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lunes, 15 de junio de 2026

Sobre el futuro


El futuro. Ese lugar incierto. Si hay gente a la que le encanta vivir en el pasado, también la hay obsesionada con el porvenir (¡Qué palabra compuesta tan bonita!). Tanto es así que son un verdadero filón para adivinos y videntes, todo un clásico en esto de vaticinar lo que acontecerá y lucrarse a manos llenas. Cartas, dados, posos de café, entrañas… Hay un sinfín de técnicas que ¿permiten? conocer lo que pasará en unos años.
Yo soy de los que se quedan en el presente porque, a menos que sepas la combinación ganadora de la primitiva o los vaivenes de la bolsa, la mayor parte de las veces es mejor quedarse en el aquí y el ahora. Divorcios, enfermedades, accidentes, guerras o catástrofes naturales. El mañana no debe ser una obsesión. Más nos vale disfrutar de las mieles actuales que preocuparnos por lo que vendrá. Ya habrá tiempo. Y si no lo hay, pues que me quiten lo bailao.


No sé ustedes, pero a veces, el futuro asusta. Comida con forma de cápsula (Si creen que no, fíjense en todo esos suplementos que se toman algunos a diario), robots humanoides (¿Y si llevara razón Isaac Asimov?), vehículos autónomos (Imagínense que cortocircuitan y aceleran en vez de frenar) o armamento letal (Adiós, querida humanidad) me ponen los pelos de punta.
Aunque mejor no nos pongamos agoreros y pensemos en avances que nos pueden facilitar mucho la vida, como nuevos medicamentos que permitan sobrevivir a enfermedades raras o incurables, nuevas máquinas que nos ayuden en diferentes tareas del hogar (¡Me pirro por una que limpie el polvo de los libros!) o teletransportarse a cualquier parte del planeta (Cuanto menos jet-lag, mejor).
Por cierto, ¿saben que hay un Día Mundial de los Futuros? Creo que se celebra en diciembre y lo más curioso es su nombre, ya que los nombra en plural, pues ya saben que hay muchas posibilidades ulteriores y todas caben en este mundo incierto.


De todo esto y mucho más nos habla el último libro de Shinsuke Yoshitake publicado en España gracias a la editorial Pastel de Luna. Tantos futuros como puedas imaginar (el título ya nos lo deja más o menos claro) nos cuenta la historia de una chiquilla que pasa la tarde encerrada en casa por culpa de la lluvia. Su hermano llega del colegio empapado y, ni corto ni perezoso, le espeta que el futuro será terrible. Hambre, conflictos, plagas, alienígenas… Parece que todo va a ser una mierda cuando se hagan mayores. La cría, asustada por el pesimismo de su hermano, va en busca de su abuela y juntas le darán una vuelta de tuerca al concepto.


Como no podía ser de otra manera, el autor japonés sigue utilizando su humor surrealista para divertirnos al tiempo que nos interpela. Desde ese diálogo intergeneracional, el lector bucea en un sinfín de propuestas donde el tándem posibilidad-imposibilidad se ponen a bailar en pro de ese optimismo al que se aferra la infancia.
Al mismo tiempo, este álbum conceptual nos invita a ejercitar la inventiva, desafiar la lógica adulta y abogar por la subversión desde lo cotidiano. Futuros en los que se coman salchichas a diario, vayamos todo el día en pijama o en los que tu habitación carezca de gravedad son cuestiones en las que detenerse a pensar. Que podamos cumplir trescientos años o reencarnarnos en un osito de peluche. Todo esto unido al catálogo de huevos que incorpora (de-men-cial), hace reír a cualquiera.
Por último, un consejo: ustedes, como la protagonista de este libro, pueden fantasear lo que quieran, pero nunca olviden que, como cualquier otro tiempo, el futuro no se elige, se vive.

miércoles, 3 de junio de 2026

¿Herencias o legados?


Las herencias son un lío monumental. Quizá piensen que soy un tanto exagerado, pero generalmente, cuando toca repartir los bienes de un difunto entre sus herederos, rara vez se hace con generosidad y armonía. Sobre todo cuando hay varios y quien ha muerto no ha hecho testamento (tomen nota porque evita muchos líos innecesarios…).
Mucho (o poco) dinero, un pisito, la casa de campo, joyas y muebles, menaje del hogar, bancales y acciones, unos gemelos o un pañuelo. Cualquier cosa es susceptible de suspicacias entre los herederos. Que si esto se lo regalé yo, que si esto dijo que era para mí en el lecho de muerte, que si yo merezco más por ser el mayor, que no es lo mismo un piso que un solar... En fin, imaginen el percal.


