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martes, 23 de mayo de 2023

Lugares de cuento


Todavía no logro entender muy bien el GPS. De hecho, siempre que lo utilizo, prefiero usarlo a modo de mapa y prescindir de todas esas prestaciones que nos ofrece, incluido el abanico azul que te va indicando la dirección. Me saca loco. Yo me aclaro mucho mejor con los planos impresos. Busco las referencias oportunas, los muevo, los oriento a mi antojo y termino hallando la salida a cualquier laberinto.
Benditos mapas, geografías a escala, espacios mínimos que nos guían en lugares desconocidos e inhóspitos, nos ahorran tiempo y nos dejan circular a nuestro libre albedrío. En unos sitios son muy necesarios y en otros, totalmente prescindibles. Nombres de calles, museos, monumentos, parques y veredas. Todo cabe en un mapa.
Amsterdam, Copenhague, Atenas, Ciudad del Cabo o Marrakech… No solo son útiles a la hora de transitar por espacios reales, sino que también nos ayudan a comprender espacios ficticios. Tanto es así, que podríamos decir que muchos nos ayudan a comprender relaciones que nos presentan la literatura, la historia o las matemáticas.


Tanto es así que hoy me detengo en Cartografía del cuento popular, el nuevo libro de Nono Granero que acaba de llegar a las librerías gracias a la editorial Ekaré. Con el subtítulo de Una colección de mapas para recorrer cuentos de la tradición oral, este libro encuadernado en rústica, parte de una exposición que se inauguró en Úbeda en el 2022 y sigue itinerando por parte de la geografía española, visitando lugares como Tres Cantos o Guadalajara. .
Concretamente, es un compendio de doce mapas (hasta la fecha el autor ha realizado dieciocho) que representan una serie de geografías basadas en cuentos de la tradición oral. Blancaflor, La flor del Lililá, Las tres naranjas del amor, Piel de piojo, aro de hinojo, Los tres cabritos, Los tres pelos del diablo o El gallo Kirico, son historias que han ido de boca a oído durante muchas generaciones y que, quizá, hoy día, parecen diluirse entre otros productos culturales con más tirón.


Al seguir patrones y arquetipos, muchos de estos relatos cuentan con diferentes nombres y versiones, algo que el autor ha resuelto tomando como referencia las siglas ATU que aparecen en la página anterior a cada mapa. Esta nomenclatura procede del catálogo internacional de cuentos populares elaborado por Anttii Aarne, Stith Thompson y Hans-Jörg Uther para reunir bajo un mismo denominador las diferentes versiones de un mismo cuento alrededor del mundo.


Otro punto a favor de este título es la creatividad de Nono Granero, que presenta cada mapa en un estilo diferente y añade unas notas al respecto al final del libro. Tenemos mapas medievales llenos de tipografías góticas, letras iluminadas y filigranas (La madre raptada, el gigante que no muere y los animales agradecidos), otros que recuerdan a la época de las grandes rutas comerciales (Las Tres naranjas del amor), perfiles topográficos que representan cordilleras y montañas (El príncipe durmiente) o planos de metro contemporáneos (Juan El Oso).


Detalles curiosos, infografías variadas, guiños al álbum (¿Han visto el castillo de Los tres bandidos de Ungerer?) y a obras maestras de la pintura -véanse las de El Bosco-, o préstamos de la mitología hacen de este libro un juego de referencias interdisciplinar que huye de lo repetitivo y se adentra en nuevos bosques. 
Una opción inmejorable para encontrarse con relatos, que bien escuchamos durante nuestra niñez, o que no hemos escuchado jamás. Para conocer un patrimonio común que, como siempre digo, es el germen de montones de productos culturales que no solo están presentes en la esfera de lo literario, sino en el cine o las artes plásticas.

lunes, 25 de mayo de 2020

Las banderas son del pueblo



De entre todas las cosas que han acontecido durante el fin de semana, me quedo con la polémica sobre el uso de la bandera española, un emblema que empieza a suscitar mucho interés. Era de prever teniendo en cuenta que nuestra enseña estaba acumulando mucho polvo y que es en situaciones extremas como la que vivimos, cuando recobra sentido el estado-nación.
Nunca he sido de exhibiciones patrióticas y mucho menos de símbolos, y si a ello unimos que ya soy bastante español, evito los excesos que abarroten y engalanen (cosas de la estética). Esto no quiere decir que no entienda y apruebe que otros luzcan nuestra bandera como les salga del pijo, más si cabe cuando no hacen daño a nadie.


