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viernes, 19 de enero de 2024

Días de mercado


El fin de semana se cierne sobre nosotros y, a los que trabajamos de lunes a viernes, nos viene de perlas para hacer nuestras tareas domésticas. Limpiar, lavar, planchar o cocinar ocupan nuestro tiempo estos días. ¡Ups! ¡Se me olvidaba que también hay que comprar! Comida sobre todo. Acercarse al súper o al mercado de abastos y avituallarse de fruta, verdura, carne y pescado frescos. Algo de pan, unos encurtidos y un buen trozo de queso manchego. 
Lo mejor es hacerse una lista para que no se te olvide nada, porque con tanto trajín, al final te pasa como a Memorina, la protagonista de esta historia rimada que bebe de la vida de barrio. Sí, esa en la que los vecinos te piden favores, los niños se dedican a hacer recados y el simple hecho de acercarse a comprar puede resultar toda una aventura ¡o un tremendo lío! 


¿Te acordarás, Memorina?

-No te preocupes, abuela,
ya está todo en mi cabeza
y allí nada se me olvida.

Por el camino al mercado,
va cantando una canción
que ella misma se ha inventado:
Necesitamos tomates,
dos zanahorias y un nabo,
una docena de huevos,
y un buen manojo de rábanos.
Medio pollo, tres pechugas
y dos cabezas de ajos.

Nieves García.
En: Memorina va al mercado.
Ilustraciones de Susana Rosique.
2023. Madrid: Narval.


domingo, 20 de noviembre de 2022

Defectos o virtudes, ¿de qué está hecha la infancia?


Me dice el móvil, ese artilugio tan inteligente, que hoy toca celebrar el Día del niño y la infancia. Aunque yo lo hago todos los días en pellejo propio o ajeno, me voy a sumar a los faustos hablando de críos y sus cosas, una de las principales temáticas de la literatura infantil, género que nos ocupa a los monstruos.
A pesar de esa desinfantilización de la infancia que está ocurriendo hoy día en ciertas sociedades y de la que he hablado en artículos como este, los chiquillos siempre tienen un algo que me vuelve loco: hacer y decir lo que les dé la real gana. No viven llenos de prejuicios ni convenciones sociales (cada vez tienen más, pero esperemos que el ejemplo adulto no cunda tan rápido) y suelen tener una perspectiva muy personal de todo lo que sucede a su alrededor.


Su capacidad de mirar para otro lado y darle la vuelta a la tortilla es inimaginable. En cierto modo me recuerdan a los viejos pero con menos malicia (alguna tienen, pero son inexpertos y eso se tiene que notar). Sus asociaciones de ideas son maravillosas y logran estimular el cerebro de cualquiera que se interponga entre la realidad y su cosmovisión.
Clarividentes, desinhibidos y frescos. Da igual su procedencia o el estrato social al que pertenezcan, las criaturas siempre encuentran una manera muy sui generis de justificar un discurso descarado o sin pies ni cabeza.


Pero claro, no a todo el mundo le parece adecuado... “No digas eso” “No hagas eso” “No pienses eso” son algunas de las frases que más repiten padres y maestros. La mayor parte de las veces lo que digan o hagan nos parece defectuoso y alocado, pero en el fondo, es igualmente razonable al de cualquier adulto. Eso no quiere decir que sea válido (¿Quién decide eso?), sino que las convenciones quieren menospreciarlo e invisibilizarlo.
Y para homenajear a todos esos pequeños deslenguados, hoy les traigo cinco libros que celebran las perspectivas infantiles y las guardan entre sus páginas, no solo para hacer las delicias de los lectores, sino para recordarle a los adultos que los defectos pueden transformarse en virtudes.


El primer título que traigo a esta pequeña miscelánea es Singular, un álbum de Susana Rosique que ha publicado por la editorial Narval y ya va por su segunda edición.