Lo peor de todo es que los bienes materiales, en realidad, son una extensión de cuestiones más personales que beben de la complejidad humana más deleznable. Como si de una guerra civil se tratase, afloran las envidias más ocultas, las comparaciones más odiosas y las rencillas más estúpidas. Cientos de conflictos incomprensibles que van minando la vida hasta constituirse en una forma de absurdo revanchismo.
Por esa razón siempre he preferido la palabra “legado”, un concepto mucho más profundo que también transita lo inmaterial. Pues los objetos guardan momentos y también intenciones. Se entrelazan para contar historias familiares, de amistad o amorosas. También se arraigan a lo social y cultural, abandonan lo personal para desbordarse en lo plural. Y así, se configuran en una suerte de maraña, que va conectando lo humano.


Si piensan como un servidor, no puedo dejar de recomendarles un libro que la editorial Limonero acaba de publicar en nuestro país. Esa cuchara, un álbum de Sandra Siemens y Bea Lozano, nos cuenta la historia de una chiquilla que está empeñada en utilizar la misma cuchara para un sinfín de tareas. Para tomar la sopa, para hacer agujeros en los que sembrar simientes de calabaza o para tocar la canción del ratón llorón golpeando la olla. Lo peor de todo es que su familia siempre le echa reprimendas aduciendo que esa cuchara no es la adecuada para hacer todo eso. ¿Por qué será? ¿Qué misterio hay detrás de ese cubierto tan especial?


Con ese lenguaje directo y sencillo que siempre emana de las voces infantiles, las autoras nos presentan un relato que aborda el significado de la tradición a través de objetos que se van transmitiendo de generación en generación. Cosas cotidianas que pierden su función práctica para ser veneradas y convertirse en verdaderas reliquias.
Si bien es cierto que la narración constituye un ejercicio de extrañamiento (a pesar de la lucidez y perspicacia que demuestra la protagonista, no logra entender todo lo que rodea a esa simple cuchara), hay en ella un empeño en aligerar las cargas del pasado desde una mirada conciliadora hacia el futuro: el universo adulto y el ecosistema infantil serán capaces de entenderse a pesar de los lastres familiares.


Con trazo vigoroso y una paleta de color bastante restringida, las figuras de Bea Lozano aportan mucho empaque a unas escenas donde los detalles realistas y las metáforas visuales (esa cuchara-lupa me ha extasiado) conviven estupendamente. Secuencias (fíjense en la de la sopa o en los retratos familiares), viñetas circulares (omnipresencia adulta, ¡qué coñazo!) y esos contrastes interiores-exteriores hacen el resto.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Atascado


Me siento doblemente atascado. Por un lado, mis fosas nasales llevan varias semanas sufriendo los estragos del polen. Gramíneas, olivo y plantago. Tres grupos de plantas ante los que hace tiempo desarrollé alergia y cada primavera me provocan un estado de abotargamiento total. Me pasaría el día tirado en el sofá, invirtiendo las tardes en siestas eternas, procrastinando como multimillonario inútil aislado del mundo exterior.
Por otro, y quizá debido a la congestión física, me siento bastante estancado en lo que a creatividad se refiere. Tengo la sensación de que mis neuronas están de vacaciones. Puede que estén centradas en otros menesteres, véanse las tareas de limpieza, la declaración de la renta (¡Quién odie a la agencia tributaria que levante la mano!) o el final de curso. Puede que, hartas de invertir ATP en cuestiones que no llevan a ningún lado, hayan decidido declararse en huelga.


El caso es que no se vayan a pensar que ando preocupado. A veces uno debe parar y convivir con el momento. Llegaré a un punto en el que, como si de un embotellamiento se tratase, el tráfico consiga autorregularse y todo empiece a fluir con normalidad. Y volveré a respirar con facilidad y mis ideas aparecerán de nuevo.
Todo es un proceso y no está de más ser consciente de ello. Cuando menos te lo esperas, ahí está: una traba. Luego otra y otra. Hay épocas en las que el camino parece bloquearse. Lo más inteligente es encomendarse a esa pachorra que tienen los viejos y elegir la resignación como vía de escape. Invertir el tiempo en otra cosa, aprovecharse del “ahora” y el “despacio”.


