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lunes, 7 de abril de 2025

Juegos de artificio


Por lo que tengo entendido, los críos de hoy día no se entretienen con cualquier cosa. Ya no les sirven las piedras, el barro o los palos. Ni siquiera les vale con la montonera de juguetes que con tanto esmero les regalan por su cumpleaños o por Navidad. Nada es suficiente para ellos. ¿O quizá para sus padres…? ¡Equilicuá! ¡He aquí el quid de la cuestión!


Yo no sé ustedes, pero yo solo veo montones de padres que buscan acicates con los que rizar el rizo en el universo lúdico de sus hijos. Hípica, kite-surf, robótica, paddle, waterpolo, gafas de realidad virtual y hasta campus de inteligencia artificial. Unas aficiones de altos vuelos con las que buscan entretener a sus hijos. ¿Y esto? ¿A qué se debe?
En primer lugar tenemos la culpa. Los padres se pasan el día en sus respectivos trabajos y desatienden incesantemente a sus hijos, algo que sucede también cuando están con ellos porque: “¡Yo también necesito tiempo para mí!” “¡Es muy duro todo esto!” “¡Como no desconecte me voy a pegar un tiro!”
En segundo término tenemos los complejos paternos proyectados sobre la realidad filial. Y es que, amigos, hay mucho traumatizado en esto de la crianza. Gente que en su tierna infancia no ha tenido un duro y soñaba con los fuegos (¡Ups, quería decir "juegos"!) artificiales de Beverly Hills 90210 y las sitcoms de clase media americana, se dedica a relanzar sus frustraciones de forma exponencial.


Me acuerdo cuando mi madre nos llevaba al médico y, mientras esperábamos (¡Las colas de los ochenta sí que eran colas!), nos entreteníamos con montones de juegos, sobre todo verbales. Enlazábamos palabras por la última sílaba, nos inventábamos otras tantas, repetíamos refranes, trabalenguas y coplillas y modificábamos los que ya conocíamos. Todo ello aderezado con pequeñas riñas que se olvidaban fácilmente.
Hoy en día, cuando algún nene se aburre, el padre o madre de turno le endiña en móvil y la criatura se pasa las horas embobado con las gilipolleces que pasan ante sus ojos, su encefalograma se vuelve plano y sus padres lo aparcan como un objeto inanimado que no necesita atención. ¡Espabilen, coño! Que lo que necesitan los críos es tiempo de calidad.


Para que vayan inspirándose, hoy les traigo ¡Ahora tú! un libro de William Cole y Tomi Ungerer que ha publicado la editorial catalana Entredos para disfrute de los monstruos menos dormilones. Con el subtítulo de Un libro para ir a dormir, los autores nos invitan a conocer las peripecias nocturnas de Frances y su padre, un hombre con mucha inventiva que sabe esquivar las intenciones de una hija nada somnolienta. Así, el hombre le propone un pequeño juego de expresiones faciales. ¿Sabrá poner cara de enfado? ¿Y de sorpresa? ¿De distraída? ¿Y tú, sabrías?


Este librito, además de darnos las buenas noches con una historia bien simpática, se interna en las relaciones paterno-filiales desde una perspectiva lúdica que Ungerer se encarga de aderezar con detalles animales. Un búho, una cabra y otros cuantos personajes más acompañan las muecas de la protagonista para hacer las delicias de los utilitaristas de la LIJ. Para los que quieren seguir jugando les propongo una variante: tápense la mitad inferior de la cara con este libro abierto y esperen que el otro adivine que cara están poniendo.

martes, 26 de noviembre de 2024

Historias nocturnas


Durante las semanas pasadas han ido llegando a la redacción de este blog un buen puñado de libros ambientados en el maravilloso mundo de la noche y como la temporada pasada y la anterior elaboré una pequeña selección de libros dedicados a la cena, las buenas noches, las historias nocturnas o los intríngulis del sueño, este año vuelvo a hacer lo propio con libros que tratan estos temas tan recurrentes en la LIJ y que tanto gustan a pequeños y grandes antes de acudir a la cama. Sin más dilación aquí les dejo con ellos. Y no pierdan de vista esta entrada porque seguramente vaya sumando alguno más a lo largo de este curso.


