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martes, 13 de octubre de 2026

Martes y trece (o cualquier día puede ser especial)


Martes y trece. Ni te cases ni te embarques. Menos todavía después de un puente. Por lo que pueda pasar. Que la última cena de Cristo se supone que fue tal día como hoy y miren cómo terminó.
Ya saben ustedes que esto de las supersticiones tiene mucha miga y los seres humanos nos montamos películas para justificar nuestra mala suerte. No es cuestión de fechas, ni de gatos negros, ni de escaleras, ni de espejos rotos. Más bien es el azar el que va construyendo el paso del tiempo. Si bien es cierto que vamos organizando nuestra existencia en horas, semanas y años, es mucho más interesante vivirlas que adjetivarlas.



Tragedias, fiestas de cumpleaños, decepciones, enfados estúpidos, discusiones airadas, abrazos conciliadores, carcajadas y lágrimas. No sé ustedes, pero un servidor prefiere ir añadiendo momentos a la memoria que pasar sin más las hojas del calendario. Esa cuenta atrás me exaspera, pues se parece más a la de un condenado a muerte que a la del lanzamiento de un cohete.
Será que soy muy orteguiano y me dejo llevar por la circunstancialidad. Probablemente todo se resuma en ese diálogo entre nosotros y el entorno. Quizá esa sea la clave para mirar la realidad: conocerla y asumirla. Lo difícil viene cuando hay que transformarla para que no nos engulla.


Y así, con tanta profundidad, me sumerjo en Hay días, un álbum de Daniela Sosa publicado por Andana este otoño que recoge un buen puñado de estampas de las rutinas infantiles. Una tarde en la feria, la primera nevada, la muerte de nuestra mascota, esa enfermedad que parece durar una eternidad, aprender a montar en bicicleta o una mudanza. Un sinfín de experiencias que por muy cotidianas que nos parezcan, suelen marcar nuestra niñez. Es por ello que las recordamos alegres, tristes, decepcionantes o emocionantes. En definitiva, las hay de todo tipo.


Este pequeño catálogo de instantes se articula sobre la frase que da nombre al libro y que sirve como fórmula narrativa en la lectura autónoma o guiada, en voz alta o silenciosa. Si bien es cierto que el narrador utiliza un lenguaje sencillo y accesible para prelectores y primeros lectores, las ilustraciones amplían la información gracias a esa complementación que favorece la identificación del lector en las diferentes situaciones que se describen y enriquece el discurso sirviéndose de detalles que pueden originar juegos de búsqueda (Fíjense en las guardas. ¿Acaso no parecen un juego memorístico?).


En lo que a la composición visual se refiere, decir que la mayor parte de las escenas se articulan sobre dos páginas, en ocasiones dobles y otras alternas. Mientras unas pretenden prolongar la acción y reforzar la inmersión lectora, otras buscan un efecto de sorpresa en el espectador al pasar la página.
Una propuesta poética, luminosa y honesta que podemos regalar a cualquiera para celebrar que seguimos aquí a pesar de la fecha.

martes, 29 de septiembre de 2026

Dobleces


El ser humano está lleno de dobleces. No creo que exista mucha gente tan cristalina como para poder ver a su través. Tampoco es que sea necesario, pues agradezco un poco de vidilla en esto de las relaciones sociales. Estamos llenos de matices a pesar de nuestra insistencia en el maniqueísmo, esa forma de ver el mundo tan ancestral como absurda y que el español se empeña en llevar al extremo.
Por muy claras que tengamos ciertas ideas, nos encantan los claroscuros. Experiencia y circunstancialidad nos abocan a ellos. Ni blanco ni negro. Hay toda una gama de grises con la que podemos comulgar. ¿Izquierda o derecha? ¿Real Madrid o Barça? ¿Joselito o Juan Belmonte? No soy partidario de las filiaciones. Me aportan muy poco y siempre estoy abierto al diálogo. Comulgar no significa fanatismo, pues todo depende del ángulo.


Piensen en ciertos divorcios, en herencias y diferencias entre clanes. Probablemente todos los conflictos tengan su marco de lectura, pero se nos olvida con frecuencia que estos no solo pueden ser unívocos, sino que podemos encontrar nuevas perspectivas desde las que abordarlos. No sea que la liemos con los chiquillos, alguien acabe en el cementerio o con sus huesos en la cárcel. Dobles, triples o cuádruples. Las posibilidades siempre se multiplican. Como las del libro de hoy.


