la que actualmente no queda ni rastro.
Empezando por el formato (uno vertical, como era de esperar hablando de faros) y terminando por los recursos narrativos que utiliza en sus ilustraciones, esta mujer de cuyo trabajo hablé hace unos días consigue hilar una historia donde descripciones y emociones se entrelazan para impregnar al lector del modus vivendi de estos trabajadores y sus familias. Limitaciones, ventajas, alegrías, tristezas y más de una curiosidad llenan las páginas coloristas de un libro que mira al pasado tendiendo un puente al futuro.


Disecciones arquitectónicas, paseos circulares de madres gestantes, valor y solidaridad, escaleras de caracol, puestas de sol únicas y otros horizontes de ensueño son algunos de los motivos que encontrarán para enamorarse de un libro sencillamente exquisito que ejerce de luz y guía.



martes, 13 de abril de 2021

Construir un mundo ¿mejor?


Cuando empezó la pandemia nos vendieron la moto de que todo este tinglado nos iba a cambiar para bien. Más solidarios, más positivos, más empáticos, más comprensivos. Seríamos mejores personas y todo lo que viniera después pasaría a la categoría de “maravilla”.


Pues fíjense por donde que yo creo que estamos mucho peor. Ya ha pasado un año y yo solo veo inconvenientes, no sólo por esa falta de libertad y todas las limitaciones que llevamos sufriendo durante los últimos meses, sino por los cambios sociales, empresariales o de consumo que se están llevando a la chita callando y siempre tomando como excusa el dichoso virus. Les pongo algunos ejemplos…


Antiguamente, cuando el bicho no existía, todo aquel que no subía en el ascensor con otro vecino habiendo suficiente espacio en el habitáculo, era susceptible de ser tratado como un maleducado o un cretino. Hoy en día no existe ese problema, pues por recomendaciones de salud pública, tenemos que viajar en el ascensor sin rozarnos con nadie, y si lo hacemos, que sea con los de la misma unidad familiar. Y venga ascensor p’arriba, y venga ascensor p’abajo. ¿Resultado? Un consumo de energía innecesario (¿Para eso se pasa la Silvia todo el día con la huella ecológica en la boca?) y una exclusividad propia del clasismo más repugnante


Otro ejemplo es el de la proliferación de los envases de consumo individual para salsas, aceite, tomate, sal, pimienta y un sinfín de productos más que se sirven en bares y restaurantes. Se supone que son para evitar el manejo masivo de envases de mayor tamaño, pero yo creo que esto de las monodosis tiene que ver, por un lado, con el encarecimiento del servicio, y por otro con las limitaciones en el consumo (la mayor parte de los comensales no escatimamos en ese tipo de productos cuando nos ponen un buen frasco, con lo cual, el empresario sale ganando). Eso sí, el derroche en plásticos, papel y otras materias primas ya saben quién lo paga: un planeta llamado Tierra.


Si no teníamos bastante con las tarjetas “contactless” y su uso masivo (todavía estoy esperando datos empíricos y concluyentes de que el SARS-CoVID-19 se transmite por el contacto físico… ¿No será que así cunde más gastar o que controlan la circulación de nuestro dinero?), ahora Inditex se saca de la manga una iniciativa estupenda para obtener información privilegiada. Con la intención de eliminar el ticket de compra en papel, insta a los consumidores a entregar sus datos a través de una app o, en su defecto, un número de teléfono para enviárselo. No creo que nada tenga que ver con la reducción de las materias primas (la prueba es que te siguen dando la bolsa de compra…), sino más bien con el manejo de información a la hora de desarrollar estrategias empresariales. La comodidad y el bienestar al servicio del capitalismo: un clásico paradójico.


En fin, habrá que hacer de tripas corazón y acercarse a Lo que construiremos, el último libro de Oliver Jeffers que ha sido publicado hace unos meses por la editorial Andana. En él, un padre y su hija construyen un mundo que, a pesar de parecer nuevo, siempre es el que las personas de bien deseamos. Hacer y deshacer, protegerse y luchar, dialogar y perdonar, aprender y disfrutar, o abrir y cerrar, son algunas de las dicotomías tan humanas que nos presenta de una manera poética y metafórica.


