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lunes, 25 de marzo de 2013

Volviendo a leer


Como bien reza el anuncio de El Corte Inglés©, con esta crisis volvemos a pasear, a cocinar, a leer, e incluso a sonreír. Hemos dejado a un lado los lujos y las pretensiones, y nos hemos dedicado a vivir –algunos mejor que otros: las colas del paro son una pena…-. 
Esa vida que algunos, por modesta, consideran menos digna, es tan válida como esa otra a rebosar de caprichos efímeros y vermús de doscientos euros. Prueba de ello es que en Internet y las redes sociales han florecido páginas dedicadas al crochet, al ganchillo, a la decoración con objetos reciclados, a la ilustración, a las bellas artes, al diseño, al arreglo de ropa, a la mecánica del automóvil e incluso a la lectura… 


Aunque considero que todavía no son suficientes para engendrar ideas productivas (se necesita exprimir más el limón…), sí creo que se está generando un entramado colectivo que empieza a recuperar las bases de la tradición, así como las técnicas de numerosas parcelas de la creatividad, una necesidad para todo tipo de conocimiento (ahora sólo falta que dejemos de comprarle a los chinos, apoyemos a la producción de cercanía y las grandes potencias económicas dejen emerger la industria española). 
Si bien es cierto que todas estas plataformas de conocimiento -incluyendo Coursera- tienen una parte comercial, también se rebozan de un altruismo mediático que hay que aprovechar para tiempos mejores, es por ello que hay que frotarse los ojos, abrirlos bien, y empaparse de todo lo bueno que nos está llegando de esa cultura que otrora abandonamos en aras de carabineros y trajes de alta costura.


De entre todos los títulos clásicos que están regresando a las estanterías de librerías y ¿bibliotecas? (¡qué tristeza da contemplar los expositores de novedades de la mayoría!) durante esta primera parte del año 2013, quiero señalar Un día de nieve de Ezra Jack Yeats, un álbum que leí hace mucho tiempo en la versión inglesa y que ha sido editado recientemente por la editorial Lata de sal (¡Segunda edición, señores!). 
Seguramente muchos lo conozcan pues fue el primero en obtener la Medalla Caldecott (1963) estando protagonizado por un personaje de raza negra (o eso presuponemos por el color de su piel, pues es un dato que nunca se menciona en el texto), de ahí su importancia histórica, sobre todo en los EE. UU., un país donde la comunidad afroamericana constituye el 16% del total. Tanto es así que la Biblioteca Pública de Nueva York lo incluyó entre los libros más influyentes del siglo XX y el servicio postal de Estados Unidos le dedicó una serie de 4 sellos (pueden verlos AQUÍ).
En él se narran las peripecias de Peter, un niño que, como muchos otros personajes que pululan en los álbumes sobre la nieve, se ve embriagado por una gran nevada y las posibilidades que le ofrece el citado meteoro. Jugar con las pisadas, hacer un muñeco, golpear un árbol... en definitiva, disfrutar del momento y experimentar con una nieve hasta ese momento desconocida.


Inspirado por las fotografías de un número de la revista Life -concretamente el del 13 de mayo de 1940-, realizado con la técnica del collage (algo bastante novedoso en aquella época) y la estampación (utilizando incluso un cepillo de dientes), y nacido de un texto próximo al haiku japonés (les recomiendo leerlo en inglés), este libro tiene una historia con cierta sustancia... 


Curiosamente, Ezra Jack Keats, era un hombre blanco, concretamente un judío de los muchos nacidos en Brooklyn, NYC, tras el éxodo de unos padres polacos durante la Primera Guerra Mundial (su nombre originario era Jacob Ezra Katz). Este hecho produjo las desavenencias con los movimientos de liberación afroamericanos pues lo tacharon de hacer concesiones superficiales hacia el colectivo (el modus vivendi de Peter poco se parecía al de los niños negros de los suburbios de las grandes ciudades). No obstante, la calidad poética (rasgo más que importante en la literatura) aupó una visión que con el paso de los años y el avance de los derechos, se adecuaría más a la realidad, lo que propiciaría una aceptación masiva del libro, sobre todo porque sin discriminación positiva y con el simple uso del color marrón, Keats da visibilidad a la infancia, independientemente de la raza u otros posicionamientos que tanto gustan en las sociedades ofendidas actuales.
Seguramente todos ustedes hayan tenido un primer día, ese en el que las emociones y la imaginación se disparan para disfrutar del contraste, uno que la mayoría de veces proporciona la nieve, no sólo a jardines y tejados, sino también al alma.


lunes, 21 de febrero de 2011

MultiKulti




Los que trabajamos en el peliagudo mundo de la educación estamos más que hartos de ese invento denominado “multiculturalidad”... Que si “Indigestas jornadas gastronómicas bañadas en comino, jengibre y yerba mate”, que si “Hay que inscribirse en masa al curso de suahili que ha organizado el CPR”, o que “En este centro tan guay se puede entrar al aula con un sombrero mariachi, la gorra de los New York Yankees o una peluca al más puro estilo Celia Cruz”. Todo ello para ser más tolerantes, más aperturistas, más avanzados y más mejores.
Pero nos olvidamos de lo más importante: España.
En España nos encanta la lágrima fácil y la parranda a partes iguales, peculiaridad ésta de carácter mediterráneo. España también mama doble moral por un tubo, esa heredada del catolicismo. Si ponemos todo esto al servicio de la “multikulti” alemana, nos damos de bruces con ese coctel explosivo que reza “el cuscús catando y con el mazo dando”.
Está claro que la inmigración favorece que las sociedades se mezclen, enriquezcan y evolucionen (no somos más que un batido de circunstancias), sobre todo si todo ello se articula con naturalidad y respeto, nunca de manera forzada e inquisitiva, cosa que persiguen, no sólo las administraciones que dirigen el cotarro, sino toda una serie de trepas, léase editoriales de cualquier pelaje, que han visto en este asunto un filón para enriquecerse a manos llenas.
No son pocos los libros con títulos en la línea de “La vecina negra de Pablito” o “El corro de la patata de las mil razas”, lo difícil es encontrar publicaciones que, aparte de tratar el tema con cierta dignidad, tengan la suficiente calidad literaria como para recomendarlos en un lugar como este. Así que hoy dejo la LIJ patria a un lado y me decanto por otros títulos procedentes de esos EE. UU de Norteamérica que muchos odian porque sí.
Los libros de Rachel Isadora o The snowy day de Ezra Jack Keats son títulos ya clásicos dentro de la LIJ estadounidense que tratan de un modo elegante y responsable la variedad de razas y religiones que se pueden dar en la sociedad actual, cosa sobre la que esta nación nos lleva muchos años de adelanto.