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jueves, 11 de junio de 2026

Tres quirópteros muy simpáticos


Unos de los animales que más historias protagonizan en los libros infantiles son los murciélagos, algo que me resulta bastante curioso. ¿A qué se deberá? En mi opinión tiene que ver con tres características fundamentales.
En primer lugar hay que tener en cuenta que estos mamíferos son nocturnos. Como adoran la oscuridad y desarrollan la mayor parte de sus actividades tras la puesta de sol, generalmente se asocian con historias en las que brilla la luna, ululan los búhos y titilan las estrellas.
La segunda es que son de los pocos mamíferos capaces de volar. Mientras que conejos, caballos, erizos, perros y ardillas tienen un modus vivendi terrestre, los murciélagos son capaces de volar gracias a las membranas que conectan las largas falanges de sus dedos (de ahí viene el nombre científico de su familia: Chiroptera), así como la elevada densidad ósea de su esqueleto.
La tercera es la estrecha relación que estos animales guardan con Drácula, el personaje de la obra de Bram Stoker. Aunque este se basó en la hematofagia que presentan tres especies latinoamericanas de murciélagos, no es una característica definitoria en el resto de especies, pues se suelen alimentar de fruta e insectos en vez de la sangre de otros animales.


No obstante, me gustaría incluir otras peculiaridades de estos bichos, como que, por ejemplo que, representan casi una cuarta parte de todas las especies de mamíferos terrestres conocidas (alrededor de 1400), lo que quiere decir que es rara la zona del planeta en la que no existen estos seres vivos.
También hay que decir que realizan importantes labores ecológicas como la de controlar plagas (uno solo de estos bichos es capaz de engullir más de mil mosquitos en una hora), polinizar muchas plantas consumidas por el ser humano, como el ágave azul, el mango y el plátano, así como dispersar semillas.
Por último toca hablar de la ecolocalización superior, un mecanismo mediante el que los murciélagos pueden orientarse. Al igual que el sonar, emiten ultrasonidos (nosotros no podemos escucharlos) que rebotan en el entorno y regresan al murciélago en forma de eco. Es un sistema es tan preciso que pueden detectar un cabello humano en la más absoluta oscuridad. ¡Pero ojo! No crean que son ciegos, pues tienen una excelente visión adaptada a la oscuridad.


Y como no podía ser de otra manera, llegamos a un libro estupendo protagonizado por, no uno, sino tres de estos animales. Tres eran tres es un álbum de Pepe Maestro y Nerea Pérez que obtuvo el Premio Lazarillo en el año 2024 y que acaba de publicar Nórdica en su colección infantil.
Con una rima sencilla, los autores nos cuentan la historia de tres murciélagos, Abel, Noel y Manuel, que duermen plácidamente en la oscuridad, pero ¡ups!, alguien enciende la luz y les toca despertar muy asustados. ¿Quién ha sido? Pues ni más ni menos que tú, querido lector. Así que, te toca participar de este libro tan nocturno.


Con rima consonante y mucha simpatía, este libro se adentra en maravilloso mundo de la oscuridad gracias a un trío de personajes muy entrañables y montones de juegos visuales. Desde tapa y contratapa (abran el libro y fíjense en la imagen que forman juntas) hasta las velas de ese barco a la deriva o una luna dormida y sonriente, todos los elementos parecen estar perfectamente engranados para inspirar a los pequeños lectores con una propuesta para disfrutar en voz alta o en un momento de intimidad.
Gracias a esa voz cercana, un texto con aire de retahíla (¡El comienzo es delicioso!) y algún que otro ingrediente interactivo (apunten al espejo o a esa expresividad tan teatral de estos alados hermanos Marx), este libro no puede pasar desapercibido porque es una oda al entretenimiento más puro, que al fin y al cabo, es lo que tiene la buena literatura.

domingo, 31 de mayo de 2026

Una gallina muy quijotesca


Para el que no lo sepa, los huevos de las gallinas son óvulos, concretamente la yema del huevo. Como el resto de las aves, el óvulo puede estar fecundado o no dependiendo de si su dueña se ha apareado con un gallo o no. Generalmente, los de granja no lo están porque los distintos sexos se encuentran separados o porque la gallina se encuentra aislada en una jaula. Si están todos juntos, no se extrañen si se encuentran un embrión en formación cuando rompan la cáscara.
Pero ¿qué pasa con el resto de partes que hay en el huevo? Se van añadiendo como cubiertas nutritivas y/o protectoras a lo largo de un proceso que dura entre 24 y 26 horas. Normalmente, las gallinas hacen su puesta por la mañana, aunque alguna vez se les hace un poco tarde. Algo de lo que el resto del corral se percata gracias al característico cacareo que emiten al terminar.