Doble Doble de Menena Cottin se estrena en España gracias a la editorial Yekibud. Aunque algunos conocíamos este libro en forma de boardbook gracias a la editorial Tecolote, Yekibud ha decidido publicarlo en cartoné, dotarlo de nuevas dimensiones y repensar una nueva paleta cromática en la que el rojo sustituya el naranja.
El álbum nos deleita con un juego basado en parejas de conceptos complementarios, generalmente antónimos, que se disponen en las páginas izquierdas. Al lado de estas palabras, Cottin dibuja una serie de quince imágenes realizadas con siluetas bidimensionales realizadas en blanco y negro que se disponen sobre un fondo naranja.


Gracias a las tipografías enfrentadas y un giro de 180 grados, la autora venezolana, nos invita a participar en una experiencia interactiva que consigue desplegar un universo mágico en torno al libro-objeto. Diseño, perspectiva y mucho juego nos hacen soñar a pequeños y grandes sin remisión.
Como el propio título indica, el título se enmarca en la duplicidad, en este caso de las imágenes y su percepción, una que inevitablemente pasa por el lector-espectador. Esto hace que el lector se cuestione qué parte de lo que observa es verdadera y qué parte depende de su propia interpretación gracias al lenguaje multimodal. ¿Principio o fin? ¿Abrir o cerrar? ¿Otoño o primavera? ¿Encima o debajo? Te va a resultar muy difícil elegir tu favorita.


Si ahondamos todavía más en lo discursivo, podríamos decir que la obra invita a reflexionar sobre la identidad, las apariencias, las primeras impresiones y la manera en que percibimos lo que nos rodea basándose en la semántica visual. Al tiempo que nos empuja al disfrute lúdico, entrena la mirada en esa búsqueda incesante de detalles que exploren los símbolos y la iconografía, que bien pensado, ya es bastante.

lunes, 29 de junio de 2026

Compañeros de viaje muy especiales


Las vacaciones están a la vuelta de la esquina y hay que ir pensando en planes que llenen las semanas venideras. Como un servidor está harto de sudar, últimamente abandono estas latitudes y me decanto por viajar. Destinos turísticos que se alejen de esas olas de calor que asolan el sudeste peninsular, rutas a orillas del Atlántico (¡Que al Lorenzo no le dé por aquella zona!) o vete-tú-a-saber-dónde, pero el caso es moverse.
Si bien es cierto que hay que meditar el lugar donde invertir el tiempo y el dinero, también hay que tener en cuenta otra cuestión sumamente importante: con quién lo hacemos. Y es que, con el paso de los años, uno se da cuenta de que los compañeros de viaje hay que elegirlos con mucha precisión, pues un pequeño conflicto puede echarte a perder todo lo que has preparado con tanta ilusión.


Que se adapten a la gastronomía del lugar, que colaboren en las pequeñas tareas, que no necesiten una siesta cada cuatro horas, que se presten a conocer nuevas culturas, que no se dejen llevar por el capricho constante, que no exijan más allá de lo que ellos pueden ofrecer, que disfruten de la experiencia y no se pasen las horas retransmitiéndola en las redes sociales, que comuniquen sus preferencias, que les guste la parranda tanto como el sosiego, que gusten de lo urbano y lo rural… ¡Es tan difícil que la gente vibre en mi misma sintonía!
Pero tranquilos, si terminan como el rosario de la aurora con su familia o sus amigos de toda la vida, esbocen una sonrisa y déjense llevar. Dedíquense a lo positivo y aparquen lo negativo, a veces trae cuenta volver a casa con un recuerdo amable que con un sabor agridulce. Eso sí, tomen nota: una y no más. O en su defecto, toca replantearse quién es adecuado para cada plan.


Esa es la línea sobre la que nos invita a reflexionar Gusti en su Es muy fácil viajar con un oso, que acaba de publicar Océano Travesía. El autor argentino afincado en Barcelona nos acerca la historia de un oso que se pira de vacaciones con la familia. ¿Se lo imaginan? Ya se lo cuento yo: el plantígrado es más cansino que mi sobrino. Siempre tiene hambre, siempre quiere ir al baño o siempre está impaciente por llegar. No entiende nada de lo que le dicen los trabajadores del aeropuerto, le encanta jugar con las cintas mecánicas o divertirse con los críos. Entonces ¿viajar con un oso es como viajar con un niño?


