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jueves, 8 de mayo de 2025

Filosofía animal


La filosofía está de moda. O eso quieren hacernos creer. Aunque las neuronas de muchas personas se fueron de vacaciones y nunca regresaron a esta dimensión, un reducido número de adultos está empeñado en hacerla salir a flote. No sé si saben muy bien lo que hacen, pues a más de uno eso de pensar le ha costado la salud y los cuartos, pero nunca está de más intentarlo por varias razones.


La primera es que la filosofía es una forma de explorar la verdad, ansía conocer el universo que nos rodea gracias al pensamiento crítico, uno que siempre es necesario. Si bien es cierto que muchos se meten en camisas de once varas dándole al coco, suele ayudar a analizar información, evaluarla y cuestionar muchas opiniones. En cierto modo te ofrece libertad ya que te aleja de esa manipulación que se ha convertido santo y seña de la posmodernidad.
En segundo lugar hay que hablar de su relación con las disciplinas científicas y humanísticas. Matemáticas, ciencias experimentales, ciencias naturales, arte o historia. Todas se alimentan de un germen filosófico en el que metafísica, lógica, estética o política tienen mucho que decirnos. Así, entender mínimamente las bases filosóficas, nos aproxima mejor a diferentes campos del conocimiento.


Por último, los que piensan, los que pensamos (a veces me gusta incluirme en esta categoría a pesar de mis reiterados errores) nos adaptamos mejor a las situaciones que nos rodean y nos manejamos mejor ante la adversidad, algo que nos sitúa en cierta posición de privilegio, pues sabemos el poder que tenemos sobre aquellos que hacen las cosas al tuntún, gente ignorante que no sabe dónde tiene la mano izquierda u otros seres vivos que no poseen esta capacidad.


Seguramente, Dipacho ha seguido un camino menos analítico para dar vida a sus Preguntas animales, un libro que acaba de publicar Apila, la editorial maña que va un poco por libre (afortunadamente), y que se interna en el mundo del interrogante.
¿Hay animales manchados o manchas en los animales? ¿Se puede ser entomólogo de insectos inventados? ¿Es un boceto de animal un animal de verdad? ¿En dónde se puede hacer avistamiento de animales invisibles? Más de cien preguntas como estas nos presenta el autor colombiano gracias a un zoológico con una estética muy chocante.


Así, en cada doble página, aparece un buen puñado de cuestiones referidas a un grupo de imágenes que, de un modo u otro, recuerdan a las formas del reino animal realizadas con técnicas y estilos muy variados.
Manchas desdibujadas, quimeras digitales o garabatos sinuosos recrean aves, insectos o roedores que nos invitan a darle al coco mientras pasamos las páginas gracias a un juego de perspectiva estética que me ha sugerido cierto dilema en lo que a híbridos de ficción y no ficción se refiere (¿Un álbum que no plantea respuestas puede ser un álbum informativo? ¿Cualquier respuesta infundada sirve como respuesta en un universo no ficcional?).
Sea como fuere yo continuaré filosofando sin demasiado fuste y a golpe de imaginación, que bien vale un mundo, el de Dipacho o el mío.

miércoles, 7 de mayo de 2025

Quien fuera piedra...


El otro día andábamos de charla. Tocaba hablar de hijos y el Josean comentó que las suyas, cuando se acercaba el fin de semana, lo primero que hacían era preguntarle qué programa de actividades les había preparado para los próximos días. Ellas daban por hecho que su padre era un mero monitor cuyo objetivo en la vida era entretenerlas durante sus ratos libres para no conocer las leyes de la estática.


No me extraña que las nenas se hicieran esas cábalas, pues como manda la vida familiar occidental actual, cualquier hijo que se precie de serlo, debe estar a sus once vicios y disfrutar de una agenda propia de cualquier aristócrata. Clases extraescolares, deportes en equipo, fiestas de cumpleaños, viajes, parques de atracciones, playa, montaña, quads y todo tipo de eventos configuran el día a día de criaturas que no levantan tres palmos del suelo.