Cuanto más joven es la gallina, más huevos pone. Entre el primer y el tercer año de vida se alcanza el máximo de puesta (seis o siete huevos semanales), y a partir del tercer año va decayendo esa producción. Al llegar a los ocho años, la gallina cesa completamente de poner huevos y toca echarla al puchero (ya saben que “gallina vieja hace buen caldo”).
Además de todo esto, hay que tener en cuenta que, cuantas más horas de luz haya durante el día, más ponen las gallinas. Por eso, en primavera y verano encontraremos más huevos (se superan las 12 horas de sol) que en otoño e invierno (abunda la oscuridad). Esta es la razón por la que en muchas granjas tienen focos para estimular a estas aves (de estas prácticas, poco se habla…).


Y así, entre gallináceas y ese producto tan encarecido últimamente, nos topamos con Una gallina de altos vuelos, un álbum de Carla Novillo que acaba de publicar la editorial madrileña Pastel de Luna para suerte de todos los monstruos. Este libro nos cuenta la historia de Alonso Quijano, el hijo de un panadero, que cuida de Clotilde, su gallina. Para que no salga volando la suelen atar a una bota vieja, pero a la gallina no le gusta y ha dejado de poner huevos. Alonso decide cambiar la bota por un zapato de baile de su abuelo. Pero como es más ligero, ¡ups! Clotilde echa a volar con el zapato y todos sus huevos. ¿Cómo hará las madalenas el padre de Alonso sin ellos? ¿Conseguirá el niño dar con ella?


Inspirado en una costumbre muy antigua, la autora nos brinda una obra ecléctica en la que combina lo humorístico, lo interactivo y lo poético con un guiño rotundo al amor entre Don Quijote y Dulcinea. Ambientado en la llanura manchega y sus típicos molinos de viento, esta historia protagonizada por dos niños, tiene mucho de la obra magna de Cervantes a pesar de estar protagonizada por el vuelo de una gallinácea que anhela la libertad.


Fiel al estilo utilizado en El arenque volador, Novillo recupera el ocre del papel, los diagramas, elementos modernos y antiguos, el collage, diferentes tipografías y ese perfil tan característico de sus personajes que engatusa a todo tipo de lectores. Capas más lúdicas (fíjense en esos laberintos angulosos y sinuosos) y capas más idílicas se entremezclan en un álbum donde todo parece muy casual, aunque no lo sea, incluidos la receta y los croquis mecánicos finales. Un libro ideal para celebrar este 31 de mayo con un toque muy manchego.

miércoles, 20 de mayo de 2026

De trabalenguas y pejigueros


Mi hermana y yo hemos dado mucho por culo. Supongo que como todos los hijos. Más todavía en aquellos años en los que no había clases extraescolares y las amas de casa hacían acopio de paciencia e ingenio para mantener a raya esa mezcla de aburrimiento e hiperactividad que tan insoportable se hace en la infancia.
Mientras otras madres echaban mano de la tele, la mía optaba por el parque. Así se echaba sus chascarrillos, mientras nosotros nos untábamos de alegría, mierda y barro. La jodienda venía cuando nos poníamos enfermos y tocaba encerrarnos entre cuatro paredes. Había libros, algún juguete y mucho tiempo. Nada era suficiente, por lo que, a veces, la Fefa recurría a esos entretenimientos verbales que nunca pasan de moda: los trabalenguas.
Su favorito era el de El cielo está… y el que protagoniza el libro de hoy, Tres tristes tigres, para mi gusto el ejercicio de dicción y aliteración más difícil en nuestra lengua. A día de hoy, todavía me parece una tortura. Y supongo que para muchos de ustedes también. Pero lo más sorprendente de todo es que, después de tantos años, siga conservando la magia y logre captar la atención de generaciones de niños que se pirran por las palabras, aunque la sociedad se empeñe en desterrarlas de su universo.


Y así, con el recuerdo de mi madre y nuestra lengua de trapo, además de rogarles que apaguen las pantallas y disfruten de los juegos verbales con sus vástagos, les acerco el álbum que se ha marcado Edu Flores a cuenta de la famosa jerigonza.
Como ya se podrán imaginar, Tres tigres tiquismiquis (editorial Apila) está protagonizado por el conocido trío de felinos que, hastiados de escuchar siempre la misma historia, se rebelan y convencen al narrador para que le dé una vuelta de tuerca al guion. No contentos con lograrlo, deciden sacarlo loco con todos sus caprichos y reparos. ¿Por qué están en un trigal si ese no es su hábitat natural? ¿Por qué dicen que son tristes si no lo están? ¡Y tampoco son idénticos!… ¿Será capaz de contentarlos?


