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lunes, 11 de octubre de 2021

El regreso del disco de vinilo


El disco de vinilo ha vuelto con fuerza. A pesar de que en los años 90 el CD desterrara al vinilo de las tiendas generalistas y las plataformas digitales on-line se hicieran con el cotarro musical en el nuevo milenio, el vinilo ha sobrevivido en tiendas especializadas. Y aunque les parezca un negocio más testimonial y romántico que otra cosa, siguen vendiendo esos grandes discos de plástico negro con dos caras llenas de surcos diminutos que necesitan de una aguja y una cápsula fonocaptora que vaya descodificando las vibraciones. De hecho desde el año 2015, la venta de discos de vinilo en Reino Unido se dobló en solo un año y ha ido aumentando tanto en países como EE.UU o Japón que está a pique de alcanzar al CD. ¿Por qué? He aquí algunas consideraciones que pueden arrojar algo de luz.


En primer lugar hemos de tener en cuenta el factor nostálgico y sentimental, uno que se acrecenta cuando la gente empieza a cumplir años. Y si además tenemos en cuenta que quiénes hoy día tienen poder adquisitivo son cuarentones en adelante, el sentimentalismo orientado al consumo hace el resto.
La segunda se basa en el coleccionismo, pues no hay que olvidarse de que muchas casas discográficas producen formatos diferentes. El CD y el disco de vinilo no tienen la misma imagen en la portada (suele ser mejor la del vinilo por el tamaño), algunos incluyen libretos enormes, varios discos… El vinilo tiene otro rollito, un aire más vintage que llama más la atención.


También tenemos un sonido diferente. Analógico y con imperfecciones, en el que una simple mota de polvo o una pequeña ralentización en el giro pueden modificar la canción que estamos escuchando. Una razón por la que muchos dj’s siguen utilizando este soporte para hacer sus mezclas y muchos melómanos con tiempo lo prefieren.
Por último me atrevería a hablar del carácter juguetón del vinilo, un disco al que hay alque darle la vuelta (¡Lo que corríamos mi hermana y yo para ver quién era el primero!), al que hay que poner a la velocidad adecuada (no es lo mismo el de 33 rpm que el de 45 rpm) y al que frecuentemente hay que limpiar -junto con la aguja del tocadiscos. Rituales muy necesarios en el universo de lo fácil.


Y así llegamos al disco que acaban de sacar Ediciones Modernas El Embudo para engordar su colección ¿Te suena? durante este septiembre. Un sencillo en tapa blanda que incluye dos canciones ilustradas, en la cara A El manisero y en la B, Un elefante se balanceaba.
Es así como remasterizan El manisero, una composición del músico cubano Moisés Simons (cuya autoría sigue suscitando cierta polémica), y Un elefante se balanceaba, la coplilla que todo el mundo conoce y que forma parte del ideario infantil, para disfrute de todos esos niños que además de contar hasta doce, quieren pasarlo en grande.


Gracias a la historia que Elena Odriozola ha ideado para conectar ambos hits, la lectura se enriquece a base de aprendizaje (si no saben cómo teje una araña su tela, este es el libro), juegos de búsqueda y manipulación del objeto-libro (¿Quién dijo que no nos pudiéramos balancear sobre las palabras?). Todo ello aderezado de toques de humor -fíjense en las guardas- y técnicas digitales que recuerdan al grafismo de otros tiempos.
¡Ah! Y no se olviden de que la música corre de cuenta del lector, ¡que no todo lo iban a poner ellos!

martes, 25 de mayo de 2021

Mimetismo laboral


Si hace unos años, décadas más bien, los jefes gustaban de trabajadores inquietos, arriesgados y críticos, parece ser que en los tiempos que corren, la necesidad de rodearse de operarios complacientes, serviles y conformistas es más que manifiesta. Así pasa, que a quien no siga los preceptos del buen esclavo y se rebele: leña al mono. Les incomoda que alguien piense por sí mismo, diga su opinión y se oponga al dictamen del pensamiento único, ciertas injusticias o una decisión equivocada, algo por lo que son desacreditados y ninguneados.