Trajín y más trajín. Los chiquillos le temen al aburrimiento como una vara verde y, mientras el dietario está a la altura del de Sissi emperatriz, pierden la capacidad de disfrutar de aficiones que, lejos de ese dinamismo al que se orienta todo, se relacionan más con uno mismo y el disfrute individual, véanse pintura, botánica o lectura.
Si a ello añadimos que, hoy en día, cualquier pasatiempo tiene que convertirse en un acto social sobre el que cualquiera puede opinar o alardear, la cuesta es todavía más empinada. Todo tiene que ser público y visible. Si lo que haces no se comparte, no es divertido, una especie de abominación que termina por engullir cualquier ocupación íntima.


“Serenidad, quietud, reflexión… ¡Ni que fuéramos piedras!” Dice aquel. “¡Que las piedras tienen una vida muy rica, melón!” Digo yo. “Y si no me crees, presta atención a los dos libros que te traigo hoy.”


El primero es ¡Hola, piedra!, un álbum de Giuseppe Caliceti ilustrado por Noemi Vola y editado en nuestra lengua por Limonero. En él, una niña que pasea con una especie de sapo, se encuentra con una piedra y, lejos de permanecer calla, comienza a freírla a preguntas. La piedra, como buena piedra, al principio le contesta con monosílabos, pero poco a poco, se va soltando y la involucra en un diálogo muy sugerente.


Desde lo exploratorio (ya saben que a los niños les encanta investigar todo), se nos presenta una historia de autoconocimiento a base de una entrevista que, si bien puede parecernos simpática e inocente, alberga mucho sentido, no solo sobre las piedras que nos rodean, sino sobre el paso del tiempo, el mundo conocido y el que desconocemos (¿Ven a ese extraterrestre?).


Con las sugerentes imágenes de Noemi Vola, este viaje iniciático que transita por el surrealismo, el existencialismo y cuestiones un tanto metafísicas, se enriquece de elementos que complementan un discurso que puede ser recorrido por lectores de cualquier edad. Lo que unos ven con unas lentes, los otros lo miran desde otra perspectiva. Es lo que tienen los álbumes con muchas capas de significado.


El segundo es Las tres piedras, un álbum del siempre elocuente Olivier Tallec que se ha publicado en nuestro país gracias a Bira Biro. En él se cuenta la historia de tres piedras que habitan la cima de una montaña. Por culpa del destino, van cayendo a cotas inferiores. Rayos, ráfagas de viento, el curso del agua y unos cuantos animales se cruzan en su aparente quietud y, sin quererlo ni beberlo, van dibujando nuevos escenarios vitales para estas rocas que, ojipláticas, viven con resignación los nuevos panoramas que les depara la suerte.


Aunque parezca una broma sinsentido (lo inerte siempre lo parece), el autor francés explora numerosos conceptos como la gravedad, lo circunstancial, el privilegio y la pérdida de status, e incluso la capacidad de adaptación. Y si no quieren ver nada de esto, disfruten de lo absurdo, que también tiene su punto.


Me llama poderosamente la atención la sinergia entre el silencio que desprenden unos personajes tan bien caracterizados (su mirada impasible lo dice todo) y ese narrador que ahonda en los detalles que enriquecen una historia que a muchos les puede resultar insulsa. Ese humor que me recuerda al cine mudo tiene muchas dobleces, no solo porque abre muchas rendijas por las que asomarse, sino porque aporta ligereza a un discurso muy potente.

miércoles, 22 de mayo de 2024

¿Para qué sirve la vida?


Para el Alfon, que nunca le dedico na'.

