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martes, 11 de noviembre de 2025

Las trabas del amor


Como ya les adelanté hace unos meses en este pequeño monográfico sobre Paul Cox, gran parte de las obras de este artista seguían inéditas en nuestro país, una falta que han venido a enmendar dos de las editoriales que más se preocupan por el álbum gráfico dentro de nuestras fronteras, los Barrett y Libros del Zorro Rojo. Mientras que los primeros se han animado con Historia del Arte, los segundos se han decantado por Mi amor. Sin lugar a dudas son dos grandes elecciones de las que hay que hablar en este lugar de libros monstruosos.


Historia del arte fue publicada por primera vez en 1999 a cargo de la casa francesa Seuil Jeunesse y obtuvo el mismo año el premio Bologna Ragazzi en la categoría de ficción. Incluido posteriormente en su Coxcodex 1 (Seuil Jeunesse, 2003) y recuperado recientemente por la editorial MeMo, este libro de 166 páginas nos cuenta una historia de lo más estrambótica.


Érase que se era un reino siniestro y aburrido por culpa de un soberano que se pasaba el día comiendo helados frente al televisor (Golpe número 1: cuestionamiento del poder). Era tan mezquino, que había encerrado a su hija en una alcoba hasta que tuviera edad suficiente para casarse con el chambelán (otro deleznable tonto-el-pijo). Pero como en cualquier otro buen cuento que se precie, la princesa quería a otro: al joven pintor Paco Lux (N.B.: Fíjense en el nombre, pues está formado por las mismas letras que las del nombre del propio autor. ¿Es un juego inocente o será su alter ego? Y les advierto que no es un capricho de la traductora, pues en la versión original sucede lo mismo…).
Una noche, un anciano misterioso le da un pincel mágico a cambio de tres manzanas. Con él, los personajes que pinta cobran vida y abandonan sus lienzos (¿Cuántos libros infantiles se han escrito al calor de un lápiz mágico?). Así, tras una serie de dichas, desdichas y disparates, el artista-héroe (¡Que dualidad tan hermosa!), un rey desnudo y un explorador, se las ingeniarán para llegar hasta su doncella y darle en los morros a su padre.


Ingeniosa hasta decir basta, esta obra tiene mucha enjundia narrativa. Un sabroso batiburrillo de referencias, actuales y clásicas, artísticas y estilísticas, da vida a un libro que tan pronto nos recuerda la magia de Alicia en el país de las maravillas, el humor de El traje nuevo del emperador, la inocencia de Caperucita Roja o la mirada de la Mona Lisa. Si se fijan, verán a los pescadores en el Sena de Monet, al golem de Praga, a las mujeres de Picasso y a la Rapunzel de los Grimm. Cuentos tradicionales, personajes históricos o míticas batallas en un contexto muy disparatado, pero con mucho sentido (el ejército fotocopiado y los corazones a base de mermelada me han robado el cuore).


Si bien es cierto que muchos verán en él un libro dirigido al público adulto, lo cierto es que puede adaptarse a lectores de 10 a 100 años sin que nadie tenga que renunciar a nada, pues los niveles discursivos de este híbrido entre el álbum y la novela gráfica son de lo más variado y cualquiera puede articular una casa propia en la que deambular gracias al sentido que nos marca su autor.


Pasamos a Mi amor, un libro de pequeño formato que guarda una historia reconocible por todos. Que si sube a lo alto de las pirámides, trepa hasta la copa de un cocotero, se pone a cantar, se hace pasar por millonario, domador de fieras e incluso se disfraza de león. Mira que se esfuerza, pero nada, ella, diva y orgullosa, lo rechaza una y otra vez. Pero un día, algo sucede que consigue despertar el interés de la chavala y la cosa empieza a cambiar. ¿Qué será? ¿Logrará el amante su propósito o está condenado a la soledad?