Es por esa razón que últimamente muchos optan por el mimetismo laboral, es decir, desarrollar discursos vacuos e inertes con los compañeros de trabajo, pasar lo más desapercibidos posibles, hacer lo justo y necesario, y, si toca, ejercer de palmeros del cortijero de turno.
Una actitud que se ve más todavía en ambientes laborales donde todos se conocen y respiran ese tufillo “familiar” (observen las connotaciones negativas del vocablo) casi obsceno. Espacios donde los prejuicios y sambenitos corren como la pólvora son lo peor que le puede pasar a todas aquellas personas que NO trabajan como autómatas.


No se equivoquen. Cunde la idea de que debemos reclutar gente especial, con ideas propias, creativa, sin prejuicios y resolutiva, pero la experiencia me dice que cuando muchos la encuentran… ¡Zas! ¡En toda la boca! Simplemente porque se dan cuenta que eso poco tiene que ver con lo aburrido, estéril y políticamente correcto que empapa sus vidas y frustra sus aspiraciones de vulgares caciques.
Les azora enormemente que alguien dude sobre el orden establecido, prefieren que nadie los arrincone contra las cuerdas. No sea que se busquen algún problema, deban responder ante otros más mediocres que ellos, o tengan que demostrar su calidad y valía.
Lo peor de todo es que esos no saben que  hay muchos tipos de mimetismo. Mientras que unos solo quieren salvar su pellejo (y salario) evitando ser el tonto de turno, otros se camuflan entre la muchedumbre con peores intenciones, pues pretenden engañar sus percepciones para que, una vez se acerque el momento, sacar provecho a raudales. ¡Menos mal que la naturaleza es sabia!


Y si siguen sin entenderlo, aquí les dejo con Émilie Vast, una especialista en esto del juego mimético, y su En lo alto, el libro que nos trae esta primavera Océano Travesía para hacer las delicias de quienes gustamos de descubrir camuflados.
Coatí busca frutas en el árbol cuando de repente ocelote cae sobre él por culpa de un accidente. Ambos comienzan las pesquisas para averiguar quién es ha sido el causante de la caída. Suben poco a poco a lo alto del árbol y se topan con otros animales como el ibis o el mono aullador que también creen que hay algo raro ahí arriba. ¿Darán con el culpable?


Una fábula ambientada en plena selva amazónica que además de presentar a un buen puñado de animales propios de aquellos lares, propone un juego de descubrimiento con cierto aire de retahíla, no sin olvidar un particular lenguaje estético donde las formas planas se adecuan a la mirada de los prelectores, algo que también sucede en su Korokoro.
Así que ya saben, si quieren llegar a lo más alto: mimetícense con el entorno.