Y si todavía no les he convencido, quieren enfrentarse a la adversidad, luchar contra viento y marea y, en definitiva, pasar un mal rato a costa de un gran obstáculo, aquí les traigo Atasco, un álbum de Maite Rosende que hay que regalar a todos los obstinados. 
En este libro conceptual dirigido a todos los públicos, la autora donostiarra se acerca a todo aquello que nos abruma cuando aparece una dificultad desde una perspectiva simpática, amena y nada somera en la que, además de hacernos sonreír, nos propone un juego de miradas gracias a una sucesión de escenarios cotidianos en los que vernos reflejados. Una calle atestada de paraguas en un día de lluvia, un cielo tachonado de nubes o ese flotador del que es imposible escapar.


Así, con reflexiones indirectas e incluso un puntito escatológico (es lo que tiene el estreñimiento…), le va quitando hierro al asunto y vemos el mundo con otra lente. Un filtro colorista en el que morados, bermellones y amarillos reales dibujan un ecosistema donde la óptica y el optimismo aligeran las sensaciones y nos ofrecen la mejor alternativa: sonreír manque perdamos.

lunes, 27 de abril de 2026

Sorteando la canícula


Con las temperaturas que se está gastando abril, no me quiero imaginar lo que serán los meses venideros. Vamos a pasar las de Caín. Estoy temblando.
Lo peor de todo es que tienes que aguantar los comentarios del personal que adora el secano. Que si “Ya era hora”, que si “Lo estaba deseando”. Anormales. Como si los cuarenta y cinco grados que sufrimos durante el verano fueran lo más óptimo para nuestro “body” (A ver si leéis un poquito de antropología física, caris…).
Lo del verano en este país, no tiene nombre. Ni en el norte, ni en la sierra, ni a remojo en la piscina, ni con aire acondicionado. Eso de vivir en un horno es insoportable. Más todavía conforme se está poniendo la vida. Cervezas a diez euros (¡Para que luego digan de Copenhague!), menú diario a 30 pabos (descongelado) y lo de las pernoctas, ¡para matarlos! Ya no tenemos ni para caprichos estivales. Ni sueldo, ni vivienda, ni vacaciones, ni bares. Dios nos salve de esta España desértica, ladrona, inepta y absurda. Y lo digo así, alto y claro.


Mi recomendación es que busquen una encina imponente (los pinos, ni verlos) o en su defecto un buen risco (nunca para despeñarse) y disfruten bajo su regazo durante las tardes que se aproximan botijo en mano. Y si son de esos que le buscan pegas a cualquiera de mis sugerencias, les propino un libro para que se les quite la tontería. Que Al abrigo, el último libro de Adrien Parlange publicado en nuestro país por Océano Travesía, les ilustra de maravilla.
Este título del siempre sorprendente autor francés nos acerca la historia de una niña que se refugia del calor bajo la sombra de una roca en mitad de un paisaje baldío, una llanura desértica. Al rato, aparece una serpiente (¿Conocen algún libro de este señor en el que no aparezca una?) que también busca un poco de cobijo térmico y allí se encuentran las dos. Más tarde llega un zorro. Después una liebre. También un erizo. Un buen puñado de animales acaban compartiendo el abrigo que proporciona esa piedra. ¿Cómo lo conseguirán?


Como en otros álbumes (véase Las desastrosas consecuencias de la caída de una gota de lluvia), Parlange desarrolla sus ideas utilizando la luz y el color de una manera muy elegante. Las figuras de cada doble página se rodean de colores uniformes que van mutando poco a poco conforme pasamos las páginas. Del naranja, pasamos al amarillo, de este a los tonos rosados y finalmente aparecen los morados. Una paleta de color que representa el paso del tiempo desde una perspectiva cromática muy interesante. También tenemos la sombra de la roca central que cambia de longitud y de posición en cada doble página. Un reloj de sol que va señalando las horas y que al mismo tiempo supone un juego visual de primera magnitud al que los personajes deberán enfrentarse a lo largo de la narración.