Empezamos con Cuernamanteca, un libro de Magali Bonniol y Pierre Bertrand, editado por entreDos. Esta historia empieza a la hora de la cena, esa en la que Pedro se niega a tomarse la sopa, algo que trae de cabeza a toda la familia. Su padre le advierte que si no se la termina, la bruja Cuernamanteca vendrá en mitad de la noche y lo asustará hasta que se tome la sopera entera. Pedro no hace ni caso y se va a la cama con el estómago vacío como otras muchas veces. Pero esa noche, el armario se abre con un chirrido espantoso y aparece en la habitación la temida bruja que empieza a crecer y a enfurecerse. ¿Acabará Pedro comiéndose la sopa?


Con elementos muy recurrentes de los cuentos de hadas (esa bruja tan estereotipada, un héroe muy ingenioso y rimas consonantes que suenan a hechizo), los autores nos presentan una historia cotidiana aderezada con la mejor de las fantasías que bebe de la literatura infantil más subversiva (el triunfo de Pedro ante las normas del universo adulto queda muy claro). De dimensiones apaisadas, seguro que este álbum les arranca más de una sonrisa cuando busquen una cuchara…


Seguimos con Buenas noches, Álex Álvarez, un clásico de Gunilla Bergström recuperado por la editorial entreDos. Publicado por primera vez en 1972, nos cuenta la historia de un chiquillo de cuatro años que ha encandilado a millones de lectores. Como cualquier otro, no para ni un segundo. Tan pronto se porta bien, como se convierte en un demonio, ríe a ratos y llora otros. Primero, el cuento, después, lavarse los dientes, luego, un vaso de agua… ¡No deja en paz a su padre! El hombre solo quiere que se quede durmiendo y deje de dar la lata. ¿Será capaz de ello?



Con mucho humor, la autora sueca nos presenta una de esas situaciones tan comunes en los hogares con niños pequeños. Así pasa, que los padres viven esclavizados por sus hijos, unos que no saben diferenciar juegos y obligaciones. Menos mal que al final será Álex Álvarez quien ponga ese puntito de ternura a un libro sin pretensiones que solo pretende robarnos una sonrisa con una realidad muy recurrente.


Buenas noches, cariñito, un álbum de Muriel Zürcher y Stéphane Nicolet (Petaletras), también se adentra en el momento de las buenas noches. A Cariñito (no les digo más...) le han contado un cuento, le han dado el beso de buenas noches y se dispone a dormir. De repente, alguien llama a la puerta. Es su madre preguntándole si ha ido al baño. Que siiii. Vuelven a llamar. Es su padre cantándole una nana. Termina y se va. ¡Toc, toc! ¿La van a dejar tranquila de una vez? ¡Ella solo quiere dormir!



Aunque utiliza el mismo escenario narrativo que el anterior, el mensaje es completamente opuesto, pues realiza una crítica a ese modelo de paternidad actual que tanto ha calado en muchas familias donde el sobre-proteccionismo y el empalague alcanzan cotas insospechadas. Apelativos edulcorados y mucho diminutivo ridiculizan a unos padres que se muestran excesivos e impertinentes ante una hija que tiene más sentido común que ellos.


Conejito de luna de Choi Young Ah y editado por Libros del Zorro Rojo es otro de esos libros que nos sumergen en el mundo de la noche de la mano de un conejito que intenta devolverle a la luna un pedazo que se le ha desprendido por culpa de una estrella fugaz. El conejito intenta alcanzar a nuestro satélite utilizando mucho ingenio, pero no consigue acercarse tanto. ¿Conseguirá llevar a buen término su reto?



Basado en una leyenda tradicional que pulula por muchos países asiáticos, este libro nos habla de cómo enfrentarnos a las adversidades, aunque sea a trancas y barrancas. La autora coreana nos presenta una historia sin palabras utilizando elementos del cómic y esas ilustraciones a caballo entre el anime, la técnica digital y el dibujo tradicional donde el paisaje y la naturaleza cobran mucha importancia. Alternancia de planos, secuencias y movimientos, mucha carga emotiva y un final lleno de júbilo juegan a favor de un libro muy agradable.


Como en una selección de libros nocturnos no podía faltar uno sobre miedos infantiles, para terminar les traigo ¿Quién dijo miedo?, el bautizo editorial de Ana Sánchez Garea, gracias a la editorial gallega Pepa A Loba. A Eli no le gusta la oscuridad y su padre le pide que cierre los ojos al tiempo que le va enumerando los montones de cosas hermosas que suceden cuando el sol se apaga. Brillan las luciérnagas, se oye el crepitar de las hogueras, estallan los fuegos artificiales e incluso florecen algunas plantas.



