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lunes, 20 de enero de 2025

Copia que te copia


Últimamente me he aficionado a preguntarle a mis alumnos (sobre todo ellas) qué novelas están devorando. De tanto en cuento acudo a las librerías y ojeo los títulos. Mucho amor, bastante drama, humor blanco y todo muy políticamente correcto. Parecen calcos unas y otras. Lo único que cambia es el contexto y cuatro elementos lingüísticos. Leída una, leídas todas.
Lo más curioso de todo es que no se cansan de leer una y otra vez lo mismo. Quizá tenga que ver con esa tendencia tan pueril de la insistencia y la recreación, quizá sea un trastorno obsesivo compulsivo. O puede que todas esas copias estén tan logradas que logran encandilar a cualquiera.


A lo largo de la historia no han sido pocos los que han copiado. De hecho, el mundo de las ideas está lleno de copias. Tanto es así, que se piensa que solo unos pocos han sido verdaderamente originales. El resto solo han ido mejorando poco a poco lo que otros inventaron previamente.
Si bien es cierto que la copia mal entendida es un lastre para cualquier oficio, copiar tiene un lado muy positivo. De hecho, los que nos dedicamos a esto de la didáctica, creemos que es un ejercicio inmejorable, pues el que aprende se fija en los detalles, entiende el proceso creativo y afronta los problemas mucho mejor. Del mismo modo, ayuda a mantener nuestro patrimonio tanto científico, como humanístico.
Si nadie hubiese copiado los pergaminos y códices de la Antigüedad, ahora no tendríamos ciertas obras disponibles. Si los artistas no pudieran ir a los grandes museos a copiar a los grandes maestros, las jóvenes promesas no aprenderían las técnicas más refinadas y serían incapaces de utilizarlas en sus propias obras.


Quizá eso es lo que nos plantea Guridi en La copia, su último libro. Publicado por la editorial almeriense Libre Albedrío, este álbum de formato vertical en el que Guridi se divierte de lo lindo, no solo con la geometría y los guiños que construye a base de ejes de simetría y detalles mínimos, sino con ese juego en el que los espectadores se sumergen para buscar las diferencias entre unas ilustraciones que parecen haber sido duplicadas digitalmente, ¿o no? No subestimen la capacidad de los artistas para duplicar con exactitud. Todos han copiado mucho…


Del mismo modo, el texto se fragmenta a cada golpe de página y echa mano de las repeticiones para crear un efecto del eco muy acertado que resuena en unos lectores que entienden lo que quieren. Del mismo modo, si leemos las páginas izquierdas por un lado, y las derechas por otro, se abren dos nuevas historias, porque las copias, por muy copias que sean, también tienen su propia historia.


Aguadas negras, pupilas que se mueven, siluetas que se superponen y formas angulosas que contrastan sobre fondos circulares construyen una fábula, tan surrealista como inquietante que nos invita a pensar sobre el fenómeno de la repetitividad desde diferentes puntos de vista.

miércoles, 26 de abril de 2023

Un hambre voraz


Con esto de la inflación, ir a comer por ahí se ha convertido en todo un despropósito. En primer lugar, porque los precios están por las nubes. Las materias primas, la mano de obra o el coste de la energía se han convertido en la coartada perfecta para desplumarte por un menú del día tirando a normalito.
En segundo lugar, tenemos la calidad. Si antes te cobraban lo más grande por un sabroso tomate acompañado de un poco de ventresca y un chorreón de aceite virgen extra, ahora hay que extrapolar la realidad a un tomate insípido, caballa tiesa y aceite de orujo. No sé si mis vísceras están preparadas.
Y, para terminar, la cantidad. Si hay algo que me saque de mis casillas, es gastarme treinta lereles y quedarme con el estómago vacío. Y no es que yo acostumbre a hinchar el buche a base de gamba roja o caviar iraní, no. Arroz con conejo, judías con perdiz o gazpachos manchegos son los platos de los que me alimento. ¿Qué coste supondrá añadir un puñado más al perol?


Me niego a quedarme con hambre en España. Si algunos están empeñados en la dieta keto, el ayuno intermitente o las recomendaciones nutricionales de la OMS, es su problema. En este país siempre nos hemos puesto finos y es una pena que, desde ciertos sectores, se contribuya a un despropósito parecido al que sucede en Dinamarca, Holanda o Bélgica.


Y con esta crítica voraz, llegamos al Niño caníbal de Fran Pintadera y Guridi, un álbum que acaba de editar Takatuka y que es toda una oda al apetito. Es la historia de un crío que pertenece a una tribu que devora a todo el que pilla. A las mascotas, a sus propios congéneres, e incluso a la maestra cuando manda demasiados deberes. Todo gira en torno a hincarle el diente a la carne humana, hasta el amor…


Con mucho juego verbal, una caracterización de personajes estupenda y un tema muy sugerente (Esto de comerse a los congéneres siempre ha sido un punto de partida sin igual para desarrollar todo tipo de conjeturas), es de esos libros que arrancan una carcajada y te invitan a desarrollar la inventiva.
Basado en una canción del cantautor cubano Virilo, esta canción que ha sido versionada por multitud de autores como por ejemplo Luis Pescetti, se transforma en álbum de la mano de Pintadera, que adapta la rima de un texto con montones de posibilidades, y Guridi, que con su inconfundible estilo le aporta más comicidad si cabe.

viernes, 27 de mayo de 2022

La noche que nos arropa


Cuando asoma el calor urge la necesidad de aligerarnos. Tanto es así que, mientras dormimos en las noches de verano, solo queda la noche como cobijo.


