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lunes, 15 de noviembre de 2021

De adultos cobardes y niños valientes


Parece ser que el miedo se ha instaurado como fuerza generatriz de las sociedades occidentales. Vivimos acojonados. Por culpa del clima, de las erupciones volcánicas, de las fusiones bancarias, de las feministas, de las pandemias, de los divorcios, de la familia, de los amigos, del vecino, de los hijos, de los jueces, de los médicos, de los ordenadores o de las palomas. Todo el mundo tiene miedo de alguien o algo. Nadie se atreve a hacer o decir nada. Corremos riesgos, bien físicos, bien sociales. Mucho miedo ¿real o ficticio? (pero poca vergüenza, como diría mi madre) que se debe principalmente a dos causas.


La primera tiene que ver con el paternalismo de estado, esta necesidad colectiva a la que, como buenos votantes, televidentes o ganado, nos hemos ido supeditando por comodidad, ignorancia o incapacidad. Que si ponte la mascarilla, que si quítatela, que si el gel hidroalcohólico, que si “¡Mamaaaa, me han insultado!”... Menos mal que tenemos a nuestros salvadores, esos que nos protegen y libran del mal (amén), siempre y cuando obremos según sus directrices.


La segunda se refiere a la contaminación de ese universo adulto en el que los individuos, cada vez más atontados y ofuscados, viven dispersos y vagabundos ante una serie de valores erróneos. Secuestrados en un medio que desconocen cada día más y más, se alejan de una perspectiva humana, coherente y madura, para aferrarse a actitudes que tienen mucho que ver con el victimismo, la indefensión y los discursos maniqueistas.
Y entre ofendidos y tontos de capirote, algunos saltan diciéndonos que esta postura ante la vida se podría calificar como pueril, casi infantil. Es aquí donde les tengo que echar el alto y gritarles: ¡No se equivoquen! ¡No confundan la infancia con la cobardía, con lo ñoño! Pues son los niños quienes la mayor parte de las veces nos enseñan mucho en lo que a valentía y subversión se refiere. ¡Que si los adultos se comportaran como niños, otro gallo nos cantaría!


Si no me creen sólo tienen que acercarse a leer La giganta, un álbum de Anna Höglund que acaba de ser editado en castellano por ediciones Ekaré y que nos habla precisamente de eso, de ser valientes a pesar de la adversidad.
Inspirado por Tripp, Trapp, Trull y el gigante Dum-dum, un cuento de hadas tradicional muy conocido en los países nórdicos gracias a Elsa Beskow, este libro cuenta la historia de una niña que debe hacer frente a las inclemencias de la soledad. Tras la partida de su padre, un caballero que pretende acabar con la giganta que vuelve a todo el que se atreve a mirarla en piedra, todo cambia en la vida de la protagonista (Perseo y Medusa, Medusa y Perseo).
Superados los miedos iniciales (la oscuridad es la metáfora perfecta), la niña echa mano de su espejo y un cuchillo (dos objetos tan cotidianos como mágicos), y decide rescatar a un padre que no regresa.


Oscuras y sugerentes, las imágenes de esta historia están cargadas de emociones, símbolos y matices, como el vestido rojo de la protagonista y que funciona a modo de referencia metaliteraria, una imagen desnuda de su cuerpo tiritando de frío que agita nuestro subconsciente con tabúes y prohibiciones, o los marcos que van y vienen en las ilustraciones, son algunos de los elementos narrativos que nos hablan desde una posición secundaria que enriquece un texto directo y sutil donde las metáforas y otros recursos visuales nos laceran a base de preguntas.
Pero sobre todo, hay una cosa que prima sobre las demás: el éxito de la pericia infantil sobre la incapacidad de muchos adultos para no comprender ni saber enfrentarse a las amenazas diarias que le rodean.

jueves, 9 de mayo de 2019

De familias muy humanas y un clásico remasterizado



Alumnos, compañeros de trabajo, repartidores, camareros, dependientes y desconocidos dan muchos calentamientos de cabeza, pero ¿y la familia, qué? No se crean ustedes que no ofrecen pocos disgustos. De hecho considero que tus allegados siempre son quienes tienen la mayor capacidad para sacarte de tus casillas. Bien por la confianza que depositas en ellos, bien porque los conoces demasiado bien, siempre acaban amargándote la existencia.
Viejos manipuladores, madres chantajistas, abuelas regentes, hijos parásitos, nietos lloricas, cuñados pusilánimes, otros también borrachos y cansinos, primos impertinentes, y demás fauna se entrenan para ponerte a prueba cada día, en cada reunión familiar, en los hospitales y los cementerios, en encuentros fortuitos y Dios-sabe-qué-más circunstancia.


Mi abuela, muy refranera ella, siempre decía que “El que se cabrea, tira la garrota, y cuando la recoge ya la tiene rota”. Hay que aprender a no molestarse, a hacer oídos sordos a todo tipo de necios, compartan tu genética o no, pues al final uno se lleva el sofoco y los demás se van de rositas, una opción poco contemplable pues también decía la matriarca que “Los disgustos se dan, no se toman”.
¡Ay, si Hamlet hubiera hecho caso a mi señora abuela! ¡No se hubiera ahorrado malos tragos…! ¡Incluso la vida! Pues esos congéneres obnubilados por la envidia y la miseria no merecían tanto drama… Y es que Shakespeare, que era muy listo sabía muy bien lo que decía en sus tragedias que, como esta, bebía de toda suerte de jugarretas familiares.


Ya sé que soy una rara avis y que no todo el mundo se encuentra con fuerzas de leer la más extensa obra de Shakespeare (admito que el teatro tiene su intríngulis pero una vez que cambiamos el chip, sólo hay que recrear escenario y actores en nuestra imaginación, y dejarse llevar), es por ello que hoy les invito a que disfrutar de Mira Hamlet, un albúm ilustrado sencillamente genial de Barbro Lindgren y Anna Hõglund editada en nuestro país por la editorial Thule.
La primera vez que vi este libro, me llamó mucho la atención, no sólo porque la historia de este príncipe de Dinamarca repleta de envidia, tretas palaciegas, inquinas personales y azar, está protagonizada por animales –conejos, zorros o ratas-, sino porque el texto se presenta de modo muy abreviado, pues en cada doble página aparecen las ideas básicas de cada acto de forma telegramática.


Les digo con sinceridad que la idea me ha fascinado, por un lado es fiel a los sucesos de la obra original, y por otro interna al lector, infantil o adulto (creo que muchos de ustedes, aunque crean conocer esta obra cumbre de la literatura, seguramente no sea así) en la lectura de creaciones sobre las que se construye la literatura occidental.
No debemos olvidar que, al igual que Shakespeare, este álbum de formato muy agradable e ilustraciones a grabado, adereza con cierto humor la acción a pesar de su vis trágica (me encanta que se aferre a la realidad ¡Cómo en la vida misma!). Ojalá hubiera más versiones como esta de El mercader de Venecia, Medea, La Celestina, Macbeth o La vida es sueño, que aproximándose a los pequeños lectores no dejen de ser los fieles reflejos de la vida pasada, presente y futura, pues ahí radica la importancia de los clásicos y su mensaje que sigue resonando en nosotros mismos: la humanidad.