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miércoles, 9 de abril de 2025

Clásicos reinterpretados


Si bien es cierto que la literatura de consumo está en su punto más álgido, ¿qué sucede con los clásicos? A pesar de que los profesores nos hemos inventado todo tipo de recursos para hacer llegar los clásicos a los alumnos de una forma más o menos amena, sigue existiendo esa percepción anacrónica insalvable por parte de los jóvenes que les invita a negarse a leer obras que se escribieron hace décadas o cientos de años.
A pesar de esta realidad que constatamos en todos los centros de secundaria a lo ancho y largo del globo terráqueo, de vez en cuando y como por arte de magia, un grupo de alumnos se encandilan de una de esas historias que tanto han disfrutado las generaciones anteriores. Fortunata y Jacinta, La casa de Bernarda Alba, Tres sombreros de copa… Hay muchos libros que, por alguna extraña razón son capaces de calar entre un público que encuentra entre sus páginas un reflejo en el que mirarse.
Esa es la magia de los clásicos. Cuando muestran su verdadera naturaleza, no hay quien se resista a ellos. Un buen momento para aprovecharse de la situación y llenarse de barro: entablar un diálogo con los chavales, preguntarles sobre puntos comunes, establecer sinergias intergeneracionales y ver cuán universales son esas novelas, relatos u obras de teatro que trascienden a otras de reciente factura que se quedan cortas cuando las comparamos con las líneas argumentales y los personajes que autores de siglos anteriores elaboraban con más decoro y elegancia.


Es por eso que aprovecho este post para sumergirme en la pequeña colección de clásicos con forma de álbum que se está marcando la editorial canaria Diego Pun. Si no teníamos bastante con Quijote y Lazarillo, llega Celestina. De la mano de Luis San Vicente, Ernesto Rodríguez Abad y Benigno León Felipe se recuperan clásicos de la literatura española en otro formato que, lejos de simplificar las obras íntegras de Cervantes o Fernando de Rojas, las complementa con una cosmovisión enriquecida con nuevos elementos.


Así, en esta ocasión, la Celestina está representada como artífice de un teatro de marionetas que hila, devana y corta los hilos de la vida y del amor. Una suerte de parca, una manipuladora que, con su lengua vivaracha y sabiduría popular, es capaz de modificar la trama de una historia que sigue vigente en las pantallas de la televisión, los líos de faldas en islas paradisiacas y las cuitas de poder en las grandes multinacionales.


Ayudado por el formato y los giros de doble página que nos obliga a practicar el texto, lo teatral se despliega ante nosotros con escenas que intercalan panorámicas horizontales y miradas abruptas en las que la correveidile se siente dueña y señora de un elenco digno del Oscar a la mejor película de picaresca española.


Calisto y Melibea. Melibea y Calisto. No son nadie. Viven cegados por el amor y se dejan corromper emocionalmente por una vieja alcahueta de clase baja, hedonista y bastante amoral. Sin duda es el personaje clave de este melodrama amoroso que Luis San Vicente se encarga de ubicar en una posición central de este álbum lleno de ademanes afectados (Fíjense en los tórtolos. Son para matarlos…) y algún desdentado (Los criados y su pelaje son una maravilla).


Muchas de las imágenes se tiñen de rojo, como los ojos de los cuervos que sobrevuelan a Celestina, como el telón de ese teatrillo de las guardas que acaba hecho jirones, como el trasfondo pasional de esta historia. Y también hay calles y viñetas que le aportan dinamismo a una obra que se ha llevado a las tablas y el cine. 
Si bien es cierto que hay metáforas muy hermosas (esa pareja de gorriones sobrevolando el azul celeste es muy cautivadora), echo de menos el trasfondo social que tan bien retrata la corrupción y la hipocresía de ese mundo dominado por el dinero que no solo se limita al Medievo o el Renacimiento, sino a todas las épocas ulteriores.

lunes, 18 de octubre de 2021

Huir


Durante este verano y desgastado por un año y medio de pandemia y otras miserias humanas, decidí abandonarme a la suerte por los pueblos remotos del Camino de Santiago. Desde Roncesvalles al cabo de Finisterre. Más de 800 kilómetros a pie cruzando Navarra, La Rioja, Burgos, Palencia, León o Lugo, tierras surcadas por una senda desconocida que rebosaba de sustancias con las que alimentar un alma perdida entre tanto sinsabor diario.