Hay gente que le da mucho a la cabeza. Tanto, que se ponen a pensar en cuestiones sobre las que hay poco que decir. Así les va. Salen medio tarumbas y se llevan al que pillan por delante. Pensar no es bueno. Ya lo afirmaba mi padre (que jamás toma nota de sus propias palabras). El que mucho cavila, poco vive. Por eso le digo yo al Alfon que va a durar lo que no está escrito con esto de dedicarse a la vida alegre, esa en la que ni siquiera se leen libros. Él, más pillo que entre siete, me respondería “¿Y para qué sirve la vida, Román?”.
Aunque yo lo tengo claro a pesar de leer infinitamente más que él (espero que no me pase factura y seguirle a zaga en esto de la vejez…), parece que hay un elevado porcentaje de la población que se dedica a pelar la pava con la existencia y sus propósitos. Que si no estoy satisfecho con mi proyecto de vida, que me arrepiento de aquella decisión o que mira el futuro que me espera. A lo que yo respondo: ¡Qué aburrimiento!


Buscarle sentido a la vida puede ser una empresa tan fácil como difícil, sobre todo cuando no eres ni Sartre ni Kierkegaard ni sabes pronunciar el apellido del segundo. Pero lo más complicado de todo es encontrarle el lado banal, hedonista y pendenciero. Y si lo haces, tomártelo con mesura, no sea que de la emoción, te quedes sin disfrutar del premio de consolación.
Anímense a entrar en nuestro pequeño club de vividores y déjense los libros de autoayuda junto a la leña, no sea que hagan mal uso de sus neuronas y quieran matricularse en un grado de psicología, el deporte nacional después de la freidora de aire. Que sí, que la vida es útil, y el que vive, lo sabe.


¿Para qué sirve?, un libro de José Maria Vieira Mendes y Madalena Matoso, acaba de llegar a España gracias a la editorial A fin de cuentos y desde este espacio que nadie sabe para qué sirve (¿O sí? ¿Por eso existe?), le vamos a dedicar un repaso.


Todo empieza con la pregunta del título (y que también está escrita sobre ese bombo que me ha vuelto loco): ¿Para qué sirve? Las páginas se llenan de bombillas, lupas, tijeras y lápices. También de otras cosas que adoptan como nombre su utilidad, léase sacacorchos, sacapuntas o cortaúñas. Incluso aparece un teléfono móvil. Todo sirve para algo, pero ¿pueden servir para otras cosas? ¿Podemos usar un sombrero como una cesta o un neumático para columpiarnos? Uy, vaya lío… ¿Llegaremos a algún sitio con este libro?


Si bien es cierto que, en principio, este álbum puede parecer algo complejo, en realidad parte de un pequeño juego que, a base de preguntas y respuesta, nos lleva donde quiere (¿o dónde queremos?), algo que tiene mucho mérito, pues con una pizca de curiosidad y un suspense generado por una secuencia que, girando sobre el existencialismo y el utilitarismo, termina sembrando una idea tan hermosa como inútil (¿o no?).


Esos contrastes tan coloristas que se gasta la Matoso a golpe de naranjas, amarillos y fucsias no dejan indiferentes a los lectores, es más, los atrapan de lleno en una obra que tiene mucha filosofía. Si esto fuera poco, la portuguesa incluye elementos metafóricos (¿Ven esa pista de atletismo tan ordenada con la que empieza y lo embarullada que termina?), idas y venidas, comparaciones y secuencias rítmicas que ofrecen una dinámica visual arrolladora.
Por si no se han enterado, no me pidan que les defina este álbum poco definido, lo único que les puedo asegurar es que sirve para pasar un buen rato, que ya es bastante.

lunes, 8 de abril de 2024

Filosofía de vida


Si la higiene, el deporte, el sueño o la lectura son importantes en esta época que nos ha tocado vivir, también lo es la filosofía con la que nos tomemos los días. A pesar de lo que muchos odian esta asignatura de la educación secundaria, parece ser que no es para tomársela a guasa (la tónica general en este país de pandereta).
Es cierto que los comentarios de texto sobre el mito de la caverna de Platón o el superhombre de Nietzsche son todo un despropósito (sobre todo cuando lo que te va es Bad Bunny o Karol G). Y si hablamos de Kant o Hume, más de uno preferirá recoger ajos, que al menos te pones moreno. Sin embargo, eso de pensar es más útil de lo que creemos.