Aunque a Jeffers le ha dado últimamente por la instrospección y se ha olvidado un poco de su lado más canalla y divertido (será que se ha hecho padre…), las imágenes tienen mucha fuerza y atrapan por su colorido y simbolismo, santo y seña de un autor que regresa a ese mensaje de esperanza y concordia que comenzaría con su Estamos aquí.
Un libro tan utópico, como necesario que nunca viene mal para llenarse de energía positiva pero que, al paso que vamos, nunca se hará realidad.

viernes, 9 de abril de 2021

Amistades tóxicas


La amistad ya no es lo que era. Y no solo por lo pandémico, sino porque el concepto ha ido cambiando a lo largo de los años. Como cualquier otro tipo de relación interpersonal, la amistad se ve alterada por la celeridad del tiempo, la superficialidad y, sobre todo, por los intereses creados.


Es curioso como en los tiempos que corren todos somos amigos de todos pero a la hora de la verdad parece que solo responden unos pocos. No es de extrañar teniendo en cuenta que una capa de postureo y celofán hace las veces de niebla que nos impide ver con nitidez las intenciones de quienes se autodenominan amigos.
Risas vacías, críticas destructivas, mascotas, madrastras y otros juegos de dominación- sumisión, envidias y competencia, parejas metomentodo, cuestiones laborales a veces y soledad a raudales, es lo que yo veo en muchos amigos que se jactan de serlo. Montones de agujas sin brújula que no saben hacia qué norte señalar y viven confundidas por una vida repleta de redes sociales, aspiraciones, espejismos y autoengaño.


Menos mal que un servidor ha aprendido a ser práctico en un mundo donde prima lo vacuo y lo evanescente, y cuando veo que los cimientos empiezan a tambalearse, me aparto a la chita callando. Que luego te sepultan el polvo, los escombros y las puñaladas traperas, y además te toca pagar el muerto. Por confiado y comprensivo.
Yo soy de los de antes. De amigos de café, pacharán y borrachera (después de unos gazpachos o una buena paella), de reírte de todos y de que todos se rían de ti, de derechas y de izquierdas, de las duras y las maduras, de más risas que peleas. Que cuando las palabras no fluyen, no puedes decir lo que te apetece o cualquier cosa te incomoda, hay que hacérselo mirar.


Mucho más partidario de una amistad como la que llena el Mejores amigas (casi siempre), un libro de Naomi Danis y Cinta Arribas que acaba de publicar Flamboyant, aquí se lo dejo para su disfrute. 
Basado en la relación de amistad entre la protagonista y Martina. Casualmente y por culpa de una galleta con trocitos de chocolate, se conocen en el comedor de la escuela. Popo a poco se van conociendo. Juegan a esto y a lo otro y disfrutan juntas. Hay veces que se enfadan pero la mayor parte del tiempo encuentran puntos en común. Se preocupan la una por la otra (o quizá no) y se echan de menos (o quizá tampoco). Pero lo mejor de todo es que saben perdonarse a su modo.
La suma de un texto directo y sincero con unas ilustraciones personales y descriptivas, tiene como resultado un hondo discurso sobre la amistad sin olvidar la parte mala de las relaciones interpersonales, esa que la mayor parte de las veces se obvia en el mundo de color de rosa que muchas veces es la LIJ.
Sentimientos contradictorios y reflejos de todo tipo se desprenden en una lectura que a pesar de no llenarse de metáforas y otras figuras de estilo, la historia cotidiana de estas dos niñas logra emocionar a cualquier lector independientemente de la edad.


A mí ya se me han ocurrido un par de buenos amigos a los que regalárselo, ¿y a ustedes? Anímense y no dejaen que las cosas bonitas mueran en mitad de un mundo absurdo como este.

martes, 6 de abril de 2021

Clarividencia juvenil


Se acaba la calma y empezamos un nuevo trimestre. Este año no hay lunes de pascua que valga, pues nuestro cacique particular, uno que destila odio manifiesto hacia el profesorado, ha decidido que ya tenemos suficientes vacaciones. Sonrío con desgana y rezo mis plegarias matutinas mientras pongo la lavadora. Solo espero que algunas de mis peticiones se cumplan. No hay mal que por bien no venga.
Imagino como deben estar mis energúmenos favoritos. Con esto del calorcete, no hay quien se resista a una buena jarana, todavía más si tenemos en cuenta que nos tienen bien sujetos del morral sin razones aparentes. Y digo esto porque no logro entender por qué sufrimos restricciones más severas que hace nueve meses cuando los niveles de contagio son prácticamente nulos y el porcentaje de vacunados sigue subiendo. ¿Habrá intereses ocultos en ello? Hay muchos puntos negros en todo esto.