Es por ello que ando bastante extrañado con que un amplio sector de la población -el mismo que ha renegado de ella por motivos partidistas durante mucho tiempo- se haya echado las manos a la cabeza porque otro amplio sector se dedique a colgársela por toda su anatomía cual árbol navideño. A lo que yo objeto: si nuestra bandera es un símbolo constitucional y pertenece a todos los españoles, ¿por qué no han hecho gala de ella todos los habitantes de este país que lo deseen desde el 6 de diciembre de 1978?
Que si apropiación indebida, que si provocación, que si violencia y que si un montón de razonamientos más que criminalizan el uso de la rojigualda y ponen en evidencia que algunos sólo se sienten cómodos luciendo nuestros colores durante las competiciones deportivas (para lo que hemos quedado…), mientras que para otras celebraciones prefieren exhibir símbolos como la bandera republicana -un hecho cuanto ni menos paradójico pues muchos dábamos por hecho aquello de la transición-.


Si tanto les molesta, lo que deberían hacer es dejar de asociar nuestro estandarte con apelativos del pasado que tanto hacen por perpetuar el mito maniqueo de las dos Españas y, si les apetece, lucirla como mejor les parezca. Porque la patria, la nación, es de sus ciudadanos, no de sus políticos, y la bandera, como símbolo, aparte de representarnos es de lo poco que nos queda para sentirnos parte de un colectivo que comparte alegrías, desencuentros y penas como las vividas durante esta pandemia, y de paso, reconocer como nuestros, los muertos de vecinos, amigos y conocidos que, aunque piensen y voten de manera diferente a nosotros, también han sufrido mucho durante los últimos meses. 


Con tantas banderas de por medio, hoy viene al pelo traer a este sitio de monstruos La bandera de Amalia, otra de las novedades de Ekaré con Nono Granero a la pluma e Ina Hristova a los pinceles. En este álbum colorista y con un sabor muy agradable (me recuerda al del pan con vino y azúcar), se nos cuenta la historia de una costurera que recibe el encargo de elaborar una gran bandera que engalane la plaza del pueblo durante las fiestas de otoño. Amalia, la protagonista elige las mejores telas y se pone manos a la obra, pero una serie de percances la obligan a elaborar una bandera muy diferente a la oficial.
Muchos se limitarán a decir que este título es un canto a la pluralidad, también que le resta importancia a los símbolos -cosa que no sucede, pues el símbolo sigue aunque haya cambiado de forma-, pero lo bueno de los libros con enjundia es que tienen diversas lecturas. Y en la mía creo que Amalia, además de tener algo de los cuentos de antaño (ruecas, hilanderas, sastres, agujas y tejidos mágicos) y dar rienda suelta a su inventiva e imaginación para enfrentarse a los problemas, también ensalza el valor de la auténtica bandera, una que entrega desinteresadamente a sus vecinos para cobijarlos y ayudarlos. Una bandera bajo la que se resguardan los músicos de la lluvia, ejerce de sombrilla para un bebé y protege las cuerdas vocales del tenor local.
Sí, amigos, se ve que las banderas son del pueblo.



viernes, 21 de junio de 2019

De sanación marina y versos robados



Con ganas de olvidar los últimos marrones del curso (que no ha habido pocos) he pensado que me voy para el Mediterráneo a celebrar San Juan y prenderle fuego a todo lo insano, que ando un poco harto de tonterías, sobre todo de las gratuitas. 
Tumbarme sobre la arena, notar cómo me broncea la brisa, el rumor de las olas, el crepitar de las hogueras… ¡Eso sí es vida! Lo único que espero es que no aparezca ningún incauto para robarme la poesía, pues yo, de lánguido, lo justo y necesario.