Ambientada en unos estudios de cine (fíjense en las guardas), esta propuesta tan simpática invita al lector a formar parte activa de ella gracias a las interacciones que recoge, véase como ejemplo ese “encuentra las diferencias”. Ideado para leer en voz alta (fíjense en las variaciones tipográficas) y partirnos de la risa con ese humor tan blanco, sugiere nuevas herramientas con las que desbordar otros espacios lingüísticos tradicionales.


Aunque algunos lo lleven al terreno del didactismo, un servidor gusta de ese tono irreverente que rebosa en la LIJ, donde la subversión a las pautas adultas constituye una vía de escape imaginativa. Lleno de referencias a los cuentos tradicionales, guiños a otros títulos del catálogo editorial y un golpe de efecto final, este libro interpela al lector pidiéndole que se una a la fiesta de la lengua.


Por si no les parece bastante el reconocimiento que recibió por parte de la Biblioteca Pública de Nueva York como uno de los mejores títulos para niños en español del 2025, ya les dice un servidor que se arriesguen. No todo va a ser condimentos gráficos y discursos metafísicos. Hay libros que bien valen una sonora carcajada echando mano de la verborrea de toda la vida.

lunes, 18 de mayo de 2026

Lágrimas reptilianas


¿Por qué lloramos? Se puede llorar de tristeza, rabia o risa. Sin embargo, en otras ocasiones, esa pregunta nos ronda la cabeza porque no entendemos o es difícil identificar el motivo que nos lleva a ello.
Antes de nada, el llanto es una respuesta fisiológica y psicológica ante cambios vitales que unas veces son muy evidentes y otras, no tanto. Por lo general, suele ser una válvula de escape del cuerpo. Liberar el estrés acumulado durante una temporada vertiginosa, procesar emociones complejas como la muerte de un ser querido o una ruptura sentimental, una reacción a cambios hormonales como la menopausia o simplemente por agotamiento.
Eso sí, hay que tener muy claro que eso de llorar a todas horas no es muy normal. De hecho, el llanto supone una llamada de atención ya que implica una exteriorización de una condición y como tal, supone un signo de alerta ante los demás. Más todavía si viene acompañado de insomnio, apatía o nerviosismo.


Otra cosa muy diferente es lo que hacen ciertas personas para manipular a otros, lo que se llama vulgarmente, lágrimas de cocodrilo. Esta expresión tan utilizada en el mundo occidental, tiene su origen en relatos de la antigüedad que calaron muy hondo a partir de la Edad Media en las que se apuntaba a que los cocodrilos lloraban para inspirar pena en sus presas y luego aniquilarlos.
Aunque Shakespeare o Henry Purcell la utilizaron en sus obras para imprimir dramatismo a sus personajes, la realidad es que los cocodrilos producen lágrimas cuando están mucho tiempo fuera del agua para mantener sus córneas húmedas. Incluso se piensa que su mecanismo de secreción se relaciona con la apertura de las fauces. De ahí esta relación un tanto sesgada.


Si prefieren otra explicación más inverosímil, siempre pueden acudir a la que André François dio en su primer libro como autor del texto y las ilustraciones (1956) y que esta primavera reedita la editorial Kalandraka para los lectores en lengua castellana.
En Lágrimas de cocodrilo nos encontramos con un niño muy llorón al que su padre le recrimina esa compasión tan superficial. Como este no sabe a qué se refiere, el progenitor le explica pacientemente. Así es como empieza una historia de lo más rocambolesca y surrealista donde la instrucción y la fantasía se entremezclan. “Es fácil atrapar un cocodrilo; sólo necesitas una LARGA CAJA DE MADERA y te embarcas para Egipto” sentencia el padre. ¿Cómo terminará?


Aunque se trata de un álbum ilustrado aparentemente sencillo, en él podemos encontrar cuestiones muy reseñables, como el uso de la segunda persona (siempre hay cierto extrañamiento en este recurso textual… ¿Acaso el protagonista y el lector son la misma persona?), el uso de la metáfora gráfica, imágenes contradictorias (¿Dónde están los comensales de la mesa? ¿En el estómago del cocodrilo o salieron corriendo?) o esa mezcla entre didactismo paternal y hedonismo disfrutón que tan bien le sienta a la LIJ.


