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martes, 16 de mayo de 2023

De aquellos barros, estos lodos


España cae siete puntos en comprensión lectora. ¿Les extraña el titular con el que nos hemos levantado? A mí lo más mínimo. Lo que me parece peliagudo es que, según apuntan los informadores, se deba al cierre de los centros educativos durante la pandemia. Como si la responsabilidad de que en este país se lea, la tenga única y exclusivamente la escuela.
Aquí siempre haya algún tonto al que endiñarle el muerto. ¿Acaso solo leemos los maestros? Manda huevos que ni la sociedad ni las familias estén metidas en el ajo de la lectura. Todo recae siempre sobre los mismos. Una concepción que procede del más asqueroso paternalismo de estado que, coadyuvado por ese menosprecio tan español al funcionario, sigue denostando la labor del trabajador público. Así nos va.


El otro día me decía un gilipollas que tengo como amigo, que él, por el hecho de ser padre, tendría que pagar menos a la hacienda pública (a pesar de estar en el negocio de las multipropiedades... ¡Ejem!). Es decir, solo por el hecho de traer criaturas al mundo, algunos se creen con el derecho de tener un mayor status social. Porque lo valen. Les han vendido la moto de que el estado va a cuidar de ellos, que no les va a faltar de nada. Pondrán todos medios a su alcance, incluidos médicos y maestros. A sus pies.


En vez de pensar que la escasa formación de las familias fue la que lastró a los críos durante la pandemia, que la educación formal les sobrepasaba, que carecían de conocimientos y estrategias con las que enseñar a sus hijos desde casa, prefirieron cargar con el sambenito a unos docentes que se vieron atados de pies y manos en sus hogares a base de limitaciones.
Quizá sea ese el razonamiento correcto. Admitir de una vez por todas que muchos padres existen en la más absoluta ignorancia y que prefieren vivir preocupados por comuniones y otros eventos en los que puedan estirar el cuello, a participar del proceso de enseñanza de sus hijos. O eso, o gritar, encerrarlos en sus cuartos, imponer castigos de los que se arrepienten demasiado pronto, echar balones fuera e intentar vapulear a los únicos que, desde una posición todavía comprometida, intentan hacer algo por abrirles la mente.


Detrás de esto y una vez más, las dobleces triunfan en una sociedad abocada a la impostura, al quiero y no puedo, exhibicionista y pecadora, absurda hasta el punto de decir basta.
Lo dicho: de aquellos barros, estos lodos, pero de pandemia, ni hablar.

***
N.B.: Todas las imágenes que acompañan a este post son obra de Quint Buchholz y algunas se incluyen en El libro de los libros y En el país de los libros, ambos publicados por Nórdica.

miércoles, 28 de octubre de 2020

Recuperar el tiempo robado


Cada vez que un libro de Quint Buchholz llega a las librerías, toda una suerte de sensaciones se abren camino en mi organismo mientras voy pasando las páginas y contemplo el trabajo del maestro alemán. En esta ocasión la cosa no fue para menos, pues Todo tiene su tiempo (editorial Lóguez), además de erigirse como un canto a la esperanza, cuenta con una serie de detalles que lo hacen más que interesante.


En primer lugar hay que señalar el punto de partida en un texto bíblico procedente del Eclesiastés, uno los llamados libros sapienciales que forma parte del Antiguo Testamento y que se comparte con el Tanaj judío, y que, como otros –léase el libro de los Proverbios o el de los Salmos-, les recomiendo leer a manos llenas, pues quedan más cerca de lo humanístico que de lo estrictamente religioso, incluso en más de una ocasión se alejan de posiciones eclesiásticas. 
Ya de por sí, este hecho me parece bastante curioso, no solo porque reconoce la palabra religiosa como un vehículo de la belleza literaria y no como un acto dogmático (algo que en este mundo de reservas, correcciones políticas y ofendiditos ya es un acto de valentía), sino porque abarca a cualquier lector, independientemente de su edad, color de piel o preferencias musicales (yo elegí el A-N-N-A de Mark Forster y el Barfuß Am Klavier de AnnenMayKantereit)


