Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas

viernes, 9 de octubre de 2026

Juntos


Como un servidor no tiene problemas para socializar, se piensa que esto de andar con unos y con otros se puede hacer extensivo a todo quisqui. Pero no. Cada vez doy con más y más gente que se le figura cuesta arriba relacionarse con otras personas, hacer nuevas amistades o tener un grupo de conocidos con los que tomarse una cerveza, ir al cine o disfrutar de la geografía española.
Si bien es cierto que las redes sociales nos han abierto un universo de posibilidades infinitas, también lo es que nos han aislado de nuestros iguales. Poco a poco se ha ido asentando la idea de que estamos hiperconectados, cuando la realidad es que hemos dejado de conocer a quienes tenemos al lado.


Nos aferramos al chisme y la idealización de sus vidas a cuenta del postureo, pero, sin embargo, menospreciamos los momentos de intimidad. Opinar, reír, elogiar o llorar se han convertido en verbos públicos que nos despojan de lo humano para construir un mundo de ficción que se deshumaniza a base de “likes”.
Sobrealimentamos el yo y nos olvidamos del tú. Famélico, deslavazado, opaco, inerte. ¿Dónde quedaron los días en los que nos sentíamos parte indisoluble de los demás? Probablemente haya que regresar e ese tú y yo, al yo y tú que aparcamos en pro del exiguo cariño que rezuman las pantallas de los móviles.

Yo escalo
    los silencios
Tú corres
    por la arena
Yo sueño
    sin soñarte
Tú pintas
    la belleza
Yo juego
    con la luna
Tú juegas
    con las piedras
Yo busco
    la dulzura
Tú buscas
    las sirenas
Yo escapo
    de los miedos
Tú cuentas
    las estrellas
Yo planto
    algunas flores
Tú inventas
    risas nuevas

***

Mis días
son de colores
y los tuyos
son de mar.
Yo sueño con tus veleros
y tú quieres navegar.
Navegar por esos mares,
esos mares de cristal
que tienen olas de seda
que no dejan de saltar.
Tú me sueñas.
Yo te sueño.
Los dos soñamos igual.
Soñamos que estamos juntos,
felices en alta mar.

Antonio García Teijeiro.
Yo y tú / Tú y yo y Sueños
En: Cuentos y poemas para un año cualquiera.
Junto a Jordi Sierra y Fabra.
Ilustraciones de Marta Antelo.
2026. Piccassent (Valencia): Andana.

miércoles, 16 de octubre de 2024

El reino de la usura


¿El dinero es un lastre o una bendición? Para los que no tienen ni un duro, quizá sea una bendición. Para los que tienen demasiados, puede llegar a ser un lastre. Ya saben, depende de las gafas con las que miremos el mundo... Sin embargo, no está de más que echemos un ojo a cómo ha cambiado nuestra perspectiva respecto al parné durante los últimos años.
Si bien es cierto que hace sesenta años el dinero significaba arraigo estatutario (lo de tener billetes daba mucho caché) y un futuro de bienestar (hasta mediados del siglo XX no existía la pensión de jubilación), hoy en día el dinero tiene nuevas dimensiones gracias a la tecnología o los cambios sociales. Aquí un par de ejemplos…


El otro día quedé con un amiguete mucho más joven que yo para echarme algo en una terraza. Pedimos dos cervezas y las pagué en el momento. Nos pusimos al día y disfrutamos de un rato agradable, pero cuando llegué a casa me encontré con un Bizum de 2,20 euros. Se me llevaron los mil demonios. No solo tuvo la indecencia de despreciar una invitación, sino que además pensaría que estaba haciendo lo correcto por dos razones. La primera, que yo no pensara que era un pobretón y la segunda consistía en hacerme saber que no se quería aprovechar de mí. Hemos perdido el norte…


Cada vez más gente decide que su herencia vaya a manos de hospicios, organizaciones caritativas y derivados, en vez de a sus seres queridos. Esto deja entrever que familia ya no es lo que era, pero sobre todo, que la riqueza adquiere una concepción muy estoica: la disfruta quien se la gana. ¿Para qué voy a entregar mis ahorros a personas que no me han demostrado su cariño, no se han preocupado por mí o, simplemente, no conozco? Para eso lo cedo a una causa determinada y contribuyo al engrandecimiento del mundo.


