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miércoles, 28 de octubre de 2026

Abuelos: todo un universo


Los abuelos ya no son lo que eran. Muchos pasan de obligaciones familiares. Se han dado cuenta de que la jubilación no es el fin. Que todavía les queda mucho por recorrer y disfrutar. Gimnasios, escuelas de idiomas, coros y rondallas, clases de baile y de pintura de costura. Y viajes, muchos viajes. Con tal de no pasar el tiempo explotados por sus hijos y nietos, lo que sea. Que ya está bien la broma. Total, ¿quién se lo agradece? Los unos crecen, se aferran a un móvil y ni musitan. Los otros tienen tanto que hacer y tanto de lo que quejarse, que solo se acuerdan de ellos en caso de necesidad o desahogo.
Ser abuelo no se resume en apoltronarse en el sillón y pasar la tarde viendo la televisión. Hay muchas formas de vivir la vejez y está fenomenal que la LIJ se haga eco de todas esas nuevas ópticas con las que encarar la tercera edad para dejar al lado esos estereotipos que nos han vendido desde antaño.
Y para que ustedes lo constaten, aquí les dejo seis propuestas sobre abuelos, seis visiones que se complementan unas a otras. Voces que disienten, que acunan, que permanecen activas y que cambian esa óptica un tanto homogénea sobre esas figuras que ensalzamos a pesar de su diversidad manifiesta (mis abuelas no se parecían nada entre ellas y las de mis sobrinos, mucho menos). Haberlos, haylos. Porque lo único que tienen en común unos y otros es haber tenido nietos. Manque ganen, manque pierdan.


Empezamos con La maleta, un álbum de Daniela Sosa publicado por Andana hace unos meses. Nos cuenta la historia de un niño que pasa las vacaciones con sus abuelos. Se aburre como una ostra porque todos los días son iguales. ¡Si al menos hubiera algún secreto que descubrir…! Y hurga que te hurga, el protagonista se encuentra con una extraña maleta en el desván. Cuando la abre encuentra un montón de cosas extrañas acompañadas de un sinfín de fotografías. ¿Quiénes serán esos desconocidos? ¿Conseguirá dar con la solución al enigma?


Con una trama sencilla y sin pretensiones, este libro explora la memoria familiar y el vínculo entre generaciones a través de los objetos. Como si de una cápsula del tiempo se tratase, la maleta es el interruptor que desata una pequeña serie de pesquisas que, incorporando pequeños detalles y enlazan las escenas, ayudan al protagonista/espectador a descifrar el pasado de aquellos que le rodean.


Desde el punto de vista técnico, destacan los detalles como las guardas peritextuales a modo de prólogo y epílogo, el uso del color para contrastar el presente con el pasado, la alternancia de planos para imprimir cierto dramatismo cinematográfico y el viñeteado de las escenas que insufla dinamismo a la acción. Un trabajo sencillo, pero con una bonita funcionalidad.



Seguimos con otra aventura vacacional, en este caso la de Lobito en Palmeras y caracolas, una nueva entrega de esta serie de Magali Clavelet que ha publicado Flamboyant recientemente.
En la casa de Lobito los juguetes están viejos, los rotuladores están secos y las galletas están muy duras. Está hasta las narices de la rutina y necesita un cambio. Qué mejor que irse de vacaciones con sus abuelos. Se baña en la playa, disfruta de las rosquillas de la abuela, gana el primer premio de esculturas de arena y recoge trozos de vidrio pulidos por las olas. ¡Todo es maravilloso! Pero después de seis días como ese, Lobito empieza a echar de menos otras cosas…


Dirigido a primeros lectores, esta aventura ahonda en esa ilusión desmedida que los niños vuelvan sobre las vacaciones. Las expectativas están a la altura de la realidad y los cambios de rutina, si están acompañados de unos abuelos más que activos y volcados en el ocio, se agradecen sobremanera. ¿Quién no ha ansiado que llegue el fin de semana para irse a dormir a casa de sus abuelos? Otra cosa es que eso se convierta en algo cotidiano.


Con unas ilustraciones coloristas, personajes expresivos y cambios en el tamaño de las escenas que alternan secuencias de situaciones y grandes planos generales, el libro se acerca a situaciones con un punto de vista muy simpático donde contrastan las estampas evocadoras y un sinfín de detalles graciosos (fíjense en la colina del Hombre o las esculturas playeras) en el que podemos encontrarnos todos, que bien pensado, ya es mucho.