Con mucho virtuosismo, la autora da vida a unas ilustraciones muy evocadoras donde los planos generales y los primeros planos van dibujando estampas bucólicas y realistas que dan valor a esos momentos en los que la luz se abre paso en la oscuridad y la llena de significado. Momentos festivos, otros más íntimos, donde hay mucha belleza y también sorpresa. Aprender a poner en valor las cosas por poco que nos gusten, también es necesario a la hora de conocer el mundo que nos rodea y despejarlo de supuestos peligros y miedos infundados.
¡Buenas noches, queridos monstruos!

martes, 15 de octubre de 2024

El mundo, ¡qué maravilla!


El mundo es un lugar muy paradójico porque, si bien es cierto que, hasta donde sabemos, solo hay uno, cada persona tiene una percepción distinta sobre él. Sí, esto daría mucho de sí, sobre todo si nos ponemos hasta los ojos de tequila y nos da por apretar el botón filosófico.
Aunque la física ha tenido que prescindir de todas estas interpretaciones y definir el universo, los que vamos más allá logramos percibir esa subjetividad que rodea a cada existencia y que nos permite ver lo que nos rodea desde idiosincrasias muy dispares. Esa multiplicidad de miradas, no solo me parece enriquecedora, sino que puede llegar a ser apabullante, máxime, cuando todas ellas se basan en una misma realidad. Imposible controlar los 7951 millones de vidas que pululamos aquí y ahora.


El niño que disfruta de su primer día de escuela, el adulto que se va a la cola del paro, la madre que se hace la compra en el supermercado, el artista sin inspiración, el afortunado que acaba de enterarse de que su décimo de lotería es el premiado, el padre de familia que se encuentra a hurtadillas con su amante. ¡Hay tantas versiones del espacio y el tiempo…!
En realidad todas son posibles, pero lo más sorprendente es que todas lleguen a encajar de un modo lógico, como si del engranaje de una máquina se tratase. Lo llaman casualidad, destino, azar. Yo prefiero no llamarlo y sí disfrutarlo. Es tan extraño como apasionante, ¿no creen? Todos pisando la misma tierra y sentirnos diferentes. Es magia. Es equilibrio.


Al hilo de todo esto, contarles que se acaba de editar en nuestro país Todo un mundo, una de esas joyas que los enteraos soñábamos con encontrar en las librerías patrias y que gracias al arrojo de la editorial EntreDos se ha hecho realidad. Y es que Katy Couprie y Antonin Louchard han dado vida a un álbum maravilloso.


Presentado en un estuche donde están incluido, tanto el imaginario, como un juego de tarjetas que nos invita a participar de manera paralela, este librito cuadrado (15 por 15 centímetros, para que quepa en cualquier mano) con más de 250 páginas, es una delicia visual.
En primer lugar, los autores prescinden de las palabras y deciden combinar un montón de imágenes diferentes con una secuenciación determinada. ¿Tiene lógica? ¿Tiene sentido? ¿Tiene continuidad? El lector sabrá, porque cada mundo, además de tener su peculiaridades, puede ser o no comprendido por los demás.


En segundo lugar, hace acopio de diferentes formatos y medios expresivos. Grabados, pinturas, dioramas o esculturas se amalgaman en una creación multidisciplinar y un tanto desbocada que despierta muchas sensaciones. Una narrativa sin palabras con la que nos podemos identificar y acoplarla a nuestro propio universo para incluso desbordarlo.


Jugar, caminar, retorcerse, extraviarse o encontrar alternativas a cada paso. Todo un ejercicio de libertad que, como un cajón de sastre, como una chatarrería o como bazar egipcio, nos seduce y enloquece a partes iguales.

miércoles, 9 de octubre de 2024

El problema de la vivienda


El problema de la vivienda acucia a nuestro país. Cuando hace unos años sobraban casas para todo el mundo, había montones de casas en venta y el alquiler estaba más que aceptable, hoy la cosa se pone peliaguda por culpa del sector inmobiliario.
Las promociones de nueva vivienda se hacen a cuentagotas, los inmuebles en alquiler son insuficientes y los precios de compra-venta y arrendamiento cuestan un riñón y parte del otro. La pregunta es: ¿por qué?