A modo de relato por capítulos, este librito publicado por vez primera en 1992 no solo aborda el tema de las relaciones amorosas, sino que plantea numerosas cuestiones como la correspondencia entre una pareja, el poder del amor y la pasión, la pérdida de la dignidad, el problema de la toxicidad y toda esa casuística de comportamientos, intereses y casualidades que hacen de este sentimiento la fuerza generatriz del mundo.


Y ahora toca hablar un poco del estilo de Paul Cox… Si bien es cierto que el ojo poco entrenado puede ver muchas similitudes en ambos libros, sobre todo, en lo que a viñetas se refiere (todas las imágenes quedan enmarcadas en las dos historias), hay diferencias sutiles que marcan sus respectivas narrativas.


Mientras que en Historia del arte, el autor decide ubicar cada imagen con su correspondiente texto en la misma página, en Mi amor se encuentran yuxtapuestas en páginas diferentes (texto a la izquierda e imagen a la derecha). En Mi amor no utiliza cartelas y en Historia del arte sí. Incluso las colorea, forman parte de la imagen en cierto modo. Esto tiene como consecuencia un marco de lectura muy diferente.
Por otro lado, las ilustraciones de Cox se centran en la línea, en el dibujo, un modus operandi que recuerda a otros maestros del mundo gráfico como Rodolphe Töpffer, al que tanto admira. Este recurso elemental ensalza la búsqueda del significado. Basados en una iconografía casi pueril a la que cualquiera, independientemente de su edad y procedencia, se puede acercar, sus dibujos conservan el significado, una autonomía muy necesaria en un universo visual donde últimamente priman los fuegos de artificio.


Del mismo modo ocurre con el color. Una paleta limitada de colores saturados y brillantes que unas veces llena las figuras de manera homogénea y otras queda tratada a modo de serigrafía o estampado, como ocurre en Mi amor, donde utilizó las técnicas del estarcido y el linograbado. Todo ello con un equilibrio cromático donde las manchas y las tramas juegan sobre el papel en la composición de la escena o, como sucede en Historia del Arte, en las parejas de viñetas de cada doble página.


Llámenlo parquedad o simplificación, pero el caso es que Paul Cox logra llevar la armonía a cada imagen gracias a representaciones básicas, siluetas y la combinación de tintas básicas.

martes, 5 de noviembre de 2024

¡Abajo el postureo solidario!


En estos días de llantos y barro, he tenido la suerte (o la desgracia, según se mire) de constatar hasta donde llega la impostura humana. Como la gente se ha ensañado con algunos líderes de uno y otro bando, no ha tenido tiempo para analizar el circo que muchos han construido en sus redes sociales a expensas de los estragos de la DANA y que yo me dispongo a comentar.
No seré yo quien critique a todas esas personas que, desde el anonimato, han cogido el petate y, escoba en mano, se han ido a echar un cable a los vecinos de las zonas afectadas. Un aplauso por ellos. Que quede claro. Pero a quienes sí estoy dispuesto a destripar es a todos los que han utilizado los trabajos de limpieza y desescombro para adquirir notoriedad.


Mira, cari, si lo único que te mueve en esta vida es que un montón de palmeros te jaleen porque has ido a sacar pecho en mitad de tanta miseria, te he de decir que, conmigo, te has equivocado. Y ahora lo maquillarás diciendo que han realizado la labor informativa que los medios especializados no han hecho, que nos has enseñado la cruda realidad para que seamos conscientes de lo mal que lo están pasando en Paiporta, Benetusser o Alfafar.
Para estirar el cuello y dar lecciones moralizantes, ya están los curas, mi ciela. No hace falta que veamos tus Hunter untadas de mugre, ni que te dediques a dar abrazos por la calle con la GoPro en la frente. La solidaridad, la caridad, son otra cosa. Primero de todo, parten de la humildad, y segundo, no son reclamos publicitarios con los que engrandecer una marca comercial o personal.
Perico el de los palotes: si lo que te mueve para echarle una mano a los vecinos de Valencia es aumentar tu número de seguidores y recibir muchos like, para mí estás a la altura del betún, como Rosalía, Miguel Angel Silvestre y Paz Padilla.