Y con tanto billete de por medio, me viene a la cabeza el último librito de Iban Barrenetxea que he leído. Publicado por Loqueleo Santillana, La musaraña que robó una montaña es una de esas maravillas de las que se disfruta sin contemplaciones.
Este relato ilustrado nos cuenta las peripecias de un rey cuyo reino está para el desguace, un desastre total a pique de derrumbarse. Toda la culpa es suya. No suelta ni un duro para mantenerlo como dios manda, porque está muy entretenido ejerciendo la usura. Su pasatiempo favorito es contar quince millones trescientas cincuenta y dos mil ochocientas setenta monedas que forman un tesoro vigilado por un dragón hambriento, un laberinto mágico y noventa y nueve caballeros bien armados. Pero un día, tras pasar la mañana contando, se da cuenta de que falta una. ¿Quién la habrá robado? ¡Ha sido una musaraña! ¡La más grande ladrona del mundo! Tanto es así que es capaz de robar una montaña…


Con ese toque tan surrealista, el autor vasco nos lanza un relato que recuerda a los cuentos clásicos, pero lleno de humor y muchas casualidades. Así construye un nuevo espacio paradójico que, utilizando la parodia, ridiculiza a la avaricia y el poder gracias a un personaje aparentemente insignificante (¿Conocen algún mamífero más pequeño?). Un rey infantil y frustrado, un héroe minúsculo y astuto, muchos golpes de suerte (y desgracia) y una cigüeña que rompe el marco de lectura y cambia los acontecimientos, nos hablan de muchas cosas (o quizá de ninguna).


Apoyado por unas ilustraciones frescas y sencillas, auguro mucho recorrido a este álbum narrativo de tapa blanda que recuerda a otros de antaño (76 páginas dedicadas a lectores competentes) e igualmente eficaz en eso de enganchar a cualquiera a la letra impresa. Espero que lo lean y me den su opinión, porque este libro es la prueba inequívoca de que para escribir para niños hay que ser otro niño.

lunes, 16 de noviembre de 2020

(con)Fabulando por la lectura


Si alguno de ustedes tiene a bien leer El infinito en un junco, el best-seller de Irene Vallejo y flamante premio nacional de ensayo, se dará cuenta de que le debemos mucho a los griegos, no sólo por inventar la democracia, sino también por mantener a buen recaudo gran parte de las obras de la antigüedad, velando no sólo por las propias, sino también por las ajenas, anteriores o contemporáneas a las suyas, un verdadero ejercicio de “generosidad” (entrecomillo porque siempre hay algo de egoísmo en todo esto) para los que vinimos después.
Además de exponer esta realidad desde una perspectiva histórica y una visión un tanto poética, Vallejo se detiene en algunas de las obras que han trascendido al tiempo y sobre las que se fundamenta la cultura occidental, como son la Ilíada de Homero o las tragedias y comedias griegas. No obstante eché de menos algo de más chicha cuando habló de Esopo, un “autor” que a los monstruos nos interesa bastante (queda disculpada pues el trabajo es magnífico y hay que disfrutarlo sí o sí). 


Y digo esto pues Esopo, ese creador que, como Homero, ha quedado rodeado (¿o sepultado?) por un aura misteriosa, es uno de los pioneros de la literatura infantil, pues sus fábulas pertenecen a ese corpus de obras adultas que los niños han tomado como suyas (instados tal vez por los adultos) desde que la infancia es infancia. 


Recordemos que la fábula es un relato que trata de los problemas o vicios humanos y contiene enseñanzas de tipo moral pero no se adscriben al plano espiritual y/o religioso (léase parábola). Esto es interesante pues, aunque constituyen un género didáctico para todo tipo de público (N.B.: las fábulas de Esopo no sólo quedaban adscritas al vulgo o los niños, sino que fueron lectura obligatoria en innumerables universidades durante el Renacimiento), contiene elementos y figuras estéticas de importancia para el corpus de la ulterior LIJ, como son el de la personificación de animales y objetos, tan utilizado en todo tipo de narraciones infantiles incluso hoy día (ver aquí el ejemplo de las Fábulas de Lobel), y el uso de personajes arquetípicos donde abundan los antagónicos (por ejemplo lobo-cordero). 


Quizá Esopo no inventó nada, pues la fábula ya pululaba por Mesopotamia y fue cultivada por Hesíodo, pero sí establece un punto de partida para el estudio de estas voces narrativas que, desde la brevedad, juegan con la fantasía y el propio pensamiento humano, pues son recurrentes, no sólo en el ideario cultural, sino también en el cotidiano –sabiduría popular lo llaman-. 


Por todas estas razones, abro esta semana LIJera (habrá de todo, les aviso) con la nueva edición que Reino de Cordelia nos trae de las Fábulas de Esopo esta vez acompañadas por las ilustraciones del genio Arthur Rackham, artista al que ya le dedique un monográfico (¡Hagan click AQUÍ y disfruten!). En ella, además de las 206 narraciones que la tradición fabulística atribuye directamente a Esopo, un esclavo semilegendario procedente de Samos del que se sabe más bien poco a pesar de que genios como Velázquez le hayan puesto rostro (el desconocimiento siempre pergeña mitología), también contamos con 78 de las composiciones de Fedro y Babrio, dos autores pertenecientes a la Roma imperial que si bien crearon sus propias fábulas, también remozaron las del genio griego (de ahí que Esopo hoy día reúna varios nombres bajo una misma denominación). 


