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miércoles, 15 de enero de 2025

Benditos preguntones


Preguntar puede ser bastante incómodo, pero al mismo tiempo gratificante, sobre todo si recibes una respuesta nutritiva (cosa que no siempre sucede) y nadie te propina un zarpazo por haberte inmiscuido en la vida privada del otro.
Las preguntas pueden ser inocentes o con mucha enjundia. Hay preguntas fáciles que pueden ser laberínticas y preguntas muy complejas que la mayor parte de las veces tienen una solución más que sencilla. Las hay inocentes y con mucha maldad. Hay preguntas delicadas y otras que se hacen a bocajarro. Indiscretas o sutiles, también. Las más divertidas son las picantonas y las más esquivadas las monetarias.


Preguntar bien es todo un arte, por eso no sabe hacerlo cualquiera. La mayoría de las personas preguntan para matar la curiosidad, no para enriquecerse con nuevas preguntas. He ahí la clave. Preguntar para aprender, aprender preguntando, algo que echamos de menos los que enseñamos, sobre todo en un tiempo en el que la inteligencia artificial, las redes sociales o San Google capacitan a cualquier inepto para sentar cátedra.
Es extraño el poder de las preguntas. A veces nos aúpan y a veces nos derriban. Un hecho tan cotidiano como el extrañamiento, esa entonación que las acompaña, puede acabar con la carrera de un político, dejar patidifuso a un profesor o despertar el letargo de un premio Nobel.


Y pregunta a pregunta, me detengo en las que nos proponen Mac Barnett y Christian Robinson en su último álbum. Publicado por Libros del Zorro Rojo hace unos meses, este libro titulado Veinte preguntas nos propone un juego donde la imaginación y las posibilidades se combinan para interpelar al lector.


Y es que conforme vamos pasando las páginas, nos encontramos una imagen acompañada de una pregunta curiosa que interpela a los lectores desde el extrañamiento. Algunas suponen escondites ilustrados, nos invitan a identificar animales o descubrir formas sencillas, algunas nos seducen con la aritmética y la mayoría invitan al disparate. Interruptores fantásticos que desde el surrealismo nos hacen reír y ponen a prueba nuestra inteligencia en un escenario donde todas las respuestas son posibles.


Preguntas e imágenes se articulan en una propuesta muy lúdica donde, además de lecturas muy variopintas, genera un discurso diferente con cada lector-espectador. Una especie de algoritmo narrativo en el que caben montones de suposiciones (y por tanto historias) diferentes. Incógnitas y surrealismo, detalles (¿se han fijado en las guardas?) y estampas bucólicas e inquietantes se columpian en un álbum sencillo que bien puede servir para entrenar a los escritores y guionistas del futuro.

martes, 23 de noviembre de 2021

Entre rejas


Globalización, féminas valientes, refugiados e inmigrantes, familias multirraciales, libertades sexuales y mucho cambio climático llenan nuestros libros infantiles. Con la de cosas que hay para hablar, parece ser que autores y editores han decidido decantarse por aquellas que constituyen la piedra angular de ciertas facciones políticas y hacerles el trabajo sucio (ellos verán, es algo que he repetido hasta la saciedad).
A pesar de esta aparente preocupación que el ecosistema de la Literatura Infantil tiene por la llamada realidad social de la infancia, existen otros problemas por los que los libros dedicados a niños y jóvenes pasan de puntillas. La gestión económica, las adicciones, la responsabilidad civil o los hábitos de consumo parece ser que no tienen cabida en los libros infantiles. Testimoniales e invisibles, me llevan a pensar en que esa cobertura social en parte solo responde a modas pasajeras que facilitan la compraventa de títulos por parte de ciertos sectores del consumo, y seguir alimentando una dicotomía ideológica que poco ayuda a la libertad y la vida en el tiempo presente.


A pesar de ser el pan de cada día para muchos críos, una de esas realidades que no forman parte de ningún programa partidista y que por tanto, ha caído en el olvido de esa autodenominada LIJ con función social, es la de los hijos de presidiarios. Y oigan, no solo por parte de la Literatura Infantil, sino también por la de las instituciones. Tanto es así que por más que le he dado mil vueltas a la red, no he hallado ningún tipo de estadística que hable del número de chavales que tienen a sus padres encarcelados en nuestro país.