Prefiero que la gente haga de su capa un sayo y que no dé explicaciones de ningún tipo. Como las hormigas que protagonizan el último álbum de la editorial Barrett. Un reguero de hormigas que cargan mil veces su peso es el título del libro tan loco que nos regalan el tándem creado por Löik Urbaniak y Baptiste Filippi y que no me he podido resistir a reseñar para darle en los morros a todos esos instagramers que se han desplazado hasta la terreta a practicar el postureo.
Y es que las protagonistas de este libro no tienen tanto criterio a la hora de exhibir músculo. Te levantan una ristra de ajos o la mismísima Torre Eiffel. Empiezan con objetos dispares, la comida, siguen con la merienda y terminan porteando las siete maravillas del mundo antiguo o un gato enjaulado. ¿Pero adónde irán en fila india portando tan suculento botín? ¿Acaso querrán escapar a algún paraíso fiscal en vuelo charter? Síguelas y lo averiguarás.


Esta hilera de hormigas auguro levantará pasiones entre los lectores más pequeños (hasta ustedes, adultos amanerados y trasnochados, caerán rendidos a sus pies). De cantos redondeados y un formato muy llamativo, deslumbra a cualquier criatura que, sin mediar palabra escrita, se lanza a descubrir un universo muy ecléctico gobernado por estos diminutos himenópteros en una versión un tanto alienígena.


Desmelenado y chirriante, es un libro lleno de contrastes coloristas que, a modo de fuegos artificiales, nos guía por un sinfín de elementos que atrapan a cualquiera. Empezando por esa tipografía dorada e ilegible de la tapa (me encanta ese invento de los jeroglíficos) y terminando en dobles página donde caben todas las tintas posibles, es un álbum diferente que bien merece una lectura.


Porque, eso sí, en este experimento que recuerda al trabajo de genios como Pollock y otros expresionistas, hay muchas cuestiones en las que detenerse. Fíjense, por ejemplo, en la gran tipología de desfiles que recoge... El cortejo fúnebre de un abejorro (me apasionan esas representaciones en los libros para chiquillos), una cabalgata que podría ser la de San Patricio, Victoria’s Secret o el Brighton Pride, o la exhibición circense de acróbatas y domadores de fieras. Tampoco se les pueden pasar por alto las formas grotescas de unos personajes que bien podría haber pintado mi sobrina, ni los montones de detalles graciosos y surrealistas que arrancan más de una carcajada.
Lo dicho. Para lucir músculo, estas.

viernes, 24 de noviembre de 2023

Desenfreno y frenesí


El otro domingo me fui de sesión remember. Música tecno y cantaditas a go-go. La Yasmina y un servidor bailábamos como macacos. Sonaba el Can’t Stop Raving de Dune y no-sé-cómo me trasladé a la sesión de Carl Knox en la Love Parade del 2000. La victoria del Tiergarten me sonreía al ritmo de Paul van Dyk. De repente, regresé al domingo. “¿Y si desplomo muerto aquí mismo?”


No harto con mis propias monstruosidades, entre el Estoy llorando por ti de Ku Minerva y el Flying Free de Pont Aeri, le susurro a la Yasmina la pregunta. Ella me mira con reproche, sonríe y me responde “Pues guay. Tú siempre haces lo que te da la gana” Es verdad. Y aquí sigo. Planteándome la existencia como el mayor de los divertimentos.


Yo, el rey de la tragicomedia, sigo mi curso como un río aguas abajo. Sacándole el jugo al tiempo, divirtiéndome lo que puedo, cambiando la mirada según el momento. Con un final certero, de la vida solo quedan sonrisas y lágrimas, que aunque pesen lo mismo, yo prefiero hallar el placer en lo primero, rescatarme a base de quimeras incomprensibles y lógicas inverosímiles.