lunes, 24 de mayo de 2021

De DANAs y ranas


El tiempo está tan loco que uno ya no sabe lo que va a encontrarse cuando sale de casa. Así me pasa… Me voy a tostarme a la orilla del mar después de tantos meses en este secarral, me pilla una DANA, y me veo rodeado de ranas en vez de alemanas. Ríanse, que no es para menos.
Y dirán ustedes que cómo es eso de las ranas. Pues les explico… Como sabrán, en la costa mediterránea, mi referencia playera y otros menesteres veraniegos, abundan arroyos, barrancos y ramblas, cauces de agua dulce estacionales que desembocan en el mar. Cuando llueve bastante, la fuerza del agua arrastra consigo todo lo que encuentra en su camino y la arena termina llena de batracios. Una pena, pues estos anfibios solo pueden vivir en agua dulce, ya que no están hechas para la elevada salinidad del mar. Es por ello que si las encuentran les harían un gran favor recogiéndolas para llevarlas a cualquier charca cercana.
Siempre me han llamado la atención, pues no son unos animales fáciles de observar, sobre todo porque se camuflan divinamente entre los juncos y las piedras, además de pegar unos saltos descomunales (de hasta ¡30 veces su propia longitud!), algo que se debe a unas patas traseras muy bien dotadas.
Aunque la mayoría de las especies de ranas se adscriben a zonas tropicales y subtropicales, se distribuyen por hábitats muy diferentes, e incluso pueden encontrarse en zonas con nieve y hielo (recuerden que son animales poiquilotermos, es decir, que no son capaces de regular su temperatura corporal y por tanto es muy parecida a la del medio). El estar por todas partes quizá se deba a que se alimentan de insectos (¿Conocen algún sitio sin moscas ni mosquitos?) que atrapan con su lengua, una que pueden lanzar muy rápido para cazarlas (¡hasta cinco veces más veloz que un parpadeos!).
Si bien es cierto que las ranas que estamos acostumbrados a ver suelen ser de colores verdosos y pardos, hay ranas con colores muy llamativos. Amarillas, azules o rojas, muchas de ellas tienen esos colores para avisar de que son peligrosas, pues producen toxinas en su piel que pueden producir la muerte, algo por lo que las tribus indígenas de zonas como el Amazonas las utilizan para envenenar sus flechas.
Grandes –las hay que pueden pasar casi 3 kilogramos- o pequeñas –de unos pocos milímetros-, brillantes o cornudas, todas las ranas pertenecen a los anfibios, nombre de un grupo de animales que significa “ambas vidas” y hace referencia a los estados de renacuajo y rana adulta que se pueden observar en su ciclo de vida gracias al proceso mágico de la metamorfosis.
Para terminar decirles que si oyen croar a las ranas durante las noches de verano, deben saber que son los machos llamando la atención de las hembras, mucho más tímidas, nada que ver con la protagonista del libro de hoy, uno que seguro que todos conocen gracias a la canción popular en la que se inspira. Cu cú cantaba la rana es otra de esas coplilla populares que Elena Odriozola y Ediciones Modernas El Embudo rescatan para dicha de muchos monstruos, jóvenes y no tan jóvenes, que necesitan decirle al mundo que siguen siendo niños.
En esta ocasión, la premio nacional de ilustración acompaña la archiconocida melodía con una historia paralela en la que una niña juega con los personajes de madera creando las diferentes escenas que se van narrando en la letra de la canción. Además, este teatrillo de papel, incorpora un juego de adivinanzas y observación para el lector, ya que va presentando las siluetas de dichos personajes, pero no desvela cómo son, lo que favorece la observación y la anticipación del espectador.
Si a todo esto añadimos unas guardas con una propuesta lingüística muy plural, el librillo es redondo, ya que además de incorporar nuevas voces al clásico, desborda la imaginación y ayuda a la conservación del patrimonio inmaterial de la infancia.
Y si quieren verlo por dentro visiten el perfil de los monstruos en Instagram.

jueves, 18 de junio de 2020

De mocos y mascarillas



Gel desinfectante, alcohol y lejía por un tubo, pantallas de protección, guantes de nitrilo… Si a los take-away, el comercio electrónico y los grandes grupos farmacéuticos, sumamos la industria química y de la higiene, ya están todos los que  están haciendo el agosto con esta crisis virulenta (Y lo que te rondaré, morena).
No se nos deben olvidar las omnipresentes mascarillas, un artículo que va encaminado a acabar con nuestro cutis, nuestras fosas nasales, nuestra capacidad pulmonar y nuestra visibilidad (Cuando alguien muera atropellado ya se inventarán algo para que no se empañen las gafas…).


Dirán que exagero, pero a pesar de su efectividad (todavía sería mayor si se hubiera obligado su uso antes y durante la pandemia) lo de la mascarilla es un guarreo, sobre todo cuando se reutilizan más de lo debido (consecuencias de un gasto más que debemos acometer de nuestro bolsillo en una época de inflación y sinvergoncerío brutal).
Fíjense hasta donde llega la insalubridad de las mascarillas que el otro día la Inma sufrió una infección nasal casi apocalíptica que la llevó hasta urgencias con media cara hecha un cuadro picassiano. Antibióticos por un tubo y cuidadito con el uso de la mascarilla fueron las recomendaciones del otorrino.  


No es de extrañar pues la mascarilla es un nido de mierda que hay que sanear con regularidad (por eso el gobierno alemán le ha dado el visto bueno a las de tela, que con un poco de lejía y lavadora, van). Piel muerta, gérmenes, polen y mucha miseria van impregnando los tejidos del bozal y ya la tenemos liá.
Y es que no olvidemos que nuestro cuerpo, muy sabio, se dedica a fabricar secreciones de naturaleza acuosa para amalgamar todo tipo de bichos y sustancias nocivas y expulsarlas al exterior. Saliva, sudor y sobre todo mocos se dedican a eliminar las guarrerías que nos invaden y de paso luchar contra la sequedad del medio aéreo al que nos hemos adaptado a lo largo de los millones de años.