Con mucho humor y sumergiéndonos en una historia bastante desconcertante, Gusti desarrolla un discurso complejo que aboga por ese surrealismo que tanto agradecen los monstruos al tiempo que nos plantea una situación que para muchos puede resultar compleja: ¿somos capaces de aceptar los comportamientos ajenos en ciertas circunstancias? Aeropuertos y aviones son lugares con reglas muy marcadas que chocan de frente con algunas naturalezas. Quizá pueden ser incómodas, pero no nos queda otra que convivir con ellas y aceptarlas.
Un álbum lleno de viñetas y bocadillos, secuencias, disyunciones, infografías aeroportuarias, composiciones estudiadas (la escena de la cola interminable es maravillosa) y una óptica muy cinematográfica para sumergirnos en la realidad de muchas familias que viajan con niños con discapacidad y entenderla desde un prisma tan cercano como simpático.

lunes, 15 de junio de 2026

Sobre el futuro


El futuro. Ese lugar incierto. Si hay gente a la que le encanta vivir en el pasado, también la hay obsesionada con el porvenir (¡Qué palabra compuesta tan bonita!). Tanto es así que son un verdadero filón para adivinos y videntes, todo un clásico en esto de vaticinar lo que acontecerá y lucrarse a manos llenas. Cartas, dados, posos de café, entrañas… Hay un sinfín de técnicas que ¿permiten? conocer lo que pasará en unos años.
Yo soy de los que se quedan en el presente porque, a menos que sepas la combinación ganadora de la primitiva o los vaivenes de la bolsa, la mayor parte de las veces es mejor quedarse en el aquí y el ahora. Divorcios, enfermedades, accidentes, guerras o catástrofes naturales. El mañana no debe ser una obsesión. Más nos vale disfrutar de las mieles actuales que preocuparnos por lo que vendrá. Ya habrá tiempo. Y si no lo hay, pues que me quiten lo bailao.


No sé ustedes, pero a veces, el futuro asusta. Comida con forma de cápsula (Si creen que no, fíjense en todo esos suplementos que se toman algunos a diario), robots humanoides (¿Y si llevara razón Isaac Asimov?), vehículos autónomos (Imagínense que cortocircuitan y aceleran en vez de frenar) o armamento letal (Adiós, querida humanidad) me ponen los pelos de punta.
Aunque mejor no nos pongamos agoreros y pensemos en avances que nos pueden facilitar mucho la vida, como nuevos medicamentos que permitan sobrevivir a enfermedades raras o incurables, nuevas máquinas que nos ayuden en diferentes tareas del hogar (¡Me pirro por una que limpie el polvo de los libros!) o teletransportarse a cualquier parte del planeta (Cuanto menos jet-lag, mejor).
Por cierto, ¿saben que hay un Día Mundial de los Futuros? Creo que se celebra en diciembre y lo más curioso es su nombre, ya que los nombra en plural, pues ya saben que hay muchas posibilidades ulteriores y todas caben en este mundo incierto.


De todo esto y mucho más nos habla el último libro de Shinsuke Yoshitake publicado en España gracias a la editorial Pastel de Luna. Tantos futuros como puedas imaginar (el título ya nos lo deja más o menos claro) nos cuenta la historia de una chiquilla que pasa la tarde encerrada en casa por culpa de la lluvia. Su hermano llega del colegio empapado y, ni corto ni perezoso, le espeta que el futuro será terrible. Hambre, conflictos, plagas, alienígenas… Parece que todo va a ser una mierda cuando se hagan mayores. La cría, asustada por el pesimismo de su hermano, va en busca de su abuela y juntas le darán una vuelta de tuerca al concepto.