Si nos centramos en las características físicas del libro, hay que destacar esa caja dura y resistente que, a modo de carta y estableciendo una sinergia metaliteraria con la lectura, contiene al propio libro. De forma estrecha y alargada (10,5 x 3,5 x 0,5 cm), es ideal para contener un cocodrilo (recuerden la fisionomía de cualquier reptil). De hecho, ahí está, ya que el libro que se aloja dentro tiene un cocodrilo impreso en las tapas. No obstante, si el lector gusta de manipular el objeto que se presenta ante él, podrá ver cómo asoma su dentadura a través de una pequeña ventana abierta en la caja (¿Será el franqueo de este envío tan especial?), así como una etiqueta que se hace pasar por título: "1 cocodrilo".


Sobre el arte de François, ensalzar una vez más su maestría con el dibujo y la caracterización de unos personajes que destilan simpatía y desenfado. Como en otras obras, utiliza el trazo negro y una paleta de color limitada (naranja y verde) que le confieren ese toque vintage tan especial que ostentan libros de la misma época.
En definitiva, una joyica que hay que atesorar.

lunes, 27 de abril de 2026

Sorteando la canícula


Con las temperaturas que se está gastando abril, no me quiero imaginar lo que serán los meses venideros. Vamos a pasar las de Caín. Estoy temblando.
Lo peor de todo es que tienes que aguantar los comentarios del personal que adora el secano. Que si “Ya era hora”, que si “Lo estaba deseando”. Anormales. Como si los cuarenta y cinco grados que sufrimos durante el verano fueran lo más óptimo para nuestro “body” (A ver si leéis un poquito de antropología física, caris…).
Lo del verano en este país, no tiene nombre. Ni en el norte, ni en la sierra, ni a remojo en la piscina, ni con aire acondicionado. Eso de vivir en un horno es insoportable. Más todavía conforme se está poniendo la vida. Cervezas a diez euros (¡Para que luego digan de Copenhague!), menú diario a 30 pabos (descongelado) y lo de las pernoctas, ¡para matarlos! Ya no tenemos ni para caprichos estivales. Ni sueldo, ni vivienda, ni vacaciones, ni bares. Dios nos salve de esta España desértica, ladrona, inepta y absurda. Y lo digo así, alto y claro.


Mi recomendación es que busquen una encina imponente (los pinos, ni verlos) o en su defecto un buen risco (nunca para despeñarse) y disfruten bajo su regazo durante las tardes que se aproximan botijo en mano. Y si son de esos que le buscan pegas a cualquiera de mis sugerencias, les propino un libro para que se les quite la tontería. Que Al abrigo, el último libro de Adrien Parlange publicado en nuestro país por Océano Travesía, les ilustra de maravilla.
Este título del siempre sorprendente autor francés nos acerca la historia de una niña que se refugia del calor bajo la sombra de una roca en mitad de un paisaje baldío, una llanura desértica. Al rato, aparece una serpiente (¿Conocen algún libro de este señor en el que no aparezca una?) que también busca un poco de cobijo térmico y allí se encuentran las dos. Más tarde llega un zorro. Después una liebre. También un erizo. Un buen puñado de animales acaban compartiendo el abrigo que proporciona esa piedra. ¿Cómo lo conseguirán?


Como en otros álbumes (véase Las desastrosas consecuencias de la caída de una gota de lluvia), Parlange desarrolla sus ideas utilizando la luz y el color de una manera muy elegante. Las figuras de cada doble página se rodean de colores uniformes que van mutando poco a poco conforme pasamos las páginas. Del naranja, pasamos al amarillo, de este a los tonos rosados y finalmente aparecen los morados. Una paleta de color que representa el paso del tiempo desde una perspectiva cromática muy interesante. También tenemos la sombra de la roca central que cambia de longitud y de posición en cada doble página. Un reloj de sol que va señalando las horas y que al mismo tiempo supone un juego visual de primera magnitud al que los personajes deberán enfrentarse a lo largo de la narración.


La cosa no se queda ahí, porque ¿acaso no se han dado cuenta de que este es un cuento acumulativo en toda regla? Sí, de esos que tanto gustan a los críos, pero a base de imágenes. Si se atreven a inventar un nuevo texto, sería la mar de interesante… De esos repetitivos, incluso con rima. ¡Hale! ¡Ya tienen una idea para darle brío a la lectura!
Por último, hay que hablar del triunfo de lo imposible, no solo por los ejercicios de contorsionismo que realizan los personajes en cada doble página para no quedar a la intemperie bajo el sol abrasador, sino por esa idea cooperativa que une a los diferentes por el bien común. Las figuras parecen dar forma a un puzle orgánico en el que se pueden apreciar diferentes actitudes a lo largo de las páginas. Si al principio, el espacio entre los personajes deja entrever reticencias entre ellos (la niña y la serpiente, el zorro y la liebre), cuando todo termina podemos observar como todos se articulan e interaccionan en completa armonía (¿Quién termina con la brizna de hierba en la boca? ¿A quiénes abraza la serpiente?). Hermoso mensaje.


