viernes, 27 de mayo de 2022

La noche que nos arropa


Cuando asoma el calor urge la necesidad de aligerarnos. Tanto es así que, mientras dormimos en las noches de verano, solo queda la noche como cobijo.


[…]

A veces,
y solo a veces,
quiero escapar y no puedo.
A veces, cuando anochece…
tengo miedo.

Y me escondo en el pijama,
el pijama entre las mantas,
las mantas sobre la cama,
la cama bajo las sombras
y las sombras en mi alma.

Y hasta la cama se escama,
y hasta las sombras se asombran,
y hasta las mantas se espantan,
al sentir en la ventana
un cuervo negro que canta.

[…]

Pedro Mañas
En: La noche es un pijama.
Ilustraciones de Guridi (Raúl Nieto)
2022. Almería: Libre Albedrío.



jueves, 26 de mayo de 2022

Alumbrando los corazones


“La energía ni se crea ni se destruye sino que únicamente se transforma” ¿Recuerdan ese mantra que se recita en todas las escuelas? Pues bien, empiezo a creer que la ley de la conservación de la energía tiene algún fallo garrafal a tenor de lo que nos está pasando en la actualidad.
Por mucho que algunos se empeñen en echarle la culpa a Putin, los argelinos o los jeques de Qatar, es incomprensible que la gasolina, el gas o la factura de la luz estén por las nubes. Bueno, incomprensible no, es una vergüenza. Por si no fuera bastante el ser completamente dependientes de otros en materia energética, el gobierno permite que las multinacionales (en cuyos consejos de administración siempre hay políticos de uno y otro bando) nos saquen los higadillos.


Los ingleses ya han empezado a construir centrales nucleares para ser mucho más independientes en lo que a energía se refiere, los alemanes van por un camino parecido ¿Y nosotros? ¿Por qué no podemos hacer lo mismo?
Las renovables se han convertido en el negocio del siglo para muchos gobiernos y sus multinacionales de la energía. Si lo piensan bien, como en cualquier otro tipo de mercado, crear un nicho de necesidad es fundamental para explotar un recurso y, en nuestro caso, llevan vendiéndonos años esa teoría de lo verde y limpio unas cuantas décadas.


Conmigo que no cuenten. Sé perfectamente de lo que hablo… Mientras que una planta eólica tiene una vida media de unos 25 años, una central nuclear ronda los 40. También hay que tener en cuenta su rendimiento. Pero el mayor problema de todo este tipo de fuentes de energía es que no pueden explotarse según las necesidades de la red y al final tenemos que echar mano de la electricidad allende nuestras fronteras (Francia, por ejemplo, que tiene centrales nucleares para parar un tren). De esta manera, además de producir desechos radiactivos (¿Qué más da producirlos aquí o allí? ¿Acaso nuestra huella no es la misma?), lo afeamos todo con molinetas y placas solares que solo sirven para untar al típico afiliado con las subvenciones de turno.


Y espérense que llegue el verano, los aparatos a aire acondicionado y los ventiladores a todo trapo. La cosa se va a ir de madre y los apagones serán interminables, una situación muy frecuente que mi, desde hace unos meses, adorada Heena Baek utiliza para lanzarnos otra hermosa historia titulada Helados de luna y que publica Kókinos, su editorial de cabecera en castellano.
Es una noche muy calurosa y todos están encerrados en sus casas bien fresquitos, hasta que una sobrecarga en la red los deja sin suministro eléctrico. Mientras los demás se quejan de tanto sofoco, la vieja portera, protagonista de esta historia, se da cuenta de que la luna ha empezado a derretirse. Sin pensárselo dos veces, acude con un recipiente para recoger esas gotas de luna y hacer con ellas unos helados que regalará a sus vecinos y aliviarán la asfixia nocturna. De repente aparecen ante su puerta un par de conejitos que se han quedado sin hogar. ¿Logrará devolvérselo?


Como ya apunte en este post, lo de esta autora es una delicia, sobre todo porque sabe darle la vuelta a la tortilla como nadie. Partiendo de anécdotas cotidianas, sabe cómo dejar que aflore la magia en un tiempo en el que es tan difícil terminar con esa realidad poco sugerente y descorazonadora que sufrimos.
A golpe de dioramas llenos de detalles, cuidadas fotografías, una caracterización de los personajes sublime (la escena de los vecinos con cara incrédula comiendo sus helados de luna en mitad de la noche es una maravilla) y un guiño a figuras de la tradición oral oriental (los conejos de la luna llevan existiendo siglos), este libro llega para quedarse e iluminar nuestros corazones aunque muchos se empeñen en apagar nuestros hogares.