Como no podía ser de otra manera, el autor japonés sigue utilizando su humor surrealista para divertirnos al tiempo que nos interpela. Desde ese diálogo intergeneracional, el lector bucea en un sinfín de propuestas donde el tándem posibilidad-imposibilidad se ponen a bailar en pro de ese optimismo al que se aferra la infancia.
Al mismo tiempo, este álbum conceptual nos invita a ejercitar la inventiva, desafiar la lógica adulta y abogar por la subversión desde lo cotidiano. Futuros en los que se coman salchichas a diario, vayamos todo el día en pijama o en los que tu habitación carezca de gravedad son cuestiones en las que detenerse a pensar. Que podamos cumplir trescientos años o reencarnarnos en un osito de peluche. Todo esto unido al catálogo de huevos que incorpora (de-men-cial), hace reír a cualquiera.
Por último, un consejo: ustedes, como la protagonista de este libro, pueden fantasear lo que quieran, pero nunca olviden que, como cualquier otro tiempo, el futuro no se elige, se vive.

miércoles, 3 de junio de 2026

¿Herencias o legados?


Las herencias son un lío monumental. Quizá piensen que soy un tanto exagerado, pero generalmente, cuando toca repartir los bienes de un difunto entre sus herederos, rara vez se hace con generosidad y armonía. Sobre todo cuando hay varios y quien ha muerto no ha hecho testamento (tomen nota porque evita muchos líos innecesarios…).
Mucho (o poco) dinero, un pisito, la casa de campo, joyas y muebles, menaje del hogar, bancales y acciones, unos gemelos o un pañuelo. Cualquier cosa es susceptible de suspicacias entre los herederos. Que si esto se lo regalé yo, que si esto dijo que era para mí en el lecho de muerte, que si yo merezco más por ser el mayor, que no es lo mismo un piso que un solar... En fin, imaginen el percal.


Lo peor de todo es que los bienes materiales, en realidad, son una extensión de cuestiones más personales que beben de la complejidad humana más deleznable. Como si de una guerra civil se tratase, afloran las envidias más ocultas, las comparaciones más odiosas y las rencillas más estúpidas. Cientos de conflictos incomprensibles que van minando la vida hasta constituirse en una forma de absurdo revanchismo.
Por esa razón siempre he preferido la palabra “legado”, un concepto mucho más profundo que también transita lo inmaterial. Pues los objetos guardan momentos y también intenciones. Se entrelazan para contar historias familiares, de amistad o amorosas. También se arraigan a lo social y cultural, abandonan lo personal para desbordarse en lo plural. Y así, se configuran en una suerte de maraña, que va conectando lo humano.


Si piensan como un servidor, no puedo dejar de recomendarles un libro que la editorial Limonero acaba de publicar en nuestro país. Esa cuchara, un álbum de Sandra Siemens y Bea Lozano, nos cuenta la historia de una chiquilla que está empeñada en utilizar la misma cuchara para un sinfín de tareas. Para tomar la sopa, para hacer agujeros en los que sembrar simientes de calabaza o para tocar la canción del ratón llorón golpeando la olla. Lo peor de todo es que su familia siempre le echa reprimendas aduciendo que esa cuchara no es la adecuada para hacer todo eso. ¿Por qué será? ¿Qué misterio hay detrás de ese cubierto tan especial?


Con ese lenguaje directo y sencillo que siempre emana de las voces infantiles, las autoras nos presentan un relato que aborda el significado de la tradición a través de objetos que se van transmitiendo de generación en generación. Cosas cotidianas que pierden su función práctica para ser veneradas y convertirse en verdaderas reliquias.
Si bien es cierto que la narración constituye un ejercicio de extrañamiento (a pesar de la lucidez y perspicacia que demuestra la protagonista, no logra entender todo lo que rodea a esa simple cuchara), hay en ella un empeño en aligerar las cargas del pasado desde una mirada conciliadora hacia el futuro: el universo adulto y el ecosistema infantil serán capaces de entenderse a pesar de los lastres familiares.


Con trazo vigoroso y una paleta de color bastante restringida, las figuras de Bea Lozano aportan mucho empaque a unas escenas donde los detalles realistas y las metáforas visuales (esa cuchara-lupa me ha extasiado) conviven estupendamente. Secuencias (fíjense en la de la sopa o en los retratos familiares), viñetas circulares (omnipresencia adulta, ¡qué coñazo!) y esos contrastes interiores-exteriores hacen el resto.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Atascado


Me siento doblemente atascado. Por un lado, mis fosas nasales llevan varias semanas sufriendo los estragos del polen. Gramíneas, olivo y plantago. Tres grupos de plantas ante los que hace tiempo desarrollé alergia y cada primavera me provocan un estado de abotargamiento total. Me pasaría el día tirado en el sofá, invirtiendo las tardes en siestas eternas, procrastinando como multimillonario inútil aislado del mundo exterior.
Por otro, y quizá debido a la congestión física, me siento bastante estancado en lo que a creatividad se refiere. Tengo la sensación de que mis neuronas están de vacaciones. Puede que estén centradas en otros menesteres, véanse las tareas de limpieza, la declaración de la renta (¡Quién odie a la agencia tributaria que levante la mano!) o el final de curso. Puede que, hartas de invertir ATP en cuestiones que no llevan a ningún lado, hayan decidido declararse en huelga.


