martes, 29 de septiembre de 2026

Dobleces


El ser humano está lleno de dobleces. No creo que exista mucha gente tan cristalina como para poder ver a su través. Tampoco es que sea necesario, pues agradezco un poco de vidilla en esto de las relaciones sociales. Estamos llenos de matices a pesar de nuestra insistencia en el maniqueísmo, esa forma de ver el mundo tan ancestral como absurda y que el español se empeña en llevar al extremo.
Por muy claras que tengamos ciertas ideas, nos encantan los claroscuros. Experiencia y circunstancialidad nos abocan a ellos. Ni blanco ni negro. Hay toda una gama de grises con la que podemos comulgar. ¿Izquierda o derecha? ¿Real Madrid o Barça? ¿Joselito o Juan Belmonte? No soy partidario de las filiaciones. Me aportan muy poco y siempre estoy abierto al diálogo. Comulgar no significa fanatismo, pues todo depende del ángulo.


Piensen en ciertos divorcios, en herencias y diferencias entre clanes. Probablemente todos los conflictos tengan su marco de lectura, pero se nos olvida con frecuencia que estos no solo pueden ser unívocos, sino que podemos encontrar nuevas perspectivas desde las que abordarlos. No sea que la liemos con los chiquillos, alguien acabe en el cementerio o con sus huesos en la cárcel. Dobles, triples o cuádruples. Las posibilidades siempre se multiplican. Como las del libro de hoy.


Doble Doble de Menena Cottin se estrena en España gracias a la editorial Yekibud. Aunque algunos conocíamos este libro en forma de boardbook gracias a la editorial Tecolote, Yekibud ha decidido publicarlo en cartoné, dotarlo de nuevas dimensiones y repensar una nueva paleta cromática en la que el rojo sustituya el naranja.
El álbum nos deleita con un juego basado en parejas de conceptos complementarios, generalmente antónimos, que se disponen en las páginas izquierdas. Al lado de estas palabras, Cottin dibuja una serie de quince imágenes realizadas con siluetas bidimensionales realizadas en blanco y negro que se disponen sobre un fondo naranja.


Gracias a las tipografías enfrentadas y un giro de 180 grados, la autora venezolana, nos invita a participar en una experiencia interactiva que consigue desplegar un universo mágico en torno al libro-objeto. Diseño, perspectiva y mucho juego nos hacen soñar a pequeños y grandes sin remisión.
Como el propio título indica, el título se enmarca en la duplicidad, en este caso de las imágenes y su percepción, una que inevitablemente pasa por el lector-espectador. Esto hace que el lector se cuestione qué parte de lo que observa es verdadera y qué parte depende de su propia interpretación gracias al lenguaje multimodal. ¿Principio o fin? ¿Abrir o cerrar? ¿Otoño o primavera? ¿Encima o debajo? Te va a resultar muy difícil elegir tu favorita.


Si ahondamos todavía más en lo discursivo, podríamos decir que la obra invita a reflexionar sobre la identidad, las apariencias, las primeras impresiones y la manera en que percibimos lo que nos rodea basándose en la semántica visual. Al tiempo que nos empuja al disfrute lúdico, entrena la mirada en esa búsqueda incesante de detalles que exploren los símbolos y la iconografía, que bien pensado, ya es bastante.

lunes, 28 de septiembre de 2026

El lastre de la inconstancia


Seguramente se han percatado de la cantidad de anuncios sobre coleccionables de ciertas que llenan la televisión durante las primeras semanas de septiembre (antiguamente mucho más numerosos). Cromos, reproducciones de coches de época, cartas de Pokemon, discos de vinilo, figuras, una moto a piezas o monedas. Cualquier cosa es susceptible de comprarse por entregas y enganchar a todos aquellos que hagan gala de su constancia, tanto personal, como económica.


Si les soy sincero, les diré que nunca he sido muy aficionado a este tipo de promociones. No solo porque no estoy dispuesto a consentir que mi casa parezca el museo de los horrores, sino porque mi inconstancia no me lo permite. Les puede parecer curioso que alguien que lleva al frente de un espacio como este casi diecinueve años, confiese su volubilidad; pero sí, me encanta catar.
Aprender idiomas, utilizar una controladora de dj, astronomía, un poco de pintura… Quiero probarlo todo (No sufro de FOMO. Ese es el Alfon) y a la vez no centrarme en nada. Es una manía que muchos lastramos desde la infancia: ser diletantes compulsivos. Algunos lo llaman curiosidad desmedida, mientras que otros se encargan de nombrarlo con alguna patología. Dejémoslo en personas inquietas, que al fin y al cabo, es como tener el baile de San Vito orientado hacia derroteros intelectuales.