Nos detenemos en Mi yaya, el álbum de Begoña Montañés y Mercè Calí que acaba de editar A fin de cuentos. Sin lugar a dudas es el libro más emotivo de toda esta tanda ya que rinde un sentido homenaje al vínculo entre abuelos y nietos a pesar de la distancia que los puede separar. Y es que nuestro protagonista piensa que su abuela es todopoderosa como los superhéroes. Viaja en el espacio y en el tiempo, puede leer su mente y le hace muy feliz. ¿Acaso no es suficiente para pensar que lo es?


Con un lenguaje tan sencillo como evocador, Begoña Montañes utiliza la voz infantil para ahondar en las relaciones intergeneracionales desde una perspectiva inocente que ayuda al lector de cualquier edad a sumergirse en la experiencia propia, hacer esos momentos suyos y encontrar otros similares. Es decir, participamos en esa poética de lo mínimo y lo cotidiano que, a modo de cuaderno de notas nos habla del tú a tú.


Por su parte, Mercè Galí sigue fiel a su estilo en el que la economía de un lenguaje basado en líneas sencillas, los pequeños detalles en collage fotográfico, la caracterización cómica de los personajes o el uso de una paleta de color limitada (destacan el blanco, rojo y gris), construyen una historia ágil, agradable y con un buen sabor de boca.



Continuamos con Un novio para mi abuela, un libro de María Lavezzi publicado por la editorial maña Apila, que aborda con ternura y humor la soledad, el amor familiar y la importancia de la compañía durante la vejez.


La abuela protagonista vive sola. Bueno, sola, sola, no. Vive con su perro, Felipo. Y además, no para de hablar. Casca por los codos. Si tuviera pareja tendría a quien darle la murga y de paso podría jugar con su nieta. Así que, ni corta ni perezosa, la chiquilla pide ese deseo mientras sopla las velas de su tarta de cumpleaños. ¿Se hará realidad y encontrará a su media naranja?


Desde una perspectiva muy divertida (¿Por qué la mayor parte de las historias de hoy echan mano del humor blanco para desarrollar ese lado entrañable de las protagonistas?), los retratos (ese catálogo de posibles pretendientes me ha parecido una delicia. ¡Viva la diversidad en la tercera edad!), un giro fortuito en el guion y el epílogo que arranca una carcajada a modo de títulos de crédito (¡Todos queremos un gurú sentimental!) me ha parecido una historia honesta para regalar a todas esas personas viudas que quieren tener nuevas relaciones.



Llegamos a Nina y Tita, un álbum de Beatriz García-Huibrodo y Raquel Catalina publicado por Kalandraka que da buena cuenta de cómo han cambiado los tiempos para todas las abuelas.
Y es que nuestra protagonista está un poco extrañada. Sus libros dicen que las abuelas siempre llevan el pelo recogido en un moño blanco, cosa que no les sucede a ninguna de sus dos abuelas. Una lo tiene blanco pero largo y suelto. La otra, rubio y corto. También ha leído que caminan despacito o con bastón. Mentira. Sus abuelas andan muy deprisa e incluso montan en bicicleta. O que están cocinando dulces a todas horas. Y de eso nada, que a una de ellas le encantan las parrilladas, mientras que la otra se pirra por una ensalada. Entonces, ¿a quiénes se referirán todas esas historias que ha leído?


Con una estructura muy asequible para los primeros lectores, utilizando comparaciones graciosas y un golpe de efecto final, las autoras desmontan los estereotipos asociados a las personas mayores para acercarnos personas activas, independientes y con una forma de vida nada tradicional. Del mismo modo, incorporan una pequeña crítica al mundo de la LIJ e invitan a reconsiderar las representaciones de las abuelas en estos productos culturales.


Además de describir esa realidad a la que alude el texto, las ilustraciones incorporan otra línea narrativa en la que la niña y sus padres van preparando una fiesta de cumpleaños. Todo parece un juego de descubrimiento en el que las imágenes van incorporando detalles de manera silenciosa que contextualizan las escenas finales.
Un libro muy sencillo para poner de relieve que todo cambia y que las relaciones intergeneracionales no dependen tanto de la edad, sino del espíritu de quienes intervienen en ellas.