Como bien sabéis, en los hormigueros reinan el orden y el trabajo. Todas las hormigas siguen las instrucciones y curran sin cesar. Bueno, todas no, hay una hormiga que de vez en cuando se sale por la tangente y disfruta de las cosas hermosas que encuentra por el camino, algo que no gusta al resto. Un día hay un gran problema en el hormiguero y será precisamente ella, con su capacidad de observación y su ingenio, quien hallará la solución.


Con mucho collage digital, el uso de pictogramas y una narrativa muy secuencial que hace honor a la vida ordenada de estos himenópteros, tenemos un libro con un discurso libertino y esperanzador donde las voces infantiles resuenan una y otra vez. Hay una escena que siempre me arranca una sonrisa triunfanl, ¿adivinan cúal es?


En No a todas las niñas les gusta el rosa, David Pintor nos da su peculiar perspectiva sobre los estereotipos de género utilizando para ello su voz y la de su hija Nara -su mayor inspiración en esta etapa creativa-, para aupar el único libro de esta tanda en el que el adulto minimiza esos "defectos" infantiles que tan poco gustan.


Echando mano de clichés como el color rosa, los peinados bonitos, el uso de maquillaje o los juguetes dirigidos a las niñas, hace una crítica humorística utilizando una clara disyuntiva entre texto e imágenes, un recurso que redobla el doble sentido y nos hace pensar de lo lindo.


Sin discursitos buenistas y un estilo muy característico, el autor gallego apela a la elegancia para abrir un melón que lleno de detalles hermosos donde el cariño entre un padre y su hija es el verdadero leitmotiv de una narración basada en preguntas y respuestas que son el pan de cada día para muchas familias.


El tercer libro de esta tanda es de Juan Arjona y Christian Inaraja. Todos mis defectos, un álbum editado por Libre Albedrío se sumerge también en el modus vivendi de un chaval que, según todos los adultos que lo rodean, está lleno de defectos.


Es muy desordenado, tarda horas en darse un baño, le echa la culpa a su hermana de cualquier trastada, hace muecas en mitad de clase o no se cansa de escuchar en mismo cuento una y otra vez. Sin embargo, él, con la inocencia que suele caracterizar a la infancia y una nota de humor, sabe sacarle jugo a cualquier situación.


Sencillo y directo, el texto de Juan Arjona, juega en primera persona con las diversidad tipográfica y el extrañamiento, un recurso que nos hace esbozar una amplia sonrisa y al mismo tiempo ayuda a posicionarnos en el papel del protagonista. Sobre las ilustraciones decir que son coloristas, complementan al texto, ahondan en los detales y, sobre todo, ayudan a ese juego de alternancia dialógica que nos propone esta simpática propuesta editorial.


El penúltimo título de esta serie es Feliza, un pequeño álbum de Mo Gutierrez Serna y la editorial Thule.


Feliza es una enana muy maja que tiene un montón de virtudes. Bueno… al menos, eso piensa ella, porque a tenor de lo que dice o hace, podríamos decir lo contrario. Objetiva o subjetivamente está claro que es una niña y que, por ahora, se conforma con serlo, que al fin y al cabo, es lo mejor que puede hacer.


Disyunciones textuales (no es lo mismo lo que piensa que lo que verbaliza), vaivenes tipográficos (¡Me encanta el dinamismo!) e ilustraciones minimalistas (¡Lo que se puede decir con unas manchas de color...!) donde el tamaño relativo importa, nos embeben de esa inocencia tan característica de la infancia que todos necesitamos para sobrevivir a cualquier etapa de la vida.


Para terminar hay que echar mano de Shinsuke Yoshitake y Mis razones, un libro-álbum que acaba de publicar Pastel de luna, una de sus editoriales de cabecera en España, y que, como no podía ser de otra forma, está lleno de fantasía y buen humor infantiles.


Como en el libro de Arjona e Inaraja, el japonés echa mano de los defectos que tiene el niño protagonista, a ojos de los adultos (sobre todo de su madre). En este caso, el crío, echa mano de un sinfín de razones tan inverosímiles, como absurdas, para justificar comportamientos como hurgarse la nariz, morderse las uñas o saltar en la cama.