Ahora que me dedico a la enseñanza, cuando me topo con algún alumno con este rasgo, no sé si compadecerme o alegrarme, pues a veces, tanto interés puede convertirse en lastre. Terminar aburridos, en Babia, en el rincón de pensar o vete-tú-a-saber-dónde. Y es que muchos no saben que controlar esa cabeza tan activa es una tarea nada fácil.


Así llegamos a Juan el inconstante, un álbum escrito por Adalberto Ortiz Ávalos, ilustrado por Gabriel Pacheco y publicado por Diego Pun. En él se nos presenta a Juan, un niño curioso y amable, pero muy cambiante. Le interesan las hormigas, la historia y los misterios del mundo, pero le cuesta mantener la atención durante mucho tiempo. Es tan voluble que incluso su cuerpo parece desmembrarse para hacer varias cosas a la vez. Hasta que un día…


Desde el surrealismo y lo fantástico, los autores nos presentan una narración misteriosa que puede extrapolarse a la realidad desde dos puntos de vista que, si bien pueden complementarse, también exploran situaciones diferentes. Por un lado, el narrador, ese amigo, ese compañero de clase, ensalza la figura de Juan, un chaval diferente por el que siente cierta admiración. Por otro, la lectura más adulta parte desde el ámbito escolar, uno que no da respuesta a esta singularidad y provoca el abandono académico.


Ilustraciones donde el azul cobalto y los detalles en rojo sirven al recorrido visual del espectador, las abundantes metáforas gráficas y un lenguaje cercano, sincero e inocente, este libro nos empuja a reflexionar sobre la diversidad, el déficit de atención y los diferentes ritmos que podemos encontrar dentro del aula. Tres cuestiones nada cruciales cuando hablamos de amistad.

viernes, 25 de septiembre de 2026

Recuerdos y cicatrices


Este verano ha estado lleno de los percances. Si no ha sido una cosa, ha sido otra. Montones de retrasos en los aeropuertos, coches de alquiler ininteligibles, curvas y niebla, mala señalización, cartas de despedida, ingresos hospitalarios y algún mal golpe… Menos mal que nada ha trascendido.


Si acaso, puedo hablar de una cicatriz de siete centímetros que adorna mi cabeza desde hace unas semanas. Es lo que tienen los festivales de música. Que con tanto entusiasmo, uno no calibra adecuadamente y acaba endiñándose con el canto de la puerta en mitad de la testa. Heridas de guerra las llaman. Por lo menos, ayuda el contexto. El recuerdo imborrable de un momento casi agradable.


Siendo sincero, prefiero las cicatrices a los tatuajes. Prefiero que sea la propia naturaleza la que decida las marcas que tachonan la piel. Esas formas indelebles que siguen un dibujo aleatorio. Vestigios de todo tipo que dan buena muestra de nuestra existencia.


No hay otra razón para que hayan sido incluidas en este poemario que sirve a modo de pequeño artefacto contra el olvido, el peor de los castigos para eso que llamamos infancia. El lugar desde el que nos escriben. Y también leemos. 
Libros, relojes, piedras o fotografías se reúnen en esta caja de recuerdos para traer a la memoria esos instantes que se borran con el paso de los años. Un pequeño catálogo de objetos que recuperan y dibujan ese camino que nos lleva de vuelta a lo que un día fuimos, a lo que somos y seremos. 

Caricia suave, y amorosa,
volcán de mí, lago de mí,
río y mapa de mi vida:
recorro suavemente su forma de animalito,
su forma de continente celular.

Acaricio la cicatriz.
Mi piel y la imaginación
han salido a bailar juntas.

El camino ha sabido
hacer del dolor belleza.
La herida toma sentido:
mis rodillas son la memoria de los juegos;
mis manos, cómplices de sueños,
han visto derrumbarse a más de un castillo
y ahora tengo más líneas en las palmas.

Con orgullo enseño la cicatriz aquella
en la que, luego de llorar,
nació una historia,
y ahora una sonrisa.

Volcán de mí, lago de mí,
río y mapa de mi vida:
acaricio la cicatriz,
mi piel y la imaginación
han salido a bailar juntas.
también soy yo
este curioso inventario de caídas.