Con tanto hedonismo nos topamos con una de las joyas de esta temporada. No podía ser menos teniendo en cuenta que el tamaño, el acabado y esos colores vibrantes de la portada te atraen hacia él irremisiblemente. Sí, les informo de que Paloñeco, hueso, ciruelo, leño y otra vez Paloñeco, el multipremiado libro de Vojtěch Mašek y Chrudoš Valoušek, acaba de ser publicado en nuestro país por la editorial Barrett.


El libro más bonito del mundo (eso dijeron en Leipzig hace unos años) le da una vuelta de tuerca al Pinocho de Collodi y gesta una narración muy alocada sobre las aventuras que debe correr un hueso de ciruela hasta convertirse, primero en árbol, y después en un trozo de madera con el que construir al títere protagonista.


A caballo entre la narrativa ilustrada, el álbum y el cómic, este libro psicodélico, pop, satírico e inesperado, gira como un zompo para desbordar la historia de ese títere tan querido de la LIJ, presentándola a través de una galería de situaciones y personajes completamente nuevos.
Mientras que el escritor Vojtěch Mašek, creador de cómics, novelas gráficas y alguna obra de teatro, propicia ese aire vertiginoso, absurdo y mordaz a la historia, el ilustrador Chrudoš Valoušek le imprime un ritmo animado, vivaracho y divertido a esta creación tan absurda, como mordaz dirigida a todos los públicos.


Así pasa, que nos encontramos infinidad de recursos verbales y gráficos. Diálogos dramatizados, repeticiones, juegos con escalas, iniciales iluminadas, colores neón, números de páginas desorbitados, referencias vanguardistas, y un estilo muy geométrico y luminoso pueblan un álbum extraordinario donde el linograbado, esa técnica con mucho sabor añejo, es el santo y seña de una propuesta muy contemporánea.

martes, 13 de diciembre de 2022

Mucho cuento, innovación y despiporre


Esto de las evaluaciones es la historia de nunca acabar. Cada dos o tres meses toca la misma cantinela. Exámenes para parar un camión de la Mirinda, tardes enteras corrigiendo, sacar notas medias, adelantar alguna que otra recuperación (no sea que algunos alumnos terminen ante el pelotón de fusilamiento paterno) y escuchar decenas de peroratas sobre lo mal que está la educación. Un bucle insufrible en el que se agradecería alguna que otra novedad. 
En vez de tanta ley educativa y tanto lavado cerebral, bien podrían innovar. Que esto ya se parece a esos cuentos refritos que rezuman ismos por todos lados. Aburridos, dirigidos, laberínticos e inertes. Todos son iguales y aportan cero patatero a un panorama desgastado por la repetitividad.
Con lo bien que estaría dejarse de tanta complacencia y que los padres vinieran a echarnos un cable (nada de golismear, uno viene a la escuela a ensuciarse las manos), pasarnos el año viajando, y desterrar el libro de texto de las aulas. Pero no. Los de arriba solo están preocupados por lo que a ellos les da votos. A ver si alguna vez hacen caso a este monstruo y cogen ideas de los libros que les traigo. ¡Equilicuá!


Érase una forma un álbum de Gazhole y Cruschiform, estudio abanderado por Marie-Laure Crusch (sí, el mismo que pergeño Colorama), y recién publicado por la editorial Barrett dentro de su colección Libros asombrosos, es una de esas sorpresas que nos ha traído la temporada de novedades.
No es blanco ni negro, sino todo lo contrario. Os explico. Imaginad que metéis en una batidora los elementos de los cuentos tradicionales, mucho y buen diseño, una generosa cantidad de surrealismo, humor a raudales, juegos lingüísticos y visuales, y una edición impecable donde el objeto libro está cuidado al máximo (lomo entelado y golpe seco al canto). Pues una maravilla como resultado.
Y no es que yo lo diga, sino que en Francia, lugar donde se editó por primera vez, se agotó la primera edición en un abrir y cerrar de ojos. Que cuando el libro suena (¿o era el río?) es que los lectores se han lanzado a chapotear en él sin pensárselo.


