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jueves, 4 de abril de 2024

Dinámica de poblaciones


A diario nos venden la moto de que el cambio climático tiene mucho que ver con la población humana. Ya somos más de ocho mil millones de elementos pululando por este planeta. Superados solo por los pollos y las gallinas, somos una verdadera plaga para un planeta cuyos recursos tiemblan cada vez que nos da por alguna tontuna.
Este modelo huésped-parásito por el que abogó Lovelock con su teoría de Gaia, se ha hecho realidad en menos de setenta y cinco años. Un hecho que han aprovechado los magnates de la Agenda 20-30 para plantear los famosos ODS que, inevitablemente, necesitan pasar por una reducción de la población para alcanzar esa sostenibilidad tan, tan deseada. Hasta que no controlemos el crecimiento de nuestra población, el llamado desarrollo sostenible es imposible.


Pues bien, lo están consiguiendo. Se estima que dentro de cincuenta años habrá una deceleración de nuestro crecimiento poblacional, e incluso se piensa que habrá una reducción de nuestro número de cabezas. Aunque ustedes piensen que la nuestra es una especie exponencial, ya les digo yo que cualquier población biológica se encuentra sometida a factores que modelan los modelos de crecimiento. Escasez de recursos, competencia, plagas, natalidad, infertilidad…
Si no me creen piensen en el modelo de vida capitalista occidental. Cada vez más envejecido, menos activo socialmente. Divorcios, solteros, parejas sin hijos, hombres y mujeres estériles y/o envejecidos, individualistas, hedonistas, pansexuales… No se echen las manos a la cabeza, pero da la impresión de que todo se dirige a lo mismo. Y lo peor de todo es que otras culturas empiezan a abogar por lo mismo. Chinos, indios, latinoamericanos o árabes sienten envidia y toman nota.


Y mientras unos quieren que la población descienda, otros abogan por los nacimientos. Concretamente al ganador del premio Bologna Ragazzi del 2023. No es para menos, pues Todo lo que pasó antes de que llegaras, un libro de la argentina Yael Frankel con el que la editorial Limonero desembarca en España (por segunda vez y esperemos que definitiva) para hacer las delicias de los monstruos.
La historia en cuestión trata de un crío que espera la llegada de su hermano. Mientras, le va poniendo en antecedentes contándole todo lo que ha sucedido antes de que el nuevo miembro de familia aterrice en este mundo, de paso, le hace sugerencias y descubrimientos sobre el entorno en el que va a aterrizar. Nuevos modelos familiares, aracnofobia, un perro llamado Ernesto, una pecera rota, la higiene personal o un robot que funciona a pilas. Todo eso y mucho más cabe en esta suerte de diario-manual.


Desde la mirada inocente e infantil, y con un puntito de humor muy sugerente, la autora de El ascensor, Excursión o El diminuto señor Cuidados, se pierde en su propia infancia, la de una hermana pequeña a la que los demás han tenido que traspasar su conocimiento y experiencias, un legado familiar conjunto del que todos debemos participar para comprender de dónde venimos y adónde vamos.
El concepto del tiempo, números a mansalva, momentos cotidianos, elementos infográficos, dos tipografías para una misma voz narrativa, guardas peritextuales que funcionan a modo de prólogo y epílogo, e incluso una dedicatoria muy pertinente, hacen de este libro un manual de vida infantil imprescindible para cualquier lector.


El estilo por el que Frankel apuesta en esta historia, además de recordar a ese trazo infantil tan caótico como simbólico, invita a descubrir detalles que, a simple vista, pueden pasar desapercibidos, pero que gracias al texto se revelan y nos dibujan una sonrisa donde la palabra "entrañable" lo dice todo.

miércoles, 21 de febrero de 2024

Juegos memorísticos


El currículo de 3º de la ESO se presta a hablar de muchas cosas con los alumnos y realizar montones de actividades curiosas. Con el grupo que tengo este año he decidido desarrollar algunas actividades referidas a la memoria, un tema con el que suelen entusiasmarse. No es para menos, pues la mente es poderosa y nunca deja de sorprendernos, más que nada porque todavía sigue siendo la gran desconocida. Veamos unas cuantas cosas sobre ella…
¿Sabían que muchos recuerdos no se olvidan, sino que permanecen ocultos en esa maraña que forman nuestras neuronas? Existen formas para recuperarlos. Ejercicios, juegos e, incluso, un choque de realidad para que afloren de ese cajón recóndito.