Punto número uno. Les recuerdo que hace más de diez años, España vivió una crisis del ladrillo sin precedentes. Los apartamentos y adosados florecían como la manzanilla, los bancos regalaban hipotecas que acababan en embargos, los constructores se declararon en quiebra y el sector se desmanteló a costa de unos trabajadores que se prejubilaron o se reciclaron.
Punto número dos. Como la cartera de pisos en venta era enorme, el estado, los bancos y los propietarios decidieron darles salida a bajo coste e inversores nacionales y extranjeros entraron en el bombo del mercado, mientras la construcción se paralizaba rotundamente.
Punto número tres. La estrategia de recuperación y crecimiento de nuestro país se centró en un turismo y un sector servicios que necesitaba alojamientos. Al principio eran suficientes, pero después… De esta forma, no hay vivienda suficiente para compaginar las necesidades del autóctono con las del visitante, lo que estimula la competencia y de paso, la especulación.
Punto número cuatro. A todo esto hay que añadir la desprotección de los propietarios ante impagos, daños, reformas no consentidas y subarrendatarios, la poca incentivación del alquiler, una ley de la vivienda con tintes draconianos, el incremento de los precios, el alto rendimiento de las viviendas turísticas y las corrientes migratorias.


Y con este panorama me voy a un libro maravilloso titulado La casa de tus sueños con Henrietta y sus diseños, un álbum que George Mendoza y Doris Susan Smith idearon en el año 1981 y que rescata la editorial EntreDos para nuestro disfrute cuarenta años más tarde.
Cuando me topé con él casi me da un pasmo, pues en la parte más sentimental de mi biblioteca guardo un álbum ilustrado con tres cuentos clásicos ilustrados por esta mujer de la que poco se conoce en nuestro país. En esta ocasión, me encuentro con un libro dedicado a la arquitectura de la mano de Henrietta, una ratona con mucho gusto y ojo a la hora de diseñar los hogares del resto de habitantes del bosque.


Con mucha imaginación y rima, los autores dan vida a todo un universo de viviendas que se adecúan maravillosamente a las necesidades de sus habitantes y de paso se internan en las tendencias de la arquitectura urbana y tradicional de diferentes partes del mundo utilizando como excusa el hábitat de diferentes especies animales.


Pagodas, palacios submarinos, palafitos, madrigueras con vistas al río y nidos a todo trapo configuran una suerte de catálogo que recuerda a otras obras más actuales y que enriquece el ideario del lector-espectador a base de detalles minuciosos y mucha imaginación.

viernes, 28 de junio de 2024

La casa sin barrer...


En este Día del Orgullo las redes están que arden gracias a las polémicas suscitadas en diversos consistorios de nuestro país a la hora de exhibir o no la bandera arcoíris (que por cierto, cada vez cuenta con más colores y terminará siendo un trapo negro con muy poco que decir).
Lejos de dimes y diretes, soflamas electorales y dardos envenenados que, desde todas las facciones, se lanzan en una suerte virtual de patio de vecinos, me gustaría llamar la atención sobre su apropiación indebida. Y es que parece ser que esta señera puede ser utilizada por ciertos partidos políticos para lo que quieran, mientras que otros tienen prohibido acercarse a ella pase lo que pase. Si la exhiben, malo, si la omiten, peor.


No es que yo tenga demasiado interés en las cuitas de poder que fachas y progres se traen entre manos a costa de la llamada “comunidad LGTBIQ+”, pero con tanta efervescencia, unos y otros se delatan en sus intenciones mientras gran parte de la sociedad empieza a tomar nota de los intereses creados y la falta de tolerancia que se respira desde cualquier frente.
Lo peor de todo es que en mitad del meollo tenemos al currito del pueblo que no sale del armario por miedo al qué dirán, la niña trans que recibe todo tipo de insultos en el patio del colegio o esa futbolista que oculta su orientación sexual para medrar en un deporte donde mandan los hombres. A mí, sinceramente, lo que me produce es pena a pesar de toda esa psicología afirmativa que atesta las redes sociales.