[…]

A veces,
y solo a veces,
quiero escapar y no puedo.
A veces, cuando anochece…
tengo miedo.

Y me escondo en el pijama,
el pijama entre las mantas,
las mantas sobre la cama,
la cama bajo las sombras
y las sombras en mi alma.

Y hasta la cama se escama,
y hasta las sombras se asombran,
y hasta las mantas se espantan,
al sentir en la ventana
un cuervo negro que canta.

[…]

Pedro Mañas
En: La noche es un pijama.
Ilustraciones de Guridi (Raúl Nieto)
2022. Almería: Libre Albedrío.



martes, 25 de enero de 2022

Gente rara


En ocasiones tengo la sensación de ser vigilado por un sinfín de ojos que se clavan en mi nuca. Excéntrico, estrafalario o raro son algunos de los apelativos con los que más de una vez he tenido que bregar por hacer y decir lo que me da la gana (sin ser yo nada de eso, como decía la folclórica).
Me han colgado sambenitos que no se corresponden con la realidad. Lo único que hago es rodearme de unas circunstancias muy variadas y enriquecedoras que no me han lastrado hacia la vulgaridad normalizadora que una inmensa mayoría detesta y anhela a partes iguales.


Qué divertido, qué loco, qué grande. Me vitorean. El héroe de la noche y la juerga. También a plena luz del día. Solo le gusta liarla al muy descerebrado. Circense, buscarruidos, cínico, irresponsable. Tiene mucha guasa pero bien que jode. Ni sabe lo que dice ni lo que hace. A veces es un borde y otras, te lo comes. Un angélico o un demonio malvado. Piensa en él la mayor parte del tiempo aunque siempre guarda un huequito para los demás. Qué lengua, qué sorna, qué desfachatez y qué bien se expresa. Nosotros buscando la excelencia y el rebajándonos a la altura del betún. ¿Y lo que hace? No es propio de un señor profesor. Cómo viste, cómo actúa, ¡cómo provoca!
¿Saben qué? Por un oído me entra y por el otro me sale. En el fondo denoto envidia, tristeza y vacío interior. No solo porque están contaminados por ese espejismo que anhelan vivir, por sus aspiraciones inertes y terrenales, sino porque no saben cómo gestionar unas vidas llenas de prejuicios en la que solo viven pendientes del vecino. Son incapaces de empaparse por lo invisible que les rodea.


¡Pues sí! Menos mal que algunos tenemos la decencia de hacer lo que nos viene en gana. Como el señor Somersen, un hombre que, personalmente, me parece de lo más normal. No sé de qué se extrañan. Que se tumba sobre la hierba recién cortada y cierra los ojos, que se queda hipnotizado con el goteo del agua, que dice tener una cinta que arregla cualquier cosa, que se esconde entre las judías... Cualquier persona en su sano juicio se comportaría como él. ¿O no?
El extraño comportamiento del señor Somersen es un álbum de Guridi (Raúl Nieto) publicado por la editorial Tres Tigres Tristes que atañe a dos cuestiones. Una trata de poner en valor los pequeños momentos de la vida y nuestra capacidad para disfrutarlos. La segunda versa sobre la facilidad que tiene el ser humano para juzgar a los demás cuando en el fondo todos hacemos las mismas cosas.


Caracterizado con un sombrero negro y un peto de color verde, el señor Somersen es ese vecino, ese primo, o uno mismo. Cualquier persona que hace lo que le parece e intenta sacarle jugo a los momentos cotidianos por muy raros que nos parezcan. Quizá porque hemos perdido la capacidad de fijarnos en los pequeños detalles, quizá porque hay demasiado ruido que no nos permite adentrarnos en ellos. El señor Somersen no es más que un espejo en el que encontrarnos y ser igual de “extraños” que él. ¿Quién lo diría? Gente rara… ¡una necesidad!

martes, 14 de diciembre de 2021

De suicidios y palabras


Tras la muerte de Verónica Forqué vuelve el problema del suicidio y su relación con la salud mental. Como si fuera tan fácil prevenir la principal causa de muerte no natural en España… Ya se sabe que en un país de opinadores natos, se dicen muchas gilipolleces al cabo del día, sobre todo si entran en el juego los influencers, las redes sociales y toda esa caterva de anormales que no saben lo que es perder a un ser querido por este motivo. Y dirán ustedes que aquí estoy yo para unirme a la berrea. Pero esta vez no. Hoy puedo hablar de primera mano.


Hace siete años perdí a una de mis personas favoritas. Soy lo que los expertos llaman un “superviviente”, aquellos que ven alterada en mayor o menor medida su vida a causa de un suicidio y se quedan en este mundo para darle vueltas al coco. Al principio, como en cualquier otra muerte violenta (así está tipificada), te tocan muchos marrones: estudios forenses, preguntas innecesarias, investigaciones y resoluciones judiciales, habladurías, hijosdeputa… En fin, un circo asqueroso.