miércoles, 25 de mayo de 2022

Asesinos de árboles


El tostón del ecologismo está rozando cotas insospechadas, pero ¿qué pasa con los árboles de las ciudades? Es una vergüenza como están paseos, plazas y otras zonas verdes de mi ciudad, una situación que se podría hacer extensiva a cualquier municipio de España.
Parece que a la gente, a los políticos les joden los árboles. Arrasan con ellos sin miramientos. Cuando necesitan poner una terraza, cuando el aparcamiento escasea, o cuando hay que levantar una calle, los arrancan y como si nada. Incluso los jardineros, que se supone deberían velar por la conservación y el buen estado de la vegetación urbana, tienden a su eliminación indiscriminada achacando cualquier tipo de justificaciones absurdas, como el peligro ciudadano


Ni siquiera arbolillos como Cercis siliquastrum, Laurus nobilis, Arbutus unedo, Prunus cerasifera o Ligustrum vulgare quedan a salvo de este expolio. Puedo entender que un plátano de sombra, un olmo o un almez sean árboles con demasiado porte como para crear problemas en las calles, estorbar a los vecinos con sus ramas o viandantes. Pero que estos arbolitos que funcionan como meros adornos y entretenimiento para viandantes
Con lo que cuesta criar un árbol en mitad del asfalto. Gases tóxicos, sustrato escaso, riego mínimo, zarandeos varios… Auténticos supervivientes que no solo engalanan las aceras, sino que oxigenan el aire circundante, nos proporcionan sombra y frescor y, lo más importante, una pizca de vida. Jardines esquilmados, calles desangeladas y paseos que bien podrían ser eriales. Esa no es la forma de ejemplificar una conservación del


Lo peor de todo viene cuando, llegada la hora de rellenar ese hueco con otro ejemplar, la administración competente decide eliminar el alcorque o poner es su lugar una papelera o cualquier otra especie fuera de toda razón o estética.
Ojalá se inventaran una ley como la de perros y gatos pero dedicada a árboles y arbustos, para todo aquel que atentara contra la vida de estos seres (útiles, no como los primeros) pudiera ser enchironado, sobre todo en ciudades como lamía en la que el sol es un tormento la mitad del año y la sombra escasea en cada recodo. Y no me vengan con que ya hay multas en las ordenanzas municipales, porque más de uno se las pasa por el forro.


Dejando para otro día el tema del césped en el sur peninsular, continúo con el tema arbóreo gracias a Andrea Antinori, la editorial A fin de cuentos y El naranjo, un álbum bien simpático con un trasfondo bastante interesante. Una semilla brota, crece un árbol y se llena de naranjas. Llegan los pájaros y se las llevan, el hombre lo poda, el gusano se come las hojas y el perro hace sus necesidades en él. El naranjo decide tomar venganza con el pájaro, el agricultor, el gusano y el perro, para después escapar perseguido por un policía.


Todo suena muy absurdo pero ese giro argumental inesperado lo es todo, ya que dotar de movimiento a un árbol, rompe el marco de lectura y propicia un discurso enriquecido donde cualquier cosa es posible. La víctima se convierte en criminal, los verdugos se convierten en inocentes, ¿qué pasa aquí? No es más ni menos que una metáfora imaginaria sobre la naturaleza y su capacidad para aleccionarnos desde un prisma travieso y divertido.
Heredera de las persecuciones de las películas mudas que se acentúa por la poca economía textual y una secuenciación lineal que corre página tras página, es un libro bastante alocado pero que da lugar a interpretaciones muy variadas dependiendo de la mirada y su contexto.
Y si encuentran algún asesino de árboles, no duden en regalárselo, se lo pensará dos veces.

martes, 24 de mayo de 2022

Yo, ¿persona?


Da igual dónde vayas, todo está a rebosar de gente. Calles, parques, ferias, salas de conciertos, museos, bares y restaurantes. No cabe un alfiler. Y yo, mientras tanto, en mi casa. Como si nada. Dejando el tiempo pasar.
He hecho como que estudio. También he preparado un examen. Incluso tengo levando la masa de un pan en el frigorífico. A veces la vida se va de la forma más sencilla posible. Te quedas quieto y dejas de pensar. “¿Para qué?” Te dices. Será un síntoma de vejez eso de creer que cualquier cosa es una buena excusa para estar aquí.


Le pego un mordisco a la pera. Me vienen a la cabeza recuerdos del pasado inmediato y otros de hace mucho tiempo. Sonrío. Si alguien estuviera aquí, pensaría que estoy completamente zumbado. Menos mal que vivo solo. Me lo repito. “Solo”. Suena bien a pesar de todo. Es difícil acostumbrarse a una palabra tan pequeña y a la vez tan grande. No importa cuántos hijos tengas, el número de seguidores en tus redes sociales, las parejas que has conocido a lo largo de tu vida o que trabajes en la taquilla de un cine.
Nos dicen que hablemos y que nos callemos, que lloremos y que riamos, que hay que ser fuertes aunque seamos débiles, No me gusta la gente que me dice cómo debo ser. Me gusta hacer lo que me da la gana.