Lo de intentar ganar votos a costa de la libertad sexual es sencillamente asqueroso. Que si pink washing, que si cultura de la cancelación, que si damnatio memoriae, que si lobbies ¡Qué aburrimiento! ¡Entre unos y otros, la casa sin barrer! Prefiero los mensajes que habitan libros como los de hoy. Y es que La historia de Julia, la niña que tenía sombra de niño, un álbum con texto de Christian Bruel y Anne Galland, e ilustraciones de Anne Bozellec, es uno de esos libros que exploran la disforia sexual desde una perspectiva elegante y más que acertada.


Recuperado por la editorial entreDos en un nuevo formato (podemos encontrar el antiguo en El jinete azul), narra la historia de una niña un poco trasto, con una forma de ser un tanto diferente al resto y a la que sus padres están empeñados en cambiar. Quieren que se peine correctamente, que se vista con bonitos vestidos y que juegue con muñecas. Pero nada, su hija aduce constantemente que ella es como es. Le gusta jugar a los indios y vaqueros, se desliza por la barandilla de la escalera y prefiere disfrutar de ropa cómoda y un aspecto muy desenfadado.


Conforme pasamos las páginas nos damos cuenta de que la sombra proyectada por Julia se parece más a la silueta de un niño que a la de una niña, un secreto compartido con ese amigo de correrías que, en el fondo, la acepta tal y cómo es. Del mismo modo, la conjunción entre un texto sutil y delicado y unas ilustraciones realistas a plumilla, nos invitan a descubrir el problema complejo que se esconde en los deseos de la niña.

miércoles, 27 de marzo de 2024

Lobos que acechan


El lobo, ese animal en torno al que se han desarrollado los cuentos de la vieja Europa, empieza a llenar de nuevo el medio natural gracias a la reintroducción en ciertas áreas donde se había extinguido y las políticas proteccionistas.
A pesar de todo lo bucólico que le rodea, no hay que tomarse a cachondeo a este mamífero, pues como nos lleva avisando la tradición oral muchos siglos, lo del lobo es bastante serio, y aquí, este biólogo, se lo va a demostrar.


Aunque los europeos pensamos que es un animal propio de nuestras fronteras, el lobo tiene su área de distribución repartida entre Norteamérica, Europa, gran parte de Asia continental y el norte de África. Todos ellos pertenecen a dos especies, el lobo gris (Canis lupus), que presenta varias subespecies como el lobo ártico o el ibérico, y el lobo rojo (Canis rufus). Si bien es cierto que algunos autores también hablan del lobo abisinio o etíope (Canis sinensis), no existe un consenso científico al respecto.
Atendamos a su dieta… Si bien es cierto que los lobos son animales carnívoros, también se podría definir como oportunista, ya que a veces pueden consumir bayas y frutas, alimentarse de carroña, e incluso cometer canibalismo. ¿Y por qué hace esto? Básicamente, porque pasa mucha hambre, y a falta de pan…


El lobo es un animal gregario, es decir, vive con otros lobos en grupo, lo que llamamos manada. Una manada es una asociación (casi) familiar que está formada por entre seis y veinte individuos, generalmente un lobo macho, una hembra y los hijos de estos. Cuando hay varios machos en una manada, se establece una jerarquía, es decir, hay rangos. El que gobierna la manada es el macho alfa, el que le sigue es el beta, el siguiente, el omega, etc.
Los miembros de una misma manada cooperan entre sí, tanto en la obtención de alimento (cazar en grupo, sobre todo animales grandes), como en la crianza (por ejemplo, los machos proveen de alimento a las crías regurgitando su propia comida). Para todas estas interacciones utilizan su olfato y, sobre todo, señales sonoras. Sí, el aullido sirve para comunicarse entre ellos y poco tiene que ver con la luna llena. Así que si alguna vez oyes un lobo aullar, sal corriendo porque detrás vienen un montón.


A pesar de esta cooperación, seguramente y más de una vez habréis oído que los lobos se matan entre ellos. No es un mito. Aunque no es lo normal, puede suceder por diferentes causas. Se relaciona con luchas de poder entre los machos de una misma manada, la falta de alimentos o con fenómenos reproductivos (si una hembra pierde a la prole, se quedará antes preñada de un nuevo lobo).


