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martes, 28 de noviembre de 2023

La muerte es así


Ayer murió Miguel A. López, El Hematocrítico, una persona muy querida dentro y fuera de la LIJ que nos dejaba muy joven y llevándose un montón de buenas ideas con las que llenar los libros infantiles. Casualmente, ayer fue el día en el que también nos dejo Gloria Fuertes, la poeta y escritora que tanto hizo por los críos. 
No son los únicos. Se calcula que que cada día fallecen entre 100.000 y 150.000 personas en todo el mundo. Un dato que da bastante vértigo a todos los mortales. Pero claro, en eso consiste el juego de la vida, en nacer y morir. Murió Cleopatra, Julio César, Aristóteles, Juana La Loca y Hans Christian Andersen. Todos estamos condenados a un mismo final.


Lo difícil es imaginarse qué sucede después, adónde nos lleva la muerte, de qué seremos capaces, de qué no. Un sendero de no retorno (o al menos eso nos dicen las estadísticas). que sugiere muchas cosas y en el que, curiosamente, sí-pero-no queremos meter la patita. Y aquí tenemos a tres valientes que lo han hecho. 
Una filósofa (Ellen Duthie), una socióloga (Anna Juan Cantavella) y un ilustrador (Andrea Antinori) se adentran en los recovecos de la muerte, el fenómeno natural por excelencia sobre el que se deslizan montones de cuestiones que, en un susurro o gritándolas a los cuatro vientos, llevan lacerando a la humanidad desde su aparición sobre la tierra como animal racional.


En ¿Así es la muerte? se reúnen, como el subtítulo indica, 38 preguntas realizadas por niños de entre 5 y 15 años procedentes de diferentes países. Esta selección se llevó a cabo gracias a un proyecto internacional en el que se recopilaron más de mil preguntas (La gran parte recogidas en las guardas del libro, todo un detalle como reconocimiento a la ayuda prestada por estos pequeños colaboradores). Con la ayuda de una bióloga (Xaviera Torres) y una psicóloga (Montse Colilles), todos intentan (incluido el ilustrador) dar respuestas a cuestiones complejas o, al menos, establecer senderos por los que transitar en ese intrincado y desconocido mundo que es la muerte.


Filosóficas, históricas, biológicas o teológicas. Preguntas de todo tipo. ¿Cuándo sabemos si un muerto está realmente muerto? ¿Por qué se entierra a los muertos? ¿Cómo se hacen las lápidas? ¿Qué sentido tiene la vida si vamos a morir? ¿Es verdad que cuando te decapitan, tu cuerpo corre sin cabeza? ¿Qué hay después de la muerte? Son algunas de las cuestiones que recoge un volumen de factura exquisita en el que todos los elementos nos hablan al unísono y por separado.


Respuestas razonadas, desarrollos teóricos y metáforas humorísticas componen cada capítulo, que además cuenta con nuevas preguntas y enlaces a otros capítulos que favorecen la cohesión de una misma línea argumental, algo que gusta mucho en la editorial Wonder Ponder.
Del mismo modo, me parece muy adecuado que las autoras se hayan decantado por el género epistolar para alzar la voz, una que, sin caer en la condescendencia (muy típica cuando hablamos de un tema tan peliagudo como este), se aproxima de manera tierna y simpática a cualquier tipo de lector y no sólo al infante.


Visiones religiosas, aspectos científicos, humor negro y un sinfín de curiosidades se amalgaman en esta guía ilustrada que se deja de tabúes y eufemismos para tratar un tema universal que, innecesariamente, suscita reticencias en muchas familias. Guiños a la pintura, a la literatura, al cine y a la cultura pop, llaman la atención de cualquier espectador y nos abren la puerta del mundo de ultratumba, haciendo el viaje mucho más agradable.