¿Qué cuál es el argumento? (N.B.: A ver cómo salgo yo de esta…) El libro cuenta la historia de un rey muy estricto al que ninguno de sus vástagos convence como sucesor. Los lados y los ángulos de sus churumbeles no ostentan la perfección que él anhela para un trono donde las formas alocadas no son bienvenidas. Así que, mientras intenta cargarse a estos tullidos en el bosque, quema el último cartucho con su esposa, y zapatazo: una hija de proporciones áureas. Pero ¡ay, amigo! La vida es tan cruel que lo que parece fácil no lo es tanto, más todavía cuando eres tú mismo el que lías la marimorena y acabas casando a la niña con un deforme incauto.


Y ahora voy con los detalles técnicos…
Texto. A saber: Tragicomedia coral a golpe de rima consonante donde pretendientes equiláteros, pócimas muy exóticas y un hada desastrosa, hacen de las suyas en mitad de este disparate superlativo. Mención de honor para la traductora.
Ilustraciones: Si bien es cierto que me entusiasma casi todo, destaco el uso de los pictogramas e ideogramas, las composiciones y secuenciaciones (el embarazo de la reina o en el tango atortolado, son un regalo visual de primera magnitud) y las tan acertadas combinaciones tipográficas.


Sobre lo metaliterario, ese mundo que me pone a dar botes, les cito unos cuantos nombres. Pulgarcito, Warja Lavater, Leo Lionni, la Cenicienta, Norton Juster, Escher, El mercader de Venecia, La Celestina, Paul Cox… Hay tantas referencias en este libro, que todo te da vueltas si quieres toparte con todas ellas.
Para terminar y como amante declarado de los cuentos populares, deciros que es una vuelta de tuerca maravillosa a todas esas narraciones que tachonan la infancia, sobre todo a la hora de encontrar conexiones dialógicas entre la vida y la ficción.


Os prometo (y mirad que yo no soy de poner la mano en el fuego) que este librazo os va a sacar de vuestras casillas para lo bueno y lo malo.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Viajar en taxi, ¡qué locura!


Nunca he sido de taxi. Tal cual. Y son varias las razones que esgrimo para ello. La primera es que vivo en una ciudad, tirando a pequeña, en la que te lleva una hora escasa recorrer la mayor distancia posible.
¿Y si estuvieras en una gran ciudad? He vivido en una gran ciudad y, a menos que sea con nocturnidad y alevosía, es uno de los medios de transporte público más impredecibles, ya que depende del tráfico rodado, un verdadero mojón en cualquier sitio que supere el millón de habitantes.
Por último, decir que no me gusta nada la forma de facturar el recorrido. La bajada de bandera y los suplementos me parecen algo que debería de revisarse, y que, si utilizas el servicio de radio-taxi, te cobren el desplazamiento hasta tu domicilio.


A pesar de esto (y eso que no me he metido con la manera de explotar las licencias ni la forma de conducir de algunos), los he usado. Sobre todo cuando el metro está cerrado, cuando tu cuerpo está exhausto de tanto bailoteo o en cualquier emergencia. Y tengo que admitir es que es uno de esos medios de transporte que más anécdotas graciosas me ha proporcionado