Luego corren los días y del shock inicial vas pasando al duelo, uno bastante difícil, sobre todo porque te preguntas. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Una y otra vez. Más todavía si no hay sospechas, tentativas previas, ni notas de despedida. Luego te das cuenta de que en España no hay apenas soporte para familiares y amigos, que sigue siendo un tabú social (silencio, mucho silencio) y religioso (imagínense al cura en algunos funerales…), que no hay apenas estudios serios, y que todo el mundo mira para otro lado. Entonces, ¿para qué cojones sirve la inversión en salud mental si nadie conoce, habla, ni quiere ver el problema? ¿Otro saco roto más?
Ante tal desamparo empiezas a investigar (uno, que usa las bases de datos y se maneja con el inglés, no como otros pobres) y te topas con estudios americanos, ingleses, nórdicos y canadienses. Especialistas del mundo desarrollado que hablan de depresión, neurotransmisores alterados, coerción social, percepciones culturales, causas ambientales, grupos de incidencia o perfiles suicidas. Países donde hay montones de asociaciones de supervivientes (por aquí solo hay un par) e iniciativas públicas y privadas que hablan de esos miles de personas que se ahorcan, precipitan al vacío o se auto-intoxican cada año (por cierto, muertes que no se contabilizan en las estadísticas oficiales, los llamados suicidios encubiertos).
Reflexionas un poco y te das cuenta de que el problema es monumental, que se debe a una multiplicidad de factores increíble, y que deberíamos cambiar el mundo completamente para solucionarlo, algo que es imposible. Y no, no me empiecen con la salud mental, otra artimaña más para la censura y la división. No todo es financiación, ni terapia, ni paternalismo de estado, ni haters, ni control de las redes sociales, ni buenismo, ni victimización. Además de aprender a querer a los demás, escucharnos y entendernos, algo que llevamos sin practicar miles de años, también debemos convivir con una realidad que habla desde el silencio sobre muchas más cuestiones y problemas. 
Así y a pesar del egoísmo, llegas a entender el sufrimiento de quienes se van. Un infierno lleno de circunstancias muy dispares que les impide gestionar su paso por el mundo, vivir en él, y ser felices. Una decisión que, aunque dolorosa, debes respetar. Es suya y de nadie más. Dices "Yo no lo haría. No lo comparto", pero tampoco estás en su pellejo ni percibes su realidad. Te planteas "¿Me hubiera gustado que siguiera aquí en modo zombi? ¿A rebosar de ansiolíticos y antidepresivos? ¿Sería la misma persona con tanta salud mental?"


Al final y con un poco de suerte, el calendario te trae algo de calma, todo se tranquiliza, y en lo único que piensas es en lo que le hubieras dicho. En las palabras que podrías haber omitido, en las que nunca dijiste y en otras que jamás oíste. También en las que os hacían reír y las que os hacían llorar. Palabras de despedida o quizá de bienvenida. Para consolar o de las que te ponen en tu sitio. Justas o injustas, dulces o amargas, graves o livianas.
Palabras, palabras y más palabras. Es curioso cómo las palabras son lo que más echamos de menos. Será porque las palabras son mágicas, tan mágicas, que llegan a cualquier parte. Atraviesan el suelo, surcan el cielo y se aferran a los corazones.  Y si es en vida, mejor todavía.


*P.S.: Todas las imágenes pertenecen a Palabras, el libro de Guridi (Raúl Nieto) que acaba de publicar la editorial Libre Albedrío en su colección Koreander de libros extraordinarios, y que se sumerge en el mundo de la comunicación a través de una serie de metáforas visuales donde los interlocutores conectan en esa línea que dibuja la intersección de la doble página, una frontera entre iguales que cualquier palabra puede sortear (o no).

miércoles, 5 de mayo de 2021

Análisis post-electoral


Sí, Ayuso ha ganado. Y aunque a muchos les parece algo inexplicable, un servidor tiene muy claras las razones de su triunfo. Aparte de demagogias y populismo de los que cualquier político echa mano, la madrileña también ha jugado con buenas bazas.
En primer lugar es una tipa que no se achanta. Y eso que es mujer, condición para que no pocos la tachen de bruja mala, pues parece ser, como dije ayer, que el voto feminista (que no femenino) siempre debe relacionarse con la izquierda, y cualquier candidata de derechas es poco menos que demonizada. Chula como ella sola ha dicho y hecho lo que le ha dado la real gana, algo que a veces es de agradecer, más todavía en un panorama político donde el casting sin fuste recluta a los impostores y prescinde de la gente con carácter.


Por mucho que se empeñe, su gestión de la pandemia no es que haya sido la leche, pero primero, no ha supeditado la economía de la región (y del país, que Madrid es mucho Madrid) al mal pandémico, y segundo, ha construido un hospital (sí, de aquella forma, pero lo ha hecho, que otros los han tenido cerrados) para dar cobertura a los enfermos. En parte ha sido valiente y en parte ha dado la cara. Ya quisieran muchos haber hecho la mitad que ella. Pero no, se han escondido en sus respectivos agujeros para rezar el rosario (¡como si sirviera de algo!) o restringido la vida de los ciudadanos para añadir nuevos males a esto del virus. Salvar el culo es importante, pero demostrar lo que vales, también. Que para eso les pagamos.
A todo esto hay que añadir un montón de factores que van desde la ley electoral hasta la falta de credibilidad del resto de candidatos, los golpes de efecto, las traiciones y otras asociaciones ideológicas, una campaña que ha levantado ampollas en todas las facciones, el hartazgo social sobre ciertos temas, la crisis que está por venir, el aumento de la participación y un largo etcétera que hay que entender desde un prisma muy complejo que no tengo tiempo de poner sobre la mesa.