En segundo lugar hay que hablar de unas ilustraciones que, como en otras obras de Buchholz, se adentran en el subconsciente a través de un surrealismo evocador que, a través del arte figurativo, las descontextualizaciones, lo simbólico y su técnica a base de aerógrafo, son el acompañamiento perfecto para enriquecer un texto de hace siglos y hacerlo vigente de nuevo.

 
Consigue que pases las páginas despacio, que te detengas, contemples, observes, pienses, interiorices y exteriorices. En definitiva, es un libro que, calmado y silencioso, te pregunta y tú respondes a tu manera, algo que ya es bastante en un universo de engendros culturales yermos y baldíos donde el discurso personal no se dispara ni a tiros. 


Por último confesarles que, a pesar de haberlo mantenido a buen recaudo para sacarlo a la luz una vez que esta triste y gris situación terminase, he decidido ponerlo a germinar durante estos días de otoño, esperando que engrose sus estanterías y empiece a crecer en ustedes la necesidad imperiosa de disfrutar de todas esas sensaciones que recoge, de rebelarse contra los dictados sin sentido y las decisiones maquiavélicas. En definitiva, de recuperar el tiempo que nos están robando.


martes, 4 de marzo de 2008

Agotados


Me jode una barbaridad eso de descubrir un libro que te rasga la fibra sensible y, dispuesto a adquirirlo en el mercado, te das de bruces con la realidad: “Descatalogado” o, en el supuesto más optimista, “Agotado”.
Según los entendidos y ciertas editoriales, hay un creciente fervor por la Literatura (del que yo sigo siendo muy escéptico dados los resultados: no veo que el número de Premios Nóbel de Literatura con nacionalidad española aumente vertiginosamente, así como tampoco los resultados del Informe PISA son demasiado halagüeños…), y concretamente, en lo que se refiere a la Literatura Infantil y Juvenil. Algunos géneros, como el del libro-álbum viven una época dorada, surgiendo nuevas editoriales que apuestan por este formato, reeditando así muchos títulos olvidados, por lo que, los aficionados, nos encontramos cada vez menos con los carteles anteriormente citados.


Estoy perdidamente enamorado de uno de esos libros agotados, El coleccionista de momentos, de Quint Buchholz (también autor de Duerme bien pequeño oso, El libro en el libro en el libro, entre otros). La primera vez que nos presentaron no presté demasiada atención a su parte narrativa, sino que preferí contemplar sus ilustraciones, enormes, irreales, desbocadamente sorprendentes. En nuestra segunda cita, algo más predispuesto, comencé a leer esa historia, tan familiar, tan distinta y a la vez tan mágica, que consiguió anudarme el pecho. No sé cómo, pero sentí diversas emociones en un mismo momento. Y sonreí contemplando los mundos imaginados de Buchholz, pensando en su historia y en el gran regalo que aquel hombre le había hecho a su amigo, coleccionando para él los momentos que compartieron en mil y una conversaciones.


Aunque a muchos les recuerde a otros títulos que usan el mismo recurso, sin dudarlo, creo que es un álbum moderno, ambientado en el momento actual, con un sabor a nuevos tiempos, a reveladoras historias que pueden hacer frente al abandono que sometemos a la figura del libro. Defiendo su lectura por su sencillez y por todos los mensajes encriptados que guarda entre sus tapas.
Y me agito endiabladamente al pensar que, tantos buenos títulos se encuentran en el olvido, abandonados en los depósitos de muchas bibliotecas, para constituir el medio de cultivo de ácaros y polillas, cuando hoy, más que nunca, los cambios sociales, esta desidia y el abandono, nos están condenando a dejar de ser, sencillamente, hombres.