La cosa no se queda ahí, porque ¿acaso no se han dado cuenta de que este es un cuento acumulativo en toda regla? Sí, de esos que tanto gustan a los críos, pero a base de imágenes. Si se atreven a inventar un nuevo texto, sería la mar de interesante… De esos repetitivos, incluso con rima. ¡Hale! ¡Ya tienen una idea para darle brío a la lectura!
Por último, hay que hablar del triunfo de lo imposible, no solo por los ejercicios de contorsionismo que realizan los personajes en cada doble página para no quedar a la intemperie bajo el sol abrasador, sino por esa idea cooperativa que une a los diferentes por el bien común. Las figuras parecen dar forma a un puzle orgánico en el que se pueden apreciar diferentes actitudes a lo largo de las páginas. Si al principio, el espacio entre los personajes deja entrever reticencias entre ellos (la niña y la serpiente, el zorro y la liebre), cuando todo termina podemos observar como todos se articulan e interaccionan en completa armonía (¿Quién termina con la brizna de hierba en la boca? ¿A quiénes abraza la serpiente?). Hermoso mensaje.


Para terminar, no me quiero ir sin apuntar al formato y la encuadernación. Horizontal y con hilo visto, permite crear escenas completamente apaisadas (la ausencia de lomo ayuda a la completa apertura de la doble página) en las que la acción queda bien distribuida y las escenas adquieren un carácter más cinematográfico. Por cierto, la imagen en diagonal de la portada es una maravilla que invita a abrirlo sin dilación. Háganle caso.

viernes, 17 de abril de 2026

Habitando entre sombras


El calendario se deshoja. Los días pasan y el sol se eleva. La temperatura sube y la tarde se alarga mientras las sombras se acortan. Proyectadas bajo las copas de los árboles se anuncian como refugio de la densa calima. Ese remanso en el que rendirse al cansancio vespertino. La sombra. Sinónimo de siesta, también de sobremesa. De abrigo y cobijo. De paz y tregua.


Hay sombras que ventean y otras que aventan. Sombras que titilan, que se esparcen y balancean. Las sombras adoptan mil formas. Las hay que amparan y otras que aterran. Incluso la sombra propia, que acompaña silenciosa, que cae en el olvido, que aparece de repente, que se va por sorpresa. Cuando la luz se alza en mitad del verano, sobre el cénit de las cosas.


No es de extrañar que les dediquen libros enteros, extensos poemas y muchas loas. He aquí uno de estos. Uno pequeño, que a modo de carpeta, la guarda con cariño durante el día y la noche. Se abre, se cierra y, entre las hojas, queda quieta o se despierta. Porque así son las sombras: juegan y juegan.

[…]

Se mete en la cama
si yo me constipo
y el pecho le brinca
si a mí me entra el hipo.

Mi sombra me sigue
vaya donde vaya,
sea un alto monte
o infinita playa.

Pero cuando duermo,
siento su figura
que ágil se escabulle
por la cerradura.

Oigo sus pisadas
lejos alejarse,
¿buscando otro niño
con quien fusionarse?

[…]

Nacho Rubio.
En: Mi sombra.
Ilustraciones de Rebeca Luciani.
2026. Poio (Pontevedra): Pepa A Loba.

lunes, 2 de marzo de 2026

Jardines muy personales



Aunque enero y febrero nos han regalado agua a manta (los que vivimos en un clima subdesértico estamos embobados), ya veremos si no llega demasiado pronto el verano y achicharra los brotes verdes ipso facto. Que teniendo en cuenta lo loco que anda el clima últimamente, es lo más probable.
No obstante, hasta que esto ocurra, disfrutemos del verdear de los campos, las yemas reventonas y las semillas germinando. En un par de semanas aparecerán las primeras flores engalanando los parterres, se abrirán camino nuevos colores y todo cambiará su aspecto. Despuntarán tulipanes, jacintos, peonías, narcisos y lirios. Almendros, ciruelos, melocotoneros y albaricoqueros se vestirán de rosa y blanco.


Incluso nosotros nos avivaremos. Saldremos de nuestras cuevas y escondrijos. Para disfrutar del sol, de otros como nosotros, encontrarnos con los amigos e incluso con el amor. Es curioso como la naturaleza sigue su camino dentro y afuera. Baja el interruptor y un millón de sensaciones se agolpan en nuestro interior.
Nos preguntamos y nos respondemos, como los pájaros en su vuelo. Vivarachos como ratones y hacendosos como las hormigas. Nos enredamos en nuestros pensamientos y nos liberamos de esa hojarasca que se quedó adherida. También hurgamos en los demás. Abonamos el futuro mientras regamos el presente. ¿Y el pasado? A la primavera no le trae cuenta.