Fábulas conocidísimas como la zorra y el cuervo, el perro con un trozo de carne, la tortuga y la liebre, el ratón de campo y el ratón de ciudad o la cigarra y la hormiga, conviven en este volumen con otras igualmente extraordinarias como Boreas y Helios, el águila y el escarabajo, el viejo y la muerte, el estómago y los pies, o la encina y la caña. 
No se lo piensen: regalen(se) este pedazo de libro, pues hará el deleite de todos.

viernes, 23 de octubre de 2020

¡Felicidades, maestro Rodari!


En este viernes tan otoñal en el que las hojas amarillean y los días se acortan celebramos que hace cien años nació Gianni Rodari, el autor al que he dedicado una semana en la que semipresencialidad, reuniones y protocolos COVID han desembocado en un estrés laboral que ha marcado el paso de mis días. Todo esto me hace pensar que mientras unos son tildados de héroes (cosa que empieza a levantar suspicacias), a otros nos tienen de tontos pluriempleados e invisibles. 
Yo sólo pido que me dejen enseñar, que es a lo que me dedico. Que me dejen explicar qué es una vacuna, poner en entredicho las peroratas acientíficas de los telediarios, contar como se descubren nuevos fármacos, recordar quienes fueron Francisco Balmis e Isabel Zendal, explicar la evolución de los anticuerpos en sangre, y hablar de asepsia y antisepsia. Eso sí es lo mío y no la burocracia. Porque, si nosotros no enseñamos, ¿quién lo hará? 
No se extrañen de mis palabras pues no todo el mundo sabe enseñar. Además de conectar con los alumnos y tener los conocimientos necesarios para ello, hay que saber gritar y susurrar, subrayar, acelerar y aminorar, cantar y recitar, dar vueltas, ir y volver, equivocarse y corregir(se), engañar y decir la verdad, reírse y llorar, y sobre todo, un par de orejas para escuchar. 
Por ello, tanto yo, como muchos otros profesionales de la enseñanza, probamos a diario montones de fórmulas y estrategias que nos ayudan en esta tarea, recursos que si bien nadie ha inventado, forman patrimonio de cualquier enseñante. Itinerarios científicos, clases invertidas, catálogos etnobotánicos, revistas-objeto e hipérboles descriptivas llenan las aulas; incluso los errores pedagógicos, un recurso sobre el que Gianni Rodari, maestro también, se basó para darle forma a El libro de los errores, uno que traigo hoy a la palestra. 
No se me ocurre mejor forma de recomendarlo que echando mano de la nota inicial que, a modo de prólogo escribió Rodari y en el que dice que “Los errores son necesarios, útiles como el pan y a menudo también hermosos” y que “el mundo sería maravilloso si solo se equivocaran los niños”, unas palabras que dedica a padres y docentes, "a los que tienen la tremenda responsabilidad de corregir (sin equivocarse) los errores más insignificantes de nuestro planeta”. 
Disfruten de su lectura, ayúdennos a soplar las velas y... ¡Feliz cumpleaños, Gianni Rodari! 

El profesor Gramaticus 
en un estadio vio un día: 
“¡Biba Italia!” escrito en grande 
con faltas de ortografía. 

Era un cartel que llevaban 
unos hinchas muy joviales 
que sin parar aplaudían 
victorias descomunales. 

Trastornado, el profesor 
fue y les dijo en un susurro: 
“No ensuciéis así la patria 
con esas dos bes de burro, 

que en Italia ya tenemos 
problemas en gran cuantía; 
no me empeoréis las cosas 
con faltas de ortografía”. 

Al profesor Gramáticus 
rodearon al instante 
caras de pocos amigos 
y algún puño amenazante. 

Pero también se formó
allí una aglomeración 
de amantes de la lengua 
y la buena educación 

que a aquellos hinchas riñeron 
gritándoles con ardor: 
“¡Viva nuestra ortografía, 
viva nuestro profesor!”. 

Gianni Rodari. 
El profesor Gramáticus.
En: El libro de los errores. 
Traducción y adaptación de Carlos Mayor.
Ilustraciones de Chiara Armellini. 
2020. Barcelona: Juventud.



miércoles, 30 de octubre de 2019

Recuperando joyas



Sin mucho preámbulo hoy me meto en harina ipso facto para hablarles de Zlateh, la cabra y otras historias, un clásico de Isaac Bashevis Singer, premio Nobel de literatura, ilustrado por Maurice Sendak y reeditado por Kalandraka bajo su nombre original (la antigua edición de Lumen llevaba como título Cuentos judíos de la aldea de Chelm). Este libro es un conjunto de siete historias originales de este autor de origen polaco nacionalizado estadounidense que fueron originalmente escritas en yiddish, la lengua hablada por los judíos ashkenazí de origen europeo.
Publicado por primera vez en 1966, estos cuentos podrían encuadrarse en los cuentos modernos, esa subfamilia de cuentos que, aunque conservan la estructura original de los clásicos, contienen elementos narrativos y estéticos propios de la literatura escrita, y que tienen como principal exponente a H. C. Andersen.