El caso es que no se vayan a pensar que ando preocupado. A veces uno debe parar y convivir con el momento. Llegaré a un punto en el que, como si de un embotellamiento se tratase, el tráfico consiga autorregularse y todo empiece a fluir con normalidad. Y volveré a respirar con facilidad y mis ideas aparecerán de nuevo.
Todo es un proceso y no está de más ser consciente de ello. Cuando menos te lo esperas, ahí está: una traba. Luego otra y otra. Hay épocas en las que el camino parece bloquearse. Lo más inteligente es encomendarse a esa pachorra que tienen los viejos y elegir la resignación como vía de escape. Invertir el tiempo en otra cosa, aprovecharse del “ahora” y el “despacio”.


Y si todavía no les he convencido, quieren enfrentarse a la adversidad, luchar contra viento y marea y, en definitiva, pasar un mal rato a costa de un gran obstáculo, aquí les traigo Atasco, un álbum de Maite Rosende que hay que regalar a todos los obstinados. 
En este libro conceptual dirigido a todos los públicos, la autora donostiarra se acerca a todo aquello que nos abruma cuando aparece una dificultad desde una perspectiva simpática, amena y nada somera en la que, además de hacernos sonreír, nos propone un juego de miradas gracias a una sucesión de escenarios cotidianos en los que vernos reflejados. Una calle atestada de paraguas en un día de lluvia, un cielo tachonado de nubes o ese flotador del que es imposible escapar.


Así, con reflexiones indirectas e incluso un puntito escatológico (es lo que tiene el estreñimiento…), le va quitando hierro al asunto y vemos el mundo con otra lente. Un filtro colorista en el que morados, bermellones y amarillos reales dibujan un ecosistema donde la óptica y el optimismo aligeran las sensaciones y nos ofrecen la mejor alternativa: sonreír manque perdamos.

lunes, 27 de abril de 2026

Sorteando la canícula


Con las temperaturas que se está gastando abril, no me quiero imaginar lo que serán los meses venideros. Vamos a pasar las de Caín. Estoy temblando.
Lo peor de todo es que tienes que aguantar los comentarios del personal que adora el secano. Que si “Ya era hora”, que si “Lo estaba deseando”. Anormales. Como si los cuarenta y cinco grados que sufrimos durante el verano fueran lo más óptimo para nuestro “body” (A ver si leéis un poquito de antropología física, caris…).
Lo del verano en este país, no tiene nombre. Ni en el norte, ni en la sierra, ni a remojo en la piscina, ni con aire acondicionado. Eso de vivir en un horno es insoportable. Más todavía conforme se está poniendo la vida. Cervezas a diez euros (¡Para que luego digan de Copenhague!), menú diario a 30 pabos (descongelado) y lo de las pernoctas, ¡para matarlos! Ya no tenemos ni para caprichos estivales. Ni sueldo, ni vivienda, ni vacaciones, ni bares. Dios nos salve de esta España desértica, ladrona, inepta y absurda. Y lo digo así, alto y claro.


Mi recomendación es que busquen una encina imponente (los pinos, ni verlos) o en su defecto un buen risco (nunca para despeñarse) y disfruten bajo su regazo durante las tardes que se aproximan botijo en mano. Y si son de esos que le buscan pegas a cualquiera de mis sugerencias, les propino un libro para que se les quite la tontería. Que Al abrigo, el último libro de Adrien Parlange publicado en nuestro país por Océano Travesía, les ilustra de maravilla.
Este título del siempre sorprendente autor francés nos acerca la historia de una niña que se refugia del calor bajo la sombra de una roca en mitad de un paisaje baldío, una llanura desértica. Al rato, aparece una serpiente (¿Conocen algún libro de este señor en el que no aparezca una?) que también busca un poco de cobijo térmico y allí se encuentran las dos. Más tarde llega un zorro. Después una liebre. También un erizo. Un buen puñado de animales acaban compartiendo el abrigo que proporciona esa piedra. ¿Cómo lo conseguirán?