También hay que hablar de la mala memoria. Es inevitable y hay cuestiones o cosas que, por mucho que nos empeñemos, acabamos olvidando. Del mismo modo, nuestro cerebro también modifica los recuerdos conforme pasa el tiempo, ya que solo conservamos lo más relevante. Hace asociaciones de ideas, puede añadir detalles de cosecha propia o modificar ligeramente el orden de los acontecimientos. ¡Menos mal que tenemos agendas, móviles y otros chivatos!
La memoria y las emociones están íntimamente conectadas. Es por ello que recordamos más fácilmente aquello que nos emociona. Así, detalles curiosos que nos estimulan o momentos hermosos de nuestra vida son inolvidables. Del mismo modo, cuando recordamos un momento triste, la mirada se queda sombría, y cuando nos centramos en uno alegre, nuestra cara se ilumina. Esta relación es evidente teniendo en cuenta que unos y otras se hallan en el sistema nervioso.


Otra cuestión que me parece maravillosa es la de que muchos de los recuerdos que conservamos de la infancia no son tales. Es decir, no los hemos experimentado, sino que han sido construidos de manera artificial gracias a los relatos que nuestros hermanos, padres o abuelos nos han ido contando o las fotografías que conservamos de aquellos años. El cerebro mezcla unos y otros a su antojo y ¡voilá! He aquí esos momentos.


Y hablando de recuerdos aquí les traigo Las primaveras de Adrien Parlange, que no contento con dejarnos una joya que reseñé hace días, nos regala este libro tan especial gracias a Fulgencio Pimentel, esa editorial que hace las cosas tan bien.
Todo empieza con un niño recién nacido tendido sobre la arena de la playa. Sus primeros pasos. Una amistad insoldable, el primer amor, los años de estudiante, una boda, un hijo, paseos por el campo… Emotiva pero nada extraordinaria, la historia de una vida como la tuya y la mía a lo largo de 85 años


No obstante, el autor prescinde de los malos momentos, de lo fallido, para centrarse en los más agradables. El amor, la amistad, los nacimientos, las sensaciones intensas, las sorpresas y sobresaltos, en definitiva, los ecos de la felicidad. Una que, casualmente, suceden durante las primaveras, esa estación que da nombre al libro, un periodo del año que se relaciona con el bullir de la vida.
En sus 78 páginas, Parlange, además de hacer un ejercicio memorístico gracias a las ventanas físicas que toman forma dentro del objeto libro y da buena cuenta de los momentos que reaparecen, se quedan o se esfuman, instantes que se superponen desde roles diferentes (hijo, padre o abuelo). El francés se acerca a ese hilo invisible que construye la vida gracias al paso de unas páginas troqueladas que van saltando de año en año.


Por citar otros recursos y técnicas narrativas, llamo la atención sobre la paleta de color de las ilustraciones que se columpia por amarillos, magentas, violetas, malvas y verdes. También serpientes y luciones, fresas que vienen y van, el protagonista como espectador o paisajes mutantes. Nadie puede decir que este universo no pertenezca a Parlange.

miércoles, 31 de enero de 2024

Acabar y empezar


Parecía que enero no iba a terminar nunca, pero mira por donde le decimos adiós. Es lo que tiene el calendario, que van cayendo las hojas y no vuelven a brotar. Una suerte de árbol que siempre mira hacia delante y nunca hacia atrás. Cosas del tiempo, esa paradoja.
Los años, los días, las horas son como cada uno se las toma. Los hay que se instalan en el pasado, alimentados por la nostalgia, cebados por lo que han dejado. Otros viven el presente, el aquí y el ahora, como si el ayer y el mañana se hubieran esfumado. Los terceros echan mano de agenda y viajan al futuro con sus metas y deseos. ¿Quiénes son los más acertados?