Para terminar con esta pequeña selección de abuelos tenemos Mi madre me contó que mi abuela, un álbum de Rosa Álamo, editado hace un año por Thule y que nos cuenta la historia de una abuela gracias a la intervención de una madre que le va trasladando a su hija los avatares de otro mundo, de otra época que resuenan en la actualidad. Abuela y nieta, nieta y abuela tienen muchas cosas en común aunque no se hayan conocido.


En lo que a la estructura narrativa se refiere, Rosa Álamo utiliza la frase que da título al libro una y otra vez. Una especie de mantra que hace hincapié en la importancia de la transmisión oral entre madres e hijos, no solo de historias fantásticas, sino de los acontecimientos familiares.


Sobre las ilustraciones, me gusta ese toque tan surrealista que bebe de autores como Hopper o Leonora Carrington. También los guiños a las grandes obras que aparecen representadas en los distintos cuadros que llenan las paredes de ese salón (y cuyos nombres y autores pueden encontrar en la página de créditos). Por último, la metáfora de la silla, ese trono omnipresente tachonado de unas flores que recuerdan a las de Georgia O’Keeffe y sirve de hilo conductor a toda una historia que no solo pretende convertirse en una alabanza a esas abuelas que probablemente muchos niños no han conocido, sino a su legado. Una idea donde conviven pasado y presente. Y teniendo en cuenta que estamos en los días previos a Todos los Santos, me parece un colofón final estupendo.

miércoles, 21 de octubre de 2026

Aventuras, cuentos y tragicomedia


Llega a las librerías El hueso prodigioso, un libro de William Steig que acaba de incorporar Blackie Books a su catálogo. En este álbum publicado por primera vez en 1976, el padre de Shrek nos cuenta la historia de Perlita, una cerdita que, a la vuelta de la escuela y recreándose en el panorama, encuentra un hueso parlante capaz de imitar sonidos y hablar diferentes idiomas. Pertenecía a una bruja, pero se cansó de ella y ahora busca un nuevo propietario. Su encuentro, además de forjar una bonita amistad, desencadena una aventura en la que deben enfrentarse a unos ladrones y un zorro hambriento que pretende merendarse a la chiquilla. ¿Conseguirán salir indemnes de sus fauces?


Son varias las cuestiones que han asomado en mi cabeza mientras lo leía. La primera es el buen ejercicio de intertextualidad que hace Steig gracias a dos de los cuentos tradicionales que recogen los hermanos Grimm: Caperucita Roja y El hueso cantor.
La de la capucha no solo se refleja en esa protagonista femenina que recorre el camino para toparse de frente con un depredador de apariencia un tanto engañosa, sino que Steig le da una vuelta de tuerca cambiando el arquetipo de víctima. Un golpe de efecto contemporáneo que le otorga el triunfo a la infancia.
Sobre el segundo guiño, hay que hablar del hueso parlante, ese objeto inanimado que realiza la labor de ayudante sobrenatural y al que apunta Propp en sus funciones. Este recurso, que ya utilizó Steig en Silvestre y la piedra mágica, modifica el curso de una historia previsiblemente tranquila y anima el cotarro. Además, si comparamos ambas obras, constatamos que hay diferencias discursivas: mientras Perlita utiliza el hueso para afrontar peligros, Silvestre debe enfrentarse a las consecuencias de sus deseos hechos realidad gracias a la piedra mágica.


Otros elementos textuales más que destacables son el uso de un lenguaje enriquecido (quizá a muchos les resulte enrevesado, pero yo lo prefiero a las simplezas que se publican hoy en día), los juegos verbales (fíjense en ese hechizo acumulativo) y los diálogos que se marca (pueden resultar tan ingeniosos, como absurdos).


Como en la mayor parte de sus obras, Steig asume tanto la escritura, como las ilustraciones, lo que propicia mucha coherencia entre ambos lenguajes (lo que viene siendo un álbum narrativo, vaya).
Si bien es cierto que las imágenes están elaboradas con técnicas tradicionales como la tinta y las aguadas, llaman bastante la atención los paisajes primaverales, esas pinceladas casi expresionistas y las estampas bucólicas del mundo rural de gran valor etnográfico.
También se hace notable la contraposición que hace entre luminosidad (escenas al aire libre) y oscuridad (escenas en interiores) para ayudar a la tensión narrativa.
Igualmente, toca señalar los recursos visuales para comparar escenas simultáneas (mientras Perlita llora, el zorro prepara la candela) o el uso de una secuenciación propia del cómic que imprime ritmo y dinamismo (Es una delicia ver cómo el zorro se hace cada vez más pequeño).


