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viernes, 22 de noviembre de 2019

¡Marchando tres clásicos del álbum informativo!





Cuando me enteré de que los libros que traigo hoy a la palestra se iban a reeditar en nuestro país, casi me pongo a llorar. No sólo porque son buenos libros sino porque son de esos libros que me acompañaron toda la infancia. Los tenía totalmente descuajaringados de tanto pasar las páginas. Y es que el Todos al trabajo, el Todos sobre ruedas y La vuelta al mundo de Richard Scarry (Duomo Ediciones) son de esos libros que hay que conocer sí o sí.
Excepto en una ocasión (he tenido que echar mano de la etiquetas de la derecha, que son muchas entradas ya), no he hablado del trabajo de este maestro del libro para niños, sobre todo en lo que a álbum informativo, el de mayor peso en su obra, y creo que este es el momento perfecto para resarcirse.
Aunque mucha gente tacha su obra de comercial (en cuanto alguien firma por una gran editorial y vende, ya estamos con lo comercial), creo que lo que Richard Scarry hizo es bastante loable (si consiguió convencer a millones de compradores, la cosa está bastante clara).
Scarry nació en Boston, estado de Massachusetts, en 1919. Sus padres regentaban un comercio y disfrutó de una vida normal y sin excesivas penurias, ni tan siquiera durante la Gran Depresión. Tras terminar la educación secundaria, se matriculó en una escuela de negocios, unos estudios que abandonó pronto. Tras aquello ingresó en la academia del Museo de Bellas Artes de Boston, donde permaneció hasta que fue llamado a filas para participar en la Segunda Guerra Mundial, siendo destacado en el Norte de África y Europa como redactor en la sección de arte de los boletines informativos de los “Moral Services” de las Fuerzas Aliadas entre 1942 y 1946.


Tras la guerra, Scarry trabajó en el departamento artístico de varias revistas y comienza a colaborar con algunas editoriales en el campo de la ilustración infantiles junto a escritoras como Patricia Murphy (su futura esposa, y con la que realizaría obras como Good Night, Little Bear, The Bunny Book y The Fishing Cat), Margaret Wise Brown y Kathryn Jackson.
En 1948 contrae matrimonio y un año más tarde, 1949, le llega su gran oportunidad de la mano de Little Golden Books que publica sus dos primeros libros, Rabbit and His Friends y Great Big Car and Truck Book (1951). Más tarde firma con Simon & Schuster que continua publicando unas historias coloristas que conectan estupendamente con el pequeño lector.




La fama le llega en 1963 con la publicación de Richard Scarry’s Best Word Book Ever, su primer superventas. Este álbum constituye un imagiario con más de 1400 elementos de la vida cotidiana protagonizado por una serie de animales antropomorfos. Osos, conejos, gatos, cerdos, ratones y perros son los protagonistas de un libro que, con mucho humor, se acerca al pequeño lector y le invita a ingresar en los entresijos del mundo real desde un prisma fantástico. Es así como el éxito de este álbum le lleva a plantearse dos cuestiones, por un lado decide centrarse en la producción de los libros informativos, y por otro, es un acicate para encontrar un estilo propio.


En 1965 publica Busy Busy World (traducido como La vuelta al mundo, uno de los títulos que traemos hoy aquí), un libro de viajes por todo el mundo con gran cantidad de medios de transporte, personajes de todos los continentes y montones de situaciones con mucho humor blanco, que no obtiene tanto éxito como el anterior pero le servirá como detonante para dar vida años más tarde a la Busy Town, uno de sus escenarios predilectos.
En 1966 firma con Random House y dos años más tarde, en 1968, empieza a realizar viajes a Suiza, donde finalmente adquiere un inmueble en la pequeña localidad de Gstaad y funda su estudio en 1972. Imparable, Richard Scarry pasa la mayor parte del día escribiendo e ilustrando libros como Todo sobre ruedas y Todos al trabajo, que sitúan la acción en la “Ciudad Laboriosa” (en esta edición aparece traducido como “Feliciudad”), una localidad en la que ninguno de sus habitantes para de hacer cosas y cuya fisionomía recuerda bastante a las de los típicos pueblecitos suizos con sus casas hechas de travesaños de madera y techos de paja (incluso hace guiños a la Swissair, la compañía aérea estatal).