Pensando se puede llegar muy lejos. Podemos sopesar las consecuencias de nuestras acciones, podemos ayudar a los demás e incluso ahorrarnos un pico en la cesta de la compra. Acudir como participante a los concursos televisivos, urdir una estrategia para llevarnos de calle a quien nos gusta o ganar el partido final de la liga. Si pensamos, y además lo hacemos bien, la vida nos puede sonreír.


No todo es tan bonito en la difícil tarea de darle al coco, pues a veces se sufre más de la cuenta con tanto darle a la manivela. Lo negativo se apodera de nuestra mente y no damos pie con bola. Frustraciones, miedos, complejos, traumas, momentos difíciles… Todo eso y mucho más nos obliga a pensar en la dirección equivocada. A veces los tontos viven mejor. Dejarse llevar también es muy buena opción.


Lo mejor de todo es que, decidas lo que decidas, tus pensamientos, si sabes como llevarlos, siempre te hacen caso. Lo mejor es entrenarlos y utilizarlos positivamente. Y cuando se pongan tontos y no atiendan a razones, sentarlos en el banquillo el rato que creamos oportuno y dedicar nuestro tiempo a tareas que no requieran demasiada concentración ni albedrío neuronal.


Y hablando de pensamientos, acaban de llegar a nuestro país Filonimal, una colección muy filosófica que ningún monstruo se debe perder. El cuervo de Epicteto y El puercoespín de Schopenhauer, La mariposa de Chuang Tzu y El Lagarto de Heidegger son las cuatro primeras historias de esta serie protagonizada por animales que filosofan sin cesar. Escritos por Alice Brière-Haquet e ilustrados por varios artistas, estos libritos (me encanta esa correlación entre su tamaño y la profundidad) aterrizan en las estanterías gracias a la editorial Yekibud.
El primer título ilustrado por Olivier Philipponneau, nos cuenta la historia de un puercoespín, bueno, de muchos. De cómo se buscan, se encuentran, se acercan y, finalmente, de cómo se evitan. Se parecen a las personas, que quieren vivir juntos, pero no revueltos. Cada uno tenemos nuestro espacio, intentamos no molestar al vecino y vivir en paz, pero a veces eso es inevitable… ¿Terminarán los puercoespines viviendo en sociedad?


Csil ilustra el segundo libro. En él, un cuervo grazna y todo el mundo empieza a hacer conjeturas sobre lo que augura. ¿Querrá anunciarnos algo bueno o algún desastre? ¿Será un enviado de los dioses? ¿Seremos más o menos felices? A saber… Por ello es mejor enfrentarse a los días con la mejor de las sonrisas, que al fin y al cabo eso es el estoicismo.


Ilustrada por Raphaële Enjary, la siguiente fábula se centra en el dilema realidad-ficción gracias a la mariposa que aletea en el sueño de Chuang Tzu. Mientras duerme, se siente mariposa que flota en el aire, pero cuando despierta, se encuentra con sus pies en la tierra. ¿Quién es? ¿La mariposa o el hombre? Es curioso como se pueden confundir las sensaciones...


Con imágenes realizadas por Sophie Vissière, El lagarto de Heidegger nos habla de la conexión que existe entre todos los elementos que configuran el universo, relaciones casuales que por unas razones u otras, coexisten en un mismo lapso espacio temporal. Una curiosa metáfora de cómo un lagarto, una piedra, un niño y el sol funcionan al mismo (o distinto, según se mire) son.
Aptos para todos los públicos, les aseguro que no les van a decepcionar estas pequeñas y hondas fábulas, que, lejos de la pedagogía, intentar interpelarnos. Para mí han supuesto un hallazgo, no solo en lo que se refiere a la materialidad del libro (vean el troquel de la portada, el tipo de papel o el uso de las tintas), sino a ese ser que vive en mí y que se debate a diario con sus propias circunstancias y pensamientos. Espero que para ustedes supongan, si no lo mismo, algo parecido.

jueves, 26 de octubre de 2023

Entender nuestra propia naturaleza


Quien no vea la incipiente fragmentación social que se respira en el ambiente durante los últimos años, es que tiene la retina muy distorsionada. Y no es que yo vea doble, que también, sino que allá donde otros presumen concordia, igualdad y buenas intenciones yo solo vislumbro una costra bajo la que subyace el odio más irracional.
Y es que el Estado, el mismo que debería estar velando porque las relaciones entre los ciudadanos no se deterioren, está enfangado hasta las trancas en la devaluación de la nación a base de ese celofán tan risueño y esperanzador con el que nos lo presentan todo.