Empiezo a corregir unos exámenes de primero de bachillerato. Algunos son excelentes. Disfruto viendo lo monstruosos que son, esas ansias de figurar, de comerse el mundo cuando la única certeza que tengo es que al final cualquier multinacional terminará engulléndose la poca humanidad que les quedará tras una vida dedicada al orgullo. Luego hay otros que opositan a parásitos desde bien pequeños. Esos sí que me dan miedo. Futuros sindicalistas, políticos, empresarios del tres al cuarto o presidentes del portal. Golfos sin remedio, mafiosos instintivos que triunfarán sin quererlo pero que, como tantos otros, vivirán arrepentidos por no poder lucir el pelaje que ellos querrían.
Empieza a silbar la olla exprés y camino hacia la cocina para bajar la lumbre. Me llaman de la compañía del gas para engañarme una vez más. Esta tarde abogo por la conmiseración y escucho esa voz de más allá del Atlántico contándome la promoción de rigor cuando lo que más feliz le haría es mandarme a la mierda y rebozarse en la arena de una playa cercana junto a sus cuatro hijos. Declino la oferta y paso las páginas del periódico.


VOX. Me encanta el nombre que le pusieron al partido. No sé quién sería el genio, pero dio en el clavo. A las profesoras de latín siempre les jode cuando se lo recuerdas. ¿Las afiliarían por el mero hecho de conocer el significado? Qué tonta es la gente. Como si me importara que voten. Pero el caso es dárselas y practicar el buenismo aunque entre sus deseos más ardientes esté el de aniquilar a esas chonis que las sacan de quicio.
La lástima. Siempre nos mueve la lástima. Como si eso solucionara algo. Miro de reojo la última factura de la luz y me enveneno al recordar que a partir de ahora soy yo el que tengo que costear el bono social de otros que, a pesar de lucir un iphone de última generación, viven en la pobreza energética, una nueva categoría que no está reñida con la de narcotraficante. Paradojas de un estado del bienestar en el que otros se enriquecen a costa de actividades ilegales pero yo no puedo monetizar este blog en el que llevo años trabajando por amor al arte.


Abro el primer libro del montón. Nosotras, las personas. Vaya título..., no sé si ponerme a hacer yoga o tirarlo por el balcón. Malas, feas, envidiosas, egoístas, obscenas, mezquinas o retorcidas. Así somos las personas. Lo abro con un hilo de esperanza. Cualquier cosa estaría bien. Cambiar de parecer o reafirmarme todavía más. El resultado se lo diré otro día, que ahora me toca bolear el pan.

sábado, 21 de mayo de 2022

Vidas de circo


Con frecuencia pensamos que la poesía nace de lo profundo, ese lugar inaccesible para muchos mortales que, carentes de formación o de sensibilidad, no pueden sentirse atraídos hacia ella ni como lectores, ni mucho menos como creadores. Craso error teniendo en cuenta que la poesía también brota de lo verdaderamente humano, esa esencia que impregna la realidad, pervive en nosotros, y tanto defendemos los monstruos sin complejos ni cortapisas.
La poesía forma parte de nuestro día a día, de esos momentos en los que, por arte de magia, levantamos la vista de lo rutinario y encontramos un momento inspirador que nos atrapa en mitad de una palabra, de un gesto o una sensación. El hallazgo poético no es ni más ni menos que encontrarnos con nosotros mismos y nuestra naturaleza. 
Fortuita o conscientemente, es lo que les sucede a todo el elenco de personajes que conviven bajo la carpa de este Circo que hoy les traigo. Ríen, lloran, hacen piruetas, andan sobre la cuerda floja o lanzan objetos al aire. Una suerte de metáforas que son el mero reflejo de personas anónimas, tan corrientes como tú y como yo, un amplio abanico de pareceres y estares que, con rima o sin ella, revelan nuestra más íntima existencia.


Sale el payaso.
Todos ríen.
Ríe el payaso.
Todos ríen.
Cae el payaso.
Todos ríen.
Gime el payaso.
Todos ríen.

Un niño llora,
se abraza el corazón
y se estremece.
Cada tarde en el parque,
él también es payaso.



Si arroja brevas al vuelo,
cae la sombra de una higuera;
si suelta cuatro pelotas,
le crece un patio a la escuela;
si son botas lo que lanza,
se abre a sus pies una senda;
si utiliza tres paraguas,
se nubla el cielo y jarrea.

Hoy siente frío en las manos
y la soledad le acecha.
Hoy ya tiene preparadas
dos tazas y una tetera.