Ya saben, no menosprecien a los mocos, que además de desempeñar una labor la mar de importante, tienen funciones más lúdicas, algo que me lleva hasta un pequeño álbum de Elena Odriozola que se basa en Yo tengo un moco, una coplilla infantil de toda la vida en torno a la que muchos se han iniciado en esto del universo de la rima.
Sin obviar una retahíla que a modo de disco rayado invita al acercamiento sinfónico y verbal de las palabras, hay que llamar la atención sobre otros aspectos de este libro publicado por Ediciones Modernas El Embudo, un álbum que se compone de una secuencia de imágenes en las que una serie de personajes se dedican a entretenerse con un moco.
Así y desde su posición privilegiada, el lector-espectador se dedica al voyerismo más divertido, uno que divierte y avergüenza a partes iguales, pues se identifica con cada una de las ilustraciones al tiempo que activa el resorte de lo escatológico. Ver como otros juguetean con ese material verdoso y plástico que se halla en las profundidades de los orificios nasales, además de asqueroso, tiene su lección de vida.
Si a todo esto añadimos que poniendo nuestro pulgar en la esquina inferior derecha y dejamos pasar las páginas rápidamente, el libro se transforma en una suerte de cine de dedo que añade valor a la idea primigenia, el resultado es cuasi-perfecto.
Feliz jueves y recuerden que ¡para sonarse los mocos hay que quitarse la mascarilla!

miércoles, 3 de junio de 2020

De punta en blanco


Por si tienen memoria de pez, les recuerdo que hemos pasado los tres últimos meses en chándal. Incluso los hay que no tienen ningún pudor en confesar que de chándal nada y que el pijama ha sido su mayor aliado. Sólo el Alfon se ha encasquetado sus mejores galas para asomarse a la terraza y esperar a que le cagara algún pájaro. No sé si lo habrá conseguido pero a él solo le importa lucir tan divino como siempre.



Mirando el lado positivo, además de evitar el desgaste de nuestros mejores outfits, hemos ahorrado mucha agua, bastante detergente, una gran cantidad de electricidad (que la lavadora no centrifuga sola) y algo de plancha (que yo soy de esos).
Por quienes más lo siento es por todos aquellos que se han dedicado a las compras on-line, sobre todo si se han decantado por las prendas de entretiempo, ya que además de la consecuente desactualización, deberán esperar todo un año para sacarles el provecho (si es que se atreven a exhibirlas entonces). 
Tampoco se nos pueden olvidar las lorzas, unas que a golpe de aperitivos han ido ensanchando nuestra anatomía, encogiendo los pantalones, y acabando con la autoestima (¡Como si no tuviéramos bastante!). Lo único que puedo recomendarles es que acudan a su establecimiento de confianza y renueven el fondo de armario. 


Y con tanto hato y trapo hoy me paseo vestido con un librito bien simpático de Elena Odriozola y Ediciones Modernas El Embudo. Ya sé vestirme sola es uno de esos álbumes que tiene un poco de todo y que logran encandilar a cualquiera. Empezando por el tacto del papel y terminando por la encuadernación (cierto encanto artesanal), este libro dirigido en principio a pre-lectores y primeros lectores (me lo tomaré como un cumplido porque lo que es a mí, me ha encantado) nos presenta una historia cotidiana en la que una niña aprende a vestirse.
Echando mano del mismo marco espacial (una habitación con un armario abierto, la niña protagonista y un rincón con ventana donde descansa un perro), se plantea un pequeño juego de adivinanzas en el que descubrir dónde va puesta cada prenda de vestir gracias a sus páginas desplegables es otro acicate para la lectura individual o compartida (eso de abrir el doblez tiene algo mágico, más todavía si le imprimimos misterio).


Con un lenguaje económico pero muy acertado, la autora nos presenta un momento cotidiano de autoaprendizaje que se va enriqueciendo con pequeños detalles (¿Se han fijado en cómo se mueven las nubes a través de la ventana? ¿En quién las habita?) que despiertan el interés por la yuxtaposición de palabras e imágenes. En definitiva, un libro redondo y bien trabajado del que cualquiera puede echar mano si decide ponerse de punta en blanco. ¡Que ya va tocando!

miércoles, 29 de abril de 2020

Renacer




Dejando atrás el tirón de orejas del lunes, me asomo por la terraza y veo unos cuantos niños con sus respectivos padres danzando entre los árboles del parque (Sí, he tenido mucha suerte. No veo el mar pero al menos puedo respirar y sentir el sol sobre la piel). Primero fue el trino de los pájaros y ahora las voces infantiles. La cosa progresa adecuadamente. Esperemos que no se trunque de golpe y porrazo.