Llegados los ochenta, comienza a tener problemas de visión, debido a una degeneración macular y empieza a abandonar su trabajo frente a la mesa de dibujo para asesorar a las productoras que adaptarían sus historias como series de animación (The Busy World of Richard Scarry o The Busiest Firefighters Eve) para la televisión, concretamente para la cadena Showtime. Es allí, en Gstaad, donde tras enfermar de cáncer de esófago y someterse a quimioterapia, fallece de un ataque al corazón en 1994 a la edad de 74 años.
Richard Scarry ha vendido más de 300 millones de copias de sus trabajos en diferentes lenguas de todo el mundo (¡Y lo que le queda!), algo que pone de manifiesto la profunda conexión con los pequeños lectores.


Aunque hoy en día su trabajo está cobrando mucha fuerza debido al auge del álbum informativo, es un autor sobre el que ha caído la losa de lo políticamente correcto (¡Qué hartazgo!) sufriendo la censura en varias ocasiones. Primero debido a los roles asignados a los personajes femeninos, y segundo por los animales que seleccionaba a la hora de representar a las personas de raza negra y asiática (grandes simios y cerdos respectivamente).
A pesar de lo anacrónico de las visiones artísticas (un día de estos van a prenderle fuego a La libertad guiando al pueblo por enseñar una teta…), el trabajo de Scarry es maravilloso por varias razones. La primera es que alejándose de libro puramente de conocimientos, inserta en sus libros otras historias y relatos, bien de situación, bien con cierta continuidad, que enriquecen las páginas de sus libros. Esto favorece que los lectores identifiquen a muchos personajes como Lowly Worm (en esta edición Serpentino), Huck el gato (sobrenombre con el que firma Richard Scarry Jr., en honor a este personaje) o el Sergeant Murphy (Sargento Multa) y su motocicleta roja.


La segunda es que tiene una capacidad descriptiva enorme en sus ilustraciones. Sólo hay que ver las maquinarias y los aparejos mecánicos que incluye en muchas de las páginas de sus obras que, a pesar de no ser comparables a las de David Macaulay, son bastante fieles a los principios de funcionamiento de estas y las aproximan a los pequeños lectores. Siempre quedará grabado en mi retina el interior de ese barco lleno de ratones.
Por último cabe destacar su gran capacidad de observación y un humor blanco que le permitió realizar asociaciones de ideas simpáticas y curiosas que se ven reflejadas en las formas (im)posibles de los vehículos, los nombres de los negocios o los decorados variopintos.


Lo dicho, que este autor me encanta y tienen que perderse en sus libros. Y si no tienen bastante, siempre les quedarán sus notas y dibujos, que se conservan en la colección de archivos de la Universidad de Connecticut.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Aprendiendo con las ilustraciones


Siempre sido un gran defensor del libro-albúm de divulgación o libro de entendimiento. Y lo seguiré siendo aunque esta denominación se vaya diluyendo debido a la ingente cantidad de libros que se publican y que solapan tanto conceptos como finalidades (he ahí el problema de la indefinición de “Literatura Infantil y Juvenil”…, todos los años, lo mismo…).
El álbum ilustrado de divulgación es un libro que, aunque carece en gran parte de un sentido literario estricto, explica de manera expositiva una parcela del mundo real a través del alto contenido gráfico/ilustrado que posee. Y muchos dirán: ¿Qué diferencia a estos libros de los tan odiados libros de texto?... Ahí voy,  ¡de cabeza!
Aunque muchos constatamos que la principal diferencia reside en el formato (cualquier libro de texto no baja de las cien páginas), me gustaría apuntar varios comentarios sobre la segunda, es decir, el tratamiento de las imágenes. En el libro de entendimiento, las imágenes ayudan a la comprensión lectora pero sin dogmatismos; abren la mente del lector y la enriquecen; y no se crea un hueco a modo de calzador, sino que penetran de manera sutil.
Y me rebatirán: Sí, sí… pero, ¿y las de los libros de texto? ¿Qué libro de texto no tiene ilustraciones hoy día?… La mayor parte las tienen, aunque usadas como un mero añadido que embellece pero no ilustra (podríamos llamarlas “dibujos”). También señalar que la mayor parte están realizadas con ordenador, una técnica de bajo coste y sencilla que poco tiene que ver con las que desarrollan los autores de los álbumes del aprendizaje, donde el humor, los detalles y la interacción con el lector, es más que palpable.
De entre los grandes autores de los libros de conocimientos que disfruté durante la niñez (o ya como adulto), podría citar a David Macaulay, Steve Jenkins, o, cómo no, a Richard Scarry (mi favorito) que regresa a las estanterías de nuestro país gracias a la publicación de El gran libro de la escuela (editorial Kókinos), una suerte de páginas llenas de animales con ansía de aprender, jugar y sonreír (espero que algo parecido les ocurra a mis alumnos…).