Todos ríen y La malabarista
Rosa Ureña Plaza.
En: Circo.
Ilustraciones de la autora.
Ganador del Premio de poesía para niños Ciudad de Orihuela 2021.
2022. Vigo: Kalandraka.



jueves, 19 de mayo de 2022

Se necesitan albañiles


Dicen por ahí que hay empresas incapaces de encontrar mano de obra cualificada, sobre todo en lo que se refiere a sectores como la confección, la hostelería, las explotaciones agrícolas o la construcción. Se ve que en España hay un montón de trabajo pero hay gente que no se ha enterado. ¡Gandules, uníos y levantad el culo del sofá! No hay nada mejor que activarse, dejarse las paguicas a un lado y ponerse al quite con esa difícil tarea que es la supervivencia.
Si bien es cierto que son trabajos que requieren de un esfuerzo físico y no todo quisqui está dispuesto a doblar el lomo (el estado del bienestar, señores, la lacra de nuestro tiempo), también tenemos que entender las razones que nos han llevado a esta situación. Veamos como ejemplo la realidad en el sector de la construcción.


España ha sido un país de albañiles, pintores, ferrallas, alicatadores, fontaneros y escayolistas. Oficios de larga tradición que siempre han contado con oficiales la mar de cualificados y con mucha experiencia. Si bien es cierto que durante el boom de la construcción a finales de los años 90 y primeros 2000, los destajistas comenzaron a desprestigiar a unos trabajadores que siempre habían gozado de buena fama tanto aquí como en el extranjero (no les voy a recordar la cantidad de albañiles españoles que trabajaron en la reconstrucción de Alemania). Luego llegó la crisis del ladrillo y la mayor parte de ellos se prejubilaron, se dedicaron a los subsidios o se reciclaron.


Ni las administraciones públicas ni el sistema educativo ni el tejido empresarial se dieron cuenta de que volveríamos a necesitarlos, que había que seguir formando gente que se dedicara a estas labores y que se estaba perdiendo un patrimonio cultural (¿Cómo llamarían al arte de saber hacer una casa en pleno Ampurdán, la Mancha profunda o la Galicia rural? Ni todas son iguales, ni todas cubren las mismas necesidades).
Ahora nos encontramos con los cuatro supervivientes de aquella historia, un buen puñado de advenedizos que no saben lo que se pescan, y los trabajadores del sector que estamos exportando desde el este europeo y Latinoamerica, que no dan abasto con un volumen de trabajo que ha incrementado exponencialmente debido al aumento de los alquileres, las nuevas inversiones en vivienda y los montones de reformas que han surgido por culpa del confinamiento.


Para relacionar de alguna forma este tema con algún libro necesario de entre la última tanda de novedades, les traigo La casita de Virginia Lee Burton, un clásico del álbum anglosajón que nos trae en una edición estupenda la editorial madrileña Lata de Sal. En él, una pequeña casa que vive feliz en el campo rodeada de colinas, un vasto cielo azul y el calor del sol, ve peligrar su ecosistema cuando los hombres empiezan a construir, primero unas promociones de viviendas adosadas, y más tarde altos edificios que, evidentemente se acompañan de mucho trajín, ruido y contaminación. ¿Qué pasará con ella en mitad de ese caos?


Una metáfora hermosa sobre la industralización descontrolada de los años cuarenta en Estados Unidos y que más tarde se haría extensiva a otras zonas del planeta donde las rascacielos y colmenas de apartamentos sepultarían pequeñas casas que, como la protagonista de nuestra historia, fueron los últimos vestigios de un tiempo pasado en el que el hombre tenía un modus vivendi más cercano y respetuoso a la naturaleza.
También se podría hablar de gentrificación de ciertas áreas, de personificación de los objetos (¿Ven su cara en esas ventanas, en la curvatura de su puerta?), incluso de la capacidad de adaptación a diferentes hábitats. ¿Gran urbe o medio rural? ¿Paz o muchedumbre? La casita es un libro que nos susurra muchas cosas al oído, que desborda su discurso en cada lectura, la razón por la que quizá en 1943 recibió la Medalla Caldecott. 


Ilustraciones donde la línea y la composición son todo un acierto (fíjense en como la autora llena de curvas sinuosas el campo y elige rectas y ángulos para la ciudad), unas guardas secuenciales donde el formato cómic tiene mucho que decir (¿Qué sucedería si las colocásemos en formato flip-book?), algún que otro cameo de personajes como Mike Mulligan and His Steam Shovel (otro libro de la autora escrito en 1939), bien merecen un paseo por un libro que lleva circulando más de 80 años. 
Lo único que echo de menos es el juego visual y lleno de significado que recogen la tapa y contratapa de la edición inglesa (¿Por qué harán estas cosas las editoriales españolas?) donde la combinación de círculo-cuadrado, misma paleta de color y una margarita sonriendo, icono que aparece una y otra vez en el libro, lo resumen a la perfección.
 


miércoles, 18 de mayo de 2022

¡Feliz día de los museos!