Dejo la mirada perdida y empiezo a cavilar. Si estos dos meses se nos han hecho eternos a los adultos, cómo habrá sido para ellos. No puedo ni imaginármelo. Seguramente cuando pase el tiempo y si la situación no se repite (que todavía tengo mis sospechas al respecto), no quedará ni el más mínimo atisbo de ello, pero hoy por hoy, son muchos los que siguen preguntándose “¿Qué pasa aquí?”


Es lo que se desprende de los mismos gestos y palabras que se escuchan cuando un niño vuelve a tomar los parques y las calles. El brillo vuelve a sus ojos. Es como si el viento fresco, las caricias del sol, avivasen un espíritu que ha ido mermando todas estas semanas. Sensaciones que me traen a la memoria multitud de situaciones y personajes de la Literatura Infantil como el renacer de Campanilla o cuando los niños de La materia oscura son separados de sus daimonion. Hay algo mágico en esos momentos.


Lo hermoso de reencontrarse con lo cotidiano, cuando la vida vuelve a nosotros inesperadamente, es un instante único. Porque a pesar de que cada uno vive con unas circunstancias diferentes, todo se resume a la misma cosa, el tiempo que disfrutamos de lo que deseamos, en definitiva, de lo libertario.
Perder, encontrar, renacer… Ese es nuestro devenir constante desde la niñez, el que nos lleva por los derroteros más insospechados de esa aventura extraña que es nuestro día a día. Y así, con actividades ordinarias que se convierten en extraordinarias continuamos la semana gracias al buen hacer de Imapla (Inma Pla para los conocidos) y la editorial Océano Travesía, que esta vez nos sorprenden con Lola y Peret (sí, sí, como dos genios del flamenco), un par de personajes entrañables que disfrutan de lo real y lo imaginario a partes iguales.


En Lola: tooodo un día en el zoo, nuestra protagonista visita el parque zoológico durante el día. Elefantes, jirafas y gorilas hacen las delicias de la niña hasta que se pone a llover y su madre tiene que llevarla a casa para continuar arropada por esos mismos animales entre las sabanas para construir sueños imposibles.
En Lola y Peret: tooodo el día en el circo, Lola se ha hecho mayor y tiene un hermano pequeño. Su madre los lleva al circo para que disfruten de los acróbatas, del hombre-bala o del forzudo. La función termina y tienen que volver a casa donde, creyéndose artistas, se ponen a juguetear con la cena…


Ambas historias se nos presentan como libros acordeón que por un lado se pueden contemplar como escenas aisladas, pero por otro permiten experimentar la continuidad del tiempo. Además, la siempre detallista autora, interviene la última escena del día con un elemento troquelado (la puerta: elección simbólica y maravillosa), para abrir un universo en el que la imaginación se abre camino en dos narraciones donde los detalles escondidos y el contraste entre los colores y las formas básicas dicen muchísimo.

martes, 2 de octubre de 2018

A las puertas de la palabra



Desde un lugar privilegiado (¿Ya han descubierto en Instagram donde se halla el monstruo aquí firmante?), uno que me traslada a un tiempo remoto en el que la televisión, internet y la mayor parte de los libros que encuentran por estos lares no existían, creo necesario darle alas al pasado, a la tradición, no sólo para mecerlos en este martes que nos augura el comienzo de una semana otoñal (parece que la noche va refrescando), sino para conversar con aquellos que fuimos y que no sé si volveremos a ser.
Ya sé que retornar al pasado no es un ejercicio que guste a todos. Muchos se niegan a echar la vista atrás para verse reflejados en unos días donde no existían las comodidades que disfrutamos en el presente, que sería involucionar, pero el caso es que estos comportamientos, a priori inofensivos, están condicionando nuestro modus vivendi, incluso en el ámbito de la palabra y la lectura, lo que aquí nos ocupa.