No hay día que no nos coman el seso con una nueva “política social” (así las llaman), con una “ley igualitaria”, con un nuevo as sacado de la manga que ahonda, no solo en las diferencias entre unos y otros, que las tenemos, sino en el papel de víctima y verdugo que tanto gusta en esta sociedad de etiquetas.
Cuanto más nos reconocemos en la diversidad, más nos odiamos los unos a los otros. Guerras, disturbios, manifestaciones, asaltos… Parece que la ONU, la OMS y la Agenda 20-30 desatan más violencia de la que contienen. Es bastante curioso como ese buenismo social que se ha extendido en los países más demócratas del mundo, está desatando una respuesta muy diferente a la esperada.


Y así, asqueado de la realidad que se cierne sobre mí, me abro hueco en un sofá atestado de libros para disfrutar de Una noche en el paraíso, un álbum con texto de Jürg Schubiger, ilustraciones de Rotraut Susanne Berner y editado por Lóguez este otoño.
Abro su tapa troquelada y disfruto con esa ilustración a modo de filigrana que nos regala la artista alemana. Conforme paso las páginas me adentro en el edén y me acuerdo de aquellas historias religiosas que, como oyente obligado, disfrutaba en mis clases de ética que, paradójicamente se desarrollaban junto a mis compañeros católicos.


Sigo leyendo y empiezo a darme cuenta de que Schubiger y Berner intentan recrear a su manera algunos de los momentos que podrían haber vivido Adán y Eva en aquel jardín de follaje exuberante, a reventar de criaturas diferentes, extintas o microscópicas.
Si esperan una recreación bíblica de esa relación, les recomiendo que se bajen de la burra, porque los autores abandonan todo tipo de connotaciones religiosas y se sumergen en la condición humana, esa que compartimos todos, sea cual sea el credo que recemos (o no).


Atestado de hermosas aves y animales de toda condición, este vergel es el único testigo de las preguntas y respuestas, de las semblanzas y metamorfosis, de los miedos y anhelos que estos dos personajes experimentan con el pasar de las páginas.
Diálogos con temas tan sencillos, como jugosos, ilustraciones coloristas y llenas de detalles, y textos breves pero intensos, llenan un libro que bien podría contextualizar más de una clase de filosofía. La esperanza, la existencia, el amor o el tiempo se suceden en una historia de la que todos conocemos el final, un final que por fin logramos entender y compartir.

jueves, 18 de mayo de 2023

La nada


Ahora que nos acercamos al final del curso, me doy cuenta de lo difíciles que son algunos conceptos con los que trabajamos en clase. Conceptos que incluso un servidor sigue encontrando complicados a su edad y que, por necesidades del guión, debemos dar a conocer a nuestros adolescentes sí o sí. Bien como novedades curriculares, bien para que comprendan otros.
A veces es inútil el empeño que pongamos, lo simplificados que se los presentemos o la cantidad de ejemplos cercanos que busquemos. Por mucho que se pongan a darle vueltas a sus cabecicas, nunca logran darles la dimensión correcta.
También hay que considerar que genios como Einstein, Darwin o Newton tuvieron que alcanzar la madurez para otorgarles entidad y desarrollar sus teorías, y no podemos pretender que niños y adolescentes, por muy espabilados que sean, se pongan al quite con ellos.