Para terminar, no me quiero ir sin apuntar al formato y la encuadernación. Horizontal y con hilo visto, permite crear escenas completamente apaisadas (la ausencia de lomo ayuda a la completa apertura de la doble página) en las que la acción queda bien distribuida y las escenas adquieren un carácter más cinematográfico. Por cierto, la imagen en diagonal de la portada es una maravilla que invita a abrirlo sin dilación. Háganle caso.

domingo, 8 de marzo de 2026

Celebrando el Día de la Mujer con Beatrix Potter


8 de marzo y las mujeres han salido a las calles un tanto divididas. Como el resto de seres humanos e independientemente del sexo que comparten, puede haber disparidad de opiniones. A quien se eche las manos a la cabeza, le diré que esto no es nuevo. Desde que los movimientos feministas comenzaron en el siglo XIX, han existido diferentes líneas de pensamiento y discrepancias. Como ejemplo, se me ocurre mencionar las diferencias que surgieron en torno al sufragio femenino.


Ahí es, precisamente, donde entra en juego la figura de Beatrix Potter. Y es que según la investigación realizada por Linda Lear, una de las biógrafas de la autora inglesa, Potter no apoyó a la corriente sufragista femenina en Gran Bretaña. A pesar de su éxito como escritora, científica y empresaria en una sociedad dominada por los hombres, la creadora de Peter Rabbit tenía una visión muy negativa de las sufragistas, refiriéndose en ocasiones a este movimiento como "tonto” y “absurdo".


Ahora bien, ¿eso es suficiente para que, como ocurre hoy en día, se la tachara de traidora o machista? Rotundamente, no. Simplemente y como sucede con muchas otras figuras de la época (N.B.: No se olviden de Victoria Kent o Margarita Nelken, mujeres de claras convicciones socialistas que también se posicionaron en contra del voto femenino), Beatrix Potter tuvo una vida moldeada por una serie de circunstancias que probablemente hoy sean difícilmente asimilables por esa masa tan ignorante y obcecada en lo superficial. Veamos un par…


Como apunta Theresa C. Dintino, muchas escritoras victorianas y/o eduardianas como Beatrix Potter, Mary Wollstonecraft (sí, la madre de Mary W. Shelley) o la novelista Elizabeth Gaskell, pertenecían a la iglesia unitaria, un movimiento protestante que desarrolló a partir de 1830 una teoría feminista que abogaba por la igualdad de los sexos basándose en una visión racional de Dios y la humanidad en la que tanto hombres como mujeres poseen la misma capacidad de razonamiento y desarrollo moral. ¿Qué más necesitaban teniendo al Altísimo de su lado? ¿Al estado?


Por otro lado, y aunque ella nunca se definió como “conservadora” o “liberal”, defendió actitudes que bien pueden relacionarse con este ideario político, léanse el desprecio de la mayoría de los valores sociales victorianos, como señala el crítico Humphrey Carpenter, o el apoyo al modo de vida más tradicional, como prueban todas las granjas de su propiedad o las cartas que en 1916 escribió al rotativo The Times, destacando el papel de las mujeres rurales durante la guerra, las llamadas land girls, todo un ejemplo de independencia económica femenina.


Y así, con el ejemplo de una mujer de bandera, celebro este día tomando como excusa que Blackie Books acaba de publicar los dos primeros títulos de su colección de cuentos. Y es que recuperar El cuento de Jeremías Pescador y El sastre de Gloucester en esta edición que tanto hizo por los niños (recuerden que la Potter se empeñó que fueran de ese tamaño para adecuarse a las manos de los pequeños de la casa) es todo un regalo. No solo por el formato, sino por preservar la obra de una mujer que entendió a sus lectores, ensalzó la naturaleza en cada una de sus escenas y muchas cosas más.
Lo dicho, disfruten de esta colección que lleva en las librerías casi 125 años. Ahí es nada. Lo esperable de una autora difícilmente encasillable…

miércoles, 25 de febrero de 2026

Joyas recuperadas


Los monstruos de habla española estamos de enhorabuena porque por fin se recuperan en nuestra lengua Las aventuras de Archibaldo el koala, la conocida serie de álbumes infantiles de Paul Cox. Muchos años después de que la editorial mallorquina José J. de Olañeta, las publicara por primera vez en nuestra lengua, Libros del Zorro Rojo acaba de publicar el primer volumen (esperemos que sigan con los siguientes).