La primavera se promete divertida. Ahora es cuando viene lo bueno de esta ley seca. Con la sangre bullendo y más horas de sol, no se crean que los adolescentes se estarán quietecicos. No. Ya han tenido bastante. Con mucha calle por delante, y más juntos y revueltos, nos sorprenderán con nuevas estrategias para pasarse las normas por el forro y arrimarse lo que sea menester. Empieza la carrera por la libertad.


Partidos de fútbol, carreras de patines, bancos en el parque, una cachimba en alguna huerta abandonada, o la casa de campo de algún padre cómplice serán los lugares para evadirse de una serie de leyes que brillan por su falta de lógica. Espero que los jóvenes tomen las riendas de la situación y nos dejen boquiabiertos con su capacidad de inventiva y supervivencia.
El estiaje se promete esperanzador. Confío en que huestes de adolescentes hagan de su capa un sayo y comiencen a poner en duda muchas de las premisas que a día de hoy todavía se presuponen sobre el bicho. Las formas de contagio, la efectividad de la vacuna o la incidencia estacional son cuestiones que todavía no están muy claras y que necesitan echar mano de la humanidad de los chavales, unos que a veces tienen una lógica más aplastante que los adultos y a quienes hemos vilipendiado durante todos estos meses con nuestros prejuicios de personas ¿responsables? y ¿ejemplares?


Solemos ningunearlos, hacer caso omiso de sus conocimientos. Ignorados, silenciados e invisibles, nos dan más de una lección y tienen más cabeza que mucha gente “experimentada”. Y si ustedes creen que andan sobre las aguas, les recomiendo Los osos del aire, un librito escrito e ilustrado por Arnold Lobel en 1965 que ha recuperado Blackie Books esta primavera que la sangre altera.


En él, Ronald, Donald, Harold y Sam son instruidos por su abuelo para llegar a ser osos de provecho. Aunque lo intentan, ellos prefieren tomar su propio camino y dedicarse a brincos, saltos y malabares. El abuelo se enfada al verlos hacer cosas tan impropias y se decide a instruirlos en el arte del buen oso. El tiro le sale por la culata y son los pequeños osos del aire quienes le dan una magnífica lección.
Una pequeña parábola breve y efectiva que deben conocer de este primer Arnold Lobel. Y lo dicho: dejen vivir a los jóvenes, puede ser muy clarividente.

domingo, 4 de abril de 2021

Un álbum luminoso y atemporal


Es domingo y tengo ganas de reseñar un libro bonito, de esos que te roban el corazón nada más leerlo. Y como eso precisamente es lo que me sucedió con Si vienes a la Tierra, un álbum de Sophie Blackall -autora de la que hablaré más de la cuenta durante este mes de abril-, aquí lo tienen. Publicado por Anaya en nuestro país, este libro de no ficción que acaba de llegar a las librerías es un verdadero regalo.


Partiendo de una idea personal en la que ha invertido cinco años de trabajo, la autora nos presenta a Quinn (si leen el epílogo sabrán quien inspiró al personaje, al igual que sucede con el resto de los que aparecen en sus páginas), un niño que escribe una breve carta a un hipotético extraterrestre para explicarle cómo es nuestro planeta y quiénes somos nosotros. Es así como Blackall desarrolla una especie de guía turística sobre la Tierra y sus habitantes, una serie de pinceladas que ayudan a comprender el funcionamiento de nuestro mundo.


Partiendo de esta sencilla premisa la autora australiana residente en Estados Unidos consigue hacer un libro atemporal. Si les dijera que se editó hace décadas no les extrañaría. Tampoco si lo vieran en su librería de referencia dentro de diez años. Esto se debe principalmente a dos características. En primer lugar se desarrolla sobre un texto breve, directo, descriptivo, con alguna pincelada de humor y sin artificios ni demasiados juicios personales. La segunda es que utiliza unas ilustraciones clásicas -la acuarela es la técnica principal- que se enriquecen gracias a composiciones muy estudiadas (dípticos, dameros o mosaicos) y recursos narrativos gráficos donde abundan metáforas, disyunciones o juegos a golpe de página.