Y como punto y final a este análisis postelectoral les traigo ¡Abajo Leroy!, un álbum de Davide Cali y Guridi (Raúl Nieto) publicado recientemente por la editorial Tres Tigres Tristes y que ya he incluido en la selección de álbumes de corte político. En él, Leroy, un dictador de tres al cuarto, utiliza su poder para arrestar a todo aquel que proteste y ponga su gobierno en entredicho, aunque sea pacíficamente. El primer manifestante va a la cárcel, el segundo también, y así sucesivamente hasta que ya no hay queda un alma en la calle. Entonces, ¿nadie plantará cara al autoritarismo de Leroy? Las respuestas en el libro.
Con unas ilustraciones maravillosas que juegan con el espacio y donde las escenas a doble página actúan a modo de balanza equilibrada, posee un mensaje extrapolable a cualquier realidad política en la que se desoyen las opiniones que el pueblo lanza sobre sus gobernantes, y también se figura la mejor advertencia, no solo para la flamante ganadora de las elecciones a la Comunidad de Madrid, sino para todos aquellos que endiosados en su sillón, se creen intocables y no actúan con honradez y coherencia. Por lo tanto, ¡que se pongan las pilas y nos dejen de milongas!

martes, 5 de enero de 2021

Envolviendo regalos


Seguramente hoy es el día que más papel se utiliza en toda España. Y no precisamente para escribir cartas de amor ni deseos sobre los tanzaku que se cuelgan del bambú para celebrar el Tanabata. Tampoco tiene que ver con nada mucho más mundano (ya saben del papel que tiene la celulosa sobre nuestras secreciones nasales). La cosa es que hay que envolver cientos, miles de regalos (por si no lo sabían esta noche vienen los reyes magos). 


No se crean que es una cuestión baladí, pues más de uno -entre los que me incluyo- da mucha importancia al envoltorio (las texturas naturales y los patrones sencillos son mi debilidad), la forma de hacerlo (a veces hay que poner sesera y obviar la siempre socorrida caja de cartón) y los detallicos que se incluyen, para darle una miaja de alegría al asunto. Y no se vayan a pensar que en el exceso está el buen gusto (de eso nanai), pues con un trozo de papel de seda y un poco de bramante se puede hacer algo con mucha elegancia y finura. 


Si además de los materiales, el encargado del trabajo tiene maña, paciencia y vista, el resultado será sobresaliente (¡Que levante la mano quien disfrute más envolviéndolos que comprándolos!), más que nada porque el envoltorio se adaptará a las dimensiones (no soporto que quede holgado o que parezca un churro, para eso es mejor comprar una bolsa de regalo y chimpún) y destacará sobre el resto de bultos que se amontonan debajo del árbol. 
Pónganse como quieran, ahí no cedo ni un milímetro. Si tienen menos destreza que un pato y ponen ínfimo interés, no tienen nada que hacer con un servidor. Es preferible claudicar ante su torpeza y presentarse con el presente en la mano (nunca cabizbajos, que lo que cuenta es el detalle y el cariño profesado), que para talar árboles y darle candela al efecto invernadero, es más que innecesario gastarse los cuartos. 


Admítanlo, no todos somos capaces de presentar los obsequios como es debido, por ello es que les traigo un libro extraordinario que les puede ayudar con esa dichosa tarea: Cómo envolver un regalo en 10 pasos, de mi admirado Pepe Serrano (descúbranlo porque es un tipo con mucho que contar y con un humor desorbitado) y el siempre genial Guridi, Raúl Nieto para los conocidos.
Publicado hace unos años por la editorial zaragozana Apila, este libro nos presenta una manera muy sui generis de empapelar un regalo, sobre todo porque además de beber del sinsentido, ahonda en la forma de desbordar con la imaginación cualquier acción cotidiana, algo que siempre encanta a cualquier monstruo (y si no, es que no se merece estar en este antro de seres LIJeros). 
Lleno de dinamismo (es de lectura ágil), no sólo narra, sino que predispone a la interacción con el lector, a ir y venir dentro del libro, a hurgar en los detalles del texto y las ilustraciones (me encantan los guiños científicos y el collage con papeles de regalo), a jugar con la propia historia, a sumergirse en ella. Tanto es así que incluso les invita a regalar este libro, una idea magnífica en este día previo a la llegada de sus majestades.

martes, 22 de septiembre de 2020

De colegios y silencios



Lleno de mascarillas, con flechas por el suelo que regulen el tránsito en los pasillos, tufillo a engrudo gel hidroalcohólico, chapas identificativas que recuerdan a estrellas de seis puntas, ventanas abiertas de par en par (si no es el coronavirus nos liquidará un buen tabardillo), bedeles con el morro torcido (perdón, esto no es novedad), pantallas de metacrilato y un montón de normas absurdas que (auguro) se perpetuarán en el tiempo. Todo esto y mucho más veremos en la escuela del curso 2020-2021 (si es que la cosa no se vuelve a ir de madre y se termina lo que se daba). Pero sin lugar a dudas, lo que más reinará en las aulas durante los próximos nueve meses será el silencio. 
Provistos de bozal y con la pertinente distancia de seguridad, los chavales han visto capada su espontaneidad. Se han terminado las ganas de cuchichear. Nada de esas risitas nerviosas que finalmente se tornan carcajadas. Vamos a vivir uno de los cursos escolares más aburridos de la historia educativa de nuestro país. Los alumnos pasarán a los anaqueles como los “COVIDarianos” (denominación tan sugerente, como extraterrestre), esos niños que se enfrentaron al enemigo aislados en su pupitre, sin cachondeo del que echar mano en horas difíciles. Sin fútbol, sin laboratorios, sin riñas, sin viajes y, sobre todo, sin escándalo. 
Es curioso como algo que siempre han deseado muchos docentes (¡Silenciooo!), nos vaya a consumir el ánimo. Las clases no son iguales, los recreos, tampoco. Muchas diligencias y protocolos, pero poquita alegría. Que no es que no esté (ya saben que con niños y adolescentes no puede nadie), sino que no se ve, o peor todavía, tampoco se oye. 