Y es que a este curioso observador le resulta sorprendente, casi alarmante, que, dentro de la adquisición de las destrezas lingüísticas en las primeras edades, exista un analfabetismo (iba a decir desconocimiento, pero me ha parecido un término bastante suave) manifiesto. En guarderías y aulas infantiles se escuchan pocas canciones y menos trabalenguas. Los padres no tienen ni puta idea de qué nanas son las mejores para acunar a sus hijos, desconocen retahílas que se acompañen de juegos y otros quehaceres. Sin embargo viven preocupadísimos por el bilingüismo o las competencias digitales. Se han olvidado de que hablar -ya no digo leer y escribir- viene antes.
Rodeado de padres primerizos, constato a todas horas que mientras ellos se dedican a encender los dispositivos móviles para entretener con vídeos a sus vástagos, son los abuelos quienes, a través del habla y sus vericuetos, se hacen cargo de abrirles las puertas al sitio de las palabras, a su cadencia y musicalidad, a su acento y significado. Por un lado me alegro de que alguien realice esta tarea tan necesaria, pero por otro no puedo evitar cierta congoja al ver que muchos de esos progenitores brindan a otros, o peor todavía, a la tecnología, esa hermosa relación, ese vínculo especial que germina cuando abrazas con una canción de cuna a una criatura.


No se equivoquen. Los enteraos no les pedimos que se dediquen de manera profesional al folclore, a recuperar leyendas y sones tradicionales, sino que amplíen su catálogo verbo-lúdico a base de pequeños gestos. No hace falta recorrer pueblos perdidos o bucear en enciclopédicas bibliotecas, sólo basta con pedir prestados viejos cuentos, rimas y canciones. ¿A quién? En su derredor tienen la respuesta.
Y si no la encuentran no se apuren, hoy les dejo unos cuantos: frescos, sinceros, sencillos y delicados. Así son todos los cuentos de fórmula que incluye Antonio Rubio en su 7 llaves de cuento, un librito ilustrado por Violeta Lópiz y editado por Kalandraka que recomiendo una y otra vez desde que en 2009 viera la luz por primera vez. Un breve pero más que nutritivo preludio para adentrarse en el bosque del verbo, en la antesala de lo poético. Breves, estructurados, perfectos. Así son estos ecos del tiempo. Sonoros, ágiles y cercanos. Para que las palabras marquen el ritmo cardíaco. La razón por la que deben seguir sonando.



lunes, 28 de mayo de 2018

Ternura infantil para empezar la semana



Empezamos una nueva semana y considero que hay que darle un bonito aire (¡Lo bien que le sientan las tormentas a mi alergia!), no sea que empeore esa indigestión que suele ocasionar la jornada laboral del lunes. Así que hoy, si me lo permiten y en loor de eso que los monstruos llamamos retahílas y canciones breves, me permito la licencia de traer a este espacio (así, de sopetón y sin preámbulos vitales) uno de esos libros tiernos y redondos que tanto gustan a padres y niños pequeños, no sólo porque se desborda más allá de las páginas, sino porque la idea está muy, pero que muy bien lograda sin caer en clichés y repeticiones enfermizas.


Diez deditos, un libro de la escritora australiana Mem Fox y mi siempre admirada Helen Oxenbury, ha sido reeditado por Kalandraka este mes. Es un libro para prelectores y primeros lectores (como todos los la semana pasada) que toma como excusa un texto repetitivo y acumulativo para internarse en el ideario infantil. Aunque son muchas las reseñas que defienden este título con ese mensaje buenista del “Todos iguales, todos diferentes”, un servidor, que abomina de toda la caspa progre que pulula en el mundo del libro infantil prefiere ser conquistado por otras cuestiones menos someras.


En primer lugar cabe destacar que las autoras no sacrifican la idea inicial en pro de ese mensaje de tolerancia, sino que éste pasa a un plano más secundario. Sobre todo porque prima el juego de palabras, e incluso la posibilidad de desbordarlo en un juego de contacto, más que exaltando esas diferencias que recogen los niños representados en las ilustraciones, el otro punto interesante de este álbum.


Y es que el pincel de Helen Oxenbury, a pesar de caracterizar a cada niño dependiendo de su procedencia, raza o credo, presta más atención a la gestualidad infantil, a sus juegos, incluso a sus riñas, al contacto que existe entre ellos, a su ternura, que a lo multicultural, esa premisa que tanto vende en ciertos círculos hoy día. Por lo menos es con lo que yo me quedo, que estoy harto de que me vendan moralinas.
Así que, ¡feliz lunes con estas rimas sencillitas que me parece que más de uno se va a hinchar de cantar!