Y para terminar esta mini-clase de lobos, aquí os traigo un par de historias protagonizadas por ellos. La primera es El cordero que dijo basta, un álbum de Didier Jean y Zad que rescata de los anaqueles la editorial EntreDos.
Un rebaño de ovejas vive en la pradera que hay entre la cerca y el acantilado. Aprovechando esta situación, el lobo comienza a zampárselas. Llega la primera. Al resto no le importa porque está enferma. La segunda. Tampoco llama la atención porque es la oveja negra que a nadie le cae bien. Una tras otra van cayendo hasta que el cordero más joven pone algo de cabeza en el asunto y convence a las demás para llevar a cabo un plan. ¿Lograrán poner en su sitio al lobo?


Con unas guardas a modo de prólogo y epílogo, unas ilustraciones texturizadas (esta técnica me recuerda al pastel o la cera), imágenes a modo de viñetas, cierta óptica cinematográfica, y unos elementos narrativos excepcionales (Me encantan como hablan las sombras), este álbum consigue trazar un inmejorable camino a la hora de dialogar sobre el poder de la colectividad humana, utilizando una situación cercana desde el universo animal.


La segunda lleva por título Un lobo en la negra noche… En este libro de Sandrine Beau y Loïc Méhée que ha publicado la editorial Petaletras las pasadas semanas nos cuenta la historia de un lobo que está en la cama. En mitad de la negra noche, abre un ojo. Luego el otro. Abre sus fauces. Se destapa. Asoma una garra, luego la otra. Se levanta y…


Con una secuencia de imágenes cuyo fondo va pasando del negro al amarillo, los autores nos amenizan una historia cotidiana a modo de sketch o comedia de situación en la que la oscuridad y las penumbras juegan un papel esencial. La cadencia en la voz narrativa y el suspense, se adueñan del lector para que, al final, suelte una carcajada gracias al efectismo escatológico. En definitiva, un lobezno muy gracioso y sorprendente.

sábado, 20 de enero de 2024

Nombres especiales


Fuensanta, Aurelio, Octavio, Eutiquia, Bienvenida, Desamparados, Cipriano, Procopia o Román son nombres en desuso (solo 344 personas estamos registradas en España con mi nombre). Nombres que, a pesar de contar con una larga tradición en nuestra lengua, cuesta oír en la vida cotidiana actual. Desbancados por nombres anglosajones u otros más cortos o modernos, están cayendo en el olvido por ser largos, potentes, sonoros o tener demasiado significado.
Conozco a más de uno que se ha cambiado el nombre. Acomplejados por las burlas infantiles, preguntas curiosas y males menores, han decidido atajar el problema acudiendo al registro civil. No es mi caso, pues siempre he convenido que de algún modo toca llamarse y me siento muy bien vestido con esa palabra que me asignó mi padre al nacer.


Si bien es cierto que quienes los ostentamos, también los sufrimos, creo que también nos hacen especiales, pues no necesitamos apodos ni motes. Seguimos siendo nosotros mismos aunque de vez en cuando nos los acorten. Todo el mundo nos reconoce y no hacen falta ni apellidos ni presentaciones. Y si no que se lo digan a los habitantes de Huerta del Rey, un pueblo de Burgos con los nombres más extraños del mundo en el que el cartero nunca se confunde de persona
Me encantaría que mi nombre siguiera perpetuándose, pero a falta de ganas, ya estoy yo aquí haciendo lo posible para que no caiga en el olvido (al menos dentro de nuestras fronteras, pues el mío es un nombre muy común en Francia, Centroeuropa, Rusia y las repúblicas exsoviéticas).


Precisamente de este fenómeno nos habla Crisantemo, el álbum de Kevin Henkes que acaba de recuperar para el mercado español la editorial EntreDos. Este librito archiconocido en el mundo anglosajón nos cuenta la historia de una ratoncita tan encantadora, que sus padres deciden propinarle un nombre igualmente encantador: Crisantemo. Ella se siente tremendamente orgullosa de su nombre. De leerlo en las cartas, los regalos navideños y la tarta de cumpleaños. Pero todo cambia cuando empieza el colegio y los compañeros se burlan de su origen floral y lo largo que es.


Con un detalle tan sencillo, el autor norteamericano desarrolla una fábula coral muy interesante sobre el amor propio y el acoso escolar en la que se entremezclan muchos puntos de vista. Niños, padres y maestros se ven envueltos en montones de emociones y pensamientos. Protección, dramatismo, optimismo, vergüenza, superación o ejemplo. Un sinfín de facetas sobre un tema por todos conocido e incluso sufrido.