Esto me lleva a pensar en las paradojas del silencio, uno que a menudo es sinónimo de cautela, paz y serenidad, pero a la vez también evoca otras sensaciones… 
Si bien es cierto que el silencio puede ser bello y saludable en una sociedad donde lo que más predomina es el ruido (¡Anda que no ha traído el bicho este...!), experimentarlo muy a menudo también puede generar una herida indeleble (Ya lo decía Shakespeare: “Dad palabra al dolor: el dolor que no habla gime en el corazón hasta que lo rompe.”) 
El silencio puede ser doloroso y a la vez inquietante, aterrador. El silencio es ausencia y también indiferencia. El silencio es defensa y escudo, lanza y afrenta. El silencio son muchas cosas en una. Unas veces nos llenamos de silencio y otras nos vaciamos con él. En partituras, despedidas y miradas. El silencio es ese espacio en blanco que también nos habla. 



Y así llego a Lo difícil, un libro de Guridi y la editorial Tres Tigres Tristes en el que, a pesar del silencio, habita una voz tan necesaria, como imperceptible, algo de lo que beben las historias mínimas que nos rodean y que Raúl Nieto sabe hacernos llegar en sus álbumes de alta sensibilidad y gran poderío gráfico. 
Da en el clavo con el tono, con el color, con la perspectiva y con el simbolismo. Con muchas cosas que nos presentan la historia de alguien que vive sus miedos y anhelos sin despegar el pico pero buscando estrategias que le hagan más llevadero el día a día. Un libro que no se pueden perder y en el que seguro encuentran el reflejo cercano de quien no sabe convivir con ese ruido tan molesto que a otros nos resulta una bendición. Pero esa, amigos, es otra paradoja en busca de autor...



viernes, 26 de abril de 2019

Próxima estación: la primavera



A la primavera, esa del calorcete, las flores, los insectos y la alergia, le está costando arrancar. Está claro que es una época de inestabilidad atmosférica, y que tan pronto hace viento, como refresca, llueve, o sale el sol, pero me parece a mí que lo de los últimos días podríamos encuadrarlo en el pleno invierno…
Hoy ha hecho acto de presencia el astro rey, cosa que me alegra soberanamente (más todavía siendo la llamada "noche de los libros"). Veremos qué nos aguarda mañana, que a los caracoles y a los humanos nos apetece seguir saludándolo y que de paso, brote la primavera.



E

Hay esperanza:
la flor entre el asfalto,
la primavera.

 […]

I

Y la ilusión…
Pequeña luz tilila
dentro del bosque.

[…]

V

Vive la vida:
pequeño colibrí
sobre las flores.

Mar Benegas.
En: Abecedario del cuerpo imaginado.
Ilustraciones de Raúl Nieto, Guridi.
2014. Barcelona: A Buen Paso.



miércoles, 16 de enero de 2019

Autosuficientes



Cada mañana contemplo atónito como la puerta del centro educativo donde trabajo se transforma en un mare magnum de vehículos a motor. Un día por la lluvia, otro por el frío, y el tercero porque los nenes tienen el papo muy gordo, pero el caso es que aquello parece la Castellana en hora punta, algo incomprensible teniendo en cuenta que esta localidad es un guá y viven cuatro gatos. Los que cogemos el coche por necesidad no entendemos este despropósito (empezando por el combustible y terminando por otras muchas cosas) e imploramos un poco de sentido común entre los oriundos, bien para el ejercicio aeróbico de nuestros alumnos (no hay nada más que ver los cuerpos que se gastan), bien para el tráfico rodado de sus calles.


Los espectadores, de vez en cuando, nos preguntamos cuáles serán las razones que encaminan a estas situaciones, que no son exclusivas de este pueblo pues parece un mal endémico de cualquiera, y tras una lluvia de ideas convenimos que la sociedad, el sobreproteccionismo y  el exceso de confort nos ha abocado irremisiblemente a una realidad con la pocos sabemos lidiar.
Si es que algún padre me lee (lo dudo, pero estaría bien), les animo a que insten a madrugar a sus hijos, primero para asearse y desayunar en condiciones (pocos lo hacen, otra realidad poco saludable) y después para dirigirse al instituto caminando, para sentir el fresco de la mañana, despejar la mente, charlar sobre lo que nos deparó la velada y preparar el día.


