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jueves, 24 de febrero de 2022

Mascarillas y disfraces


Jueves Lardero y yo con estas pintas. Para un año que parece que el carnaval asoma la cabeza, me ha pillado en bragas. Que bien pensado, “mi-no-entender” a cuento de qué se ha dejado de celebrar esta fiesta tan callejera. Ni siquiera durante la Guerra Civil los gaditanos permitieron que se la robaran. Y mira que Franco era malvado. Pero claro, ahora con la salud pública y el miedo infundado, nos tienen cogidos por los huevos.
Yo, como siempre, animo a la desobediencia y la risa, que ambas son cosas muy sanas. No me irán a decir que se han metido varios cócteles de genes por el cuerpo y ahora se echan a temblar por una fiesta al aire libre, máxime con este tiempo que el cambio climático nos está regalando.


De todos modos, ¿qué más da? Si nuestro día a día ya es un carnaval. Mis alumnos no se quitan la mascarilla ni en el patio. “Que si me da vergüenza enseñar los granos” “Mi nuevo rimmel luce divinamente” “Me veo mucho más guapo” “Así puedo comer chicle cuando quiera” “Lo mejor de todo es decirle hijo-de-puta al profesor por lo bajo”... Occidente ha encontrado su burka y auguro que será difícil de erradicar. Welcome to Paradise: los nuevos totalitarismos sanitarios.


Lo que me tiene en ascuas es si las autoridades de toda índole (ahora, hasta las asociaciones de vecinos lo son) recomendarán el uso de mascarilla sobre caretas y disfraces. Sería el summum de la estulticia, pero viendo cómo se las están gastando desde hace dos años, creo que nos quedan muchas cosas por ver.
Espero que a todos estos les dediquen alguna chirigota, de esas que hacen murga y sangre, para que sean recordados como caudillos sanitarios, que si no, hasta Don Carnal se va a volver buenista y toda esperanza de cambiar el mundo quedará perdida entre la esclavitud y esta velada ignonimia.


Yo sigo con mi rollo, Abraham Remy Charlip y Una fiesta de disfraces, un libro que tiene embelesado. Publicado hace un par de años por Lata de Sal, esa editorial con una colección vintage que es canela fina, este librito apaisado llegó a nuestras librerías de manera muy desapercibida, y aquí me tienen, dándole aire y vida.
En esta historia de disfraces improvisados y sueños encandenados, el autor francés se divierte instándonos al juego de pasar página. Sí, a ese tan estupendo que propone todo libro para descubrir cómo los diferentes personajes son capaces de darle rienda suelta a la imaginación y fabricarse un disfraz con cualquier cosa. Aunque unos se intuyen más que los otros (mi favorito es el del elefante), todos son estupendos para terminar en torno a eso con lo que empieza la narración y hacerla redonda.


Si no habéis tenido bastante con estas adivinanzas seguro que en los días venideros tenéis muy buenas opciones para disfrutar de disfraces fantásticos, descubrir amigos tras el antifaz y cultivar la fantasía, esa por la que siempre merece la pena luchar.

lunes, 22 de mayo de 2017

Adolescentes afortunados, padres desafortunados (¿o es al revés?)


Perdonen mi ausencia durante la última semana. Anduve por tierras zamoranas con una caterva de alumnos y mi atención no daba para más. Afortunadamente la cosa fue bien (¡Qué descanso!) y hoy puedo puedo empezar de nuevo a darles la tabarra con estos libros míos, aunque sea a expensas de mis estudiantes, esos que me inspiran no pocas veces....
Por fortuna o por desgracia, tratar con adolescentes da mucho quehacer. Mientras que a los niños les hace carantoñas todo el mundo, a los púberes nadie las hace caso. Achacando que lo suyo es insoportable (cosa que es verdad, ¿para qué vamos a mentir?), la sociedad se deshace en remilgos y los deja de lado. Con un carácter a caballo entre pequeños y grandes (transicional lo llaman), los jóvenes de este país, querámoslo o no, son un problema menor. Lo que acabo de llamar “imposibles invisibles”, algo que no es excusa para intentar entenderlos. ¿Padres? ¿Profesores? A ver quiénes son los guapos que se atreven...


Padres, como hijos, hay de todas clases... Unos, más que hartos, no saben qué hacer con los descarrilados (“A ver si tú, Román, hablas con él, que a mí, ni caso...” Y yo, sigo flipando), mientras otros, ignorantes, viven en la inopia (“Román, de verdad de la buena, que estudia un montón, ¡se pasa todo el santo día metido en su cuarto!”). También están los desconfiados (“¡Como me enteré de que falta un día a clase, la engancho del moño y la arrastro!” dijo la madre, y en el baño del instituto, la hija, de un ataque de pánico, en las venas se hizo un tajo -verídico y sin exagerar-), los orgullosos (“El otro día se vino mi hijo a una capea y ¡no veas! El campeón toreo una becerra ¡y a un par de chavalas! ¡Ese es mi niño! ¡Ole, ole y ole! ¡'Puto arte!”) y los buenos amigos (¿Que mi hijo quiere un cigarro? ¡Toma un paquete! ¿Que mi niño quiere un cubata? De eso nada, ¡que sean diez!)...


Mientras, los profesores, esos que dejamos a un lado los paños calientes y las vendas oculares, damos buena cuenta de que los adolescentes siguen siendo los mismos inexpertos, los mismos incomprendidos que éramos nosotros. De que nadie les escucha (¿Quién lo diría? Sobre todo cuando los llevas de excursión, te enganchan y no te sueltan...) pero todos quieren captar su atención (las primeras, las marcas comerciales, y los segundos, los políticos). De que sus problemas no son importantes aunque les condicionen el resto de la vida. De que, en medio de la travesura y la pillería, sólo quieren que los quieran. Como a todos los humanos.


Eso debió pensar Remy Charlip, el artista multicisciplinar (de todo hizo este señor: bailarín, coreógrafo e ilustrador, y que además posó como modelo para que Brian Selznick diera vida al personajes de George Mèliés en su premiado libro La invención de Hugo Cabret, una obra que también se le dedicó) cuando ideó Afortunadamente, un libro de dichas y desdichas infantiles que, gracias al cielo y como bien dice su título, acaba de rescatar la editorial Lata de Sal en su colección Vintage para que demos buena cuenta que todas las venturas tienen una parte de desventura. En él, su autor, además de hacer hincapié en una secuencia rítmica de fortunas y contratiempos, de color y blanco y negro (vean como alternativamente aparecen las páginas grises y nubladas), de luz y oscuridad, nos presenta la historia de un niño que ha sido invitado a una fiesta y que, con una mezcla de humor, ingenio y sinsentido, acaba topándose con una grata sorpresa.
Así que hoy y para empezar la semana con dicotomía y dicha, recomiendo este libro dirigido a los niños a todos aquellos padres de quinceañeros que esperan (desesperados algunos) que terminen el acné, los cambios de humor desorbitados, y las discusiones, porque, afortunada o desafortunadamente, es lo que toca.