Si bien es cierto que huir de los problemas cotidianos tiene un ligero regusto a cobardía, en cada huida también hay algo de valentía. Romper con el confort que nos da el hogar, la familia o los amigos siempre es loable. Enfrentarse a un nuevo orden que nos permita tomar distancia y perspectiva, que abra grietas por donde supuren los miedos y se liberen los lastres, es más que importante.
Huir es un verbo tan oscuro como luminoso. Oscuro porque la mayor parte de las huidas se hacen al amparo de la noche. Luminoso porque durante la huida podemos conversar con otros, con nosotros mismos, escuchar tristezas y anhelos, llenarnos de experiencias y aventuras que traigan otras luces, nuevos colores con los que afrontar cada realidad y, sobre todo, retomar la humanidad.


Huimos porque necesitamos ese espacio y ese tiempo, el que cada uno quiera. Huimos porque sí y también porque no. Para aferrarnos o liberarnos. De uno mismo, de vosotros, de cualquiera. En busca de un lugar seguro, o quizá otro más peligroso que el que habitamos. En el que despedazarnos, detenernos, recrearnos, crecer o menguar. Cada huida es la fuga de una cosmovisión distinta, algo que ya es bastante extraordinario.
Lejos del misticismo, de lo terapéutico, de la magia que envuelve cada huida, todas coexisten en eso que llamamos soledad, una soledad compartida en la que cada uno de nosotros tiene una senda personal e intransferible.


Y si no saben a qué me refiero, les dejo con La noche de la huida, un libro de Adolfo Córdova y Carmen Segovia (ediciones Ekaré) donde podemos toparnos con la multiplicidad de significados que puede tener marcharse. Hacia delante o hacia atrás, búsqueda espiritual o acicate del futuro, todas las interpretaciones valen.
Con un texto breve, complejo y muy plástico, Córdova echa mano de los recursos metaliterarios e incorpora palabras que conforme se pronuncian, atraen a la memoria las reminiscencias de todos esos cuentos que, como alimento, ceban el ideario colectivo. Guisante, fósforo, bruja, rueca o cabaña son el resorte que nos tranquiliza y nos acuna. El gato con botas, Pulgarcito o Blancanieves. Narraciones que emanan del recuerdo en un momento de angustia, desconcierto o flaqueza para construir un imaginario en el que estar y soñar.


Por su parte, Carmen Segovia ha elaborado para la ocasión unas ilustraciones potentes y severas, donde el contraste entre el rojo, el azul cobalto y el negro ayuda a crear ese ambiente de los bosques sombríos y desconocidos que llenaban las historias de otros niños, y que, además de destilar misterio, se llenan de movimiento gracias a composiciones estudiadas.
Troqueles circulares que invitan a la huida nocturna, o guiños que aportan cohesión a una historia donde el lector rellena esos huecos narrativos, son una invitación a la lectura de cualquier huida, o mejor dicho, a huir con la lectura a cualquier lugar.

viernes, 24 de enero de 2020

De operación bikini



Con los gimnasios y otros centros del bienestar hasta la bandera, comenzamos la operación bikini con bastante antelación. Ya saben que la Navidad ha hecho estragos en nuestras anatomías y hay que recuperar la línea, que luego llegan los calores y hemos de destaparnos las vergüenzas. No es que haya que ponerse en modo fideo -ya saben que donde hay chicha, también hay alegría-, pero sí evitar los excesos, que luego nos pasan la minuta las enfermedades cardiovasculares. Berzas, borrajas, alcachofas y bien de legumbres, menear un poco el culo, y a lucir un palmito espectacular. Si por el contrario se deciden por la comida ultraprocesada, los salsotes (que no salseos), los embutidos y todo tipo de derivados harinosos, ya pueden seguir soñando.
Hagan lo que quieran, pues yo soy más de interiores, pero luego no vengan con sus culpas, lloren y aduzcan aquello de “¡Si no comí nada!”…

[…]

-Por favor, doctor,
haga que no duela.
-¿Será que ha comido
exceso de abuelas?

Salen de una en una
haciendo calceta,
cuentan veintiuna
y tres bicicletas.

-¡Me duele la tripa!
¿Y ahora qué es?
Si son los cerditos,
¡solo comí tres!

Y salen tres cerdos,
con paja y madera,
trescientos ladrillos
y una hormigonera.

[…]

Mar Benegas.
En: ¡Si no comí nada!
Ilustraciones de Andreu Llinàs.
2019. Barcelona: Combel.



martes, 29 de enero de 2019

Abriendo libros y cerrando el desánimo



No sé qué coño le pasa al personal. Tienen tan mala cara que desaniman a cualquiera. Unos  sufren de gripe (¡Como si yo tuviera la culpa! ¡Bastante tengo con intentar no pillarla!), otros con mucho trabajo (Yo vivo soterrado por pilas de exámenes que preparar y corregir, y no me dedico a joder al personal), y los menos aducen problemas familiares (mientras no sea un problema grave, hay que huir de los que se quejan de los hijos malcriados). El caso es que la cuesta de enero (más la emocional que la monetaria) está resultando muy acusada con una atmósfera tan grisácea.
Señores, yo también podría contarles mis penas (autocompasión… ¡vaya asco!), pero prefiero dejar de cavilar y lamentarme (sobre chorradas, la mayor parte de los casos) para ponerme con otros menesteres, léase quitar el polvo, preparar un bizcocho o planchar toda esa ropa que debería estar ocupando el armario.