Filosofía, astrofísica, ecología, termodinámica, genética… ¿Para qué? Se preguntan muchos. Quizá todo vaya encaminado a realizar una criba donde los mejores abran nuevas sendas, nuevos caminos por los que transite la ciencia y así dar cabida a nuevas ideas que nos permitan avanzar en eso que llamamos supervivencia.
Conceptos como la materia, la energía, la selección natural, la entropía o la gravedad, a pesar de parecer sencillos, les complican la vida cuando hay que ponerlos en práctica. Son tan peliagudos, abstractos y enrevesados que yo siempre digo que no pasa nada por dejarlos a un lado. Hagamos lo que hagamos siguen rigiendo el mundo y no nos enteramos.


Como ejemplo de esto hoy les traigo la nada como concepto gracias a un álbum estupendo. El rey y nada, un álbum del siempre acertado Olivier Tallec y publicado por la editorial BiraBiro, nos cuenta la historia de un rey que se dedica a coleccionar cosas. Tiene de todo. Elefantes sin trompa, tormentas sin truenos y patines con sabor a caramelo. No le falta detalle. O bueno…, sí, le falta una cosa: la nada. Percatándose del problema se pone manos a la obra y empieza a buscar la nada. Por aquí, por allá, ¿logrará dar con ella?


Para esta ocasión, el genio francés se decanta por unas ilustraciones construidas sobre el rojo y el amarillo, una combinación que a priori parece arriesgada pero que funciona muy bien teniendo en cuenta las composiciones y los juegos de óptica donde volúmenes y espacios en blanco tienen un papel esencial.


Un punto de partida muy simpático y notas de humor en cada doble página, ensalzan un discurso que se adecúa a diferentes niveles de complejidad y dan un buen empujón a un álbum que intenta indagar en el conocimiento y abre nuevas preguntas sobre un concepto al que Newton, Aristóteles o Descartes regresaron una y otra vez.

jueves, 11 de mayo de 2023

El teatro del absurdo y el libro-álbum




Andamos preparando el examen final de la escuela de idiomas y estos días nos ha tocado ejercer de críticos, más concretamente de una obra de Samuel Beckett, el escritor y dramaturgo irlandés. Aunque sus grandes obras fueron escritas en francés, nuestra profesora ha querido que nos adentráramos en Los días felices, una obra en inglés que está protagonizada por una mujer que se halla semienterrada.
Aunque yo prefiero el teatro en directo, me ha resultado la mar de productivo, no solo porque nunca antes me había adentrado en el universo de este autor, sino porque he descubierto el llamado teatro del absurdo y he encontrado un montón de coincidencias entre este y bastantes álbumes que me encantan y con los que iré ilustrando esta entrada para que ustedes mismos busquen analogías en ellos.


Maurice Sendak. El uno era Juan. Kalandraka.

Se conoce por teatro del absurdo a un conjunto de obras entre las décadas de 1940 y 1960 por dramaturgos como Samuel Beckett, Arthur Adamov, Eugène Ionesco, Jean Genet y Harold Pinter, así como el que surgió a partir de estas en décadas posteriores.
En estas creaciones, las escenografías y el decorado son bastante limitados. Los fondos, si los hay, son extremadamente sencillos, y no existe apenas atrezo ni objetos añadidos. Este hecho juega un papel muy importante en el contraste entre contextualización y discurso. Un mundo vacío y con objetos muy pesados y voluminosos, que por un lado permiten al espectador focalizar su atención en los personajes, mientras que por otro empequeñece y engulle a las figuras en una suerte de inmensidad espacial.


Guridi. La vida de Gul. Tragicomedia de una semilla en diez actos. Tres Tigres Tristes.

Del mismo modo, en el teatro del absurdo no suele haber cambios de ubicación. Las escenas y actos suceden en los mismos lugares. Un inmovilismo que nos invita a esa quietud estática que permite la reflexión, pero que también ancla a los personajes a una realidad que está presentada imaginariamente.


Ernst Jandl y Norman Junge. Ser quinto. Lóguez.

En lo que a la trama se refiere, este tipo de teatro está caracterizado por tramas que parecen exentas de significado, de lógica, de coherencia. Parece que no sucede nada, pero a su vez pasa de todo. Lo poético queda relegado a un plano velado del que participa el subconsciente del espectador.