Y así, nos adentramos en Un jardín propio, el álbum de Marta Ardite y Alicia Varela (Babulinka) que nos invita a acompañar a una niña en su paseo intimista por un lugar de recreo muy particular. Y es que el sendero vital de la protagonista es, como el de cualquier otro lector, un cúmulo de ideas y reflexiones que lanza sin ninguna cautela. Acompañada por un lapicero y una rana garabateada, la cría se cuestiona, baraja posibilidades y va forjando un pensamiento embebido de existencialismo.


Además, gracias a metáforas visuales y un lenguaje poético, el trabajo de las autoras se complementa para lanzarnos mensajes con mucho sabor. Como ese trazo que divide la página horizontalmente y a través del que Alicia Varela define dos mundos, uno subterráneo y otro aéreo, por los que deambula la acción. Quizá reflejos, quizá no. Lo que está claro es que uno y otro se complementan, como el cielo y la tierra, como el yin y el yan.


Una obra muy enriquecida en la que, además de hacer referencia a la Wood Wide Web, aprovechan para homenajear las obras de grandes artistas del siglo XX. Picasso, Mondrian, Calder, Matisse, Kandinsky, Pollock, Hopper, Klimt, O’Keeffe, Delaunay, Lamorisse, Rothko, Magritte o Klee se entremezclan con las ilustraciones de Varela gracias a composiciones que permiten la interacción entre unos elementos y otros. Sin olvidar a Virginia Wolf y Una habitación propia, este libro tiene muchas aristas por las que desbordarse, sobre todo, para los lectores competentes.

lunes, 16 de febrero de 2026

¿Genuinos?


En este mundo que vivimos lo más importante de todo es saber quiénes somos. Y no me refiero al nombre completo o el número de identificación fiscal (si me apuras, más importante que el de pasaporte), sino a ser conscientes de nuestra existencia, cómo la abordamos y cuáles son nuestras prioridades.
Es por ello que lo que más se castiga hoy en día en los medios de comunicación y las redes sociales, es la falta de entidad. Cuando alguien o algo se parece demasiado a otra cosa, la gran mayoría lo rechaza. La gente no quiere burdas copias de aquellas zapatillas, el partido político de turno, la canción que suena a todas horas o el libro que ha ganado ese galardón.


Y no me refiero a la originalidad, un rasgo muy difícil de alcanzar teniendo en cuenta que ya ha llovido desde que los griegos y los romanos inventaran nuestra cultura (N.B.: Hace poco visité Pompeya y les puedo asegurar que lo único que les faltaba eran los microchips), sino a lo genuino. Apunto a lo legítimo, a eso que nos define. Qué características nos diferencian de los demás y qué aportamos a este momento.


Cuando algo es demasiado manido, repetitivo, casposo y homogéneo, todo el mundo se lanza a desecharlo. Vivimos en una sociedad consumista que aboga por esa especie de sorpresa constante que le da un vuelco a la perspectiva. Golpes de efecto que, si además se acompañan de carisma y frescura, revolucionan la visión general de cualquier campo.
Probablemente en unas semanas, unos meses o unos años, nos olvidemos de lo vibrante que nos resultó, pero mientras tanto, nos anima el cotarro sobremanera toparnos con esos matices que lo convierten en hallazgo y serendipia, para más tarde ponerle nombre.


Precisamente de esto es lo que nos habla Foxy & Meg encuentran un pero-pero, el álbum de André Letria y Ricardo Henriques publicado hace unos días por La Topera editorial y que forma parte de una serie de gran éxito en el país vecino y que se desbordó allá por el año 2010 en forma de serie de animación con 26 episodios animados de tan solo tres minutos.