Titulado El enigma eucalipto, este primer episodio de la serie, además de presentarnos a todos y cada uno de los 25 koalas y los 25 tejones que protagonizan estas aventuras un tanto corales en una isla en mitad del Pacífico, nos cuenta el primer caso de este detective. Los campos de eucaliptos que rodean la ciudad están siendo diezmados y la supervivencia de sus habitantes está en peligro. Quizá sea el clima, los cuidados o las plagas. Los koalas intentan en vano salvar las plantaciones. Pero Archibaldo, ese héroe que siempre está liado aclarando los extraños sucesos que acontecen, se esconde en mitad de la noche y descubre que los responsables de sus preocupaciones son ¡sus vecinos los tejones! ¿Conseguirán los koalas frenar sus tropelías? ¿Regresará la paz a la isla?


Como en muchos otros títulos que he traído a este cuaderno de bitácora, Paul Cox disfruta con su humor absurdo y un surrealismo manifiesto. Chicles con sabor a eucalipto y guerras a sartenazos nos hacen reír, pero también nos obligan a replantearnos situaciones de la vida cotidiana que siempre tienen su reflejo en la LIJ de calidad.


En lo que a formato se refiere, también toca hablar de las dimensiones de unos libros que pretenden ser un homenaje al Babar de Brunhoff. El tono tostado del papel, la composición de dobles páginas que combinan elementos del cómic y el álbum ilustrado, las tintas limitadas o una tipografía caligráfica nos retrotraen a las series narrativas del siglo pasado (¿Ven a Sapo y Sepo de Lobel o el Crictor de Tomi Ungerer?). Por eso es tan importante no pasar por alto ningún componente del objeto-libro, incluyendo esa doble página desplegable que tanta importancia tiene en este episodio.


Da gusto perderse en los detalles que el autor incluye en cada ilustración. Leer el menú del restaurante, contar uno a uno los habitantes de la isla, disfrutar con la caracterización de los personajes (eso de los oficios vuelve loco a cualquier chiquillo), explorar la cartografía del lugar, aprender a contar hasta el número 50, conocer el rubicesto (J. K. Rowling no ha sido la única que ha inventado un deporte) o contemplar códices antiguos, son algunas de las propuestas de este libro desbordante.


Por último y sin ánimo de conflictos, me encantaría conocer el/los motivo/s que han llevado a Julia Osuna, la traductora de gran parte de las obras que se están recuperando de este autor francés, a tomar ciertas decisiones, empezando por el título del libro y terminando por el nombre original de la isla donde sucede la acción, lo que más me ha chirriado. Tanto la primera edición española, como el resto de ediciones que conozco (inglés, alemán o italiano), mantienen Rastepap como denominación de la isla, mientras que en esta se puede leer Kokotetetonga. Primero, porque en la traducción ya hay bastantes elementos sobre los que aplicar la elocuencia y la cosecha propia por necesidad, véanse los nombres de los personajes (un trabajo impecable, ya que ha hecho justicia a los primigenios, no como sucedía en la edición anterior). Segundo, porque no comprendo esa desmesurada intervención sobre un nombre propio tan importante que, por muy sonoro y simpático que les resulte a los lectores, rompe el marco de lectura en una obra que consta de varios volúmenes que pretenden una continuidad temporal. ¿Licencia semántica? ¿Ganas de trascender? ¿Caprichos aleatorios? ¿Divertimento inocente? ¿Torpeza editorial? Enigmas de la LIJ.

lunes, 16 de febrero de 2026

¿Genuinos?


En este mundo que vivimos lo más importante de todo es saber quiénes somos. Y no me refiero al nombre completo o el número de identificación fiscal (si me apuras, más importante que el de pasaporte), sino a ser conscientes de nuestra existencia, cómo la abordamos y cuáles son nuestras prioridades.
Es por ello que lo que más se castiga hoy en día en los medios de comunicación y las redes sociales, es la falta de entidad. Cuando alguien o algo se parece demasiado a otra cosa, la gran mayoría lo rechaza. La gente no quiere burdas copias de aquellas zapatillas, el partido político de turno, la canción que suena a todas horas o el libro que ha ganado ese galardón.


Y no me refiero a la originalidad, un rasgo muy difícil de alcanzar teniendo en cuenta que ya ha llovido desde que los griegos y los romanos inventaran nuestra cultura (N.B.: Hace poco visité Pompeya y les puedo asegurar que lo único que les faltaba eran los microchips), sino a lo genuino. Apunto a lo legítimo, a eso que nos define. Qué características nos diferencian de los demás y qué aportamos a este momento.