Queridos padres, no les hablo de dejarlos a su suerte, de que floten a la deriva. Enséñenles cómo tejer las velas, cómo izarlas en el mástil. El funcionamiento de la brújula y del sextante, de qué lado sopla el viento. Provéanlos de remos, de una embarcación adecuada, constrúyanla con ellos. Muéstrenles qué peces son los más nutritivos, cuáles los menos. Cómo lanzar la red y preparar el anzuelo. De eso se trata la vida de ir aprendiendo en compañía, que solos ya estamos.
Y si son incapaces de decírles que lo mejor es ser autosuficientes (sé que produce cierta congoja), pidan ayuda a Gema Sirvent y Guridi, que les llevarán hasta Penélope en el mar (editorial Avenauta) una historia llena de metáforas y poesía donde la protagonista busca por sí misma su lugar en el ancho mar. Bien se merece una parada, no sólo por nuestros niños, sino también por nosotros mismos.


martes, 17 de mayo de 2016

Narradores orales, ¿patrimonio verbal o literario? Realidades LIJ


A tenor de la publicación por parte de la editorial andaluza Tres Tristes Tigres de Érase un álbum ilustrado de Guridi (Raúl Nieto) concebido como entrañable tributo a la narración oral y los cuentacuentos (me parece la denominación más acertada..., cuentero o cuentista no son de mi agrado), me ha venido a la cabeza cierto debate que relaciona la literatura infantil con los narradores orales, unos profesionales que han adquirido cierta importancia dentro del mundo LIJ. Cabe decir que, a pesar de que ha sido un tema discutido muchas veces dentro del panorama de los libros para niños, nunca viene mal retomarlo y dar así cabida a nuevas aportaciones y/o consideraciones. Ahí voy...
Hasta finales del siglo XX, la literatura infantil había sido una parcela explotada por un grupo reducido de autores patrios o extranjeros que recurrían a formas de literatura “clásica” dentro de la cosmovisión dirigida a los pequeños lectores. A partir de finales de los noventa y la primera década del nuevo milenio, vimos surgir multitud de nuevos autores que, aupados por las editoriales emergentes y/o independientes, así como por el género del álbum ilustrado, proporcionaban una nueva visión en el mundo editorial dedicado a los niños. De entre estos nuevos escritores resaltó un llamativo grupo de narradores orales, esos profesionales que desde el trabajo personal y la sombra habían ido recuperando viejos cuentos y leyendas, o creando historias propias, que se erigía como un nuevo núcleo profesional dentro de la LIJ que aportaba nuevas visiones y formas de expresión escrita frente a los típicos que presentaba el patrimonio literario infantil.


Sobre esta simbiosis entre mundo verbal y mundo literario hay que destacar que es en el género del álbum ilustrado -sobre todo, no de manera exclusiva- donde se alcanzaron los mejores resultados, probablemente apoyados por el valor narrativo de las ilustraciones (N.B.: no puedo elaborar una teoría que dé explicación a este hecho pero podría deberse a que el lenguaje artístico probablemente sustituya a otros elementos propios de la narración oral como son la expresión facial, la gesticulación, el vestuario, el atrezzo o la ambientación). El resultado fue notable e infinidad de obras que buscaban dar alas a nuevas formas de ver el mundo o re-escribir viejas narraciones, vieron la luz a través de editoriales como Kalandraka o OQO.
Probablemente esta realidad tenga diferentes motivos. Por un lado el sector de la narración oral buscó diversificar su profesión hacia nuevos derroteros, abrir otras puertas, enfrentarse a nuevos retos y, por supuesto, buscar formas diferentes con las que ganarse el sustento (en este punto subrayaré para quienes lo ignoren que, excepto casos contados, ningún autor se hace rico con la LIJ). Por otro se debió a la existencia de un vacío -editorial, verbal o literario, llámenlo como quieran-, que necesitaba ocuparse en aras al buen funcionamiento del negocio LIJ y que muchos aprovecharon para dar rienda suelta a sus aptitudes. También hay que señalar la estrecha relación que el narrador oral establece con el público infantil, con los niños: está con ellos, capta su atención, sabe lo qué les gusta y se entienden de modo recíproco (N.B.: En este punto sería bueno acordarse de aquella generación de maestros escritores de los setenta y ochenta, otro sector profesional que tánto fue valorado por el mercado editorial de LIJ). Por último también me gustaría apuntar hacia una dirección comercial o empresarial: es bueno para una editorial contar con autores doblemente rentables ya que la de narrador oral es una profesión nómada e itinerante (aumentamos el alcance geográfico de esas obras a través de publicidad gratuita) y está muy relacionada con el mundo de la palabra y la cultura (consumidores potenciales).


Quizá a muchos les haya exasperado constatar que estos profesionales coparán las oportunidades de ver publicadas sus creaciones, originando así cierta opinión errónea y en parte comprensible, de que sólo ellos fueran capaces de escribir para niños, pero lo cierto es que, personalmente, tras leer algunos libros y haciendo caso omiso a lo puramente comercial (llevo unos meses sumido en una burbuja), constato que el patrimonio literario es de todos (o de nadie, según se mire) y que podemos encontrar narradores que son excelentes escritores (prueba de ello es que todavía siguen trascendiendo) y otros cuya carrera literaria se ha quedado en agua de borrajas.
No negaré que algunos han buscado un hueco en este negocio gracias a sus contactos empresariales y las relaciones con los lectores, pero también les hago ver que, tras aquellos años de bonanza para las editoriales del ramo y la actual crisis económica, creo que esta tendencia, aunque pervive, ha aminorado la marcha, y la industria LIJ de nuestro país cada vez se sirve menos de estos profesionales a la hora de apostar por nuevas visiones en cuanto a álbum ilustrado se refiere. Bien por no obtener los resultados de ventas esperados, bien por haber sido sobre-explotados o por necesidades y/o preferencias en cuanto a mercadotecnia, las casas editoriales empiezan a acudir a buenos escritores que, dejando a un lado su origen, se centran en dos cosas: LEER y ESCRIBIR.