A pesar de encontrarme en el último grupo, siempre he creído que los segundos afrontan el tiempo con más cautela, con cierto sosiego. Caminan plácidamente sobre sus ocupaciones, no ven frustrados sus planes ni sueños y se alejan de recuerdos, traumas y miedos enquistados.
Que las manecillas del reloj son muy traicioneras porque puedes caer en la conmiseración, el victimismo, la decepción o el desencanto muy fácilmente. Cada uno somos lo que vivimos y si te desligas del momento, bien por exceso, bien por defecto, los minutos corren y no los recuperas.


Que no se te vaya el santo al cielo pensando en los recreos solitarios, los cumpleaños tristes, las discusiones fraternales o los besos no correspondidos. Tampoco pretendas ganar el Nobel, tener una familia perfecta o dar la vuelta al mundo. Disfruta de esta pequeña reseña y tiempo al tiempo.


Fíjate en mí, acabo de leer El tiempo es una flor, un álbum de la canadiense Julie Morstad publicado por la editorial Juventud, y no he podido ni esperar un minuto para reseñarlo, pues se interna en ese concepto del tiempo desde un prisma enriquecedor y muy poético. Otra visión distinta a la mía que seguro te endulza el instante.


La vida de una flor, la transformación que sufre una montaña, una puesta de sol, cómo cambian nuestras facciones conforme crecemos o los álbumes de fotos simbolizan el devenir del tiempo desde diferentes perspectivas que pueden servir para ilustrar a pequeños y grandes lectores.


En él, la autora, haciendo gala de una mirada tan elegante como sutil, despliega un amplio abanico de recursos narrativos para explicarnos las múltiples facetas del tiempo, tan subjetivas, como inspiradoras. Movimientos seriados (la ilustración de la tapa y la contratapa es deliciosa), viñetas secuenciales, el reflejo cambiante sobre las gafas de sol o las luces y sombras que se producen en el interior de nuestros hogares son ideales para abordar un tema que a muchos les resulta peliagudo.
Mañana empieza febrero, el mes que menos me gusta del año. Lo tomare con calma. Sin pensar en lo que fue. Tampoco en lo que será. Tan solo en dejarme llevar.

sábado, 13 de enero de 2024

Inmortales


Últimamente vivo la vejez de cerca. Y no en mis carnes precisamente, que a pesar de la calvicie, me considero bastante lozano todavía. Más bien me rodeo de gente que padece el deterioro propio de la edad. Falta de movilidad, achaques de todo tipo, enfermedades degenerativas, desgaste orgánico y mental… Los años no pasan en balde y el cuerpo lo sabe. Teniendo en cuenta que nuestra maquinaria llega a su punto álgido con treinta años (lo que oyen), que la media en España ronde los ochenta años no está nada mal. Y si además llegamos en el mejor de los estados, podemos celebrarlo por todo lo alto.


Y ahora les pregunto: ¿Les gustaría vivir eternamente? Sí, todos nos lo hemos planteado. Eso de habitar el mundo por los siglos de los siglos, amén, sería toda una suerte, pues podríamos hacer lo que nos viniese en gana, disfrutar de todas nuestras aficiones, tener todo el tiempo del mundo para comer, bailar, amar, dormir, reír y leer. Sobre todo si no envejeciéramos, y cumpliésemos un año tras otro los treinta y cinco, mejor que mejor.


Pero también habría desventajas. ¿Qué pasaría si fuésemos los únicos que sobreviviéramos? ¿No sentiríamos solos, vacíos, aburridos, sin propósitos vitales? ¿Acabaría devastado nuestro planeta a causa de la superpoblación? ¿Flotarías en el vacío una vez que el universo se desvaneciera? Si nos ponemos así, quizá no esté tan mal eso de morirse, que a fin de cuentas, es para lo que hemos venido al mundo


Todo esto y mucho más debió pensar el protagonista de Gilgamesh. Más allá del confín del mundo, el álbum de Annamaria Gozzi y Andrea Antinori que ha publicado Siruela en nuestro país. Basado en la epopeya de Gilgamesh, el poema épico que fue recuperado en 1870 gracias al hallazgo de unas tablillas de arcilla de origen sumerio sobre las que había sido escrita hace cuatro mil años.