De entre todas ellas, recuerdo especialmente tres. La primera fue en Lisboa hace mil años. El conductor tenía complejo de Carlos Sainz y aquello parecía una montaña rusa (ya saben la de cuestas que se gastan por allí). Con el cinturón puesto y las garras en el asiento, se nos pusieron de corbata. Tanto fue el meneo, que una echó los pastelillos de Belem que habíamos degustado en la mañana. Toda una experiencia lusa.
La segunda fue en Madrid. Perdimos el último autobús a un pueblo de la sierra y una amiga, más tozuda que una mula, se empeñó en que debíamos coger un taxi para ir a cierta discoteca (¡Como si en la capital no hubiera ninguna!) Tras mucho debate, al final nos convenció. Imaginen la broma (que nos salió bien cara) cuando después de tanta batalla, la disco estaba cerrada. Menos mal que somos gente de recursos y nos montamos la verbena. Ella perdió todo el crédito y nunca más abrió el pico.
La última fue regresando de Inglaterra. El avión llegó con retraso y teníamos que coger un tren. Nos recogió un conductor senegalés que nos aseguró que llegaríamos a tiempo. En la media hora que duró el trayecto, nos contó su vida entera (no paraba de darle a la sin hueso). Una historia que llegó a su punto álgido cuando dijimos que éramos de Albacete, como Andrés Iniesta. Casi vuelca el coche de un volantazo y nosotros nos cagamos a la pata abajo. Era seguidor acérrimo del Barça. Lo mejor de todo es que llegamos puntuales y nos convidó al viaje.


Seguro que ustedes también guardan las suyas, unas que les invito a compartir en los comentarios de esta entrada dedicada a Taxi ¡Mec-Mec!, un álbum de Stéphane Servant y Élisa Géhin que acaba de publicar la editorial Barrett para disfrute de todos los monstruos, usen el taxi o no. En esta especie de road-trip, un taxi va recogiendo a diferentes personajes. Una anciana que quiere dar un paseo por el bosque, un policía en busca de un ladronzuelo, un hombre alto y tartamudo (he de confesarle que es mi personaje favorito) o una maestra ansiosa de vacaciones.  Cada uno quiere ir a un sitio pero el taxista no despega el pico, los deja a su aire. Son tantos que los pasajeros llegan hasta 51 (mujer embarazada incluida). ¿Llegarán a su destino?


Con unas ilustraciones a rebosar de dinamismo y un elenco de lo más disparatado, este taxi lleno de vitalidad y conflictos de intereses (como la vida misma) sigue su camino hasta que un suceso ¡zas! rompe el rumbo narrativo y nos ofrece una sorpresa final que te saca un sonrisa y puede que hasta te haga reflexionar.  
Colores flúor, formas planas, líneas angulosas y fuertes contrastes, dan vida a unas ilustraciones muy bien traídas con las que el espectador disfruta de un estilo de otro tiempo (¿No les recuerdan a Remy Charlip o André Françoís?), donde la joya de la corona es su página desplegable.


No se lo piensen: si gustan de vehículos motorizados, este es su libro, uno con una historia coral, que recuerda a una retahíla visual donde también pueden jugar a contar, a buscar, a adivinar... y en la que, además de pasarlo pipa, se entremezclan temas de siempre (polis y cacos) y otros más contemporáneos que indagan en la crítica social (el derecho a huelga o la libertad animal). Y si todo esto les parece poco les diré que también anima a los críos a estudiar. ¡La de cosas que pueden pasar en un taxi!

martes, 24 de noviembre de 2020

Diferentes aunque complementarios


A pesar de lo que muchos se esfuerzan por significarse, he llegado a la conclusión de que, a pesar de presuponer un abanico muy amplio de colores y sabores en esta especie nuestra (7.700 millones de Homo sapiens dan para mucho), no tenemos garantizada tanta diversidad, más que nada porque la biología y la sociedad nos homogenizan a partes iguales y sólo quedan pequeños resquicios del día a día en los que diferenciarse.
También he de llamar la atención sobre ese valor añadido que le propinamos a la distancia, piedra angular en ese concepto idealizado y posmoderno de la aventura que tenemos, pues son muchos los que buscando catarsis vitales y nuevas experiencias, se han ido hasta la otra punta del mundo para constatar que aquellos se diferencian poco de estos (la paradoja de los desconocido podría llamarse). 