Mucha gente puede considerarlo un libro comercial, pero ya les aviso de que ojalá todas las lecturas independientes tuvieran la fuerza de este. En contraposición de lo que muchos piensan, es posible dar vida a un libro impactante sin necesidad de utilizar ilustraciones vanguardistas o escritura experimental, algo por lo que también se podría haber optado. Pero en este caso, la honestidad y lo sincero han estado por encima de cualquier otra decisión. A veces sólo hace falta creer en un proyecto personal y sacar lo mejor de uno mismo para elevar un discurso universal como este, algo que la señora Blackall ha hecho de nuevo.


Si tienen a bien recorrer esta casa llena de puertas, darán buena cuenta de su colorido, la luz que desprende y sobre todo, de su mensaje esperanzador, algo que se agradece sobremanera en estos tiempos que corren y que podría considerarse una especie de cápsula del tiempo llena de ternura y humanismo.


Guiños a la música, a la lengua de signos o al braille, a lo evidente y a lo invisible, a la pobreza, a la guerra o al amor. Desbordante como todos los buenos libros, es capaz de aunar información y emoción sin olvidar el gran tributo al ser humano y su diversidad que la autora hace desde lo poético. 
Léanlo, es una orden.


viernes, 2 de abril de 2021

10 libros que los niños robaron a los adultos


Es 2 de abril, día en el que Hans Christian Andersen nació hace 216 años, la fecha elegida por el IBBY para celebrar el Día Internacional del Libro Infantil desde 1967 (si quiere conocer el mensaje de este año, haga CLICK AQUÍ). Aunque el viernes santo le ha robado protagonismo, este monstruo no olvida los libros para niños y los echa a volar una vez más en el mundo de los adultos.
Hoy toca darle la vuelta a la tortilla y, en vez de recomendarles libros creados para niños que también pueden leer los adultos, hoy les propongo una serie de libros clásicos que, a pesar de haber sido escritos por y para adultos, terminaron en las estanterías y bibliotecas de los lectores más pequeños.
Este es un hecho bastante curioso teniendo en cuenta que muchas son obras con cierta complejidad lingüística y discursiva. Es más, podrían lacerar el corazón de algún que otro lector adulto teniendo en cuenta la incorrección política que destilan sus páginas, algo que debería hacerles pensar en si los niños son tan inocentes e inofensivos como parecen, un tema del que ya hablé hace unos meses AQUÍ.
No hay que confundir estos diez títulos con otros clásicos de la narrativa infantil y juvenil como Peter Pan y Wendy, El príncipe y el mendigo, El maravilloso mago de Oz, Heidi, El jardín secreto, Las aventuras de Pinocho o El principito, una serie de títulos que si fueron concebidos para ese tipo de público. Esto no quiere decir que no puedan ser leídos por adultos (todos los buenos libros deben ser leídos por cualquier lector), pero sí nacen desde otra perspectiva.
Espero que tomen nota de ellos y se aventuren a conocerlos si no lo han hecho hasta ahora. Y si conocen otros títulos (que los hay…) los pueden añadir en sus comentarios para hacer más larga una lista que ponga en evidencia que la Literatura Infantil y Juvenil es un patrimonio común de toda la humanidad que debemos conocer y proteger.


N. C. Wyeth

Robinson Crusoe (1719) es la obra más famosa de Daniel Defoe. Considerada la primera novela inglesa esta autobiografía ficticia de un náufrago que da forma a un mundo propio se transformó en una novela de aventuras orientada al público infantil y juvenil en detrimento de una serie de complejidades discursivas dirigidas al lector adulto como la sexualidad, la supremacía racial, el existencialismo o la negación religiosa. Déjense de vainas y acudan sin prejuicios a una novela con encanto y abundante chicha.