En esta adaptación se relata la parte final de la historia, el viaje que emprendió Gilgamesh, el rey de la ciudad de Uruk, en busca del hombre y la mujer que nunca morían, para poder recuperar a Enkida, su gran amigo recién fallecido. Enfrentándose a monstruos mitad hombres mitad escorpiones, recorriendo las entrañas de una montaña, y atravesando un océano mortífero, logrará dar con ellos, pero ¿podrá salvar a su amigo?
Con un lenguaje sencillo, la escritora italiana recupera para la literatura gráfica una historia llena de elementos líricos y sugerentes que invitan a una inmersión completa en la edición integral.


Por su parte, Antinori vuelve a sacar músculo con sus rotuladores de colores y una pizca de grafito para componer una secuencia de imágenes que cuecen y enriquecen. Detalles contemporáneos (¿Quién se espera que dos seres inmortales esperen al protagonista en una tumbona o que este se desplace en camioneta, patinete o a lomos de un bisonte en plena Edad Antigua?), inspiraciones arqueológicas y composiciones con mucha fuerza son el acicate necesario para acercar esta leyenda al gran público.

miércoles, 17 de mayo de 2023

Compartir el momento


Hoy no he tenido un buen día. Ea, cosas que pasan… No sé cómo les habrá ido a ustedes. Quizá hayan corrido la misma suerte. Espero que no. Que en ese momento en el que yo estaba cabreado o me han dado una mala noticia, alguien les haya contado un chascarrillo y se hayan echado a reír. O quién sabe… A lo mejor se han topado en el ascensor con ese vecino tan atractivo. O puede que se hayan encontrado con un billete de cincuenta euros en mitad de la calle.


El tiempo, la casualidad, la vida… Parece que es una paradoja que nos envuelve aunque no queramos. Coincidencias y carambolas, bucles y causalidades. Lo que para unos se traduce en invierno, para otros es verano. Y viceversa. Los papeles siempre se enrocan, siempre se intercambian. Como si alguien los repartiera a su antojo, pero todos pudiéramos interpretarlos.
Me encanta que el día me sorprenda. Parece que el destino tiene algo de cierto, parece que el mundo está orquestado por alguien. Otras no tanto. Porque nos aislamos en nuestras sinrazones, en una casuística inefable que, conforme pasan los minutos, colabora de la de otros engranajes.


En este mismo instante, un libro de Matthew Hodson publicado por la editorial Océano Travesía esta primavera utiliza esa idea del encuentro inconsciente para invitarnos al descubrimiento desde una perspectiva muy poética.
En él, las escenas se van engarzando con la misma frase, una especie de mantra que se repite en cada doble página y que recuerda a las retahílas infantiles que tanto ayudan a los lectores menos experimentados a internarse en el mundo del juego y las palabras.


Del mismo modo, esa voz sirve como una llamada a la consciencia. “No estamos solos aquí. Este es un momento compartido”. Con el ratón, las abejas, los cocodrilos, las tortugas, los ríos y las montañas. Cada uno tiene su momento pero a la vez todos participamos del mismo. Una idea, una pequeña paradoja, a la que además se añade el recorrido diario que hace el sol desde que sale hasta que se pone. El mismo que invita a despertar y dormir.