martes, 4 de octubre de 2022

Ver el mundo con otros ojos


Esto de tener una mirada un tanto especial me acarrea más de un disgusto. Y no es que mis ojos verdeazulados se cieguen ante lo luminoso del astro rey, ni que mis largas pestañas manchen una y otra vez los cristales de las gafas, ni que me dedique a espiar a los vecinos (sus vidas me traen sin cuidado). Más bien se refiere a esa forma tan peculiar de observar lo que me rodea.
Primero de todo, gusto de fijarme en los detalles más ínfimos. Que si esos zapatos, una pulsera aparentemente inocente, el nombre de tus hijos, qué gestos de cariño te regala tu mujer o si prefieres el ron canario a la ginebra inglesa.
Luego hay que ir un poco más allá, no sólo con el nervio óptico, sino con las orejas. El tono de voz, si se le oye o no, si cambia la versión de los hechos, si utiliza muletas contemporáneas, si verbaliza a la velocidad del rayo o se atranca a cada palabro. El discurso también es importante, máxime cuando lo tienes que aguantar en el trabajo, en la cena de Nochebuena o en las reuniones de padres.


¡Qué malo es ver lo que no quieres ver, oír o callar! Que las miserias son de cada uno y de nadie más… Bueno, eso dicen..., que a veces luce darles vueltas en un lebrillo como si sangre para morcillas se tratasen.
Al final, para no caer en la tentación de radiografiar a todo incauto que se cruce en mi camino, voy a necesitar Un par de ojos nuevos, como Vinayaki, una de los protagonistas del estupendo álbum que nos acaban de regalar Ellen Duthie, Javier Sáez Castán y Manuel Marsol de la mano de Wonder Ponder, esa editorial que le ha dado una vuelta de tuerca a la filosofía para niños.


Y es que en una obra en siete actos que estos tres se han sacado de la manga para que riamos, juguemos y le demos al coco, los protagonistas son los ojos desgastados de una elefanta. Recién llegada a la Compañía Rumiante de Fantoches Ambulantes, un teatrillo de títeres, Vinayaki hace buenas migas con Gordon, Nena Gol, Pierre y Harriet, unos compañeros muy especiales que la acompañarán en su proceso de cambio ocular (algo así como cuando aparecen las tías del pueblo para joderte la noche previa a una operación).
Con una estética que en parte recuerda y en parte rinde tributo al Dídola pídola pon de Maurice Sendak, los autores ponen de relevancia temas muy trascendentales entre los que el existencialismo es la piedra angular. Ilustraciones a cuatro manos, dosis de sinsentido, una tarta que nunca se acaba, personajes que bien podrían estar sacados de las tiendas de juguetes de los años 50, 70 o 90, unas cuantas lágrimas y guiños cinematográficos harán las delicias de sus lectores, personas de 7 a 77 años que, lejos de extrañarse, se sumergirán en una historia con mucho corazón.

miércoles, 27 de abril de 2022

¿Sabes pensar?



Eso de que los chavales de hoy día no tienen curiosidad ninguna es totalmente falso. Tienen y mucha. Lo que pasa es que no encuentra la manera adecuada de resolver sus dudas a pesar de todos los recursos que se presentan ante sus narices. Y digo esto porque a lo largo de la semana no son pocos los momentos en los que debo aparcar la asignatura para resolver cuestiones que, aunque tienen que ver con la materia, se ven lastradas hacia otros derroteros.
La sexualidad, las enfermedades de nuestro tiempo, la lengua de signos y el braille, la musculación, las dietas milagrosas, los ansiolíticos y otros fármacos, los grupos sanguíneos y las pruebas de paternidad, o la conveniencia de las vacunas, son algunos de temas que dan para horas enteras de debate. Tandas de interrogantes que se agolpan a un ritmo vertiginoso y que también son necesarias para no quedar lastrados en la ignorancia de la vida cotidiana.