Sobre los elementos técnicos hablar de un libro que, sin pretensiones y a pesar de los años (más de treinta velas en la tarta), utiliza recursos narrativos del cómic y detalles muy finos (¿Ven ese nombre que se sale de la viñeta? ¿Se han fijado en los títulos de los libros que lee el padre? ¿Las alusiones a Picasso? ¿El vestido de la profesora de música?). Colorista y muy humano, auguro que se van a hinchar de leerlo y regalarlo a niños con nombres especiales.

lunes, 21 de noviembre de 2022

Criando bichos


Siguiendo en la línea de niños canallas que me marqué ayer para celebrar el llamado Día del niño y la infancia, continuo con los faustos hablando un poco de cómo se educa hoy en día a los churumbeles.
Y es que los padres son demasiado permisivos para unas cosas, sobre todo en lo que se refiere a las normas sociales, mientras que para otras no claudican ni a tiros. Me explico.
Parece ser que los niños están exentos de comer adecuadamente (estoy del “baby led weaning” hasta las narices), sentarse en una silla, saludar cuando hay que hacerlo, responder cuando se les pregunta o despedirse. Cuando este tipo de comportamiento se hace extensivo a otros temas como ordenar los juguetes, aprender a vestirse o respetar a las personas mayores, la cosa es verdaderamente peliaguda.


“Son niños, ¡no importa!” “Todavía no necesitan saber estas cosas” “No hay que obligarlos o se rebordecen” “Ya lo aprenderán por sí mismos”… Lo que sucede es que hay que repetir las cosas mil veces, tener ciertas prioridades y, sobre todo, dar ejemplo. Cosa que cuesta mucho trabajo, máxime cuando el teléfono móvil es más importante que tus hijos.
Y no me vengan con que soy un carca o un tirano. Apelando al sentido liberal que tan de moda está en las crianzas alternativas, les diré que una amiga mía que lleva años trabajando en una escuela Waldorf siempre dice que aprender y respetar las normas, hace a los niños más libres. ¡Toma ya…!


Por otro lado y para mi sorpresa, observo que muchos padres tienen mucho rigor cuando el asunto se relaciona con el tiempo libre de sus hijos, las actividades extraescolares o la hora de la comida. Solo van al parque una tarde a la semana (¡Qué tristeza!), si la siesta no es de tres a cinco y media, malo, y si no acuden a las doscientas actividades que tienen programadas mientras ellos van a la compra, se toman un café con Mengano o aprovechan para irse al gimnasio, peor.


Resumiendo: las prioridades de la crianza en nuestra sociedad actual han cambiado y la educación se basa en cumplimentar una serie de actividades, pero no en conocer las reglas que rigen la propia sociedad. Sencillamente demencial.
Y como no tengo ganas de decirle nada a todas esas que tantas recetas dan en las redes sociales, mejor les recomiendo El príncipe Beltrán El Bicho, un librito de Arnold Lobel que acaba de reeditar la editorial EntreDos.


El libro nos cuenta la historia de un príncipe que es peor que el baladre. Le tira de las orejas a los otros bebés, se carga la rosaleda del palacio, rompe todos los juguetes… Es lo que se dice un mal bicho. Lo odia hasta el apuntador. Un día se sube a lo alto de una torre y le tira piedras a una bruja que pasaba volando con su escoba. Enfadada, la bruja, lo transforma en dragón y lo convierte en un desgraciado. Todos se ríen de él, nadie lo quiere y termina yéndose de casa. ¿Conseguirá volver a su forma original?


Mientras lo averiguan les diré que este libro fue una de las primeras historias de Arnold Lobel y que fue inspirada por el mal comportamiento de Adrianne, su hija que, allá por 1963, contaba unos cinco años de edad y era muy traviesa. Con una paleta de color que recuerda a otros libros como Historias de ratones o Sapo y Sepo, y algunas ilustraciones ambientadas en la oscuridad que me han encantado, El príncipe Beltrán tiene ese aire mágico y entrañable de los cuentos de siempre que tienen que leer pequeños, pero sobre todo, grandes. Para darse cuenta de una maldita vez, que los niños no nacen sabiendo y que, además de inculcarles el veganismo, el juego libre o el uso de juguetes no sexistas, tienen que aprender a decir hola y adiós, masticar con la boca cerrada y respetar a los demás.