miércoles, 28 de octubre de 2015

Animales existencialistas


A veces, en la literatura infantil, se producen coincidencias (no se si fortuitas o intencionadas) que, además de robarme una sonrisa, me producen una debacle interna que necesito aclarar colocando mis pensamientos sobre un papel (o en un documento de texto, que hoy en día viene a ser lo mismo), no sea que se me olvide quién soy, de dónde vengo y adónde voy...


No cabe duda de que si hoy se han levantado en clave metafísica, aquí tienen cuatro alternativas la mar de plausibles para lubricar la neurona.... La cabra que no estaba, de Pablo Albo y Guridi (Editorial Funreaders), El oso que no estaba, de Oren Lavie y Wolf Erlbruch (Barbara Fiore Editora) El ratón que faltaba de Giovanna Zoboli y Lisa D'Andrea (Editorial A buen paso) y El oso que no lo era de Frank Taslin (rebautizado por Ediciones Invisibles en su nueva edición como ¡Pero yo soy un oso!) son cuatro títulos para mear y no echar ni gota; no porque merezcan la pira, sino porque todos ellos adolecen de un claro existencialismo que me dispongo a cortar y doblar (¡si es que puedo!).


Lo del devenir es un coñazo aunque muchos lo tengan como afición..., se pasan la vida dándole al coco y produciendo poco... Una buena excusa para hacer lo que les sale del fandango. Un mero entretenimiento que, a mi forma de entender, da pocos frutos y que, o acaba contigo, o acaba contigo. Esta claro que eso de buscar sentido al día a día es para personajes aburridos como los de los libros de hoy: una granja entera, dos osos y un gato... Todos ellos bastante “zoo-lógicos” (¡chiste de biólogo al canto!). Eso sí, cabe destacar ligeras -o pesadas- diferencias entre unos y otros... Veamos... Tenemos dos osos bastante preocupados por hallarse en este mundo. Mientras el oso que no lo era ¿logra? dar consigo mismo, el oso que no estaba necesita la sabiduría y apreciaciones de sus compañeros en el viaje que se le presenta (podría parecerse al mismo que recorrió la Alicia de Carroll aunque en un tono más forestal) y hacer frente así a la amnesia sufrida -no sabemos muy bien porqué- y dar sentido a una nota que parece caída de un libro de autoayuda. Aunque el más somero de todos ellos está protagonizado por una cabra que parece una entelequia hasta el final de la lectura, te logra sacar una sonrisa y explora el significado de los verbos “ser”, “estar” y “parecer” desde la perspectiva de los terceros, esos que se encargan de dar rienda suelta a su imaginación y darle forma a la existencia de la cabra y la propia. La última historia, tiene que ver con un gato que deja de lado su propia vida para obsesionarse con la de un ratón que nadie sabe si existe.


Todas ellas son narraciones extrañas. A veces no tienen mucho sentido (les confesaré que a una de ellas me ha costado seguirle el ritmo y para otra necesité una explicación... soy así de básico y lerdo, perdónenme), otras, adquieren un hondo significado, pero todas tienen su contrapunto divertido y triste. Esto podría hacerlas aptas para todos los públicos, pero me gustaría aventurar que probablemente los niños encontrarían primero el somero humor, los adultos se sentirían abrumados por la incomprensión argumental de todos ellos, y tanto unos como otros necesitarían una búsqueda guiada para encontrar la intencionalidad narrativa. Por todo esto creo que sería una buena oportunidad para usarlos como excusa para un taller colectivo (¡aquí tienen chicha los bibliotecarios y maestros activos y creativos!) y cerciorarse de los varios niveles de lectura que he podido entresacar con este primer contacto.
¡Como la vida misma!  

martes, 30 de junio de 2015

Fin de curso...