Diálogos repetitivos, casi de besugo, salidas de tono, montones de disparates, rupturas del marco narrativo y una falta de secuenciación que invitan a esa atmosfera que no tiene ni pies ni cabeza, pero que engancha por su aparente sencillez e idealización. Los personajes tienen un gran obstáculo para expresarse y comunicarse entre ellos mismos constantemente. Suele haber silencios (in)cómodos que además de establecer un muro invisible, se prestan al diálogo interno.


Jon Klassen. La roca del cielo. NubeOcho.

Aunque la actitud de estas obras puede parecer baladí, son obras centradas en temas muy importantes como la existencia humana, las relaciones personales, el cuestionamiento de la sociedad, la dicotomía entre la percepción personal y plural, la susceptibilidad social o las diferencias entre los seres humanos. Todo ello aderezado con mucho humor. 

Se resalta la incongruencia entre el pensamiento y los hechos, así como la incoherencia entre las ideologías y los actos. Lo interesante del teatro del absurdo es que no da las respuestas que esperamos, o las que creemos que vamos a esperar, sino que nos deja a nosotros la interpretación y el análisis de cada palabra, cada gesto, cada semblanza.


martes, 4 de octubre de 2022

Ver el mundo con otros ojos


Esto de tener una mirada un tanto especial me acarrea más de un disgusto. Y no es que mis ojos verdeazulados se cieguen ante lo luminoso del astro rey, ni que mis largas pestañas manchen una y otra vez los cristales de las gafas, ni que me dedique a espiar a los vecinos (sus vidas me traen sin cuidado). Más bien se refiere a esa forma tan peculiar de observar lo que me rodea.
Primero de todo, gusto de fijarme en los detalles más ínfimos. Que si esos zapatos, una pulsera aparentemente inocente, el nombre de tus hijos, qué gestos de cariño te regala tu mujer o si prefieres el ron canario a la ginebra inglesa.
Luego hay que ir un poco más allá, no sólo con el nervio óptico, sino con las orejas. El tono de voz, si se le oye o no, si cambia la versión de los hechos, si utiliza muletas contemporáneas, si verbaliza a la velocidad del rayo o se atranca a cada palabro. El discurso también es importante, máxime cuando lo tienes que aguantar en el trabajo, en la cena de Nochebuena o en las reuniones de padres.


¡Qué malo es ver lo que no quieres ver, oír o callar! Que las miserias son de cada uno y de nadie más… Bueno, eso dicen..., que a veces luce darles vueltas en un lebrillo como si sangre para morcillas se tratasen.
Al final, para no caer en la tentación de radiografiar a todo incauto que se cruce en mi camino, voy a necesitar Un par de ojos nuevos, como Vinayaki, una de los protagonistas del estupendo álbum que nos acaban de regalar Ellen Duthie, Javier Sáez Castán y Manuel Marsol de la mano de Wonder Ponder, esa editorial que le ha dado una vuelta de tuerca a la filosofía para niños.


Y es que en una obra en siete actos que estos tres se han sacado de la manga para que riamos, juguemos y le demos al coco, los protagonistas son los ojos desgastados de una elefanta. Recién llegada a la Compañía Rumiante de Fantoches Ambulantes, un teatrillo de títeres, Vinayaki hace buenas migas con Gordon, Nena Gol, Pierre y Harriet, unos compañeros muy especiales que la acompañarán en su proceso de cambio ocular (algo así como cuando aparecen las tías del pueblo para joderte la noche previa a una operación).
Con una estética que en parte recuerda y en parte rinde tributo al Dídola pídola pon de Maurice Sendak, los autores ponen de relevancia temas muy trascendentales entre los que el existencialismo es la piedra angular. Ilustraciones a cuatro manos, dosis de sinsentido, una tarta que nunca se acaba, personajes que bien podrían estar sacados de las tiendas de juguetes de los años 50, 70 o 90, unas cuantas lágrimas y guiños cinematográficos harán las delicias de sus lectores, personas de 7 a 77 años que, lejos de extrañarse, se sumergirán en una historia con mucho corazón.