Hubo un bebé que nació
en un lugar muy lejano.
Otro nació el mismo día
en un hospital cercano.
Y los dos bebés tenían,
como bien se puede ver,
diez deditos en las manos,
diez deditos en los pies…


miércoles, 11 de mayo de 2016

Analizando ilustraciones con John J. Reiss



Tomando como excusa la reedición de dos obras de John J. Reiss, Formas y Colores, por parte de la editorial Blackie Books, y teniendo en cuenta que la ilustración puede considerarse una disciplina artístico-pictórica, no tanto por las técnicas utilizadas (a veces se utilizan técnicas tridimensionales como en la escultura), sino porque el soporte elegido para su reproducción es bidimensional, me atrevo a proponerles un análisis visual de las ilustraciones de ambos títulos, algo que hasta ahora no he hecho en este lugar monstruoso repleto de libros con imágenes.
Los que acogemos la pintura o cualquier medio de expresión artística bidimensional como afición o profesión, sabemos que, dejando a un lado la calidad de la ejecución, existen una serie de elementos que la condicionan enormemente. Estos elementos (o signos, cuando nos referimos al lenguaje gráfico) se dividen en plásticos e icónicos. Como cada maestrillo tiene su librillo, y un servidor sabe que muchos lectores del libro-álbum desconocen los plásticos (los icónicos se basan en la experiencia previa y el contexto cultural, más accesibles, espero, a todos), he decidido utilizar los parámetros plásticos clásicos que, a mi juicio, nunca fallan.
Antes de empezar hay que decir que estos dos álbumes y sus ilustraciones se prestan a este tipo de análisis, no sólo por considerarse álbumes gráficos en los que el elemento ilustrativo tiene un mayor peso que el narrativo, sino por tener muy poco texto, un elemento que, aunque verbal, tiene cierta importancia debido a su naturaleza tipográfica como elemento físico y compositivo dentro de la doble página. Así que, al lío...
Respecto al PLANO DE EJECUCIÓN, es decir, el espacio total en el que se desarrollan las imágenes de estos libros, debemos decir que son dos, la página sencilla y la doble página, que vienen definidas por las dimensiones del formato, en este caso a la francesa, es decir, más alto que ancho y en vertical, unos 27 cm x 22 cm (similar al bastidor universal número 3 de tipo figura). Llamar la atención de que no existen márgenes en ninguno de los casos.
Sobre la COMPOSICIÓN o los elementos que se incluyen en ellas, podemos hablar de varios tipos dependiendo de la disposición de estos en el plano (N.B.: las denominaciones que siguen son de mi propia cosecha) como por ejemplo


la composición de “dos tercios un tercio horizontal”, 


la de “paisaje”, 


la de “figura”, la “doble figura” 


o la de “página y dos medias páginas” que se repiten alternativamente a lo largo de las secuencias que constituyen ambos volúmenes.
Atendiendo al PESO, hay que destacar que en la mayoría de las ilustraciones está muy conseguido pero destacar que en algunos casos no está bien definido, sobre todo por el juego que se establece entre los colores del fondo.
Los CENTROS visuales están claros en ambos libros, por un lado tenemos la omnipresencia de las figuras y por otro lado los colores. Llamar la atención sobre los personajes que aparecen en las ilustraciones que, aunque son llamativos para el lector, funcionan como meros apoyos expositivos.


Dependiendo de las diferentes composiciones tenemos diferentes EJES DE VISUALIZACIÓN, es decir, los recorridos visuales que realiza el espectador, el lector. Los hay verticales de arriba a abajo, horizontales a doble página, circulares y por viñetas. Hay que llamar la atención sobre la repetición rítmica de las diferentes composiciones, lo que ayuda al lector a familiarizarse con ellas y poder establecer un esquema mental de dichos ejes.


Hablemos también del EQUILIBRIO. La estabilidad de estas ilustraciones, aunque tienen muy presentes los aspectos ya tratados, está basada en dos elementos que veremos con posterioridad (color y forma) y que consiguen un buen balance de los valores en cada página / doble página. Todo es coherente y consistente; a veces demasiado estático, macizo, que bien mirado desde el punto de vista del primer lector, puede constituir una baza inmejorable.