Julio Serrano Echeverría.
La cicatriz.
En: Máquinas para no perder la memoria.
Ilustraciones de Flavio Morais.
2026. Barcelona: A buen paso.

jueves, 24 de septiembre de 2026

Magia potagia


De entre todas las artes escénicas, el ilusionismo es mi favorita. Teatro, música, danza… Nada me gusta más que un buen espectáculo de magia. Principiantes o profesionales. Da igual, siempre me dejan boquiabierto. Y no es que sea muy devoto, pues es difícil toparse con alguna función. Antes era bastante común encontrarlos en los programas de variedades en la televisión, pero últimamente, imposible. Para variar…
Recuerdo una vez que, en mitad de un viaje escolar a Italia, un alumno aficionado al ilusionismo se arrancó sobre el escenario y organizó tal tumulto, que hasta los jubilados le pedían autógrafos. Todos embobados con la cháchara, la gracia y el arte que se gastaba. Nunca me lo hubiera imaginado. Muy calladito, en clase pasaba desapercibido y luego ¡mago!


Sin lugar a dudas, mi favorito era el recientemente fallecido Juan Tamariz. Con una maña perfecta, esa cara de chiste y su verborrea nos embelesaba y hacía reír a partes iguales. Según los entendidos hacía fácil lo difícil. Cosa que no me extraña teniendo en cuenta que estudió física y dirección de cine aunque eligiera la prestidigitación como forma de vida. Se le consideró uno de los mejores magos del planeta, hecho que avaló el primer premio obtenido en la categoría de cartomagia en el concurso mundial de 1973. Genio y figura hasta la sepultura.
A todos aquellos que menosprecien esta disciplina, les diré que la CIA contrató a magos como John Mulholland durante la Guerra Fría para enseñar a sus agentes técnicas secretas de engaño, despiste y manipulación de la percepción. El objetivo era introducir venenos en la copa de otros espías o intercambiar objetos sin que nadie se diese cuenta. Precisamente, en la biblioteca de los servicios secretos estadounidenses se halla una copia de La vía mágica de Tamariz, un libro donde incluyó su método de las pistas falsas, uno de los pilares de la psicología del espectador.


Numismagia, mentalismo, micromagia o escapismo. Decidan qué tipo de magia les gusta más. Mientras tanto, yo voy a recrearme con El mago de Joaquín Camp. Publicado por la editorial Apila, este álbum nos cuenta la historia de Nicolás, un pequeño mago que, definiéndose como el nuevo Houdini, nos deleita con una noche de magia al más alto nivel. Y como cabría esperar, este principiante se hace un lío con los hechizos y lía la de San Quintín. Un gato gigante, la casa que parece una selva o sus familiares convertidos en ratones. ¿Conseguirá poner remedio al entuerto?


Con mucho humor, el autor retoma el argumento de El aprendiz de brujo y lo contextualiza en un mundo actual. Combinando imaginación, humor y momentos cotidianos, nos presenta una historia llena de sorpresas y conflictos familiares que, además de sacarnos una sonrisa, nos invita a reflexionar sobre la importancia de nuestras acciones, sus consecuencias y el modo en que enfrentamos los problemas.


Elaborada enteramente con trazos a tinta y rotuladores de colores, esta pequeña comedia de situación, se construye sobre diferentes recursos narrativos. Podemos apuntar al uso de los diagramas y cortes transversales (¿Ese edificio no les recuerda al 13, Rue del Percebe?), los conjuros en latín a modo de retahíla, el juego de páginas para imprimir misterio y efectismo, una secuencia de imágenes mudas que invita a la creatividad y una sorpresa final que seguro que arranca carcajadas. Todo ello incluido en una historia para irse a la cama, que bien pensado, después de tantas emociones, es lo mejor que podemos hacer Nicolás y nosotros.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Magia o combustible vital