En este día internacional de los museos me dispongo a hacer una reseña de uno de esos libros que hace años deberían haber estado aquí pero que por culpa de las novedades, mis descuidos o la falta de tiempo, no le ha sido asignado un lugar hasta hoy.
Se trata de Pequeño museo, un libro que editó hace años Corimbo y que todavía pueden encontrar en las librerías. Este es un álbum muy especial, no solo porque se dirige a todo tipo de lectores (aunque muchos se empeñen en catalogarlo como imagiario o libro de imágenes para prelectores), sino porque es una síntesis sin parangón entre dos universos, el del arte y el de la lectura.


Creado en 1992, este diccionario, abecedario o palabrario (¡Hay tantas formas de llamarlo…!) se presenta en tapa blanda y en formato bilingüe –castellano/inglés-, cosa que ya dice bastante, no sólo para maestros de toda índole y condición, sino a todos esos padres que viven empeñados en que sus hijos sean políglotas por culpa de complejos personales (¡Con lo que cuesta aprender otro idioma!).
Una vez lo abres y empiezas a pasar páginas, observas que, como cualquier otro álbum de este tipo, cada doble página representa una palabra que está escrita en la página izquierda y representada por una imagen en la derecha. Lo más curioso es que todas las imágenes que se recogen en este libro proceden de cuadros que se exponen en los mejores museos y galerías de arte de todo el mundo.


Seleccionadas por Alain Le Saux y Gregoire Solotareff es un libro que hace un recorrido a toda la historia de la pintura tomando como excusa el orden alfabético (si lo que quieren en una historia del arte cronológica este no es su libro) de las palabras que aquí se representan. Gallina, huevo, cara, ciclista, espalda, mariposa… Así hasta 149 palabras (se pueden imaginar que es un libro bastante tocho) que se acompañan de detalles u obras de genios como Magritte, Velazquez, Picasso, Bruegel, Piero de la Francesca, Van Gogh, Monet o Hopper.
Me parece un ejercicio de memoria muy interesante para alumnos de bachillerato o incluso de universidad, sobre todo en lo que a materia referencia se refiere (no solo como repaso de examen, comentario artístico o competición de conocimientos, que también), ya que muchas de las obras seleccionadas son un resumen más que acertado de los movimientos y corrientes artísticas que impregnan la cultura occidental.


Si bien es cierto que no sabría adscribirlo a la categoría de ficción o a la de no ficción, el resultado me parece cuanto ni menos interesante, no sólo por el cariz tan evocador y estético que propone, sino por experimentar con la hibridación entre lenguajes, esa correspondencia entre la imagen y la palabra desde un prisma más complejo todavía en el que el discurso emergente se eleva al cuadrado (¿Qué intentaba decirnos aquel artista con este cuadro? ¿Qué nos dice ahora? ¿Cambia el mensaje con solo una palabra).
No se pierdan este museo. Es una joya.


martes, 17 de mayo de 2022

De abusos hosteleros y ataques de hipo


La vida se está poniendo imposible. Y más que se va a poner. Si hace un par de años los guiris pensaban que España era el paraíso y ellos quienes, a base de libras y sueldos boyantes, se erigían en conquistadores, a día de hoy la cosa está cambiando. Y se lo digo porque últimamente me he topado con unos cuantos que empiezan a pensar que ni en destinos turísticos la mar de populares, encuentran los precios de antaño.
Que en pleno Cáceres, una ciudad mal comunicada, con una población en declive y una economía empobrecida que subsiste gracias a cuatro visitantes, te cobren tres euros por una caña, no tiene nombre. Que en un bar de mala muerte de Alicante fuera de todo el cerco turístico, te saquen más de siete lereles por media ración de bravas, es una puta vergüenza. Que en un bar de Granada, el tamaño del tubo de cerveza se haya reducido pero te sigan cobrando lo mismo que cuando el vaso era mayor, se llama avaricia y piratería. La feria de Sevilla, los patios de Córdoba, las fallas de Valencia, San Isidro… No hay fiesta popular en la que no se hayan esquilmado los bolsillos del ciudadano.


Putin y su guerra, el aceite de girasol (se ve que las cerveceras necesitan cantidades ingentes para fabricarla), los combustibles y la luz son justificaciones más que socorridas. Pero, ¿cómo es posible que esto esté sucediendo en algunos establecimientos mientras que en otros se sigue manteniendo el precio de los productos a un precio como el de antaño y no han pasado a vender el salmorejo en dedales? ¿Acaso ellos no pagan sus facturas? En mi pueblo esto pone en evidencia que solo hay una palabra para definir a los primeros: la-dro-nes.
El sector hostelero ya subió los precios durante la pandemia aduciendo que con las restricciones y demás daños colaterales tenían que subsistir de alguna forma, que la poca afluencia de público les había restado ganancias. Pedían algo de comprensión y solidaridad a un consumidor que en parte lo entendió y los apoyó, para que ahora que el bicho ya no es el peligro número uno, sigan riéndose de nosotros y exprimiendo nuestras carteras gracias a nuevas excusas en connivencia con un gobierno cuya única meta es dejar España hecha un solar.