Llama mucho la atención el tono crítico de estas historias por muchas razones…
En primer lugar, Bashevis Singer no eligió al libre albedrío el nombre de esta aldea en la que se desarrollan las historias. Chelm existe y, aunque es más grande que la shteitl de la que nos habla el autor, está considerada en el humor judío como la capital de la locura. De ahí que muchas de estas historias sean absurdas e inverosímiles, en definitiva, humanas.
Se agradece el tono local, esos rifirrafes entre vecinos que, aunque un tanto lejanos, se parecen mucho a los del rellano de mi escalera. Muchos de los libros para niños de nuestros días carecen de color local, de encanto étnico. Los autores tratan tan intensamente de ser internacionales -para producir una mercancía del gusto de todos- que no atraen a nadie. Se justificó Singer años después.


En segundo lugar es curioso que un hombre educado en un Jéder e hijo de un rabino jasídico (judaísmo ortodoxo) a cargo de una de las sinagogas del gueto de Varsovia, ironice tanto con los religiosos de estas historias, los siete ancianos de Chelm, una especie de sabios ignorantes que ofrecen al resto de los habitantes de esta aldea más quebraderos de cabeza que soluciones. Una sorna que resuena a la decepción que sufrió un joven Singer mientras contemplaba con impotencia la Shoá, un genocidio que ni la religión ni el sentido común pudo parar.


Me encanta lo que destilan estos relatos, más todavía cuando observas con detenimiento las imágenes del genio Sendak, unas de las que en principio Singer quería prescindir, pues pensaba que la palabra era suficiente para estimular la imaginación del lector.
Aunque Sendak utilizaría este mismo estilo para los dos volúmenes de El enebro y otros cuentos de Grimm (1973), se observa claramente un acercamiento emocional en las que acompañan estas historias. Sus dibujos son tiernos y emotivos. También están llenos de fuerza. Hay paisajes hermosos, escenas dramáticas, se llenan de multitud de referencias a la cultura judía, una a la que pertenecía y en la que había sido educado y por la que, quizá por vez primera, dejaría a un lado su mirada crítica y sus maneras grotescas para internarse en un profundo viaje a sus raíces.


Tanto fue así que, un poco perdido ante la tarea de ilustrar estos relatos acudió a sus padres en busca de ayuda. Ellos le facilitaron el álbum en el que guardaban celosamente las fotos de sus antepasados, casi todos fallecidos durante la Segunda Guerra Mundial. El autor no conoció a la mayoría, pero decidió inspirarse en las fotos de sus tías y tíos que encontró en estos álbumes de familia (yizkor para los judíos, el duelo privado) y crear los personajes de esta obra, una especie de tributo a un pasado que nunca conoció.
Allí estaban las fotografías que tenía mi padre de sus hermanos menores, todos elegantes y todos de aspecto interesante. Las mujeres con su cabello largo y adornado con flores. Yo iba de un extremo a otro del álbum eligiendo algunas imágenes de los parientes de mi madre y algunas de los de mi padre, dibujándolos con mucha agudeza. Y ellos lloraron. Y yo lloré. Eso pasó así. Y aún es así. Contaría Sendak años después.



También explicó que basó el personaje de Atzel, el protagonista de El paraíso del necio, en un retrato de su abuelo que todavía conservaba y que no estaba exento de anécdota, pues en pleno delirio debido a las fiebres de la escarlatina Traté de alcanzar la foto y empecé a hablarle en yiddish. Mi madre estaba petrificada… Quitó la foto de la pared para alejarla de mí y la rompió en cien pedazos… Cuando ella murió, encontramos los restos: los había metido en papel de seda, ella no pudo deshacerse de ellos. Lo restauré  y ahora cuelga de nuevo en mi habitación, en un marco ovalado diferente.
Quizá sea este sea el Sendak más sereno de todos, un Sendak que también hay que conocer y disfrutar.


Este libro es una maravilla. Léanlo y opinen sobre estas historias. Mis favoritas son El primer Shlemiel y Zlateh, la cabra. La primera es una narración en tono irónico (empecemos diciendo que, como bien nos dice Singer al principio de esta historia, shlemiel, significa “tonto” o “incompetente”), con mucho humor, que habla de la (buena o mala) suerte de los pobres y gandules, de la vida de pareja, de sus miserias y bondades. 
La segunda es una hermosa oda a la amistad con cierto tono crítico hacia las tradiciones religiosas que bien merece una sosegada lectura. (N.B.: Tanto  es así que fue llevada la gran pantalla por Weston Woods en 1974).
En definitiva, háganse con él, pues habla de muchas cosas que merecen ser leídas por pequeños y mayores.



lunes, 27 de mayo de 2019

Cosas de libros (para niños)



Estaba ayer dándole brío a uno de mis vídeos en Instagram, cuando de pronto me escribe la Elena Detalleres. Después de temblar un poco, pues esta señora es un sacapuntas, y resoplar aliviado (se ve que los domingos es más inofensiva), me dice que hace unos días, durante una comida, se había dedicado a destriparme ante cierto bibliotecario. Según ella, este señor es un verdadero fan de este sitio de monstruos. Que me leía asiduamente, que estaba pendiente de mis boletines de noticias (Igor, siempre publico a estas horas porque es cuando las clases me lo permiten) y que hacía mucho caso de mis recomendaciones. Se ve que esto le picó a la Elena en el cogote y me puso a caer de un burro. Que si yo era un rollero, que si un clásico, que si un anticuado... Este hombre, un auténtico hooligan (me robó el corazón ipso facto), le espetó que de ninguna manera, que yo sabía lo que decía. Me imaginé a la Elena con la patata retorcida y, acorralada, ya le tuvo que soltar al Igor que ella me había rebatido ciertas cosas y que yo había claudicado (porque ella lo vale, si señor) mientras él la escuchaba incrédulo.