Y es que, amigos, a pesar de todas las motos que nos venden sobre la competencia digital y la autosuficiencia de los niños y adolescentes del nuevo milenio, ya les digo yo, que si la cosa no va de redes sociales ni videojuegos, son unos auténticos inútiles. He ahí la necesidad de un adulto cercano que guíe sus preguntas y sus respuestas, que ponga freno a lo inservible, que hurgue en lo todo lo que ya han aprendido, y consideren nuevas formas de impregnarse.
No hace falta responder categóricamente como un adulto sabelotodo, sino proceder como un sherpa en mitad de terreno movedizo, pues no se crean que sus ideas se están quietas ni que tampoco son vanas, solo necesitan un poco de orden, cierta elaboración y consistencia. Y, sobre todo les digo que si quieren dedicarse a la difícil tarea de guiar el pensamiento, echen mano de confianza y humor, las dos piezas clave para que toda pregunta obtenga su respuesta.
Llegados a este punto les traigo dos libros que se centran en este tema y que me han gustado bastante. Tenía pensado aparcarlos hasta la llegada de la segunda tanda de libros informativos de este curso, pero he creído oportuno presentárselos ahora que aún quedan unos meses de ajetreo académico y pueden sacarles partido.


Primero hablaré de Piensa, un libro de Shinsuke Yoshitake, el autor nipón que se ha convertido en fetiche de muchos lectores e imprescindible para algunas editoriales españolas que, como Pastel de luna, se encargan de visibilizar estupendamente sus ideas. En esta ocasión, Yoshitake, tan acostumbrado a jugar con todo lo que rodea a los pequeños, se recrea en esta obra un tanto coral (hay personajes de cualquier edad para todos los gustos) donde un montón de sencillas preguntas son el verdadero hilo conductor.


Si bien es cierto que los protagonistas dan su versión de las cosas, las pequeñas historietas que pululan entre las páginas de este libro, permiten al espectador una línea de pensamiento sobre la que deslizarse con facilidad, al tiempo que disfruta de una pizca de humor que, de un modo sutil, le deja entrever que cualquier punto de vista es válido si nace de la experiencia propia.


Temas como la justicia, la felicidad, las mentiras, la diversión o el perdón, se cuelan en esta historia circular que pone en evidencia que cualquier hijo de vecino sabe darle al coco cuando intenta conseguir explicaciones más o menos satisfactorias.


El segundo libro de hoy es el ¿Hay alguien ahí? de Ellen Duthie y Studio Patten, un libro que se presenta bajo el subtítulo de Preguntario interplanetario para terrícolas inteligentes y que edita Wonder Ponder, la primera editorial dedicada exclusivamente a la filosofía para niños.
Abandonando el formato de cajas con tarjetas que tantas alegrías ha dado a esta pequeñísima editorial independiente, Ellen Duthie prueba suerte con el álbum y para ello parte de una situación ficcional (los bíbopes, unos seres extraterrestre, se ponen en contacto con los seres humanos a través de este preguntario e intentar así conocerlos) que, a modo de resorte narrativo, nos abre la puerta al mundo de las preguntas y las respuestas.


¿Cómo sabes lo que sabes? ¿Por qué seguimos haciendo arte? ¿Por qué unos seres humanos tenemos tanto y otros tan poco? ¿Quién manda en el planeta Tierra? En cada doble página y bajo epígrafes como estos, se reúnen multitud de cuestiones que se relacionan con ciertas temáticas y desencadenan el debate individual (o colectivo, que este libro en un aula, da mucho de sí) de todos aquellos que quieran acercarse al debate de un modo u otro.


Aunque considero que algún tema de los tratados se ha elegido desde la perspectiva de los ismos imperantes (cosa que me rechina), reconozco que la mayor parte de las preguntas que se presentan en este aguacero de controversias, paradojas y direcciones, son un interruptor inmejorable para desencadenar un proceso cognitivo y, sobre todo, propio, en el que el lector establece un diálogo consigo mismo (algo que me encanta teniendo en cuenta como está el patio de la autonomía infantil). 
Si a ello añadimos unas ilustraciones coloristas, simbólicas y muy bien compuestas, el libro es para darle vuelo.