Criaturas de la tierra, el mar y el aire se alternan en las páginas de un libro sin pretensiones que logra un efecto sosegado en los lectores y les permite trashumar por el tiempo y la naturaleza sin moverse de ese pequeño instante que todos habitamos en cualquier parte del globo.

lunes, 4 de octubre de 2021

Tempus fugit


Con el tiempo uno se vuelve más pausado, no solo porque pierde agilidad, sino porque es más consciente de la fragilidad de su cuerpo.
Con el tiempo nos hacemos menos preguntas. No tiene que ver con una mayor o menor curiosidad, sino con prestar atención a las que verdaderamente interesan. Pero sobre todo, con saber encontrar las respuestas de manera más fácil. ¿Quizá sea esa también la razón por la que, con el tiempo, nos sentimos más soberbios e ignorantes? Respondan ustedes si tienen tiempo, que a mí me basta con escribir esta reseña.


Con el tiempo somos más descarados. La vergüenza es un lastre que nos hace perder más que ganar y preferimos cultivar la naturalidad a complicarnos a base de impostura y mamoneos.
Con el tiempo la pereza nos acecha. En el trabajo, con la escoba, entre sartenes, por las discotecas, durante la lectura, e incluso con las personas... Llámenlo desidia, llámenlo agotamiento, el caso es que ahí está y cada uno la orienta en el aspecto que menos le aporta.
Quien diga que con el tiempo no se ha vuelto más terco, miente como un bellaco. No conozco a nadie que los años le hayan restado tozudez. Cabezotas y obstinados campan a sus anchas.


Con el tiempo la soledad acecha. Unas veces pesa y entristece, otras nos permite alzar el vuelo con una sonrisa. Supervivencia, egoísmo o llamadas de atención. El caso es que todos nacemos y morimos en nuestro propio pellejo.
Con el tiempo aprendemos a valorar el tiempo porque ya nos queda poco y hemos de aprovechar el que se presenta ante nosotros. Es curioso como la referencia de lo vivido acorta los minutos futuros. Todo es subjetivo, incluso el tiempo.


Y así, con el tiempo pasando y leyendo estos pensamientos que se han ido agolpando en mi sesera durante los meses de julio y agosto, aquí les traigo un álbum hermoso, el de Isabel Minhós Martins y Madalena Matoso que no podía llamarse de otra manera que Con el tiempo.
Editado en castellano por Fulgencio Pimentel e Hijos, que así se llama la colección para pequeños y jóvenes lectores de esta casa editorial, este libro reflexiona sobre el correr de los minutos, las horas, los días y los años. Centrados en fenómenos cotidianos y observables (ya saben que el tiempo no es el mismo para la formación de un supercontinente que para un simple mosquito) los lectores van descubriendo las transformaciones que suceden a su alrededor y toman conciencia de su evanescencia.


Con este texto directo y articulado gracias a unas ilustraciones sugerentes y coloristas, el tándem formado por estas portuguesas nos vuelve a regalar un libro delicioso que se balancea entre el álbum de ficción y el informativo para saborearlo detenidamente y encontrar mil y un detalles sobre el paso del tiempo (¿Se han fijado en ese caracol? ¿En la goma de borrar?), un concepto tan abstracto como cercano.
Y tras leer esta reseña, lo único que les pido en este principio de curso es que valoren el tiempo que invierto en mantener este espacio vivo de la misma manera que yo agradezco el tiempo que invierten en leerme.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Mirar hacia ¿delante?


Si hay algo que no me ha sobrado durante los últimos días, ha sido precisamente el tiempo. Tras un par de semanas de exámenes, muchas horas de corrección (sigo odiándolo con todas mis fuerzas… lo mejor de todo es que creo no ser el único…) y unas cuantas tardes pegado al ordenador (ya saben que ahora nos reunimos gracias a la web-cam), por fin doy por concluido el primer asalto del curso.
Aunque podría centrar mi prosa en hablar de los resultados, de lo maravillosos que son mis alumnos, de sus calificaciones y de lo estupendo que soy como docente (si no me lo dice nadie, me lo digo yo, ¡hale!), prefiero obviarlo (¿acaso no he tenido bastante empacho?) y dedicarme a pensar en todo lo que podía haber hecho durante estos meses de fervor coronavírico. 