Yo leía todo esto y me lo pasaba pipa. Primero por saber que un desconocido y un muy buen profesional (según las referencias que me daba Elena), me tenía en tan alta estima, pues me llena de orgullo y satisfacción además de ser un acicate para seguir con esta labor que a veces es poco gratificante. En segundo término, porque el hecho de que dos personas dejen a un lado la política y se enzarcen en debates a costa de libros y enterados LIJerarios es de mascletá. En tercer lugar porque yo había alentado a la Elena a volverse otra chafardera del libro-álbum y veo que la cosa fructifica. Y por último: en esto de de la literatura infantil no debe faltar el humor pues hay mucho estúpido buscando asentimiento en un universo donde no hacen falta ni lentejuelas ni brilli-brilli, sólo leer y pasarlo bien.
Tras descojonarme un rato y digerir que casi soy atropellado por mi propio padre (inaudito pero cierto), decidí que les iba a dedicar esta entrada del lunes a ambos en agradecimiento a tan buen momento y de paso intervenir en esa conversación a la que fui invitado, si no en cuerpo, sí en espíritu…


Escuchadme, melones. No os pongáis a la gresca por este monstruo. Igor, aunque intento valorar todas las cuestiones de un libro, reconozco que ando algo pez en ciertos aspectos, sobre todo los gráficos de última hornada. Hay libros a los que no les encuentro la gracia, y a otros les encuentro demasiada. En esos momentos echo mano de personas como Elena que, apasionadas por ese mundo del álbum, el diseño y sus vanguardias, rellenan mis carencias (aunque tampoco hay que darles mucho vuelo, que ya sabes que la tontería es gratis y cada uno coge la que quiere).
Elena, buscar sinergias en los libros, en lo literario, nos ayuda a entender una creación cultural desde varios puntos de vista y, al igual que tú con las imágenes, mi visión sobre las palabras y/o su relación con las ilustraciones también es importante, pues nos ayuda a entender íntegramente una obra híbrida y posmoderna como el álbum. Lo metaliterario, los guiños a los clásicos, la estructura narrativa, su inmersión en un contexto y otras circunstancias que trascienden intrínseca y/o extrínsecamente al objeto libro, se pueden clasificar como rollo y petardeo, pero también son necesarios. Sin embargo convengo contigo en que a veces, en este ecosistema de la crítica de libros infantiles hay mucho meapilas que aburre a las piedras con tanta disquisición.


Para zanjar mi intervención os mandaré deberes (así, en la distancia). Como soy un rollero y no quiero amuermaros, la cosa consiste en que leáis un libro, que si bien se aleja un poco de la estructura del álbum, me parece muy adecuado para el apunte de hoy, y que más tarde dejéis vuestras impresiones en los comentarios de esta entrada. Ni se os ocurra decir que es un título sin chicha, pues la edición de este Cosa de niños de Peter Bischel, ilustrada por Federico Delicado y publicada por Los Cuatro Azules, nos habla de tantas cosas textual y gráficamente, que creo que tendréis suficiente trabajo. Yo me quedo con un mensaje que ahonda en ese mismo por el que he abogado desde que empecé esta andanza hace once años: lo mejor de los libros para niños es que los leemos los niños. No dejemos que nuestras apariencias de adultos nos contaminen con sus miserias. Quitémosle hierro al asunto y disfrutemos de su belleza lo mejor que sepamos.

P.S.: Y si suspendéis el examen, tendré que destripar este libro convenientemente en los comentarios (que siempre se agradecen más aquí que en las redes sociales).



viernes, 13 de noviembre de 2015

De poemas que vuelan...


El otro día me pasó una cosa bastante curiosa... Andaba yo revisando un cuaderno lleno de ideas, tontunas y garrapatos, cuando de repente, me encontré con un poema allí varado. Lo leí en voz baja y, encontrándolo hermoso, lo copié en un pizarrín que tengo en la cocina para alegrarme con él las mañanas. Al día siguiente tuve curiosa visita que, corta ni perezosa, captó una instantánea y se llevó mis palabras sin mero consentimiento (tenía que haber sacado la escopeta ante tal hurto descarado, pero si me pongo en mis trece, de seguro que me toca un disgusto...). Y cual ha sido mi sorpresa hoy, cuando he encontrado mis versos saltando en las redes sociales.
Moraleja: Vigilen los bellos poemas o pueden salir volando.