Como en otros álbumes (véase Las desastrosas consecuencias de la caída de una gota de lluvia), Parlange desarrolla sus ideas utilizando la luz y el color de una manera muy elegante. Las figuras de cada doble página se rodean de colores uniformes que van mutando poco a poco conforme pasamos las páginas. Del naranja, pasamos al amarillo, de este a los tonos rosados y finalmente aparecen los morados. Una paleta de color que representa el paso del tiempo desde una perspectiva cromática muy interesante. También tenemos la sombra de la roca central que cambia de longitud y de posición en cada doble página. Un reloj de sol que va señalando las horas y que al mismo tiempo supone un juego visual de primera magnitud al que los personajes deberán enfrentarse a lo largo de la narración.


La cosa no se queda ahí, porque ¿acaso no se han dado cuenta de que este es un cuento acumulativo en toda regla? Sí, de esos que tanto gustan a los críos, pero a base de imágenes. Si se atreven a inventar un nuevo texto, sería la mar de interesante… De esos repetitivos, incluso con rima. ¡Hale! ¡Ya tienen una idea para darle brío a la lectura!
Por último, hay que hablar del triunfo de lo imposible, no solo por los ejercicios de contorsionismo que realizan los personajes en cada doble página para no quedar a la intemperie bajo el sol abrasador, sino por esa idea cooperativa que une a los diferentes por el bien común. Las figuras parecen dar forma a un puzle orgánico en el que se pueden apreciar diferentes actitudes a lo largo de las páginas. Si al principio, el espacio entre los personajes deja entrever reticencias entre ellos (la niña y la serpiente, el zorro y la liebre), cuando todo termina podemos observar como todos se articulan e interaccionan en completa armonía (¿Quién termina con la brizna de hierba en la boca? ¿A quiénes abraza la serpiente?). Hermoso mensaje.


Para terminar, no me quiero ir sin apuntar al formato y la encuadernación. Horizontal y con hilo visto, permite crear escenas completamente apaisadas (la ausencia de lomo ayuda a la completa apertura de la doble página) en las que la acción queda bien distribuida y las escenas adquieren un carácter más cinematográfico. Por cierto, la imagen en diagonal de la portada es una maravilla que invita a abrirlo sin dilación. Háganle caso.

viernes, 17 de abril de 2026

Habitando entre sombras


El calendario se deshoja. Los días pasan y el sol se eleva. La temperatura sube y la tarde se alarga mientras las sombras se acortan. Proyectadas bajo las copas de los árboles se anuncian como refugio de la densa calima. Ese remanso en el que rendirse al cansancio vespertino. La sombra. Sinónimo de siesta, también de sobremesa. De abrigo y cobijo. De paz y tregua.


Hay sombras que ventean y otras que aventan. Sombras que titilan, que se esparcen y balancean. Las sombras adoptan mil formas. Las hay que amparan y otras que aterran. Incluso la sombra propia, que acompaña silenciosa, que cae en el olvido, que aparece de repente, que se va por sorpresa. Cuando la luz se alza en mitad del verano, sobre el cénit de las cosas.


No es de extrañar que les dediquen libros enteros, extensos poemas y muchas loas. He aquí uno de estos. Uno pequeño, que a modo de carpeta, la guarda con cariño durante el día y la noche. Se abre, se cierra y, entre las hojas, queda quieta o se despierta. Porque así son las sombras: juegan y juegan.

[…]

Se mete en la cama
si yo me constipo
y el pecho le brinca
si a mí me entra el hipo.

Mi sombra me sigue
vaya donde vaya,
sea un alto monte
o infinita playa.

Pero cuando duermo,
siento su figura
que ágil se escabulle
por la cerradura.

Oigo sus pisadas
lejos alejarse,
¿buscando otro niño
con quien fusionarse?