En la historia que nos ocupa, el zorrito y la gallina (no es difícil saber quién es quién) se encuentran con algo en mitad de un paseo. Es grande, de color grisáceo y con una forma más o menos ovalada. ¿Qué será? La miran, la rodean, la observan. Piden opiniones más o menos expertas. A un médico, a un grupo de turistas encaprichados con el arte. En grupo o en solitario, hasta que de repente, un cocinero clarividente toma las riendas del asunto. Pero…


Con un lenguaje gráfico muy económico y letra mayúscula, los autores dan vida a una comedia de situación con estructura de sketch que busca, no solo la interacción con sus lectores, sino poner en valor su capacidad inventiva y desbordar la imaginación. Con un pequeño juego de palabras un tanto repetitivo, los autores lusos nos acercan a esa incredulidad e inocencia infantiles gracias a la perspectiva de lo desconocido y las adivinanzas visuales que siempre ensalzan el humor.

viernes, 2 de enero de 2026

Un año lleno de posibilidades


El comienzo del año siempre se carga de muchas sensaciones. Unas veces brilla la esperanza y otras nos aferramos la nostalgia. El miedo se cuela por las rendijas y la incertidumbre pesa en ciertos momentos. Ilusionados, reflexivos, contradictorios o cercanos. Mil y una sensaciones tapizan el camino y nosotros seguimos hacia delante (o no...).
Se abre una puerta. Espacio y tiempo que ocupar. Montones de opciones que nos invitan a lo posible desde lo imposible. Es lo que tiene el mundo. Deambular e imaginar. Dejarnos llevar sin mucho tino. Así descubrimos los que se esconde en las hojas del bosque, en la caricia de un erizo y en las noches que llenan los cuentos (¿o es al revés?).
Palabra a palabra, letra a letra, exploramos las posibilidades de lo venidero. Un sinfín de conjeturas y divertimentos que nos devuelven al pasado y nos transportan a los meses futuros. Y si no saben a qué me refiero, les invito a abrir las páginas de este tablero que, a modo de abecedario ilustrado y juego geométrico, deja escapar veintisiete historias mínimas pero muy inspiradoras. Léanlo y después me cuentan los relatos que les habitarán este año.


Nn

Leer un cuento, apagar la luz y llenar de noche cada rincón de la casa.


Qq

Hay palabras que, al leerlas, abren las alas y sobrevuelan los verdes de Mesoamérica sin advertir las largas y absurdas líneas de las fronteras.


Rr

Los animales se asustan, los pájaros se escapan volando. El rábano ya no se alimenta de agua, se ha vuelto carnívoro.

Joan Rioné.
En: Tablero natural de la A a la Z.
Ilustraciones de Paul Farrell.
2025. Barcelona: Yekibud.

lunes, 29 de diciembre de 2025

Sobre la inspiración


Tengo muy abandonados los pinceles. Aunque hice un amago de recuperarlos durante la pandemia, no me han acompañado mucho durante todo este tiempo. Si acaso, unos cuantos apuntes a lápiz sobre anatomía humana que voy guardando en un cuaderno plateado. Meras distracciones para no perder el hábito, pero nada que pergeñe una obra pictórica con cierta enjundia.
Quizá el comienzo del nuevo año sea un momento ideal para retomar esta afición que me ha acompañado desde bien pequeño, pues si bien es cierto que el artista nace, también se hace. Por mucho talento que uno tenga, el trabajo diario es imprescindible a la hora de cultivar un arte. Rembrandt, Rostropovich, Quevedo o Nureyev. Todos vinieron al mundo con una predisposición natural hacia una disciplina artística, pero la constancia, una formación de calidad y variada, la práctica deliberada, la experiencia, la experimentación y la autocrítica los auparon como grandes artistas.


Sin embargo y a mi juicio, lo verdaderamente difícil es la búsqueda de un estilo propio, un sello personal que te caracterice entre esa amalgama un tanto incierta en lo que se ha convertido el arte. Y es que las musas no nos visitan a todos por igual. Hay personas con un poder creativo extraordinario, mientras que otras necesitamos de esa inspiración un tanto divina que nos abre el camino hacia la certidumbre artística. En mi caso, a veces es chispeante, otras reveladora y las más de las veces tortuosa.
Quizá ahí reside el verdadero don, esa especie de magia que envuelve al artista en un mundo tan particular como universal, tan evidente como desconocido, tan imperfecto como sublime. Una combinación extraña que articula un discurso que se desliza entre quienes lo disfrutan y que reverbera en ellos ecos propios y ajenos.


Es aquí cuando aparece Pequeña y grande, el libro con el que Arianna Squilloni y Raquel Catalina ganaron la última edición del Premio Internacional Compostela para álbumes ilustrados que convoca la editorial Kalandraka en colaboración con el ayuntamiento de Santiago de Compostela.