Con sus diagramas explicativos, imágenes secuenciales, repeticiones de concepto o perspectivas cinematográficas, Yoshitake da un giro de 180 grados a la perspectiva y nos habla de disparar rayos de felicidad a los demás, comunicarse con los topos que habitan el subsuelo o domar sillas. Ahora toca saber las tuyas.
Merece la pena darse un paseo por sus páginas y disfrutar con la inventiva de este niño que, transforma sus defectos en virtudes, algo con lo que siempre comulgo desde esta condición de niño-monstruo que la naturaleza me ha dado.

viernes, 1 de mayo de 2020

Hogares y sentimientos encontrados



Primero de mayo. La primavera se enardece y las temperaturas amenazan con un estío prematuro. Gritos infantiles se mezclan con el trinar de los pájaros. La yerba verdea, irrumpen las flores. Y aunque pienso en todo lo agradable que todo esto despierta, una extraña sensación recorre mi espinazo. La esperanza incierta, esa de la nueva anormalidad que se cierne sobre nuestras cabezas. Harto de estar entre tus cuatro paredes pero agradecido de seguir disfrutándolas. Prefiero no pensar y quedarme acurrucado en tu abrazo de setenta y cinco grados Fahrenheit, un refugio en el que mecerme a pesar de la ausencia de eso que llamamos libertad.

[…]
Un día, llega el sol
espléndido y alegre,
como si fuera un rey.
Con su luz y calor,
vuelvo a querer ser verde.
Despierto a mis amigos:
¡el frío se ha marchado!
En mi traje de hojas
tienen mil escondites
donde poder jugar.
[…]

Estrella Ortiz.
En: La casa de los pájaros.
Ilustraciones de Carmen Queralt.
2019. Madrid: Narval.


sábado, 12 de mayo de 2018

Sólo le pido a Dios que termine Eurovisión


Tras realizar mis tareas domésticas y echarme algo al buche, pongo la tele para dejar de ser un indocumentado (estoy peor que mis alumnos: viviendo en la ignorancia…) y me encuentro ¿a que no saben a quién? ¡Pues a la Amaia y el Alfred! ¡Otra vez! ¡La millonésima! (¿Notan ese deje ácido, verdad?) Sinceramente, me hallo hasta el escroto de estos nenes. Y no precisamente porque un servidor esté en contra de que los jóvenes hagan realidad sus sueños (cosa que debería pasar siempre), sino más bien porque no tenemos bastante con pagar los costes de la broma “eurovisiva” (y sus precuelas, claro está), sino que además nos toca sufrirlos a todas las santas horas del día (Resoplido)…
No es que canten mal (ni mucho menos), pero esta tortura vietnamita a la española se está yendo de madre por ñoña, insulsa y aséptica. Hasta la Rosa, con sus tragedias y miserias, tenía más guasa y sobrasada. O es que lo ibérico se está europeizando hasta cotas insospechadas, o es la imagen, el estereotipo juvenil hispano que se desea potenciar desde la televisión patria. Sólo faltan las de “Lo malo” para acrecentar este tormento... Sinceramente, esta noche nos toca festival de la canción y echo de menos a Massiel.
Hace cincuenta años que María de los Ángeles Félix Santamaría Espinosa (que así se llama)  ganó Eurovisión gracias a una canción del Dúo Dinámico y a las presiones “indepes” sobre Juan Manuel Serrat. Todo muy español (ya saben…) y nada que ver con este panorama tan apocado y pusilánime que llevamos padeciendo tres meses (que se dice pronto, ¡¿eh?!). Y como no me quiero poner negro confrontar personalidades (que si no, apaga y vámonos) sólo les dejo con esta entrevista sin desperdicio a la Massiel-ísima (no deja títere con cabeza esta pájara) y comparen ustedes mismos.
De repente, me paro a pensar y caigo en que todo este conreo (denótese el mancheguismo) se debe a una de esas cosas que nos hace humanos: la voz. Y es que las cuerdas vocales, el lenguaje, el habla, es lo que nos hace únicos frente al resto de los animales. Como bien dice José Fragoso en Mi voz, con ella nombramos a las cosas, podemos hacer pedorretas, contar historias, llamar a tus amigos, y, sobre todo, cantar (cosa que nos ocupa hoy). Y es que en este álbum ilustrado editado por Narval, se incluyen con mucho salero (menos mal que algunos españoles, a pesar de pulular por EE.UU., lo siguen conservando) toda una suerte de actividades que se relacionan con el mundo de las ideas y la palabra. En definitiva, un libro a caballo entre la ficción y la no ficción muy recomendable para parlanchines, vendepeines y cantantes en ciernes.
Y hasta aquí, la perorata del sábado. A ver qué pasa esta noche. Esperemos que el martilleo de “su canción” (ironías de los pronombres posesivos) no dure como los cincuenta años del “La la lá”, aunque por la parte que me toca, sigo diciendo de como Massiel, nadie (o en su defecto Salomé). Ea, así es la vida. Y Eurovisión.