Algo que me encanta de las obras de Steig es la sobreactuación de sus personajes. Perlita es una actriz un tanto mediocre y bastante teatrera, el zorro un malvado muy ridículo y los padres de la cría dos pasmarotes que ni sienten ni padecen. Todo imprime mucha comicidad a las escenas y desata la risa del lector-espectador a pesar de respirarse la tragedia en varios momentos de la acción.


Para mi gusto, uno de los principales aciertos del libro es el equilibrio entre inocencia y amenaza. Perlita es curiosa y quiere conocer las beldades del mundo, pero también se topa con los peligros reales que este alberga. Un contraste que permite reflexionar sobre la autonomía infantil, su vulnerabilidad y la capacidad de resolver problemas sin recurrir a la moralina barata y paternalista.

lunes, 19 de octubre de 2026

Hacer el holgazán


Últimamente, tengo encima una perrería que no es normal. No sé si se debe al otoño galopante o que se abren tantos y nuevos frentes, que me he cruzado de brazos en señal de protesta. Cuando no es una cosa es otra. Estoy harto de obligaciones. Solo quiero rascarme la barriga. ¡Con lo bien que he vivido durante los últimos meses! Así ha pasado, que me he puesto como un atún del mar Cantábrico. Y no puede ser, que ahora me toca lanzarme desde un tercero para embutirme en los pantalones.


Eso de parar y dejarse llevar está de lujo cuando duermes como un campeón y sabes controlarte con la cuchara, el cuchillo y el tenedor. Si no, estás perdido. Y es que a muchos cuerpos humanos nos viene de perlas la actividad. Que si levantarse temprano, darle una vuelta a la casa, hacer unas flexiones, salir pitando para el trabajo, bregar con los alumnos, dedicarle tiempo a la cocina, comer a tu hora, cambiar la siesta por una hora de piscina, recorrerse toda la ciudad a base de recados y llegar molido a casa. Resultado: un bálsamo reparador que agradecen buche y cabeza.
Pasar el verano de cerveza en cerveza, de hamaca en hamaca y de verbena en verbena, es una delicia, pero los músculos y las neuronas se acostumbran y, poco a poco, blandean. No hay peores alimentos que la procrastinación y la pereza, más todavía si nos indigestamos. Descanso y juerga, en pequeñas dosis. El chute de vidilla justo y necesario.


Y así, haciendo un poder, poquito a poco, nos vamos animando y volvemos a la actividad, sin darnos cuenta. Como en Nana de nada, el álbum de Gigi Pataro que acaba de publicar la editorial Apila.
En esta historia con estructura de sketch, uno de los dos conejos protagonistas ha decidido no hacer nada de nada, algo que se encarga de repetir una vez tras otra a modo de mantra. De repente, aparece su amigo, que le invita a hacer algo. Autoconvencido de quedarse tirado a la bartola todo el día, le responde que no, pero, inconscientemente y con una pizca de curiosidad, comienza a interaccionar con su compañero.


Basándose en la disyunción, esta obrita bastante honesta y sin pretensiones, aborda el hacer o no hacer desde la inocencia y la contradicción infantil, algo que siempre pone un puntito muy chistoso. Producir o no producir, he ahí el dilema. Así, gracias al “algo” y la “nada” se construye una paradoja llena de surrealismo que, aparentemente, utiliza el diálogo de besugos, pero nos hace cavilar cuando leemos y miramos al mismo tiempo. Ver para creer.