Me perdí un cincuenta cumpleaños sobre el Támesis, el periplo iniciático que traza el camino desde Roncesvalles hasta Santiago, el correspondiente fin de semana en Brighton (si no hay fuegos artificiales, no es verano), un par de visitas a Málaga y otras tantas a Madrid (que nunca falla). Unas cuantas salidas con mis alumnos (que si los pueblos abandonados, que si las aulas de educación ambiental o las rutas científicas).
 

No todo hubiera consistido en viajar, que también hay cosas por hacer en el hogar, como cambiar las ventanas (mi salón en invierno es pura ventisca) o darle otro aire a la cocina (no se crean que tengo una de esas italianas). Me hubiera gustado pintar un mural en el salón (si no lo hice en el confinamiento, creo que “nunca mais”) o empezar a experimentar con el barro sobre el torno (siempre he tenido esa curiosidad). 


“¡Basta ya de lamentarse!” me digo a mí mismo. “Estamos de acuerdo en que el tiempo perdido no se puede recuperar (sobre todo cuando hablamos de casi un año), pero sí es cierto que, como bien se dice en Un tiempo para todo, el álbum de los siempre precisos y evocadores Christian Demilly y Laurent Moreau y recién editado por Fulgencio Pimentel en su colección infantil, debemos tratar con esmero al futuro, pues el pasado ya es historia.
¿Para qué calentarnos la cabeza con lo que no pudo ser? Es mucho mejor tener proyectos, obviar lo que no fue y comenzar a ordenar la vida y los tiempos, pues quizá los días que vengan nos traerán lo diferente como si de una cura vital se tratase, que para eso llevamos mucho tiempo esperando.
Desde la cautela y una paleta de color brillante, los autores nos lanzan una mirada optimista donde la naturaleza y lo humano fertilizan el ahora familiar, dejando que las metáforas vegetales siembren de vida los momentos idóneos aun cuando todavía no han sucedido.



jueves, 5 de noviembre de 2020

Con prisas y alguna pausa


Esta semana ha sido de locos. Salir a correr, limpiar la casa (y va y llueve…), trabajar (con este horario tan condensado no hay quien pare), bien de plancha, corregir exámenes, apuntes por aquí y apuntes por allá, comprar viandas, preparar la comida, quedar con los amigos, acudir al dentista (¡esa muela lleva años dándome la lata!) y un sinfín de recados se han agolpado en estos días. Si a ello sumamos un confinamiento inminente, el estrés es doble (hay que ser previsor y evitar las interminables colas). 


Menos mal que no tengo hijos que si nooo… No me quiero imaginar el resultado al combinar mi apretada agenda con un horario infantil de extraescolares y hábitos saludables. En una palabra: demencial. Aunque intento organizarme de la mejor manera para no dejar a un lado temas como el blog o el ejercicio físico (siempre estoy maquinando la mejor manera de optimizar mi tiempo), hay veces que debo rendirme y aparcarlos en favor de las obligaciones. 


Si bien es cierto que al principio me pesa (“Este tema de rabiosa actualidad me encuadraba con este libro” o “Mañana corro el doble), según pasan las horas me doy cuenta que el mundo no se acaba, que nada es imprescindible. Incluso aprendo a disfrutar de ese tiempo haciendo otras cosas o simplemente haciendo nada. La calma y el sosiego se apoderan de mí y me detengo para valorar de otra forma lo que me rodea. 


Precisamente ese es el mensaje que cunde en ¡Deprisa, deprisa! un álbum con mucho encanto y humor de Clotilde Perrin y editado por la editorial Juventud. En él, un chavalín salta de la cama y, raudo y veloz, se viste, se asea y sale pitando de su casa. Coge el bus y después una lancha, todo ello con mucho vértigo y a toda pastilla. Pero las cosas al final no salen como él esperaba y tiene que volver. Al principio va un poco cabizbajo pero conforme contempla el mundo que le rodea y empieza a apreciar la belleza gracias al sosiego y la calma, el paseo adquiere otro cariz. 