Si no les apetece en absoluto dedicar su tiempo a las tareas domésticas, hoy les propongo una aventura (baratica, que ya sé que el dinero sigue mermando en sus bolsillos). Pónganse guapos (es un buen comienzo ese del quererse y cuidarse), echen mano del abrigo (que con está ciclogénesis pueden salir volando) y dirijan sus pasos a la biblioteca más cercana. Busquen la sección de narrativa, pues la propuesta de hoy tiene que ver con los clásicos, y, sobre las baldas, den con Peter Pan y Wendy, Robin Hood (en la edición de Howard Pyle), El mago de Oz, El viento en los sauces, Alicia en el país de las maravillas, La isla del tesoro y una colección de cuentos de  los hermanos Grimm. Con eso, bastará.


Si no me equivoco podrán pedir prestados estos siete libros (N.B.: No hagan como un servidor y devuélvanlos cuando sea menester… Les confieso que me he demorado un poco con el último préstamo… Soy un mal ejemplo y tendré que sufrir las iras de mi bibliotecaria. Lo reconozco). Váyanse con ellos a casa, de la mano o bajo el brazo (de ustedes depende el gesto cariñoso), elijan un sillón cómodo ¡y a leer!
Al principio, muy al principio, se sentirán algo estúpidos (¿Leer? ¿En vez de ver la serie de moda? No sé lo que aguantaré…), tras unos minutos esbozarán una sonrisa (Y aquí estoy… ¡con estos libros para niños!), seguidamente se olvidarán de sus prejuicios, y por último se sumergirán en las escenas imaginadas, en el mundo de la fantasía. 
No piensen que son los únicos, pues uno de los personajes icónicos de la LIJ actual, el Willy de Anthony Browne, también hace lo propio en Los cuentos de Willy, un título recién reeditado por Fondo de Cultura Económica.


Con este libro, el autor inglés pretende rendir un homenaje a unas cuantas obras fetiche de la literatura infantil a través de su (creo) alter ego, Willy, el mono que protagoniza sus libros-serie más conocidos, y de paso hacer un reconocimiento público (y necesario, tal vez) al universo bibliotecario (cruzar esa puerta… una bonita metáfora). También propone un juego a los pequeños lectores, pues abre esas historias a nuevas interpretaciones y finales en cada doble página, un recurso que utilizan muchos autores para introducir al lector en el país de lo (meta)literario y la creación.
¡Venga! ¡No pongan esa cara de muermos! ¡Atraviesen la puerta y disfruten de los libros!


martes, 27 de noviembre de 2018

De niños y naúfragos



Si me siguen con asiduidad, sabrán de la historia de amor que tuvo este menda con Robinson Crusoe. La he contado muchas veces. La de ese niño que, animado por su padre, rebuscaba en los cajones de saldos de las extintas Galerías Preciados algún libro con el que mitigar su voracidad lectora. Es así como echó mano de la obra de Defoe. La versión íntegra en una edición de la editorial Orbis en la que casi me dejo la poca vista que tenía (y tengo, que la miopía sigue su cauce) debido a su letra minúscula.
Era pequeño. Unos nueve años. Los libros ilustrados hacía un tiempo que se me habían quedado pequeños y le iba tirando a las novelas. Unas veces con enjundia y otras de chichinabo, lo mío era levantarme temprano y darle al vicio, que para eso la casa estaba en silencio (siempre he sido muy maniático respecto a eso).


Robinson me cogía de la mano y me llevaba de un lado a otro. Haciendo y deshaciendo, inventando y reinventando. Me encandiló su manera de darle forma al barro, de defenderse de las bestias, de buscar sustento en cualquier lado. Yo no veía en Robinson todo eso que dicen sobre el sexo, la religión y la justicia. Me daban exactamente igual. Yo sólo veía un hombre con afán de sobrevivir, que no cejaba ante la derrota. Al creador de un microcosmos particular donde la creación de lo cotidiano era un regalo.
Me jodió que Viernes hiciera acto de presencia, no lo voy a negar. En calidad de voyeur había establecido una estrecha relación con aquel tipo tan inteligente, y la llegada de un tercero me rompió los esquemas. Estaba celoso de aquel aborigen que compartía páginas y peripecias con el héroe.