Sobre los aspectos técnicos hay que animar al lector-espectador a fijarse en detalles como las guardas peritextuales que, además de funcionar a modo de prólogo y epílogo, resuelven la acción con un giro tan simpático como elegante. Tampoco hay que pasar por alto los juegos visuales basados en el uso de los materiales, las tipografías de color que asignan el contenido a los interlocutores y esa construcción tan especial que puede desbordar el discurso en las artes plásticas.
Y como creo que, por hoy, ya han tenido bastante reseña, tomo nota de estos dos lagomorfos, me coloco la corona y me voy a tirar a la bartola para decirle adiós a este lunes.

viernes, 16 de octubre de 2026

Amor extraterrestre


En lo que al amor se refiere, debo ser extraterrestre. O eso dicen los que me conocen. No es que no crea en tamaño sentimiento, pero déjenme decirles que soy bastante escéptico en esa afirmación que solo defiende el amor romántico. A lo largo de todos estos años, bajo mi experiencia y la de otros seres humanos a los que me siento cercano, he llegado a la conclusión de que hay muchas formas de profesarlo y procesarlo.
Fidelidad, cercanía, respeto, libertad… ¿Por qué solo prevalece esa imagen del amor cuando estamos hartos de ver parejas que no cumplen ni tan solo una de esas premisas? Solo tienen que tocar a la puerta del vecino y constatar que su concepción nada tiene que ver con la suya. Quizá tenga un harem de queridas, pero está loco por su esposa aunque esta no pueda satisfacerle sexualmente. Quizá se comporte como un corderito ante su señora, pero en la cama sea un tigre de Bengala. O esa compañera de trabajo que parece sacada de un monasterio pero sodomiza a su encofrador favorito.


El amor vive de estereotipos. Menos mal que la literatura se ha encargado de soterrarlos bajo historias más que complejas en las que los deseos, las frustraciones, las necesidades, las diferencias de clase o los traumas se entremezclan sin remisión. Hoy toca una de esas.
Con forma de poema y echando mano del humor, está incluida en la segunda parte de esa miniserie que Javier González le ha dedicado a los seres fantásticos a golpe de rima. Seguro que les encanta (sobre todo si han sufrido en sus propias carnes un desplante de estas características, como es mi caso). ¡Recomendadísimo!

Dije “Te quiero”
soportando tu gélida indiferencia o también podría ser
que no logres escucharme
debido al rítmico pero atronador
regurgitar emitido por tus orificios alimenticios.

Volví a decirlo, “Te quiero”,
renaciendo mis esperanzas al creer ver ruborizarse
la pegajosa y aleteante masa cartilaginosa de tus membranas.

Una vez más lo dije, “Te quiero”,
y en ese momento lanzaste sobre mí
un chorro de espesa masa verde
haciendo que me sintiera el más feliz de los enamorados
al confesarme de esta manera tu amor ¿o será que
te sentó mal algo que comiste ayer?

Javier González.
Mariposas y xenomorfos en el estómago.
En: Mi hermano es un marciano.
Ilustraciones de Lluïsot.
2026. Madrid: Pastel de Luna.

martes, 13 de octubre de 2026

Martes y trece (o cualquier día puede ser especial)


Martes y trece. Ni te cases ni te embarques. Menos todavía después de un puente. Por lo que pueda pasar. Que la última cena de Cristo se supone que fue tal día como hoy y miren cómo terminó.
Ya saben ustedes que esto de las supersticiones tiene mucha miga y los seres humanos nos montamos películas para justificar nuestra mala suerte. No es cuestión de fechas, ni de gatos negros, ni de escaleras, ni de espejos rotos. Más bien es el azar el que va construyendo el paso del tiempo. Si bien es cierto que vamos organizando nuestra existencia en horas, semanas y años, es mucho más interesante vivirlas que adjetivarlas.



Tragedias, fiestas de cumpleaños, decepciones, enfados estúpidos, discusiones airadas, abrazos conciliadores, carcajadas y lágrimas. No sé ustedes, pero un servidor prefiere ir añadiendo momentos a la memoria que pasar sin más las hojas del calendario. Esa cuenta atrás me exaspera, pues se parece más a la de un condenado a muerte que a la del lanzamiento de un cohete.
Será que soy muy orteguiano y me dejo llevar por la circunstancialidad. Probablemente todo se resuma en ese diálogo entre nosotros y el entorno. Quizá esa sea la clave para mirar la realidad: conocerla y asumirla. Lo difícil viene cuando hay que transformarla para que no nos engulla.


Y así, con tanta profundidad, me sumerjo en Hay días, un álbum de Daniela Sosa publicado por Andana este otoño que recoge un buen puñado de estampas de las rutinas infantiles. Una tarde en la feria, la primera nevada, la muerte de nuestra mascota, esa enfermedad que parece durar una eternidad, aprender a montar en bicicleta o una mudanza. Un sinfín de experiencias que por muy cotidianas que nos parezcan, suelen marcar nuestra niñez. Es por ello que las recordamos alegres, tristes, decepcionantes o emocionantes. En definitiva, las hay de todo tipo.