Buscando experiencias fuer-
con su traje de hombre-ra-
se sumergió una maña-
esperando tener suer-

Quería ver un pez espa-
entre las aguas, no en tie-
o inspirarse en un pez sie-
nadando en la mar sala-

Y se puso tan conten-
al ver que, mientras nada-
enseguida se acerca-
Pero, ¡zas!, en un momen-
estos dos peces perver-
cada uno por un la-
en un tris le habían corta-
los finales a sus ver-

Flotando están los peda-
en el Mar de los Sarga-

Nono Granero.
El poeta submarinista se acercó demasiado.
En: Tarde en el acuario.
Ilustraciones de Carmen F. Agudo.
2019. Pontevedra: Kalandraka.


miércoles, 10 de octubre de 2018

Libros que brillan como el sol



No hacen más que anunciar que se acabaron los días soleados (no será el de hoy). Que por fin se avecina el fresco (“Ciclogénesis explosiva” lo llaman). Y a tenor de las rebajas ¿otoñales? del grupo Inditex (¡Oiga, qué precios!), yo discrepo. Lo siento señores monstruos, pero me fío más de Amancio Ortega que de los presentadores del tiempo (El de “La 1” ya no es lo era… Con ese cambio de imagen, la han cagado). ¿Se pasan el día vendiéndonos el cambio climático y ahora pretenden que nos traguemos esto…?
Seguramente el termómetro caiga unos cuantos grados, pero invertir la tendencia de los últimos años se me antoja imposible, más todavía cuando algunos nos hemos acostumbrado a rezar eso de “En España siempre es verano”, más “hot” todavía si nos paseamos por el senado, Benidorm o Mazarrón.


Y con este tole-tole climatológico, llego a uno de los álbumes que más me ha cautivado durante los últimos meses, El día que Baldomero robó el sol (Ediciones Ekaré). Y es que esta historia de mi siempre admirado Nono Granero, además de tener como protagonista al astro rey, huele a muchas cosas. Les diré el por qué…
En primer lugar tiene cierto aroma a tradición. Por un lado el autor incorpora a Baldomero, el pequeño diablo que desencadena la acción con una de sus jugarretas y que me recuerda sobremanera al Rumplestiltskin, el eterno antagonista de los cuentos tradicionales alemanes. Por otro, y gracias a unas ilustraciones donde priman los tonos ocres, plasma lo cotidiano de un pueblecito típicamente español, quizá un poco trasnochado (vean en sus muros y tejados cierto sabor añejo, cierto tiempo pasado).



También llamo la atención sobre la importancia que su autor da a la figura femenina en una narración que tiene mucho de hermosa. María y las vecinas del lugar son las verdaderas heroínas en una historia, tan cotidiana, como fantástica, que ensalza el necesario papel del ama de casa en todo tiempo humano. Porque a golpe de muñeca y tenedor, son estas mujeres las que hacen brillar de nuevo al sol.
Por último, y para ahondar en la poética y sus mensajes, creo que se antoja una lectura rutinaria, no sólo cuando subimos la persiana y corremos la cortina, sino a cualquier hora del día. Cuando vemos las noticias, cuando hacemos la compra, cuando reñimos con la familia… Porque habla de todos y cada uno. De lo poco que aportamos y lo mucho que conseguimos.