La cosa cambia cuando nos movemos en el ámbito de Estados Unidos o Reino Unido (luego se extrañan de porqué gobiernan este occidente en decadencia)... Se cree que en Estados Unidos hay alrededor de 2,7 millones de menores que tienen a alguno de sus progenitores en prisión, una cantidad nada desdeñable teniendo en cuenta que es casi un 1% de la población estadounidense (ojo).
Así pasa, que en esos países, aparte de poner la mirada donde hace falta (hay menos pesebres y más “charities”), intentan dar visibilidad a multitud de realidades con libros como Knock Knock de Daniel Beaty y Bryan Collier (Little, Brown and Company), Far Apart, Close in Heart de Becky Birtha y Maja Kastelic (Albert Whitman & Company), Visiting Day de Jacqueline Woodson y James E. Ransome (Puffin Books) o Missing Daddy de Mariame Kaba y Bria Royal (Haymarket Books)


Teniendo en cuenta que en España existe un buen puñado de cárceles (si esa palabra les suena muy fuerte en pleno siglo XXI, siempre pueden ser tan asépticos como los políticos y llamarlas “centros penitenciarios”), 83 para ser más exactos (teniendo en cuenta que “semos” europeos e invertimos un pico en “lo social” son unas cuantas), y que albergan a casi sesenta mil presos en diferentes tipos de grado y regímenes, habría que pensar seriamente el hablar de esto en los libros infantiles.


Pero tranquilos, no teman verse dirigidos ipso facto hacia los infiernos, aquí les traigo dos libros sobre esta temática que han conseguido abrirse camino en las estanterías de nuestras librerías, pero que lamentablemente no han tenido la visibilidad necesaria. Algo que me gustaría suplir en este frío martes de noviembre.


En primer lugar toca hablar de Milo imagina el mundo, un álbum de Matt de la Peña y Christian Robinson que acaba de publicar Libros del Zorro Rojo. Además de inspirarme esta entrada me parece un libro muy bien traído ya que, alejándose del sentimentalismo que pueden rezumar estas historias un tanto difíciles, los autores se ponen del lado del protagonista, un niño negro que va a visitar a su madre en la prisión.


Si bien es cierto que les he hecho algo de spoiler desvelándoles el final, para mi gusto, lo interesante es el desarrollo de la acción, una que discurre entre el cuaderno de dibujo de Milo y la realidad que le rodea. Su lápiz, a modo de caleidoscopio, perfila los deseos y anhelos de un chaval que intenta posicionarse positivamente, una forma de estasis ante los designios de un mundo cruel.


Optimista y creativo, Milo dibuja todo aquello que se le ocurre en el largo trayecto de metro mientras su hermana vive hipnotizada por su teléfono móvil. Un hombre sin afeitar, una mujer vestida de novia o un niño sin corbata son su inspiración a la hora de inventar las historias que garabatea sobre el papel y que, de un modo u otro, integran al espectador en esa cosmovisión que intenta mutar la realidad. Jugamos a las adivinanzas con él. ¿Quién es quién? ¿Quiénes somos? ¿Quién es él?
Todo se resuelve en la sorpresa final, un golpe de efecto necesario para que, en cierto modo, reverbere un discurso que oscila entre lo esperanzador y la denuncia social gracias a unas ilustraciones coloristas y llenas de vitalismo.


En segundo lugar he elegido Detrás del muro, un libro de Isabelle Carrier (la autora de El cazo de Lorenzo, un libro conocidísimo) y Elsa Valentín que publicó hace años la siempre acertada editorial Juventud para alegría de los monstruos.


El protagonista de este libro echa de menos a papá. Hace tiempo que no prepara lasaña, ni va a la salida de la escuela, ni discute con mamá, porque sencillamente está en la cárcel. Los recuerdos se suceden en su mente hasta que llega el día de visitar a su padre, un momento en parte alegre, en parte desconcertante.


Una mezcla de pensamientos y paradojas que se aúnan en pro de un mensaje complejo (no sé si alguno de ustedes tienen a un ser querido entre rejas, pero se debe experimentar una sensación muy extraña) que se articula sobre unas ilustraciones luminosas aunque silenciosas, expresivas pero contenidas.


Quizá más crudo que el anterior, es un álbum necesario y habitable, porque desde la inocencia y la incredulidad nos habla en primera persona de lo complejidad que nuestros sentimientos. De lo que decimos, de lo que callamos, de lo que vivimos y de lo que queremos vivir.

lunes, 28 de septiembre de 2020

La importancia de lo plural


Me llama mucho la atención el interés con el que mucha gente me pregunta “¿De qué vas?” Si bien es cierto que alguna vez se denota cierto reproche en la pregunta, generalmente la hacen extrañados. Vamos, que no saben por dónde va la hebra. 
Estamos acostumbrados a etiquetar a todo el que pillamos. Tendencias políticas, hábitos alimenticios, gustos musicales y cinematográficos, forma de vestir… Absolutamente todo nos ofrece indicios sobre qué tipo de personas son los demás. Recabamos información, la integramos en nuestro catálogo de prototipos y los clasificamos en una tipología determinada para tenerlo en cuenta cuando sea necesario. 