Este pequeño catálogo de instantes se articula sobre la frase que da nombre al libro y que sirve como fórmula narrativa en la lectura autónoma o guiada, en voz alta o silenciosa. Si bien es cierto que el narrador utiliza un lenguaje sencillo y accesible para prelectores y primeros lectores, las ilustraciones amplían la información gracias a esa complementación que favorece la identificación del lector en las diferentes situaciones que se describen y enriquece el discurso sirviéndose de detalles que pueden originar juegos de búsqueda (Fíjense en las guardas. ¿Acaso no parecen un juego memorístico?).


En lo que a la composición visual se refiere, decir que la mayor parte de las escenas se articulan sobre dos páginas, en ocasiones dobles y otras alternas. Mientras unas pretenden prolongar la acción y reforzar la inmersión lectora, otras buscan un efecto de sorpresa en el espectador al pasar la página.
Una propuesta poética, luminosa y honesta que podemos regalar a cualquiera para celebrar que seguimos aquí a pesar de la fecha.

miércoles, 7 de octubre de 2026

¿Humanidad o perrhijos?


Si yo tuviera una mascota, de entre todas las existentes, elegiría un perro. Me parece un compañero de correrías bastante amable, servicial, agradecido y, generalmente, tranquilo (todo depende del carácter y la educación, como en los humano). Uno de lanas, un labrador, un beagle, un galgo o un carlino. Todas esas razas me valdrían. Pero lo que nunca haría sería tratarlo como un perrhijo (perrihijo para la RAE).
Como ya he apuntado en otras ocasiones, no comulgo en absoluto con toda esa tontería que se ha desatado respecto a estos mamíferos en occidente, aunque he de admitir que es un fenómeno que me tiene entusiasmado, no solo por la cantidad de sandeces que hay que oír, sino por su lectura sociológica.


Por un lado, tenemos el encarecimiento de la vivienda. Si una pareja solo puede adquirir un apartamento de una habitación, ¿a quién será más fácil instalar? ¿A un chiquillo o a un perro? Evidentemente, al segundo, pues los canes pueden dormir en cualquier rincón. Por otro, hay que hablar de la precariedad laboral, pues los cuidados de un perro pueden adaptarse más a un presupuesto reducido y los vaivenes salariales que los de un niño. Pero lo que más me llama la atención es todo lo que se refiere a la convivencia y el retraso en la edad de paternidad/maternidad. Si una pareja es capaz de repartirse las obligaciones para con su perro, ¿será también capaz de hacerlo cuando lleguen los niños? Si le dan un poco a la manivela, todo esto me parece un poco peliagudo, pues la mascota no solo representa una antesala, sino ¡un experimento! 
La cosa no queda ahí. Tanto en España, como en muchos países occidentales, se han realizado reformas legislativas que amparan a estos "seres sintientes", de manera que se han regulando aspectos como la custodia compartida en los divorcios o su inclusión en los testamentos de sus dueños.


¿Acaso hemos confundido humanidad con humanización? Mientras piensan la respuesta y esperando que mis deseos de dueño perruno y las psicopatologías de algunas personas vayan desapareciendo, hoy nos dedicamos a Río, la perrita negra, el nuevo libro de Suzy Lee que acaba de publicar Libros del Zorro Rojo en nuestro entorno editorial. 
Inspirado en el encuentro real de la autora y sus hijos con un perro negro abandonado, este álbum nos cuenta cómo Río pertenece a un hombre que la tiene enjaulada. La vecina decide quedarse con ella, pero como su casa es demasiado pequeña busca a alguien con patio que se quiera hacer cargo de ella un tiempo. Así, Río encuentra a los hijos de la ilustradora y disfrutan todos juntos de las vacaciones. Hasta que llega el día en el que se anudan las clase y Río se queda sola…


Lee sigue empleando la economía en este libro. Los textos son breves y las ilustraciones se centran en la expresividad de la línea y la composición. Ambos se alejan de los detalles superfluos y la saturación para crear escenas donde la figura es la protagonista. Una especie de cuaderno de apuntes, de diario visual que nos aproxima a la intimidad autobiográfica del relato. Todo esto abre camino a la interpretación por parte del lector-espectador que se sumerge en una secuencia de fotogramas desdibujados sobre la que construir la narración, algo que me recuerda al exquisito Un día, un perro de Gabriel Vincent. 