Para terminar decir que el autor decide prescindir de la LÍNEA (ausencia de límites en los elementos ilustrativos) y la TEXTURA (colores planos y sin volumen) a la hora de desarrollar las ilustraciones de estos libros, y prefiere darle un mayor protagonismo al COLOR y la FORMA. Ambos elementos son los verdaderos leitmotiv de estos libros, en lo que podemos sumergirnos, curiosear y extraer conclusiones... Reiss consigue el equilibrio en las composiciones a doble página usando colores complementarios (amarillo-violeta; rojo-verde; azul-naranja) y rellenando los huecos vacíos con el negro y el blanco (como he hecho notar antes, también hace que la tipografía sea importante dentro de la composición), como ocurre en Colores. En el caso de Formas, aunque la complementariedad también está presente, Reiss prefiere utilizar el cromatismo, las tonalidades y las diferentes gamas dentro de una misma ilustración, dándole cierta cohesión y ritmo.


Como nota decirles que, si tienen objeciones y/o sugerencias, háganlas, estoy abierto al aprendizaje y al debate con todos aquellos que, como amateur o como profesionales, saben más que yo de estos asuntos.
Y no se olviden de lo dicho, déjense seducir por las ilustraciones de este autor que, aunque bien pueden parecernos sencillas, no sólo porque estos dos álbumes ilustrados estén dirigidos a los pre-lectores (en una edición bilingüe por cierto), sino porque a pesar de parecer básicos en cuanto a diseño, son exquisitas y tienen tanto o más intringulis que otras cualesquiera.

jueves, 7 de abril de 2016

Selección de boardbooks 2016


Como el formato “boardbook” (denominación que reciben en el ámbito internacional y que es traducida como libro-tabla o libro de cartón/cartoné) ha proliferado, tanto en calidad, como en producción durante los últimos años, en este curso 2015-2016 me permito la licencia de continuar con la labor que empecé hace ya seleccionando estos libros (ver AQUÍ algunas de ellas).
Al estar concebidos en cartón, son más duros y resistentes al trato que reciben por parte de sus lectores, generalmente niños de corta edad, que vapulean, muerden y golpean estos volúmenes de pocas páginas (una media de doce páginas por título). Aunque suelen estar orientados a iniciados en esto de la lectura (contienen juegos verbales, retahílas o pequeñas canciones y poesías para pre-lectores), hay veces que pueden contener mensajes más complejos aptos para lectores competentes.
No cabe duda de que es un formato en alza (antiguamente había poca oferta de este tipo de libros debido al elevado coste de producción que suponían, pero últimamente, el abaratamiento de la materia prima -se utilizan cartones más blandos y de menor grosor- y la competencia entre los impresores -chinos, sobre todo-, ha provocado una mayor presencia de estos en los catálogos editoriales), pero también hay que denotar que se realizan pequeñas tiradas de cada título y que cuesta encontrar re-ediciones de los mismos, a menos que sean super-ventas.
Todos estos libros utilizan ilustraciones de líneas sencillas y que destacan por su colorido (hay excepciones, como en todo, pero esta es la tónica general), son amables y divertidos, y algunos incluyen como complemento canciones sobre el contenido tratado o musicalizan el texto, un añadido que puede servir a profesionales de diferentes sectores -¡Atención maestros de infantil y especialistas de jardín de infancia!- a inculcar el gusto por la letra impresa.
Y sin más, les dejo con mi selección (N.B.: No he incluido títulos que ya he ido reseñando en otras entradas, con el fin de no ser redundante).



Rubio, Antonio y Villán, Óscar. Veo veo y Limón. Kalandraka.


StraBer, Susanne. El pastel está tan arriba. Juventud.


Porcella, Teresa y Queralt, Carmen. ¿Y el domingo? Combel.



Ortiz, Estrella y Ballesteros, Carles. El cerezo y La mariposa. La Fragatina.


Gamero, Laura y Callejón, Manu. Como atrapar al monstruo de tu armario, en 10 sencillos pasos. Barbara Fiore.



Del Mazo, Margarita y Moreno, Cecilia. 5 Patitos y Mi cara. Jaguar.


Ramadier, Cédric y Bourgueau, Vincent. El libro que duerme. Lóguez.



Wiehle, Katryn. Mi pequeña selva y Mi pequeño mar. Lóguez.


Alemagna, Beatrice. ¡Buen viaje, bebe! A buen paso.


Lancuza, Edurne. ¡Voy a jugar! Ekaré.


Chirif, Micaela y Salaberría, Leire. ¿Dónde está Tomás? Ekaré