La vida del poema
que escribió Javier
es difícil de creer.

Nació en una hoja en blanco
hacia finales de marzo.
Lo escribió con mucha prisa
para entregárselo a Elisa
quien lo guardó en la carpeta
que le regaló a Teresa.

Llegó a su casa la niña
y de inmediato pensó:
“Para que nadie me riña
he de ponerme enseguida
a estudiar la lección.”

[…]

Pepe Serrano
La vida de un poema.
En: Cocina rápida para tortugas.
Ilustraciones de Mar Villar.
2014. Nalvay : Sariñena (Huesca).


lunes, 2 de marzo de 2015

Montserrat del Amo, pionera


Tras un fin de semana bastante movidito (me falta tiempo para hacer tanto el mono…) y revisar el trabajo de la recientemente fallecida Montserrat del Amo, he decidido abrirle un hueco (obituario suena demasiado árido para los dulces monstruos) en este lugar y lanzar así un homenaje a su figura como pionera y de paso hacer hincapié en la importancia de la Historia (esa con mayúscula) en esto de la LIJ española. Se ha hablado mucho de los logros y premios conseguidos por esta gran escritora, pero seguramente, su cualidad más reseñable ha sido su gran capacidad para adaptarse a los cambios que el siglo XX trajo consigo.
Montserrat, una mujer que, a pesar de desempeñar su labor en ámbito empresarial, posee una clara formación lingüística y se interesa en la narración oral y el cuento clásico, empieza a hacer sus pinitos en esto de las letras a finales de los cincuenta y primeros años sesenta con libros de carácter religioso (no olvidemos Rastro de Dios, premio Lazarillo en 1960), las realidades, como la inmigración española a Centroeuropa (Zuecos y naranjas), las novelitas de corte histórico (Juana de Arco), o -como a mí me gusta llamarlas- “historias inofensivas” que beben de los cuentos de hadas clásicos. Es así como se abre camino en el mundo editorial franquista que conoce gracias a los entresijos de la imprenta (aprendió el oficio como cajista en su juventud).


Es a partir de los años setenta, con la democracia y la transición, cuando un aire nuevo sopla sobre la sociedad españolas en general y las letras infantiles en particular. Este cambio renovador propiciado por la caída del régimen franquista, promueve una literatura de clara renovación progresista (no olvidemos que la lectura es un vehículo de dogma y que además de estar al servicio de la sociedad, se vincula fuertemente con el poder imperante), a la que acuden -sobre todo- nuevos autores y algunos antiguos que, a pesar de los esfuerzos por acallar a los pasados ( hay muchos tipos de limpieza, incluso cultural), como Montserrat, logran modificar sus estilos y adecuarlos al nuevo mercado.




Temáticas como la integración de las minorías, las colecciones de cuentos, retahílas y canciones infantiles populares, la aparición de los libros serie (no se olviden de los Blok), las obras de suspense o el amor diferente, se suceden en la obra de esta mujer, convirtiéndola en un referente de los libros para niños en España, y otorgándole el Premio Nacional por El nudo (una novedad en cuanto al formato, el tipo narrativo y la integración del lector como parte activa de la obra) y nominándola al Andersen en dos ocasiones.
Descanse en paz y vuelen sus libros.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Un poco de literatura juvenil...


Seguramente muchos dicen que este blog, de literatura juvenil, poco. Y llevan toda la razón… No voy a negar que el álbum ilustrado me roba mucho menos tiempo, es más fácil estar al corriente de las novedades (se publica mucho menos) y se puede compaginar con la labor semanal en este blog. Pero durante la última semana y una vez terminado el ajetreo laboral, he robado unas cuantas horas a la rutina diaria para sumergirme en tres títulos a los que tenía ganas y así redimirme de mis pecados con este sector de la LIJ. ¡He aquí mis opiniones al respecto!


El primero de todos es Campos verdes, campos grises (editorial Lóguez), un clásico “lijero” en el que, a través de la parca narrativa de la recientemente fallecida Ursula Wölfel, podemos sumergirnos en una serie de pequeñas historias cuya intensidad deja un amargo sabor en nuestra conciencia e intenta presentarnos la realidad de hoy día a través de diversos paisajes humanos, a lo largo y ancho del orbe terrestre. Aunque dirigida a lectores competentes en edad infantil, creo que es el adulto quien se siente más cercano a estas estampas de marcado corte constructivista. Es por ello que sería necesario un adulto que, ejerciendo de guía, les haga meditar sobre lo (in)comprensible de nuestra especie.