La inflación está subiendo a pasos agigantados, los sueldos son denigrantes, estamos perdiendo competitividad en sectores que antes eran nuestra punta de lanza y las clases medias, que son las que ¿tenían? el poder adquisitivo, se están empezando a dar cuenta de que todo es un engaño. De que no hay necesidad de que te roben a mano armada en lugares a reventar de gente, donde el servicio es una castaña, la cerveza está caliente y las tapas se reducen a cuatro trozos de pan. Trae más cuenta comprarte una caja de cervezas en Amazon y disfrutarlas con los tres amigos de siempre, que ir a uno de estos lugares y sufrir un ataque de hipo cuando te traigan la cuenta.


Y hablando de hipo, hoy me toca hablar de ¡Tengo hipo!, un álbum de David Pintor publicado por La Guarida, una pequeña editorial salmantina con unos libros bien simpáticos. En esta ocasión, el autor gallego toma como protagonista a un gato bastante glotón que tras zamparse una buena ración de comida sufre un ataque de hipo muy persistente. Desesperado, pide ayuda a su amigo el pájaro que, echando mano de otros amigos animales, le irá indicando formas para deshacerse de ese hipo tan molesto.
Con su habitual humor blanco, Pintor ahonda en una situación de sobra conocida entre los más pequeños de la casa y de paso les invita a experimentar buena parte de las maneras para acabar con esta contracción involuntaria del diafragma que a veces puede durar incluso ¡días!
No se pierdan el librito porque tiene un puntito de rima-retahíla muy pegadizo, se le puede sacar mucho partido en casa y no abusa de ciertos efectos que seguramente le harían perder frescura.

miércoles, 11 de mayo de 2022

Yo conocí a Marina Abramovic



Corría 2014 y yo decidí pasar aquel verano en Londres para evadirme un poco de los problemas personales que habían caído sobre mí como una losa de tristeza. Respirar un poco y dar rienda suelta a nuevas experiencias era el leitmotif de un paréntesis necesario.
Me alojé en una residencia universitaria cerca de Old Street, el East London, y por las mañanas iba a correr por Shoreditch Park o a dar un paseo alrededor de los London Fields en Hackney. Estaba estirando un día cuando un tipo se puso a darme palique. Tenía más o menos mi edad. Benjamin Sebastian, artista australiano que pretendía abrirse un hueco en el panorama londinense del arte efímero. Simpático y buen conversador. Del look mejor ni hablar.


Empezamos a coincidir dos o tres veces por semana y entablamos amistad. Como estaba en stand by por culpa de las trabas administrativas y otras miserias gubernamentales, se dedicaba al ocio. No tenía prisa y las charlas se alargaban yendo de las ovejas merinas a las houseboats de Regents Canal.
Un día me dijo que no podía ser tan indiferente hacia el arte moderno y, ni corto ni perezoso, me montó en un par de autobuses, el medio de transporte favorito entre los londoners, y me llevó hasta la Serpentine Gallery en Hyde Park, un espacio dependiente de la Tate Modern que se ubica en el citado parque y donde Marina Abramovic celebraba sus 512 Hours, la prueba definitiva para acabar con mi animadversión hacia este tipo de instalaciones.
La entrada era gratuita (sorprendentemente, porque para entrar a la Tate hay que pagar aunque los museos de titularidad pública en Reino Unido sean gratuitos) y se nos pedía que depositáramos mochilas, bolsos, dispositivos móviles, cámaras de fotos y relojes en una taquilla. Esto, aunque podía resultar caprichoso o excéntrico, era una cuestión de suma importancia para considerar aquello desde una perspectiva completa.


Era un miércoles quizá, y la primera sala era la más concurrida. Era un espacio muy amplio y había bastantes personas sobre una tarima en forma de cruz con los ojos cerrados y una especie de auriculares. El Benjamin se agenció unos y, ni corto ni perezoso, se encaramó allí. Yo, sin embargo, preferí seguir pululando.
En la sala contigua no había ni dios, solo una especie de pupitres sobre los que había un puñado de granos de arroz de diferentes colores. Me senté y empecé a trastear con aquello. No tenía nada mejor que hacer. Al cabo de un rato y satisfecho con mi trabajo -que bien merecía una foto que nunca pude echar-, levanté la vista y la sala se había llenado. ¿Cuánto tiempo había pasado?