Arthur Rackham

Los viajes de Gulliver (1726). Aunque todos recordamos a los liliputienses, esta sátira en prosa del escritor y clérigo irlandés Jonathan Swift se adentra en otras muchas geografías complejas que se burlan de la sociedad europea y de la naturaleza humana haciendo uso del llamado "relato de viajes". No den todo por sentado y léanlo con buena predisposición. La risa y lo absurdo son necesarios para todos, no solo para los niños.


John Leech

Cuento de Navidad (1843) es la razón por la que a Charles Dickens se le conoce como el hombre que inventó la navidad. No es para menos teniendo en cuenta que esta pequeña novela (puede que la más breve de todas la de este hombre) contribuyó a rescatar los valores del espíritu navideño y sus tradiciones en el ámbito angloparlante a base de magia (algo muy… ¿infantil?). No obstante hay que apuntar sobre ella que quizá sea la menos lacrimógena y sensible, está protagonizada por un ser despreciable y ahonda en lo humano sin olvidar la crítica social. Si no se atreven a leerla en inglés (es un gusto), pueden hacerlo en castellano.


Charles Robinson

Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas (1865) es la archiconocida novela de fantasía y nonsense escrita por Lewis Carroll, pseudónimo de Charles Lutwidge Dodgson. Inspirada por una niña y adaptada por Disney, la historia tiene mucha miga. Ilógica, irreverente, lúdica, subversiva y crítica está considerada una obra maestra que no se pueden perder. No se dejen engañar por el reduccionismo de Hollywood, deben buscar en estos libritos (son dos, ya saben) los montones de referentes políticos, sociales y culturales que incluye, sin olvidar su estructura y uso de lenguaje.


Jessie Wilcox Smith

Mujercitas (1868). La obra cumbre de Louise May Alcott ha sido ninguneada por los lectores adultos de última hornada. Sí, esta novela ambientada en la guerra civil estadounidense está protagonizada por una madre y sus cuatro hijas, pero ¿es eso suficiente para tratarla de ñoña y dramática, o incluso de feminista? Nada de eso. Lean con los cinco sentidos y verán como cualquier encuentra reflejo en los personajes. La pobreza, la doble moral, la generosidad, el deber o el compromiso social se agolpan en sus páginas. Tontos serían si se la perdiesen.


Alphonse de Neuville

Veinte mil leguas de viaje submarino (1869). Esta obra de Julio Verne fue rechazada en varias ocasiones por la personalidad del capitán Nemo, alter ego del propio Verne. Una persona desgraciada, compleja y brillante en torno a la que gira la acción de esta novela de aventuras y ciencia ficción donde, además de predecir varios inventos submarinos, se describen con todo lujo de detalles los fondos oceánicos y los seres que la habitan. La primera edición conjunta de esta novela fue curiosamente española.


Norman Rockwell

Las aventuras de Tom Sawyer (1876-1878). A pesar de que esta novela de Mark Twain –o Samuel Langhorne Clemens- está considerada una obra maestra de la literatura universal, ha quedado relegada al público infantil. Sí, está protagonizada por un niño, pero es un relato complejo con gran carga autobiográfica que ayuda a comprender la todavía intrincada sociedad estadounidense. Con un humor sutil y lleno de dobleces, abre fuego sobre temas polémicos desde una mirada sencilla y clarividente. Será por eso que también deben leerla los adultos.


N. C. Wyeth

La isla del tesoro (1883). Quizá sea el único título de ida y vuelta de esta tanda. Aunque fue inspirado por Lloyd Osbourne, hijastro de Robert Louis Stevenson durante unas vacaciones y se publicó por entregas en una revista infantil, no regresó a los niños hasta que no se convirtió en un libro de éxito entre los adultos. Algo que no es de extrañar teniendo en cuenta el sinuoso viaje del protagonista, la intrincada personalidad de Long John Silver, y la cantidad de facetas que presenta el resto de voces masculinas de esta obra maestra.


Lisbeth Zwerger

El fantasma de Canterville (1887) es una obra de Oscar Wilde que, a pesar de ser apropiada por el público infantil gracias a una limitada extensión y sus niños protagonistas, fue un primer intento de novela para el lector adulto. Basada en las clásicas historias victorianas de fantasmas (algo de lo que bebe también Cuento de Navidad), el autor hace una crítica social de primer orden contraponiendo la idiosincrasia estadounidense a la tradición europea con mucho sarcasmo. Una historia paródica y sutil que quizá queda eclipsada por lo luminoso y esperanzador de un dulce final. Descarguen el archivo correspondiente y llénense de humanidad.