Tras aguantar la constante jodienda de mi bibliotecaria favorita con este título, me decidí por el último ganador del premio Barco de Vapor, El tesoro de Barracuda (editorial SM), de mi paisana Llanos Campos, algo de lo que, he de decir, no me arrepiento en absoluto. Es un libro sencillo, sin pretensiones, jocoso, rítmico, con un trasfondo fantástico (se nota que esta mujer ha desarrollado su labor dentro del teatro infantil), y recomendado hasta la saciedad (lo voté para la selección del diario El País, con eso lo digo todo…). Hacía falta un poco de aire fresco en esto de la literatura juvenil patria ya que se estaba convirtiendo en un pequeño cortijo que ofrecía mucho título repetitivo y poca diversión… Si a ello unimos las adecuadas ilustraciones de Julia Sardá (me chifla esta mujer), tenemos un título la mar de recomendable para alumnos que terminan la educación primaria y otros que empiezan la secundaria. (N.B.: A ver si la editorial se dignase a enviarme un ejemplar, porque últimamente me tienen la mar de desatendido…).


Por último decidí darle una oportunidad a una de esas novelas lacrimógenas que ha engatusado a quinceañeras enamoradas-de-la-vida de todos los confines terrestres. Bajo la misma estrella de John Green (editorial Nube de Tinta), además de vender lo que no está escrito (creo que millones de ejemplares), ha inspirado una película estrenada el pasado verano, algo que me llevó a plantearme el despiece de este fenómeno literario. Me puse bajo el flexo durante unas cuantas noches y descubrí que, además de dos personajes un tanto extremos (a veces no comprendo bien porqué en este tipo de novelas los adolescentes tienen una idiosincrasia tan adulta…, soy experto en púberes y puedo decir que muchos de ellos, pese a tener vidas horribles, son incapaces de pensar como Ortega y Gasset), la historia envuelve algo más que personas enfermas de cáncer y una novela inconclusa sobre la que se construye el amor. Trata del miedo a la perdida, tanto de la propia vida, como de los sentimientos que tenemos hacia los demás, del dolor que supone el amor eterno, de la herida amarga y la dulce cicatriz que queda en nuestros corazones cuando el amor verdadero arraiga en ellos. Algo que bien merece reseñarse aunque no sea del gusto de todos los monstruos que amamos la lectura por encima de todo.


lunes, 10 de noviembre de 2014

Sobre espejismos y realidades catalanas


Ya se han terminado los días de consultas populares (con mucho civismo a la europea y más folclore a la española), pero ahora seguiremos enredando más la madeja con el juego de dimes y diretes que se ha instalado en las altas esferas de la política, a tenor de la independencia catalana. Así que, cómo no, hoy toca análisis de lo acontecido, aunque lluevan las críticas sobre mi persona (no es la primera vez...).
Lo de ayer fue de risa, no sólo porque votaban los mayores de dieciséis años (¿Desde cuándo se tiene derecho al voto antes de la mayoría de edad? ¿También les venderán cava esta navidad?) y los residentes, fueran estos alemanes o argelinos, en Cataluña, sino porque Mas ya no sabía qué decir en la tele y Rajoy se pasó la jornada escondido en su ratonera de la Moncloa siguiendo la última hora de la pantomima.
La gente como un servidor (que los hay) estamos hartos de tanta cortina de humo, no sólo porque oculta otros -por no decir montones de- problemas más serios que nos acechan en la actualidad y durante los años venideros, sino por el trasfondo del asunto… Debajo de todo esto en vez de agresiones verbales, radicalización, opresores y oprimidos (cada uno cuenta la película como la ve…), y otras muchas razones que se han esgrimido desde la dictadura de Videla, pasando por el chavismo o el holocausto judío, está la mayor de todas, conocida vulgarmente como “la pela”. Son los billetes y no otros motivos, quienes enardecen a políticos y sus posibles seguidores (me encantaría saber si han votado y qué, los presentadores de “El tiempo” en La 1, Risto Mejide, Jordi Evolé, Gerard Piqué o Jorge Javier Vázquez).
A pesar de que algunos pretendan enriquecerse y controlar el cotarro (¡pájaros manejantes!), siempre he creído que los nacionalismos paletos traen miseria e ignorancia. Cerrarse al mundo por creencias y doctrinas no es bueno ni para la mente, ni para el bolsillo, algo que muchos empresarios catalanes (N.B.: ¡Cuántas buenas y rentables empresas ha dado Cataluña a nuestra economía!) saben y se instalan en “territorios españoles fronterizos”, además de inculcar a sus hijos el castellano (un mercado de 500 millones de hispanohablantes y una lengua que el gobierno catalán intenta desterrar de la escuela pública) en colegios privados de Barcelona, Valencia o Madrid.
Y yo me pregunto: ¿Qué será lo próximo? ¿Nacionalizar empresas españolas en Cataluña? ¿Perseguir y condenar a trabajos forzados a los que están en contra de la escisión de este territorio? Me suena a chompa y tercermundismo… El tiempo nos lo dirá, pero creo que sería más útil para todos estar en un mismo barco y remar en una sola dirección, porque, si mal no recuerdo, es el estado español el que paga los sueldos de todos los funcionarios a cuenta de emitir deuda pública, algo que obvian los medios informativos de ciertos territorios donde el independentismo es el pan de cada día.
Para todo ello y sin ánimo de ofender, debemos recordar el mensaje que Mark Twain nos hace llegar a través de su Fábula del gato, el espejo y el cuadro, un relato acompañado por las ilustraciones de Carla Olivé y publicada por la editorial Gadir. Todos vemos lo que queremos ver, algo que no depende de la realidad, sino del reflejo que esta nos devuelve a instancias de nuestra misma imaginación.