No me extraña que haya sido seleccionada en los White Raven de este año (echen AQUÍ un vistazo a todas las obras en castellano seleccionadas), pues es un libro con el que he recordado, disfrutado y soñado a partes iguales. Gracias.



miércoles, 29 de junio de 2016

De paseo por uno mismo


A pesar de la democratización del deporte (ya saben ustedes que hace unos años, la hípica o el esquí no estaban al alcance del populacho) y los hábitos de vida sana y saludable a los que nos abocan los medios de comunicación, la actividad física que más me convence es el paseo. No porque los traumatólogos estén llenos de atunes treintañeros que destrozan sus articulaciones a base de carrera de fondo y bicicleta (tengo en alta estima tendones y ligamentos..., necesito que duren el mayor tiempo posible,,,), sino porque el paseo, nos ayuda a disfrutar de lo que nos rodea a una cadencia ideal, a una velocidad que es la nuestra; sin ese ritmo vertiginoso que últimamente nos llena el cerebro de necesidades innecesarias y que nos permite pensar dejando a un lado la gravedad a la que nos acostumbran agoreros y trágicos.


Aunque me gustan los paseos en grata compañía, también son necesarios los caminos solitarios, esos en los que te evades de lo personal y te empapas de lo cotidiano. Por un lado miras el mundo pasar y por otro lo contemplas desde otra perspectiva más lúdica. Sonríes ante lo repetitivo del tiempo, por los resultados electorales, por la seriedad con la que algunos pasan, por la ligereza con la que otros pisan la tierra. También sonrío ante la estupidez humana, por nuestros miedos y complejos, de las sorpresas luminosas que te dan los amigos, del aprecio correspondido por los alumnos, de los regalos que nos hacen los desconocidos y de los besos que mendigamos.


No olviden que también es necesario hacer un alto en el camino, sentarse en un banco bajo la sombra de los tilos, y escuchar a los pájaros, las risas de los chavales, las conversaciones ajenas, o, absorto, ver gente, mucha gente pasar. Me entretiene ver a los demás, observarlos y jugar a las adivinanzas. Quizá muchos lo vean como una sandez, pero si les soy sincero, los parques y las calles me han abierto más la mente que cualquier otra cosa, no sólo por las sobredosis de realidad que te propinan (siempre superan a la ficción), sino porque avivan tu imaginación y te proporcionan argumentos y personajes con los que acompañarte.


Algo similar ha debido pasarle a Nono Granero cuando le dio forma a su ¿Un paseo?, un simpático libro editado por La Guarida Ediciones en el que René y Botón se pierden entre los muchos muchos recovecos que forma, no sólo la ciudad, sino el mundo.


lunes, 23 de noviembre de 2015

De hijos que superan las trabas


Esto de la docencia, como cualquier otra profesión en la que tratas con mucha gente al cabo del día, véanse camareros, médicos, recepcionistas o peluqueros, capacita a uno para dar un perfil sociológico y psicológico del pueblo llano. En el caso de los maestros, al ser expertos en chiquillos, desarrollamos la virtud (o el vicio) de saber como son los padres a tenor de sus hijos. Ríanse pero yo a veces tiemblo cuando los alumnos me hacen saber que sus padres me van a visitar, sobre todo si el adolescente en cuestión tiene algún problemilla de salud y me toca hacerles una cura de tremendismo. Al día siguiente llegan los progenitores, los saludo cortésmente, y me explican su problema ente una mezcla de conmiseración, una pizca de pena, dramatismo y lógica preocupación (los menos acuden a la falsa tranquilidad; incomprensible sujetar tanto las emociones...). Después del desahogo me toca a mí. Les digo que lo comprendo todo, que acudan a la calma y que tengo en cuenta el problema de su vástago, no obstante les animo a que abran el puño y dejen que su hijo/a aprenda a convivir con sus problemas, que coja la ayuda prestada pero que no abuse de ella, que tropiece, que se levante y que se esfuerce, en dos palabras, que viva. Pese a la cara de satisfacción, nos despedimos cordial y amistosamente, y se van con su desazón a casa porque, claro está, un hijo es un hijo.


Lo mejor de todo viene cuando el alumno en cuestión se deja sus prejuicios a un lado, saca el guerrero que todos llevamos dentro, se pone al quite y aprueba todo con unas notas más que aceptables dándonos una lección de superación personal a todos los que formamos parte del día a día y todo queda en agua de borrajas.