Devoré el libro hasta el final. Me quedé lleno. Lleno de lo salvaje de la naturaleza, de nuevas y antiguas formas de habitar el mundo, de tantas cosas que tienen que ver conmigo mismo, que años más tarde, cuando empecé a darle vueltas a la crítica literaria me molestó que relacionaran la obra cumbre de Defoe con temas tan escabrosos como el colonialismo y el imperialismo (aunque fueran verdad). Para mí, Robinson siempre sería Robinson, una idea que ha regresado a mi cabeza estos días cuando de golpe y porrazo me he topado con Robinson el nuevo libro de Peter Sís cuya versión en castellano está al cargo de la editorial Ekaré.
Se ve que el genial ilustrador y un servidor comparten (super)héroe de niñez, algo que me sorprendió gratamente pues no es una coincidencia muy frecuente (¿Existirá una explicación?). Después de sonreír contemplando la hermosa portada (ese niño, esa barca, esa vela…), me adentré de nuevo en el universo más autobiográfico de Sís, ya que en esta historia nos narra un episodio de su infancia en el que el autor acude a una fiesta de disfraces caracterizado como Robinson y recibe las mofas y chistes de sus compañeros entre los que se encuentran sus propios amigos.


Es bastante interesante observar cómo el autor hace de esta anécdota un inmejorable hilo conductor para establecer paralelismos entre el naúfrago y el niño protagonista, entre sus amigos y los piratas rescatadores, entre la isla salvaje de Martinica y su propio aislamiento emocional.
Aparte de esta historia sencilla que también nos habla de la literatura y sus recovecos (sueños, imaginación y poder terapéutico aparte), hay que llamar la atención sobre las técnicas que Sís utiliza para iluminar el texto. Es así como deja fluir las aguadas y el pincel para retomar lo libertino de la infancia, su frescura y colorido, alejándose en cierta medida de las formas definidas (hay imágenes muy desdibujadas y fluidas) la también presente técnica tradicional de su plumilla puntillista que tanto nos encandila.


Les recomiendo su lectura, sobre todo a todos aquellos que trabajan por y para la lectura y los libros desde un estadio más emotivo que el propiamente académico, pues siempre quedan en uno los reflejos de aquello que se ha leído.


miércoles, 7 de noviembre de 2018

Leer para imaginar, imaginar para vivir



Esta semana estoy intenso. Parece que me han metido un supositorio de Mr. Wonderful® y el efecto ha sido desproporcionado (El que no está acostumbrado a bragas…). Quizá sea el cambio de hora (Esto de levantarse con el sol pone mis biorritmos a todo trapo) o que las temperaturas se han suavizado (¡La virgen! ¡Qué frío el de los días pasados). El caso es que estoy más activo que de costumbre (parezco Leticia Sabater…) e incluso un tanto romántico (miren ustedes que soy bastante puercoespín).


A pesar de tanta animación hay quienes se empeñan en joderte el día. Pero nada, hay que ser positivo y rezar porque mala embolia les dé en el culo a los tres poderes del estado (¡Menudo asco, macho!). Ni judicial ni legislativo ni ejecutivo. Aquí, el que manda es el poderoso Don Dinero, un señor con mucho (des)crédito. Luego me vienen con el bien ciudadano y otras basuras en vinagre. ¡Y una mierda! Menuda genética tienen nuestros mangoneantes (¿o quería decir mangantes?), los de pata negra y los descastados. No se salva ni uno… Ni aquí ni en Pekín…  Apriétense los machos: "Román's return".


Respira, cari, respira… Regresa al mundo de la ficción que con tanta miseria se te va a pelota… Tú pasa, que lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos y pelillos a la mar. Quédate con los libros, que esta realidad es puro detritus donde garrapatas y carroñeros se embarrizan como animales de bellota. Fíjate en Anita. ¿No la conoces? Pues Esta es Anita, la protagonista de un álbum de Sara O’leary y Julie Morstad que acaba de publicar en nuestro país Blackie Books.


Anita sí que sabe. Anita se deja impregnar por las grandes obras de la literatura infantil y deja volar su imaginación, sobre todo hacia mundos más hermosos que este, en los que ser criada por los lobos, cabalgar junto a hadas y luciérnagas, navegar por mares desconocidos metida en una simple caja de cartón. Anita va y viene a su antojo, despreocupada y fiel a sus creaciones fantásticas. Hazle caso: fabrica un bonito antifaz, sé quién quieras ser y deja que tus ojos transformen el mundo a tu antojo. A veces es la mejor forma de supervivencia.