El álbum cuenta la historia de Natalia, una mujer que vive en una casita a las afueras del pueblo. Como la casa se le queda pequeña, decide irse a la ciudad, donde crece un poco más y de hacer muchas cosas, entre ellas convertirse en artista. Pero un día, la ciudad empieza a ser demasiado grande y regresa a su casita. Ella sigue menguando hasta hacerse minúscula, tanto que un día, creyendo que la casa está deshabitada, aparece un vagabundo…



En este cuento de hadas contemporáneo, además de recoger elementos fantásticos que tienen que ver con el tamaño, también se contraponen el mundo urbano y el mundo rural, una dualidad tan diferente como necesaria en la que se balancea un discurso conciliador que queda muy patente en la dedicatoria de la Squilloni.
Por otro lado, se vislumbra un alegato a la experiencia, la de sus dos protagonistas. Una cultivada, otra más mundana, pero igual de válidas. Tanto Natalia como el desamparado sin nombre (un detalle muy sutil gracias al que todos los lectores podemos vernos reflejados) abordan su realidad a través de la pintura, un arte casi expiatorio que me ha recordado a novelas para adultos como El verano que mi madre tuvo los ojos verdes.


Según nos contó Arianna en su reciente visita a Albacete, Natalia está inspirada en la figura de una tía abuela suya, una señora minúscula con una vitalidad excepcional. ¿Acaso no les recuerda a las brujas? ¿Quién si no iba a vivir en el bosque, apartada de la civilización? Por su estatura, también podría ser uno de los duendecillos que ayudaron al zapatero durante la noche…


Colores vibrantes frente a dibujos en grafito, diferentes tipos de planos, imágenes secuenciales, perspectivas cinematográficas, juegos de luces y detalles muy caseros son algunos de los recursos narrativos que Raquel Catalina recoge en este trabajo tan delicado como inspirador.

lunes, 15 de diciembre de 2025

Secretos poderosos


Quien diga que no tiene secretos, miente como un bellaco, pues todos ocultamos cosas, Pueden ser objetos o cuestiones que no queremos que no sepa nadie (como los que esconde los partidos políticos). Un secreto puede ser la combinación numérica que abre la caja fuerte de un millonario y secreto puede ser un claro en mitad de un bosque frondoso al que nos gusta acudir en los momentos de introspección.
Hay secretos a voces y secretos de familia, secretos profesionales y secretos de estado. Hay secretos para todos los gustos. Mientras algunos pueden arruinar la vida de todo un país, otros provocan carcajadas a quiénes los descubren. Los secretos son así. Hay gente que le gusta compartirlos aunque dejen de ser secretos y otra gente que prefiere llevárselos a la tumba pese a quien pese.


Bien mirado, cada vez hay menos secretos. Con esto de las redes sociales y ese exhibicionismo social que se ha instaurado, los secretos están de capa caída. Lo más curioso es que, incluso secretos inocentes y sin importancia, han empezado a adquirir demasiada importancia gracias a todo este engranaje de vigilancia social. Engordan y se vuelven ingobernables, dragones que nos devoran sin saber muy bien porqué.
Los secretos siempre han existido porque los necesitamos. Sin ellos la vida sería demasiado aburrida, demasiado normativa, demasiado predecible. Los secretos instauran un régimen de silencio que tiene sus propias reglas. Si bien es cierto que los secretos pueden ser juguetones, también pueden ser un lastre difícil de gestionar. De esos nos habla el álbum de hoy.


Les diré que el libro de Andrea Maturana y Francisco Javier Olea que les traigo este lunes de diciembre, me ha parecido uno de los libros más poderoso que he leído durante las últimas semanas. Secreto está publicado por Fondo de Cultura Económica y nos cuenta la historia de Amalia, una chiquilla que no para de hablar. Es capaz de dibujar mundos con las palabras que salen de su boca. Nombrándolo todo ella es feliz. Pero un día, sin querer, en un momento cualquiera, Amalia abre una puerta y ve algo que no entiende. Desde ese momento, Amalia se ve incapaz de contarlo, por lo que decide guardar el secreto. ¿Será capaz de contárselo a alguien algún día?