[…]

Nacho Rubio.
En: Mi sombra.
Ilustraciones de Rebeca Luciani.
2026. Poio (Pontevedra): Pepa A Loba.

lunes, 2 de marzo de 2026

Jardines muy personales



Aunque enero y febrero nos han regalado agua a manta (los que vivimos en un clima subdesértico estamos embobados), ya veremos si no llega demasiado pronto el verano y achicharra los brotes verdes ipso facto. Que teniendo en cuenta lo loco que anda el clima últimamente, es lo más probable.
No obstante, hasta que esto ocurra, disfrutemos del verdear de los campos, las yemas reventonas y las semillas germinando. En un par de semanas aparecerán las primeras flores engalanando los parterres, se abrirán camino nuevos colores y todo cambiará su aspecto. Despuntarán tulipanes, jacintos, peonías, narcisos y lirios. Almendros, ciruelos, melocotoneros y albaricoqueros se vestirán de rosa y blanco.


Incluso nosotros nos avivaremos. Saldremos de nuestras cuevas y escondrijos. Para disfrutar del sol, de otros como nosotros, encontrarnos con los amigos e incluso con el amor. Es curioso como la naturaleza sigue su camino dentro y afuera. Baja el interruptor y un millón de sensaciones se agolpan en nuestro interior.
Nos preguntamos y nos respondemos, como los pájaros en su vuelo. Vivarachos como ratones y hacendosos como las hormigas. Nos enredamos en nuestros pensamientos y nos liberamos de esa hojarasca que se quedó adherida. También hurgamos en los demás. Abonamos el futuro mientras regamos el presente. ¿Y el pasado? A la primavera no le trae cuenta.


Y así, nos adentramos en Un jardín propio, el álbum de Marta Ardite y Alicia Varela (Babulinka) que nos invita a acompañar a una niña en su paseo intimista por un lugar de recreo muy particular. Y es que el sendero vital de la protagonista es, como el de cualquier otro lector, un cúmulo de ideas y reflexiones que lanza sin ninguna cautela. Acompañada por un lapicero y una rana garabateada, la cría se cuestiona, baraja posibilidades y va forjando un pensamiento embebido de existencialismo.


Además, gracias a metáforas visuales y un lenguaje poético, el trabajo de las autoras se complementa para lanzarnos mensajes con mucho sabor. Como ese trazo que divide la página horizontalmente y a través del que Alicia Varela define dos mundos, uno subterráneo y otro aéreo, por los que deambula la acción. Quizá reflejos, quizá no. Lo que está claro es que uno y otro se complementan, como el cielo y la tierra, como el yin y el yan.


Una obra muy enriquecida en la que, además de hacer referencia a la Wood Wide Web, aprovechan para homenajear las obras de grandes artistas del siglo XX. Picasso, Mondrian, Calder, Matisse, Kandinsky, Pollock, Hopper, Klimt, O’Keeffe, Delaunay, Lamorisse, Rothko, Magritte o Klee se entremezclan con las ilustraciones de Varela gracias a composiciones que permiten la interacción entre unos elementos y otros. Sin olvidar a Virginia Wolf y Una habitación propia, este libro tiene muchas aristas por las que desbordarse, sobre todo, para los lectores competentes.

lunes, 16 de febrero de 2026

¿Genuinos?


En este mundo que vivimos lo más importante de todo es saber quiénes somos. Y no me refiero al nombre completo o el número de identificación fiscal (si me apuras, más importante que el de pasaporte), sino a ser conscientes de nuestra existencia, cómo la abordamos y cuáles son nuestras prioridades.
Es por ello que lo que más se castiga hoy en día en los medios de comunicación y las redes sociales, es la falta de entidad. Cuando alguien o algo se parece demasiado a otra cosa, la gran mayoría lo rechaza. La gente no quiere burdas copias de aquellas zapatillas, el partido político de turno, la canción que suena a todas horas o el libro que ha ganado ese galardón.


Y no me refiero a la originalidad, un rasgo muy difícil de alcanzar teniendo en cuenta que ya ha llovido desde que los griegos y los romanos inventaran nuestra cultura (N.B.: Hace poco visité Pompeya y les puedo asegurar que lo único que les faltaba eran los microchips), sino a lo genuino. Apunto a lo legítimo, a eso que nos define. Qué características nos diferencian de los demás y qué aportamos a este momento.


Cuando algo es demasiado manido, repetitivo, casposo y homogéneo, todo el mundo se lanza a desecharlo. Vivimos en una sociedad consumista que aboga por esa especie de sorpresa constante que le da un vuelco a la perspectiva. Golpes de efecto que, si además se acompañan de carisma y frescura, revolucionan la visión general de cualquier campo.
Probablemente en unas semanas, unos meses o unos años, nos olvidemos de lo vibrante que nos resultó, pero mientras tanto, nos anima el cotarro sobremanera toparnos con esos matices que lo convierten en hallazgo y serendipia, para más tarde ponerle nombre.


