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miércoles, 23 de septiembre de 2020

Hijos de la guerra cultural



Por si no tuviéramos bastante con la crisis que se avecina (elijan el adjetivo ustedes), la mayor parte de los días asistimos atónitos a un circo que da ganas de vomitar. Lo peor de todo es que la cosa no se queda en el hemiciclo (todavía no sé por qué ninguna organización libertaria no ha camuflado francotiradores entre los estenotipistas), sino que también llena las calles, los medios de comunicación y hasta los libros, de su basura. ¡Bienvenidos a un nuevo episodio de la guerra cultural! 


Además de servir para el desfogue de algunos (¡Qué pesaditos se están poniendo mantenidos, palmeros y salvadores!), no hay que olvidar que la guerra cultural, esa que Gramsci propondría hace casi un siglo y que lleva perpetrándose en nuestra sociedad unas cuantas décadas, pretende alcanzar el poder político a través del poder cultural, cosa que se empieza a oler, sobre todo en esto de lo literario. 


Y es que, señoras, señores, el universo literario (también el de la LIJ, como ya apunté AQUÍ) lleva muchos años lleno de críticos, lectores y enterados que, infiltrados en todos los medios de comunicación de masas, las redes sociales y los ambientes universitarios e intelectuales, vociferan desde un lado y de otro las bonanzas de quienes -se supone- exhibieron en sus creaciones discursos afines a las diferentes facciones. 
Alejados del humanismo que nos interesa a algunos, se dedican a las arengas (¡Facha! ¡Comunista!) para espesar todavía más uno de los climas sociales más asfixiantes de los últimos años y así dejar a un lado la pluralidad de los discursos. Amontonan los nombres de literatos, poetas y dramaturgos sobre su trinchera particular y, mientras los deslegitiman intelectualmente, también se apropian de sus obras para perpetrar así la necesaria propaganda. 


Unamuno, Borges, Delibes, García Lorca, Benedetti, Larra, Pérez Galdós, Alberti, Pío Baroja… Son muchos los que, según esos iluminados, se han sentado en un bando u otro. Muchos de ellos sin tan siquiera hablar de sus inclinaciones políticas en sus obras, algo que la mayor parte de los espectadores ignoran en pro de una manipulación sesgada (N.B.: Curiosa paradoja esta, la de creer a un tercero en vez de echar mano de las bibliotecas y LEER). 
Escuchen, melones. No dejen que otros lean por ustedes. Lean sin prejuicios a todos y cada uno de estos autores. Seguro que dan con ustedes mismos en las páginas de Fortunata y Jacinta, Los santos inocentes, Niebla, La casa de Bernarda Alba o Marinero en tierra. Cada vez tengo más claro que lo que debería ser un discurso luminoso y fraternal está siendo corrompido por ideas que poco tienen que ver con lo que muchos pensamos. 


Y así llegamos a dos de esos álbumes sobre conflictos y guerras. El primero es La batalla de Karlavach del reconocido escritor Heinz Janisch y el ilustrador Aljoscha Blau, un álbum recientemente editado por Lóguez, y el segundo es Boom. La guerra de los colores del siempre genial Ximo Abadía y editado por Montena. 
Aunque ambas historias echan mano de los colores para referirse a los enfrentamientos entre grupos de seres humanos, difieren en algunos puntos. Mientras que el primero echa mano de  un simbolismo más cercano a los cuentos tradicionales (ropa y derivados) para desarrollar un discurso más libre en lo que a interpretación se refiere, el segundo es más expositivo y se centra más el aspecto gráfico, prescinde de metáforas y otras figuras literarias pero juega con la línea y la complementariedad en un exquisito juego de contrastes.



El resultado de ambos es maravilloso (fíjense en que las ilustraciones de ambos se decantan por las formas angulosas y puntiagudas), sobre todo porque ambos se mantienen al margen de los consabidos sesgos (algo que agradezco al máximo cuando se trata de una temática como esta) y se posicionan al lado del pueblo, uno que en ambos casos toma la última palabra para obviar a los poderosos y sus cuitas. 
Espero que tomen nota y empiecen a leer, un verbo que siempre derrota a la ignorancia y a quienes desean tomar ventaja con ella.


martes, 7 de octubre de 2008

Abuelas y abuelos





Creo que en alguna ocasión ya he hablado en este espacio de mi abuela materna, todo un fenómeno, teniendo en cuenta que, a sus ochenta y tres años, está más lozana que algunos de mis alumnos de quince… ¿Caería de pequeña en alguna marmita de poción mágica? o ¿será descendiente directa de Obelix? Inexplicable de todos modos, lo uno o lo otro. La cuestión es que ella sigue viva y coleando. A veces pienso que la supervivencia a una guerra es más eficaz para combatir a la muerte (o a la vida) que cualquier otra medicina. Tremenda paradoja esta, la ligazón de la guerra a la inmortalidad…, aun así, la tremenda es mi abuela, que manda huevos… Si es que no hay quien la mate siguiendo esa dieta macrobiótica compuesta de tortilla de calabacín, gazpachos manchegos con espinacas, sopa de ajo, hervido o potaje. ¡Con tantos anti-oxidantes no hay quién pueda! Entre eso y la gimnasia del club de jubilados, acabará por enterrarnos a todos…
Lejos de estas bromas, siempre recuerdo a mi abuela (¡Felicidades Abuela! El sábado fue tu santo…) cantándonos las retahílas que volvían loca a mi hermana. Para contentarla, si era necesario, era capaz de cantarlas más de cien veces…, sobre todo esa de “Tía Moñina…”
Hace un rato he terminado de leer Querida abuela… Tu Susi, de Christine Nöstlinger, y he de decir que me ha parecido chispeante, humorística, radiante, muy alegre y sencilla. No me extraña que vaya por la vigésima octava edición…, o quizá debería decir: ¡Menos mal que va por la vigésima octava edición!
La figura de la abuela o del abuelo es muy utilizada en la Literatura Infantil. Por lo general, la mayor parte de los abuelos son entrañables para sus nietos, muchas veces hasta cómplices, casi compañeros. Lo curioso resulta cuando, en la Literatura Infantil orientada hacia grupos de edad creciente, la figura del abuelo se troca en la de padre, y más tarde en la de los amigos, verdaderos compañeros en las novelas juveniles.Y si usted es abuelo, y le apetece leerles o contarles historias de abuelos, le sugiero Mejillas rojas (Heinz Janisch y Aljoscha Blau) y El libro del verano (Tove Jansson).