martes, 25 de septiembre de 2018

Filosofando como niños



Cuando allá por los ochenta todavía existían las clases de ética, éramos pocos los que aparcábamos la religión para plantearnos otra mirilla a través de la que ver nuestra vida infantil. En primaria era el único que cursaba la asignatura de toda la clase y como por aquel entonces no había tanto separatismo (siempre he sido muy comprensivo con las mayorías), me dedicaba a mis fichas mientras los demás escuchaban sobre el ser buenos cristianos. Los mensajes no diferían mucho, lo único que cantaba es que yo pensaba por mí mismo las respuestas (todavía no sé cómo me dejaban sólo sabiendo lo bicho que era), mientras que el resto asentían ante el dogma.
Luego llegaron los noventa y el BUP. La cosa se fue animando en los circos (¡Ups!, quería decir clases) de Tomás Miranda. Todos pensábamos que la ética tenía que ver con los grandes problemas morales, pero descubríamos que, tras esa presupuesta trascendencia, se escondían preguntas que podíamos extrapolar a lo cotidiano, cuestiones que nunca nos habíamos planteado pero que estaban insertas en lo humano, en su naturaleza racional.
Debates, juegos de roles, intercambios de pareceres… Todo eso y mucho más, aunque todavía pervive de una manera más críptica en las aulas y depende mucho de los profesionales de la filosofía y del pensamiento, es lo que se intenta reforzar desde iniciativas como, Wonder Ponder, un proyecto de filosofía visual para niños que ha roto muchos de los esquemas que se presentaban en la educación de la ética y eso del pensar en las primeras edades.


Ante las denostadas humanidades, dos cabezas biempensantes, Ellen Duthie, filósofa, traductora y gran lectora de álbumes ilustrados (yo creo que aquí reside el germen de esta idea que plantea un camino hacia la filosofía utilizando lenguajes verbales y gráficos), y Daniela Martagón, ilustradora, entran en comunión junto a la editora Raquel Martínez Uña, para crear una serie de tarjetas en las que, a partir de una situación real o fantástica, se plantean diferentes caminos en las mentes creadoras de los críos y no tan críos (les puedo asegurar que dan de sí para jóvenes y adultos, ¡que la filosofía es para todos!) que giran en torno a una temática específica dependiendo de la caja.


Mundo cruel, Yo, persona, Lo que tú quieras y ¡Pellízcame! son las cuatro cajas/libro que se pueden encontrar hasta el momento. Temas como la realidad y la fantasía, el mundo virtual, la violencia humana, las leyes naturales, la empatía, lo propio y lo ajeno, la convivencia, o la consciencia de uno mismo, son los que estas creaciones pretenden abrir a los ojos de escolares de Madrid, Londres, Quebec, Santiago de Chile, Valparaíso, México DF, Ciudad del Cabo, Buenos Aires, Delhi o Tokio (¿Acaso la filosofía no es universal?), desde un lenguaje cuidado y una estética cercana.


Teniendo en cuenta esa perspectiva pedagógica que a veces me abruma (defecto profesional, ya saben), veo innumerables bazas a este proyecto. La primera es lo aperturista del mismo. Acostumbrados a las preguntas cerradas y las respuestas únicas, los niños están muy atontaos y dirigidos. Necesitan desplegar su propio abanico de posibilidades. Unas que, ilógicas o poco plausibles, son necesarias. Simplemente porque les invitan a la reflexión, a utilizar las herramientas de las que disponen, a plantearse nuevas estrategias, planteamientos diferentes, a utilizar su imaginación y un sinfín de destrezas más. Guiscan en su subconsciente y rompen esquemas fijados y preconcepciones para, después de un proceso intelectual, quizá llegar a las mismas.
Por otro lado no creo que cada caja sea independiente de la otra, sino que todas tienen algo que ver entre sí. Que estén delimitadas físicamente no quiere decir que el adulto no pueda establecer nuevos nexos entre ellas, e incluso continuar con otras preguntas que se sucedan en el diálogo personal y/o colectivo, algo en lo que ya cayeron las autoras prestando tarjetas vacías donde los espectadores pueden plantear, dibujar nuevos puntos de partida.
En fin, que como profesor de ciencias me parece una iniciativa deliciosa porque si algo denoto en esta infancia/juventud que se nos avecina es una falta de estrategias que les permitan pensar. Así que… ¡A por ellas! Presiento que les van a dar mucho juego a pesar del peligro que esto suponga (N.B.: Ya saben que la libertad de pensamiento suele ser subversiva, y eso, a veces, suscita reticencias).