Yo, que soy un fresco, no tengo vergüenza ninguna y suelo tratar con todo tipo de fauna autóctona y foránea, les diré que, sin comerlo ni beberlo y andando cuatro pasos, pueden toparse con excéntricos de mucho cuidado (sobre todo si se dejan los prejuicios a un lado, aviso). El presidente de la comunidad, la panadera, el ligue de turno o el inspector de trabajo, nadie está exento como personaje, máxime si sabemos mirar y hurgar bien dentro. 
Si no tienen ganas de hurgar y optan por la extravagancia evidente, lo mejor que les puedo recomendar en este martes casi invernal es Un día con Nip y Nimp, el álbum de Lionel Serre que acaba de publicar en nuestro país la editorial Barrett. Nip y Nimp son vecinos. Mientras que Nip lleva una vida muy convencional, Nimp acostumbra a realizar sus quehaceres de una forma muy particular, algo que podemos ver en este libro que tiene muchos puntos a favor. 


La historia se presenta como un recorrido a lo largo del día en la vida de estos personajes (les damos los buenos días y también las buenas noches). La acción se presenta en cada doble página con una pareja de imágenes con línea muy patente y una paleta de color básica (azul cian, magenta, amarillo y complementarios) acompañadas por un texto breve, el estilo idóneo para prelectores-primeros lectores. 
Cada pareja de imágenes funciona a modo de comparativa (echen un ojo a las guardas-resumen si no me creen) de punto histriónico (sobre todo en el modus operandi de Nimp), que haciendo uso de la literalidad de las palabras y lo imposible de las formas (fíjense en la arquitectura de esa casa) disparar la tan necesaria fantasía. 


Si a todo esto sumamos esa suerte de juegos de diferencias que tan famosos eran en la sección de pasatiempos de la prensa escrita, el libro es una delicia, no sólo para despertar el aspecto lúdico de la lectura, sino para desbordar el discurso en cualquier persona que, como el niño que vio desnudo al emperador, tenga la capacidad de buscar más allá de lo que nos dicen las palabras. 
Para terminar, añadir que si bien es cierto que ambas imágenes se complementan en un vaivén humorístico que da buena cuenta de la dualidad en personas diferentes, también se refiere a lo que sucede en nosotros mismos (¿Acaso no convive en cada uno de nosotros, lectores, un Dr. Jekyll y un Mr. Hyde?). Es por ello que les invito a un pequeño juego psicológico: si tuvieran que elegir, ¿Nip o Nimp?

martes, 21 de enero de 2020

Inmortalizando sonrisas



En casa nunca tuvimos que esperar a la revolución de los “smartphones” para hincharnos a hacer fotos. Mi padre siempre fue un apasionado de la fotografía. Todavía me acuerdo cuando nos enseñó a usar su Yashica® en modo automático. Mi hermana y yo nos lo pasábamos en grande echando fotos. No se crean que lo hacíamos al tuntún, pues nosotros siempre hemos sido muy considerados con eso del gasto estúpido y siempre buscábamos cosas curiosas y que el encuadre quedara medio bien. Luego mi padre revelaba los carretes y se apropiaba de nuestras instantáneas, a lo que nosotros, entre risas, le llamábamos ladrón.


A pesar de ello, nunca hemos posado mucho, pues hemos heredado la fotogenia de mi madre, es decir, completamente nula, pues para lucirnos en una sola foto, debemos disparar unas tropecientas veces. No es algo que me preocupe, pues tampoco pretende ganarme la vida como “it-boy” o como modelo de cremas anti-edad. El caso es tener algún recuerdo, que siempre tiene su aquel (nostálgico o vengativo) sacar el álbum tras la cena de Nochebuena (mi tía siempre lo hacía y se hinchaban a reñir y a llorar).
Además, hora las cosas han cambiado mucho. Las fotografías rara vez se disfrutan sobre papel, quedan a buen cobijo en las carpetas del disco duro para chantajes u otras maldades, y poco más. Desde que los fotógrafos florecen como champiñones (la era de la cámara digital ha abaratado y simplificado mucho el proceso de inmortalizar los momentos), desde que cualquier discoteca de mala muerte ya tiene fotógrafo oficial, desde que los “photocall” cada vez son más recurrentes (bodas, bautizos y comuniones mediante) y desde que los niños de siete años saben posar como auténticas reinas del pop, parece que no se valora mucho el trasfondo de una bella instantánea. Un craso error pues obtener una buena foto, no es moco de pavo, se lo digo yo que de fotos sé algo.


