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jueves, 14 de marzo de 2024

Caracoles, tractores, moscas y otras crisis de identidad


La identidad es una cosa muy seria, pero también no puede serlo. Un servidor lleva toda la vida siendo lo que le da la gana y aquí sigue, sin demasiados problemas. No entiendo cómo la gente se toma estas cosas tan a la tremenda. Será que se aburren de ser quienes son. Será que envidian la existencia ajena. Será que no tienen demasiada imaginación.
Puede que no solo sea una cuestión personal, sino que los del otro lado también tienen que reconocerte. Hay mucha gente que necesita reafirmarse en los demás.


No soy de los que gusten de nombrarse, colgarse etiquetas y calificativos. ¿De qué sirve? Quizá muchos se pirren por verse reducidos a la mínima expresión, a cuatro palabras cuyo significado pueda malearse con el tiempo. No es mi caso.
Aunque intente quitarle hierro, hemos de reconocer que una crisis de identidad puede constituir un problema gravísimo para mucha gente. Sentirse vacío, confundir tus pensamientos, ideas y creencias, experimentar una nula aceptación social, y sufrir ansiedad y estrés puede conducir a trastornos más graves, e incluso propiciar un triste desenlace.


Si bien es cierto que este tipo de trastorno es habitual entre adolescentes y adultos, no es frecuente entre los niños. Salvo raras excepciones los niños experimentan y construyen su personalidad desde el juego y la imaginación, lo que no solo afianza su propio universo, sino que les ayuda a situarse desde otras perspectivas que les permiten verse a sí mismos. De eso tratan los álbumes de hoy.


Empezamos con Caracolico, un álbum de Julia Jiménez y Mònica Solsona publicado por Sd-Edicions. En este libro, mi paisana nos cuenta la historia de un pequeño caracol que, harto de deslizarse gracias a su pie muscular y su moco, decide aprender a volar. Desoyendo a su madre, este caracol romano se lanza a la aventura trepando por una torre de alta tensión. Alentado por sus amigos, sube cada vez más y más arriba. ¿Logrará hacer su sueño realidad?


Desde esa dicotomía que confluye en capacidad-incapacidad, Jiménez y Solsona se asoman a esa búsqueda de los sueños sin cumplir que, a pesar de las dificultades, se tornan realidad gracias a lo casual y el empuje de los amigos. Caracolico y ellas nos dicen: todo es circunstancial, ¿por qué no intentarlo?


Con un personaje encantador y muy bien caracterizado, un formato vertical muy adecuado para una historia que sube y baja, juegos de perspectivas y planos que añaden cierto suspense a la óptica, y unas guardas a modo de prólogo y epílogo, las autoras se adentran en el mundo de la inocencia infantil.


Seguimos con El vuelo de mosquita, un libro de Ziggy Hanaor y Alice Bowsher que ha publicado en España la editorial Océano Travesía. Mosquita, como cualquier otra mosca, vuela de una manera un tanto espacial. Su vuelo en ondeante, ondulante y zigzagueante. No se parece al de Mirlo ni al de Cigüeña ni al de Estornino, y todos piensan que debe mejorarlo. Ella lo intenta y lo intenta, pero le resulta muy difícil volar como ellos y se siente frustrada.


Con blanco, negro y amarillo, los autores construyen una historia donde no solo se hablar de la identidad, sino que también se adentra en la auto-aceptación, el juego y el reconocimiento entre iguales. Si a todo ello añadimos una dosis de buen humor y algunas cuestiones divulgativas sobre el vuelo de los animales, la combinación es perfecta.


Otro libro que se sumerge en lo identitario es Nicoló, el álbum de David Fernández Sevillano y Laia Albareda que publicó hace un tiempo la editorial Amigos de Papel. Nicoló es un tractor amarillo con un gran bigote…, o bueno, eso pensamos nosotros, porque él no lo tiene muy claro. Puede que sea un topo que excava enormes agujeros, o también una araña que dibuja tu tela. ¿Y un pez que nada bajo el agua?


Ilustraciones simpáticas construidas en torno a grandes masas de color con gran contraste (Fíjense en ese azul que evoca lo irreal), y una composición dinámica que juega con diferentes disposiciones del texto en la doble página, esta historia divertida plantea cuestiones interesantes (¿Máquinas o seres vivos? ¿Qué nos define?) que pueden ser más que jugosas para cualquier lector.


Terminamos con el ¿Y si fuera otra cosa? de Bruno Zocca. Publicado en nuestro país por Liana Editorial, este álbum también juega con el ser y no ser desde una perspectiva muy imaginativa. Todo empieza cuando el niño protagonista se mira al espejo del cuarto de baño y se cuestiona qué es. Si fuera un pájaro, se pasaría el día cantando. Si fuera un temporal, estaría tronando a todas horas. Y si fuera el sol, no madrugaría tanto. ¿Al final que será?


Aparentemente sencillo, este libro que desborda mucha imaginación, además de tratar aspectos del existencialismo, nos acerca a las perspectivas juguetonas y fantásticas de un niño que, echando mano de surrealismo y sinsentido, nos presenta un nexo entre el mundo real y onírico, momentos antes de irse a dormir.


Dinámicas y llenas de detalles, sus ilustraciones apelan a nuestro subconsciente, desbordan la narrativa textual, y nos sugieren nuevos espacios de ficción a los que acudir cuando nos formulemos estas preguntas un tanto filosóficas.