Salí y me encontré al Benjamin hablando con una señora vestida de negro muy animadamente. Me dijo que me acercara. Lo hice pero puse algo de distancia. Charlaban, unas veces con solemnidad, otras, como dos viejos conocidos. De repente, él, refiriéndose a mí, dijo “Es escéptico” y ella, con una sonrisa demasiado serena, respondió “O quizá ha aprendido a convivir con sus miedos”. Yo metí baza, nos reímos y, tras algún chascarrillo más, cercanía y mucha amabilidad, Marina Abramovic desapareció casi flotando. 
Lo peor de todo es que hoy, casi ocho años después e indagando sobre sus concepciones artísticas, he entendido lo que quiso decirme, patitos feos mediante.



martes, 10 de mayo de 2022

Entre el exilio y la esperanza


Elaborando esta selección sobre la guerra en los libros infantiles, me di cuenta de que muchos libros sobre esta temática que me encantan, no tenían un lugar preferente en este espacio. Entre ellos estaba Cuando Hitler robó el conejo rosa, uno de esos títulos necesarios en cualquier biblioteca. Por ello y aprovechando que este año se celebra el 50º aniversario de su publicación y que Loqueleo Santillana ha lanzado una edición conmemorativa en tapa dura y con las ilustraciones originales de la autora, me lanzo a incluir una reseña ad hoc en este lugar de monstruos y lecturas para que le saquen mucho más jugo a un libro reconocido mundialmente en el ámbito de la LIJ, tanto por el público, como por la crítica.



Poca gente sabe que este libro es la primera parte de una trilogía (
Out of Hitler Time) que se continua con otros dos volúmenes que llevan por título Bombs on aunt Dainty (traducido en castellano con el título En la batalla de Inglaterra) y A small person faraway (nunca ha sido publicado en castellano). El origen de estos libros está en sus propios hijos ya que al terminar de ver la película Sonrisas y lágrimas, comentaron entre ellos «Ahora ya sabemos cómo eran las cosas cuando mamá era pequeña». Al oír esto, Kerr quiso que conocieran cómo fueron realmente las cosas y por ello se lanzó a escribir esta historia que se publicaría por primera vez en inglés y dos años más tarde en alemán, traducida por Annemarie Böll, esposa de Einrich Böll.


Cuando Hitler robó el conejo rosa es un relato semi-autobiográfico donde Judith Kerr, utilizando el pellejo de Anna Kemper, la protagonista de esta historia, recogió sus experiencias de infancia en torno a la Segunda Guerra Mundial y el régimen nazi. Era hija de Alfred Kerr, un judío alemán e influyente crítico teatral, periodista y dramaturgo (era apodado el Kulturpapst, “Papa de la cultura”), que tras criticar duramente al nacional socialismo alemán se vio obligado a abandonar el país en 1933.


Desde su vida en un barrio de clase acomodada a las afueras de Berlin -Grunewald-, la huida a la frontera con Praga de su padre, el hermetismo familiar a respecto del paradero de su padre, el reencuentro de Alfred Kerr con su mujer, Julia, y sus hijos, Judith y Michael, en Suiza, el exilio a través de Lugano y Zurich, el pequeño apartamento en París o la llegada a Inglaterra, país donde finalmente se restablecerían, son momentos que una Judith Kerr de nueve años rememora en una novela que en parte podría ser catalogada como de aventuras.


Tampoco hay que olvidar que la novela está llena de momentos amargos como la quema de los libros de su padre por parte del sindicato de estudiantes alemán frente a la Universidad Humbodlt de Berlín, la confiscación de sus bienes, y todas las cosas que dejaron atrás incluidas su casa, el piano o su conejo de peluche rosa, una figura metafórica sobre la que regresa una y otra vez la autora como recuerdo de esa infancia perdida, un juguete que da título al libro y que tanto me recuerda al Otto de Tomi Ungerer.


Si bien es cierto que muchos establecen paralelismos entre este libro y el Diario de Anna Frank (dos niñas con el mismo nombre que sobreviven al nazismo), considero que en esta ocasión hay que aparcar las comparaciones en base a dos apreciaciones. Por un lado, este libro, aunque de corte autobiográfico, pertenece a la ficción, y en consecuencia se eliminan o añaden elementos narrativos que pretenden encauzar la lectura desde la intencionalidad. Por otro, es un libro escrito por un adulto sobre sus experiencias de niñez, es decir, anacronía y perspectiva modifican el marco narrativo.
Ambas obras se centran en la mirada de sus respectivas protagonistas, sus altibajos emocionales, sus miedos y anhelos, pero las reglas que rigen una y otra son diferentes y por tanto, pergeñan lecturas igualmente diferentes. Mientras que Anna Frank se encuentra aislada, ve el mundo a través de las rendijas, y es mucho más directa, claustrofóbica y visceral, Anna Kemper se recrea en los acontecimientos familiares y callejeros, repasa los hechos históricos más importantes de la Alemania nazi desde que Hitler asciende al poder y, sobre todo, no pierde esa mirada infantil que a veces olvida el horror en pro de un canto esperanzador y optimista.


