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martes, 21 de enero de 2020

Inmortalizando sonrisas



En casa nunca tuvimos que esperar a la revolución de los “smartphones” para hincharnos a hacer fotos. Mi padre siempre fue un apasionado de la fotografía. Todavía me acuerdo cuando nos enseñó a usar su Yashica® en modo automático. Mi hermana y yo nos lo pasábamos en grande echando fotos. No se crean que lo hacíamos al tuntún, pues nosotros siempre hemos sido muy considerados con eso del gasto estúpido y siempre buscábamos cosas curiosas y que el encuadre quedara medio bien. Luego mi padre revelaba los carretes y se apropiaba de nuestras instantáneas, a lo que nosotros, entre risas, le llamábamos ladrón.


A pesar de ello, nunca hemos posado mucho, pues hemos heredado la fotogenia de mi madre, es decir, completamente nula, pues para lucirnos en una sola foto, debemos disparar unas tropecientas veces. No es algo que me preocupe, pues tampoco pretende ganarme la vida como “it-boy” o como modelo de cremas anti-edad. El caso es tener algún recuerdo, que siempre tiene su aquel (nostálgico o vengativo) sacar el álbum tras la cena de Nochebuena (mi tía siempre lo hacía y se hinchaban a reñir y a llorar).
Además, hora las cosas han cambiado mucho. Las fotografías rara vez se disfrutan sobre papel, quedan a buen cobijo en las carpetas del disco duro para chantajes u otras maldades, y poco más. Desde que los fotógrafos florecen como champiñones (la era de la cámara digital ha abaratado y simplificado mucho el proceso de inmortalizar los momentos), desde que cualquier discoteca de mala muerte ya tiene fotógrafo oficial, desde que los “photocall” cada vez son más recurrentes (bodas, bautizos y comuniones mediante) y desde que los niños de siete años saben posar como auténticas reinas del pop, parece que no se valora mucho el trasfondo de una bella instantánea. Un craso error pues obtener una buena foto, no es moco de pavo, se lo digo yo que de fotos sé algo.


Y así, con obturadores, diafragmas y objetivos varios, llegamos hasta el álbum de hoy. Con un título bastante sugerente, ¡Patata!, del autor portugués Bernardo P. Carvalho y publicado por la editorial Barrett –que lo está haciendo fenomenal con esto del libro infantil-, no sólo nos habla de posados y tipos de luz, sino que también se interna en los elementos del paisaje (me atrevería a decir que es el único álbum que conozco que parte de ese hilo argumental), una de las temáticas más conocidas de la fotografía.
Es así como llenos de colorido y con un sentido del humor bastante absurdo pero muy cercano a los pequeños (me han recordado a una familia mal avenida donde abundan las pullitas, los dimes y los diretes), Nube-cilla, Mar-zon, Volcán-cillo, Sel-vota, Vient-ico o Arcoíris, disfrutan por salir en la foto de los turistas con la mejor de las sonrisas.


Un libro pequeñito (me ha encantado el tamaño) dirigido a los primeros lectores que tiene multitud de aplicaciones escolares (¿Un puzzle? ¿Comparar diferentes tipos de paisajes?), sin olvidar que el fin último es la lectura y de paso, partirse de risa.


lunes, 9 de abril de 2018

Libros para abrir, cerrar, mirar y remirar


Pese a que muchos exhiben una reticencia manifiesta (y justificada a veces) sobre ciertas redes sociales en las que prima la cultura audiovisual, léanse YouTube o Instagram, un servidor quiere romper una lanza por estas plataformas que tanto nos han ayudado a la hora de recomendar ciertos libros, sobre todo aquellos que debido a su misma concepción, necesitamos verlos en acción para comprender totalmente su contenido.



Esto es algo de lo que me di cuenta la primera vez que me topé con los Cuentos infinitos de Ediciones Tralarí, unos objetos que, debido a su naturaleza, necesitan ser vistos para calar entre los mediadores de lectura y promuevan su utilización en los diferentes ámbitos donde desarrollen sus actividades. Algo similar sucedería con los libros móviles o pop-up y la llamada literatura infantil digital, ya que si no observamos su funcionamiento, las diferentes capas de interacción (no sólo cognitiva, sino también manipulativa), nos pueden parecer producciones ilegibles o carentes de sentido (sin fuste, como diríamos por estos lares).
Lo afirmo con rotundidad, más todavía desde que una amiga me comentó que había comprado para la biblioteca en la que trabaja El libro que hace clap de Madalena Matoso (editorial Fulgencio Pimentel) por considerarlo una virguería gráfica. Yo, que hilo fino, le dije con chiste “¿Pero sabes cómo funciona?” Ella un tanto perpleja me confesó que no sabía a qué me refería. Me saqué el móvil de la manga, abrí el Instagram de los monstruos y le mostré el vídeo con el que di vida a este título unos meses atrás. Ella, boquiabierta, exclamó una primera y larga vocal y añadió “¡Ya decía yooo...!”



Sucede lo mismo con aquellos libros como el de hoy, que si no lo abres, si no lo manipulas y te detienes en los detalles, seguramente pasará desapercibido entre la ingente cantidad de álbumes que se apilan en las secciones de novedades de las librerías. Como ya sucedió con ¡De aquí no pasa nadie! otro titulo ilustrado de Bernardo Carvalho que editara Takatuka hace un año y que muchos consideramos como redondo, La pelota amarilla (esta vez con Daniel Fehr a los textos y con la misma editorial de cabecera) juega de nuevo con el límite entre las páginas derecha e izquierda de cada doble página, un espacio normalmente carente de sentido (incluso muchos lo abominan por dividir preciosas ilustraciones), para darle un vis diferente a un partido de tenis en el que la pelota es el hilo conductor de un álbum donde el espacio real del objeto libro resulta ser el protagonista indiscutible por desbordar sus fronteras en nuestra imaginación.



Si a ello añadimos que la acción incluye toda una serie de propuestas de búsqueda, deportivas y/o sinsentido (hay escenas que me resultan canallas y muy graciosas), este libro publicado por primera vez por Planeta Tangerina (les recomiendo 100% su colección "Round Corners" o "Esquinas redondeadas"), da mucho de sí entre pequeños lectores y no tan pequeños. Así que, ya saben, los libros hay que voltearlos, abrirlos, marearlos, y también, leerlos.