Así, con espacios y silencios, la autora construye un álbum bastante conmovedor que ahonda en sensaciones bidireccionales entre el perro y los niños. De un lado, la soledad y el desamparo. Del otro, la ausencia y la pérdida. Los vínculos parecen graves, profundos y parecen beber de esa quietud oriental que perturba y encandila a partes iguales.
Llama la atención la presencia del color azul en las últimas escenas, un golpe de efecto visual que, sin demasiada definición (¿Es nieve, lluvia o pétalos de cerezo?), lo transforma todo en sorpresa, afecto, serenidad y, sobre todo, alegría. Mientras que en La ola, ese color tomaba las riendas de la acción, aquí la envuelve a modo de atmósfera.


Una obra que transforma una experiencia personal en una reflexión universal sobre el abandono, la profundidad de los vínculos infantiles y la adopción animal como forma de redención humana.

martes, 6 de octubre de 2026

Con la casa a cuestas


Conforme está el patio, quien consigue un alquiler decente o se compra una casa a buen precio no la suelta ni a tiros, no sea que se quede en la calle. Tanto es así que la vivienda se está convirtiendo en un factor limitante en lo que a movilidad laboral se refiere. Sobre todo en las regiones económicamente más dinámicas, lugares donde se generan las ofertas de trabajo más competitivas. A este paso, muchos propietarios le pondrán cuatro ruedas a sus hogares y le lanzarán a la carretera. Hemos llegado a un punto en el más valen cuatro paredes en mano, que ciento volando.
De hecho, no les miento, pues la adquisición de casas móviles y prefabricadas ha aumentado en España un 20% respecto al año anterior (a grandes problemas, ¡grandes soluciones!), una opción como otra cualquiera, más todavía teniendo en cuenta que estas construcciones cada vez se fabrican con materiales más livianos y resistentes, están mejor diseñadas y son más eficientes desde el punto de vista energético.


¡Ea! Tocará coger ideas de tortugas, cangrejos y caracoles, parientes lejanos que solucionaron sus crisis habitacionales hace miles de años. Mientras unos utilizaron los desechos orgánicos de otros animales para proteger su abdomen desnudo (y que van cambiando conforme se les queda pequeño), otros desarrollaron un caparazón óseo que forma parte de su propio esqueleto del que no pueden deshacerse. Quizá les lastren en lo que capacidad de huida se refiere, pero ganan en cobijo, lo contrario que a nosotros, que nos permiten vivir sin que nos saquen los ojos.


Y así nos detenemos en La milagrosa mudanza de la mansión mina de los Miller, un álbum de Dave Eggers y Jùlia Sardá basado en un hecho real y sorprendente de la historia estadounidense más o menos reciente. Publicado por la editorial Impedimenta, este libro recoge la historia de Annie Miller, una mujer casada con el dueño de una mina en Idaho que, tras enviudar y perder gran parte de su fortuna, decide criar cerdos para salir adelante. Como las ordenanzas municipales le impiden ser ganadera, decide trasladar su mansión victoriana con todas sus pertenencias dentro. Tras recorrer casi seis kilómetros, queda fuera de la jurisprudencia de la localidad y ella y su hijo pueden vivir en paz. Si quieres saber los pormenores de esta extraordinaria mudanza, no te puedes perder este libro.


Si bien es cierto que el argumento ya es un buen reclamo para la lectura, hay que señalar unas cuantas buenas bazas. Lo primero que hay que destacar es la voz de un narrador que no se limita a exponer los acontecimientos, sino que también recuerda a esos comentaristas deportivos que opinan, ironizan y anticipan. Es un buen recurso metaficcional, pues interpela al lector, se acerca a este y busca su participación en esa experiencia conjunta que debe ser un libro. Lo segundo es el uso de un lenguaje muy sonoro en el que aliteraciones y repeticiones imprimen ritmo y comicidad que desbordan el discurso con mucha comicidad (¿Se han fijado en el título? Cinco palabras que empiezan con “m”. Casi podría ser un trabalenguas).