Cuando algo es demasiado manido, repetitivo, casposo y homogéneo, todo el mundo se lanza a desecharlo. Vivimos en una sociedad consumista que aboga por esa especie de sorpresa constante que le da un vuelco a la perspectiva. Golpes de efecto que, si además se acompañan de carisma y frescura, revolucionan la visión general de cualquier campo.
Probablemente en unas semanas, unos meses o unos años, nos olvidemos de lo vibrante que nos resultó, pero mientras tanto, nos anima el cotarro sobremanera toparnos con esos matices que lo convierten en hallazgo y serendipia, para más tarde ponerle nombre.


Precisamente de esto es lo que nos habla Foxy & Meg encuentran un pero-pero, el álbum de André Letria y Ricardo Henriques publicado hace unos días por La Topera editorial y que forma parte de una serie de gran éxito en el país vecino y que se desbordó allá por el año 2010 en forma de serie de animación con 26 episodios animados de tan solo tres minutos.


En la historia que nos ocupa, el zorrito y la gallina (no es difícil saber quién es quién) se encuentran con algo en mitad de un paseo. Es grande, de color grisáceo y con una forma más o menos ovalada. ¿Qué será? La miran, la rodean, la observan. Piden opiniones más o menos expertas. A un médico, a un grupo de turistas encaprichados con el arte. En grupo o en solitario, hasta que de repente, un cocinero clarividente toma las riendas del asunto. Pero…


Con un lenguaje gráfico muy económico y letra mayúscula, los autores dan vida a una comedia de situación con estructura de sketch que busca, no solo la interacción con sus lectores, sino poner en valor su capacidad inventiva y desbordar la imaginación. Con un pequeño juego de palabras un tanto repetitivo, los autores lusos nos acercan a esa incredulidad e inocencia infantiles gracias a la perspectiva de lo desconocido y las adivinanzas visuales que siempre ensalzan el humor.

jueves, 12 de febrero de 2026

El disfraz innecesario


Desde que no andamos como nuestra madre nos trajo al mundo, el atuendo siempre ha sido una forma de significarse. Para ricos y pobres, para hombres y mujeres, para niños y mayores. La ropa es una forma de identificarse. He ahí la razón por la que todavía hoy hay una cantidad inimaginable de marcas de ropa con las que unos y otros buscan significarse.
Colectivos, géneros, tribus urbanas, poder adquisitivo… Si lo piensan bien podríamos hacer una radiografía de cada uno de nosotros simplemente analizando el tipo de ropa que vestimos. Materias primas, manufactura, visibilidad de la marca, colores, diseño… Todo habla sobre quiénes somos, pues el ser humano, desde tiempos inmemoriales busca diferenciarse de sus iguales de un modo u otro.


No obstante y en muchos casos, el aspecto suele ser poco concluyente. Más todavía en un mundo en el que todo quisqui juega a parecer en vez de ser, la estrategia estrella en redes sociales y medios de comunicación insustanciales que solo busca el aplauso. Y es que esa transgresión que muchos entendían como forma de vida, se convierte en pretensión en este universo de la impostura.
Menos mal que todavía nos queda el carnaval, esa fiesta que empieza hoy (¡Jueves Lardero, señores!); la mejor excusa para la desobediencia, dar rienda suelta a lo incorrecto y dejarnos de pamplinas. No pocos se enfundarán en cuatro trapos y se lanzarán a las calles, las verbenas y los bares transformados en el personaje que deseen para cometer todo tipo de paripés y atrocidades. Ya saben que disfrazarse es una cuestión de actitud. Dejarse llevar por la inspiración y entrar en el papel es mucho más interesante que emperifollarse sin fuste.


Y si no, que se lo digan a la protagonista de Feliz cumpleaños, el último libro de Heena Baek publicado por Kókinos, su editorial de cabecera en nuestro país y que ya he añadido en esta selección de libros cumpleañeros.
La cebra está hecha un desastre. Toda su vida está llena de oscuridad y tonos grisáceos que la atormentan, un verdadero drama teniendo en cuenta que se acerca su cumpleaños. Menos mal que su tía quiere que se ponga las pilas y le envía un regalo muy especial: un armario que le ofrece un outfit diferente para cada día. Sin esperarlo, el armario le da en el asa y se empieza a sentir muy animada. Se deja llevar y comienza a disfrutar de ese universo textil tan variopinto que le ofrece el mueble. Parece otra, se siente especial y muy disfrutona y decide celebrar su cumpleaños con una fiesta por todo lo alto. Pero de repente, el día llega y el armario solo le ofrece un capirote de cumpleaños. Al ver que no hay con qué vestirse, suspende el evento y se mete en la cama muy triste, pero la función debe continuar...