jueves, 18 de enero de 2018

La evolución de la merienda española


Para saber lo mucho que ha cambiado la vida en nuestro país durante las últimas décadas, sólo hay que fijarse en una cosa, la merienda. Sí, sí, como lo oyen, no hay más que tomar nota del tentempié de media tarde para dar buena cuenta de que ya no somos lo que éramos. No sé si para bien o para mal, pero está claro que la comida es un fiel reflejo de que los tiempos han pasado.
Mis padres, muchos abuelos, se dedicaban un día sí y otro no al pan, vino y (por asomo) el azúcar. También alguna vez hacían migas dulces, sin chocolate la mayor parte de las veces ya que este se reservaba para algún día de celebraciones..., cumpleaños o comuniones,ya saben... No se vayan a pensar que hace cincuenta años la cosa era opípara: una cochera, cuatro sillas, un tablero que hacía las veces de mesa y pasando frío a base de sagato.
La cosa mejora con la llegada de la fruta. Que si una naranja, una manzana, higos, uva, melocotones en verano... pero vamos, que todo muy coyuntural, de temporada, como todo lo que se comía entonces. 


Tortas de chicharrones, bollos de mosto y mantecados eran muy puntuales. Poco a poco fue pasando el franquismo y el pan cobró popularidad, también los fiambres y el chocolate. Embutidos de todo tipo iban saliendo a la palestra, alcanzando su culmen en la era democrática, sobre todo en los ochenta, años en los que las madres cebaban con bocadillos de salchichón, chorizo y mortadela a cualquier despintado, y si no había para tanto, arreglao con cuatro onzas de chocolate. Bocatas y bocatas, de pico o de media barra, la cuestión era morder como si no hubiera un mañana. Los más afortunados podían llenarlos de jamón serrano, untarlos con Nocilla® (la española luce más) o foie-gras de lata (yo nunca he podido con este sucedáneo), y si no, hincarle el diente a una madalena o un trozo sobrante de bizcochada.


La cosa cambio con el petisuí, el pan de molde y la bollería industrial. Y poquito a poco, la dentadura y la tripa se nos fueron aflojando. Los triglicéridos y el colesterol aumentaban en la analíticas infantiles de media España, pero nuestro paladar se fue endulzando, y así pasaba, que algunos solo merendaban fruslerías de cualquier color y tamaño. Primero saladas, como gusanitos, quicos, pipas y arroz inflado, y después galguerías (chuches, para que me entiendan los de fuera de La Mancha), lean picapica, gominolas, regalices, moras, nubes, fresas de nata... en una palabra, guarradas.


Y de esta manera llegamos a nuestros días, en los que todo anda un poco entremezclado. Que si un plátano, bollitos de mantequilla con pepitas de chocolate, palmeras, zumos artificialmente edulcorados, yogures del nuevo milenio... El amasijo es tan variopinto que a veces hasta me da un poquito de asco.