Esa es la historia que Nono Granero (me encanta la simbiosis entre humor y realismo que alcanza este hombre) y la editorial Milrazones en su sello infantil, Milratones, nos traen este otoño (¡por fin han llegado las castañas!) con Bolobo. Bolobo es un primate sin brazos con unos padres histéricos, temerosos, superprotectores, resignados y plastas (¡Esos padres también me chiflan! ¿Es que has trabajado conmigo, Nono?), que se dedican a contar lo “dura” y “difícil” que es la vida de su hijo hasta que Bolobo y el tiempo, traen otra perspectiva a sus cabezas... Resumiendo, que cuando alguno de estos familiares acuda a verme, voy a hacer hueco entre la montonera de libros y papeles de mi mesa, acercaré una silla mullida, le pondré este libro ante sus ojos y le diré: lea.


lunes, 1 de junio de 2015

De ferias del libro y postureo cultural


Tras consumir algunas horas de lunes y constatar que voy necesitando unas buenas vacaciones, me sumerjo en las redes sociales y constato que El Retiro ha sido el mejor lugar para perderse este fin de semana. Aunque han llegado libreros, editores, autores e ilustradores desde todos los puntos de España, ¿habrá hueco para los lectores? ¿Los auténticos lectores?...
Está claro que aquí, lo que interesa, es vender, y para vender, además de tener un producto medianamente decente, hay que darlo a conocer, darle visibilidad, exhibirlo, es decir, dejarse querer. Para eso están las pasarelas del cartoné (como la Feria del Libro de Madrid) que ejercen de vivo escaparate en el que lucir cultura y dignidad es el absoluto mandamiento. Por ello los estamentos literarios acuden en masa a tales encuentros, esbozan la mejor de sus sonrisas, se echan fotos con este y con el otro, y regalan muchos autógrafos… Hasta ahí, todo se mantiene dentro de la lógica comercial (que se ve que últimamente es lo que menos importa).


Lo que resulta más fuera de órbita es toda esa caterva de enteraos, meapilas y culturetas que intentan salir de su miseria a base de pasearse entre escritores y otros seres editoriales (¡No se piensen ustedes que los hambrientos son patrimonio exclusivo de políticos y millonarios!). Si no me creen, dense un paseo por las redes sociales y corroboren por ustedes mismos las ganas que hay de decirle al mundo lo cultos y leídos que somos, lo bien que invertimos nuestros dineros en papel impreso, y lo íntegros que somos al enseñarle a nuestros hijos lo que de verdad importa: pan y tinta, aunque sea con sangre (que es lo que más gusta, aunque no sea frita).


Parafernalias aparte (muchos apuntan a la Semana Santa sevillana o el camino rociero, pero pocos señalan el “postureo” que acarrean los eventos culturales… la misma mierda con saetas o sin ellas) cabe preguntarse: ¿Por qué al ser humano le gusta encriptar sus intenciones, envolverlas de un celofán brillante y tirar “p’adelante”, aunque sea con un libro bajo el brazo?
Sigan mis consejos y este verano, en vez de loción solar, embadúrnense de pringue cultural, una que enaltece el alma, nos traslada a un plano quasi-celestial y nos facilita el voto (¿Soy el único que está hasta los cojones de que algunos alardeen de votantes de primera por haber leído cuatro libros?… Qué lata eso de leer a Murakami y mear colonia…). Eso sí, antes de decir cuántos libros se han leído ante una panda de ignorantes (¡Qué costumbre tan mala esa de medirse las fuerzas en desigualdad de condiciones!), aprendan a distinguir entre ensayo y novela, entre un cuento y un relato, entre la rima y la narrativa, algo a lo que puede ayudarles La vaca Victoria, un personaje muy literario creado por Nono Granero (editorial Milrazones/Milratones) con el que bien vale mantener una conversación antes de acercarse por el paseo de coches del citado parque y estrenar moreno intelectual.