Y así, con obturadores, diafragmas y objetivos varios, llegamos hasta el álbum de hoy. Con un título bastante sugerente, ¡Patata!, del autor portugués Bernardo P. Carvalho y publicado por la editorial Barrett –que lo está haciendo fenomenal con esto del libro infantil-, no sólo nos habla de posados y tipos de luz, sino que también se interna en los elementos del paisaje (me atrevería a decir que es el único álbum que conozco que parte de ese hilo argumental), una de las temáticas más conocidas de la fotografía.
Es así como llenos de colorido y con un sentido del humor bastante absurdo pero muy cercano a los pequeños (me han recordado a una familia mal avenida donde abundan las pullitas, los dimes y los diretes), Nube-cilla, Mar-zon, Volcán-cillo, Sel-vota, Vient-ico o Arcoíris, disfrutan por salir en la foto de los turistas con la mejor de las sonrisas.


Un libro pequeñito (me ha encantado el tamaño) dirigido a los primeros lectores que tiene multitud de aplicaciones escolares (¿Un puzzle? ¿Comparar diferentes tipos de paisajes?), sin olvidar que el fin último es la lectura y de paso, partirse de risa.


lunes, 17 de diciembre de 2018

Sorpresas maravillosas



Se acerca la Navidad y el entorno de la LIJ se llena de recomendaciones y listados (en breve llegará el de este monstruo) donde generalmente se reparten las mieles los mismos títulos, los mismos autores. Aunque se agradece que exista cierto cuorum a la hora de seleccionar los libros más llamativos, también echo de menos aquellos años en los que, de repente, aparecían bastantes libros que, sin comerlo ni beberlo, se colaban entre los mejores.
Hay libros con los que a los enteraos de LIJ nos gusta toparnos (el de hoy y yo nos conocimos gracias a Instagram, que aparte de postureo, tiene sus bonanzas). Así, de golpe y porrazo. Por un lado nos llevamos una sorpresa, por otro empezamos a creer que el mundo del álbum todavía tiene mucho que ofrecer. Y si el libro en cuestión viene de una editorial pequeñita, la cosa es todavía más agradable, sobre todo porque piensas que detrás de ese trabajo hay mucha pasión e ilusión.


Aunque no me gustan demasiado los premios (lo confieso una y otra vez), no es de extrañar que Yovoy recibiera el Nacional de Ilustración Infantil y Juvenil de Uruguay en 2014, un reconocimiento más que merecido a Juan Manuel Díaz, su autor. Porque en este libro sin palabras se conjugan numerosos elementos narrativos y artísticos sobresalientes… Es un libro lineal, como el viaje de su protagonista, una circunstancia que ayuda al paralelismo con otras historias (fíjense en ese submarino, no lo pierdan de vista). También es un libro con muchas puertas y ventanas, ramificado como el árbol que ese niño va a plantar en una tierra lejana. Igualmente funciona como un vehículo de crítica social, pues apunta a la contaminación de los océanos, a la indefensión de las víctimas de los conflictos armados, o al aislamiento y soledad de nuestras vidas.


Con multitud de detalles (me encanta que la paginación prescinda de números y se realice con ilustraciones de objetos) que en parte recuerdan a mundos oníricos y surrealistas (también futuristas, ¿por qué no?) como los de Jimmy Liao o Shaun Tan, este libro es un ejercicio sobresaliente de creatividad donde lo humano tiene mucho que decir.


Una aventura que podríamos calificar como excelente, sobre todo si tenemos en cuenta que nos podemos detener en cada página el tiempo que queramos, no sólo para hurgar en la mente del autor, sino para rebuscar en nuestra propia imaginación otros mundos en los que vivir, en los que soñar.