Les puedo asegurar que esta práctica no es mala idea. Teniendo en cuenta que cada vez vamos más uniformados (¿Se han fijado en lo clónicos que son los niños de ahora? Me tienen alucinado esas hordas de quinceañeros igualicos) y la llamada inteligencia emocional consiste en considerar una serie de variables que nos permitan conocer el comportamiento y emociones de quien tenemos enfrente para actuar en consecuencia, a más de uno le resultará útil para librarse del paredón o del cuñao de turno. 
Pero también es cierto que no podemos conocer todos los parámetros, que se nos escapan detalles ínfimos pero igualmente importantes, y que para suplir estas carencias informativas debemos echar mano de los estereotipos. Damos por hecho que un profesor de matemáticas no puede llevar el pescuezo tatuado, que un directivo de central nuclear debe ser carnívoro, que una buena maestra no puede odiar a los niños, que alguien vestido de Prada (muy buen gusto, por cierto) no debe ser podemita, que un inglés no bebe cerveza sin alcohol o que un gay nunca vota a Vox. 


Lo mejor de todo viene cuando constatamos que el ser humano es maravilloso, que nos ofrece nuevas y frescas versiones de sí mismo, que se aferra a lo que le da la gana y manda a la mierda las hormas, las presuposiciones y los clichés, una idea que a los monstruos que abogamos por la libertad (y el libertinaje) nos llena de satisfacción. 
Les aviso: debemos estar agradecidos de equivocarnos para con los demás, de que nos salga el tiro por la culata y de cubrirnos de mierda hasta el gaznate. Nada es lo que parece y todos somos únicos de un modo u otro. Necesarios e importantes para desempeñar un papel en este ecosistema llamado mundo que nunca alcanza esa homogeneidad que tantos han anhelado. 



Y antes de que se me tiren al pescuezo les menciono el último álbum de Christian Robinson. Tú importas, editado por Libros del Zorro Rojo este curso, es un canto a lo colectivo desde un punto de vista individualista. Sobre un texto poético con vis de retahíla –fíjense en ese “tú importas” que se repite como un mantra a la confianza-, el autor articula una serie de ilustraciones interconectadas a través de sucesos o personajes que hablan de una humanidad variopinta desde un punto de vista cotidiano y, sobre todo, alejándose de convencionalismos y perspectivas buenistas. 
Robinson subraya una vez más su mensaje multi-kulti finalizando la acción en un libro con montones de detalles y casi-circular (fíjense en el que la guarda final y las tapas funcionan como colofón perfecto) que es una excusa inmejorable para plantearnos que los moldes sirven de poco cuando el yo y las circunstancias son las que mandan.


martes, 21 de noviembre de 2017

Dando voz a colegios e institutos


¡Lo que serán los libros...! Hasta que la otra tarde no me topé con El primer día de un colegio, el último álbum de Adam Rex y Christian Robinson (Corimbo), nunca me había dado por ponerme en el pellejo de un centro educativo. Ya sé que la personificación es una baza inmejorable a la hora de crear personajes, pero el caso es que los maestros estamos tan ensimismados con nuestras penurias (¡Ay que lastimeros -e irónicos- nos parieron!) que no caemos en la cuenta de que hay otros que están peor, véanse las aulas, nuestros patios de recreo, el gimnasio (el que lo tenga, porque eso sí debería preocuparle a la inspección educativa y no los dichosos estándares) y la biblioteca escolar (otra entelequia).


Lo de colegios e institutos es de traca y no precisamente para celebrar nada, sino todo lo contrario... Conozco uno que se ha pasado unos cuantos años con la mitad de las ventanas agujereadas (Por falta de presupuesto, aducían. Hasta que otros llegaron al cargo y demostraron que la falta tenía otras naturalezas), otro al borde de la congelación (Un lunes llegué a cierto laboratorio, el mercurio marcaba 10º C y empecé a repartir alicates, el instrumento que íbamos a utilizar para sacarnos los mocos de ese momento en adelante), y unos cuantos en los que los ordenadores databan del Cenozoico (luego que si las TIC, las aulas on-line...). No se crean que esto es un chollo. Ni siquiera las vacaciones, que como no son flexibles tenemos que ir a Baqueira en verano.