Precisamente de esto es lo que nos habla Foxy & Meg encuentran un pero-pero, el álbum de André Letria y Ricardo Henriques publicado hace unos días por La Topera editorial y que forma parte de una serie de gran éxito en el país vecino y que se desbordó allá por el año 2010 en forma de serie de animación con 26 episodios animados de tan solo tres minutos.


En la historia que nos ocupa, el zorrito y la gallina (no es difícil saber quién es quién) se encuentran con algo en mitad de un paseo. Es grande, de color grisáceo y con una forma más o menos ovalada. ¿Qué será? La miran, la rodean, la observan. Piden opiniones más o menos expertas. A un médico, a un grupo de turistas encaprichados con el arte. En grupo o en solitario, hasta que de repente, un cocinero clarividente toma las riendas del asunto. Pero…


Con un lenguaje gráfico muy económico y letra mayúscula, los autores dan vida a una comedia de situación con estructura de sketch que busca, no solo la interacción con sus lectores, sino poner en valor su capacidad inventiva y desbordar la imaginación. Con un pequeño juego de palabras un tanto repetitivo, los autores lusos nos acercan a esa incredulidad e inocencia infantiles gracias a la perspectiva de lo desconocido y las adivinanzas visuales que siempre ensalzan el humor.

lunes, 19 de enero de 2026

Hogar, extraño hogar


Durante estas semanas de frío (que cada vez son menos), me ha dado por pensar en el sentimiento de pertenencia, en el arraigo, en definitiva, en el hogar. Y es que en este mundo caracterizado por la incertidumbre, la movilidad y la globalización, este concepto subyace más que nunca en el modus vivendi de unos y otros.
Aunque, probablemente, todos concebimos el hogar como un espacio físico -un apartamento, una caravana, el bar de la esquina o nuestra librería favorita- en el que alimentarse, refugiarse, descansar o perder los calcetines, un hogar significa mucho más. Es el lugar en el que construimos nuestra identidad y damos sentido a nuestro devenir por el mundo, más todavía si lo compartimos con otras personas. Porque en el hogar también nos relacionamos, queremos y reñimos. Y no hablo solo de familia, no. También hay hogares llenos de amigos o compañeros de trabajo. Es decir, un sitio donde encontramos aceptación y seguridad, pero, sobre todo, existir plenamente.


El hogar es algo tan abstracto que plantea alguna que otra paradoja. Por un lado, sentirse como en casa implica tener un lugar al que regresar, pero madurar significa, en muchas ocasiones, alejarse de él. Salir del hogar puede ser doloroso, pero también necesario para descubrir quiénes somos porque, en el fondo, habita en nosotros, seres llenos de recuerdos, costumbres y vínculos.
Tampoco hay que olvidar que hay gente que posee muchos hogares. Estos pueden ser muy diferentes entre sí y nutrir a sus habitantes de experiencias igualmente enriquecedoras. Y es que el hogar no es permanente y estacionario, sino un estado dinámico en el que intervienen muchos factores que generan un constructo del que es necesario tener la llave (¡Ay del que se sienta extraño en él!).


Por todo ello y mucho más, Sozapato (también conocida como Diana Sofía Zapata Ochoa) nos lanza un álbum llamado Hogar que ha sido recientemente publicado por Fondo de Cultura Económica.
En este librito (apenas mide 16,5 x 16,5 cm) articula la idea de la pérdida y la (re)construcción del hogar desde el simbolismo y lo poético. Por un lado tenemos un texto que ahonda en lo íntimo, en ese hogar inmaterial en el que todos resguardamos el alma por el mero hecho de ser, de suceder. Por otro, las ilustraciones se centran en lo metafórico gracias a unas imágenes quiméricas donde conviven personajes animales con todo tipo de edificaciones.


Guardas que sirven de prólogo y epílogo, una cadencia efectista que conjuga palabras e imágenes con mucho ritmo, elementos luminosos (¿Se han fijado en todas esas lamparitas que tachonan los escenarios?) y mucha hondura, hacen de este título una oda inmejorable para bucear en un concepto donde cualquier lector puede encontrar su propio reflejo.