Sobre las ilustraciones, me encanta toda esa paleta de color basada en amarillos, ocres, sepias y tostados que usa la Sardá. Me recuerdan a las fotografías antiguas, al tiempo que parecen hacer referencia al oro perdido de la protagonista. Líneas marcadas, paisajes angulosos y personajes bien caracterizados articulan una obra que bebe del lenguaje del cómic (caras expresivas, posturas dinámicas y unos puercos que parecen un grupo de “saloon girls” bailando cancán). 
Por otro lado, también nos ayudan a entender el contexto histórico, es decir, son imágenes que entretienen al tiempo que informan. No deben olvidarse de esa variante no ficcional tan importante en un libro documental que he incluido en esta selección de álbumes basados en historias reales.


Para los que quieran llevar más allá el discurso, aquí tienen la historia de una mujer resiliente y que sabe buscarse la vida para sortear los reveses de la realidad, que en aquella época ya era bastante. Annie no es tonta y eso me gusta, independientemente de su condición femenina, pues no es algo que se hayan encargado de ensalzar los autores. Sirva pues como ejemplo para todos, que la vivienda está muy mal y hay que tirar de ingenio para no terminar en la calle.

martes, 29 de septiembre de 2026

Dobleces


El ser humano está lleno de dobleces. No creo que exista mucha gente tan cristalina como para poder ver a su través. Tampoco es que sea necesario, pues agradezco un poco de vidilla en esto de las relaciones sociales. Estamos llenos de matices a pesar de nuestra insistencia en el maniqueísmo, esa forma de ver el mundo tan ancestral como absurda y que el español se empeña en llevar al extremo.
Por muy claras que tengamos ciertas ideas, nos encantan los claroscuros. Experiencia y circunstancialidad nos abocan a ellos. Ni blanco ni negro. Hay toda una gama de grises con la que podemos comulgar. ¿Izquierda o derecha? ¿Real Madrid o Barça? ¿Joselito o Juan Belmonte? No soy partidario de las filiaciones. Me aportan muy poco y siempre estoy abierto al diálogo. Comulgar no significa fanatismo, pues todo depende del ángulo.


Piensen en ciertos divorcios, en herencias y diferencias entre clanes. Probablemente todos los conflictos tengan su marco de lectura, pero se nos olvida con frecuencia que estos no solo pueden ser unívocos, sino que podemos encontrar nuevas perspectivas desde las que abordarlos. No sea que la liemos con los chiquillos, alguien acabe en el cementerio o con sus huesos en la cárcel. Dobles, triples o cuádruples. Las posibilidades siempre se multiplican. Como las del libro de hoy.


Doble Doble de Menena Cottin se estrena en España gracias a la editorial Yekibud. Aunque algunos conocíamos este libro en forma de boardbook gracias a la editorial Tecolote, Yekibud ha decidido publicarlo en cartoné, dotarlo de nuevas dimensiones y repensar una nueva paleta cromática en la que el rojo sustituya el naranja.
El álbum nos deleita con un juego basado en parejas de conceptos complementarios, generalmente antónimos, que se disponen en las páginas izquierdas. Al lado de estas palabras, Cottin dibuja una serie de quince imágenes realizadas con siluetas bidimensionales realizadas en blanco y negro que se disponen sobre un fondo naranja.


Gracias a las tipografías enfrentadas y un giro de 180 grados, la autora venezolana, nos invita a participar en una experiencia interactiva que consigue desplegar un universo mágico en torno al libro-objeto. Diseño, perspectiva y mucho juego nos hacen soñar a pequeños y grandes sin remisión.
Como el propio título indica, el título se enmarca en la duplicidad, en este caso de las imágenes y su percepción, una que inevitablemente pasa por el lector-espectador. Esto hace que el lector se cuestione qué parte de lo que observa es verdadera y qué parte depende de su propia interpretación gracias al lenguaje multimodal. ¿Principio o fin? ¿Abrir o cerrar? ¿Otoño o primavera? ¿Encima o debajo? Te va a resultar muy difícil elegir tu favorita.


Si ahondamos todavía más en lo discursivo, podríamos decir que la obra invita a reflexionar sobre la identidad, las apariencias, las primeras impresiones y la manera en que percibimos lo que nos rodea basándose en la semántica visual. Al tiempo que nos empuja al disfrute lúdico, entrena la mirada en esa búsqueda incesante de detalles que exploren los símbolos y la iconografía, que bien pensado, ya es bastante.