Como en muchos otros de sus libros, Heena Baek utiliza esa magia a la que nos tiene acostumbrados con un sentido un tanto aleccionador, pero siempre brillante. Y es que cambiar la perspectiva de una persona que sufre una depresión, sea por las causas que sean, siempre es un bonito mensaje. Y si, además, se hace uso de un escenario onírico, mejor que mejor.
Por otro lado, Baek afianza la incorporación en sus obras del objeto fantástico como elemento expiatorio, una forma de vía de escape de esa realidad tan insustancial que nos azora en la sociedad actual. Como sucede en los cuentos tradicionales, caramelos, panes o en este caso, armarios, son los encargados de dar esa vuelta de tuerca necesaria a unos (anti)héroes que, lacerados por sus circunstancias, intentan recobrar su espacio en el relato de una forma autónoma.


En lo que a recursos narrativos se refiere, además de sus ya clásicos dioramas y esculturas, la autora coreana utiliza esta vez una serie rítmica que establece un marco de lectura repetitivo que, al quebrarse, crea una sensación de extrañamiento (o decepción, para gustos los colores), que resuelve con un final (pseudo)optimista que siempre se agradece. Me encantan, tanto la descripción de todos modelitos (ese guiño a la moda siempre tiene mucho tirón) y las escenas basadas en las nuevas tecnologías, pues videollamadas y chats favorecen esa aproximación a los lectores del nuevo milenio.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Volar o no volar, he ahí el dilema


Seguridad ciudadana. O así llaman a esa nueva dictadura que se instauró en nuestro país desde la pandemia y que se ha agudizado desde el trágico suceso de la DANA de Valencia. Así, nuestros gobernantes, en aras del buenismo imperante, velan tanto por nuestra integridad, que han desarrollado nuevas formas de control echando mano del miedo (o eso dicen ellos) imperante. Nada nuevo bajo el sol.
Sin ir más lejos, les hablaré de mi ciudad, una sobre la que se ceba el viento cada dos por tres. Es lo que tiene vivir en la meseta, que las montañas no funcionan a modo de parapeto y el aire corre a su antojo desde tiempos inmemoriales. Así estamos por estos lares: más que volanderos.


Cuando esto sucedía antaño, la gente se quedaba en su casa. Si tenía que salir a la calle por cualquier circunstancia, se mantenía alejada de zonas arboladas y algún que otro edificio viejo para evitar desgracias. Sin embargo, hoy en día, nuestros queridos ayuntamientos se ha inventado un plan de emergencias (si tiene nombre pseudolatino, mucho mejor) para cubrir el expediente y, de paso, encerrarnos a golpe de aburrimiento en nuestros hogares.
Que hace viento, cierra las bibliotecas, las filmotecas, los centros culturales, las piscinas cubiertas y los pabellones deportivos para que no haya corriente. Que llueve, también. Que nieva, ídem. Todo es por nuestro bien. Somos tan inútiles que necesitamos de su buen hacer. Y si esto no funciona, talan todos los parques y nos dejan sin una puta sombra con la que combatir los rigores veraniegos. Eso sí: el dinero, para sufragar sus vicios, pero el mantenimiento de las infraestructuras y los servicios, ni olerlo ¿Para qué echar mano del sentido común si pueden hacer lo que les plazca?


En fin, el caso es no dejarnos decidir. Sufrirlo o disfrutarlo, he aquí el dilema. Los chiquillos lo tienen claro. ¡Dejar su cuerpo a merced de los vendavales o hacerle frente a sus versiones más huracanadas! Resumiendo, que Volando, de Ana Marqués y Natascha Rosenberg (editorial Tutifruti) me viene al pelo para dar rienda suelta a mis recuerdos de infancia y ensalzar las bondades del viento.


Porque precisamente esa es la esencia que impregna este álbum tan divertido en el que una niña se ve amenazada por la fuerza del meteoro mientras espera el autobús y decide aferrarse a un árbol para evitar salir volando. Como el viento sigue bufando imparable, muchos otros empiezan a agarrarse a ella. La primera es una hormiga. A esta le sigue un conejo en calzoncillos. Después un avestruz, un león e incluso un viejo cocodrilo. Al final, el autobús llega y hacen un descubrimiento la mar de interesante…


Con vis de cuento acumulativo, este libro bien simpático en el que la caracterización de los personajes y el golpe de efecto final gracias a las páginas desplegables son el punto fuerte, ensalza con humor blanco un mensaje narrativo sencillo, pero efectivo.