Los excesos veraniegos hacen estragos. No solo en el abdomen (ya saben cómo se las gasta la cerveza), sino también en la cabeza. Es tal la desconexión que sufren las neuronas, que para algunos (véase mi caso), septiembre es peor que enero (bolsillos y memoria siguen en barbecho). Por eso, no viene mal comenzar el curso con alguna lectura inspiradora. De esas que nos sirvan de calentamiento intelectual.
Queridos monstruos, háganme caso y, al igual que se machacan en el gimnasio desde hace un par de semanas, acudan a su librería más cercana y háganse con un Apuntes sobre una enciclopedia mágica, un libro de María José Ferrada que ha publicado en nuestro país Los tres editores. Totalmente necesario.
Si me preguntan de qué trata, les diría que el propio título lo resume todo. En primer lugar, tenemos la palabra “apuntes”, es decir, un buen manojo de notas, pensamientos y sensaciones de la propia autora. En segundo término, aparece el sustantivo “enciclopedia”, quizá el que más despiste. Si bien es cierto que mucha gente esperaría una obra de consulta con una estructura formal y objetiva, este se refiere más bien a presentar esa realidad de Ferrada desde un sentido lógico y ordenado sobre una línea temporal muy personal. No obstante, para eso aparece el tercer vocablo, el adjetivo “mágica”, uno que, por sí mismo, imprime mucho misterio a este casi ensayo en el que lo tangible habita lo fantástico y viceversa. Algo que ella define como “una habitación elástica que admite distintas combinaciones”.
Así, la chilena mezcla ficción, ensayo y poesía para darle forma a este librito (apenas 140 páginas) difícilmente clasificable en el que elabora una alabanza muy juguetona a la infancia (la suya y la de todos) y un poder, casi sobrenatural, que trasciende el tiempo.
Echando mano de las percepciones e ideas que muchos autores como Walter Benjamin, Esopo, Sylvia Plath, Wisława Szymborska, Maurice Sendak, Toon Tellegen, Arnold Lobel, Gabriela Mistral o Beatrix Potter tuvieron sobre la niñez, Ferrada señala las sinergias que conectan el universo real con el literario, como por ejemplo el caso de Peter Rabbit y Max, de Max y Peter Rabbit. ¿Acaso sus respectivas historias no pertenecen a esa patria compartida que es la infancia? Probablemente ese sea el motivo por el que los libros infantiles son capaces de acompañarnos durante toda la vida.
Del mismo modo, sus páginas ahondan en lo que sucede cuando crecemos. Como Peter Pan, James Matthew Barrie y la propia María José Ferrada, la mayoría nos acercamos a ese territorio que todos hemos habitado y al que, de manera testimonial y gracias a algún dios, regresamos momentáneamente por culpa de asociaciones inesperadas que desembocan en lo extraordinario. Porque de lo contrario, cesaríamos de dar palmas y las hadas dejarían de existir.
Los cuentos, la noche, el bosque, la plastilina, el cine o las marionetas. Esa es la magia de los símbolos que se articulan para crear recuerdos. Y de paso, una nueva forma para comunicarse: el idioma de las cosas. Una lente para entender el mundo desde el ayer, un puente que se tiende entre las generaciones que moran en un mismo individuo.
Llena de curiosidad, la mirada de Ferrada nos invita a indagar en nuestro viaje personal desde una perspectiva, tanto colectiva, como individual. Nos interpela pero se deja de sermones, de respuestas rotundas. Brinda un espacio en el que el lector reflexiona y construye su habitación propia, una enciclopedia personal basada en el asombro y la rebeldía, auténticos pilares de la sabiduría más primigenia que nos abre las puertas de la existencia.
Salvaje, sensible, humano, visual, reflexivo, cercano y misterioso. En definitiva, una suerte de diálogo que sirve a esa “teoría de la infancia” inventada por ella misma. Un libro que parece convertirse en advertencia, mueca, suspiro o caricia.