Por fin llegan las vacaciones, dando fin a un curso bastante intenso en el que se han sucedido numerosos cambios, no sólo a nivel político y económico, sino también a nivel personal, y que esperemos sean positivos, por lo que deberemos trabajar por ello (N.B.: No se olviden que, al final, a pesar de encomendarnos a Mengana o a Zutana, todo depende de nosotros mismos que vamos arando el azar con nuestras manos).
En lo que respecta a este espacio me gustaría decir unas cuantas cosas… La primera de ellas (como viene siendo costumbre) es pedirles perdón por mis irreverencias, por mis sandeces, por destripar pocos libros a la manera clásica (ya sé que están acostumbrados a otro tipo de reseñas…), por mis opiniones dispares, por mis errores (a veces no tengo tiempo de informarme demasiado) y mis erratas (que a base de releer doy con ellas). En segundo lugar viene un reproche… Sé que las redes sociales (sobre todo Facebook© y Twitter©, en las que este espacio está presente) son más prácticas, más instantáneas y más dinámicas, pero les recuerdo que están dejando morir una parte importante de este lugar -que es para todos- con la ausencia de sus comentarios. No dudo del valor de un “Me gusta” o un emoticono, pero más lo tiene el verter aquí su opinión, establecer un diálogo, aportar sus ideas en la misma medida que lo hace un servidor, y crecer… Y por último, ahí van mis gracias.
Lo cierto es que no sé cuándo volveré ni de lo que hablaré… Se avecina un nuevo tiempo a mi reloj y no sé cuántas horas podré dedicarle a los libros. Si a ello le unimos que también estoy cansado de la ingente cantidad de novedades que últimamente trae el mercado, de los muchos libros reseñables que caen entre mis manos, de lo poco que hablo de los álbumes ilustrados tradicionales, de aparcar las obras de referencia y ensayos sobre LIJ sobre los que pretendía hablarles, y de dejar a un lado secciones que empecé hace tiempo en pro de mantenerles informados sobre la actualidad, hay algo en mí que me pide asueto… Pensaré en todo ello durante los próximos meses y, si la pereza no se adueña de mi ser, volveré.
Mientras tanto, me conformaré con el frescor de la mañana, el té helado, el rumor de las olas y unos cuantos monumentos de arena, como el que el protagonista de El señor del castillo (el último álbum ilustrado del curso, escrito por Aurora Rua, dibujado por Guridi, y publicado por la editorial Canica Books) erige a la orilla del mar, y con los que les deseo un estío constructivo y ensoñador.


martes, 24 de febrero de 2015

Segundas partes. Reflexiones en torno al libro-serie.


Cuando un producto es rentable y provee de cuantiosos beneficios, la práctica editorial más habitual es la de lanzar al mercado secuelas del mismo. Segundas, tercera, cuartas y quintas partes se agolpan en las estanterías de medio mundo y comienza un nievo ciclo de consumo que se engancha una y otra vez al bolsillo.
Aunque viene siendo la tónica común entre novelas juveniles e infantiles, no lo ha sido tanto en el género del álbum ilustrado (salvo contadas excepciones de gran éxito entre los niños, véase el Pomelo de Ramona Badescu y Benjamin Chaud), un tipo de libro que conlleva más trabajo (incluimos la labor del ilustrador, no se olviden) y más inversión (la tapa dura, el color y la maquetación encarecen el producto final) que las anteriores. A pesar de ello, la tendencia está cambiando y cada vez son más los libros ilustrados que cuentan con segundas y terceras partes.
Esta decisión, marcada por la editorial de turno o por los padres de la criatura, tiene una serie de consecuencias (no me meteré en un juicio de valores, que ya está bien de agitarles los tuétanos) entre las que cuento las siguientes:
1. La optimización de la idea inicial por parte de los autores/ilustradores. Pese a que el proceso creativo es lento y complejo, dense cuenta que, actualmente, los libros ilustrados tienen una vida que no va más allá del curso escolar, marcado principalmente por las novedades del sector y cuatro actividades de promoción. La obra abandona los estantes de las librerías demasiado pronto y las historias no trascienden lo que debieran (¡Qué poca rentabilidad a tantas horas de trabajo…!) Con las secuelas esto cambia: la idea se sigue explotando, los autores se animan y ven como sus “hijos” crecen a lo largo de las páginas. En resumen, es más satisfactorio.
2. Aumenta el interés del lector. Cuando embebemos al lector en la acción y éste conoce a los personajes, muchas veces siente la necesidad de sumergirse más profundamente en sus vidas, en sus defectos y virtudes. Le resulta atractivo saber qué caminos nuevos recorrerán y es por ello que las segundas y terceras partes siempre enganchan antes al lector, lo embaucan peligrosamente en la aventura de leer.
3. Optimización de la inversión. Cuando uno conoce de manera tangible las ventas de un determinado libro, es más fácil priorizar gastos o presupuestar su secuela. Conocemos el número de lectores potenciales, sabemos quiénes son y adónde van a comprar, es por ello que las segundas partes de ciertos libros nos permiten una mayor concreción a la hora de imprimirlo (los excedentes son una lata), su lanzamiento y las campañas de difusión. Es decir, el azar pasa a ser un factor de menor importancia y el proceso es menos arriesgado.
4. El desgaste y la pérdida de frescura narrativa. El ritmo de la industria no está a la par del ritmo creativo. Forzar las ideas, no dejarlas reposar, madurarlas convenientemente, y plasmarlas lo antes posible en un soporte físico, a veces provocan una pérdida de calidad, dejando que la obra literaria roce la paraliteratura o se transforme en ella. Por todo esto la programación y el marco temporal en este tipo de libros-serie deben pensarse milimétricamente.
5. Encasillamiento. Los libros-serie suelen tener bastante éxito comercial y teniendo en cuenta que todos los autores/ilustradores anhelan tener un libro memorable, es un suculento bocado verse enrolado en un proyecto como este. Pero… ¡cuidado! Pasar a la posteridad puede tener un alto precio ya que sobreexplotar una idea puede terminar acotando nuestro estilo en obras similares o restar oportunidades a otros proyectos válidos.



Estén de acuerdo o no con mis análisis, les invito a tomar entre sus manos Carlitos Super M –secuela de Las gafas de ver- (Margarita del Mazo y Guridi para Ediciones La Fragatina) y Cómo esconder un león a la abuela –secuela de Cómo esconder un león- (Helen Stephens para Ediciones B – B de Blok), para disfrutar de dos buenas segundas partes que prueban el buen hacer de sus autores en sus respectivas primeras. ¡Espero sus comentarios!