En fin, menos mal que a pesar de las clases particulares, siguen siendo muchos los niños que se toman la merienda en el parque. Entre carrera y carrera, columpio por aquí, columpio por allá, alguna caída, riñas que no falten, y los gritos paternos, le van propinando un bocado y otro bocado. Aunque también es cierto que a muchos, como al protagonista del libro de hoy (¡Más que delicioso! ¡Altamente recomendado!), la merienda se le desvanece como por arte de magia, porque está claro que el parque sigue siendo una aventura, digan lo que digan. Gorriones sedientos, gusanos, peces saltarines y algún que otro perro se pueden agolpar en la tarde para hacer de este momento cotidiano, algo realmente especial.

Pablo Albo y Cecilia Moreno. 2017. La merienda del parque. Narval: Madrid

viernes, 3 de junio de 2016

Extrañando lugares desconocidos


Ayer, mientras estudiaba alemán (estoy peor que mis alumnos... ¡Que el cielo se apiade de mí esta tarde!), me topé con palabras como “Gefühl”, “Schadenfreude”, “Spiegel”, “Waldeinsamkeit” o “Zwischenraum”, unos vocablos que los germanos dicen con un golpe de voz pero que tienen un dilatado y poético significado (como ustedes pueden obviar casos y declinaciones, les animo a internarse en el diccionario y deleitarse con ellas). De entre todas estas, mi favorita es “Fernweh” o lo que quiere decir “el sentimiento de extrañar un lugar en el que nunca has estado”. ¿Bonito, eh?
No sé ustedes, pero un servidor, cuando fuimos presentados (-Román, Fernweh; Fernweh, Román), no pudo evitar imaginarse a Fernweh dentro de un libro... No sé si los libros te enseñan cosas (últimamente parece de des-enseñan), nos hacen más libres (algunos parece que llevan grilletes de tanto leer) o mejor persona (hay lectores que son seres horribles), pero lo que sí tengo claro es que son capaces de trasladarte a otros espacios en los que parecemos flotar, nos alejan de nuestras realidades y viajamos con la imaginación a destinos todavía no explorados o que debemos re-descubrir (hay sitios que, aunque conozcamos físicamente, parecen otros al pasar las páginas, y viceversa), y por supuesto, a otros estados anímicos.


Les confieso que me lo paso bomba cuando leo algun libro y salgo volando. No es algo que me suela suceder con frecuencia, pero si encuentro algún título que tenga ese extraño poder, no hay más que decir. Podríamos hablar de nuestro Quijote, de las Grandes Esperanzas de Dickens, de Eça de Queirós y su primo Basilio, de los Dublineses de Joyce, del Ruido y la furia de Faulkner o el Ébano de Kapuscinski, pero lo cierto es que, cuando el calor aprieta, algo de lo que empezamos a percatarnos este finde semana con previsiones de lo más calurosas, lo que apetece es irse al mar y abandonar las junglas de asfalto y cristal.


Por ello, teniendo en cuenta que necesitan cierta evasión y no pueden darse el capricho de coger el coche e irse de un lado a otro, he creído conveniente trasladarlos a las blancas y hermosas playas que sirven de marco a Glup, una exquisita novela gráfica (creo que la denominación de cómic, se queda un tanto corta en este caso) infantil de Daniel Piqueras Fisk y editada por Narval.
Con el azul del mar por bandera, una niña se zambulle en un largo viaje lleno de amigos, de recuerdos familiares, de las sorpresas que nos ofrece lo desconocido y, sobre todo, de la luz de las estrellas.


