Mostrando entradas con la etiqueta Martin Baltscheit. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Martin Baltscheit. Mostrar todas las entradas

miércoles, 3 de junio de 2015

Del dinero, la codicia y el miedo


Parece ser que una nota de optimismo está floreciendo en todos los noticiarios a tenor de la bajada en la tasa de paro y de lo ¿boyante? de nuestra economía, una que, según los triunfalistas, es el timón de la Unión Europea (me río yo del rumbo de Occidente…). Manda huevos que unos sigan empeñados en hacernos creer que el país está repuntando a base de sacrificios y del buen hacer de todos nosotros (¡Oh, ciudadanos, benditos seáis por vuestro ahorro!), mientras que otros se aprovecharán de semejante tontería para vaciar las arcas de nuevo e ¿invertir? en SU “sociedad del bienestar” (¿En qué se traducirá esto? ¿En becas para gandules? ¿En planes de empleo para los afiliados?... Seguramente en lo de siempre… ¡Más madera!).


Pase lo que pase no duden que la mejor tajada será para los bancos, esos que siempre intentan arañarnos los higadillos y que poco devuelven al pueblo (¡Qué empeño con lavarse la cara a base de obras sociales y otras falacias!). Sin ir más lejos, el otro día tuve cierto altercado con ellos a golpe de tarjeta de crédito (¿Y todavía quieren hacernos creer que son de lo más seguras…?) y les faltó llamarme ladrón… No me reí, como podrán imaginarse, pero me resultó paradójico que, además de tocarme el escroto, se creyeron dueños de mis dineros. No les contaré qué hice porque eso ya es otra historia, pero sí he de confirmarles que el papel moneda nos trae de cabeza.


Todo el mundo intenta amasar grandes fortunas, se desvive por adquirir propiedades, por legar grandes herencias, viven más preocupados por los céntimos y sus logros financieros, que de vivir. Señores, señoras, hay que disfrutar, hacer que el tiempo sea llevadero, leve, ni mucho ni poco, en su justa medida (N.B.: Si alguna vez me ven hecho un andrajoso, no se acuerden de este post y me tachen de codicioso, se debe más a temas agropecuarios que a un mero afán recaudatorio…).


Tampoco soy partidario del derroche (que luego nos vemos como estamos) pero sí tienen que darse un gusto al cuerpo. Decidan ustedes el capricho, pero dénselo. A veces este juego se acaba de repente, en un soplo, y quedará de nosotros en este mundo apenas risas y algún que otro llanto. Y si no me creen, pregúntele a avaros y acaparadores, unos que, más tarde que temprano, denotan que el dinero, a menos que lo gastemos, poco nos da excepto quebraderos de cabeza, enfados y miedo, mucho miedo; algo de lo que nos habla El oro de la liebre (que por cierto tiene una ventana en el ojo, que bien me recuerda a la otra tan famosa de Durero), el último gran libro de Martin Baltscheit y Christine Schwarz (editorial Lóguez) en el que se pone en evidencia que hasta los más feroces y temibles, viven supeditados al yugo de la ruindad y la usura, un poder que nos consume y aplasta, y se extiende entre nosotros como la peste.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Madrugar


Después de un día como el de ayer –a desbordar de contratiempos, de tensión, de deberes (los míos), de derechos (los de otros) y de trabajo-, si hay algo que deteste con todas mis fuerzas es madrugar. Lo más gracioso es que hoy me ha tocado hacerlo y, créanme, pensando en el largo y desagradable día que me espera, se me parece la agorera parada de un terrenal vía crucis.
“Mire usted, a nadie le agrada eso de despertarse antes que el astro rey”, pensarán los más racionales. “Nos ha salido señorito el niño…”, dirán los descarados. ¿Y quién soy yo para quitarles la razón a unos u otros…? Sería mucho simplificar eso de establecer dos categorías de trabajadores (aparto a un lado a los ricos y pudientes), los que gustan de madrugar y los que odian hacerlo, pero como esta página es mía, categorizo lo que me viene en gana.
¡Con lo bien que nos sentaría ponernos en pie a partir de las diez! Cutis aterciopelado, ojos brillantes y desprovistos de sombras quemadas, y mente despierta para atizarle con un brindis a la vida. No tendríamos que acudir al médico cada dos por tres, el café no nos provocaría esos molestos dolores gastrointestinales, no inutilizaríamos el cigarrillo tras un par de caladas, por no hablar de ese beso que busca nuestra pareja cada mañana entre el barullo de las sábanas… y que supongo que, con un poco más de tiempo, daría con él…
Mientras se arregla el mundo de los horarios matutinos y nuestros ritmos circadianos se sosiegan, les invito a disfrutar con el madrugador y bien trazado álbum ilustrado de Martin Baltscheit y Cristoph Mett, El despertador del sol, sugerencia con la que pretendo acercarles a las disparatadas ilustraciones de uno (¿habrá sido caricaturista este hombre?) y al dilema que nos plantea el otro: ¿Quién despierta a quién? ¿El sol al gallo o el gallo al sol? Descúbranlo, leer está en su mano.

Banda Sonora Original: Wish I didn’t miss you. Angie Stone.

martes, 12 de agosto de 2008

Lecturas veraniegas "sinsentido"


En verano, de vez en cuando, hay que leer, aunque sólo sean esos papelones gigantescos de publicidad que nos remiten las grandes superficies en su afán por convencernos de que esta crisis económica es una milonga más, así que leer, leemos, aunque sólo sean invitaciones como: ¡Bienvenidos a las rebajas! o ¡Gaste menos y compre más!, dos consignas que se unen a otras tantas como ¡Váyase de vacaciones! o ¡Ahorre en su cesta diaria comprando conejo!... Pero, si no fuera por esta publicidad tan propagandística, ¿qué sería de los esos lectores un tanto aviesos que se limitan a leer lo que las pancartas de los aeroplanos colocan en el cielo de la primera línea de playa?... En fin… dejémoslo ahí.
Otros, leemos otras cosas: listados de interminables de nombres y códigos indescifrables, esquelas veraniegas un tanto tristes, carteles de los festivales que llenan los rincones de la geografía española,… leemos hasta libros. Ayer, sin ir más lejos, me leí uno. El título no es muy prometedor, pero la verdad es que, dentro de este panorama nada halagüeño de caras perrunas y tristes expectativas, se agradecen las historias de El pequeño señor Paul. Este título del autor Martin Baltscheit, lanzado al mercado editorial por Anaya este año 2008, es capaz de sacarnos muchas sonrisas y alguna que otra carcajada a través de las mínimas historias de su pequeño y especial protagonista, el señor Paul. Un claro ejemplo de la literatura del sinsentido (nonsense para los anglosajones) que, aunque en ciertos aspectos cojea narrativamente, es capaz de transformar un día malo en un día bueno, eso sí, para conseguir tal efecto, le recomiendo leerlo en su banco favorito del parque, junto a la luz del verano y unos niños jugando.
P.S.: “El comienzo, delicioso” Amparo dixit.