Como complemento a esta lectura, siempre pueden ver la adaptación televisiva de 1978 (seguramente la encontrarán en la versión alemana original) y la cinematográfica que se estrenó en 2019, y que en España llegó a los cines bajo en nombre El año que dejamos de jugar (no sé por qué narices hacen esto las distribuidoras y el mercado audiovisual español). Aunque aceptables, yo siempre prefiero la novela original en la que detalles de todo tipo, giros y descripciones enriquecen mi intelecto y traen consigo diferentes sensaciones.

viernes, 6 de mayo de 2022

Oda a la patata


El alimento más socorrido del mundo es la patata. Fritas, cocidas, asadas, al vapor o incluso crudas, constituyen un alimento básico de la dieta occidental. Algo bastante raro teniendo en cuenta que el origen de la patata es americano, concretamente peruano y boliviano. Una planta de la familia de las solanáceas que se encontraron los españoles cuando llegaron al Nuevo Mundo y que trajeron a este lado del Atlántico como una mera curiosidad que formaba parte de los recién estrenados jardines botánicos o a modo de planta ornamental en los palacios de aristócratas y monarcas europeos.


Sí, señores, la patata o Solanum tuberosum (nombre científico al canto), antes que comestible, fue decorativa. Una imposición cultural basada en dos hechos. El primero fue que tardó en aclimatarse bastante a estas latitudes y los varietales que se consiguieron producían tubérculos muy pequeños. La segunda razón es algo oscurantista, ya que si tenemos en cuenta que los frutos de la patata son tóxicos debido a sus alcaloides (algo parecido le pasa a la belladona o la mandrágora, que pertenecen a la misma familia botánica) y que las partes aprovechables se crían bajo tierra, el cristianismo la catalogó con cierto aire demoniaco.


Llegado el siglo XVII, la suerte de la patata fue cambiando hasta convertirse en uno de los pilares de la dieta irlandesa, alemana o flamenca. No es de extrañar teniendo en cuenta que las patatas son un alimento bastante completo ya que además de almidón, ese glúcido complejo que aporta mucha energía, contiene azucares simples (de ahí su ligera dulzura), fibra (la piel, señores, hay que comerse la piel), vitaminas C y B6, iones minerales como potasio, magnesio, fósforo, calcio, hierro y zinc, algo de proteína y agua, mucha agua.


A pesar de tanta cosa buena, no se dejen engañar por la patata y tengan en cuenta que son bastante adictivas por tener sabor umami (si abren una bolsa de patatas fritas no pueden parar de comer) siempre y cuando no se coman esas partes verdes que a veces aparecen en ellas y que contienen solanina, un metabolito que producen cuando les da la luz y así defenderse de hongos y otras plagas.


Seguramente ustedes conocen variedades de patata que se cultiven cerca de donde viven (se han contabilizado unas siete mil diferentes en todo el mundo), pero en España son muy conocidas las gallegas o Kennebec (¡Ese pulpo con cachelos!), las de Canarias (hasta 102 variedades de papas diferentes entre las que destacan la negra y la bonita, ideales para acompañar con mojo), y las de El Salobral (que uno barre para casa).


Y si quieren conocer alguna que otra curiosidad sobre este tubérculo harinoso, solo tienen que bucear en El rey patata, un álbum de Christoph Niemann publicado por Malpaso que, basado en hechos históricos, nos traslada a la época en la que la patata todavía no era mirada con buenos ojos por el ciudadano de a pie, y Federico II el Grande de Prusia ideó un plan para que sus súbditos empezaran a probarla y cultivarla para poner freno a las hambrunas de aquellos días.


Utilizando fotografías y tampones de patata para elaborar las ilustraciones (seguro que todos ustedes lo han hecho alguna vez), el autor desarrolla una historia que bien merece un aplauso, no solo por el contenido informativo, sino por encontrar una vía más que adecuada para la narrativa gráfica y que tanto puede extrapolarse a las experiencias de lectura (¿Imprenta? ¿Estampación?) y otros momentos de recreo, donde la sencillez y el contraste hablan por sí solos.


Composiciones bien pensadas, motivos repetidos, una paleta de colores reducida y dosis de humor son las claves en un libro que ha pasado desapercibido por las estanterías pero que bien merece la pena ser reseñado por las posibilidades que entraña, tanto en competencia lectora, como en lo que se refiere al aprendizaje y el juego. Todo con un puñado de patatas. La reina de los tubérculos.