Así que, ya saben, mientras pululan por el Paseo de Carruajes del Retiro este fin de semana y recuerden con cierto anhelo el oleaje del mar, regálense un baño en este libro lleno de agua, el elemento perfecto para mojarse la sonrisa y refrescarse el alma...
Nada mejor para encontrarle sentido al llamado Fernweh.


martes, 29 de marzo de 2016

Bienvenida seas, primavera



Hace una semana que comenzó la primavera y, entre pitos, flautas y la semana santa, no le hemos dado una bienvenida como la que se merece en este lugar monstruoso. Así que... ¡al quite!
La primavera se erige como esa transición (no sé a qué se deberá mi predilección por estas estaciones que sirven de nexo a los rigores de otras menos señalables), como la antesala al calor estival, que, a pesar de las típicas y hermosas connotaciones que tiene, suele ser bastante descontrolada y, en algunas ocasiones, hasta furiosa (no les tengo que hablar de hormonas, astenia, alergias y climatología desapacible, que suelen acarrear más de un disgusto...).


Así que, poniendo enmienda a esta demora que han traído los días de asueto (uno necesita también hacer el mono), este último martes de marzo iniciamos el tercer trimestre del curso con dos obras primaverales de alto contenido poético: Osa de Lucía Cobo (ilustraciones) y José Ramón Alonso (texto), editado por Narval, y Un jardín, con Isidro Ferrer a las ilustraciones, María José Ferrada a las palabras y A buen paso a los cuidados editoriales.


El primero es un álbum ilustrado metafórico que nos desvela a través de imágenes preciosistas y cargadas de gran simbolismo, los cambios que se suceden en la naturaleza con la venida de esta época. El vehículo elegido por los autores para escenificar el transcurso del otoño a la primavera es la figura de una osa. Con un estilo figurativo y surrealista (el frío abriendose camino, descubriendo en la nieve de las lomas el dormitar del mundo; una primavera que dibuja la sombra de los árboles reviviendo y hace brotar la vida) narra lleno de romanticismo el viaje hacia la maternidad, un recurso de estilo literario bastante común.


En Un jardín, no sólo hay que atender a su gran belleza visual (el llamativo formato de un libro desplegable de casi 180 centímetros, el texto tranquilo y pausado, y las ilustraciones a modo de grabado), sino que hay que apuntar a un complejo argumento que lo hace delicado y sutil, potente y extraño. Se erige como un canto a los cambios personales que funden sueños y realidad, a la ligereza de la vida y, quizás, también de la muerte. La buena elección del formato (aporta una mayor sensación de amplitud y continuidad), los pequeños detalles en las ilustraciones (Lo limitado de la paleta de color... La dicotomía entre las escenas en las que aparece el señor Wakagi, ¿qué nos querrá decir?...) y la ambientación oriental, son tres bazas en este álbum de difícil clasificación.


¡Y bienvenida seas, primavera!

martes, 8 de marzo de 2016

Deseos hechos quimeras



A la quimérica Alejandra.

La vida está llena de quimeras, y no precisamente de esas criaturas mitológicas que habitaban en las mentes de los antiguos griegos, sino de otras más modernas pero igualmente peligrosas.
La naturaleza quimérica del hombre, la intelectual, no la física (aunque no sé muy bien que pensar..., que a más de uno/a le ha dado por ponerse el morro de un pato) nos lleva por el camino de la amargura, un poquito de cabeza... Unas veces pillamos lo que nos gusta de aquí, otras, un poquito de allí, lo vamos metiendo en el vaso mezclador y, con un poco de ritmo, nos sacamos una nueva idea de la manga de lo que debería ser y que nunca es. Así pasa, que vivimos un tanto confusos entre nuestra forma de actuar y pensar, una dicotomía que hace las alegrías y penas de esta especie razonada (que a ver quien es el guapo que logra encasillarse...).


El resultado unas veces nos llena de esperanza y otras nos asola de decepción, pero está claro que ante tanta impertinencia del yugo mundano, un servidor opta por la salida más fácil. Y para ilustrar, desgrano un caso cotidiano, la elección de pareja . El otro día me decía J., treintañera de buen ver, con bastante guasa, socialmente comprometida y mu' trabajadora (N.B.: Para más señas, pídanlas), que necesita un hombre hecho a su medida: amable, guarrindongo, graciosete, cultureta, canalla, educado, vegano (¡Qué plaga!), guapetón, aseado, currante y que la trate como a una reina. Yo le dije “O te esperas sentada, o lo pides por encargo”. Ella resopló (¿o fue un bufido?) y siguió con el desencanto. A lo que yo le contesté que en vez de ponerse trascendental debería coger un serrucho e ir juntando cachos; la fórmula más plausible de maravillarse con tan anhelado macho. Nos reímos mucho y el resto, como todo lo inútil, se esfumó en el aire.