Paul Bransom

La llamada de lo salvaje (1903), es la obra más conocida de Jack London. Su cariz como novela de aventuras protagonizada por Buck, un perro cruce entre San Bernardo y Scotch Collie, es quizá la razón por lo que se hiciese popular entre los niños de la época, pero no hay que olvidar que este viaje iniciático tiene un tono oscuro, cruel y violento que puede mover las entrañas de cualquier adulto. Se considera la precuela de Colmillo Blanco, una novela que sí se inspira en el lector infanto-juvenil.


jueves, 1 de abril de 2021

Metrópolis: ¿infierno o paraíso?



Cuando vivía en Madrid durante mis años de estudiante, el piso que compartía con mi amigo Pablo era una especie de peldaño para gente provinciana que se atrevía a dar el salto a la gran ciudad. Ante las dificultades que muchos encontraban en eso de alquilar un habitáculo donde caerse muertos, varias personas acudieron allí de manera temporal.


Primeros empleos, sueños de gloria y bastante miedo se agolpaban en unos cuerpos que no pocas veces se sentían turbados ante unas costumbres desconocidas que se relacionaban con el transporte urbano, retrasos y trasbordos, comidas en tupper, madrugones y un sinfín de nuevas reglas sociales que les pillaban de sopetón.


El Pablo y un servidor jugábamos a apostar. ¿Serían capaces de adaptarse a sus nuevas condiciones vitales o, por el contrario,  serían engullidos por ese maremágnum de la metrópolis que podría asfixiarlos en contraste con ese remanso de paz que se respiraba en las capitalejas provincianas como la nuestra?


Unos rápidamente se buscaban la vida seducidos por las bondades de vagones de metro y avenidas atiborradas de gente, posibilidades laborales o culturales. Sin embargo, otros desistían de tanto trajín, precariedad y dificultades económicas para retornar a sus lugares de origen. A veces una retirada a tiempo implica una victoria, sobre todo si en tu balanza de la calidad de vida priman la calma, lo accesible y el coste de la vida.


A estos les decíamos que no se lo tomaran como una derrota y que esas semanas de ajetreo y celeridad les servirían cuando visitaran Nueva York, París o Roma, pues todas las grandes ciudades en cierto modo se parecen y gracias a ese bagaje podrían sobrevivir sin problemas en sus escapadas de ocio. No hay mal que por bien no venga, que las grandes ciudades educan y enseñan.


Partiendo de esta reflexión que muchos compartirán, me zambullo en dos libros sobre grandes ciudades. En primer lugar el Nuevo en la ciudad de Marta Altés, un álbum que saca a la luz Blackie Books para hablarnos de esa sensación que habita en nosotros cuando tenemos que empezar una vida en otra ciudad. Quizá basado en su experiencia personal, su autora (recordemos que Marta Altés viven en Londres, una ciudad a la que hace muchos guiños en las páginas de este libro) nos cuenta la historia de un perro que busca su espacio en una sociedad que, a pesar de parecer hostil, tiene tanto de nuevo, como de bueno. Insignificante y olvidado, ¿claudicará el protagonista ante una sociedad con otras reglas? Los que han tenido que labrarse un camino en otras ciudades, saben que todo puede cambiar…


Por otro lado traigo La luna no es de nadie, un álbum de Tohby Riddle publicado por Babulinka Books. Con unas ilustraciones a caballo entre las técnicas tradicionales y el collage fotográfico, además de ser una oda a la amistad entre Clive Prendergrast, un zorro válido y muy resuelto, y Humphrey, un burro algo torpe, llorón y taciturno, este es un libro sobre la soledad que muchas veces desprenden las grandes ciudades. 


Llenas de trabas y dificultades para cualquiera de sus habitantes, estas urbes donde el tumulto nos convierte en anónimos y el ruido no nos deja hurgar en nuestro interior, las metrópolis se figuran oasis de imperfección desorbitada que, muchas veces, suponen un lastre para los más débiles. Algo que se puede contrarrestar gracias a una sincera amistad con la que disfrutar de esos necesarios pros que ofrecen las tierras prometidas.


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