lunes, 21 de septiembre de 2026

Unas vacaciones idílicas


21 de septiembre. Ni rastro de las vacaciones. Unas que se fueron por donde vinieron, pero nos dejaron todo tipo de recuerdos. Buenos, malos y regulares. Así se las gasta el verano, esa época del año en la que los cuerpos se dejan llevar por playas, montañas, ciudades hermosas, pueblos pintorescos, verbenas y hoteles de medio pelo. Otros optan por quedarse en casa para limpiar, leer, dibujar o hacer conserva de tomate. Todo suma mientras hagamos lo que nos apetezca con tal de alejar las neuronas de las obligaciones.
Sin ahondar en los detalles (podría estar relatándoles mis peripecias estivales durante horas), les comunico que he sacado bastante tiempo para leer alguna que otra novela (¡Que uno también necesita alejarse del álbum!), por lo que he creído menester empezar este nuevo curso destripando la que más me ha gustado.
Y es que Vacaciones en Saltkrakan, el clásico de Astrid Lindgren que recuperó el año pasado la editorial Kókinos, no es para menos. En este libro, la madre de Pippi Calzaslargas nos cuenta la historia de los Melkersson, una familia que decide pasar el verano en una pequeña isla. Así, Melker, un hombre viudo con aspiraciones literarias, alquila la vieja casa del carpintero y viaja hasta allí con sus cuatro hijos: Malin, una joven de diecinueve años, Johan y Niklas, una pareja de chavales de lo más travieso, y el pequeño Pelle, un niño ingenioso, inocente y sensible. Tras esa llegada a Saltkrakan un tanto accidentada, los Melkersson comienzan a relacionarse con el resto de habitantes de la isla y vivirán un sinfín de aventuras.
Aunque toda la acción transcurre en una pequeña isla aparentemente aburrida, Saltkråkan se convierte en un escenario luminoso y lleno de posibilidades gracias a cuatro elementos que reverberan una y otra vez: el concepto de isla, la omnipresente naturaleza, una vida cotidiana llena de actividad y esa infancia redimensionada por la que la autora sueca abogó en todas sus obras.
Aunque la isla puede parecer un escenario como cualquier otro, lo cierto es que realiza una función muy interesante: definir un universo cercado por las olas. Ese es el espacio limitado que no solo aísla a los personajes para explorar dinámicas sociales, psicológicas y simbólicas de forma concentrada (en Saltkrakan todos se encuentran y nadie se aburre), sino que también se llena de misterio (¿Cómo será vivir en una isla tan pequeña?). Incluso puede ser el lugar lejano donde establecer un nuevo punto de partida (N.B.: Fíjense en Melker, un personaje que sigue lidiando con el duelo, sus cuatro hijos y esos intentos por dedicarse a la escritura).
A esto le sigue lo salvaje. Bosques, playas, conejos, avispas y focas conviven con los seres humanos. El edén, el paraíso perdido. Esa tierra prometida en la que vivir en libertad y ser feliz, representa un mundo alejado de las prisas, las obligaciones y las convenciones sociales de la vida urbana. Los personajes se dejan llevar y pueden relacionarse con su entorno de una manera más espontánea.
Vacaciones en Saltkrakan también propone una reflexión profunda sobre la manera en que los seres humanos construimos vínculos. En la isla, los conflictos cotidianos adquieren una dimensión especial. Primero de todo, la familia, núcleo de las actividades infantiles. La tribu reprende, comprende y abraza. En las familias dibujadas por Lindgren caben el humor, la ofensa, la ternura y, sobre todo, la imperfección. Realismo frente a buenismo. Humanidad frente a superficialidad (Recuerden de nuevo al progenitor de los Melkersson: torpe, despistado, temperamental, derrotista, inseguro y amoroso). En segundo término, está la sociedad, unos vecinos muy variopintos que desbordan el microcosmos familiar y lo intervienen con pinceladas de muy diversas tonalidades.
Como en la mayoría de sus obras, la representación de la infancia es la verdadera protagonista. Los niños dejan de ser personajes secundarios en el seno familiar, se desarrollan de manera independiente, se enfrentan a los problemas, toman sus propias decisiones y se rebelan a las normas. La autora se deja de idealizaciones y los reta. Situaciones extremas como perderse entre la niebla, la muerte de una mascota o el capitalismo sin freno. Exploran, discuten y desafían las limitaciones de la mirada adulta desde su propio sistema de principios. El máximo exponente de todo esto es Tjorven, una niña que brilla entre todos los demás gracias a su espontaneidad, inocencia y capacidad crítica.
Padres, abuelos, niños y jóvenes articulan una novela coral en la que todas las perspectivas confluyen y conviven de manera equilibrada. Un ecosistema humano la mar de enriquecido donde caben multitud de emociones, pensamientos y discursos. Ninguno prima sobre los demás pues todos sirven a un mismo propósito: reflejarse ante los lectores de cualquier edad.
Gracias a una prosa sencilla y cercana, unos diálogos llenos de credibilidad y personajes muy bien construidos, engancha a cualquiera. Canciones, un diario adolescente, dos veranos y la Navidad. Todo es irresistible. Si bien es cierto que hay elementos que a muchos les pueden parecer un tanto anacrónicos, sobre todo en la figura de Malin, esa chica volcada en las tareas domésticas cuya máxima aspiración es la de conseguir una pareja, el discurso de esta novela sigue vigente 62 años después de haberse publicado.
Para terminar, decirles que después de leerlo me han venido a la cabeza otros dos libros: El Robinson suizo (o La familia Robinson suiza), un libro de Johann Rudolf Wyss publicado en 1812 que muchos recordarán por una película de Disney de los sesenta y El libro del verano, otra maravilla de Tove Jansson que ya destripé para celebrar su adaptación cinematográfica. Les invito a encontrar las similitudes con el que hoy nos ocupa. Ya tienen deberes para las próximas semanas. ¡Feliz curso 2026-2027!