En esas me hallaba cuando caí en la cuenta de que este argumento a caballo entre las utopías, los deseos, la creación, el juego de la vida y las quimeras se ha usado con cierta frecuencia en la Literatura (no se olviden de Mary W. Shelley y su famosa criatura) y en bastantes libros ilustrados. Es por ello que hoy les traigo dos de ellos de reciente hornada. Operación Frankenstein de Fermín Solís y editado por Narval, y Un regalo para Nino de Lilith Moscon y Francesco Chiacchio, publicado por A buen paso. Aunque los dos beben de este espíritu quimérico y tienen una línea ilustrativa parecida (aunque diferente perspectiva), son muy diferentes. Mientras que el primero se podría catalogar como una simpática secuela del clásico de Shelley adaptado a un contexto infantil y sin tanta mira discursiva, el segundo se parece más a los cuentos de hadas tradicionales (quiso recordarme a la Pulgarcita de Andersen y a los cuentos populares rusos, no sólo en la estructura, sino también en la forma) en los que los “donantes” (Propp dixit), desde la sombra, echan un cable al protagonista para hacer realidad su sueño.


Aunque ambos libros tratan desde una perspectiva diferente un mismo tema -uno a pinceladas y jolgorio y otro con profusa delicadeza (a veces excesiva)-, creo que pueden surgir sinergias entre ambos y despertar así en el lector discursos complementarios, nuevas quimeras.


martes, 22 de septiembre de 2015

¡Vivan los juegos de calle!

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Una vez hemos dejado atrás los terrores del verano (que no han sido pocos...), ha terminado la mejor feria de España, y he sentado a mis más de 140 adolescentes en sus correspondientes pupitres (cuando quieran se los presto y dan buena cuenta de que los maestros SÍ trabajamos), me congratula dar comienzo, un curso más, a este espacio lleno de tapa dura e ilustraciones a go-go, para hablar así de todo lo que nos incumbe (y lo que no... -ya saben que me encanta andurrear por las ramas-) a los monstruos.
Aunque serán conscientes de que tengo más vicio que un gato en las uñas (¿Quién duda de que haya visitado alguna que otra librería o devorado alguna que otra novela durante los meses estivales?), deberán creerme cuando les digo que he pasado el verano rascándome la panza, una parte de mi anatomía que, aunque poco protuberante, necesita de los más exquisitos cuidados, algo que no me ha restado mucho tiempo a la hora de darle cuerda a la cocorota (los que conocen el placer de pensar a la orilla del mar, me comprenderán con facilidad). No es dejadez lo que me embriaga (¡a un lado mojigaterías!, ¡lo mío son las cervezas frías!), ni me he dejado llevar por la pereza (¡qué cosa tan triste esa...!), sino que más bien he preferido envolverme en el aroma contemplativo de la vida mientras algunos se afilian a los nuevos partidos (ahora hay más despachos a los que entrar y más oportunidades para rapiñar), otros lloran un poquito en el mostrador de la trabajadora social de paguica en paguica (si no fuera por estos jetas no podríamos cotizar para la jubilación) y los últimos venden su alma al diablo con tal de que les publiquen un libro.