Si yo fuera el instituto en el que desempeño mis servicios en la actualidad, me cagaría en las muelas de los arquitectos que me diseñaron, no sólo por la orientación con la que me proyectaron (¿No había sitio? Manda huevos estando rodeado de buenos bancales), sino por eliminar las persianas (ni que estuvieramos en Laponia, con dos horas de sol si es que sale...) y darme esa fisionomía de nave industrial de productos ultracongelados. Vamos, o que aquellos se liaron la manta a la cabeza con la máxima de “los cerebros escolares bajo cero”, o que habían estudiado en el trópico (mentecatos...)


Si a todo esto añadimos el poco decoro que los alumnos muestran hacia espacios y mobiliario, me echaría a llorar. Chicles pegados debajo de pupitres (me acuerdo de las palabras de un ser repugnante defendiendo con sorna la belleza de este clásico), sillas sin tornillos y respaldo, baños lodados (¡Que pesteeee!), puertas astilladas, percheros desmembrados y armarios sin cerradura, son males pequeños, cicatrices que cualquier colegio sufre callado.
Así que me alegro de que alguien le de voz a estos edificios tan poco carismáticos pero muy entrañables dentro del excepcional marco de los libros infantiles, unos que se hacen eco de lo infantil y cotidiano. No sólo por lo que atañe a lo poético, sino por hacer visible que, dentro de lo que cabe, los centros educativos son de todos, unas veces como alumnos y otras como contribuyentes y padres.


miércoles, 26 de octubre de 2016

Buscando la felicidad: sencillez y conformismo


Cuando alguno de mis pupilos, en aras de la inocencia o por puro desacato (algunos hacen siempre de su capa un sayo), me dice, “Román, ¿te puedo hacer una pregunta?”. De inmediato tuerzo el morro: “¿Tiene que ver con algo de lo que estamos hablando?” “Sí.” Miente como un bellaco, pero pienso que la cuestión quizá nos aproveche más que la dieta mediterránea, una sobre la que empiezo a creer que es una entelequia a tenor de lo que mis alumnos se llevan a la panza. Enderezo el gesto, respiro y espero. “¿Cómo se puede ser feliz?” Ya la hemos cagado. A ver cómo salgo de esta... No creo que nadie (filósofos incluidos) tenga respuesta a semejante dilema, más que nada porque la subjetividad lo ronda y cuando los pareceres se inmiscuyen en los argumentos, éstos cada vez son más y más tortuosos.


“Pepito, basándome en mi experiencia, podría decir que el conformismo siempre ha jugado un papel bastante claro en mi felicidad. Ser consciente de la realidad en la que vives, evitar las comparaciones, aprovechar lo que tienes, ser generoso con uno mismo y con los demás, no minusvalorar las oportunidades, marcarse metas alcanzables y dejar a un lado las frustraciones, son puntos claves a la hora de alcanzar un grado de felicidad, si no pleno, bastante óptimo.” Todos embobaos. No han entendido ni media. “Como veo que el martes ha hecho mella en vosotros más de la cuenta y que todavía andáis demasiado espesos para cogerlo al vuelo, lo dejamos para mañana.”


He pensado en hacer una lluvia de ideas o en plantear una tanda de situaciones cotidianas en las que puedan buscar sus propias respuestas, pero al llegar a casa me he acordé de Última parada de la calle Market, un libro-álbum con texto de Matt de la Peña e ilustraciones de Christian Robinson, publicado en castellano por Corimbo este otoño. Fui a la estantería y lo abrí. Ahí seguían Jackson y su abuela en la parada del autobús, saliendo de la iglesia bajo la lluvia, para esperar a Dennis, su chófer particular. Jackson le pregunta a su abuela porqué ellos no tienen coche, a lo que ésta le responde - Pero, hijo, ¿para qué lo queremos? Tenemos un autobús lanzallamas y al señor Dennis, que siempre te enseña un nuevo truco de magia. Hay mucha verdad en sus palabras, unas que, poco a poco, van cambiando la forma de percibir el mundo del pequeño Jackson... ¡Decidido! Nada mejor que este álbum, muy laureado, por cierto, para hacerles comprender lo que para mí es la felicidad, más que nada porque no creo que sus vida difieran mucho de la mía. Y si difiere, tendrán que seguir buscando su propia respuesta, con esta historia o con otra.