Y si están muy espesos porque las torrijas no les dejan pensar durante estos días de asueto que se aproximan, disfruten de todas estas historias sin darle muchas vueltas a la cabeza. Que a veces es mejor dejarse llevar que hurgar en las respuestas como cerdos que hociquean en la mierda.

martes, 2 de noviembre de 2021

La verdad sobre las brujas


Durante estos días festivos en los que todo se ha llenado de monstruos, vampiros, zombis y otros seres de la noche, he tenido la oportunidad de pensar sobre las brujas, unos personajes muy presentes en la Literatura Infantil y de las que poco se habla.
A las brujas se las describe como figuras femeninas generalmente solitarias que desarrollan poderes mágicos con el afán de hacer el mal, pero ¿cuál es la verdad sobre las brujas? Vamos a ponerle algo de realismo y ciencia a estas mujeres que tanto señalamos en los cuentos tradicionales, pero que distan mucho de esa imagen de malas pécoras que se les asigna.


Según muchos estudiosos, las brujas eran mujeres sabias que ejercían las veces de curanderas, herboristas y boticarias dentro de ciertas comunidades, como por ejemplo en las tribus celtas. Es decir, estaban integradas en su sociedad a pesar de que muchas vivieran de manera aislada, sobre todo en Europa Central, y generalmente en mitad del bosque, un medio donde encontraban fácilmente los ingredientes para sus ungüentos y brebajes. En muchos casos, estas mujeres, lesbianas o no, convivían con otras mujeres, de manera que establecían clanes y escuelas donde enseñar sus conocimientos. A pesar de pertenecer a clases sociales bajas, también las clases altas requerían sus servicios, no sólo médicos, sino también consejo y asesoramiento.


Entonces, ¿eran efectivas sus pociones transformadoras y sus filtros de amor? ¿Volaban sobre escobas? ¿Hacían aquelarres? Antes de nada hay que entender que hace siglos la naturaleza era concebida como un espacio mágico, sobre todo porque la ciencia no estaba desarrollada y la ignorancia reinaba en una sociedad donde cualquier suceso o fenómeno que no entrara dentro de la norma era tildado de magia. Hoy es diferente y sabemos que todo lo que tiene que ver con esa magia se puede explicar gracias a la química, esa que también reside en los principios activos de plantas y hongos que aquellas mujeres conocían, manejaban y consumían. 
Así, las brujas de Salem se intoxicaron gracias al cornezuelo del centeno, un hongo con propiedades neurotóxicas, que había contaminado el pan. Los aquelarres no eran más que reuniones en las que además de ritos o sexo, se intercambiaban conocimientos y experiencias sobre farmacopea. Y si alguna vio a otra volando, pudo ser gracias a las alucinaciones que le había provocado cierta droga mientras otras compañeras se masturbaban con el palo de la escoba a la luz de la luna llena.


Entonces, ¿por qué estas mujeres terminan asociándose a lo maligno y demoniaco? Primero por su condición femenina, una que la religión cristiana asocia al pecado (ya saben lo de Eva, la manzana y la serpiente) y en segundo lugar por ser la competencia directa a la institución eclesiástica (las brujas representaban un paganismo docto enfrentado a la omnipotencia y omnipresencia de esa iglesia dominada por hombres).
Resumiendo, alguien tenía que pagar el pato cuando la peste, las malas cosechas y las hambrunas se cernían sobre la población, y en aquel entonces le tocó a las brujas, sobre todo en el mundo protestante (aunque la peor parte de esta historia se la llevó la Inquisición, se calcula que en Alemania se ejecutaron a más de 25000 personas frente a las 300 en España). Y si tenemos en cuenta que las hogueras en las que morían quemadas eran acontecimientos públicos que a la vez de entretener, aleccionaban moralmente a los fieles, la solución era redonda.


Aunque las cosas han cambiado, todavía quedan brujas en las historias dirigidas a los niños, como la que hoy les traigo gracias a Sd Edicions, el escritor Artur Scriabin y el ilustrador Enric Lax. La isla es uno de esos álbumes poderosos y necesarios que cuenta la historia de cuatro amigos que durante el verano exploran los alrededores del pueblo. Un día deciden cruzar el muro, esa frontera entre lo conocido y la espesura del bosque, lo que ellos llaman “la isla”, el lugar donde un barco navega sobre las copas de los árboles y, según la gente, suceden cosas extrañas durante la noche. Curiosos, se cuelan allí para conocer de primera mano semejante lugar capitaneado por una extraña y misteriosa mujer.
Una historia deliciosa -me ha encandilado- donde la amistad y la nostalgia, la realidad y la fantasía se mezclan para sugerirnos muchas cosas que todos guardamos dentro. La amenaza de los prejuicios adultos, una bruja que no es bruja, la magia perdida o el triunfo de la eterna mirada infantil te mecen gracias a un texto directo y unas ilustraciones que lo complementan y enriquecen. Con tan solo dos colores, negro y azul, y una estructura visual a modo de álbum de recuerdos, este libro se llena de fotografías, recortes y dibujos infantiles donde el lector-espectador puede leer entre líneas, soñar, y sobre todo, dar con su propia historia que, evidentemente, tendrá una bruja propia.