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Menos mal que ya ha llegado la Escuela, esa que da esplendor a los niños (algunos difieren aduciendo que siega las personalidades sobresalientes y homogeneiza a la prole) y llena de paz a los padres (en eso están todos de acuerdo..., ¡que los hijos dan mucho la vara!). Vomitonas, forro a raudales (Qué gastazo... ¡Docentes del mundo! Luzcan este lema en su solapa: “¡Yo también detesto los libros de texto!”) y, sobre todo, mucho olor a humanidad, llenan las aulas estos días. También me encantan esos cartelitos de caligrafías variopintas que colocan los alumnos sobre la mesa y nos ayudan a aprender sus nombres -¡con lo difícil que es recordarlos y lo fácil que resulta olvidarlos!- y lo desorientados que parecen yendo de un pasillo a otro, pero sin duda, cuando más me divierto es a la hora del recreo, cuando la algarabía llena el patio y algunos se atreven con juegos con los que se divertían no hace mucho. Y es que, a pesar de la vergüenza, todos nos envalentonamos cuando del escondite, el pañuelo, el balón prisionero y el churro (¡menos amagar, me encantaba todo lo que tenía que ver con este juego!) se trata, algo que nos recuerdan María Pascual (he de felicitarla por sus ilustraciones de técnica mixta sobre tabla, sencillamente exquisitas) y la editorial Narval en su ¿Sales a jugar? Así que ya saben, acompañen a sus vástagos al parque (que ya están bastante encerrados) y, mientras ellos botan, brincan, corren, riñen y gritan, disfruten de este veranillo tan agradable que aún nos suena. Yo, por mi parte, creo que me uniré a la fiesta..., a ver si bajo barriga...

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lunes, 27 de abril de 2015

Gente diferente


Muchos me tachan de excéntrico y todavía no entiendo el porqué. Soy una persona bastante normal, con una vestimenta bastante normal, con un coche normalito, con un hogar de lo más normal, una familia muy normal, una profesión que la mayor parte de las veces es normal y unos amigos que suelen ser normales (o eso creo yo...). Creo que, de entre lo poco anormal que hay en mi vida, podría citar esta afición mía por los libros para niños que, si extrapolamos a todos ustedes, concluiremos con que ninguno de nosotros es normal (¡Qué paradojas!).


Seguramente, esos que me definen y apelan a mi poca normalidad, se habrán basado en otras características menos evidentes y más fiables (¿Cuáles serán? ¡Tengo curiosidad!). A la espera de que alguno de ellos se pase por los comentarios y agudice el ingenio para sacarme de esta debacle que hoy me agita, he aquí las posibles razones… He pensado que quizá se deba a esa sutil ironía que utilizo a diario, que quizá sólo sea cuestión de mi impertinencia, quizá sea esa mezcla de amor y odio que suscito ante lectores y oyentes, quizá sea mi punto picantón y dicharachero, o quizá sea que todo lo anterior me da igual y que siempre he sido/hecho lo que me ha salido del pijo (la verdadera guía espiritual de un albaceteño de pro como el que soy).


Es curioso constatar que algunos toman esto de ser un bicho raro como insulto al honor, mientras otros necesitan destacar entre la muchedumbre a toda costa (esos siempre son los menos especiales y no puede verlos ni La Tana), pero los últimos lo digerimos con un respiro, reflexionamos sobre la vida y decidimos estar tranquilos con nosotros mismos, algo que nos hace ser atípicos a pesar de vacíos envidiosos, tristes aduladores, enteraos de poca monta, maquiavélicos caprichosos, extraperlistas emocionales y garrapatos energéticos que intentan robarnos alegría y bondad (condiciones “sine quibus non” para captar la atención del graderío) con la triste obscenidad del día a día.


Y sin haberlo pensado mucho, he llegado a la conclusión de que esa excentricidad que a algunos se nos presupone, no es más que tener una personalidad que sepa adaptarse a la vulgaridad del mundo sin renunciar a nuestras propias particularidades que, a fin de cuentas, son las que nos hacen extravagantes y únicos. La misma lectura que hace Fermín Solís (un autor de cómic que se ha internado en esto del álbum ilustrado) en Mi tío Harjir, un álbum ilustrado editado por Narval que, con sencillez y un toque de humor, nos traslada el exotismo de las personas diferentes, especiales y, sobre todo, auténticas.