A rebosar de metáforas visuales que enriquecen un texto directo y sin florituras (ha aquí un buen ejemplo de complementación), este libro se merece una lectura grupal. No solo porque pone en la palestra cuestiones que se prestan a muchas interpretaciones, sino porque tratas aspectos como el trauma desde una perspectiva inspiradora y nada ejemplarizante ni moralizante. Me gustan esos libros de opiniones abiertas en los que cabemos todos. Quizá, las miradas más utilitaristas, vean en este libro una forma de abordar el trauma o la gestión de las emociones, pero lo cierto es que se puede mirar desde diferentes posiciones.


Hay elementos narrativos muy hermosos. Fíjense en las guardas peritextuales, en ese catálogo de cosas tan bien nombradas, la caracterización de la protagonista (¡Mucha expresividad!) o la secuencia temporal de la maceta. Todo el libro nos habla de ese secreto que, curiosamente, nadie conoce. Tan solo Amalia. Y eso, permítanme que les diga, es un punto a favor para un libro honesto.

jueves, 30 de octubre de 2025

Existencias fantasmales


Si no teníamos bastante con los fantasmas de carne y hueso, esta semana nos visitan los de ultratumba. Almas errantes, espíritus o apariciones (eso es lo que, precisamente, significa esta palabra de origen griego) llenan relatos, leyendas y novelas que se han encargado de crear un espacio cultural basado en creencias muy antiguas que combinan el culto a los ancestros y la existencia de una vida después de la muerte.
Si bien es cierto que cada sociedad les otorga una fisionomía diferente (invisibles, translúcidos o corpóreos), la mayoría de estos se manifiestan a través de sonidos, olores o desplazando objetos (es lo que se conoce como poltergeist) en contextos generalmente cercanos que dejan entrever conexiones entre el mundo real y el inframundo. Familiares, amigos o personas afines se personan aquí, se comunican con nosotros y nos ponen la carne de gallina.


“Pero Román… ¡Un momento! ¿Existen los fantasmas?” Como defensor de la ciencia debería decirles que no. No hay evidencia alguna de ello. Ni se conocen espacios habitados por almas en busca de redención ni entidades energéticas con las que poder comunicarse desde el más allá. Si acaso, enfermedades nerviosas y sustancias psicoactivas que pueden desencadenar estas percepciones. ¿Pero y qué? Creer y existir no son excluyentes, sobre todo cuando hablamos de Literatura Infantil y libros que nos hacen felices.
Como el que hoy nos llega de la mano de François Blais e Iris Boudreau. El fantasma que quería existir, un libro que acaba de publicar la editorial CocoBooks con mucha enjundia visual, humorística y discursiva.


En el llamado Gran Éter vive un fantasma tan ligero que apenas existe. Está muy harto de una vida aparentemente insustancial que nada tiene que ver con ese Mundo Real tan sugerente y estimulante que se queda con todo lo bueno (Cuando algo del Gran Éter se inventa en el Mundo Real, automáticamente desaparece). Decidido a mudarse, va a ver a la reina Mónica XVI para pedirle que le haga existir en el mundo real. Tras una charla animada, decide enfrentarse a tres pruebas, si consigue vencer en las tres, su deseo se verá cumplido. ¿Lo logrará?


La historia es un batido de seres mitológicos (arpías, centauros, cíclopes, zombis o sirenas) y conceptos inventados que responden a juegos de palabras y quimeras conceptuales que hacen disfrutar a cualquiera como la tirapúa, el conicornio, el patamóvil, los esponjófonos o los florinaipes (¡Gianni Rodari al poder!). 


Del mismo modo, se interna en conceptos más complejos como el existencialismo, la decisión ante los cambios vitales y la atracción de lo desconocido. Del mismo modo, el discurso nos lanza un mensaje poderoso: mientras nosotros estamos aquí, hay un universo paralelo que nunca conoceremos si no creemos en nosotros mismos. 
También he de decir que me encanta esa querencia de aventuras que tanto se deja entrever en la figura de un protagonista ilusionado con cambiar de vida y que tanto se contrapone al frecuente miedo que nos aborda ante los grandes cambios vitales.


Todo esto y mucho más, aderezado con unas ilustraciones bien simpáticas de Iris Boudreau que no solo consiguen recrear un universo fantástico y muy enriquecido (cosa rara hoy día), sino que nos arranca montones de sonrisas gracias a una caracterización maravillosa de los personajes.
Y ahora, la pregunta del millón: ¿Dónde quieren vivir ustedes? ¿En el Mundo Real o en el Gran Éter? ¡Lo importante es tenerlo claro!