miércoles, 26 de septiembre de 2012

Reduciendo el Estado, eliminando políticos





Andaba yo entre “Gestión y conservación de aguas y suelos” y “Economía aplicada”, cuando, de repente, toparon mis ojos con un volumen de los Cuentos de Antón Chéjov (para más señas, la edición de Alba editorial) y, dado el soberano aburrimiento que me acometía (completamente normal…), me dispuse a leer, ¡cómo no!, Muerte de un funcionario…
Era de preveer que uno de los maestros del naturalismo, fuese capaz de captar en un breve relato, el miedo al que se ve sometido el trabajador público ante el omnipresente político de turno, una figura que, además de acojonar por su casta deleznable, desprende cierto tufillo a cacique malparido, de esos que malmandan y joden a diestro y siniestro. No les extrañe tanta finura, pues ando ciertamente harto de esos que se dedican a criminalizar al funcionariado (incluido Jorge Javier Vázquez… ¡razón lleva mi padre diciendo que no puede ser bueno echarse la siesta con semejante rumor de fondo!). Los que tan gratuitamente intentan desacreditarnos, esos que se han hinchado de ladrillo y adoquín, y que a la postre arengan al populacho para henchirlo de envidia, deberían hacer cola en la guillotina para rebanarles el pescuezo a base de democracia y otros instrumentos de tortura.
¿Tanto mal hacemos a este país los trabajadores públicos? ¿Tanto se malgasta en nosotros? ¿Tanto castigo nos merecemos por matarnos a estudiar? ¿Más que esos ni-nis de barrio, que esos tronistas tatuados, que esos banqueros de brillantina?... Hasta donde yo sé -que es algo…-, en España hay miles de municipios menores de mil habitantes en cuyos consistorios dormita más de un arribista sin oficio ni beneficio que vive a costa de esa afirmación que reza “lo mío pa’ mi y lo de los demás pa’ repartir”. Más les valdría a estos ediles pesebristas, hacer caso de los maternales consejos que nos regala La Merkel, y reducir “el auténtico estado”, el de los “politi-castros”, ese que  succiona la sangre al contribuyente y diezma los sistemas sanitarios y educativos.
… Y ahora me vendrán con el rollo de la crisis expansionista, con el Tratado de Maastricht y con el sentimiento antigermánico, pero déjenme decirles que, siguiendo el ejemplo de Clint Eastwood -sin performance añadida, ni fortunas millonarias-, más nos valdría declararnos libertarios y gritar todos a una que este país nos pertenece y que los estultos gobernantes están a nuestro servicio.

lunes, 25 de abril de 2011

De regreso...



Les resumo mi viaje en una impresión… Generalmente, después de visitar un lugar, acostumbro a pensar con quién iría acompañado en el caso de regresar a él. Hay sitios perfectos para recorrerlos de la mano de una pareja, otros que se prestan a las correrías con los amigos, con desconocidos los menos, e incluso los hay para disfrutarlos con uno mismo. Pero, déjenme que les diga que, Italia, sin mis alumnos, sería simplemente nada.
Si les soy sincero, antes de emprender la marcha por el país de los Apeninos, el joven profesor que soy, sentía cierto temor… Por las trastadas de los alumnos, por los errores de uno, por lo descontrolado del destino... A pesar de todo, he, hemos regresado sanos y salvos allende una sonrisa descomunal, multiorgásmica, no sólo por el hermoso caos de Roma, la belleza articulada de Florencia o la sencillez de Pisa, sino por las anécdotas, las peleas y riñas absurdas, los momentos de tranquilidad, las paradas del camino y sus carcajadas, y los sueños compartidos.
Si alguien subraya que viajar es aprender, está en lo cierto. En sí mismo, el viajar, el deambular, el empaparse de la experiencia, es descubrir, hecho que siempre aupa el conocimiento, bien sea de lo desconocido, de los otros o de uno mismo. Lo afirmo con conocimiento de causa, la mejor manera de hacerlo.
Y para despedirme, confiarles una de esas cosas aprendidas, una de esas curiosidades lijeras que les gustan tanto… Deambulábamos por la ciudad de Florencia en pos a nuestra guía, una italiana de clase muy agradable, cuando topamos con el famoso jabalí de bronce de la vía Porta Rossa. Tras unas cuantas fotos, me percaté de una placa en mármol dedicada a Hans Christian Andersen y, por curiosear, le pedí a nuestra acompañante una rápida traducción. Me confío que en honor a “Il porcellino”, uno de los muchísimos relatos de este autor, el pueblo florentino le ofreció este reconocimiento, por describir su ciudad en lo que llamaron “un entero libro ilustrado”.