El libro en cuestión es bastante redondo y te da en qué pensar, no sólo por la historia, sino también por una serie de recursos que aportan mucha atmósfera a la lectura. Mientras que el formato es estrecho y apaisado dando sensación de continuidad temporal, el texto y la tipografía juegan con el lector-espectador (cuando el protagonista va rápido no hay pausas y cuando va lento las palabras se enroscan en los momentos). 
Y con esto y un bizcocho me despido hasta mañana, viernes, que me apetece rascarme la barriga y desconectar del tic-tac del reloj el resto de la tarde.

miércoles, 13 de marzo de 2019

Los pormenores del tiempo



Como bien dejé entrever el  lunes, una de las cosas que más valoro en mi vida diaria es el tiempo libre. La verdad es que disponer de alguna tarde y todo el fin de semana para uno mismo, se agradece bastante ya que cuerpo y mente necesitan orearse. Atender otros menesteres distintos a los estrictamente profesionales y dejarse llevar por derroteros más ociosos, como el que me ocupa en este mismo instante (escribir sobre libros infantiles), es un lujo del que soy consciente.


Nadar, viajar, leer, hacer la compra, hacer la comida, limpiar, poner lavadoras, corregir exámenes, salir de parranda, lavar el coche, atender a la familia… ¡Para, Román, para! Que lo peor de todo viene cuando empiezas a darle uso a todas esas horas, todos esos minutos que supuestamente te sobran y, lo que antes se suponía bastante distendido, pasa a ser otra carrera de vértigo que te ocupa más de la cuenta.


No es que yo me agobie, pues he aprendido a tomarme el tiempo con calma, pero entiendo que otros si lo hagan, sobre todo cuando no tienen quien les eche una mano con los hijos, las horas extra o la casa. Y así pasa, que los días se les hacen eternos y al mismo tiempo se les pasan volando, pues su mente trabaja a contratiempo o en un bucle de monotonía.
Un buen ejemplo de ese trajín diario lo tenemos en Cinco minutos más, el último libro de marta Altés que nos trae como de costumbre la editorial Blackie Books. En este álbum familiar (gusta a pequeños y grandes por igual), la autora nos presenta el día a día de un padre al que el tiempo no le cunde nada mientras se hace cargo de sus hijos.


Esta historia cotidiana y con cierta vis circular –empieza despertando y termina soñando-, se basa en una serie de situaciones (acuérdense del sketch como estructura narrativa) que nos exponen las paradojas a las que nos tiene acostumbrado el tiempo.  
Aparte de una caracterización de los personajes maravillosa (como en la mayor parte de sus obras) y una paleta de color encantadora, quiero llamar la atención sobre dos aspectos técnicos que me han gustado mucho. En primer lugar la ilustradora combina la secuenciación en viñetas con las escenas a página sencilla y doble, para acelerar o ralentizar el ritmo narrativo, un recurso que funciona estupendamente en un libro que nos habla del tiempo. En segundo lugar hay que denotar que los hijos son los narradores, por lo que hace más fácil una implicación del lector-espectador (hay mucho que ver en este libro-álbum), sobre todo desde una angulación en la que el mundo de padres y personas mayores parecen meros títeres de la acción ficcional.


Con este álbum muchos hablarán de crianza compartida o literatura respetuosa, pero el caso es que yo me quedo con la disyunción de ideas entre el mundo infantil y el adulto que sobre el concepto del tiempo tan magníficamente nos presenta la Altés. Por un lado favorece lo paródico y nos hace tomar con una perspectiva humorística el tema, por otro lado pone de manifiesto una vez más lo subversivo del álbum como producción literaria, poniendo en valor los pensamientos infantiles que se ríen de la terquedad y falta de miras adultas.


Para finalizar, un consejo… Quizá deberían practicar el “mindfulness”, adherirse al movimiento slow o bajar a por tabaco y darse el dos. No sé qué será mejor, pero el caso es que la relatividad del tiempo a veces no es saludable, sobre todo para esos adultos maduros y responsables que, como burros de carga, supeditan la felicidad al reloj. Disfruten del tiempo invertido (nunca se gasta, recuérdenlo) y no dejen que el “tic tac” con forma de cocodrilo les devore como a Garfio, poco a poco.